viernes, 11 de septiembre de 2026

«Señora planta», ˝La vuelta mala˝, Cecilia Ferreiroa

 Señora planta

[2016]

Cecilia Ferreiroa

«La vuelta mala»


Diez cuentos de Cecilia Ferreiroa, quien
retrata situaciones y personajes con un halo de misterio
en medio de su cotidianidad. 
Nuestra extrañeza será la de ellos.
Sus secretos, un salto hacia lo nuestro desconocido.


Blatt & Ríos
156 págs.


La lancha salió apenas llegué al puerto. El día se demoraba, el sol empezaba tímidamente a lanzarse a la mañana con una luz pálida, distante e inútil. El hombre que me llevaba a la casa me había pedido salir temprano porque tenía otros compromisos. Recordé todos esos viajes de niña a la madrugada, con la luz tenue, el frío y la niebla. Desde aquel tiempo no había vuelto a las islas. Habían pasado muchos años, muchas cosas, pero nada parecía haber cambiado demasiado. La vegetación seguía creciendo compacta sobre el margen del río. La niebla de la mañana naciente cubría el agua como un manto fino. Daba la sensación de que el agua crecía hacia arriba, hasta transformarse en aire. 

El río en el que estaba la casa era un poco peligroso. La corriente se intensificaba en esa parte porque muy cerca daba una vuelta. Si la corriente lograba arrastrarnos hasta la curva, era muy difícil salir. Valeria la llamaba “la vuelta mala”. Todo el tiempo el río empujaba hacia ese lugar, como si tuviera esa misión y toda su fuerza, constante y silenciosa, se concentrara en ella. Había que estar en continua lucha con él. A mí eso me gustaba. Me hacía sentir que estaba ante algo que no me trataba como a una niña, que no era condescendiente. 

Valeria era mi amiga del colegio y su familia era dueña de la casa. Entre los 11 y los 13 años solía ir con ellos a pasar el fin de semana. 

En el jardín había muchas plantas. La primera vez que fui, Valeria me mostró cada una. La señalaba y me decía su nombre, también me decía lo que daba, la flor, el fruto. Era el fin del otoño y muchas veces yo sólo veía ramas peladas. Eso me producía mucha ansiedad. Cada vez que señalaba una planta o una rama, después de decirme el nombre, señalaba otra rama, en ese mismo lugar, y me decía otro nombre. Esto es una morera, esto es un pecán. Las ramas se diferenciaban ligeramente para mí. En la escuela la profesora nos decía que la naturaleza fértil era desbordante, que todo crecía fácilmente, pero lo que me sorprendió de lo que me había mostrado Valeria era la superposición. En cada planta crecía otra. Nunca había una planta sola. A veces había tres o cuatro. Todas se entremezclaban, se asfixiaban y competían por el mismo pedazo de tierra y por la luz del sol. Había que luchar constantemente para contener ese crecimiento aberrante. 

Me acuerdo de que después de ese recorrido apareció Pedro, el hermano de Valeria. Le colgaba baba de la boca y le salían mocos por la nariz. Venía del monte de atrás y parecía contento porque hacía un ruido similar a una risa. Después Valeria me explicó que era de miedo. Tenía las piernas desnudas llenas de rasguños por las ramas bajas con espinas. Al parecer había visto un bicho o escuchado un ruido, pero también podía ser que simplemente hubiera visto la casa desde el monte. La casa desde el monte daba miedo. Se veía la parte trasera, que estaba desprolija y despintada, y que no se correspondía con la belleza y la delicadeza del frente. De cara al monte la casa parecía abandonada, como si estuviera en cierta sintonía con él, con el crecimiento caótico y descontrolado de la vegetación, en un diálogo íntimo y secreto. Verla de ese lado daba la sensación de estar espiando su cara oculta. 

El estruendo de lanchas en una dirección y en otra todavía no había empezado plenamente. Íbamos casi solos en ese día que comenzaba. La niebla empezaba a disiparse y dejaba ver con más claridad la costa. Los colores se volvían más intensos, menos grises. Había pasado de niña muchas veces por esos mismos lugares en las diferentes estaciones, y los cambios en el paisaje se percibían especialmente en la nitidez de la naturaleza, en los contornos y en los colores. Había cierta irrealidad en el invierno, cierto desaparecer de las cosas y de los sonidos, que daba la sensación de que no estuvieran enteramente ahí, hasta que la primavera los traía nuevamente y se iban volviendo contundentes y desbordantes, cansados de tanta ausencia y levedad. Con el verano todo se volvía tan denso y saturado, que uno podía sentirse abrumado por tanta presencia. 

Un verano caí en “la vuelta mala”. Estuve nadando un largo rato para mantenerme en el mismo lugar y no ser arrastrada más allá. No había nadie cerca y no tenía forma de pedir ayuda. Los padres de Valeria nunca estaban vigilando que no fuéramos para ese lado del río ni para ningún otro lado. Nosotras ya sabíamos del peligro y era nuestra responsabilidad cuidarnos de él. También era nuestra responsabilidad cuidar de Pedro, porque según los padres él no comprendía el peligro. A mí me parecía, sin embargo, que Pedro conocía muy bien los peligros. 

Salí gracias a que una lancha pasó a toda velocidad e hizo olas que me ayudaron a llegar a la costa. Estaba muerta de miedo, casi sin aire. Nunca les conté a los padres de Valeria que estuve a punto de ahogarme. Tenía miedo de que no me dejaran meterme en el río por no saber cuidar de mí misma. 

El papá de Valeria era tartamudo. Le gustaba contar historias largas que se hacían más largas por su tartamudez. Yo sufría un poco por él y cuando terminaba de hablar quedaba agotada. Una vez en la cena nos contó una anécdota de cuando era chico. Estaba particularmente trabado y yo quise ayudarlo un poco. Le terminaba las palabras en las que se quedaba atascado, a veces le decía la frase completa que suponía que iba a decir para agilizar el relato. En un momento el padre se hartó y me dijo: Conozco perfectamente las palabras que tengo que decir, gracias. Dijo la frase sin tartamudear en lo más mínimo. Me quedé muda del asombro. Valeria me contó después que cuando se enojaba, curiosamente, no tartamudeaba. 

Una vez en el colegio Valeria me mostró una foto. Al principio me pareció normal y sonreí. Era la casa de Tigre. Ella me había alcanzado la foto sin decir nada. Al rato me di cuenta de que había algo extraño. La casa era la misma, no había dudas, pero el lugar era diferente. Toda la vegetación que había alrededor era distinta, los árboles eran más altos y había menos plantas y flores. Después vi que en vez del río había un camino de tierra. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue que había sido transportada desde ese lugar hasta Tigre y que la habían implantado en medio del jardín. Puse cara de asombro y Valeria se echó a reír. Había encontrado por casualidad esa foto en una revista. Era una réplica de su casa, y la guardaba como un tesoro extraño. Me quedé viendo la foto para encontrar alguna diferencia, pero lo único que podía hacer era confirmar el parecido. Al cabo de un rato me pareció ver la figura de un hombre que se asomaba por la puerta entreabierta. Apenas se distinguía una mancha con zonas grises más claras. Al principio no se lo veía, pero después de un tiempo aparecía su figura. Era como si la foto tuviera movimiento y en un momento el hombre abriera la puerta. 

Miré el río. Ya no quedaban rastros de la niebla. El sol resplandecía en el cielo y dejaba reflejos dorados en el agua. Era un hermoso día de finales de otoño, de un azul limpio y transparente. Empezaba a haber más movimiento. Algunas lanchas que iban más rápido que nosotros nos pasaban a los saltos, se cruzaban. En un momento se generó una ola que nos mojó a mí y al conductor. Fue una sensación violenta. 

Estaba ansiosa por ver la casa y el jardín. La vegetación de la costa daba la idea de un mundo constante, como si todo se hubiera mantenido al resguardo del tiempo. Parecía un lugar al que volver siempre. Siempre hermoso, siempre extraordinario. Nunca en mi vida al volver a un lugar lo había sentido igual, había sido decepcionante, más pequeño, más insignificante, pero eso no me pasaba con lo que iba viendo a los lados de la lancha. La vegetación y el agua marrón escondían todo vestigio de cambio. Aunque en el puerto había sentido un penetrante olor a agua sucia, a nafta, a pescado muerto, que no recordaba. 

Mi propia vida no se había dado en un tiempo continuo, había transcurrido en saltos abruptos que hacían imposible la idea de permanencia. Yo misma me sentía ajena a otros momentos de mi vida. Las cosas no habían salido como yo habría querido, como había imaginado. ¿Cómo imaginar una vida? Había pensado que volver al Tigre, después de tanto tiempo, sería una pausa en mi tortuoso presente y me daría la posibilidad de hacer un cambio, de encontrar una salida, pero a medida que avanzaba se iba convirtiendo en algo distinto: un regreso a un tiempo que creía perdido. 

Después de ver aquella foto la casa se volvió algo más fantasmal. Ya sabía que era una réplica exacta de otra que estaba en otra parte. No sé por qué pensaba que la otra era la original. Nunca pensé que podría haber más de dos. En mi mente eran sólo dos, gemelas, separadas geográficamente pero conectadas por la simetría, por el diseño. Lo único diferente era ese hombre que asomaba desde las sombras. Me obsesioné con esa imagen borrosa y siniestra. Me parecía que con esa puerta que se abría se fugaba un secreto, algo horrible que había pasado ahí adentro. Una vez, caminando por el monte al atardecer, le pregunté a Valeria de la nada: ¿Nunca pensaste que el espíritu del hombre de la foto vive en esta casa? Valeria se paró en seco y me dijo: Siempre. Nos quedamos las dos en silencio, mirándonos, impactadas. De esa parálisis nos rescató Pedro, que empezó a berrear como loco. 

La madre de Valeria parecía estar en otro mundo, pero siempre tenía todo listo para la comida. No se pasaba a través de su comida como a través de algo rutinario. Cada plato tenía un sabor especial, que parecía irrepetible. Los preparaba como si realmente le importara lo que íbamos a sentir al comerlos. Y sin embargo, cuando le contábamos nuestras aventuras en el parque o en el río parecía estar pensando en otra cosa. Ponía siempre cara de sorpresa y después asentía rítmicamente con la cabeza, como si finalmente la sorpresa no fuera para tanto. Sólo prestaba atención cuando se trataba de Pedro. 

Valeria y yo íbamos y veníamos por el parque. Nos lastimábamos todo el tiempo, nos embarrábamos. Mirábamos el río correr y llevarse cosas. Observábamos bichos y pájaros. Ella tenía un libro de pájaros que a mí me encantaba. Tenía las imágenes y algunos rasgos de su comportamiento. Jugábamos a identificarlos y competíamos a ver quién lo hacía primero. Muchas veces yo decía cualquier nombre, con tal de decir algo. Valeria, en cambio, siempre decía el nombre correcto. 

Una vez le conté que había visto un perro abandonado en una plaza en Buenos Aires. Era un perro muy lindo, de raza, y me había impactado que lo hubieran abandonado siendo tan lindo. Le conté que el perro había estado todo el día atado a un árbol. Inmediatamente Valeria me preguntó: ¿A qué árbol? Yo no supe qué responderle. No había prestado atención al árbol, y, de todas maneras, seguramente no habría podido saber qué árbol era. Hasta ese momento no había pensado en la importancia de ese dato en el asunto, pero después de la pregunta de Valeria se volvió central, una parte de la historia que yo desconocía por completo. A partir de entonces cada vez que le contaba algo, tenía la sensación de que ella me señalaría datos fundamentales de la historia que yo había dejado de lado; así que cada vez le contaba más detalles. Entonces Valeria se distraía. Me escuchaba como lo hacía su madre, con cara de leve asombro y asintiendo con la cabeza. A mí eso me exasperaba. 

Una vez no pude más y le dije: Me contestás igual que tu mamá, ¿no ves? No me dijo nada pero me miró con cara de reproche contenido. 

No sé por qué yo me sentía con tanto derecho como ella de recibir la atención de su madre. Valeria y yo nos habíamos convertido en un bloque indiferenciado; o más bien, yo trataba de convertirme en un bloque indiferenciado de ella. Creía que así podría entrar a su familia como una más. En la casa de Valeria se sentaban a comer todos juntos, para mí eso era una novedad. En mi casa comíamos en lugares distintos y a horas diferentes. Y ante cada plato que cocinaba la madre siempre pensaba, casi con éxtasis, que ese era el mejor de todos los que había probado. Mientras comía despacio, deteniéndome en cada bocado, me decía para adentro como si fuera un rezo: Quiero comer esto por el resto de mi vida, por el resto de mi vida. 

El padre a veces tomaba una copita de vino. Me daban ganas de probarlo, pero sabía que era muy chica para eso y que, si se lo decía, me mirarían mal. Con el vino se ponía más tartamudo y, a la vez, más hablador. Nos contó que le había comprado la casa a un extranjero que quería volver a su pueblo. Valeria y yo nos miramos con cara de asombro. Enseguida entendimos lo que pensaba la otra. Estábamos seguras de que se trataba del dueño de la otra casa, el hombre de la foto. Valeria le preguntó si él la había construido. El padre no se acordaba pero creía que sí. Le parecía que había dejado a su familia allá en su país y no la había visto nunca más. 

—¿Y si mató a alguien? –pregunté de pronto. 

Valeria se puso tensa. Mi comentario no le gustó nada. Nosotras nunca hablábamos con sus padres de la foto ni de nuestras ideas sobre la casa. Considerábamos que ellos no entenderían ni aportarían nada. Era nuestro mundo y ellos no tenían nada que hacer en él. 

El padre contestó: 

—¡Qué imaginación! Habrá venido a trabajar y extrañaba a su familia. 

Esa noche se desató una tormenta y se cortó la luz. Llovía a cántaros y las gotas chocaban en las chapas del techo haciendo un ruido ensordecedor. La oscuridad era total pero cada tanto los rayos iluminaban todo. Eran como explosiones que dispararan una claridad brutal sobre los objetos. 

El viaje se me estaba haciendo muy largo y no tenía con quién conversar. Necesitaba contar lo que había vivido en ese lugar y lo que, a medida que lo atravesábamos, volvía a mi memoria, como si mi niñez hubiera anidado en sus árboles o crecido junto con sus hojas y flores en cada estación que recomenzaba, permaneciendo, regenerándose. Todos estos años había evitado recordar, pero ahora que nos acercábamos a la casa me reconocía dispuesta a reencontrarme con ese pasado. 

La madre había empezado a responsabilizarnos por los llantos y los gritos de Pedro. Nos retaba duramente. Nuestra conexión le parecía un problema. Creo que sentía que eso nos llevaría a no ocuparnos tanto de él. 

Una vez que Pedro se lastimó por haber ido al monte, la madre de Valeria la retó muy fuerte y no la dejó cenar. 

Era nuestra tarea cuidar de Pedro. En solidaridad con ella, yo tampoco cené. Supongo que eso era lo que la madre de Valeria esperaba que hiciera, porque si bien no se sentía con derecho a retarme a mí, yo sabía que en el fondo me consideraba la culpable de todo. Esa noche estuve lamentándome por la deliciosa comida que me había perdido. Al día siguiente tuvimos que estar pendientes de Pedro y prácticamente no pudimos hacer nada. Valeria se sentía culpable por no haber cuidado de su hermano. No sos su niñera, le dije de pronto. Ella no me contestó pero se quedó mirándome seria, con un silencio triste. 

Recuerdo un invierno en el que hubo una ola polar y hacía temperaturas bajo cero. El frío se sentía dentro del cuerpo y no había con qué sacarlo. Llevábamos puestos los guantes y la bufanda tanto dentro como fuera de la casa. Pasábamos de tomar sopa a tomar té o chocolate caliente. Era difícil sentir los dedos de las manos. Pedro temblaba y lloraba de frío. A la noche se levantó niebla y todo adquirió un aspecto irreal. La madre se preocupó mucho por él y decidió darle más frazadas. No sé por qué pensó que nosotras sufriríamos menos el frío. La noche fue una pesadilla. Tenía la nariz y la cara congeladas. Me hacía un bollo dentro de las frazadas pero no era suficiente para calentarme. Era como si entre el cuerpo y las frazadas se hubiera depositado una capa de hielo que impedía que el calor la traspasara. En un momento le pregunté a Valeria si tenía frío y ella me dijo que sí, pero que pronto amanecería y empezaría a calentar un poco. Me sorprendía ver cómo Valeria aceptaba su suerte. En cierto sentido todo ese trato preferencial hacia Pedro le parecía justo, como un castigo que ella debía soportar por no ser como él. Esperé el amanecer como a la salvación. Recién entrada la mañana empecé a sentir el calor y caí dormida. Ese día los padres de Valeria decidieron que nos iríamos porque el frío le iba a hacer mal a Pedro. 

Tomamos por un canal que quedaba cerca del río en el que estaba la casa. Faltarían unos pocos minutos más para llegar. El conductor me lo confirmó cuando le pregunté. Sentí un ligero mareo. La proximidad de la casa me producía una mezcla de ansiedad y de temor. Quería llegar pero a medida que nos acercábamos mi ánimo se enrarecía. El día irradiaba luz como si quisiera mostrar la belleza del paisaje en todo su esplendor. La lancha bajaba la velocidad cada tanto para pasar una ola con suavidad. Miraba instintivamente a las personas sentadas en los muelles mientras las dejábamos atrás. Levantaban la cabeza y me miraban como si estuviera en otro mundo, ajeno y provisorio, en tránsito y no detenido como el de ellos, en el que se sentaban a contemplar el paso del río, la evolución de la luz en el paisaje, el suave ondular del viento en las hojas y en las ramas peladas de los sauces, el ruido de los pájaros en un ir y venir renovado y constante. 

Pedro empezó a berrear más seguido. Había algo que le daba miedo y no sabíamos qué era. Cada vez que lloraba, la madre gritaba: ¡Valeria! Y Valeria dejaba todo lo que estuviera haciendo para ir con él. Eso me molestaba. Se hacía muy difícil hacer cualquier cosa y nosotras queríamos conversar. Había unos chicos que nos gustaban de la escuela y hablábamos todo el tiempo de ellos. Llevábamos a Pedro con nosotras y le decíamos algo cada tanto para tenerlo más tranquilo. 

Una noche Valeria quiso que hiciéramos una excursión por el monte. A mí me daba un poco de miedo y traté de convencerla de que no fuéramos, pero ella insistió. Tuvimos que ir con Pedro. Él caminaba unos pasos y de pronto se detenía, se sentaba en el suelo y se quedaba ahí mirando la tierra, jugando con las ramas. De pronto se levantaba y se largaba a correr desaforado. Teníamos que perseguirlo. Pasar de la quietud al movimiento descontrolado lo llevaba a caerse. Había algo en Pedro que no le permitía poner los brazos para protegerse de la caída y daba de lleno con la cabeza en el barro. Entonces gritaba y se enojaba con nosotras. Yo tenía ganas de decirle que él era la propia causa de su sufrimiento, pero Valeria se preocupaba por él y revisaba que no tuviera nada serio. Al cabo de un rato se ponía nuevamente a caminar; dos pasos más adelante se sentaba en el suelo otra vez y no había forma de hacerlo avanzar. El tiempo con él no parecía ser lineal. Hacía lo que él quería, cuando quería, y lo hacía una y otra vez. Era el único de la familia que hacía lo que quería sin preocuparse por los demás. 

La madre de Valeria leía mucho. Por lo general se sentaba en el jardín con un libro en la mano y el mate en el pasto, pegado a su pierna. Leía horas enteras. Tenía una mesita al lado con una pila de libros, que cada tanto intercambiaba. El padre estaba del otro lado, o más bien la silla del padre, pero él iba y venía. A veces leía junto con la madre. Otras veces se iba a visitar a un vecino que tenía televisión y miraban los partidos, mientras que la madre permanecía ahí, sentada con la misma postura, eterna, como el paisaje. La posición del sol cambiaba en el cielo sobre su figura estática. Sin embargo, cada tanto yo echaba una mirada en esa dirección y veía las dos sillas vacías. Tiempo después volvía a mirar y la madre estaba nuevamente sentada como si nunca se hubiera movido. Parecía una luz que solo de vez en cuando parpadea. 

Pedro nunca estaba al lado de la madre. Vagaba solo por el parque o por el monte, o estaba con nosotras. Le costaba quedarse quieto en un lugar. Con el tiempo se había puesto más demandante y más peligroso. Se accidentaba con más frecuencia y después la madre de Valeria nos retaba. Una tarde corrió por el muelle con tanta fuerza que al tocarme me tiró al agua. Yo estaba vestida porque hacía frío. Sentí el agua helada como si me clavaran pequeñas agujas. Pedro se asustó y empezó a llorar a los gritos. La madre de Valeria lo consoló como si le hubiera pasado algo a él. 

El agua crecía cada tanto y cubría todo el jardín. A veces se iba a la mañana siguiente pero otras veces se quedaba estacionada ahí y era imposible salir de la casa. Un fin de semana nos quedamos encerrados, rodeados de agua por todos lados. No sabíamos qué hacer. Llegó un momento en el que no podíamos tirar la cadena del baño porque corríamos el riesgo de que el agua empezara a salir por el inodoro. Con la crecida las cañerías no podían desagotar. A pesar de todo la madre de Valeria se puso a leer como si nada. El agua no le afectaba. Se sentaba en el sillón de la sala con sus libros apilados al lado. Siempre tenía varios, como amigos que la acompañaban. Pedro estaba bastante molesto, gritaba y pataleaba. En eso se parecía al padre de Valeria, necesitaba moverse, ir de acá para allá. El padre de Valeria tampoco podía con su alma, se movía de un lado a otro, no poder pasear era insoportable para él. En un momento no aguantó más y salió con el agua hasta la cintura. Se fue haciendo de noche y no volvía. El agua seguía sin bajar y se formaban corrientes en el jardín que transportaban troncos, botellas, camalotes. La madre estaba muy preocupada. Cada tanto dejaba el libro y se asomaba por la ventana o salía a mirar desde la galería. Todo era una gran laguna oscura. Yo tuve miedo de que nos mandara a buscarlo. Finalmente, a la hora de la comida apareció. Muchas veces no se sabía dónde se había metido, siempre se iba sin anunciarlo, pero a la hora de la comida indefectiblemente volvía. De pronto estaba ahí, rondando la mesa. Respetaba esa hora como una cita insoslayable que estructurara su día en momentos muy definidos, aunque no tenía reloj. Eso era para mí la muestra de una conexión entre los padres que se daba por debajo de lo visible. Me hacía sentir que la familia de Valeria era una familia de verdad. 

Una tarde Pedro desapareció. Valeria y yo lo llamamos por los alrededores pero no contestaba. Nos separamos para buscarlo. Yo fui para el monte y Valeria para el jardín del vecino. Me interné en una zona que se fue haciendo cada vez más espesa y húmeda. Anduve caminando unos cuantos minutos, esquivando troncos caídos y saltando charcos de agua hasta que escuché ruido de pasos y seguí en esa dirección, más profundo en el monte. Podía ser un cuis pero estaba segura de que era él. Se iba oscureciendo a medida que avanzaba por la espesura de los álamos, los sauces y los ligustros que entrecruzaban sus copas en lo alto, ocultando el cielo. Las ramas ocupaban el espacio en diferentes niveles, adueñándose de todo ese mundo, algunas me golpeaban en la cabeza y otras en las piernas, y me raspaban. Me ayudaba con los brazos y las manos para apartar las que se me venían contra la cabeza, con movimientos firmes y sostenidos; partía las que podía con la esperanza inútil de dejar más transitable el terreno. Más de una vez estuve a punto de caer y me salpiqué de barro las piernas y la cara en el intento torpe y brusco de no perder el equilibrio. Mis pasos resonaban, chapoteando, y si bien escuchaba ruidos por todas partes, y trataba de seguir los que me parecían humanos, el sonido de mis propios pasos los atenuaba y los confundía. Por momentos alcanzaba claros donde la luz podía entrar un poco más. Me detenía en ellos y miraba alrededor para decidir qué camino seguir. 

Un poco más tarde Pedro gritó. Fue un grito desgarrador. Valeria llegó después que yo. Tenía sangre, que le chorreaba por la cara y le recorría el cuerpo. Gritaba algo que no podíamos entender. Salimos del monte. Los padres de Valeria vinieron corriendo y cuando lo vieron así se desesperaron. El padre fue corriendo a llamar a la lancha ambulancia y la madre se puso pálida y lo abrazó temblando, manchándose de sangre la ropa. Lo abrazaba con fuerza mientras le decía las palabras más cariñosas que le oí decir nunca: Pedrito, corazón mío, mi angelito. Después se lo llevó corriendo a la casa para lavarlo. Pedro gritaba y repetía una palabra incomprensible. Valeria y yo los seguimos corriendo detrás. En un momento se dio vuelta y me miró. Señalándome exclamó a los gritos: ¿Po’ qué? Yo me paré en seco. La madre de Valeria y Valeria me miraron con horror. Se alejaron unos pasos de mí. Valeria se quedó mirando las manchas de sangre que yo tenía en la ropa. Después se metieron los tres dentro de la casa. Yo me quedé quieta en el lugar, no me animé a seguirlas. 

La lancha ambulancia llegó unos minutos más tarde. Se llevaron a Pedro al hospital que estaba en un río cercano. Nos enteramos después de que lo habían tenido que trasladar al continente porque el médico no estaba y había que darle unos puntos en la cabeza. La madre fue con él y el padre se quedó con nosotras. No se acercaba a mí y se mantuvo correcto pero distante. 

El tiempo que transcurrió hasta que nos fuimos de la casa fue eterno. Valeria me evitaba y no me podía mirar a los ojos. Yo estaba desencajada y todo me parecía irreal. Ellos se habían vuelto un bloque compacto y cerrado, y yo estaba afuera. Nadie dudó ni por un instante de mi responsabilidad. 

Tiempo después pensé que quizás ese quiebre no había sido más que la culminación de una serie de desencuentros previos que habían estado formándose de manera imperceptible. Nunca más pude hablar con Valeria. Ella nunca consideró necesario preguntarme o pedirme explicaciones y yo siempre tuve temor de acercarme. Tampoco sabía qué decirle. Directamente era como si fuéramos de especies distintas. 

A veces la veía a la salida del colegio con Pedro y con su madre que habían ido a buscarla. La madre tampoco me miraba. El único que me miraba era Pedro, y se ponía a berrear. 



Alcé mi vista y vi que estábamos llegando a la casa. Desde lejos, detrás de unas palmeras, la reconocí. Parecía intacta, extendida hacia el cielo, con sus techos altos y sus ventanas alargadas; erguida sobre sus pilotes de quebracho. El hombre que manejaba la lancha me la señaló: 

—Esa que está allá es la casita. Vas a ver que tiene una estructura muy noble, como las típicas casitas de río. Y para ser tan vieja está bastante bien conservada. Ya vas a darte cuenta de que el precio que piden por ella no es caro. 

—Pero se ve un poco descuidada. ¿Creés que se pueda discutir el precio? –dije para decir algo. 

—Sí, claro, siempre se puede discutir. Desde que murieron sus padres la dueña está ansiosa por venderla. 

Al acercarnos pude verla mejor. Estaba con las ventanas abiertas y oscura por dentro. Por el hueco de las ventanas no se podía ver nada, como si fuera la abertura de una caverna que resguarda su interior. El hombre amarró la lancha y bajamos. Cuando caminábamos hacia la casa por el jardín vi que la puerta se abría lentamente. Me quedé paralizada. No se distinguía nada hacia adentro. En un momento se escuchó un grito desesperado que venía de la casa. Empecé a caminar hacia atrás, hacia el muelle, con intenciones de saltar a la lancha, o al río. El hombre se acercó a la puerta casi corriendo y cuando se asomó me gritó con voz potente: 

—No te asustes. 

Se acercó rápidamente hasta el muelle y me comentó en voz baja: 

—Es el hermano de la dueña; cada tanto lo traen. Grita mucho pero es inofensivo. 

Retomamos el camino hacia la casa. Ligeramente detrás del hombre fui acercándome a la puerta con una mezcla de emoción, de ansiedad y de miedo.

*

Mi comentario

«La vuelta mala» es uno de mis relatos favoritos y centrales del libro Señora Planta [2016], de Cecilia Ferreiroa [1972, La Plata].

La historia se cuenta en primera persona por la protagonista. No conocemos su nombre pero sí su voz. Narrada desde la perspectiva de la infancia —días en que era invitada a la casa familiar  de su amiga de colegio. Una familia que ella admiraba, donde los niños debían desarrollar sus propias responsabilidades.

Todo sucede en el Delta del Río de la Plata. Comienza con un regreso y la evocación de días de infancia con su amiga de colegio, Valeria, en su casa del Tigre: «Recordé todos esos viajes de niña a la madrugada, con la luz tenue, el frío y la niebla. Desde aquel tiempo no había vuelto a las islas». 

La que habla, ahora es una mujer adulta. Alguien que había hecho de ese lugar «su hogar deseado», nunca lo fue. Un paisaje con sus muelles, con el estruendo de las lanchas yendo y viniendo y la vegetación espesa que conformaban un espacio de extrañamiento y misterio. 

En cada planta crecía otra. Nunca había una planta sola. A veces había tres o cuatro. Todas se entremezclaban, se asfixiaban y competían por el mismo pedazo de tierra y por la luz del sol. Había que luchar constantemente para contener ese crecimiento aberrante. 

El entorno isleño, con sus plantas y árboles creciendo de forma compacta y creando sensaciones visuales con las luces y sombras, también con el agua según la hora del día y la estación. La nitidez de los colores de la naturaleza se hacía irreal por momentos y los contornos de desdibujaban. Como se desdibuja quién era ella para esa familia, la familia de su amiga Valeria.

Un ambiente familiar que, de pronto, se vuelve territorio desconocido. Una naturaleza indómita, la belleza y la ingobernabilidad juntas, y una posible distorsión de los recuerdos. 

El titulo puede tener dos significados, uno referido al accidente geográfico sobre el río Capitán, y el otro podría ser el regreso de la protagonista, ¿vale la pena volver?, ¿los regresos conllevan una expectativa idealizada?

Seguramente, si nuestra mirada se eclipsa con la naturaleza como una fuerza ingobernable, extraña, amenazante, conectaremos esta línea estética y temática con otros grandes autores. Recordaremos a Horacio Quiroga —referente en el Río de la Plata— o, yendo a lo nuevo a Samanta Schweblin y el entorno rural argentino, volviéndose profundamente siniestro. Paisajes y lazos familiares cargados de una fuerza invisible y perturbadora.

Una narrativa donde las relaciones y las situaciones domésticas familiares, en apariencia tranquilas, con sus propias leyes, están impregnadas de una oscuridad amenazante que da idea de lo vulnerable del ser en su lugar seguro. 

La seguridad es un lugar frágil.

Cecilia Ferreiroa usa una técnica literaria donde intercala el presente de la narradora con el pasado a través de los recuerdos [analepsis]. Usa este recurso de una manera muy fluida, y logra, a mi parecer, que los lectores rompamos la linea temporal sin darnos cuenta y entremos en sus pensamientos e intimidad, en su fluir de sensaciones. 

Espero que hayan disfrutado de esta historia tan rica para disfrutar y reflexionar y sigan leyendo a esta joven gran autora argentina.

Hasta la próxima lectura, 

Cecilia Olguin Gianelli

Notas

- Cecilia Ferreiroa: 
https://filba.org.ar/filba-internacional/festival-internacional-de-literatura-filba-2026_139/participantes/ferreiroa-cecilia_1153

https://desconocida.com.ar/como-pienso-mi-escritura/

- Señora planta, Cecilia Ferreiroa: 
https://blatt-rios.com.ar/libros/senora-planta-cecilia-ferreiroa/
http://recursoseditoriales.com/PDF/CeciliaFerreiroa.pdf





domingo, 6 de septiembre de 2026

«Momentos de ser», «El momento: Noche de verano», Virginia Woolf

 Momentos de ser

[Moments of Being, 1972]

Colección de ensayos autobiográficos

Virginia Woolf

[Londres, 1882-1941, Sussex]



NOTA EDITORIAL

En mi nota editorial sobre La muerte de la polilla escribí que Virginia Woolf «dejó tras de sí una considerable cantidad de ensayos, bocetos y relatos, algunos inéditos y otros publicados previamente en periódicos; de hecho, hay suficientes para llenar tres o cuatro volúmenes». Desde entonces, los relatos se han publicado en Una casa encantada. El presente volumen contiene una selección adicional de ensayos. He seguido el mismo método de selección que en La muerte de la polilla, incluyendo ensayos de todos los tipos: bocetos, crítica literaria, biográficos, «políticos», sin intentar elegir según ningún criterio de mérito o importancia. En consecuencia, el nivel de calidad me parece tan alto en este volumen como en El lector común o en La muerte de la polilla, y lo mismo ocurre con los ensayos que no he incluido, pero que son suficientes para llenar otro volumen.

Algunos de los ensayos se publican ahora por primera vez; otros han aparecido en The Times Literary SupplementThe Nation, New Statesman and Nation, Time and Tide, New York Saturday Review y New Writing. He incluido dos ensayos con el mismo título, Royalty; el primero fue un encargo, pero, por razones obvias, no fue publicado por Picture Post; el segundo se publicó en Time and Tide.

Lo que comenté en la nota editorial de *La muerte de la polilla* con respecto al estado sin revisar de los ensayos se aplica también a los incluidos en este volumen. Si Virginia Woolf hubiera vivido, habría revisado o reescrito casi todos. Los ensayos difieren considerablemente en su estado de "acabado". Todos los que se han publicado en periódicos han sido escritos, reescritos y revisados, aunque no cabe duda de que el proceso habría continuado. Algunos de ellos —por ejemplo, *Sobre la relectura de novelas*— han sido revisados ​​y reescritos después de su publicación con vistas a su inclusión en este volumen. Otros, como *El momento*, existen solo en una etapa mucho más temprana: un manuscrito bastante tosco, corregido a mano con gran cantidad de errores. Los he impreso tal como fueron dejados, salvo la puntuación y la corrección de errores evidentes, pero lo he hecho con cierta vacilación, aunque solo sea porque la letra es a veces extremadamente difícil de descifrar.

Leonard Woolf

EL MOMENTO: NOCHE DE VERANO

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Caía la noche, y la mesa del jardín, entre los árboles, se volvía cada vez más blanca; y la gente a su alrededor, más indistinta. Un búho, de aspecto obsoleto y pesado, cruzaba el cielo que se desvanecía con una mancha negra entre sus garras. Los árboles murmuraban. Un avión zumbaba como un alambre pulsado. También se oía, en las carreteras, la explosión lejana de una motocicleta, que se alejaba cada vez más. ¿Pero qué componía el momento presente? Si eres joven, el futuro se cierne sobre el presente, como un trozo de cristal, haciéndolo temblar y estremecer. Si eres viejo, el pasado se cierne sobre el presente, como un grueso cristal, haciéndolo vacilar, distorsionándolo. De todos modos, todos creen que el presente es algo, buscan los diferentes elementos de esta situación para componer su verdad, su totalidad.

Para empezar: se compone principalmente de impresiones visuales y sensoriales. El día era muy caluroso. Tras el calor, la superficie del cuerpo se abre, como si todos los poros estuvieran abiertos y todo quedara expuesto, no sellado y contraído, como en el clima frío. El aire frío acaricia la piel bajo la ropa. Las plantas de los pies se expanden en las zapatillas tras caminar por caminos duros. Entonces, la sensación de la luz que se hunde en la oscuridad parece apagar suavemente, con una esponja húmeda, el color de los propios ojos. Luego, las hojas tiemblan de vez en cuando, como si una oleada de sensación irresistible las recorriera, como cuando un caballo eriza repentinamente su piel.

Pero este momento también está compuesto por la sensación de que las patas de la silla se hunden en el centro de la tierra, atravesando la fértil tierra del jardín; se hunden, pesadas. Entonces el cielo pierde su color perceptiblemente y una estrella aquí y allá crea un punto de luz. Luego, cambios, imperceptibles durante el día, que se suceden, parecen evidenciar un orden. Uno se da cuenta de que somos espectadores y también participantes pasivos en un espectáculo. Y como nada puede interferir con el orden, no nos queda más remedio que aceptar y observar. Ahora, pequeñas chispas, que no son constantes, sino intermitentes como si alguien dudara, cruzan el campo. ¿Es hora de encender la lámpara?, se preguntan las esposas de los granjeros: ¿puedo ver un poco más? La lámpara se hunde; luego se consume. Toda duda se ha disipado. Sí, ha llegado el momento en todas las casas, en todas las granjas, de encender las lámparas. Así, el momento se entrelaza con estos vaivenes, estos inevitables hundimientos, vuelos, encendidos de lámparas.

Pero esa es la circunferencia más amplia del momento. Aquí, en el centro, hay un nudo de conciencia; un núcleo dividido en cuatro cabezas, ocho piernas, ocho brazos y cuatro cuerpos separados. No están sujetos a la ley del sol, del búho ni de la lámpara. La asisten. Porque a veces una mano descansa sobre la mesa; a veces una pierna se cruza sobre otra. Ahora el momento se ve alcanzado por la flecha extraordinaria que la gente lanza desde su boca, cuando habla.

"Le irá bien con el heno."

Las palabras dejan caer esta semilla, pero también, saliendo de ese rostro oscuro, y la boca, y la mano que tan característicamente sostiene el cigarrillo, ahora golpean la mente con un fajo, luego explotan como un aroma que impregna toda la cúpula de la mente con su incienso, sabor; dejan caer, de su envoltura ambigua, la autoconfianza de la juventud, pero también su urgente deseo de elogio y seguridad; si dijeran: "Pero no eres peor que muchos, no eres diferente, la gente no te señala para reírse de ti": que él sea a la vez tan arrogante y tan desgarbado hace que el momento se estremezca con risa, y con la malicia que viene de pasar por alto los motivos de otras personas; y ver lo que mantienen oculto; y de modo que uno toma partido; él tendrá éxito; o no, no lo tendrá; y luego de nuevo, este éxito, ¿significará mi derrota; o no? Todo esto atraviesa el momento, lo hace temblar con malicia y diversión; y la sensación de observar y comparar; y el temblor llega a la orilla, cuando el búho sale volando y pone fin a este juicio, a esta vigilancia, y con nuestras alas extendidas, nosotros también volamos, alzamos el vuelo, con el búho, sobre la tierra y contemplamos la quietud de lo que duerme, plegado, dormitando, con el brazo extendido en la vasta oscuridad y chupándose también el pulgar; lo amoroso y lo inocente; y un suspiro se eleva. ¿No podríamos volar también, con alas anchas y suaves; y ser todos una sola ala; todo abrazando, todo reuniendo, y estos límites, estas intromisiones sobre el seto en compartimentos ocultos de diferentes colores, ser barridos en un solo color por el pincel del ala; y así visitar con esplendor, augustamente, las cumbres; y allí yacer expuestos, desnudos, sobre la columna vertebral, en lo alto, a la fría luz de la luna naciente, y cuando la luna se eleva, única, solitaria, contemplarla, una, eminente sobre nosotros?

Ah, sí, si pudiéramos volar, volar, volar... Aquí el cuerpo es agarrado; y sacudido; y la garganta se endurece; y las fosas nasales hormiguean; y como una rata sacudida por un terrier, uno estornuda; y el universo entero se estremece; montañas, nieves, prados; la luna; desordenadamente, desordenadamente, al revés, pequeñas astillas volando; y la cabeza se sacude hacia arriba, hacia abajo. "Fiebre del heno, ¡qué ruido!, no tiene cura. Excepto pasar el tiempo del heno en un barco. Quizás peor que la enfermedad, aunque eso es lo que hacía un hombre: cruzar y volver a cruzar, todo el verano."

Saliendo de un brazo blanco, una forma alargada, recostada, en una película de blanco y negro, bajo el árbol, que, descendiendo, parece parte de esa curva, de ese fluir, la voz, con su burla y su sentido, revela al terrier sacudido su propia insignificancia. Ya no parte de la nieve; no parte de la montaña; en lo más mínimo venerable para otros seres humanos; sino ridículo; un pequeño accidente; algo de lo que reírse; discriminado; visto claramente recortado, estornudando, estornudando, juzgado y comparado. Así, en el momento se cuela la autoafirmación; ah, el estornudo otra vez; el deseo de estornudar con convicción; magistralmente; haciéndose oír; sentido; si no compadecido, entonces alguien importante; tal vez para escapar e irse. Pero no; la otra forma ha enviado desde su flecha otro fino hilo de unión, "¿Traigo mi Vapex?" Ella, la observadora, la perspicaz, que siempre tiene en mente otros ejemplos, de modo que no hay nada singular en ningún caso particular; que se niega a caer en la extravagancia; y por lo tanto es escéptica; no puede creer en milagros; ve allí la vanidad del esfuerzo; quizás entonces sería bueno intentarlo aquí; sin embargo, si aísla los casos de las brumas de la inmensidad, ve lo que hay allí con mayor claridad; se niega a ser engañada; sin embargo, en esta discriminación definida muestra cierta amplitud. Por eso el momento se vuelve más duro, se intensifica, se disminuye, comienza a teñirse de algún jugo personal expresado; con el deseo de ser amada, de ser abrazada cerca de la otra forma; de quitar el velo de la oscuridad y ver ojos ardientes.

Entonces se enciende una cerilla; en ella aparece un rostro bronceado, delgado, de ojos azules, y la flecha sale volando cuando se apaga la cerilla:

"La golpea todos los sábados; por aburrimiento, diría yo; no por beber; no hay nada más que hacer."

El momento corre como mercurio sobre una tabla inclinada hacia la sala de la cabaña; están los utensilios de té sobre la mesa; las duras sillas Windsor; las cajas de té en el estante como adorno; la medalla bajo una pantalla de cristal; vapor de verduras que se eleva de la olla; dos niños gateando por el suelo; y Liz entra y John la atrapa en el costado de la cabeza mientras ella pasa a su lado, sucia, con el pelo suelto y una horquilla que sobresale a punto de caerse. Y gime de una manera crónica y animal; y los niños levantan la vista y luego hacen un silbido para imitar el motor que arrastran sobre las losas; y John se sienta con un golpe seco a la mesa y corta un trozo de pan y mastica porque no hay nada que hacer. Un vapor se eleva de su huerto de repollo. Hagamos algo entonces, algo para terminar con este horrible momento, este momento brillante y plausible que refleja en sus lados lisos esta cocina intolerable, esta miseria; esta mujer gimiendo; y el traqueteo del juguete en las banderas, y el hombre masticando. Destruyámoslo rompiendo una cerilla. Ahí está, ¡chasquido!

Y entonces llega el mugido de las vacas en el campo; y otra vaca a la izquierda responde; y todas las vacas parecen moverse tranquilamente por el campo y el búho silba en su burbuja acuosa. Pero el sol está profundamente bajo la tierra. Los árboles se vuelven más pesados, más negros; no se percibe ningún orden; no hay secuencia en estos gritos, en estos movimientos; no provienen de cuerpos; son gritos a la izquierda y a la derecha. No se puede ver nada. Solo podemos vernos como siluetas, cadavéricas, escultóricas. Y es más difícil para la voz atravesar esta oscuridad. La oscuridad ha despojado a la flecha de su plumaje: las vibraciones que se elevan rojas tiemblan al pasar a través de nosotros.

Luego viene el terror, la exultación; el poder de salir corriendo sin ser visto, solo; de ser consumido; de ser arrastrado para convertirse en un jinete en el viento aleatorio; el viento que zarandea; el viento que pisotea y relincha; el caballo con la crin al viento; el que cae, el que busca alimento; el que galopa para siempre, sin ir a ninguna parte, indiferente; ser parte de la oscuridad sin ojos, ondular y fluir, sentir la gloria correr fundida por la columna vertebral, por las extremidades, haciendo que los ojos brillen, ardan, resplandezcan y penetren las olas azotadas por el viento.

"Todo está empapado. Es el rocío de la hierba. Es hora de entrar."

Y entonces una forma se agita, se eleva y se alza, y pasamos, arrastrando abrigos, por el sendero hacia las ventanas iluminadas, el tenue resplandor tras las ramas, y así entramos por la puerta, y la plaza dibuja sus líneas a nuestro alrededor, y aquí hay una silla, una mesa, vasos, cuchillos, y así estamos encerrados y alojados, y pronto necesitaremos un trago de agua con gas y encontrar algo para leer en la cama.


London Children in the Country

lithograph, Vanessa Bell [1939]

THE MOMENT: SUMMER'S NIGHT

The night was falling so that the table in the garden among the trees grew whiter and whiter; and the people round it more indistinct. An owl, blunt, obsolete looking, heavy weighted, crossed the fading sky with a black spot between its claws. The trees murmured. An aeroplane hummed like a piece of plucked wire. There was also, on the roads, the distant explosion of a motor cycle, shooting further and further away down the road. Yet what composed the present moment? If you are young, the future lies upon the present, like a piece of glass, making it tremble and quiver. If you are old, the past lies upon the present, like a thick glass, making it waver, distorting it. All the same, everybody believes that the present is something, seeks out the different elements in this situation in order to compose the truth of it, the whole of it.

To begin with: it is largely composed of visual and of sense impressions. The day was very hot. After heat, the surface of the body is opened, as if all the pores were open and everything lay exposed, not sealed and contracted, as in cold weather. The air wafts cold on the skin under one's clothes. The soles of the feet expand in slippers after walking on hard roads. Then the sense of the light sinking back into darkness seems to be gently putting out with a damp sponge the colour in one's own eyes. Then the leaves shiver now and again, as if a ripple of irresistible sensation ran through them, as a horse suddenly ripples its skin.

But this moment is also composed of a sense that the legs of the chair are sinking through the centre of the earth, passing through the rich garden earth; they sink, weighted down. Then the sky loses its colour perceptibly and a star here and there makes a point of light. Then changes, unseen in the day, coming in succession seem to make an order evident. One becomes aware that we are spectators and also passive participants in a pageant. And as nothing can interfere with the order, we have nothing to do but accept, and watch. Now little sparks, which are not steady, but fitful as if somebody were doubtful, come across the field. Is it time to light the lamp, the farmers' wives are saying: can I see a little longer? The lamp sinks down; then it burns up. All doubt is over. Yes the time has come in all cottages, in all farms, to light the lamps. Thus then the moment is laced about with these weavings to and fro, these inevitable downsinkings, flights, lamp lightings.

But that is the wider circumference of the moment. Here in the centre is a knot of consciousness; a nucleus divided up into four heads, eight legs, eight arms, and four separate bodies. They are not subject to the law of the sun and the owl and the lamp. They assist it. For sometimes a hand rests on the table; sometimes a leg is thrown over a leg. Now the moment becomes shot with the extraordinary arrow which people let fly from their mouths—when they speak.

"He'll do well with his hay."

The words let fall this seed, but also, coming from that obscure face, and the mouth, and the hand so characteristically holding the cigarette, now hit the mind with a wad, then explode like a scent suffusing the whole dome of the mind with its incense, flavour; let fall, from their ambiguous envelope, the self-confidence of youth, but also its urgent desire, for praise, and assurance; if they were to say: "But you're no worse looking than many—you're no different—people don't mark you out to laugh at you": that he should be at once so cock-ahoop and so ungainly makes the moment rock with laughter, and with the malice that comes from overlooking other people's motives; and seeing what they keep hid; and so that one takes sides; he will succeed; or no he won't; and then again, this success, will it mean my defeat; or won't it? All this shoots through the moment, makes it quiver with malice and amusement; and the sense of watching and comparing; and the quiver meets the shore, when the owl flies out, and puts a stop to this judging, this overseeing, and with our wings spread, we too fly, take wing, with the owl, over the earth and survey the quietude of what sleeps, folded, slumbering, arm stretching in the vast dark and sucking its thumb too; the amorous and the innocent; and a sigh goes up. Could we not fly too, with broad wings and with softness; and be all one wing; all embracing, all gathering, and these boundaries, these pryings over hedge into hidden compartments of different colours be all swept into one colour by the brush of the wing; and so visit in splendour, augustly, peaks; and there lie exposed, bare, on the spine, high up, to the cold light of the moon rising, and when the moon rises, single, solitary, behold her, one, eminent over us?

Ah, yes, if we could fly, fly, fly...Here the body is gripped; and shaken; and the throat stiffens; and the nostrils tingle; and like a rat shaken by a terrier one sneezes; and the whole universe is shaken; mountains, snows, meadows; moon; higgledly, piggledy, upside down, little splinters flying; and the head is jerked up, down. "Hay fever—what a noise!—there's no cure. Except spending hay time on a boat. Perhaps worse than the disease, though that's what a man did—crossing and recrossing, all the summer."

Issuing from a white arm, a long shape, lying back, in a film of black and white, under the tree, which, down sweeping, seems a part of that curving, that flowing, the voice, with its ridicule and its sense, reveals to the shaken terrier its own insignificance. No longer part of the snow; no part of the mountain; not in the least venerable to other human beings; but ridiculous; a little accident; a thing to be laughed at; discriminated out; seen clearly cut out, sneezing, sneezing, judged and compared. Thus into the moment steals self-assertion; ah, the sneeze again; the desire to sneeze with conviction; masterfully; making oneself heard; felt; if not pitied, then somebody of importance; perhaps to break away and go. But no; the other shape has sent from its arrow another fine binding thread, "Shall I fetch my Vapex?" She, the observant, the discriminating, who keeps in mind always other instances, so that there is nothing singular in any special case—who refuses to be jumped into extravagance; and so sceptical withal; cannot believe in miracles; sees the vanity of effort there; perhaps then it would be well to try here; yet if she isolates cases from the mists of hugeness, sees what is there all the more definitely; refuses to be bamboozled; yet in this definite discrimination shows some amplitude. That is why the moment becomes harder, is intensified, diminished, begins to be stained by some expressed personal juice; with the desire to be loved, to be held close to the other shape; to put off the veil of darkness and see burning eyes.

Then a light is struck; in it appears a sunburnt face, lean, blue-eyed, and the arrow flies as the match goes out:

"He beats her every Saturday; from boredom, I should say; not drink; there's nothing else to do."

The moment runs like quicksilver on a sloping aboard into the cottage parlour; there are the tea things on the table; the hard windsor chairs; tea caddies on the shelf for ornament; the medal under a glass shade; vegetable steam curling from the pot; two children crawling on the floor; and Liz comes in and John catches her a blow on the side of her head as she slopes past him, dirty, with her hair loose and one hairpin sticking out about to fall. And she moans in a chronic animal way; and thy children look up and then make a whistling noise to imitate the engine which they trail across the flags; and John sits himself down with a thump at the table and carves a hunk of bread and munches because there is nothing to be done. A steam rises from his cabbage patch. Let us do something then, something to end this horrible moment, this plausible glistening moment that reflects in its smooth sides this intolerable kitchen, this squalor; this woman moaning; and the rattle of the toy on the flags, and the man munching. Let us smash it by breaking a match. There—snap.

And then comes the low of the cows in the field; and another cow to the left answers; and all the cows seem to be moving tranquilly across the field and the owl flutes off its watery bubble. But the sun is deep below the earth. The trees are growing heavier, blacker; no order is perceptible; there is no sequence in these cries, these movements; they come from no bodies; they are cries to the left and to the right. Nothing can be seen. We can only see ourselves as outlines, cadaverous, sculpturesque. And it is more difficult for the voice to carry through this dark. The dark has stripped the fledge from the arrow—the vibrations that rise red shiver as it passes through us.

Then comes the terror, the exultation; the power to rush out unnoticed, alone; to be consumed; to be swept away to become a rider on the random wind; the tossing wind; the trampling and neighing wind; the horse with the blown-back mane; the tumbling, the foraging; he who gallops for ever, nowhither travelling, indifferent; to be part of the eyeless dark, to be rippling and streaming, to feel the glory run molten up the spine, down the limbs, making the eyes glow, burning, bright, and penetrate the buffeting waves of the wind.

"Everything's sopping wet. It's the dew off the grass. Time to go in."

And then one shape heaves and surges and rises, and we pass, trailing coats, down the path towards the lighted windows, the dim glow behind the branches, and so enter the door, and the square draws its lines round us, and here is a chair, a table, glasses, knives, and thus we are boxed and housed, and will soon require a draught of soda-water and to find something to read in bed.

Comentario, análisis

Este breve ensayo que acabamos de leer, «El momento: una noche de verano», de Virginia Woolf es una reflexión acerca de como percibimos la existencia. La mayoría de las personas pasan gran parte de su vida en un estado de «no ser» [cotton wool o cotton wool of daily life], realizando tareas rutinarias, hablando y comiendo sin percibir verdaderamente la existencia.

Publicado por primera vez póstumamente en la colección de 1947, «The Moment and Other Essays» [El momento y otros ensayos], edición de su esposo, Leonard Woolf.

Temas e imágenes claves que encuentro: 

  1. El escenario: Comienza con un crepúsculo estival que se desvanece, describiendo una mesa de jardín que se torna más blanca entre árboles que oscurecen. Un búho que cruza el cielo y sonidos ambientales lejanos, como los de un avión o una motocicleta.
  2. La naturaleza del tiempo: Virginia reflexiona sobre la experiencia subjetiva del presente, contrastando cómo el futuro pesa sobre los jóvenes [haciendo que el presente tiemble como el cristal] frente a cómo el pasado ancla o agobia a los ancianos. 
  3. Momentos de ser: al igual que gran parte de su obra literaria, este texto explora los efímeros «momentos de ser» —fragmentos de intensa conciencia cotidiana que captan el profundo misterio de la realidad de la existencia —vivencia consciente y directa que cada uno experimenta en un universo sin un sentido predeterminado.
Virginia Woolf utilizó la expresión «momentos de ser» para describir experiencias excepcionales e intensamente conscientes que rompen la monótona rutina de la vida cotidiana, a la que ella denominaba «no ser» o «de algodón».

Pero, ¿qué son los «momentos de ser»?
  1. Despertar frente a automatismo: a diferencia de las tareas cotidianas realizadas en piloto automático (un estado de no ser). Un momento de ser hace que la persona se sienta plenamente viva, consciente y conectada con una realidad más profunda.
  2. El poder de la conmoción: Woolf describía a menudo estos momentos como experiencias que nacen de una conmoción o un impacto emocional profundo —como un recuerdo repentino, un suceso trágico o una belleza impactante— que revela un orden oculto subyacente tras las apariencias de la vida diaria.
  3. Trascendencia: más que conducir a los clímax narrativos tradicionales, estas epifanías ofrecen a los personajes o al autor una visión repentina de un patrón universal más amplio e interconectado.
Este tema lo hemos visto ya en sus libros, en diferentes contextos y tramas.
En su obra de ficción:
  1. La señora Dalloway: Clarissa Dalloway experimenta «momentos de ser» mientras recorre Londres, sintiendo una armonía aguda y repentina con la bulliciosa ciudad, la vida y la muerte que la rodean.
  2. Al faro: los personajes encuentran sentido no en los grandes hitos vitales, sino en percepciones fugaces y silenciosas —como sentarse a la mesa o contemplar cómo se desvanece la luz— que captan la textura real de la conexión humana.
Su visión artística: figuras como la pintora Lily Briscoe, uno de los personajes centrales de Al faro, intentan plasmar en el lienzo estos momentos de realidad, luminosos e inasibles, antes de que se escapen. Lily, una de las invitadas a la casa de verano de la familia Ramsay, representa el ideal de artista de Woolf. Pintora profesional, soltera, puede analizar el arte racionalmente con un invitado masculino. También puede usar su lado supuestamente femenino para empatizar con la señora Ramsay y sus preocupaciones domésticas. 

En sus memorias: 
  1. Moments of Being, escritos autobiográficos publicados póstumamente por su esposo Leonard Woolf —como A sketch of the Past—, exploran cómo ciertos recuerdos de la infancia [tales como contemplar las flores en el jardín de St Ives o vivir un duelo familiar] permanecieron intensamente vívidos, constituyendo los cimientos de su sensibilidad creativa y de su filosofía.
Habría mucho más para decir de «El momento: noche de verano», este escrito autobiográfico [o ensayo] de Virginia Woolf que captura tanto interés en la actualidad. Quizá por los momentos que estamos viviendo, de hiperconectividad, sobreestimulación y tanta injerencia informativa. 
Espero que lo disfruten como yo, y que encuentren en mis reflexiones y estudio solo el inicio del descubrimiento de sus propios momentos de ser
Personalmente, encuentro que la propuesta de Virginia Woolf se puede convertir, según nuestra predisposición, en un antídoto psicológico y filosófico. En una fuerza para salir del piloto automático, para encontrar ese instante de lucidez donde rompemos ese «algodón» y experimentamos una conexión profunda con la existencia, con el arte o con la naturaleza. Son quiebres donde el tiempo se detiene y realmente sentimos que estamos vivos.

Hasta la próxima lectura,

Cecilia Olguin Gianelli

Notas

- El momento y otros ensayos, Virginia Woolf
https://www.gutenberg.net.au/ebooks15/1500221h.html

-The Moments and other Essays, Virginia Woolf:
https://www.gutenberg.net.au/ebooks15/1500221h.html

-La muerte de la polilla y otros ensayos, Virginia Woolf:
3https://gutenberg.net.au/ebooks12/1203811h.html

- Imagen: Last Sight of Hobbiton, by Ted Nasmith:
https://www.tednasmith.com/tolkien/last-sight-of-hobbiton/







martes, 1 de septiembre de 2026

«Los días perfectos», Jacobo Bergareche

 Los días perfectos

[2021]

Jacobo Bergareche

[Londres, 1976]

En una frase:
Una exploración epistolar (como quien escribe para uno mismo) sobre la fragilidad del deseo, la rutina del matrimonio y la búsqueda melancólica de la felicidad a través de los recuerdos: del amor extramatrimonial que es apasionado y del amor hacia su esposa que es maduro... resignado.

 

Editorial Libros del Asteroide; 177 págs.


Estructura:

Dos cartas, «Luis a Camila» y «Luis a Paula». 110 páginas versus 50. 
Ya nos dice algo. 
Camila es la amante, arquitecta mexicana con la que solo compartió siete días, distribuidos en dos años —unos tres o cuatro días por año durante un congreso en Austin, Texas.
Y, diecisiete años de convivencia compartió con su esposa, Paula.
El autor utiliza un recurso muy interesante, son las cartas de William Faulkner a su amante Meta Carpenter. Funcionan muy bien como hilo conductor y espejo que, permite al protagonista contrastar su propia vivencia, incluso hasta dibuja sus viñetas inspirándose en las ilustraciones del escritor sureño.

Argumento:

Luis, el protagonista y única voz que escuchamos directamente, es decir, conocemos la historia únicamente a través de su punto de vista [lo recalco porque no lo debemos dejar de lado en el momento que analicemos la novela y nos entusiasmemos con nuestro punto de vista, prejuicios o simplificaciones], trabaja como periodista en un periódico de Madrid. Ronda la mediana edad.
Hay otra voz que se cuela en la narración, pero de una manera diferente, más bien como un soliloquio que ayuda a Luis a procesar sus sentimientos en un momento clave.

Consigue, mediante insistencia y empeño que la empresa para la que trabaja le pague un viaje a Austin, Texas, justificándolo con su asistencia a un congreso anual de periodismo digital. Se compromete con ellos a traer buenos reportajes y una buena cobertura del evento.

Sin embargo, y siempre hay un sin embargo, esa no es la total y pura verdad. Todo es una coartada, hay un verdadero y único motivo en ese segundo viaje a Austin que coincide con el inicio de la novela.

Luis tiene contradicciones afectivas. Necesitaba alejarse de su aburrida rutina familiar, del hastío conyugal, esa cotidianidad sin apasionamientos
Fue cuando experimentó con Camila, su amante a término fijo, la chispa que le faltaba —el terreno estaba fértil.
Siente amor hacia su hija Carmen, con la que comparte juegos y le da los momentos más reales y felices. Un afecto atrapado en la apatía de su crisis. Una relación que balancea la desconexión con el resto de la familia.
Esa es su verdad presente. 
Una verdad vivida con la nostalgia de saber que, de repente, su pequeña se hará mayor y ya no querrá esos juegos de zarandeos, ni las cosquillas, ni venderle uno de sus besos.

Todo se siente diferente a determina edad, reflexiona Luis, compartir un almuerzo con la madre y pensar que podría ser la última vez, saludar a sus tres hijos, y ¿si algo sucediera que me impidiera compartir mi vida con ellos?
Este pensamiento melancólico y doloroso también lo sintió después del primer beso a Camila. Peleó con el fantasma del último beso hasta que esta relación tan especial se consolidó, a su manera. 

Al ser una novela corta, de carácter reflexivo e íntimo, no hay secretos que se puedan o no espoliar al hacer una reseña. No tiene giros dramáticos inesperados, y lo que da vuelta la historia lo dice la editorial en la contratapa del libro.
Su valor reside en otro lugar, en que cada lector viaje con los pensamientos de Luis que son honestos.

«Between grief and nothing, I will take grief»,
Las palmeras salvajes, William Faulkner



El refugio que encuentra Luis en un archivo universitario [específicamente el Harry Ransom Center de la Universidad de Austin] es una parte del libro que disfruté mucho por la novela y el autor que menciona, al que admiro y leo: el descubrimiento de las cartas de Faulkner a su amante nos llevan a un espacio diferente.
Podría calificarlo como un espacio de catarsis intelectual —el libro es Las palmeras salvajes [1939, The Wild Palms].

A partir de ese momento, nuestro viaje emocional, acompañando el de Luis, con esa segunda carta que, aunque más corta, tiene un tono de tremenda confesión e impacto en quien la lea, comienza. No nos deja indiferentes, de eso, estén seguros.

Dejo para los lectores, que descubran lo que a su vez descubre Luis en las cartas de Faulkner. Esa relación que el autor, Jacobo Bergareche, usa como espejo.

Pasiones, justificaciones, mentiras a los demás y a nosotros mismos, rutinas, aburrimientos, intensidad versus cotidianidad,.... cada palabra y frase mencionadas tienen el valor justo.
Por esta razón, recomiendo su lectura. Tiene un cierre inteligente y real sobre lo que Luis está experimentando. También el título «Los días perfectos» toma la dimensión de lo que significa para Luis, ¿existen esos días?

¿Es posible fabricarse una burbuja temporal sin un antes ni un después?, puede ser uno de los temas a discutir si lo vamos a charlar e intercambiar opiniones.
¿Es posible que los «momentos luminosos» duren para siempre en una estructura formal como el matrimonio?, ¿y en una clandestina?, puede ser otra de las preguntas que nos hagamos. 
¿Es posible alimentar la ilusión?, ¿el entusiasmo vital?

En fin, es una novela ideal para la charla. Detrás de su brevedad posee una enorme carga emocional y dilema éticos con los que cualquiera puede sentirse identificado.

El libro me llegó a través del Club de Lectura Chatt [Chattanooga, Tennessee], donde asiste mi hija, y se los agradezco porque lo disfruté.
Hasta la próxima lectura, 

Cecilia Olguin Gianelli

Notas

- Los días perfectos, Jacobo Bergareche. Libros del Asteroide:
https://librosdelasteroide.com/libro/los-dias-perfectos


lunes, 17 de agosto de 2026

Herta Müller, «El espacio entre las lenguas»

«El espacio entre las lenguas»,

un discurso de

Herta Müller

[Rumania, 1953]

Premio Nobel de Literatura 2009


Cada lengua ve al mundo de distinta manera. Inventa su vocabulario, lo teje en la red de su gramática. Tiene ojos diferentes dentro de las palabras.


Herta Müller illustration by Jillian Tamaki
[edited photo]


        Herta Müller, premio Nobel de Literatura, pronunció este discurso que van a leer en Praga, en abril de 2012. 
De esta manera honraba a la escritora, dramaturga y traductora checa, Radka Denemarková [1968], quien había recibido el Magnesia Litera 2011 —un importante premio literario— por su traducción al checo de Die Atemschaukel [El ángel del hambre], la famosa novela de Müller. 
Radka Denemarková fue la única autora checa que ha recibido el premio tres veces —por ficción, no-ficción y traducción. 
Ambas mujeres conectadas por una profunda afinidad intelectual y literaria.
Podrán encontrar un análisis más detallado de los desafíos que la obra de Herta Müller representa para los traductores en el ensayo de Radka Denemarková* en Notas.


Between the Spaces of Time [1014],
Eve Oze

Señoras y señores:

Estoy aquí hoy porque el año pasado Radka Denemarková recibió el premio Magnesia Litera por la traducción de mi novela Die Atemschaukel [El ángel del hambre]. Eso me hizo muy feliz. Creo que es maravilloso que exista un premio Magnesia Litera para traductores. La traducción es un arte por derecho propio. Yo no me atrevería a traducir, aunque domino el rumano. 




La traducción no sólo es reemplazar, esto es, encontrar una palabra conocida en tu propia lengua y sustituirla por una palabra en una lengua extranjera. La palabra debe coincidir, lo cual es mucho más difícil. Un traductor tiene que recrear el sonido del original. El arte de la traducción consiste en mirar a las palabras para ver cómo estas ven el mundo. La traducción requiere de una urgencia interior capaz de convertir aquello que es diferente en algo tan cercano al original como sea posible. Lograr este encuentro de miradas es sumamente difícil. Es un gran arte.

La traducción consiste en mirar a las palabras para ver cómo estas ven el mundo. 
Requiere de una urgencia interior capaz de convertir aquello que es diferente en algo tan cercano al original como sea posible.
Lograr este encuentro de miradas es un gran arte.

          Aprendí rumano tarde en mi vida, cuando dejé mi pequeño pueblo y partí a la ciudad a los quince años, para hacer la secundaria. Sin embargo, fue solo años después que el rumano se volvió algo natural. Era estudiante universitaria y trabajaba en una fábrica donde tenía que traducir manuales sobre máquinas importadas, del alemán al rumano, sin tener idea de cómo funcionaban. Lo hacía mecánicamente, palabra por palabra. Pero también tenía que hablar rumano todo el día porque nadie a mi alrededor hablaba alemán.


Tangled Alphabet, Eve Oze

          
          Cada vez que el objeto se desplazaba de una lengua a otra, ocurría una transformación. Eso hizo que me diera cuenta de que la lengua materna nos llega sin necesidad de realizar ningún esfuerzo. Es una dote de la que te haces dueño sin que te des cuenta. Luego, es juzgada por otra lengua que se añadió más tarde y que viene de otro lugar. Tu lengua materna se siente tan directa e incondicional como tu propia piel, y es igual de vulnerable si es infravalorada, tratada con desprecio o incluso prohibida por otros. Como crecí en un pueblo donde se hablaba un dialecto y en la secundaria aprendí alemán estándar, se me hizo difícil arreglármelas con el rumano oficial que se hablaba en la capital. Durante los primeros dos años en la ciudad, me era más fácil encontrar la calle correcta en una parte de la ciudad que no conocía que encontrar la palabra correcta en el idioma nacional. Mi noción del rumano era como las monedas que uno lleva en el bolsillo. Tan pronto como era tentada por una cosa que veía en alguna vitrina, descubría que no tenía el dinero suficiente para comprarla. Había tantas palabras que no conocía y aquellas que sí conocía no se me venían a la mente tan rápido como las necesitaba. 

Había tantas palabras que no conocía y aquellas que sí conocía no se me venían a la mente tan rápido como las necesitaba. 

Hoy sé, sin embargo, que este avance lento en otra lengua, las vacilaciones que me obligaban a estar por debajo de mi nivel intelectual, me dieron también la oportunidad de maravillarme con la manera en que los objetos eran transformados por la lengua rumana. Sé que tengo suerte de haber tenido esta experiencia. Repentinamente, la palabra golondrina se presentaba bajo una luz distinta en rumano; en esta lengua, el ave se llama «rindunica», que significa «sentarse en una fila». El nombre del ave hace alusión a cómo las golondrinas se posan sobre el tendido eléctrico, en filas, una al lado de la otra. Solía verlas en mi pueblo cada verano, antes de conocer la palabra en rumano. Me sorprendió que una golondrina pudiese tener un nombre tan hermoso. Estaba cada vez más consciente de que la lengua rumana tenía palabras más intensas y más en sintonía con mi percepción que mi lengua materna. No querría vivir ahora sin esta serie de transformaciones, en el habla o en la escritura. En mis libros, no hay ni una oración en rumano. Sin embargo, el rumano está siempre conmigo cuando escribo porque forma parte de mi manera de ver el mundo.


Getting ready to fly, Eve Oze

          Es del espacio entre las lenguas que emergen las imágenes. Cada oración supone una forma de mirar las cosas, un modo de ver particular forjado por los hablantes. Cada lengua ve el mundo de distinta manera, inventa todo su vocabulario desde una perspectiva única y lo teje en la red de su gramática de manera singular. Cada lengua tiene ojos diferentes dentro de las palabras.

Cada lengua ve el mundo de distinta manera. 
Inventa su vocabulario, lo teje en la red de su gramática.
Tiene ojos diferentes dentro de las palabras.

          Otra razón por la cual no puedo traducir es mi desconfianza hacia el lenguaje. Cuando mi mejor amiga vino a despedirse de mí el día anterior a mi exilio [nos abrazamos pensando que nunca nos volveríamos a ver porque nunca me permitirían volver a Rumania y ella nunca podría dejar el país], no podíamos soportar la idea de separarnos. Tres veces salió por la puerta y tres veces volvió. Sólo después de la tercera pudo dejarme y se alejó por la calle. Yo podía ver cómo su chaqueta clara se iba haciendo cada vez más pequeña, y de una manera extraña, cada vez más brillante, a medida que crecía la distancia entre nosotras. No sé si fue la luz del sol invernal de ese día de febrero o las lágrimas que hacían brillar mis ojos o quizás su chaqueta era de una tela brillante, pero de una cosa sí estoy segura: mientras la miraba alejarse, su espalda relucía como una cuchara de plata. De esta manera, intuitivamente, pude describir su partida. Es también la mejor descripción de ese momento. Pero ¿qué tiene que ver una cuchara de plata con una chaqueta? Absolutamente nada. Tampoco se relaciona en nada con una despedida. Sin embargo, como imagen poética, la cuchara y la chaqueta se necesitan la una a la otra.


Until we see each other..., Eve Ozer

          Esta es la razón por la cual desconfío del lenguaje. Sé, por experiencia propia, que para que la lengua sea precisa siempre debe tomar algo que no le pertenece. Sigo preguntándome qué hace a las imágenes verbales tan ladronas, por qué la comparación más adecuada se apropia de cualidades que no le pertenecen. Para acercarnos a la realidad necesitamos atrapar a la imaginación desprevenida. 

Para acercarnos a la realidad necesitamos atrapar a la imaginación desprevenida. 

Sólo cuando una percepción saquea a otra, cuando un objeto arrebata material que le pertenece a otro y comienza a explotarlo, sólo cuando las cosas que en la realidad son mutuamente exclusivas se vuelven verosímiles en una oración, la oración logra afirmarse frente la realidad.

Soy feliz cuando logro hacer esto. 

Herta Müller

*

Y ustedes, seguramente habrán sentido felicidad al leer las palabras de esta gran escritora y poeta, Herta Müller. 
          Afortunadamente, después de que se le otorgara el premio Nobel, y como sucedió con el autor de La cuarentena [1995], ya que estamos en eso, J. M. Le Clézió [1940], y tantos otros, las traducciones de su obra han crecido. Y por consiguiente, los lectores.
          Hay cuatro libros por los que podrían comenzar a leer su prosa, caracterizada por mostrar una sociedad reprimida, severa, con tensiones étnicas, ubicadas en Rumanía: En tierras bajas [1982, relatos]; y las novelas: El hombre es un gran faisán en el mundo [1986], La bestia del corazón [1994] y La piel del zorro [1992]. 
          Pero Herta Müller es también, y sobre todo, una gran poeta. Su trabajo poético, como sucede con el autor de la espectacular novela 2666, Roberto Bolaño [1953-2003], es el fundamento de toda su labor*. 


Collage de poesía de Herta Müller

          Su manera de trabajar la poesía es muy particular: usa la técnica de la carta anónima. Recorta palabras de periódicos y revistas, las pega en una página distanciadas a priori, le agrega fotografías y dibujos similares a los «palotes» de Kafka, y así , con esta anulación de la grafía y este collage vanguardista, forma sus versos. Clandestinidad propia de sistemas represivos. Su denuncia se lee entre líneas. Por lo no dicho. Un lenguaje, como dice el poeta chileno Raúl Zurita [1950], que permea el habla. No de manera panfletaria. 


Poesía visual, collage de Herta Müller
https://www.lyrikline.org/en/poems/no-550-da-untru-i-afar-2997

          
          Espero que hayan disfrutado de las pinturas de la artista Eve Ozer y de esta lectura. Que sigan leyendo y conociendo, como yo, a esta escritora tan singular que sufrió la dictadura rumana y utilizó el arte de la literatura como denuncia. 
          Recomiendo los dos videos que encontrarán en Notas, con la entrevista a Herta Müller hablando de «fronteras» y el de su discurso cuando recibió el Premio Nobel, donde disecciona el mundo absurdo y cruel de las dictaduras. Y, por supuesto, del lenguaje, de las palabras apremiantes que descubren siempre.
          Hasta el próximo encuentro. 

Cecilia Olguin Gianelli
          

Notas


- Entrevista a Herta Müller: Instituto Goethe de Madrid.



- Radka Denemarková sobre la traducción de Herta Müller:

- Imágenes elegidas:

-El guarda saca su peine. En el moño mora una señora, Herta Müller. Poemas:
https://www.nagarimagazine.com/el-guarda-saca-su-peineen-el-mono-mora-una-senora-herta-muller-editorial-linteo-poesia/

file:///Users/Cecilia/Downloads/38197-Texto%20del%20art%C3%ADculo-44068-1-10-20120113%20(1).pdf


Discurso de Herta Müller al recibir el Premio Nobel: