domingo, 1 de febrero de 2026

«Delicias y sombras», Ted Kooser

Delicias y sombras [2009]

[Delights and Shadows, 2004]

Ted Kooser

[Iowa, EE. UU., 1939]

Premio Pulitzer de Poesía 2005 


Colección La Cruz del Sur. Editorial Pre-Textos
Edición bilingüe. Traducción: Hilario Barrero

Lobocraspis Griseifusa





Esta es la diminuta mariposa nocturna que vive de lágrimas,

This is the tiny moth who lives on tears,

que bebe como un ciervo en el estanque reluciente

who drinks like a deer at the gleaming pool

al borde de los ojos del que duerme, el toque

at the edge of the sleeper´s eye, the touch

de su boca tan ligero como el reflejo de una nube.

of its mouth as light as a cloud´s reflection.



En tus sueños aparece una figura iluminada por la luna

In your dreams, a moonlit figure appears

al lado de tu cama y te toca la cara.

at your bedside and touches your face.

Pregunta si puede compartir el pobre pan

He asks if he might share the poor bread

de tu melancolía. Tú le señalas la mesa.

of your sorrows. You show him the table.



Los dos hablaís hasta bien estrada la noche,

The two of you talk long into the night,

pero a la mañana las palabras se han olvidado.

but by morning the words are forgotten.

Te despiertas sereno, en una habitación soleada,

You awaken serene, in a sunny room,

restregándote el polvo de sus alas de tus ojos.

rubbing the dust of his wings from your eyes.

*

Elegí este poema esta mañana temprano cuando lo volví a leer. Comienza el mes de febrero, verano por acá, invierno donde están muchos de mi familia y amigos. Y lo elegí por su delicadeza y por la sensación de paz que nos deja.

Ted Kooser, a través de una pequeña mariposa nocturna [o polilla] que se alimenta de las lágrimas, explora, con imágenes serenas e íntimas, el consuelo. 
Para esto utiliza a la Lobocraspis griseifusa, un insecto que existe en la realidad con esas características, pero más hacia los animales, y lo reviste con una gentileza casi curativa y suave, «tan ligero como el reflejo de una nube», dice el poeta.

Un poema breve y accesible —características de su obra—, a la vez profundo. Es admirable como, tomando esta pequeña criatura de la naturaleza, casi desconocida e imperceptible para la mayoría, la convierte en artífice de una conmovedora experiencia emocional.

Recomiendo este libro que tengo, Delights and Shadows [2004] es bilingüe, está traducido al español por Hilario Barrero y es una muy cuidada edición de la editorial Pre-Textos. 
Con él ganó el premio Pulitzer de Poesía. 

«Poemas de robusta franqueza con profundidades ocultas», dijo el poeta y crítico Ed Hirsch del Washington Post.
Poeta Laureado de Estados Unidos desde el 2004 al 2006, recibió numerosos honores y premios.

Espero que les haya gustado y que sigan disfrutando de Ted Kooser, leyendo sobre él y su obra en su página web y en la muy buena entrevista que encontrarán en Notas. 
Hasta la próxima lectura, 

Cecilia Olguin Gianelli

Notas

- Ted Kooser. Poetry Foundation: 
https://www.poetryfoundation.org/poets/ted-kooser

- On the Same Page, with Ted Kooser. Interview:
https://www.youtube.com/watch?v=Q_zAP9Ke3-4











domingo, 25 de enero de 2026

«Herman, el guardabosques», László Krasznahorkai

«Herman, el guarabosques» 

Cuento

Relaciones misericordiosas

[1986]

László Krasznahorkai

[Gyula, Hungría, 1954]

Premio Nobel de Literatura 2025





Un encargo inesperado en esa etapa de jubilado cuando sobra la experiencia y, también el tiempo. Un tiempo de transición, de duelo o de bienestar.
Dicho pedido le llega a nuestro protagonista del lado de los expertos en el cuidado de la fauna.
Sin embargo, no es una sorpresa total para él. Muy en secreto, lo esperaba. Quizá no en este momento, se había preparado mentalmente para actuar en un futuro indeterminado. Ahí sí que tendría la verdadera libertad, la ausencia de restricciones que te brinda dicho estatus —algo imprescindible para desarrollar sin frenos las aptitudes reprimidas por estúpidos decretos laborales, en sus propias palabras. 

Estoy relatando «Herman, el guardabosques», el segundo de los ocho cuentos que conforman el libro Relaciones misericordiosas [1986], de László Krasznahorkai. Una historia intensa, magistralmente narrada con una prosa lenta, largos párrafos que arrastran a una atmósfera oscura y evocadora, con una gran carga filosófica —características del autor.


Editorial Acantilado; 152 págs.


¡Qué difícil recomendar un libro en este caso!, sin embargo lo hago. 
Una lectura que demanda inmersión, relectura en mi caso para sumergirme de lleno en la complejidad que me ofrece el autor. En cuanto a la parte práctica, un lápiz es imprescindible y, ¿por que no?, una naturaleza silvestre, aunque salvaje sería lo ideal —no con Luna demostrando su amor y relajando la reseña.
El resultado: una experiencia intelectual y emocional que enriquece, sin lugar a dudas.






Vuelvo al relato.
Por supuesto que agradece la confianza que depositan en él las autoridades pero, algo asusta a Herman, porque ese es su nombre, un artista único en el oficio de tender trampas. Él es algo así como «el último mohicano» ya que conserva los secretos de un arte ancestral. El arte de hacer desaparecer a los depredadores.
Y es lo que hay que hacer en el bosque de Remete [Hungría], lugar donde toda la actividad forestal se centra en el gigantesco coto de caza a cinco kilómetros, inutilizado ahora que se ha convertido en una selva incontrolable, ya que lleva décadas sin recibir atención. 
Esa imperdonable negligencia, Herman la titula «la inquietante manga ancha de las autoridades».




Herman tiene carta blanca y, sin perder tiempo, se pone manos a la obra para cambiar esa espesura intransitable, donde no solo ningún cazador o excursionista sensato se anima a poner un pie, tampoco los granjeros de la zona que sufren los daños de los amenazantes depredadores. Ellos se han adueñado del lugar y se multiplican sin cesar. 
Desde la primera hora de la mañana, hasta la última de la tarde-noche, Herman tala árboles, elimina malezas, pone saleras y comederos, limpia senderos y abre nuevos, calcula el número de venados y depredadores, interpreta huellas, ubica donde descansan las bestias. 

Tenaz como una sombra, descubre que se trata de perros y gatos abandonados, algunos tejones y zorros. Entonces, arregla y ceba los cepos, lazos y trampas. Instruye al herrero del lugar para que fabrique lo que él le pide. Herman trabaja a la par.
Una vez que está seguro de que los depredadores se han acostumbrado a las trampas bien camufladas, apresarlas es el siguiente paso. Todo transcurre según lo previsto.

Pero, ¿a ustedes les parece que Herman está contento al realizar su trabajo tan profesional? 
Bueno, tendrán que leer el relato completo, y sabrán a qué obedece su nerviosismo e inseguridad si la tiene. 
Conocerán, ¡cómo si no lo supiéramos!, de las autoridades que presumen de las obras públicas —no porque les desvele el beneficio de los ciudadanos precisamente. Y no se lo iban a perder, tras el éxito que va a tener Herman después de dos años de trabajo extenuante, ¡habrá que hacerlo público! Sin demora, irá a verlo una comisión improvisada para expresarle el reconocimiento, por supuesto que lo harán a la vista de todos.
Sus conciencias, tranquilas.




Pero Herman, bastante huraño, ya lo vamos conociendo, prefiere dejar para más adelante dicho acto y el premio, «¡no lo necesito!», será su respuesta.
Por el momento, las autoridades decidirán dejarlo tranquilo para que siga con su trabajo sin más, «ya se sabe, ¡a esa edad!, cualquier reacción de gruñón es esperable», pensarán.

Acá comienza una parte del relato donde vamos hacia el interior de Herman, hacia un hilo de pensamientos que actuarán como una lente. Lo que allí encuentre es lo que determinará sus emociones, y luego sus reacciones y conductas. 
Los lectores que se compenetraron con el personaje, comprenderán [comprender no es justificar], la vulnerabilidad de Herman, la evolución de la excelente narrativa lleva a verlo.
Nada puedo adelantar, solo que se pone de manifiesto un tipo de crueldad por lo que es muy duro, Krasznahorkai lo hace con gran maestría. Es admirable cómo sentimos en carne propia el giro que vive Herman cuando toda su ciencia se viene abajo. Cuando comprende que ha vivido toda su vida en un estado de profunda ignorancia dejándose engañar y creyendo obedecer a un precepto divino que le había enseñado a separar el mundo en lo útil y lo dañino. 

¿Debilidad?, ¿compasión que se pervierte?, ¿sentido de justicia?, nos preguntamos y se pregunta Herman, mirando sus trofeos ahora inútiles. 
Herman, un hombre que planea minuciosamente sus actos. Un hombre que va a franquear una frontera, ustedes descubrirán cual.
Me despido con la transcripción del primer párrafo, espero que deseen leer el cuento completo y descubran, no una respuesta, sí una perspectiva distinta de la palabra compasión y de la vulnerabilidad de las buenas intenciones. 
Hasta la próxima lectura, 

Cecilia Olguin Gianelli

El encargo le llegó finalmente de forma inesperada, aunque había contado con él en secreto a pesar del temor latente a la posibilidad que se lo considerara ya innecesario al haberse jubilado; lo pilló, por así decirlo, desprevenido, y luego, cuando apartando toda formalidad superflua aceptó el apoderamiento y agradeció con sencillas palabras la «confianza en él depositada por los expertos en el cuidado de la fauna», a punto estuvo de asustarse, como quien llega a la meta demasiado fácil, casi sin encontrar obstáculos, sin ninguna clase de lucha, puesto que en el fondo, no solo había «contado» con esa tarea y no solo lo había hecho «en secreto», sino que en eso consistía el núcleo mismo de su proyecto cuando por primera vez se le pasó por la cabeza jubilarse, de lo cual esperaba la verdadera libertad y cierta ausencia de restricciones, algo «imprescindible» para desarrollar sin frenos sus aptitudes reprimidas por estúpidos decretos, tal como pudo comprobar luego, no había nada asombroso en el hecho de que la elección recayera en él, y si bien le habría gustado saber que su bien conocida meticulosidad, su tesón y resiliencia y su inquebrantable capacidad de trabajo habían convencido a las autoridades, era consciente, sin embargo, de que lo debía, sobre todo a que los iniciados admiraban en él a un artista único en el oficio de tender trampas que —tal como constató el propio Herman varias veces con amarga ironía— conservaba, siendo algo así como el «último mohicano» los secretos de un arte ancestral que poco a poco, sin embargo. iba desapareciendo para siempre.


László Krasznahorkai

Algunas de sus obras, las más destacadas, Tango satánico [Sátántangó, 1985] y Melancolía de la resistencia [Az ellenállás melankóliája, 1989] fueron llevadas al cine por el director Béla Tarr [Pécs, Hungría, 1955].




Advertida acerca de lo difíciles y exigentes que son sus novelas, tanto en su prosa de largas frases encadenadas como por sus temas distópicos y melancólicos, me animé primero con El último lobo, luego los cuentos de Relaciones misericordiosas y con Tango satánico.
También me animaron las razones de las autoridades que entregan el mayor premio literario, el Premio Nobel de Literatura: «Una obra convincente y visionaria que, en medio del terror apocalíptico, reafirma el poder del arte».
Ahora, después de lo que llevo leído, lo recomiendo, con todas las advertencias posibles.

Cecilia Olguin Gianelli



sábado, 1 de noviembre de 2025

«El último lobo», László Krasznahorkai

 El último lobo

[2009]

László Krasznahorkai

[Gyula, Hingría, 1954]

Premio Nobel de Literatura 2025



Editorial Sigilo; 93 págs.
Traducción: Adan Kovacsics


Del novelista y guionista húngaro, reciente Premio Nobel de Literatura 2025, László Krasznahorkai, voy a comentar la primera novela que leo de él.


László Krasznahorkai


Advertida acerca de lo difíciles y exigentes que son sus novelas, tanto en su prosa de largas frases encadenadas como por sus temas distópicos y melancólicos, me animo con El último lobo.
Las razones son dos: es corta y es la primera que consigo —esto último habla de lo poco que fue leído, al menos por acá, en Argentina.
También me animaron las razones de las autoridades que entregan el mayor premio literario, el Premio Nobel de Literatura: «Una obra convincente y visionaria que, en medio del terror apocalíptico, reafirma el poder del arte».




Algunas de sus obras, las más destacadas, Tango satánico [Sátántangó, 1985] y Melancolía de la resistencia [Az ellenállás melankóliája, 1989] fueron llevadas al cine por el director Béla Tarr [Pécs, Hungría, 1955].

Mi comentario de El último lobo,

de László Krasznahorkai




Se reía, pero no era una risa distendida, ya que estaba demasiado ocupado tratando de averiguar si existía una diferencia entre el peso de la futilidad y el desprecio y preguntándose a qué se refería todo, pues consideraba que cuanto venía irradiado por todo y de todas partes se refería de manera inalterable también a todo, y si algo se proyectaba sobre todo y desde todas partes, difícilmente podía precisarse sobre qué y desde dónde, sea como fuere, no era una risa surgida del corazón, puesto que la futilidad y el desprecio le oprimían los días, no hacía nada, nada en absoluto, iba y venía, permanecía días enteros sentado en el Sparschwein ante la primera botella de Sternburg y todo a su alrededor estaba lleno de futilidad y, para colmo, de desprecio...

Esto que transcribo no es un párrafo, ya que no vemos un punto, es la primera página de la breve novela, una nouvelle. Y no los encontrarán, ningún punto y aparte o punto seguido, en toda la narración.
Es una historia escrita con una sola frase con muchas subordinadas y ramificaciones, y es la voz del escritor y filósofo la que escucharemos, hablando para sí o para su interlocutor, un húngaro —así se lo llama en la trama, «el húngaro» que trabaja en un bar perdido de Berlín, adonde el escritor asiste cada día. 
De vez en cuando, aparecerán otros personajes, sobre todo en un viaje que realiza a España.




Ya sentirán en lo transcrito la desilusión y melancolía con las que Krasznahorkai viste a su personaje, un pesimismo existencial expresado de manera admirable.   

Volviendo al argumento, trataré de ponerlos en tema sin adentrarme demasiado para no quitarles el poder magnético que tiene esta lectura, e iré agregando algunas pocas conclusiones. 
Como dije, el protagonista asiste a ese bar de Berlín, con poco dinero para emborracharse, en un barrio de calles y aceras mugrientas.
En el bolsillo lleva una carta, «vaya chorrada» le dice al camarero húngaro, que no entiende lo que dice, ni lo entenderá nunca. Él solo escucha, y de vez en cuando pregunta algo, o asiente o se queda callado. No tiene la capacidad de comprender la profundidad, la complejidad de lo que el escritor le cuenta.
Ambos expresan, a mi parecer, la falta de conexión entre personas diferentes, la dificultad en la comunicación.

La carta que lleva el escritor en el bolsillo es una extraña invitación de una todavía más extraña fundación. La idea es que viajara a Extremadura, España, y residiera allí una o dos semanas. El requerimiento es que escriba algo sobre la región.
Todo el tiempo, descreído como es, piensa que es un error, que se han equivocado de hombre. Él ya no se siente «profesor» como lo llaman, había escrito unos cuantos libros, sí, y había descubierto mucho tiempo atrás que nadie los necesitaba.

Le va a ir contando este insólito viaje —que al final acepta—, al camarero húngaro que nada entendía. Paradójicamente, es la persona con la que más vinculada estaba.
En España se obsesiona con la historia de la muerte del último lobo. A partir de ahí comienza su investigación, una experiencia que tendrá gran significación de transformación personal, aunque no de la manera de cierre a la que estamos acostumbrados.

Las amables personas de la fundación le piden reflexionar y escribir sobre la Extremadura Renovada —le explica al húngaro que lo mira.
¿Qué escribir?, ¿qué pensar? 
El lenguaje no servía ya para dar forma a contenidos que no podían fijarse, no servía porque no había dado la vuelta entera, había recorrido todos los territorios imaginables y había regresado al punto de partida, pero había vuelto terriblemente estropeado, ahora bien, ¿cómo explicarlo a esa gente tan amable y entusiasta, cómo explicar que el pensamiento se revelaba imposible, que no contenía ya ni aventura ni acción y, por tanto, carecía de profundidad y carecía también de altura?, pues del lenguaje solo quedaba la porquería primaria de «DAME ESO», la lengua es nuestra basura, pensó, y este pensamiento lo destrozó, y por eso se vino abajo...

La filosofía ha dejado de existir... solo libros en los escaparates, un miserable montón de basura... y para colmo él no había sido nunca una «personalidad reconocida», se había limitado a probar fortuna con el pensamiento y había fracasado, vaya, no me había enterado, observó el húngaro, volviendo ligeramente la cabeza, pues estaba enfrascado en ordenar las botellas...
¡Una genialidad! 

Las culturas diferentes es un tema evidente. Los inmigrantes magrebíes en la región que visita el escritor en España, las tensiones. La ecología en el artículo que lee donde se habla del «fallecimiento del último lobo al sur del río Duero» es otro de los temas. El desencanto creo que es el gran tema, por lo menos es el que más me sensibilizó, el darse cuenta de la imposibilidad de ciertas luchas. El lobo como metáfora de un orden natural que se altera irremediablemente. 

... Como referirse a ese peso que sentía sobre su pecho, cómo aclarar que desde que había dejado de pensar y había profundizado, por tanto, en las cosas, había comprendido que todo cuanto percibimos de la existencia no es más que el monumento a la futilidad?, un monumento de dimensiones inasibles, que se repite una y otra vez hasta el fin de los tiempos, y no es en absoluto el azar el que provoca con su fuerza terrible, inagotable, triunfante e invencible que las cosas nazcan y se desintegren, sino es como si trabajara una intención turbia y demoníaca...

La futilidad y el desprecio, ¡tantas veces repetidas esta dos palabras dentro de las reflexiones profundas del escritor filósofo! A través de estas páginas tan ricas, irán tomando una significación propia en cada lector, estoy segura, y nos sorprenderemos a nosotros mismos reflexionando sobre el esfuerzo, la indiferencia, la incomprensión. 
En este caso, experiencias de un intelectual solitario que viaja a Extremadura, desde Berlín, y la sensación del absurdo ante lo que enfrenta: la inutilidad de los pensamientos complejos y profundos ante un mundo indiferente. Ante ese mundo que a veces hasta se burla. Una incomprensión mutua.
Como la del barman apoyado en la barra que lo escucha y entiende poco, se aburre, cabecea, o se pone a acomodar las botellas, para no perder el tiempo. «¡Eh!», le grita el filósofo al húngaro, «Despierte, hombre». Es que llegaba el momento crucial, una revelación.

Espero que les guste leer este pequeño y gran libro, que conozcan la historia que no concluye de los dos lobos, el macho y la hembra, y de este filósofo y escritor del que ya han conocido bastante para saber si están dispuestos a completar sus pensamientos con sus propias lecturas. 
Conocer el final, o el no final no es lo más importante, después de todo, especialmente si nos mantiene viva la llama de la búsqueda de lo indecible, si comprendemos que, a veces no hay cierre posible.

Hasta la próxima lectura,

Cecilia Olguin Gianelli








viernes, 24 de octubre de 2025

Clarice Lispector y las flores

 Clarice Lispector

[Checheinik, Ucrania, 1920-1977, Brasil]


Clarice Lispector, periodista, traductora, escritora y poeta. Ucraniana y brasileña, de origen judío. Una de las escritoras más importantes y atractivas del siglo XX.

De difícil clasificación —autodefinía su escritura con un «no estilo». Los otros, lo que se empeñan en etiquetar, la ubican en la tercera fase del modernismo, de la generación del 45 brasileña.
Prosa poética, diría yo, compleja e introspectiva, de una exquisitez insuperable.


                                                              Clarice , de Rogerio Zgiet*


Clarice Lispector y el perfume de las flores... esos aromas inolvidables. Evocando ese momento valioso por lo simple, por lo efímero. Intensidad de emociones que no se miden por la algarabía sino por lo sensorial capturado. Por la estimulación que provoca en la vitalidad de nuestras vidas.




En este hermoso libro ... De Natura Florum [1971], ilustrado por Elena Odriozola, no menciona a las flores que les muestro, la Flor del Ángel [Philadelphus Grandiflorus], sin embargo, cuando salí al parque esta mañana temprano y sentí su fragancia, intensa y dulce, me acordé de Clarice y de su libro. En realidad de muchos de sus textos referidos al perfume, como Perfumes de la tierra y tantos otros.
Siempre femenina y encantadora en su decir cotidiano: «Perfumarse es una sabiduría instintiva... Un arte, y como todo arte, exige algún conocimiento de sí misma. Uso un perfume cuyo nombre no digo: es mío, soy yo».


                                                 Nórdica Libros


Las flores de este arbusto son pequeñas, Clarice diría modestas. Sin embargo, en su conjunto, ¡esas ramas rebosantes de flores! Color y aroma observados y sentidos. Tal vez nos dicen algo con sus flujos volátiles.
Clarice estable un diálogo con plantas y flores, podrían muy bien ser estas. Lo hace como si de personas se tratara, un diálogo entre poético y divertido.
Para leerlo hay que tomar una pausa, hay que hacerlo con tranquilidad, con la misma que nos tomamos para mirar la naturaleza y sus riquezas.




Así, veremos en estas flores, los estambres y pistilos, ya que la Flor del Ángel tiene reproductores masculinos y femeninos —como aclara Clarice en sus descripciones botánicas.
Se muestran a simple vista, sin falsos pudores.

Los invito a este juego que propone Clarice Lispector, que la lean, por supuesto, y que tomen de ella todo su encanto para jugar poéticamente con lo que observan. 
Dar vida y carácter a una planta, a una flor, decir que una es introvertida, otra que grita esplendor, una que «se entrega toda y le queda la alegría de haberse entregado» [la rosa], otra «con el instinto de volver su enorme corola hacia su madre» [el girasol] o la que «no se esconde, como dicen, por modestia. Se esconde para poder entender su propio secreto» [la violeta].

Textos inclasificables por género, con un estilo personal que nos demanda la voluntad de transitar sus universos, textos y lugares que nos dan mucho placer recorrer.
Leamos, por ejemplo, Cerca del corazón salvaje [1942], La pasión según G. H. [1964], La hora de la estrella [1977], uno de los mejores, o sus colecciones de relatos.
Cada uno de ellos nos dejará una riqueza, un entendimiento de la condición humana, experiencias profundas en temas que nos atañen, un viaje a uno mismo.
También leer sobre su vida y relaciones les gustará mucho. Una mujer admirable, una escritora excelente. 

Hasta la próxima buena lectura, 

Cecilia  Olguin Gianelli

Notas

-Clarice Lispector:
https://site.claricelispector.ims.com.br/

Rogerio Zgiet Art:  Artista contemporáneo [1970]. Pintura acrílica sobre lienzo, en homenaje a Clarice Lispector. Río de Janeiro, Brasil. 
https://pixels.com/profiles/rogerio-fonseca





jueves, 23 de octubre de 2025

«Bloom», poem by Emily Dickinson

 «Bloom»,

poem 1058

by Emily Dickinson

[Amherst, Massachusetts, EE. UU., 1830-

1886, ibidem]




Bloom — is Result —to meet a Flower
And casually glance
Would cause one scarcely to suspect
The minor Circumstance
Assisting in the Bright Affair
So intricately done
Then offered as a Butterfly
To the Meridian —
To pack the Bud — oppose the Worm —
Escape the prowling Bee
Great Nature not to disappoint
Awaiting Her that Day —
To be a Flower, is profound 
Responsibility —

*

What a beautiful poem!
How does the flower appear?, did you realize?
Suddenly, the flower emerges not as this pretty object to be admired, but as this ravishing system of aliveness — a kind of silent symphony of interconnected resilience.

This poem 1058, «Bloom», was not published during Emily Dickinson´s lifetime. It was first published posthumously in 1890, in the first collection of her poetry, Poems of Emily Dickinson, edited by Thomas Wentworth Higginson and Mabel Loomis Todd. This initial collection, released four years after her death in 1886.


Emily Dickinson, Sabina Radeva


I hope you enjoy this poem.
Until next time, with good readings,

Cecilia Olguin Gianelli

Notas

- Emily Dickinson Website: 
https://www.emilydickinson.net/

- Emely Dickinson. Poetry Foundation: 
https://www.poetryfoundation.org/poets/emily-dickinson


viernes, 10 de octubre de 2025

«Relaciones misericordiosas», cuento de László Krasznahorkai

«El último barco»

Cuento

Relaciones misericordiosas

[1986]

László Krasznahorkai

[Gyula, Hungría, 1954]

Premio Nobel de Literatura 2025


Editorial Acantilado; 152 págs.


A la memoria de Mihály Vörösmarty. 

Todavía estaba oscuro cuando partimos y, aunque sabíamos que ya no había ninguna razón para estúpidas expectativas, pues daba igual si era la mañana o la noche, pensábamos que ese día también amanecería, saldría el sol, se extendería la luz, es decir, clarearía y nos veríamos los unos a los otros, los rostros arrugados, las bolsas de los ojos sanguinolentos o la piel rugosa detrás en la nuca, veríamos a nuestras espaldas la estela que pronto se alisaría en el agua, los edificios abandonados del muelle, las calles vacías e intactas que se introducían entre ellos y después, más allá de la ciudad, la orilla ligeramente elevada en toda su amplitud, esperando el momento del derrumbe. Partimos en la oscuridad y, si bien pocas veces ocurría que una persona se dirigiera a otra (si es que coincidíamos en el camino al puerto del Danubio, si daba la casualidad de que uno pasaba por el lado de otro o varios pasaban junto a uno), necesitábamos, sin embargo, esas siluetas borrosas, apenas perceptibles, pues sólo gracias a ellas podíamos determinar nuestra posición momentánea y la dirección correcta, ya que los faros de los todoterrenos de las unidades del EVA que pasaban por aquí y por allá a una velocidad vertiginosa, más que ayudarnos, nos desorientaban y, por otra parte, no podíamos fiarnos de la rutina en ese momento en que todo resultaba arriesgado. Tras semanas de angustiosa espera, ilusionados por la noticia de la hora exacta de la salida anunciada al amanecer por megáfono y en carteles escritos a mano, sin siquiera esperar a que comenzase la ceremonia del alba, absurda y últimamente renqueante hasta la desesperación, partimos desde diferentes puntos—lejanos y cercanos—de la capital y en el fondo, sin embargo, todos del mismo lugar, de debajo de la tierra, como las ratas, que por su extraordinaria capacidad de supervivencia se habían convertido en los últimos meses casi en una suerte de animales sagrados y, por tanto, en objeto exclusivo de nuestra atención: de sótanos, de madrigueras, de oquedades que antaño habían servido como despensas, de pozos de decantación y de refugios provisionales, y quienes no habían considerado tranquilizadoras esas soluciones emergían de los túneles del metro y del tren de cercanías, desde el fondo de los baños turcos y de los talleres de reparación subterráneos o del laberinto de las cloacas, considerado el lugar más seguro, y emprendían el camino, corto o largo, con el equipaje preparado desde bastante tiempo o sin él. Sería, no obstante, una exageración afirmar que «entonces se poblaron las calles», porque—como se supo después—, apenas quedábamos sesenta en la ciudad, o sea, que el EVA tenía razón al juzgar que un barco fluvial de tamaño medio se ajustaría perfectamente a las necesidades, y fue eso, la dimensión, lo que nos extrañó a algunos—sólo hasta el momento de la partida, por supuesto—, ya que ante la imposibilidad de aprovechar las vías terrestres y aéreas todos teníamos claro que la única solución era el agua. La mayor preocupación para llegar al puerto la suponía el sentido—o el sinsentido—del equipaje, consistente en gran parte en maletas más o menos grandes, bolsos de viaje, sacos y cajas de cartón, pues el espíritu de la situación hizo que cada vez más objetos personales empezaran a sustituir los objetos útiles que se habían ido acumulando como consecuencia de un inicialmente involuntario sentido práctico hasta que al final no quedó nada práctico: en vez de la ropa interior de abrigo se incluyó el reloj de cuco roto; en vez de la harina y del chocolate en polvo, la colección de etiquetas de cajas de cerillas, y en los días previos a la partida ya daba la impresión de que una boquilla barata tenía más importancia que el infiernillo y unas conchas de mar más que los analgésicos para el dolor de muelas y de cabeza. Soportábamos de maneras diversas la conciencia de que ambas soluciones carecían de sentido: algunos se arrastraron por la ciudad con todos sus bártulos y llegaron al barco extenuados, jadeando, con los miembros entumecidos; otros, en cambio, llegaron con las manos vacías, mientras que los puños cerrados de algunos daban a entender que no habían sido capaces de desprenderse de algo en el camino. Llegamos uno a uno al «muelle provisional» y, como estábamos convencidos de que los sesenta sólo desempeñábamos el papel de avanzadilla, la mayor sorpresa nos la causó el barco que aguardaba en silencio en la oscuridad. No logró disiparla el efímero alivio que nos significó comprobar, al llegar de las calles aledañas a ese punto del muelle, que no habíamos cometido ningún error y que, en efecto, algo flotaba allí en el agua. El «barco danubiano de tamaño medio» nos recordaba a todos a un navío de desguace sombrío e inútil que la oficina de turismo quizá había considerado en su día adecuado para sustituir con su parsimonioso balanceo una excursión en barco cuando se trataba de grupos escolares, aunque desde entonces había pasado sin duda mucho tiempo, ya que el medio de transporte acuático destinado a nosotros se había hundido tanto que una que otra ola más o menos grande le barría la cubierta y tres o cuatro personas en condiciones habrían bastado para sumergirlo del todo y para siempre. Nuestros malos presentimientos aumentaron cuando no vimos ningún movimiento encima, no aparecía ningún marinero ni ningún oficial del EVA, la cabina de mando estaba oscura y desierto estaba también el muelle, por mucho que miráramos hacia un lado y hacia el otro. Y—mientras esperábamos cada vez más impacientes la llegada de alguien al puente de mando o de algún todoterreno del EVA para comenzar el control de la documentación—nuestra preocupación en lo que respectaba al barco no disminuía, sino que más bien crecía, pues viéndolo más de cerca descubríamos cada vez más fallos tanto en el casco como en la cubierta. Unos palmos por debajo del morro había un agujero de forma circular, como si una bala de cañón hubiera alcanzado la embarcación, en la cubierta de popa faltaban unos cuantos tablones, el costado de la cabina de mando carecía de cristales en las ventanas y así sucesivamente, por no hablar de las amarras que ya se habían podrido del todo; además, uno de los bolardos se había desprendido en parte del hormigón del muelle como si lo hubiese atacado un alevoso animal subterráneo. Aguardamos zarandeados por un viento cortante, gruñendo, y cuando comprendimos que una inspección más minuciosa podía convertir el asombro inicial en una cólera de resultado incierto y bastante arriesgada, comenzamos—en vez de pasar a la acción—a fustigar el navío con palabras cada vez más burlonas, lo cual nos aseguraba cierta protección y por otra parte nos proporcionaba un sentimiento de liberación alegre y al mismo tiempo carente de todo riesgo. Llevábamos tanto tiempo sin conocer una sensación así que incluso intervinieron de vez en cuando, añadiendo aquí y allá algún comentario, algunos que parecían los más taciturnos, de manera que tras interjecciones tales como «¡Vaya barco de mierda!» o «¡Vaya galera abollada!» o «¡Vaya trasto asqueroso!» notamos cierta sensación de alegría y comenzamos a ver también con cierta ternura esa embarcación que crujiendo y rechinando se mecía allá abajo y con un sentimiento de pertenencia entre nosotros como el que nos suele vincular, por ejemplo, con alguna bagatela que llevamos en el bolsillo. Y cuando de dos calles que discurrían paralelas en dirección a «nuestro muelle» llegaron casi al unísono y frenaron chirriando junto a nuestro grupo un tanto disperso dos todoterrenos del EVA, ya estábamos seguros de que «ese barco nuestro no nos dejará en la estacada»… La llegada súbita e inesperada de los hombres del EVA no nos alteró particularmente, sino que nos provocó más bien algo así como una satisfacción rabiosa, y sólo formamos la obligatoria fila de dos a los gritos del subcomandante encargado de la unidad. Unos años antes, claro está, la presencia de algún uniforme blanco o de un todoterreno ya habría sido suficiente para que nos arrimáramos a la pared con el corazón en un puño, sudando por el miedo, pero desde que se marcharan no sólo gran parte de las tropas sino también el estado mayor y sólo quedara ese comando especial—que de especial tenía poco—para gestionar el traslado de los rezagados, el orden se vino abajo, se impuso el caos, unos chavales se pusieron los otrora temidos uniformes y ya ni siquiera iban acompañados de intérpretes, ya que para el saqueo no se necesitaban palabras, de manera que de la anterior crueldad sólo quedaban esos gritos y chillidos, de las anteriores características externas, tan precisas, de las típicas operaciones sólo las acciones «fulminantes», vacuas, desesperadas, ridículas y carentes de rumbo. Sin embargo, aunque por nuestras experiencias sabíamos que la actual maquinaria sólo era un pálido reflejo de la antigua, la cual había funcionado en su día como una seda, pensamos que incluso así recapacitarían y resolverían rápidamente las formalidades que quedaban y que, por otra parte, tampoco eran ya necesarias. No obstante, durante largo tiempo no ocurrió nada. De uno de los todoterrenos hicieron bajar a cuatro o cinco civiles, que pasaron junto a nosotros con la cabeza gacha y pasos inseguros sin alzar una sola vez la vista, y los acompañaron al barco. Después examinaron con detalle nuestros bártulos y como no encontraron nada de su gusto, arrojaron, enfurecidos, unas maletas y unos bolsos al agua. A continuación, se situaron varias veces detrás de uno o de otro, pero ni siquiera fueron capaces de castigar a los murmuradores, y lo cierto es que tampoco podían acusar a nadie de un delito más grave. Su impotencia nos entristecía porque nos dábamos cuenta de que no podían comprender que nuestra tenaz resistencia anterior se había convertido con el tiempo en una decisiva disposición a colaborar, la cual, sin duda, había de resultarle paralizante a un organismo para cuyo funcionamiento era más importante la existencia de una continua oposición que la victoria. Cuando la situación ya les resultó fastidiosa, no les quedó más remedio que comenzar a exigirnos la documentación; tuvimos que volver a ponernos en fila, ahora uno detrás de otro, frente a la pasarela, y entonces no les molestó ya que nuestra columna se disolviera al cabo de escasos minutos y diera la impresión de un rebaño cansado y adormilado más que de un grupo disciplinado. La identificación sólo les suscitaba problemas a ellos, pues a nosotros nos daba lo mismo qué documento aceptaban: ni nuestra identidad ni nuestras personas tenían ya particular importancia. Nuestros documentos no decían nada, ya que ni siquiera nosotros podíamos determinar en realidad cuál era el verdadero y cuál el falso; considerábamos que cualquier nombre, cualquier dato podía referirse también a nosotros, y como nos resultaba difícil decidir «qué nos convenía ser» optamos por conservar todos los papeles que con el tiempo se habían acumulado, y eran muchos. El barco, al que nos hicieron subir uno por uno, no daba señales de zarpar pronto; si bien en el puente de mando había ya una luz encendida, observamos desanimados a los dos civiles que se movían inseguros ahí dentro y que, según todas las apariencias, daban vueltas completamente desconcertados, pulsaban los botones y accionaban las palancas a la buena de Dios, confiando en el azar, en la buena suerte para dar con la maniobra adecuada; en cuanto a los otros dos o tres civiles, éstos habían desaparecido hacía tiempo en la quilla del barco, adonde los habían enviado sin duda a reparar los evidentes fallos de las máquinas, aunque estábamos casi seguros de ganar si apostábamos a que lo primero que hicieran allí esos holgazanes fuese buscar un sitio apropiado para dormir durante todo el viaje (y así ocurrió, en efecto). En esa situación sin esperanzas nos supuso una auténtica sorpresa percibir al cabo de media hora más o menos una ligera vibración bajo los pies y oír a continuación, sin que nos cupiera la menor duda, el esforzado rumor de los motores; los dos civiles en el puente de mando se miraron y asintieron contentos con la cabeza y también nosotros sentimos cierto alivio al verlos, pues nos repugnaba la idea de tener que seguir quizá en el lugar una vez que no nos quedaba más remedio que marcharnos. Curiosamente, como ya no parecían existir obstáculos serios para nuestro viaje y era seguro que nuestro navío al menos podía funcionar, de pronto perdimos la paciencia y nos pareció de enorme importancia no esperar ni un minuto más y zarpar enseguida, y esos minutos resultaron tanto más insoportables cuanto que estábamos convencidos, además, de que la mayoría de la gente estaba aún por llegar, de modo que nos aguardaban todavía unas cuantas horas. Las apariencias también reforzaban nuestro error: los hombres del EVA permanecían indiferentes, tranquilos, mudos en torno a los todoterrenos en el muelle, alguno se encendía un cigarrillo, de manera que bien podíamos creer que igualmente ellos se preparaban para horas de espera, aunque en realidad sólo se trataba de una medida de seguridad. A nosotros ni siquiera se nos ocurrió tal posibilidad; nerviosos, tensos, fijábamos la vista en las dos calles que desembocaban en el muelle y pensábamos llenos de odio en los hombres y las mujeres a los que se les habían pegado las sábanas y quién sabía cuándo se presentarían por fin en el embarcadero. Estábamos allí como mirando las bocas oscuras de unos túneles de los cuales al final habrían de emerger esas personas. Con el tiempo ya nos habríamos contentado con una sola, y nuestro odio pronto se convirtió en preocupación y la idea de una capital tal vez completamente desierta y abandonada se tornó angustiante; algunos se apretujaron contra la barandilla, los ojos nos hacían chiribitas de tanto mirar, aunque todo en vano, porque no llegaba nadie. Luego, cuando el subcomandante del EVA hizo una señal burlona a los dos civiles (los otros habían sido engullidos por las entrañas del barco) y los dos soltaron entonces las amarras y levaron las anclas, estábamos todos en la cubierta, con la mirada clavada en las calles que desembocaban en el muelle, y ni siquiera se nos ocurrió pensar que zarpábamos, pues necesitamos tiempo para sustituir el absurdo de que hubiera gente que permaneciera definitivamente en la ciudad por otro absurdo, la locura vacua de una urbe desierta. Algunos de nosotros respiramos aliviados cuando por fin perdimos de vista los todoterrenos y la apática unidad e incluso procuramos expresarlo de alguna manera, pero la mayoría sólo cobró conciencia de lo que ocurría cuando de repente—«casi al mismo tiempo»—nos dimos cuenta de que clareaba. Poco a poco nos instalamos en la cubierta de popa y en torno al puente de mando, procuramos encontrar la posición más cómoda y algunos incluso tratamos de entablar, con escaso éxito, eso sí, una conversación con los civiles para al menos tener una mínima idea de cuanto nos esperaba próximamente, de si nos pararíamos antes de llegar a la frontera o quizá después, de si nos convenía concebir la esperanza de lograr alguna ventaja en nuestro barco, el cual, según todos los indicios, seguía bajo la autoridad del EVA, pero sin su presencia real. No nos sorprendió que nuestros intentos resultaran inútiles y, de hecho, no sabíamos si no era mejor no entender nada de nada. Quien tenía algo para comer comió algún bocado, algunos hasta durmieron un rato, pero luego todos nos quedamos mirando el paisaje que iba pasando poco a poco, la línea irregular y serpenteante de los puestos de vigía, las formas de mariposa de las bases de defensa que se alzaban a lo lejos, las suaves ondulaciones de las antiguas pistas de aterrizaje cuarteadas por la sequía, los recuerdos de los abetales calcinados en las cada vez más frecuentes colinas, escuchábamos el ulular del viento y el zumbido uniforme de los motores, el murmullo del Danubio en torno al casco abollado del barco, y el silencio que se posó sobre nosotros sólo se vio perturbado de vez en cuando por los fugaces malos augurios de algunos de nuestros agotados compañeros. Nuestro barco progresaba con esa misma calma río arriba, y como el destino era el mismo, aunque la dirección la contraria, nuestra atención se fue fijando en los objetos que veíamos pasar: lavabos baratos y oxidados encallados en las orillas, neveras y estufas de gasoil destripadas retenidas por las piedras, restos de árboles, neumáticos y sillas que discurrían flotando, barriles de hojalata y juguetes de plástico, cadáveres de corzos, perros y caballos, de manera que cualquier cosa que aparecía cerca de nosotros enseguida merecía nuestra atención cada vez más intensa, eso sí, hasta que nos dimos cuenta de que nuestra curiosidad, muestro interés, es más, a veces también nuestra compasión se debían exclusivamente al rumbo que tomaban. El sueño no tardó en vencernos; quien pudo se cubrió con algo; quien no, intentó buscarse en la cubierta un rincón a resguardo del viento y acurrucarse todo lo posible con las manos en los bolsillos; sólo quedaban despiertos los dos civiles en el puente de mando iluminado y observaban satisfechos la superficie lisa del agua que se extendía ante nosotros, cortada por la proa. A la caída de una nueva noche, todavía yacíamos aturdidos por el cansancio, y sólo se produjo un sordo murmullo cuando uno de nosotros alzó de pronto la cabeza, se incorporó, se dirigió a la popa y, señalando el paisaje que desaparecía ya para siempre sumido en una densa oscuridad, exclamó con un alivio teñido de amargura: «Mirad, aquello era Hungría». 

[* La traducción de las primeras y las últimas páginas de este relato se realizó con los participantes del seminario de traducción húngarocastellano que se celebró en la Casa del Traductor de Balatonfüred, en Hungría, y que contó con la presencia del autor. (N. del T.).

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Comentario


László Krasznahorkai



Este es el primer relato que leo de László Krasznahorkai, novelista y guionista húngaro, nacido el 5 de enero de 1954 en Gyula, Hungría, que actualmente reside en Berlín.
Reciente premio Nobel de Literatura y uno de los grandes escritores contemporáneos, autor de novelas de renombre, como Tango satánico [1985], La melancolía de la resistencia [1989] y El último lobo [2009].

Desconocido para muchos, entre los que me incluyo, en estas últimas horas, me imbuí en la vida y obra del escritor húngaro.
Al leer sobre el autor y su obra literaria, las características de su narrativa, me pareció que empezar por uno de sus cuentos era una manera más accesible.
La experiencia ha sido sumamente favorable. Conocer su estilo de frases larguísimas y con mucho ritmo [demostrado al leer en voz alta], sumergirme en una prosa casi hipnótica, rica en lenguaje y tema, me demostró que lejos de ahuyentarme, me entusiasma a seguir con sus novelas.

Llegamos uno a uno al «muelle provisional» y, como estábamos convencidos de que los sesenta sólo desempeñábamos el papel de avanzadilla, la mayor sorpresa nos la causó el barco que aguardaba en silencio en la oscuridad. No logró disiparla el efímero alivio que nos significó comprobar, al llegar de las calles aledañas a ese punto del muelle, que no habíamos cometido ningún error y que, en efecto, algo flotaba allí en el agua.



En «El último barco» nos encontramos con una historia contada por un narrador omnisciente, tercera persona del plural —son los habitantes los que hablan, una comunidad que comparte circunstancias especiales. Una voz que representa a todos.
Ellos son un grupo de personas que huyen de la capital húngara en un barco fluvial en muy mal estado —parecen seres emergiendo de una oscuridad que nos sugiere oquedades existenciales.
¿Adónde van? No lo sabemos, a un futuro incierto. Solo huyen de un mundo en ruinas, de una tierra que ya no les pertenece. Con documentos que no reflejan su identidad.
La atmósfera es sombría, tenemos la sensación de incertidumbre, como si algo planeado no va a poder concretarse. 
Según he leído, una sensación de caos y decadencia que Krasznahorkai suele explorar en sus obras.

Con metáforas e interpretaciones simbólicas que cada uno encuentra, nos deja pensando, y en un estado anímico tan bien transferido al margen de los eventos que acá suceden y el contexto histórico —la sociedad húngara bajo el régimen comunista.
Con la frase que acompaño la imagen, solo una de ellas entre las varias marcadas, les transmito lo que sucede, el grado de compenetración y de que manera nos podemos sentir ante una de las imágenes.

Escrita en 1986, forma parte del libro Relaciones misericordiosas [Editorial Acantilado], es el primero de los ocho relatos que lo componen. Su traductor, muy importante nombrarlo, es Adan Kovacsics.

Hasta la próxima lectura, espero que hayan disfrutado y hayan sentido, como yo, el gran placer al leerlo,

Cecilia Olguin Gianelli

Notas

- László Krasznahorkai: 
https://www.krasznahorkai.hu/

- Relaciones misericordiosas, Editorial Acantilado:
https://www.acantilado.es/catalogo/relaciones-misericordiosas/