«Herman, el guarabosques»
Cuento
Relaciones misericordiosas
[1986]
László Krasznahorkai
[Gyula, Hungría, 1954]
Premio Nobel de Literatura 2025
Un encargo inesperado en esa etapa de jubilado cuando sobra la experiencia y, también el tiempo. Un tiempo de transición, de duelo o de bienestar.
Dicho pedido le llega a nuestro protagonista del lado de los expertos en el cuidado de la fauna.
Sin embargo, no es una sorpresa total para él. Muy en secreto, lo esperaba. Quizá no en ese momento, se había preparado mentalmente para actuar en un futuro indeterminado. Ahí sí que tendría la verdadera libertad, la ausencia de restricciones que te brinda dicho estatus —algo imprescindible para desarrollar sin frenos las aptitudes reprimidas por estúpidos decretos laborales, en sus propias palabras.
Estoy relatando el segundo de los ocho cuentos que conforman el libro Relaciones misericordiosas [1986], de László Krasznahorkai. Una historia intensa, magistralmente narrada con una prosa lenta, largos párrafos que arrastran a una atmósfera oscura y evocadora, con una gran carga filosófica —características de Krasznahorkai.
Editorial Acantilado; 152 págs.
Vuelvo al relato.
Por supuesto que agradece la confianza que depositan en él las autoridades pero, algo asusta a Herman, porque ese es su nombre, un artista único en el oficio de tender trampas. Él es algo así como «el último mohicano» ya que conserva los secretos de un arte ancestral. El arte de hacer desaparecer a los depredadores.
Y es lo que hay que hacer en el bosque de Remete [Hungría], lugar donde toda la actividad forestal se centra en el gigantesco coto de caza a cinco kilómetros, inutilizado ahora que se ha convertido en una selva incontrolable, ya que lleva décadas sin recibir atención.
Esa imperdonable negligencia, Herman la titula «la inquietante manga ancha de las autoridades».
Herman tiene carta blanca y, sin perder tiempo, se pone manos a la obra para cambiar esa espesura intransitable, donde no solo ningún cazador o excursionista sensato se anima a poner un pie, tampoco los granjeros de la zona que sufren los daños de los amenazantes depredadores. Ellos se han adueñado del lugar y se multiplican sin cesar.
Desde la primera hora de la mañana, hasta la última de la tarde-noche, Herman tala árboles, elimina malezas, pone saleras y comederos, limpia senderos y abre nuevos, calcula el número de venados y depredadores, interpreta huellas, ubica donde descansan las bestias.
Tenaz como una sombra, descubre que se trata de perros y gatos abandonados, algunos tejones y zorros. Entonces, arregla y ceba los cepos, lazos y trampas. Instruye al herrero del lugar para que fabrique lo que él le pide. Herman trabaja a la par.
Una vez que está seguro de que los depredadores se han acostumbrado a las trampas bien camufladas, apresarlas es el siguiente paso. Todo transcurre según lo previsto.
Pero, ¿a ustedes les parece que Herman está contento al realizar su trabajo tan profesional?
Bueno, tendrán que leer el relato completo, y sabrán a qué obedece su nerviosismo e inseguridad si la tiene.
Conocerán, ¡cómo si no lo supiéramos!, de las autoridades que presumen de las obras públicas —no porque les desvele el beneficio de los ciudadanos precisamente. Y no se lo iban a perder, tras el éxito que va a tener Herman después de dos años de trabajo extenuante, ¡habrá que hacerlo público! Sin demora, irá a verlo una comisión improvisada para expresarle el reconocimiento, por supuesto que lo harán a la vista de todos.
Sus conciencias, tranquilas.
Pero Herman, bastante huraño, ya lo vamos conociendo, prefiere dejar para más adelante dicho acto y el premio, «¡no lo necesito!», será su respuesta.
Por el momento, las autoridades decidirán dejarlo tranquilo para que siga con su trabajo sin más, «ya se sabe, ¡a esa edad!, cualquier reacción de gruñón es esperable», pensarán.
Acá comienza una parte del relato donde vamos hacia el interior de Herman, hacia un hilo de pensamientos que actuarán como una lente. Lo que allí encuentre es lo que determinará sus emociones, y luego sus reacciones y conductas.
Los lectores que se compenetraron con el personaje, comprenderán [comprender no es justificar], la vulnerabilidad de Herman, la evolución de la excelente narrativa lleva a verlo.
Nada puedo adelantar, solo que se pone de manifiesto un tipo de crueldad por lo que es muy duro, Krasznahorkai lo hace con gran maestría. Es admirable cómo sentimos en carne propia el giro que vive Herman cuando toda su ciencia se viene abajo. Cuando comprende que ha vivido toda su vida en un estado de profunda ignorancia dejándose engañar y creyendo obedecer a un precepto divino que le había enseñado a separar el mundo en lo útil y lo dañino.
¿Debilidad?, ¿compasión que se pervierte?, ¿sentido de justicia?, nos preguntamos y se pregunta Herman, mirando sus trofeos ahora inútiles.
Herman, un hombre que planea minuciosamente sus actos. Un hombre que va a franquear una frontera, ustedes descubrirán cual.
Me despido con la transcripción del primer párrafo, espero que deseen leer el cuento completo y descubran, no una respuesta, sí una perspectiva distinta de la palabra compasión y de la vulnerabilidad de las buenas intenciones.
Hasta la próxima lectura,
Cecilia Olguin Gianelli
El encargo le llegó finalmente de forma inesperada, aunque había contado con él en secreto a pesar del temor latente a la posibilidad que se lo considerara ya innecesario al haberse jubilado; lo pilló, por así decirlo, desprevenido, y luego, cuando apartando toda formalidad superflua aceptó el apoderamiento y agradeció con sencillas palabras la «confianza en él depositada por los expertos en el cuidado de la fauna», a punto estuvo de asustarse, como quien llega a la meta demasiado fácil, casi sin encontrar obstáculos, sin ninguna clase de lucha, puesto que en el fondo, no solo había «contado» con esa tarea y no solo lo había hecho «en secreto», sino que en eso consistía el núcleo mismo de su proyecto cuando por primera vez se le pasó por la cabeza jubilarse, de lo cual esperaba la verdadera libertad y cierta ausencia de restricciones, algo «imprescindible» para desarrollar sin frenos sus aptitudes reprimidas por estúpidos decretos, tal como pudo comprobar luego, no había nada asombroso en el hecho de que la elección recayera en él, y si bien le habría gustado saber que su bien conocida meticulosidad, su tesón y resiliencia y su inquebrantable capacidad de trabajo habían convencido a las autoridades, era consciente, sin embargo, de que lo debía, sobre todo a que los iniciados admiraban en él a un artista único en el oficio de tender trampas que —tal como constató el propio Herman varias veces con amarga ironía— conservaba, siendo algo así como el «último mohicano» los secretos de un arte ancestral que poco a poco, sin embargo. iba desapareciendo para siempre.



