domingo, 11 de febrero de 2018

«La plenitud de la vida» / The Fullness of Life, Cuentos inquietantes, Edith Wharton

«La plenitud de la vida»

[The Fullness of Life, 1893]

Relato elegido, de Edith Wharton [1862-1937]

Cuentos inquietantes 

[Antología de diez relatos, 2015]




«La vida, en sus distintas manifestaciones de belleza y singularidad, danzaba rítmicamente en torno a mí».
Un remanso de poesía, arte y vida en un relato elegido de esta gran escritora,
¡buena lectura!

Al final, la versión original en idioma inglés, el audio book y mi comentario.

1
          Había estado recostada durante horas, sumida en un plácido sopor no muy diferente de la dulce molicie que nos embarga en la quietud de un mediodía estival, cuando el calor parece haber acallado incluso a los pájaros y a los insectos. Mullidamente tumbada sobre flecos de hierba, dirige la mirada hacia lo alto, por encima de la uniforme techumbre que conforman las hojas de los arces, hacia el vasto cielo, despejado e impávido. 



De cuando en cuando, a intervalos progresivamente crecientes, la atravesaba una punzada de dolor, como un fucilazo surcando ese mismo cielo de verano. Resultaba, sin embargo, demasiado fugaz para conseguir sacarla de su estupor, ese estupor delicioso y abisal en el que iba cayendo cada vez más profundamente sin oponer el menor conato de resistencia, el más mínimo esfuerzo por aferrarse a los recesivos bordes de la consciencia.

La resistencia y el esfuerzo tuvieron sus momentos de plenitud, pero ahora habían cesado por completo. Su mente, hostigada desde hacía tiempo por imágenes grotescas, por fragmentarias visiones de la vida que llevaba últimamente, por aflictivos versos, por recurrentes representaciones de cuadros contemplados alguna vez, por las difusas impresiones que en ella habían dejado ríos, torres y cúpulas en el transcurso de viajes casi olvidados… Su mente apenas reaccionaba ya a unas escasas y primarias sensaciones de incoloro bienestar, de vaga satisfacción al recordar que le había dado el trago definitivo a aquella medicina fatal… y que no volvería a escuchar el chasquido de las botas de su marido (aquellas horrendas botas), que nadie la molestaría más con cuestiones relativas a la cena del día siguiente o a los encargos pendientes en la tienda de ultramarinos. 

Al final, incluso aquellas débiles sensaciones acabaron engullidas por la espesa tiniebla que la iba cercando, por el crepúsculo cuajado de pálidas rosas geométricas, desplegadas ante ella en suaves e incesantes círculos que, a su vez, se ensombrecían poco a poco hasta adoptar una negrura uniforme y azulada similar a la de una noche de verano sin estrellas. Y en dicha oscuridad se iba adentrando paulatinamente, con la reconfortante sensación de seguridad de quien se sabe sostenido desde abajo. Una tibia marea que se deslizaba cada vez más arriba la iba rodeando, envolviendo su cuerpo relajado y exhausto en un aterciopelado abrazo, sumergiéndole primero pecho y hombros, y desplazándose gradualmente sobre su cuello con inexorable delicadeza hasta alcanzar su barbilla, sus orejas, su boca. ¡Ah!, ahora avanzaba demasiado, volvía el impulso de presentar batalla… Tenía la boca llena…, se ahogaba… ¡Socorro! 

—Todo ha concluido —anunció la enfermera cerrándole los párpados con profesional aplomo. 

El reloj dio las tres. Todos lo recordarían más adelante. Alguien abrió la ventana para permitir la entrada de una de esas corrientes de aire extraño y neutral que recorre la tierra entre la noche y el alba. Alguien (distinto) condujo al marido hasta otra habitación. Él salió con paso indolente, como un ciego, calzado con sus restallantes botas. 


Le pareció estar de pie bajo una especie de umbral, pese a que no veía ante sí ninguna puerta tangible. Tan solo un inabarcable panorama de luz, suave pero penetrante como el fulgor simultáneo de millares de estrellas, se iba extendiendo gradualmente ante sus ojos ofreciendo un beatífico contraste con la cavernosa oscuridad de la que acababa de emerger. 

Avanzó unos pasos, sin miedo pero con cierta vacilación, y a medida que su vista se fue habituando a las fundentes densidades de luz que la rodeaban, acertó a distinguir los contornos de un paisaje que a primera vista se le antojó inmerso en la opalina ambigüedad típica de las vaporosas creaciones de Shelley, pero que poco después fue adquiriendo relieves más definidos. Así, se le fueron desvelando  una descomunal y soleada planicie, la aérea silueta de unas montañas y, seguidamente, el plateado serpenteo de un río sobre un valle, así como el estarcido azul de los árboles alineados en sus meandros… Todo ello recordaba en cierto modo, en su tonalidad indescriptible, a los cerúleos azules de Leonardo: extraños, subyugadores, misteriosos… Azules que encauzaban la vista y la imaginación hacia regiones de goces indecibles. Extasiada en tal contemplación, el corazón le latía con un asombro placentero y acuciante; tan jubilosa le parecía la promesa que creía adivinar en la incitación de aquella distancia hialina… 



—Así que, después de todo, la muerte no es el fin. —Se escuchó decir a sí misma en voz alta con alborozo—. Siempre pensé que eso era imposible. Creí a Darwin, por supuesto. Todavía creo en él. Pero el propio Darwin dijo (eso pienso, al menos) que no las tenía todas consigo respecto al tema del alma, y Wallace fue un espiritualista, y también estaba George Mivart…

—La mirada se le extravió en la etérea lejanía de las montañas—. ¡Qué belleza! ¡Qué bien se está aquí! —murmuró—. Tal vez ha llegado el momento de averiguar lo que es vivir.


"The Wicket of Paradise", del ilustrador estadounidense Howard Pyle 

Mientras hablaba sintió una repentina aceleración de su ritmo cardiaco y al mirar hacia arriba advirtió que ante ella estaba el Espíritu de la Vida.

—¿De verdad que nunca has sabido lo que es la vida? —le preguntó el Espíritu de la Vida.

—Jamás he conocido la plenitud de la vida que todos nos sentimos llamados a conocer, pese a que no han faltado en la mía dispersos atisbos de ella, como el olor a tierra que a veces se percibe en alta mar.

—¿Y a qué llamas tú «Plenitud de la Vida»? —preguntó nuevamente el Espíritu.

—¡Oh, si tú no lo sabes, cómo voy a explicártelo yo! —dijo ella con un punto de reproche—. Se supone que hay muchas palabras para definirlo, entre las cuales las más usadas son «amor» y «afecto», pero no estoy muy segura de que sean las idóneas. Además, hay tan poca gente que sepa lo que significan…

—Estuviste casada —dijo el Espíritu— y, aun así, ¿no conociste la plenitud de la vida en tu matrimonio?

—¡Oh, no, válgame Dios! —replicó ella con indulgente desdén—. Mi matrimonio fue un asunto bastante precario.

—Y, pese a ello, ¿apreciabas a tu marido?

—Has dado con la palabra exacta. Le apreciaba, sí, pero lo mismo que apreciaba a mi abuela, la casa en que nací o a mi antigua niñera. ¡Oh, sí, le apreciaba!, y se nos consideraba una pareja muy feliz. Pero a veces pienso que la naturaleza de la mujer es como una casa con muchas habitaciones: está el recibidor de entrada por el que pasa todo el mundo para salir o entrar, el salón en el que una recibe a las visitas formales, la sala de estar donde los miembros de la familia vienen y van a su antojo… Pero más apartadas, mucho más apartadas, hay otras habitaciones cuyos picaportes nunca se hicieron girar para abrir sus puertas. Nadie conoce el camino para acceder a ellas, nadie sabe a dónde conducen. Y en la habitación más recóndita de todas, en el santuario de santuarios, el alma se sienta sola, aguardando el sonido de unos pasos que nunca llegan.

—Y tu marido —preguntó el Espíritu al cabo de una pausa— ¿nunca fue más allá de la salita familiar?

—¡Nunca! —respondió exasperada—. Y lo peor de todo es que estaba muy conforme con no pasar de ahí. Consideraba la salita un lugar precioso y, en ocasiones, cuando admiraba el vulgar mobiliario, impersonal como las sillas y mesas de un recibidor de hotel, me entraban ganas de gritarle: «Estúpido, ¿es que nunca vas a adivinar que, justo aquí al lado, hay estancias llenas de tesoros y portentos como no ha visto jamás el ojo humano, estancias a las que jamás ha accedido nadie pero en las que tú podrías quedarte de por vida si fueses capaz de dar con el picaporte?».

—Entonces —prosiguió el Espíritu— esos momentos de los que hablabas antes, esos que parecían sobrevenirte como esporádicos atisbos de la plenitud de la vida, ¿no los compartías con tu marido?

—Oh, no… Nunca. Él era diferente. Sus botas chasqueaban continuamente y cada vez que salía de una habitación lo hacía dando un portazo. Jamás leía nada que no fuesen novelas baratas o las noticias de deportes de la prensa y…, y… En resumidas cuentas, que no nos entendimos en absoluto el uno al otro.

—En ese caso, ¿a qué otras influencias atribuías las exquisitas sensaciones que mencionas?

—Pues no sabría decirlo. Unas veces al perfume de una flor, otras a un verso de Dante o de Shakespeare o incluso a un cuadro o a una puesta de sol, o a uno de esos días de calma en alta mar cuando a una le parece estar recostada en la cuenca de una perla azul. En ocasiones (aunque de manera muy ocasional) a algo dicho por alguien que obró el milagro de poner en palabras, en el momento adecuado, lo mismo que yo había sentido y no había sido capaz de expresar.

—¿Alguien a quien amabas? —inquirió el Espíritu.

—¡Yo nunca he amado de esa forma! —repuso ella con pesadumbre—. Como tampoco pensaba en nadie en particular al hablar, tal vez en dos o tres personas que, al pulsar eventualmente alguna tecla de mi ser, lograron hacer sonar una nota aislada de la extraña melodía que parecía dormir dentro de mi alma. Sin embargo, han sido pocas las veces en las que he podido atribuir tales sensaciones a las personas. Y, desde luego, nadie suscitó nunca en mí una sensación de felicidad como la que tuve el privilegio de experimentar una noche en la capilla de San Miguel, en Florencia.

—Háblame de ello —dijo el Espíritu.

—Fue casi al anochecer, tras una tarde lluviosa de primavera en la semana de Pascua. Las nubes se habían dispersado, barridas por un viento repentino y, cuando entramos en la iglesia, las fulgentes vidrieras de las ventanas brillaban en lo alto como lámparas en la penumbra. Había un sacerdote en el altar mayor y su blanca vestidura contrastaba como una mancha lívida contra la oscuridad saturada de incienso. La luz de las velas danzaba arriba y abajo como luciérnagas en torno a su cabeza. Un grupo de personas estaban arrodilladas a su alrededor. Nosotros pasamos con cuidado por detrás y nos sentamos en un banco cercano al tabernáculo de Orcagna.

Por raro que parezca, aunque Florencia no era nueva para mí, no había estado antes en esa iglesia, y bajo aquella luz mágica vi por vez primera los escalones taraceados, las estriadas columnas, las esculturas en bajo relieve y el baldaquín del fastuoso sagrario. El mármol, desgastado y pulido por la sutil mano del tiempo, había adquirido un indescriptible tono rosáceo que recordaba remotamente al color miel de las columnas del Partenón, siendo este otro más místico, más intrincado, un color no nacido del pertinaz beso del sol, sino  surgido de aquella semioscuridad de cripta, de las llamas de las velas sobre las tumbas de los mártires, de los haces de luz crepuscular filtrados a través de las simbólicas vidrieras de crisoprasa y rubí. Una luz como la que ilumina los misales de la biblioteca de Siena, o como la que irradia cual fuego invisible la Madonna de Juan Bellini en la iglesia del Redentor de Venecia… La luz de la Edad Media, más rica, más solemne, más significativa que el diáfano sol de Grecia.

En la iglesia reinaba el silencio, tan solo interrumpido por las letanías del sacerdote y por el arrastre ocasional de alguna silla por el suelo. Mientras me encontraba allí, bañada por aquella luz, cautivada por la contemplación del milagro de mármol que se erigía ante mis ojos (hábilmente diseñado como un cofre de marfil, embellecido con incrustaciones de joyería y oscurecidas vetas de oro), sentí cómo era arrastrada por una poderosa corriente cuyo nacimiento parecía remontarse al principio mismo de las cosas y en cuyas torrenciales aguas iban convergiendo todos los afluentes de las pasiones y los afanes humanos. La vida, en sus distintas manifestaciones de belleza y singularidad, parecía danzar rítmicamente en torno a mí mientras me impulsaba hacia delante, y tuve la certeza de que cualquier camino que hubiese transitado alguna vez el espíritu del hombre resultaría ser plenamente familiar para mis pies.

Tabernáculo de Andrea Orcagna, Chiesa di Orsanmichele, Florencia

Extasiada en dicha visión, los pinjantes medievales del tabernáculo de Orcagna parecieron fundirse y recobrar sus formas primitivas, de tal manera que el lánguido loto del Nilo y el acanto griego aparecían entrelazados con los nudos rúnicos y los monstruos de cola de pez del Norte. Cualquier forma plástica de terror o belleza creada por la mano del hombre desde el Ganges hasta el Báltico oscilaba y se entremezclaba en la apoteosis de la María de Orcagna. Y el río no cesaba de empujarme hacia delante. Tras de mí quedaban los irreconocibles rostros de las civilizaciones antiguas y los
célebres portentos de Grecia, pero yo continuaba braceando sobre la arrolladora marea de la Edad Media con sus impetuosos torbellinos de pasión y sus remansos de poesía y arte capaces de reflejar el cielo. Podía escuchar los acompasados golpes de los martillos de los artesanos tanto en las herrerías como contra los muros de las iglesias, las consignas de facciones armadas en las angostas callejas, el diapasón de los versos de Dante, el crepitar de los leños en torno a Arnaldo de Brescia, el trino de las golondrinas a las que predicaba san Francisco, la risa de las damas escuchando las salidas de tono del Decamerón al pie de las laderas mientras la Florencia devastada por las plagas clamaba de desesperación a escasa distancia… Pude oír eso y mucho más, todo mezclado en un extraño unísono con voces de un pasado aún más remoto, violentas, apasionadas o apacibles, pero, en cualquier caso, sometidas a una armonía tan increíble que me hizo pensar en el cántico que conjuntamente entonaban las estrellas matutinas, y tuve la sensación de que estuviese sonando justo en mis oídos. El corazón me latía hasta provocarme sofoco, las lágrimas me escocían bajo los párpados… Y es que la dicha, lo misterioso que resultaba todo aquello, llegaba a resultar intolerable, imposible de soportar. Ni siquiera entonces alcancé a comprender la letra de aquel cántico, pero sabía que de haber habido alguien escuchándola a mi lado tal vez entre los dos hubiésemos logrado descifrarla.

Me volví hacia mi marido, que, sentado junto a mí en actitud de resignado abatimiento, escudriñaba el fondo de su sombrero. Pero justo en ese instante se puso en pie y, estirando sus entumecidas piernas, sugirió amablemente: “Mejor nos vamos, ¿no? No parece que haya demasiado que ver por aquí, y la cena de la table d'hôte se sirve a las seis y media en punto”.

Concluida su exposición, se produjo un intervalo de silencio al cabo del cual el Espíritu de la Vida dijo:

—Siempre aguarda una compensación para las necesidades de las que hablas.

—¡Oh! Entonces, tú sí que me comprendes, ¿no es verdad? ¡Dime qué clase de compensación, venga!

—Se ha dispuesto que cualquier alma que en la tierra haya buscado en vano un alma gemela ante la cual poder desnudar lo más íntimo de su ser la encuentre aquí y se una a ella por toda la eternidad. Un grito de júbilo escapó de sus labios:

—¡Ah!, ¿voy a encontrarle por fin? —gritó exultante.

—Aquí está —dijo el Espíritu de la Vida. Ella alzó los ojos y vio ante sí a un hombre cuya alma (bajo aquella luz desmesurada le parecía ver su alma con mayor claridad que su rostro) la atraía hasta él con una fuerza invencible.

—¿Eres tú realmente él?

—Soy él —respondió el otro.

Ella le tendió la mano y le condujo hasta el alféizar bajo el cual se extendía todo el valle.

—¿Bajaremos juntos a ese lugar maravilloso? —le preguntó ella—. ¿Lo veremos juntos como si tuviésemos los mismos ojos y nos diremos con las mismas palabras todo lo que pensemos y sintamos?

—Eso mismo he estado esperando y soñando yo hasta hoy —repuso.

—¿Cómo? —inquirió ella con creciente alegría—. Entonces, ¿tú también me has estado buscando?

—Toda mi vida.

—¡Qué maravilla! ¿Y nunca encontraste a nadie en el otro mundo que te comprendiera?

—No del todo… No como nos entendemos tú y yo.

—¿Así que tú también lo sientes así? ¡Oh, qué feliz soy! —suspiró ella. Permanecieron con las manos entrelazadas, mirando por encima del alféizar hacia el radiante paisaje que se exponía ante sus pies en medio del espacio zafirino. El Espíritu de la Vida, que continuaba observando bajo el umbral, podía oír de vez en cuando algún volátil retazo de su charla que regresaba demorado hasta él, como la golondrina extraviada que en ocasiones el viento aísla de su tribu migratoria.

—¿No has sentido nunca en el atardecer…?

—¡Oh, claro que sí! Pero nunca se lo escuché decir a nadie más. ¿Y tú?

—¿Recuerdas ese tercer verso del canto tercero del Infierno de Dante?

—Ah, ese verso, siempre fue mi favorito… ¿Es posible que…?

—¿Sabes cuál es la Victoria inclinada del friso de Atenea Niké?

—¿Te refieres a la que se ata la sandalia? ¿Entonces también tú te has dado cuenta de que todos los Botticelli y Mantegna están latentes entre los vaporosos pliegues de sus ropajes?

—¿Has visto alguna vez tras una tormenta de otoño…?

—¡Sí, sí! Es curioso cómo ciertas flores evocan a ciertos pintores, el perfume del clavel a Leonardo, el de la rosa a Tiziano, el del nardo a Crivelli…

—Jamás imaginé que otra persona pudiese haberlo notado.

—¿No has pensado nunca…?

—¡Oh, sí! Más veces de las que crees, pero ni en sueños se me ocurrió que otro pudiese haber pensado lo mismo.

—Pero sin duda debes de haber sentido que…

—Oh, sí, sí… Y tú también… —¡Qué hermoso! ¡Qué extraño…! Sus voces subían y bajaban como el sonido de dos fuentes respondiéndose la una a la otra a través de un jardín sembrado de flores. Al cabo de un tiempo, en tono de dulce apremio, él se volvió hacia ella y le dijo:

—Amor, ¿por qué demorarnos aquí? Tenemos toda la eternidad por delante. Bajemos juntos hasta esos hermosos campos y levantemos una casa en alguna de esas colinas azules que se que alzan sobre el reluciente río.

Mientras el hombre hablaba, ella retiró instintivamente la mano que minutos antes había dejado abandonada en la suya, y él pudo advertir que una nube atravesaba el resplandor de su alma.

—¿Una casa? —repitió ella en voz queda—. ¿Una casa en la que vivir los dos juntos durante toda la eternidad?

—¿Por qué no, amor? ¿Acaso no soy el alma que la tuya ha estado buscando?

—Sssí…, sí, lo sé… Pero, ya sabes, una casa no me parecería mi casa a no ser que…

—¿A no ser que…? —repitió él con un deje de asombro. Ella se abstuvo de responder, pero mentalmente, en un arrebato de arbitraria sinrazón, concluyó para sí misma: «A no ser que cerrases la puerta de un portazo y llevases botas que chasqueasen al andar». Pero él la había tomado nuevamente de la mano y, avanzando de modo apenas perceptible, la iba conduciendo hacia la refulgente escalinata que descendía hasta el valle.

—Vamos, ¡ay, alma de mi alma! —le imploraba él apasionadamente—. ¿Para qué perder un solo instante? Seguro que, al igual que yo, sientes que incluso la eternidad resulta corta para esta dicha nuestra. Ya me parece ver nuestro hogar. ¿Y acaso no lo he visto siempre en mis sueños? Es todo blanco, ¿no es verdad, amor?, con columnas suaves al tacto y una cornisa con relieves recortándose contra el azul del cielo. Rodean la casa arboledas de laurel y adelfas, así como macizos de rosas, pero desde la terraza por la que solemos pasear al caer la tarde la vista también alcanza a divisar bosques y frescos prados a través de los cuales, casi sepultado bajo primitivas frondas, un arroyo sigue su delicado curso en busca del río. Dentro de casa nuestros cuadros favoritos cuelgan de las paredes y los libros se alinean en los estantes de las habitaciones. Fíjate, querida, por fin tendremos tiempo de leerlos todos. ¿Por cuál empezaremos? Vamos, ayúdame a elegir. ¿Será Fausto, La vida nueva, La tempestad, Los caprichos de Mariana o el trigésimo primer canto del Paraíso, o tal vez el Epipsychidion o el Lycidas? Dime, querida, ¿cuál?

No había terminado de hablar cuando advirtió la sonrisa de ella vibrando ilusionada en sus labios. Sin embargo, se le borró al instante, justo antes del silencio que se produjo a continuación. Permaneció inmóvil, remisa a la invitación de la mano que él le tendía.

—¿Qué ocurre? —preguntó él en tono de súplica.

—Aguarda un instante —dijo ella con una extraña vacilación en la voz—. Antes necesito saber, ¿estás completamente seguro de ti mismo? ¿No hay nadie en el mundo a quien recuerdes algunas veces?

—No desde el momento en que te vi —repuso él. Porque, para ser un hombre, era verdad que se había olvidado por completo. Con todo, ella seguía sin moverse, y él vio oscurecerse la sombra que se abatía sobre su alma.

—Seguramente, amor —le reprochó él—, no es eso lo que de verdad te inquieta. Por lo que a mí respecta, ya he surcado el Lete. El pasado se ha desvanecido como una nube sobre la luna. No fue vida lo que tuve hasta encontrarte. Ella no respondió a sus ruegos, pero, al cabo de unos minutos, incorporándose con visible esfuerzo, se apartó de él y se acercó al Espíritu de la Vida, que todavía aguardaba junto al umbral.

—Quiero hacerte una pregunta —dijo ella, preocupada.

—Pregunta —respondió el Espíritu.

—Hace un rato —empezó a decir lentamente— me dijiste que cualquier alma que no hubiese encontrado su alma gemela en la tierra está llamada a hallar una aquí.

—¿Y no has encontrado ninguna? —preguntó el Espíritu.

—Sí, pero ¿le ocurrirá lo mismo al alma de mi esposo?

—No —contestó el Espíritu de la Vida—, porque tu esposo creyó haber encontrado en ti su alma gemela en la tierra. Y la eternidad carece de remedios para tales alucinaciones. A ella se le escapó un pequeño grito. ¿De decepción o de triunfo?

—Entonces… ¿qué le pasará a él cuando llegue aquí?

—No sabría decírtelo. No cabe duda de que hallará cierto campo de acción y de felicidad, en justa proporción a su capacidad para ser activo y feliz. Ella le interrumpió espetándole casi al borde de la cólera:

—Nunca será feliz sin mí.

—No estés tan segura de eso —contestó el Espíritu.

Como ella pareció hacer caso omiso, el Espíritu añadió:

—Tu marido no va a comprenderte aquí arriba mejor de lo que lo hizo en la tierra.

—No importa —dijo ella—. Yo seguiré siendo la única damnificada, puesto que él siempre pensó que me comprendía.

—Sus botas chasquearán igual que antes…

—Eso no me importa.

—Y dará portazos al salir…

—Seguramente.

—Y seguirá leyendo populares novelas de tren.

Ella le atajó con vehemencia:

—Bueno, muchos hombres hacen cosas peores.

—Pero acabas de decir —insistió el Espíritu— que no le amabas.

—Cierto —repuso ella sin vacilación. Pero ¿no te das cuenta de que no podría sentirme en casa sin él? Todo esto está muy bien para una o dos semanas… ¡pero para la eternidad! Al fin y al cabo los chasquidos de sus botas no me molestaban tanto, salvo cuando tenía jaquecas, y supongo que aquí no las tendré. Y además él se arrepentía enormemente cada vez que daba un portazo… Solo que era incapaz de acordarse de no hacerlo. Por otra parte, ninguna otra persona sabría cuidar de él como yo… Es un ser tan desvalido… Nadie rellenaría nunca su tintero, se quedaría sin sellos de repente y sin tarjetas de visita. Nunca se acordaría de reforzar el paraguas o de preguntar el precio de algo antes de comprarlo. Vamos, ni siquiera sabría qué novelas leer. Siempre era yo quien tenía que escoger las que le gustaban, esas con crímenes, falsificaciones y algún detective infalible. Se volvió abruptamente hacia su alma gemela, que permanecía escuchando con cara de estupor y consternación.

—¿No entiendes que de ninguna manera me puedo ir contigo?

—Pero ¿qué piensas hacer? —preguntó el Espíritu de la Vida.

—¿Que qué es lo que pienso hacer? —repitió ella indignada—. Pues obviamente me dispongo a esperar a mi marido. Si él hubiese llegado primero, me habría esperado durante años, y le partiría el corazón no encontrarme aquí cuando llegase. —Señaló con desdén la mágica visión de la colina y el valle en las estribaciones de las translúcidas montañas—: Le importaría un rábano todo eso —añadió— si no me encontrase a mí aquí.

—Pero ten en cuenta —le advirtió el Espíritu— que ahora estás eligiendo para la eternidad. Es un momento solemne.

—¡Eligiendo! —dijo ella con una media sonrisa triste—. ¿Aquí arriba todavía sigue vigente esa vieja falacia sobre la elección? Pensaba que precisamente tú sabrías a qué atenerte al respecto. ¿Qué puedo hacer? Él esperará encontrarme aquí cuando venga y jamás te creería si le dijeses que me he marchado con otra persona… Nunca, jamás.

—Sea pues —dijo el Espíritu—. Aquí, como en la tierra, uno tiene que elegir por sí mismo.

Ella se volvió hacia su alma gemela y le miró con afecto, casi con añoranza.

—Lo siento —dijo—. Me habría gustado volver a hablar contigo, pero sé que lo entenderás, y me atrevo a asegurar que encontrarás a alguien mucho más inteligente… Y sin demorarse para escuchar su respuesta le dedicó un apresurado gesto de despedida y se volvió hacia el umbral.

—¿Llegará pronto mi marido? —le preguntó al Espíritu de la Vida.

—Eso no estás llamada a saberlo —replicó el Espíritu.

—No importa —dijo ella alegremente—. Tengo toda la eternidad para esperar. Y sola, sentada en el umbral, aún espera escuchar, de un momento a otro, el chasquido de sus botas.

*     *     *

The Fullness of Life, by Edith Wharton
Audiobook

https://www.youtube.com/watch?v=gUjoRnbxFSk

I

          For hours she had lain in a kind of gentle torpor, not unlike that sweet lassitude which masters one in the hush of a midsummer noon, when the heat seems to have silenced the very birds and insects, and, lying sunk in the tasselled meadow-grasses, one looks up through a level roofing of maple-leaves at the vast shadowless, and unsuggestive blue. Now and then, at ever-lengthening intervals, a flash of pain darted through her, like the ripple of sheet-lightning across such a midsummer sky; but it was too transitory to shake her stupor, that calm, delicious, bottomless stupor into which she felt herself sinking more and more deeply, without a disturbing impulse of resistance, an effort of reattachment to the vanishing edges of consciousness.

The resistance, the effort, had known their hour of violence; but now they were at an end. Through her mind, long harried by grotesque visions, fragmentary images of the life that she was leaving, tormenting lines of verse, obstinate presentments of pictures once beheld, indistinct impressions of rivers, towers, and cupolas, gathered in the length of journeys half forgotten-through her mind there now only moved a few primal sensations of colorless well-being; a vague satisfaction in the thought that she had swallowed her noxious last draught of medicine . . . and that she should never again hear the creaking of her husband's boots -- those horrible boots -- and that no one would come to bother her about the next day's dinner . . . or the butcher's book. . . .

At last even these dim sensations spent themselves in the thickening obscurity which enveloped her; a dusk now filled with pale geometric roses, circling softly, interminably before her, now darkened to a uniform blue-blackness, the hue of a summer night without stars. And into this darkness she felt herself sinking, sinking, with the gentle sense of security of one upheld from beneath. Like a tepid tide it rose around her, gliding ever higher and higher, folding in its velvety embrace her relaxed and tired body, now submerging her breast and shoulders, now creeping gradually, with soft inexorableness, over her throat to her chin, to her ears, to her mouth. . . . Ah, now it was rising too high; the impulse to struggle was renewed;. . . her mouth was full;. . . she was choking. . . . Help!

"It is all over," said the nurse, drawing down the eyelids with official composure.
The clock struck three. They remembered it afterward. Someone opened the window and let in a blast of that strange, neutral air which walks the earth between darkness and dawn; someone else led the husband into another room. He walked vaguely, like a blind man, on his creaking boots.
II

She stood, as it seemed, on a threshold, yet no tangible gateway was in front of her. Only a wide vista of light, mild yet penetrating as the gathered glimmer of innumerable stars, expanded gradually before her eyes, in blissful contrast to the cavernous darkness from which she had of late emerged.

She stepped forward, not frightened, but hesitating, and as her eyes began to grow more familiar with the melting depths of light about her, she distinguished the outlines of a landscape, at first swimming in the opaline uncertainty of Shelley's vaporous creations, then gradually resolved into distincter shape -- the vast unrolling of a sunlit plain, aerial forms of mountains, and presently the silver crescent of a river in the valley, and a blue stencilling of trees along its curve -- something suggestive in its ineffable hue of an azure background of Leonardo's, strange, enchanting, mysterious, leading on the eye and the imagination into regions of fabulous delight. As she gazed, her heart beat with a soft and rapturous surprise; so exquisite a promise she read in the summons of that hyaline distance.

"And so death is not the end after all," in sheer gladness she heard herself exclaiming aloud. "I always knew that it couldn't be. I believed in Darwin, of course. I do still; but then Darwin himself said that he wasn't sure about the soul -- at least, I think he did -- and Wallace was a spiritualist; and then there was St. George Mivart --"

Her gaze lost itself in the ethereal remoteness of the mountains.

"How beautiful! How satisfying!" she murmured. "Perhaps now I shall really know what it is to live."

As she spoke she felt a sudden thickening of her heart-beats, and looking up she was aware that before her stood the Spirit of Life.

"Have you never really known what it is to live?" the Spirit of Life asked her.

"I have never known," she replied, "that fulness of life which we all feel ourselves capable of knowing; though my life has not been without scattered hints of it, like the scent of earth which comes to one sometimes far out at sea."

"And what do you call the fulness of life?" the Spirit asked again.

"Oh I can't tell you, if you don't know," she said, almost reproachfully. "Many words are supposed to define it -- love and sympathy are those in commonest use, but I am not even sure that they are the right ones, and so few people really know what they mean."

"You were married," said the Spirit, "yet you did not find the fulness of life in your marriage?"

"Oh dear, no," she replied, with an indulgent scorn, "my marriage was a very incomplete affair."

"And yet you were fond of your husband?"

"You have hit upon the exact word; I was fond of him, yes, just as I was fond of my grandmother, and the house that I was born in, and my old nurse. Oh, I was fond of him, and we were counted a very happy couple. But I have sometimes thought that a woman's nature is like a great house full of rooms: there is the hall, through which everyone passes in going in and out; the drawingroom, where one receives formal visits; the sitting-room, where the members of the family come and go as they list; but beyond that, far beyond, are other rooms, the handles of whose doors perhaps are never turned; no one knows the way to them, no one knows whither they lead; and in the innermost room, the holy of holies, the soul sits alone and waits for a footstep that never comes."

"And your husband," asked the Spirit, after a pause, "never got beyond the family sitting-room?"

"Never", she returned, impatiently; "and the worst of it was that he was quite content to remain there. He thought it perfectly beautiful, and sometimes, when he was admiring its commonplace furniture, insignificant as the chairs and tables of a hotel parlor, I felt like crying out to him: 'Fool, will you never guess that close at hand are rooms full of treasures and wonders, such as the eye of man hath not seen, rooms that no step has crossed, but that might be yours to live in, could you but find the handle of the door?'"

"Then", the Spirit continued, "those moments of which you lately spoke, which seemed to come to you like scattered hints of the fulness of life, were not shared with your husband?"

"Oh, no -- never. He was different. His boots creaked, and he always slammed the door when he went out, and he never read anything but railway novels and the sporting advertisements in the papers -- and -- and, in short, we never understood each other in the least."

"To what influence, then, did you owe those exquisite sensations?"

"I can hardly tell. Sometimes to the perfume of a flower; sometimes to a verse of Dante or of Shakespeare; sometimes to a picture or a sunset, or to one of those calm days at sea, when one seems to be lying in the hollow of a blue pearl; sometimes, but rarely, to a word spoken by someone who chanced to give utterance, at the right moment, to what I felt but could not express."

"Someone whom you loved?" asked the Spirit.

"I never loved anyone, in that way," she said, rather sadly, "nor was I thinking of any one person when I spoke, but of two or three who, by touching for an instant upon a certain chord of my being, had called forth a single note of that strange melody which seemed sleeping in my soul. It has seldom happened, however, that I have owed such feelings to people; and no one ever gave me a moment of such happiness as it was my lot to feel one evening in the Church of Or San Michele, in Florence."

"Tell me about it," said the Spirit.

"It was near sunset on a rainy spring afternoon in Easter week. The clouds had vanished, dispersed by a sudden wind, and as we entered the church the fiery panes of the high windows shone out like lamps through the dusk. A priest was at the high altar, his white cope a livid spot in the incense-laden obscurity, the light of the candles flickering up and down like fireflies about his head; a few people knelt near by. We stole behind them and sat down on a bench close to the tabernacle of Orcagna.

"Strange to say, though Florence was not new to me, I had never been in the church before; and in that magical light I saw for the first time the inlaid steps, the fluted columns, the sculptured bas-reliefs and canopy of the marvellous shrine. The marble, worn and mellowed by the subtle hand of time, took on an unspeakable rosy hue, suggestive in some remote way of the honeycolored columns of the Parthenon, but more mystic, more complex, a color not born of the sun's inveterate kiss, but made up of cryptal twilight, and the flame of candles upon martyrs' tombs, and gleams of sunset through symbolic panes of chrysoprase and ruby; such a light as illumines the missals in the library of Siena, or burns like a hidden fire through the Madonna of Gian Bellini in the Church of the Redeemer, at Venice; the light of the Middle Ages, richer, more solemn, more significant than the limpid sunshine of Greece.

"The church was silent, but for the wail of the priest and the occasional scraping of a chair against the floor, and as I sat there, bathed in that light, absorbed in rapt contemplation of the marble miracle which rose before me, cunningly wrought as a casket of ivory and enriched with jewel-like incrustations and tarnished gleams of gold, I felt myself borne onward along a mighty current, whose source seemed to be in the very beginning of things, and whose tremendous waters gathered as they went all the mingled streams of human passion and endeavor. Life in all its varied manifestations of beauty and strangeness seemed weaving a rhythmical dance around me as I moved, and wherever the spirit of man had passed I knew that my foot had once been familiar.

"As I gazed the mediaeval bosses of the tabernacle of Orcagna seemed to melt and flow into their primal forms so that the folded lotus of the Nile and the Greek acanthus were braided with the runic knots and fish-tailed monsters of the North, and all the plastic terror and beauty born of man's hand from the Ganges to the Baltic quivered and mingled in Orcagna's apotheosis of Mary. And so the river bore me on, past the alien face of antique civilizations and the familiar wonders of Greece, till I swam upon the fiercely rushing tide of the Middle Ages, with its swirling eddies of passion, its heaven-reflecting pools of poetry and art; I heard the rhythmic blow of the craftsmen's hammers in the goldsmiths' workshops and on the walls of churches, the party-cries of armed factions in the narrow streets, the organroll of Dante's verse, the crackle of the fagots around Arnold of Brescia, the twitter of the swallows to which St. Francis preached, the laughter of the ladies listening on the hillside to the quips of the Decameron, while plague-struck Florence howled beneath them -- all this and much more I heard, joined in strange unison with voices earlier and more remote, fierce, passionate, or tender, yet subdued to such awful harmony that I thought of the song that the morning stars sang together and felt as though it were sounding in my ears. My heart beat to suffocation, the tears burned my lids, the joy, the mystery of it seemed too intolerable to be borne. I could not understand even then the words of the song; but I knew that if there had been someone at my side who could have heard it with me, we might have found the key to it together.

"I turned to my husband, who was sitting beside me in an attitude of patient dejection, gazing into the bottom of his hat; but at that moment he rose, and stretching his stiffened legs, said, mildly: 'Hadn't we better be going? There doesn't seem to be much to see here, and you know the table d'hote dinner is at half-past six o'clock."

Her recital ended, there was an interval of silence; then the Spirit of Life said: "There is a compensation in store for such needs as you have expressed."

"Oh, then you do understand?" she exclaimed. "Tell me what compensation, I entreat you!"

"It is ordained," the Spirit answered, "that every soul which seeks in vain on earth for a kindred soul to whom it can lay bare its inmost being shall find that soul here and be united to it for eternity."

A glad cry broke from her lips. "Ah, shall I find him at last?" she cried, exultant.

"He is here," said the Spirit of Life.

She looked up and saw that a man stood near whose soul (for in that unwonted light she seemed to see his soul more clearly than his face) drew her toward him with an invincible force.

"Are you really he?" she murmured.

"I am he," he answered.

She laid her hand in his and drew him toward the parapet which overhung the valley.

"Shall we go down together," she asked him, "into that marvellous country; shall we see it together, as if with the self-same eyes, and tell each other in the same words all that we think and feel?"

"So", he replied, "have I hoped and dreamed."

"What", she asked, with rising joy. "Then you, too, have looked for me?"

"All my life."

"How wonderful! And did you never, never find anyone in the other world who understood you?"

"Not wholly -- not as you and I understand each other."

"Then you feel it, too? Oh, I am happy," she sighed.

They stood, hand in hand, looking down over the parapet upon the shimmering landscape which stretched forth beneath them into sapphirine space, and the Spirit of Life, who kept watch near the threshold, heard now and then a floating fragment of their talk blown backward like the stray swallows which the wind sometimes separates from their migratory tribe.

"Did you never feel at sunset --"

"Ah, yes; but I never heard anyone else say so. Did you?"

"Do you remember that line in the third canto of the 'Inferno?'"

"Ah, that line -- my favorite always. Is it possible --"

"You know the stooping Victory in the frieze of the Nike Apteros?"

"You mean the one who is tying her sandal? Then you have noticed, too, that all Botticelli and Mantegna are dormant in those flying folds of her drapery?"

"After a storm in autumn have you never seen --"

"Yes, it is curious how certain flowers suggest certain painters-the perfume of the incarnation, Leonardo; that of the rose, Titian; the tuberose, Crivelli --"

"I never supposed that anyone else had noticed it."

"Have you never thought --"

"Oh, yes, often and often; but I never dreamed that anyone else had."

"But surely you must have felt --"

"Oh, yes, yes; and you, too --"

"How beautiful! How strange --"

Their voices rose and fell, like the murmur of two fountains answering each other across a garden full of flowers. At length, with a certain tender impatience, he turned to her and said: "Love, why should we linger here? All eternity lies before us. Let us go down into that beautiful country together and make a home for ourselves on some blue hill above the shining river."

As he spoke, the hand she had forgotten in his was suddenly withdrawn, and he felt that a cloud was passing over the radiance of her soul.

"A home," she repeated, slowly, "a home for you and me to live in for all eternity?"

"Why not, love? Am I not the soul that yours has sought?"

"Y-yes -- yes, I know -- but, don't you see, home would not be like home to me, unless --"

"Unless?", he wonderingly repeated.

She did not answer, but she thought to herself, with an impulse of whimsical inconsistency, "Unless you slammed the door and wore creaking boots."

But he had recovered his hold upon her hand, and by imperceptible degrees was leading her toward the shining steps which descended to the valley.

"Come, O my soul's soul," he passionately implored; "why delay a moment? Surely you feel, as I do, that eternity itself is too short to hold such bliss as ours. It seems to me that I can see our home already. Have I not always seem it in my dreams? It is white, love, is it not, with polished columns, and a sculptured cornice against the blue? Groves of laurel and oleander and thickets of roses surround it; but from the terrace where we walk at sunset, the eye looks out over woodlands and cool meadows where, deep-bowered under ancient boughs, a stream goes delicately toward the river. Indoors our favorite pictures hang upon the walls and the rooms are lined with books. Think, dear, at last we shall have time to read them all. With which shall we begin? Come, help me to choose. Shall it be 'Faust' or the 'Vita Nuova,' the 'Tempest' or 'Les Caprices de Marianne,' or the thirty-first canto of the 'Paradise,' or 'Epipsychidion' or "Lycidas'? Tell me, dear, which one?"

As he spoke he saw the answer trembling joyously upon her lips; but it died in the ensuing silence, and she stood motionless, resisting the persuasion of his hand.

"What is it?" he entreated.

"Wait a moment," she said, with a strange hesitation in her voice. "Tell me first, are you quite sure of yourself? Is there no one on earth whom you sometimes remember?"

"Not since I have seen you," he replied; for, being a man, he had indeed forgotten.

Still she stood motionless, and he saw that the shadow deepened on her soul.

"Surely, love," he rebuked her, "it was not that which troubled you? For my part I have walked through Lethe. The past has melted like a cloud before the moon. I never lived until I saw you."

She made no answer to his pleadings, but at length, rousing herself with a visible effort, she turned away from him and moved toward the Spirit of Life, who still stood near the threshold.

"I want to ask you a question," she said, in a troubled voice.

"Ask", said the Spirit.

"A little while ago," she began, slowly, "you told me that every soul which has not found a kindred soul on earth is destined to find one here."

"And have you not found one?" asked the Spirit.

"Yes; but will it be so with my husband's soul also?"

"No", answered the Spirit of Life, "for your husband imagined that he had found his soul's mate on earth in you; and for such delusions eternity itself contains no cure."

She gave a little cry. Was it of disappointment or triumph?

"Then -- then what will happen to him when he comes here?"

"That I cannot tell you. Some field of activity and happiness he will doubtless find, in due measure to his capacity for being active and happy."

She interrupted, almost angrily: "He will never be happy without me."

"Do not be too sure of that," said the Spirit.

She took no notice of this, and the Spirit continued: "He will not understand you here any better than he did on earth."

"No matter," she said; "I shall be the only sufferer, for he always thought that he understood me."

"His boots will creak just as much as ever --"

"No matter."

"And he will slam the door --"

"Very likely."

"And continue to read railway novels --"

She interposed, impatiently: "Many men do worse than that."

"But you said just now," said the Spirit, "that you did not love him."

"True she answered, simply; "but don't you understand that I shouldn't feel at home without him? It is all very well for a week or two -- but for eternity! After all, I never minded the creaking of his boots, except when my head ached, and I don't suppose it will ache here; and he was always so sorry when he had slammed the door, only he never could remember not to. Besides, no one else would know how to look after him, he is so helpless. His inkstand would never be filled, and he would always be out of stamps and visiting-cards. He would never remember to have his umbrella re-covered, or to ask the price of anything before he bought it. Why, he wouldn't even know what novels to read. I always had to choose the kind he liked, with a murder or a forgery and a successful detective."

She turned abruptly to her kindred soul, who stood listening with a mien of wonder and dismay.

"Don´t you see," she said, "that I can't possibly go with you?"

"But what do you intend to do?" asked the Spirit of Life.

"What do I intend to do?" she returned, indignantly. "Why, I mean to wait for my husband, of course. If he had come here first he would have waited for me for years and years; and it would break his heart not to find me here when he comes." She pointed with a contemptuous gesture to the magic vision of hill and vale sloping away to the translucent mountains. "He wouldn't give a fig for all that," she said, "if he didn't find me here."

"But consider," warned the Spirit, "that you are now choosing for eternity. It is a solemn moment."

"Choosing she said, with a half-sad smile. "Do you still keep up here that old fiction about choosing? I should have thought that you knew better than that. How can I help myself? He will expect to find me here when he comes, and he would never believe you if you told him that I had gone away with someone else-never, never."

"So be it," said the Spirit. "Here, as on earth, each one must decide for himself."

She turned to her kindred soul and looked at him gently, almost wistfully. "I am sorry," she said. "I should have liked to talk with you again; but you will understand, I know, and I dare say you will find someone else a great deal cleverer --"

And without pausing to hear his answer she waved him a swift farewell and turned back toward the threshold.

"Will my husband come soon?" she asked the Spirit of Life.

"That you are not destined to know," the Spirit replied.

"No matter," she said, cheerfully; "I have all eternity to wait in."

And still seated alone on the threshold, she listens for the creaking of his boots.

*     *     *

Mi comentario:

Muchos conocemos a Edith Wharton, gran escritora estadounidense, por sus dos famosas novelas, La casa de la alegría [1905] y La edad de la inocencia [1920]. Ambas llevadas al cine con mucho éxito, y las dos ambientadas en la alta sociedad neoyorquina, de la que Wharton formaba parte, la clase más adinerada de Manhattan. Pero, las reflexiones acerca de la vida y la existencia de sus protagonistas, la posición que toma Wharton, reflejan la brecha que la separaba en cuanto a intereses, inquietudes y lugar donde plantarse en la vida. Sin duda heredó de su amiga George Sand la aversión por esa sociedad pacata que conocía tan bien.


Literary Art Print Victorian, by Bluehourstudio, The Writers

En cuanto a sus obras, abordó otras facetas que no muchos conocen. Publicó libros de decoración [La decoración de las casas, junto al arquitecto Ogden Codman], de viajes [Cuadernos de viajes] y una excelente autobiografía [Una mirada atrás]. Y el buen ojo que tuvo para los detalles de las casas [el buen vivir práctico] y paisajes y monumentos [caminos no tradicionales], lo combinó con la agudeza y valentía que caracterizaron sus opiniones fuertes en las ficciones tan bien narradas. 

Gran amiga y discípula de Henry James. Ambos unidos por la admiración que sentía Wharton hacia el autor de Retrato de una dama y por el hecho de ser estadounidenses con vocación europea. Los dos vivieron gran parte de su vida en Europa y compartían el el amor por los viajes y el arte, además de la literatura.

Doctorada en Letras en la Universidad de Yale, colaboradora de los periódicos más importantes, fue la primera mujer en ganar el Premio Pulitzer [1921].  

El relato que elijo para invitarlos a leer el libro del que forma parte, «La plenitud de la vida», tiene en común con los otros «lo sobrenatural» y la inquietud que provoca. A esto le sumo la experiencia de apreciar el arte en toda su expresión, poniéndonos en un estado de fascinación por lo que «vemos» a través de su prosa exquisita. Y el tema de la pareja, desde ya, con sus afinidades y diferencias. También la ambigüedad del ser humano, su soledad en «la habitación más recóndita», sin que nadie, o pocos, encuentren la llave para abrirla. Todo lo demás, el ritmo, los enigmas psicológicos y la contradicción que sobrevuela todo el relato y aterriza justo a último momento, despierta mi admiración.
Valoro el manejo del tempo [aunque apreciaría un tono más bajo], la creación fantasiosa de la protagonista e interlocutor, con un delicioso marco, la delicadeza e ironía para decir muchas verdades, su astucia para no vulgarizar un tema cotidiano y terreno, y finalizando, las huellas de todas sus lecturas.    
Para finalizar, una pregunta, a uno mismo:

—¿A qué llamas tú plenitud de la vida?

Espero que hayan disfrutado este relato, que sigan disfrutando de Edith Wharton, quien nació Edith Jones y de quien dijeron mucho, elijo lo dicho por Ann Hulbert en The Atlantic:

«Ella revela los procesos más profundos detrás de su arte».

Hasta la próxima buena lectura,

C. G. 

Notas

- Cuentos inquietantes, Edith Wharton: Prefacio y primer cuento:
http://impedimenta.es/media/blogs/libros/capitulosPDF/9788415979999.pdf


Impedimenta, 336 páginas

- Cuatro relatos de Edith Wharton: «Después», «Kerfell», «La campanilla de la doncella» y «El triunfo de la noche»:
http://www.bibliotecaspublicas.es/baranain/imagenes/Relatos_de_Edith_Wharton.pdf

- «Los ojos», Edith Wharton: Radioteatro de Radio Arte audio y texto:
https://www.ivoox.com/ojos-edith-wharton-radioteatro-audios-mp3_rf_19907579_1.html

- El triunfo de la noche y otros cuentos, Edith Wharton:
https://books.google.com.ar/books?id=1J2ZVk0Z8dcC&pg=PA43&lpg=PA43&dq=los+ojos,+edith+wharton&source=bl&ots=o506kpHggI&sig=S43gSY3f8iOaXkxxbXnaZrz2m-o&hl=es&sa=X&ved=0ahUKEwijiLzK9Z3ZAhWIx5AKHS87DX8Q6AEIZjAJ#v=onepage&q=los%20ojos%2C%20edith%20wharton&f=false

- New York Public Library, Edith Wharton´s Life:
https://www.nypl.org/blog/2013/11/08/edith-wharton-writing-life-marriage

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Conversar de libros, y de los caminos a donde ellos nos llevan, dar una opinión, contar impresiones, describir una escena, personaje favorito, nunca contarlo todo, aunque a veces, elijamos ir un poco más allá, y no está mal, no a todos les molesta.
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