martes, 5 de marzo de 2019

«¿Con quién habla Virginia caminando hacia el agua?», poema de William Ospina

¿Con quién habla Virginia caminando hacia el agua?

[1995]

William Ospina

[Padua, Tolima, Colombia, 2 de marzo de 1954]


Editorial Norma. 

Muy bello, casi como si Virginia nos hablara.

¿Con quién habla Virginia caminando hacia el agua?



Si tu me vieras caminando a esta hora hacia el río
me dirías: mujer ¿en dónde está tu hogar? ¿dónde tus hijos?
¿Dónde los sacos de lana, el tambor de bordar, la sartén en el fuego,
el té del atardecer, las cortinas de flores, las lámparas con su limitado crepúsculo?
¿Dónde las tardes sepia de las fotografías?
¿Dónde la soledad que el fonógrafo arrulla?
¿Y el cofre con las cartas y las blusas de seda
y el gato que se ovilla sobre el piano como un pacto secreto con una
selva antigua?

¿Y qué podría responderte yo, hermoso viajero invisible?
Hombre o Dios que imagino para que me interrogues en esta
hora extrema.

Sí sueño tus labios latinos, no habrá besos en ellos sino terribles
preguntas
Si sueño tus ojos de hogueras distantes no encontraré ternura
en su mirada.
Si sueño desnudo tu pecho, y enorme en el cielo, sobre las dudas
de la guerra y del Támesis,
oiré palpitar en el fondo un corazón valeroso y ausente.

Tú tienes el deber de ser valiente; la guerra cierra sus alas sobre
Inglaterra.
Tú tienes el deber de vigilar las bandadas de hierro, la basura
del cielo, los pájaros del Führer.
Tú tienes el deber de salvar a Inglaterra, de salvar de la peste
del odio piedras y almas.
Para mí se han cerrado los caminos, se han cerrado los días, las
flores;
en el jardín los picos de los últimos pájaros ya por última vez
dialogaron en griego,
y entendí que algo más triste que la guerra, más triste que la 
codicia y el odio
se está cerrando lentamente sobre los mudos cielos de mi alma.

Tal vez todo está bien, tal vez así fue el mundo siempre.
Monstruosas cabalgatas con sus lunas de cráneos aplastando las
pequeñas ciudades
que intentaron un poco de fe y un poco de belleza y un poco de
orgullo
frente al sollozo interminable del mar.
Reyes y santos y pontífices que no sienten que hielan sus rostros
los vientos inicuos.
Y un desamparo de jardines sin sol, cuya humedad recorren con
sus corazas rotas los ciegos caracoles.

¿A quién le estarán explicando estas cosas mis labios?
¿Quién estará llenando con su forma ilusoria mis últimos instantes?




Oh piadoso testigo, resto tal vez de un sueño.

Último moro de labios triunfales, ofrecedor del último violín
de la noche.
Tú que no has existido jamás, y sin embargo,
llenas con tu presencia mi camino hacia el río,
la pesada labor de recoger estas cómplices piedras
Que he puesto en mis bolsillos, las muchas, negras, firmes,
antiguas, prodigiosas, inexplicables piedras,
cuyo peso tasado por Dioses ya imposibles,
me retendrá en el fondo de las aguas.

Tú que incesantemente, sensual hijo de mi alma,
reiteras tus preguntas, tus gritos, tus reproches,
tratas de arrebatarme mi secreto que ignoro,
demorarme en la tierra
que se están disputando los verdes rojos ácidos venenos,
los sonoros cuchillos, los ángeles horrendos.
Tratas de retenerme pero ya nada soy
que pueda herir el mundo.
Fui el alma de mi patria una mañana;
hice sonar de estrella a estrella, hice sonar de espuma a espuma,
hice sonar de sueño a sueño la sensitiva lengua inglesa;
dije a las hondas madres sumergidas
tan hermosos secretos,
que una a una se alzaron del mar con sus flores de púrpura,
tremolaron hilarantes y hermosas entre las nubes de oro,
y perfumaron las hierbas salvajes las cavernas de agosto.
Pero ya nada soy, hombre o duende que enredas mis pasos
para que nunca encuentren la orilla del río que debe arrastrarme.
Las ninfas de las aguas morderán estas manos,
masticarán mis cabellos como una hierba misteriosa y nocturna.

Como el gato que escapa hacia la selva
escapó de la lámpara el crepúsculo;
el piano enloquecido cantó una tonada brutal al fulgor de las 
bombas
Y va por las cortinas el incendio marchitando las rosas de Morris. 

Ya solo soy el peso de estas piedras,
las piedras que arrojaban las hondas de los padres antiguos,
restos despedazados de una ciudad de los tiempos de Alfredo, 
piedras que hicieron tropezar a los potros romanos,
piedras de indescifrables inscripciones
que puso en estos bosques un Dios inaccesible,
que sembró en estos bosques, antes que hubiera humanos,
un poderoso ser
para
ayudarme.

*

Mi lectura, mi comentario



          
          ¿Con quién habla Virginia caminando hacia el agua? es el cuarto poemario de William Ospina, destacado escritor colombiano, conocido y admirado en nuestro país por su trilogía sobre el Amazonas del siglo XVI: Ursúa [2005], El país de la canela [2008] y La serpiente sin ojos [2012], tres novelas imperdibles.
          Cercano a Borges, por todo lo que lo admira y lo ha leído, y en el sentido de mezclar los géneros, «poematizar» historias, narrar poemas, versificar ensayos, lograr construcciones cuidadas y elegantes. Un intelectual cercano a los escritores que admira, con quienes mantiene «estimulantes conversaciones», los escucha, y a veces se hacen poema, como el que acabamos de leer y disfrutar.
          En él escuchamos la voz de Virginia [y la del poeta por fuera del personaje], el ritmo y la sinceridad no retórica. La historia que conocemos se hace presente, la memoria; también el sentimiento pleno de una mujer que admiramos y a la que quisiéramos hacerle tantas preguntas, acercarnos tan solo como viajeros invisibles. Las imágenes son muy vívidas, íntimas, poéticas, bellas. Dan lugar a nuestros espacios de emotiva imaginación, atenuando cicatrices de una escena que podría haber sido trágica y no lo es, sí cala hondo en el desencanto de una mujer —y seguramente del poeta— ante el extrañamiento del mundo tan complejo.  
          Seguiremos leyendo a William Ospina, al que nos ha deleitado con este poema monologal y quizá recién conocen. Al que con un ritmo pausado y un decir profundo, cercano, nos llevó por estos últimos pasos de una Virginia Woolf confidente y sabia.
          Hasta la próxima lectura, espero que lo hayan disfrutado,

Cecilia Olguin Gianelli

Notas, lecturas, placeres


- William Ospina: [Colombia, 1954] Uno de los autores latinoamericanos más importantes de la generación posterior al boom. Intelectual de gran sensibilidad poética y compromiso político, realiza una destacada actividad literaria: novelas, ensayos, columnas de opinión, además de poesía.
Ha recibido numerosas distinciones: Premio Nacional de Ensayo 1982, Premio Nacional de Poesía 1992, Premio Casa de las Américas, y otros.

William Ospina, Universidad Externado de Colombia, «Una sonrisa en la oscuridad». Selección de poemas hecha por el autor:
https://www.uexternado.edu.co/wp-content/uploads/2017/01/28-unaSonrisaOscuridad-WilliamOspina.pdf
https://www.escritores.org/biografias/113-william-ospina?format=pdf
http://cvisaacs.univalle.edu.co/william-ospina/
http://critica.cl/literatura/william-ospina-y-la-identidad-cultural-latinoamericana

- William Ospina. Poesía reunida
https://www.megustaleer.com/libros/poesa-reunida/MCO-001766/fragmento
https://books.google.com.ar/books/about/Poes%C3%ADa_reunida.html?id=dnonDwAAQBAJ&printsec=frontcover&source=kp_read_button&redir_esc=y#v=onepage&q&f=false

- La nueva poesía colombiana: Arango, Roca y Ospina:
file:///Users/Cecilia/Downloads/6773-Texto%20del%20art%C3%ADculo-25883-1-10-20131109.pdf

- Virginia Woolf committed suicide: Desafortunadamente, la famosa escritora inglesa, conocida por su originalidad y estilo vanguardista, por su técnica de stream of consciousness, por sus puntos de vista feminista y progresista, una de las más grandes autoras del siglo XX, sufrió mucho a lo largo de su vida. El 28 de marzo de 1941, Virginia Woolf se suicidó. Llenó los bolsillos de piedras y se dirigió al río Ouse, que estaba cerca de su casa, «Monk´s House». Había dejado dos notas, una a su hermana Vanessa Bell y otra a su esposo, Leonard Woolf. Ninguna hablaba del río ni de la manera en que iba a morir. La familia pudo encontrar su cuerpo tres semanas después. Fue cremada y enterrada bajo un árbol de su casa en Rodmell, Sussex. 
Mi traducción, «Virginia Woolf: Between the Books», Virginia Woolf´s Suicide, leer más:
http://virginiawoolfblog.com/when-virginia-went-missing/

- Fotografías elegidas de Annalaura Palma, una relación entre texto e imagen: An Italian artist based in Brighton [UK] who works primarily with photography. Her works explores notions of place in relationship to literature, mythology and the natural world. Graduated in 2014 from University of Brighton with a Master in Photography.
https://www.annalaurapalma.co.uk/information

Virginia´s path, 2015-2016: A photographic series inspired by Virginia Woolf´s diaries written while she was living in Monk´s house, her country house in Rodmell [England] in the later period of her life. During this period, she was suffering with depression [Woolf drowned herself in the river near her house in 1941] and anxieties instilled by the war. It was also the time during the second world war where the possibility of a German Invasion was becoming more realistic: Monk´s House is located only three miles away from Newhaven Harbour where the Germans were expected to land. The river and the train line near by were bombed several times and defensive structures such as pillboxes were built in close proximity to Woolf´s house. Virginia Woolf took long walks each afternoon across the fields and brooks and she often described this landscape as a source of calm and beauty even during the escalation of the conflict when Monk´s House became a shelter and prison at the same time.
https://www.annalaurapalma.co.uk/copy-of-dom2-1

Esta exposición fotográfica de Annalaura Palma, llamada «Mythopoesis», del 8 de septiembre de 2014, en la Universidad de Brighton, muestra los posibles pasos de Virginia Woolf, desde su Monk´s House en Rodmell, Sussex, hasta River Ouse, donde se ahogó el 28 de marzo de 1941. Palma explica que nadie sabe el camino exacto que Virginia tomó, ni el lugar preciso del río por el que entró. Pero, Palma hizo muchas veces posibles trayectos. En estos «viajes», encontró pantanos, muchos ocultos por la vegetación, y sobre todo pudo evocar ese momento e inspirarse:

«The water creates crevices in the land that evoques a ghostly body shape. 
I looked for Virginia Woolf´s presence in her beloved landscape and I found her in the water.
In my photographs, she became water:
I imagined her like a water spirit who inhabits the landscape of the Ouse Valley
which once she described an inland sea»
Annalaura Palma

[El agua forma grietas en la tierra que evocan una presencia fantasmal.
Buscaba la presencia de Virginia en su amado paisaje y la encontré en el agua.
En mis fotografías, ella se convirtió en agua:
la imaginé como un espíritu acuático que habita el paisaje del valle de Ouse,
al que una vez describió como «un mar interior»].


«Virginia», Annalaura Palma

- William Morris: [1834-1896, Reino Unido] Arquitecto, diseñador y maestro textil, traductor, poeta y novelista. Fundador del movimiento Arts and Crafts. Su interés fundamental: humanizar el trabajo convirtiéndolo en goce para el que lo realiza y para quienes contemplan la obra bien hecha. Fundir la ética y la estética. Defendía que el deseo de crear o apreciar cosas bellas es inherente a todos, y no a una minoría selecta. Defendía el goce estético. 
Lanzó un movimiento para preservar el patrimonio arquitectónico y el paisaje rural de Inglaterra que tuvo enorme alcance. Baste comparar el respeto hacia el pasado y hacia el paisaje que existe en el Reino Unido —comparado con otros países, donde prevalece la idea de un progreso, que mal disimula el lucro y la codicia. 

Rose [1883, printed cotton] painting by William Morris [1834-1896]

- Alfredo el Grande: Rey de Wessek y de los anglosajones desde 871 hasta su muerte [uno de los siete reinos principales que precedieron al reino de Inglaterra]. Célebre por haber defendido su reino contra los vikingos. Venerado como santo de las iglesias católica, ortodoxa y anglicana —su fiesta litúrgica se celebra el 26 de octubre.



domingo, 24 de febrero de 2019

«La marca en la pared», Virginia Woolf

«La marca en la pared»

[The mark on the Wall, 1917]

Virginia Woolf

[1882-1941]




          Creo que fue a mediados de enero de este año cuando levanté la vista y vi la marca en la pared por primera vez. Para indicar una fecha primero debo recordar lo que vi. Así que ahora pienso en el fuego, en la luz amarilla fija sobre la página de mi libro, en los tres crisantemos en el florero redondo sobre la chimenea. Sí, seguramente era invierno, y recién habríamos terminado de tomar el té, porque recuerdo que estaba fumando un cigarrillo cuando levanté la vista y vi la marca en la pared por primera vez. Miré por entre el humo del cigarrillo y mi vista se detuvo un instante en el carbón ardiendo; se me vino a la mente aquella vieja imagen de la bandera roja flameando en la torre del castillo, y pensé en los caballeros rojos ascendiendo por la ladera de la roca negra. Para mi alivio ver la marca en la pared interrumpió el pensamiento, pues es una imagen vieja, una imagen automática, que construí de niña tal vez. La marca era pequeña y redonda, negra sobre la pared blanca, situada a unos quince centímetros sobre la chimenea. 



          Con qué facilidad los pensamientos se largan sobre un nuevo objeto, lo elevan unos instantes —como hormigas cargando una brizna de paja con tanta avidez— y luego lo abandonan... Si un clavo había dejado esa marca, no podía haber sido por un cuadro; tendría que haber sido por una miniatura, la miniatura de una dama de rulos blancos, de mejillas empolvadas y labios como rojos claveles. Una falsificación desde luego, pues los que vivían en esta casa antes que nosotros habrían escogido ese tipo de cuadros: un viejo cuadro para una vieja habitación. Esa clase de personas eran: personas muy interesantes. Y pienso en ellos tan a menudo, en lugares tan extraños, pues nunca los volveré a ver, nunca supe lo que pasó después. Dejaban esta casa porque querían cambiar el estilo de los muebles, así dijo él; y estaba por decir que, en su opinión, detrás de todo arte debe haber ideas cuando nos separaron, como nos separamos de la señora que está por servir el té, o del joven que está por golpear la pelota de tenis en el patio trasero de una casa en las afueras al pasar rápido el tren.
          Pero en cuanto a la marca, no estoy segura; no creo que haya sido provocada por un clavo después de todo. Es demasiado grande, demasiado redonda. Debería levantarme, pero si lo hago y la miro, apuesto diez a uno que no sabría decirlo, pues cuando algo está hecho, nunca nadie sabe cómo sucedió. ¡Oh pobre de mí! ¡Qué misteriosa es la vida! ¡Qué inexacto es el pensamiento! ¡Qué ignorante es la humanidad! Para demostrar cuán poco control tenemos sobre nuestras posesiones, qué fortuita es la vida aun después de todos estos años de civilización, déjenme hacer un recuerdo de algunas de las cosas que perdemos a lo largo de la vida, comenzando por la que siempre me ha parecido una de las pérdidas más misteriosas... ¿Qué gato mordisquearía, qué rata roería, tres latas celestes con herramientas para encuadernar? Y estaban las jaulas de los pájaros, los aros de hierro, los patines de acero, los cubos para el carbón estilo Queen Anna, la tabla de bagatelas, el órgano, todos perdidos; y las joyas también. Ópalos y esmeraldas yacen bajo las raíces de los nabos. ¡Qué asunto tan trivial por cierto! Lo asombroso es que esté vestida, que esté aquí sentada entre muebles sólidos. Porque... ¡Si uno quiere comparar la vida con algo, habría que hacerlo con salir despedida por el túnel del metro a ochenta kilómetros por hora y aparecer del otro lado sin una sola horquilla en el cabello! ¡Arrojarse a los pies de Dios completamente desnuda! ¡Caer rodando por las praderas de asfódelos como un paquete marrón arrojado por la oficina de correos! Con el cabello al viento, como la cola de un caballo de carrera. Sí, eso parece expresar la rapidez de la vida, el gasto y la renovación constantes; todo tan pasajero, tan arbitrario...
          Y después de la vida. Los gruesos tallos verdes tirando suavemente hacia abajo para que el capullo de la flor, al abrirse, nos invada con su luz púrpura y roja. Después de todo, ¿por qué no podríamos nacer allí como nacemos aquí, indefensos, sin poder hablar ni fijar la vista, andando a tientas entre las raíces del césped, entre los dedos de los gigantes? En cuanto a decir qué son los árboles, y qué son los hombres y las mujeres, o si existen tales cosas, no estaremos en condiciones de hacerlo en, digamos, cincuenta años. No habrá nada más que espacios de luz y oscuridad atravesados por gruesos tallos, y más bien en lo alto, tal vez, manchas con forma de rosa de vagos colores, tenues rosas y azules que, con el tiempo, se volverán más definidos, se volverán, no sé qué cosa...
          Y aún esa marca en la pared no es en absoluto un agujero. Algo negro y redondo la debe haber dejado, algo así como la hoja de una pequeña rosa que haya quedado allí desde el verano y yo, que no soy un ama de casa demasiado atenta... Mira el polvo sobre la chimenea, por ejemplo, el polvo que, así dicen, enterró a Troya tres veces, tan solo fragmentos de vasijas que se resistieron a la aniquilación total, lo cual parece ser cierto. 
          El árbol junto a la ventana golpea suavemente contra el cristal... Quiero pensar con tranquilidad, con calma, con tiempo, sin que nada me interrumpa, sin tener que levantarme del sillón; deslizarme fácilmente de una cosa a la otra, sin dificultad ni obstáculos. Quiero hundirme más y más profundo, lejos de la superficie y de sus duras verdades. Para recobrar el equilibrio, déjenme atrapar la primera idea que pase... Shakespeare... Bueno, servirá tan bien como cualquiera. Un hombre permanecía horas sentado en el sillón, mirando el fuego, y una lluvia de ideas caía sin cesar desde el alto cielo directo hacia su mente. Llevaba la frente a la mano, y las personas miraban por la puerta abierta [pues esta escena debe haber tenido lugar una noche de verano]. ¡Pero qué aburrida es la ficción histórica! No me interesa en absoluto. Desearía dar con una línea de pensamiento agradable, una línea de la que, indirectamente, me sienta orgullosa, pues tales son los pensamientos agradables, muy frecuentes incluso en las personas modestas y sencillas que de veras creen que les desagrada escuchar elogios. No son pensamientos que nos elogien directamente —en ello radica su belleza—; son pensamientos así:
          «Entré en la habitación. Discutían sobre botánica. Conté cómo había visto crecer una flor en un montículo de tierra en el terreno de una vieja casa en Kingsway. La semilla, dije, debe haber sido sembrada durante el reinado de Carlos I. ¿Qué flores había durante el reinado de Carlos I?», pregunté [pero no recuerdo la respuesta]. Flores altas con capullos púrpura tal vez. Y así sucesivamente. Todo el tiempo intento embellecer la imagen de mí misma en mi mente, cariñosamente, a hurtadillas, sin adorarla abiertamente, pues me descubriría haciéndolo y tomaría instantáneamente un libro para protegerme. Es curioso cuán instintivamente protegemos nuestra imagen de la idolatría o de cualquier otro trato que pudiera ponerla en ridículo, o la hiciera tan diferente de la original que ya no se pudiera creer en ella. ¿No es curioso después de todo? Un asunto de gran importancia. Imaginen que el espejo se rompa en pedazos: la imagen desaparecería; la romántica figura rodeada de verdes y profundos bosques ya no está allí, sino tan solo la envoltura de una persona tal como es vista por los otros, ¡qué sofocante, superficial, vacío, imponente se vuelve el mundo! Un mundo inhabitable. Cuando cruzamos miradas en los metros y los autobuses vemos el espejo que refleja el vacío, lo vidrioso en nuestros ojos. Y los escritores en el futuro caerán más y más en la cuenta de la importancia de estos reflejos, pues, desde luego, no existe uno solo sino una afinidad de reflejos. Tales son las profundidades que explorarán, los fantasmas que perseguirán; dejarán cada vez más de lado la descripción de la realidad en sus historias, dando por sentado que todos la conocen, tal como lo hicieron los griegos, y Shakespeare tal vez. Pero estas generalizaciones no sirven para nada. El sonido militar en el mundo es suficiente. Nos recuerda a artículos de primera plana, a ministros de estado, a toda una serie de cosas que, de chico, uno pensaba en sí mismas; la referencia, lo real, de lo que no podía apartarse a riesgo de sufrir una indecible condena. Las generalizaciones, de alguna manera, traen de vuelta los domingos en Londres, las caminatas de domingo por la tarde, los almuerzos de domingo; y también formas de hablar de los muertos, vestimenta y hábitos, como el hábito de sentarse todos juntos en una habitación hasta cierta hora aunque a nadie le agradara. Una regla para cada cosa. La regla de los manteles en ese momento era que fueran bordados, con pequeñas divisiones amarillas, como las de las alfombras de los pasillos de los palacios reales que se ven en las fotografías. Manteles de otro tipo no eran verdaderos manteles. Qué espantoso, y a la vez, qué maravilloso era descubrir que estas cosas reales, los almuerzos de domingo, las caminatas, las casas de campo y los manteles, no eran completamente reales, que en verdad eran casi fantasmas, y la condena para el que no creía en ellos era tan sólo una sensación de ilegítima libertad. ¿Qué ocupa el lugar de esas cosas ahora?, me pregunto. El lugar de esas cosas reales, los puntos de referencia. Los hombres tal vez, si eres mujer; el punto de vista masculino que gobierna nuestras vidas, que marca el parámetro, que establece la Tabla de Precedencias de Whitaker, que desde la guerra se ha convertido, creo yo, en una especie de fantasma para muchas mujeres y hombres y pronto, cabe esperar, causarán gracia e irán a parar a la basura, a donde van a parar los fantasmas, los aparadores de caoba y las impresiones de Landseer, los dioses y los demonios, el infierno y todo lo demás, dejándonos con una embriagadora sensación de ilegítima libertad, si es que la libertad existe...




          Bajo ciertas luces la marca pareciera, en efecto, proyectarse desde la pared. Tampoco es completamente circular. No podría asegurarlo pero pareciera proyectar una sombra perceptible que hace creer que, de recorrer con el dedo esa grieta, en determinado punto se elevará y descenderá un pequeño montículo suave como los de South Downs que, según dicen, son cementerios y campamentos. De los dos, preferiría que fueran cementerios, con ese gusto por la melancolía tan propio de los ingleses, que nos resulta natural pensar, al final del camino, en los huesos desparramados bajo el césped... Debe haber un libro sobre ello. Algún coleccionista de antigüedades habrá desenterrado esos huesos y les habrá dado un nombre... Me pregunto qué clase de hombre es un coleccionista de antigüedades. Coroneles retirados en su mayoría, diría yo, líderes de partidos de trabajadores retirados, examinando terrones de tierra y piedra, enviándose correspondencia con el clero vecino. Las cartas se abren en el desayuno, lo que las hace parecer importantes; y la comparación de puntas de flecha exige emprender viajes a lo ancho del país, rumbo a los pueblos del condado; algo que los alegra a ellos y a sus ancianas esposas, que desean hacer dulce de ciruela o limpiar el estudio, y tener todas las razones para mantener en perfecto suspenso la pregunta sobre los campamentos o las tumbas, mientras el Coronel mismo se siente agradablemente filosófico acumulando evidencia a ambos lados de la cuestión. Es cierto que al final se inclina por creer en los campamentos; y encontrando oposición, redacta un panfleto que está por leer en la reunión trimestral de la sociedad local cuando tiene un derrame cerebral y en lo último que piensa no es en su esposa o en su hijo sino en el campamento y la punta de flecha, que ahora está en una vitrina en el museo junto al pie de un chino asesino, un puñado de uñas isabelinas, unas cuantas pipas de cerámica de los Tudor, una pieza de cerámica romana, y la copa de vino que se bebió Nelson, lo cual es evidencia... No sé de qué verdaderamente.
          No, no, ninguna evidencia, nada se sabe. Y si me fuera a levantar en este mismo momento y asegurar que la marca en la pared es en verdad, ¿qué diría?, la cabeza de un clavo gigante, que alguien martilló hace doscientos años y que ahora, debido al paciente trabajo de generaciones de amas de casa, reveló su cabeza sobre la capa de pintura y está echando su primer vistazo de la vida moderna frente a una pared blanca en una habitación con el fuego encendido, ¿qué ganaría? ¿Conocimiento? ¿Qué son nuestros sabios sino los descendientes de brujas y ermitaños que se agachaban en las cuevas y preparaban brebajes de hierbas en el bosque, hablando con las musarañas y escribiendo el idioma de las estrellas? Y cuanto menos los honramos, a medida que disminuye la superstición y aumenta el respeto por la belleza y la salud mental... Sí, uno podría imaginarse un mundo realmente agradable; calmo, espacioso, con flores rojas y azules en los campos. Un mundo sin maestros ni especialistas ni amas de casa con el perfil de policías; un mundo que uno pudiera recortar con el pensamiento, como un pez recorta el agua con su aleta, rozando los tallos de los lirios, suspendidos sobre nidos de blancos huevos de mar... Qué bien se está aquí en el fondo, enclavado en el centro del universo y observando a través de las aguas grises, con repentinos destellos de luz y sus reflejos. Si no fuera por el Almanaque Whitaker, si no fuera por la Tabla de Precedencia!
          Debo levantarme y ver por mí misma qué es en verdad la marca en la pared, ¿un clavo, la hoja de una rosa, una grieta?
          Aquí está la naturaleza otra vez, con su viejo juego de la propia preservación, creyendo que este tren de pensamiento amenaza con ser un mero gasto de energía, incluso, tal vez, un choque con la realidad, pues ¿quién se atreverá alguna vez a levantar un dedo contra la Tabla de Precedencia de Whitaker? El Arzobispo de Canterbury está por encima del Presidente de la Cámara de los Lores, el presidente de la Cámara de los Lores está por encima del arzobispo de York. Todos están por encima de alguien, tal es la filosofía de Whitaker; y lo importante es saber quién está por encima de quién. Whitaker sabe y no se hable más; así la Naturaleza te aconseja, te consuela, no te regaña; y si nada te sirve de consuelo, si deber arruinar esta hora de tranquilidad, piensa en la marca en la pared.
          Entiendo el juego de la Naturaleza, cómo nos motiva a entrar en acción de modo que aniquilemos cualquier pensamiento que amenace con alterarnos o causarnos dolor. Así, supongo, comienza nuestro leve desprecio por los hombres de acción. Hombres que no piensan, creemos. Sin embargo, no causa ningún daño ponerle punto final a pensamientos desagradables mirando la marca en la pared.
          De hecho, ahora que acabo de fijar los ojos en ella, siento haber dado con una tabla en medio del mar; siento una gratificante sensación de realidad, que de inmediato transporta a los dos Arzobispos y al Presidente de la Cámara de los Lores a las sombras. Aquí hay algo definido, algo real. Así, saliendo de un horroroso sueño de medianoche, rápidamente uno enciende la luz y se queda inmóvil, admirando la cajonera, admirando la solidez, admirando la realidad, admirando el mundo impersonal que es la prueba de la existencia de otras cosas aparte de nosotros mismos. De eso es de lo que queremos estar seguros... La madera es algo bueno en qué pensar. Nace de un árbol, y los árboles crecen, y no sabemos cómo. Crecen durante años y años, sin prestarnos ninguna atención; en praderas, en bosques, al costado de los ríos... Todas cosas en las que nos gusta pensar. Las vacas golpean sus colas sobre sus troncos en las tardes de calor; pintan los ríos tan verdes que cuando un pájaro se zambulle uno espera ver sus alas color verde al salir. Me gusta pensar en los peces nadando contra la corriente como banderas flameando; y en los escarabajos de agua atravesando lentamente montículos de lodo sobre las camas de agua. Me gusta pensar en el árbol en sí mismo: primero, en la cercana sensación de sequedad de la madera; después, pensarlo bajo la tormenta; y más tarde en el lento, delicioso rezumar de la sabia. Me gusta pensar en él, también, en las noches de invierno, en el campo vacío, con las hojas casi plegadas, sin nada expuesto abiertamente a las balas de acero de la luna; un mástil desnudo sobre una tierra que va dando vueltas y vueltas durante toda la noche. El canto de los pájaros debe sonar muy fuerte y extraño llegado junio; y qué fríos se deben sentir los pies de los insectos mientras caminan, trabajosamente, por las grietas de la corteza, o se tumban al sol sobre las hojas verdes y miran a su alrededor con ojos rojos como diamantes... Una a una las fibras se parten con la inmensa y fría presión de la tierra. Después llega la última tormenta y las ramas más altas, al caer, vuelven a hundirse en la tierra. Así y todo, la vida no se acaba; todavía hay millones de vidas pacientes esperando por un árbol, por todo el mundo, en habitaciones, en barcos, en la acera, en habitaciones revestidas, donde hombres y mujeres se sientan después de tomar el té a fumar cigarrillos. Está lleno de pensamientos agradables, felices, este árbol. Me gustaría pensarlos de a uno,




pero algo se interpone en el camino... ¿Dónde estaba? ¿A qué venía todo esto? ¿Un árbol? ¿Un río? ¿Las Downs? ¿El Almanaque Whitaker? ¿Los campos de asfódelos? No recuerdo nada. Todo se mueve, cae, resbala, desaparece... Son demasiadas cosas. Hay alguien de pie enfrente de mí que dice:
          —Voy a comprar el periódico.
          —¿Sí?
          —Aunque de qué sirve comprar el periódico... Nunca pasa nada ¡Maldita guerra!... Como sea, no veo por qué deberíamos tener un caracol en la pared.
          Ah, ¡la marca en la pared! Era un caracol.


*     *     *

Mi comentario

¿Les gustó? A mí mucho.

          Esta fue la primera historia corta, de Virginia Woolf, publicada por Hogarth Press, en 1915. Contada en primera persona, por una narradora —suponemos—, en la forma de monólogo interior, the stream of consciousness, técnica que le permite retratar la vida interior de sus personajes y enlazar huellas de la memoria.
          Me gustó la manera en cómo ella [voy a llamarla así pero podría decir «él»], ante una observación tan trivial como puede ser la de una pequeña marca en la pared, se deja llevar en un «agradable» fluir de pensamientos, y nos sumerge en él. También nosotros, los lectores, nos dejamos llevar por sus reflexiones e impresiones, sin que nada intercepte este andar nunca a tiendas, aunque en una primera lectura parezcan imágenes aleatorias las evocadas. Es la percepción del tiempo, el uso de la parataxis [o coordinación] y el ritmo oscilante lo que nos conduce y envuelve en estas asociaciones, libres a veces, controladas otras. Un objeto sujeto a otro: «Miré por entre el humo del cigarrillo y mi vista se detuvo un instante en el carbón ardiendo; se me vino a la mente aquella vieja imagen de la bandera roja flameando...».
          Ni la complejidad [para algunos más que para otros], ni la multiplicidad de interpretaciones legítimas, quitan el ritmo del texto, aportándonos «pistas» o indicios para que vayamos encontrando nuevas interpretaciones, teniendo siempre un gran disfrute sensorial. Pueden diferir de lector en lector, desde ya, en estas observaciones de lector activo y autora con un complejo sistema de remisiones.
          Leer a Virginia Woolf es todo un desafío, ya lo sabemos en el momento que decidimos abrir unos de sus libros. Pero los que lo hacemos, lo aceptamos y nos preparamos para este vuelo de la mente... the flight of the mind.
          Una lectura rápida es imposible. Debemos prestar atención a los detalles, y recordarlos. El tiempo utilizado es el presente en el pensamiento, y las reminiscencias del pasado desde un presente. La historia trata sobre la continuidad de la experiencia, la relatividad del tiempo y la inexactitud y fragilidad del pensamiento. La narradora reflexiona también sobre las cosas que pueden no ser lo que parecen, el conocimiento y el desconocimiento, lo rápido que cambia el mundo, el rol de género y de soslayo, la guerra. Se sumerge en estos pensamientos nada superficiales. Los límites ilusorios entre tiempo y espacio, conocimiento y realidad se desdibujan. Virginia Woolf disuelve esta categoría temporal-espacial. Sin embargo sí existe un punto fijo en tiempo y espacio, la mancha, o marca, que sirve como bisagra.
          Virginia Woolf altera la narrativa convencional, la invierte. Pareciera que la secuencia de eventos son narrados como si se fueran desdoblando en el tiempo de la mente, y así aparecen ante nuestros ojos los tiempos discontinuos y fragmentados —características del Modernismo. 
          El evento [la marca] es lo fijo, lo inmóvil en el tiempo y espacio, el marco, mientras que el diálogo interior es dinámico y se mueve con libertad. Sobre, o dentro de la mancha camina, se aleja y vuelve para observarlo con más detalle e ir más profundo: «ahora... reveló su cabeza sobre la capa de pintura y está echando su primer vistazo de la vida moderna». Vuelve a él una y otra vez: «levanté la vista y vi la marca en la pared por primera vez» o «Y aún esa marca en la pared no es en absoluto un agujero», y luego, «Con qué facilidad los pensamientos se largan sobre un nuevo objeto, lo elevan unos instantes —como hormigas cargando una brizna de paja con tanta avidez— y luego lo abandonan...». Y: «ahora que acabo de fijar los ojos en ella, siento haber dado con una tabla en medio del mar; siento una gratificante sensación de realidad... Aquí hay algo definido, algo real... es la prueba de la existencia de otras cosas aparte de nosotros mismos». Lo que marca la realidad no es lo que establece la Tabla de Precedencias de Whitaker [dato clave], ni las categorías prefijadas que establecen los estándares, no.
          Finalmente, puedo decir, sobre todo con este último ejemplo, que los dos tiempos se fusionan. ¿Les habrá llamado la atención cómo cambia la percepción de la marca? Al principio, «La marca era pequeña y redonda, negra», luego, «Es demasiado grande, demasiado redonda», más tarde, «esa marca en la pared no es en absoluto un agujero» y sigue con, «la cabeza de un clavo gigante», ¡gigante!
           La verdad no es absoluta, el conocimiento tampoco. Y no es que ella nos presente las respuestas a estos dilemas, no, solo nos los presenta de una manera genial: «¡Qué misteriosa es la vida! ¡Qué inexacto es el pensamiento!».
          Son temas, preocupaciones que seguirán apareciendo en las obras siguientes. El tema de la habitación, por ejemplo, muchas veces tomado metafóricamente, otras para hablar de quienes las habitan: «un viejo cuadro para una vieja habitación», por ejemplo, «Una falsificación desde luego, pues los que vivían en esta casa antes que nosotros...». Ya que para ella, para Virginia, las habitaciones transmiten la personalidad de sus habitantes. También las llena de significados: el tiempo, los estados de ánimo, un lugar que sugiere ideas.
          Virginia Woolf es reconocida como una de las escritoras más innovadoras del siglo XX. Autora de La señora Dalloway [1925], Al faro [1927], Orlando, [1928], Las olas [1931], Entre actos [1941] y mucho más, ya que fue una prolífica escritora. Formó parte del mítico grupo de intelectuales Bloomsbury, junto a su hermano, Thoby Stephen, otros escritores, como E. M. Foster y su marido Leonard Woolf, pintores como Vanesa Bell —su hermana, autora del famoso retrato— y Duncan Grant, críticos, como Clive Bell y Roger Fry, el biógrafo Lytton Strachey y el economista John M. Keynes.

Virginia Woolf, by Vanessa Bell

          Espero que hayan disfrutado de este relato, de este microcosmos de relativismo que merece varias lecturas, que nos conecta con nuestro propio fluir de pensamiento, sin espacio, sin tiempo, con total libertad. Y en ese fluir, quizá «uno podría imaginarse un mundo realmente agradable; calmo, espacioso, con flores rojas y azules en los campos. Un mundo sin maestros ni especialistas». 
          Hasta la próxima buena lectura,

Cecilia Gianelli

Notas, lecturas, recomendaciones


- Mi libro de relatos, que recomiendo: Cuentos completos, Virginia Woolf. Traducción: Micaela Ortelli y Carolina Orloff. Ilustración de Virginia Woolf: Juan Pablo Martínez. Ediciones Godot.



- Cipresses, Vincent van Gogh [1889], The MET
https://www.metmuseum.org/toah/works-of-art/49.30/

- Audio del relato «La mancha en la pared», Virginia Woolf:
https://www.youtube.com/watch?v=urAcayBREUE




- La casa encantada y otros cuentos, Virginia Woolf:
http://www.ataun.net/bibliotecagratuita/Cl%C3%A1sicos%20en%20Espa%C3%B1ol/Virginia%20Wolf/La%20casa%20encantada%20y%20otros%20cuentos.pdf

- Virginia Woolf, British Library:
https://www.bl.uk/people/virginia-woolf

- Course Reading: Recommended readings of Virginia Woolf: «The Mark on the Wall», between others:
https://bloomsbury.weebly.com/uploads/1/2/2/5/12253010/the_bloomsbury_group_readings.pdf

- Universidad Complutense de Madrid, Facultad de Filología:
http://webs.ucm.es/BUCM/tesis//fll/ucm-t26166.pdf

- «The Mark on the Wall», Virginia Woolf: Text and Audio.
https://www.bartleby.com/85/8.html
https://www.youtube.com/watch?v=dSR-OSKpIyo





domingo, 20 de enero de 2019

Antón Chéjov, «El beso»

Antón Chéjov

[Rusia, 1860-1904]

Maestro del relato  corto, para leer y releer


Médico, escritor y dramaturgo.
Desilusionado y repuesto, sin dejarse abatir.
Conocedor de las causas profundas —más allá de la inmensa Rusia.
Sin alarde, sin exigencia, sin intención, nos enseña, y mucho.
Es la voz más auténtica de la ficción.


Antón Chéjov, retrato de Osip Braz, 1898

          Antón Chéjov, médico, escritor y dramaturgo. Maestro del relato corto. Autor de los cuentos «La dama del perrito» [1899], «La mujer del boticario» [1886], «Vanka» [1886], «El camaleón»  [1884], y de las obras de teatro La gaviota [1896], Tio Vania [1899-1900], Las tres hermanas [1901] y El jardín de los cerezos [1904], entre muchas otras obras.

          Desilusionado por algún fracaso literario... Volvió a levantarse con más fuerza y agudeza, se restableció para seguir con su obra implacable. Se distinguió en la técnica del monólogo, adoptada más tarde por James Joyce [1882-1941] y otros escritores del modernismo anglosajón, la vanguardia donde el escritor juega con la expectativa del lector y psicoanaliza a sus personajes mediante el uso del monólogo interior.
          Dijo de él Harold Bloom [EE. UU., 1930]: «Fue el psicólogo dramático más sutil que ha existido desde Shakespeare. Aun sus cuentos más tempranos tienen la delicadeza formal y el clima sombríamente reflexivo que lo convierten en el artista indispensable de la vida no vivida y en la mayor influencia para todos los cuentistas que vinieron después de él».
          Agudo conocedor de las injusticias y de la comprensión hacia los que las provocan por torpeza o cobardía [J. E. Zúñiga*], nunca le preocupó las dificultades que sus dudas y preguntas podían plantearnos a nosotros, los lectores: el autor con su rol, el lector con el suyo.
          Todo lo dijo con una cualidad muy apreciada en estos tiempos: economía de lenguaje. Dijo lo necesario para que lo principal no se diluyera. Expresar los sentimientos, como él lo hizo, sin caer en lo pretencioso o afectado, conmoviendo sin sensiblería, debe ser uno de los logros más difíciles planteados por cualquier escritor.
          Chéjov, siempre Chéjov, perdura y sigue provocando, emociones, dilemas y turbaciones. De él:

«El beso»




          Un relato memorable en el que a partir de un hecho pequeño, trivial, contado con una sencilla prosa, nos abre toda una lectura y reflexión, nos muestra una singularidad en toda su humana y rica sencillez: la impresión de un individuo —que podemos ser nosotros mismos—, ese instante que queda grabado y que perdurará toda la vida.   
          La historia transcurre en la aldea de Mestechki, una noche de primavera en el mes de mayo, y una invitación a tomar el té no muy bien recibida y... así comienza.
          Le daremos una lectura actualizada, una resignificación, como dice Zúñiga en su excelente libro Desde los bosques nevados. Memoria de escritores rusos, y veremos: la gran timidez de una persona, la falta de confianza en sí mismo por un aspecto físico que no reúne los estándares de belleza. Y... quizá esa persona se sienta desazonada. Esa persona es el capitán ayudante Riabóvich, oficial de pequeña estatura y algo encorvado. Además, con gafas, ¡el más gris de toda la brigada!
          ¿Alguna vez se sintieron así? ¿Sintieron deseos de esconder la cabeza? Y luego, ¿tuvieron alguna pequeña aventura, esa que puede cambiar ese triste estado? Esto experimenta Riabóvich, y de repente tiene ganas de bailar, de hablar con todo el mundo, de correr, de reír a carcajadas. Logra olvidarse por completo de todas sus inseguridades... ¿lo logra?
          Si alguna vez experimentaron esto, por las dudas, no lo cuenten a sus amigos. Pero mejor, leamos la historia. Veamos cómo es eso de dar libre curso a la fantasía, de mandar a paseo la lógica y entregarse a las quimeras.
          Espero que disfruten de este magnífico relato, mejor aun si es relectura. Acá me despido, los dejo muy bien acompañados. Hasta el próximo libro,

Cecilia Gianelli



Alianza Editorial. Introducción: Ricardo San Vicente. 328 págs.

          El veinte de mayo a las ocho de la tarde las seis baterías de la brigada de artillería de la reserva de N, que se dirigían al campamento, se detuvieron a pernoctar en la aldea de Mestechki. En el momento de mayor confusión, cuando unos oficiales se ocupaban de los cañones y otros, reunidos en la plaza junto a la verja de la iglesia, escuchaban a los aposentadores, por detrás del templo apareció un jinete en traje civil montando una extraña cabalgadura. El animal, un caballo bayo, pequeño, de hermoso cuello y cola corta, no caminaba de frente sino un poco al sesgo, ejecutando con las patas pequeños movimientos de danza, como si se las azotaran con el látigo. Llegado ante los oficiales, el jinete alzó levemente el sombrero y dijo:

          —Su Excelencia el teniente general Von Rabbek, propietario del lugar, invita a los señores oficiales a que vengan sin dilación a tomar el té en su casa...

          El caballo se inclinó, se puso a danzar y retrocedió de flanco; el jinete volvió a alzar levemente el sombrero, y un instante después desapareció con su extraña montura tras la iglesia.

          —¡Maldita sea! —rezongaban algunos oficiales al dirigirse a sus alojamientos—. ¡Con las ganas que uno tiene de dormir y el Von Rabbek ese nos viene ahora con su té! ¡Ya sabemos lo que eso significa.

          Los oficiales de las seis baterías recordaban muy vivamente un caso del año anterior, cuando durante unas maniobras, un conde terrateniente y militar retirado los invitó del mismo modo a tomar el té, y con ellos a los oficiales de un regimiento de cosacos. El conde, hospitalario y cordial, los colmó de atenciones, les hizo comer y beber, no les dejó regresar a los alojamientos que tenían en el pueblo y les acomodó en su propia casa. Todo eso estaba bien y nada mejor cabía desear, pero lo malo fue que el militar retirado se entusiasmó sobremanera al ver aquella juventud. Y hasta que rayó el alba les estuvo contando episodios de su hermoso pasado, los condujo por las estancias, les mostró cuadros de valor, viejos grabados y armas raras, les leyó cartas autógrafas de encumbrados personajes, mientras los oficiales, rendidos y fatigados, escuchaban y miraban deseosos de verse en sus camas, bostezaban con disimulo acercando la boca a sus mangas. Y cuando, por fin, el dueño de la casa los dejó libres era ya demasiado tarde para irse a dormir.
          ¿No sería también de ese estilo el tal Von Rabbek? Lo fuese o no, nada podían hacer. Los oficiales se cambiaron de ropa, se cepillaron y marcharon en grupo a buscar la casa del terrateniente. En la plaza, cerca de la iglesia, les dijeron que a la casa de los señores podía irse por abajo: detrás de la iglesia se descendía al río, se seguía luego por la orilla hasta el jardín, donde las avenidas conducían hasta el lugar; o bien se podía ir por arriba: siguiendo desde la iglesia directamente el camino que a media versta del poblado pasaba por los graneros del señor. Los oficiales decidieron ir por arriba.

          —¿Quién será ese Von Rabbek? —comentaban por el camino—. ¿No será aquel que en Pleven mandaba la división N de caballería?

          —No, aquel no era Von Rabbek, sino simplemente Rabbek, sin von.

          —Ah, qué tiempo más estupendo!

          Ante el primer granero del señor, el camino se bifurcaba: un brazo seguía en línea recta y desaparecía en la oscuridad de la noche; el otro, a la derecha, conducía a la mansión señorial. Los oficiales tomaron a la derecha y se pusieron a hablar en voz más baja... A ambos lados del camino se extendían los graneros con muros de albañilería y techumbre roja, macizos y severos, muy parecidos a los cuarteles de una capital de distrito. Más adelante brillaban las ventanas de la mansión.

—¡Señores, buena señal! -dijo uno de los oficiales—. Nuestro séter va delante de todos; ¡eso significa que olfatea una presa!

          El teniente Lobitko, que iba en cabeza, alto y robusto, pero totalmente lampiño [tenía más de veinticinco años, pero en su cara redonda y bien cebada aún no aparecía el pelo, váyase a saber por qué], famoso en toda la brigada por su olfato y habilidad para adivinar a distancia la presencia femenina, se volvió y dijo:

          —Sí, aquí debe de haber mujeres. Lo noto por instinto.

          Junto al umbral de la casa recibió a los oficiales Von Rabbek en persona, un viejo de venerable aspecto que frisaría en los sesenta años, vestido en traje civil. Al estrechar la mano a los huéspedes, dijo que estaba muy contento y se sentía muy feliz, pero rogaba encarecidamente a los oficiales que, por el amor de Dios, le perdonaran si no les había invitado a pasar la noche en casa. Habían llegado de visita dos hermanas suyas con hijos, hermanos y vecinos, de suerte que no le quedaba ni una sola habitación libre.
          El general les estrechaba la mano a todos, se excusaba y sonreía, pero se le notaba en la cara que no estaba ni mucho menos tan contento por la presencia de los huéspedes como el conde del año anterior y que sólo había invitado a los oficiales por entender que así lo exigían los buenos modales. Los propios oficiales, al subir por la escalinata alfombrada y escuchar sus palabras, se daban cuenta de que los habían invitado a la casa únicamente porque resultaba violento no hacerlo, y, al ver a los criados apresurarse a encender las luces abajo en la entrada, y arriba en el recibidor, empezó a parecerles que con su presencia habían provocado inquietud y alarma. ¿Podía ser grata la presencia de diecinueve oficiales desconocidos allí donde se habían reunido dos hermanas con sus hijos, hermanos y vecinos, sin duda con motivo de alguna fiesta o algún acontecimiento familiar?
          Arriba, a la entrada de la sala, acogió a los huéspedes una vieja alta y erguida, de rostro ovalado y cejas negras, muy parecida a la emperatriz Eugenia. Con sonrisa amable y majestuosa, decía sentirse contenta y feliz de ver en su casa a aquellos huéspedes, y se excusaba de no poder invitar esta vez a los señores oficiales a pasar la noche en la casa. Por su bella y majestuosa sonrisa que se desvanecía al instante de su rostro cada vez que por alguna razón se volvía hacia otro lado, resultaba evidente que en su vida había visto muchos señores oficiales, que en aquel momento no estaba pendiente de ellos y que, si los había invitado y se disculpaba, era sólo porque así lo exigía su educación y su posición social.
          En el gran comedor donde entraron los oficiales, una decena de varones y damas, unos entrados en años y jóvenes otros, estaban tomando el té en el extremo de una larga mesa. Detrás de sus sillas, envuelto en un leve humo de cigarros, se percibía un grupo de hombres. En medio del grupo había un joven delgado, de patillas pelirrojas, que, tartajeando, hablaba en inglés en voz alta. Más allá del grupo se veía, por una puerta, una estancia iluminada, con mobiliario azul.

          —¡Señores, son ustedes tantos que no es posible hacer su presentación! —dijo en voz alta el general, esforzándose por parecer muy alegre—. ¡Traben conocimiento ustedes mismos, señores, sin ceremonias!

          Los oficiales, unos con el rostro muy serio y hasta severo, otros con sonrisa forzada, y todos sintiéndose en una situación muy embarazosa, saludaron bien que mal, inclinándose, y se sentaron a tomar el té.
          Quien más desazonado se sentía era el capitán ayudante Riabóvich, oficial de pequeña estatura y algo encorvado, con gafas y unas patillas como las de un lince. Mientras algunos de sus camaradas ponían cara seria y otros afectaban una sonrisa, su cara, sus patillas de lince y sus gafas parecían decir: «¡Yo soy el oficial más tímido, el más modesto y el más gris de toda la brigada!» En los primeros momentos, al entrar en la sala y luego sentado a la mesa ante su té, no lograba fijar la atención en ningún rostro ni objeto. Las caras, los vestidos, las garrafitas de coñac de cristal tallado, el vapor que salía de los vasos, las molduras del techo, todo se fundía en una sola impresión general, enorme, que alarmaba a Riabóvich y le inspiraba deseos de esconder la cabeza. De modo análogo al declamador que actúa por primera vez en público, veía todo cuanto tenía ante los ojos, pero no llegaba a comprenderlo [los fisiólogos llamaban «ceguera psíquica» a ese estado en que el sujeto ve sin comprender].
          Pero algo después, adaptado ya al ambiente, empezó a ver claro y se puso a observar. Siendo persona tímida y poco sociable, lo primero que le saltó a la vista fue algo que él nunca había poseído, a saber: la extraordinaria intrepidez de sus nuevos conocidos. Von Rabbek, su mujer, dos damas de edad madura, una señorita con un vestido color lila y el joven de patillas pelirrojas, que resultó ser el hijo menor de Von Rabbek, tomaron con gesto muy hábil, como si lo hubieran ensayado de antemano, asiento entre los oficiales, y entablaron una calurosa discusión en la que no podían dejar de participar los huéspedes. La señorita lila se puso a demostrar con ardor que los artilleros estaban mucho mejor que los de caballería y de infantería, mientras que Von Rabbek y las damas entradas en años sostenían lo contrario. Empezaron a cruzarse las réplicas. Riabóvich observaba a la señorita lila, que discutía con gran vehemencia cosas que le eran extrañas y no le interesaban en absoluto, y advertía que en su rostro aparecían y desaparecían sonrisas afectadas.
          Von Rabbek y su familia hacían participar con gran arte a los oficiales en el debate, pero al mismo tiempo estaban pendientes de vasos y bocas, de si todos bebían, si todos tenían azúcar y por qué alguno de los presentes no comía bizcocho o no tomaba coñac. A Riabóvich, cuanto más miraba y escuchaba, tanto más agradable le resultaba aquella familia falta de sinceridad, pero magníficamente disciplinada.
          Después del té, los oficiales pasaron a la sala. El instinto no había engañado al teniente Lobitko: en la sala había muchas señoritas y damas jóvenes. El séter-teniente se había plantado ya junto a una rubia muy jovencita vestida de negro e, inclinándose con arrogancia, como si se apoyara en un sable invisible, sonreía y movía los hombros con gracia. Probablemente contaba alguna tontería muy interesante, porque la rubia miraba con aire condescendiente el rostro bien cebado y le preguntaba con indiferencia: «¿De veras?» Y de aquel indolente «de veras», el séter, de haber sido inteligente, habría podido inferir que difícilmente le gritarían «¡Busca!»
          Empezó a sonar un piano; un vals melancólico escapó volando de la sala por las ventanas abiertas de par en par, y todos recordaron, quién sabe por qué motivo, que más allá de las ventanas empezaba la primavera y que aquella era una noche de mayo. Todos notaron que el aire olía a hojas tiernas de álamo, a rosas y a lilas. Riabóvich, en quien, bajo el influjo de la música, empezó a dejarse sentir el coñac que había tomado, miró con el rabillo del ojo la ventana, sonrió y se puso a observar los movimientos de las mujeres, hasta que llegó a parecerle que el aroma de las rosas, de los álamos y de las lilas, no procedían del jardín, sino de las caras y de los vestidos femeninos.
          El hijo de Von Rabbek invitó a una cenceña jovencita y dio con ella dos vueltas a la sala. Lobitko, deslizándose por el parquet, voló hacia la señorita lila y se lanzó con ella a la pista. El baile había comenzado... Riabóvich estaba de pie cerca de la puerta, entre los que no bailaban, y observaba. En toda su vida no había bailado ni una sola vez y ni una sola vez había estrechado el talle de una mujer honesta. Le gustaba enormemente ver cómo un hombre, a la vista de todos, tomaba a una doncella desconocida por el talle y le ofrecía el hombro para que ella colocara su mano, pero de ningún modo podía imaginarse a sí mismo en la situación de tal hombre. Hubo un tiempo en que envidiaba la osadía y la maña de sus compañeros y sufría por ello; la conciencia de ser tímido, cargado de espaldas y soso, de tener un tronco largo y patillas de lince, lo hería profundamente, pero con los años se había acostumbrado. Ahora, al contemplar a quienes bailaban o hablaban en voz alta, ya no los envidiaba, experimentaba tan solo un enternecimiento melancólico.
          Cuando empezó la contradanza, el joven Von Rabbek se acercó a los que no bailaban e invitó a dos oficiales a jugar al billar. Éstos aceptaron y salieron con él de la sala. Riabóvich, sin saber qué hacer y deseoso de tomar parte de algún modo en el movimiento general, los siguió. De la sala pasaron al recibidor y recorrieron un estrecho pasillo con vidrieras, que los llevó a una estancia donde ante su aparición se alzaron rápidamente de los divanes tres soñolientos lacayos. Por fin, después de cruzar una serie de estancias, el joven Von Rabbek y los oficiales entraron en una habitación pequeña donde había una mesa de billar. Empezó el juego.
          Riabóvich, que nunca había jugado a nada que no fueran las cartas, contemplaba indiferente junto al billar a los jugadores, mientras que éstos, con las guerreras desabrochadas y los tacos en las manos, daban zancadas, soltaban retruécanos y gritaban palabras incomprensibles. Los jugadores no paraban mientes en él; sólo de vez en cuando alguno de ellos, al empujarlo con el codo o al tocarlo inadvertidamente con el taco, se volvía y le decía «Pardon!». Aún no había terminado la primera partida cuando le empezó a parecer que allí estaba de más, que estorbaba. De nuevo se sintió atraído por la sala y se fue.
          Pero en el camino de retorno le sucedió una pequeña aventura. A la mitad del recorrido se dio cuenta de que no iba por donde debía. Se acordaba muy bien de que tenía que encontrarse con las tres figuras de lacayos soñolientos, pero había cruzado ya cinco o seis estancias, y era como si a aquellas figuras se las hubiera tragado la tierra. Percatándose de su error, retrocedió un poco, dobló a la derecha y se encontró en un gabinete sumido en la penumbra, que no había visto cuando se dirigía a la sala de billar. Se detuvo unos momentos, luego abrió resuelto la primera puerta en que puso la vista y entró en un cuarto completamente a oscuras. Enfrente se veía la rendija de una puerta por la que se filtraba una luz viva; del otro lado de la puerta, llegaban los apagados sones de una melancólica mazurca. También en el cuarto oscuro, como en la sala, las ventanas estaban abiertas de par en par, y se percibía el aroma de álamos, lilas y rosas...
          Riabóvich se detuvo pensativo... En aquel momento, de modo inesperado, se oyeron unos pasos rápidos y el leve rumor de un vestido, una anhelante voz femenina balbuceó «¡Por fin!», y dos brazos mórbidos, perfumados, brazos de mujer sin duda, le envolvieron el cuello; una cálida mejilla se apretó contra la suya y al mismo tiempo resonó un beso.  






Pero acto seguido la que había dado el beso exhaló un breve grito y Riabóvich tuvo la impresión de que se apartaba bruscamente de él con repugnancia. Poco faltó para que también él profiriera un grito, y se precipitó hacia la rendija iluminada de la puerta...
          Cuando volvió a la sala, el corazón le martilleaba y las manos le temblaban de manera tan notoria que se apresuró a esconderlas tras la espalda. En los primeros momentos le atormentaban la vergüenza y el temor de que la sala entera supiera que una mujer acababa de abrazarlo y besarlo, se retraía y miraba inquieto a su alrededor, pero, al convencerse de que allí seguían bailando y charlando tan tranquilamente como antes, se entregó por entero a una sensación nueva, que hasta entonces no había experimentado ni una sola vez en la vida. Le estaba sucediendo algo raro... El cuello, unos momentos  antes envuelto por unos brazos mórbidos y perfumados, le parecía untado de aceite; en la mejilla, a la izquierda del bigote, donde lo había besado la desconocida, le palpitaba una leve y agradable sensación de frescor, como de unas gotas de menta, y lo notaba tanto más cuanto más frotaba ese punto. Todo él, de la cabeza a los pies, estaba colmado de un nuevo sentimiento extraño, que no hacía sino crecer y crecer... Sentía ganas de bailar, de hablar, de correr al jardín, de reír a carcajadas... Se olvidó por completo de que era encorvado y gris, de que tenía patillas de lince y «un aspecto indefinido» [así lo calificaron una vez en una conversación de señoras que él oyó por azar]. Cuando pasó por su vera la mujer de Von Rabbek, le sonrió con tanta amabilidad y efusión que la dama se detuvo y lo miró interrogadora.

—¡Su casa me gusta enormemente...! -dijo Riabóvich, ajustándose las gafas.

          La generala sonrió y le contó que aquella casa había pertenecido ya a su padre. Después le preguntó si vivían sus padres, si llevaba en la milicia mucho tiempo, por qué estaba tan delgado y otras cosas por el estilo... Contestadas sus preguntas, siguió ella su camino, pero después de aquella conversación Riabóvich comenzó a sonreír aún con más cordialidad y a pensar que lo rodeaban unas personas magníficas...
          Durante la cena, Riabóvich comió maquinalmente todo cuanto le sirvieron. Bebía y, sin oír nada, procuraba explicarse la reciente aventura. Lo que acababa de sucederle tenía un carácter misterioso y romántico, pero no era difícil de descifrar. Sin duda, alguna señorita o dama se había citado con alguien en el cuarto oscuro, había estado esperando largo rato y, debido a sus nervios excitados, había tomado a Riabóvich por su héroe. Esto resultaba más verosímil dado que Riabóvich, al pasar por la estancia oscura, se había detenido caviloso, es decir, tenía el aspecto de una persona que también espera algo... Así se explicaba Riabóvich el beso que había recibido.
          «Pero ¿quién será ella? —pensaba, examinando los rostros de las mujeres—. Debe de ser joven, porque las viejas no acuden a las citas. Estaba claro, por otra parte, que pertenecía a un ambiente cultivado, y  eso se notaba por el rumor del vestido, por el perfume, por la voz...».
          Detuvo la mirada en la señorita lila, que le gustó mucho; tenía hermosos hombros y brazos, rostro inteligente y una voz magnífica. Riabóvich deseó, al contemplarla, que fuese precisamente ella y no otra la desconocida... Pero la joven se echó a reír con aire poco sincero y arrugó su larga nariz, que le pareció la nariz de una vieja. Entonces trasladó la mirada a la rubia vestida de negro. Era más joven, más sencilla y espontánea, tenía unas sienes encantadoras y se llevaba la copa a los labios con mucha gracia. Entonces Riabóvich habría deseado que esa fuese aquella. Pero poco después le pareció que tenía el rostro plano, y volvió los ojos hacia su vecina...
          «Es difícil adivinar —pensaba, dando libre curso a su fantasía—. Si de la del vestido lila se tomaran solo los hombros y los brazos, se les añadieran las sienes de la rubia y los ojos de aquella que está sentada a la izquierda de Lobitko, entonces...»
          Hizo en su mente esa adición y obtuvo la imagen de la joven que lo había besado, la imagen que él deseaba, pero que no lograba descubrir en la mesa.




          Terminada la cena, los huéspedes, ahítos y algo achispados, empezaron a despedirse y a dar las gracias. Los anfitriones volvieron a disculparse por no poder ofrecerles alojamiento en la casa.

—¡Estoy muy contento, muchísimo, señores! -decía el general, y esta vez era sincero [probablemente porque al despedir a los huéspedes la gente suele ser bastante más sincera y benévola que al darles la bienvenida]. ¡Estoy muy contento! ¡Quedan invitados para cuando estén de regreso! ¡Sin cumplidos! Pero ¿por dónde van? ¿Quieren pasar por arriba? No, vayan por el jardín, por abajo, el camino es más corto.
          Los oficiales se dirigieron al jardín. Después de la brillante luz y de la algazara, pareció muy oscuro y silencioso. Caminaron sin decir palabra hasta la portezuela. Estaban algo bebidos, alegres y contentos, pero las tinieblas y el silencio los movieron a reflexionar por unos momentos.
          Probablemente, a cada uno de ellos, como a Riabóvich, se le ocurrió pensar en lo mismo: ¿llegaría también para ellos alguna vez el día en que, como Rabbek, tendrían una casa grande, una familia, un jardín y la posibilidad, aunque fuera con poca sinceridad, de tratar bien a las personas, de dejarlas ahítas, achispadas y contentas?
          Salvada la portezuela, se pusieron a hablar todos a la vez y a reír estrepitosamente sin causa alguna. Andaban ya por un sendero que descendía hacia el río y corría luego junto al agua misma, rodeando los arbustos de la orilla, los rehoyos y los sauces que colgaban sobre la corriente. La orilla y el sendero apenas se distinguían y la orilla opuesta se hallaba totalmente sumida en las tinieblas. Acá y allá las estrellas se reflejaban en el agua oscura, tremolaban y se distendían, y sólo por esto se podía adivinar que el río fluía con rapidez. El aire estaba en calma. En la otra orilla gemían los chorlitos soñolientos, y en esta un ruiseñor, sin prestar atención alguna al tropel de oficiales, desgranaba sus agudos trinos en un arbusto. Los oficiales se detuvieron junto al arbusto, lo sacudieron, pero el ruiseñor siguió cantando.

          —¿Qué te parece? —Se oyeron unas exclamaciones de aprobación—. Nosotros aquí a su lado y él sin hacer caso, ¡valiente granuja!

          Al final el sendero ascendía y desembocaba cerca de la verja de la iglesia. Allí los oficiales, cansados por la subida, se sentaron y se pusieron a fumar. En la otra orilla apareció una débil lucecita roja y ellos, sin nada que hacer, pasaron un buen rato discutiendo si se trataba de una hoguera, de la luz de una ventana o de alguna otra cosa... También Riabóvich contemplaba aquella luz y le parecía que ésta le sonreía y le hacía guiños, como si estuviera en el secreto del beso.
          Llegado a su alojamiento, Riabóvich se apresuró a desnudarse y se acostó. En la misma izbá que él se albergaban Lobitko y el teniente Merzliakov, un joven tranquilo y callado, considerado entre sus compañeros como un oficial culto, que leía siempre, cuando podía, el Véstnik Yevrópy, que llevaba consigo. Lobitko se desnudó, estuvo un buen rato paseando de un extremo a otro, con el aire de un hombre que no está satisfecho, y mandó al ordenanza a buscar cerveza. Merzliakov se acostó, puso una vela junto a su cabecera y se abismó en la lectura del Véstnik.
          «¿Quién sería?», pensaba Riabóvich mirando el techo ahumado. El cuello aún le parecía untado de aceite y cerca de la boca notaba una sensación de frescor como la de unas gotas de menta. En su imaginación centelleaban los hombros y brazos de la señorita de lila. Las sienes y los ojos sinceros de la rubia de negro. Talles, vestidos, broches. Se esforzaba por fijar su atención en aquellas imágenes, pero ellas brincaban, se extendían y oscilaban. 
          Cuando en el anchuroso fondo negro que toda persona ve al cerrar los ojos desaparecían por completo tales imágenes, empezaba a oír pasos presurosos, el rumor de un vestido, el sonido de un beso, y una intensa e inmotivada alegría se apoderaba de él... Mientras se entregaba a este gozo, oyó que volvía el ordenanza y comunicaba que no había cerveza. Lobitko se indignó y se puso a dar zancadas otra vez. 

          —¡Si será idiota! —decía, deteniéndose ya ante Riabóvich ya ante Merzliakov—. ¡Se necesita ser estúpido e imbécil para no encontrar cerveza! Bueno, ¿no dirán que no es un canalla?

          —Claro que aquí es imposible encontrar cerveza —dijo Merzliakov, sin apartar los ojos del Véstnik Yevrópy

          —¿No? ¿Lo cree usted así? —insistía Lobitko-. Señores, por Dios, ¡arrójenme a la luna y allí les encontraré yo enseguida cerveza y mujeres! Ya verán, ahora mismo voy por ella... ¡Llámenme miserable si no la encuentro!
Tardó bastante en vestirse y en calzarse las altas botas. Después encendió un cigarrillo y salió sin decir nada.

          —Rabbek, Grabbek, Labbek —se puso a musitar, deteniéndose en el zaguán—. Diablos, no tengo ganas de ir solo. Riabóvich, ¿no quiere darse un paseo?

          Al no obtener respuesta, volvió sobre sus pasos, se desnudó lentamente y se acostó. Merzliakov suspiró, dejó a un lado el Véstník Yevrópy y apagó la vela.

          —Bueno... -balbuceó Lobitko, encendiendo un pitillo en la oscuridad.

          Riabóvich metió la cabeza bajo la sábana, se hizo un ovillo y empezó a reunir en su imaginación las vacilantes imágenes y a juntarlas en un todo. Pero no logró nada. Pronto se durmió, y su último pensamiento fue que alguien lo acariciaba y lo colmaba de alegría, que en su vida se había producido algo insólito, estúpido, pero extraordinariamente hermoso y agradable. Y ese pensamiento no lo abandonó ni en sueños.




          Cuando despertó, la sensación de aceite en el cuello y de frescor de menta cerca de los labios ya había desaparecido, pero la alegría, igual que la víspera, se le agitaba en el pecho como una ola. Miró entusiasmado los marcos de las ventanas dorados por el sol naciente y prestó oído al movimiento de la calle. Al pie mismo de las ventanas hablaban en voz alta. El jefe de la batería de Riabóvich, Lebedetski, que acababa de alcanzar a la brigada, conversaba con su sargento primero en voz muy alta, como tenía por costumbre.

          —¿Y qué más? —gritaba el jefe.

          —Ayer, al herrar los caballos, señoría, herraron a Golúbchik. El practicante le aplicó un emplaste de arcilla con vinagre. Ahora lo conducen de la rienda, aparte. Y también ayer, su señoría, el herrador Artémiev se emborrachó y el teniente mandó que lo ataran en el avantrén de una cureña de repuesto.

          El sargento primero informó además de que Kárpov había olvidado los nuevos cordones de las trompetas y las estaquillas de las tiendas, y de que los señores oficiales habían estado de visita la noche anterior en casa del general Von Rabbek. En plena conversación, apareció en el vano de la ventana la barba roja de Lebedetski. Miró con los ojos miopes semientornados las soñolientas caras de los oficiales y los saludó.

          —¿Todo marcha bien? —preguntó.

          —El caballo limonero se ha hecho una rozadura en la cerviz —respondió Lobitko bostezando—. Ha sido con la nueva collera.

          El jefe suspiró, reflexionó unos momentos y dijo en voz alta:

          —Pues yo pienso ir a ver a Aleksandra Yevgráfovna. Tengo que visitarla. Bueno, adiós. Los alcanzaré antes de que anochezca.

          Un cuarto de hora después, la brigada se puso en marcha. Cuando pasaba por delante de los graneros del señor, Riabóvich miró a la derecha hacia la casa. Las ventanas tenían las celosías cerradas. Evidentemente, allí dormía aún todo el mundo. También dormía aquella que la víspera lo había besado. Se la quiso imaginar durmiendo. La ventana de la alcoba abierta de par en par, las ramas verdes mirando por aquella ventana, la frescura matinal, el aroma de álamos, de lilas, y de rosas, la cama, la silla y en ella el vestido que el día anterior rumoreaba, las zapatillas, el pequeño reloj en la mesita, todo se lo representaba él con claridad y precisión, pero los rasgos de la cara, la linda sonrisa soñolienta, precisamente aquello que era importante y característico, le resbalaba en la imaginación como el mercurio entre los dedos. Recorrida una media versta, miró hacia atrás: la iglesia amarilla, la casa, el río y el jardín se hallaban inundados de luz; el río, con sus orillas de acentuado verdor, reflejando en sus aguas el cielo azul y mostrando algún que otro lugar plateado por el sol, era hermoso. Riabóvich lanzó una última mirada a Mestechki y experimentó una profunda tristeza, como si se separara de algo muy íntimo y entrañable.
          En cambio, en la ruta sólo aparecían ante los ojos cuadros sin ningún interés, conocidos desde hacía mucho tiempo... A derecha y a izquierda, campos de centeno joven y de alforfón, por los que saltaban los grajos. Miras hacia adelante y sólo ves polvo y nucas; miras hacia atrás, y ves el mismo polvo y caras... Delante marchan cuatro hombres armados con sables: forman la vanguardia. Tras ellos va el grupo de cantores, a los que siguen los trompetas, que montan a caballo. La vanguardia y los cantores, como los empleados de las pompas fúnebres que llevan antorchas en los entierros, olvidan a cada momento la distancia que estipula el reglamento y se adelantan demasiado...
          Riabóvich se encuentra en la primera pieza de la quinta batería. Ve las cuatro baterías que le preceden. A una persona que no sea militar, la fila larga y pesada que forma una brigada en marcha le parece un baturrillo enigmático, poco comprensible; no entiende por qué alrededor de un solo cañón van tantos hombres, ni por qué lo arrastran tantos caballos guarnecidos con un extraño atelaje como si la pieza fuera realmente terrible y pesada. En cambio, para Riabóvich todo es comprensible y, por ello, carece del menor interés. Sabe hace ya tiempo por qué al frente de cada batería cabalga junto al oficial un vigoroso suboficial, y por qué se llama «delantero»; a la espalda de este suboficial se ve al conductor del primer par de caballos, y luego al del par central; Riabóvich sabe que los caballos de la izquierda, en los que los conductores montan, se llaman de ensillar, y los de la derecha se llaman de refuerzo.
          Eso no tiene ningún interés. Detrás del conductor van dos caballos limoneros. Uno de ellos lo cabalga un jinete con el polvo de la última jornada en la espalda y con un madero tosco y ridículo sobre la pierna derecha; Riabóvich sabe para qué sirve ese madero y no le parece ridículo. Todos los que montan a caballo agitan maquinalmente los látigos y de vez en cuando gritan. El cañón por sí mismo es feo. En el avantrén van los sacos de avena, cubiertos con una lona impermeabilizada, y del cañón propiamente dicho cuelgan teteras, macutos de soldado y saquitos; todo eso le da un aspecto de pequeño animal inofensivo al que, no se sabe por qué razón, rodean hombres y caballos. A su flanco, por la parte resguardada del viento, marchan balanceando los brazos seis servidores. Detrás de la pieza se encuentran otra vez nuevos artilleros, conductores, caballos limoneros, tras los cuales se arrastra un nuevo cañón tan feo y tan poco imponente como el primero. Al segundo 1e siguen el tercero y el cuarto. Junto a este va un oficial, y así sucesivamente. La brigada consta en total de seis baterías y cada batería tiene cuatro cañones. La columna se extiende una media versta. Se cierra con un convoy a cuya vera, bajando su cabeza de largas orejas, marcha cavilosa una figura en sumo grado simpática: el asno Magar, traído de Turquía por uno de los jefes de batería.
          Riabóvich miraba indiferente adelante y atrás, a las nucas y a las caras. En otra ocasión se habría adormilado, pero esta vez se sumergía por entero en sus nuevos y agradables pensamientos. Al principio, cuando la brigada acababa de ponerse en marcha, quiso persuadirse de que la historia del beso sólo podía tener el interés de una aventura pequeña y misteriosa, pero que en realidad era insignificante, y que pensar en ella seriamente resultaba por lo menos estúpido. Pero pronto mandó a paseo la lógica y se entregó a sus quimeras...Ora se imaginaba en el salón de Von Rabbek, al lado de una joven parecida a la señorita de lila y a la rubia de negro; ora cerraba los ojos y se veía con otra joven totalmente desconocida de rasgos muy imprecisos; mentalmente le hablaba, la acariciaba, se inclinaba sobre su hombro, se representaba la guerra y la separación, después el encuentro, la cena con la mujer y los hijos...

          —¡A los frenos! —resonaba la voz de mando cada vez que se descendía una cuesta.

          Él también exclamaba «¡A los frenos!», temiendo que ese grito interrumpiera sus ensueños y lo devolviera a la realidad.
          Al pasar por delante de una hacienda, Riabóvich miró por encima de la empalizada al jardín.
Apareció ante sus ojos una avenida larga, recta como una regla, sembrada de arena amarilla y flanqueada de jóvenes abedules... Con la avidez del hombre embebido en sus sueños, se representó unos piececitos de mujer caminando por la arena amarilla, y de manera totalmente inesperada se perfiló en su imaginación, con toda nitidez, aquella que lo había besado y que él había logrado fantasear la noche anterior durante la cena. La imagen se fijó en su cerebro y ya no lo abandonó.
          Al mediodía, detrás, cerca del convoy, resonó un grito:

          —¡Alto! ¡Vista a la izquierda! ¡Señores oficiales!

          En una carretela arrastrada por un par de caballos blancos, se acercó el general de la brigada. Se detuvo junto a la segunda batería y gritó algo que nadie comprendió. Varios oficiales, entre ellos Riabóvich, se le acercaron al galope.

          —¿Qué tal? ¿Cómo vamos? —preguntó el general, entornando los ojos enrojecidos—. ¿Hay enfermos?

          Obtenidas las respuestas, el general, pequeño y enteco, reflexionó y dijo, volviéndose hacia uno de los oficiales:

          —El conductor del limonero de su tercer cañón se ha quitado la rodillera y el bribón la ha colgado en el avantrén. Castíguelo.

          Alzó los ojos hacia Riabóvich y prosiguió:

          —Me parece que usted ha dejado los tirantes demasiado largos...

          Hizo aún algunas aburridas observaciones, miró a Lobitko y se sonrió:

          —Y usted, teniente Lobitko, tiene un aire muy triste —dijo—. ¿Siente nostalgia por Lopujova? ¡Señores, echa de menos a Lopujova!

          Lopujova era una dama muy entrada en carnes y muy alta, que había rebasado hacía ya tiempo los cuarenta. El general, que tenía una debilidad por las féminas de grandes proporciones cualquiera que fuese su edad, sospechaba la misma debilidad en sus oficiales. Ellos sonrieron respetuosamente. El general de la brigada, contento por haber dicho algo divertido y venenoso, rió estrepitosamente, tocó la espalda de su cochero y se llevó la mano a la visera. El coche reemprendió la marcha.
          «Todo eso que ahora sueño y que me parece imposible y celestial, es en realidad muy común» —pensaba Riabóvich mirando las nubes de polvo que corrían tras la carretela del general—. «Es muy corriente y le sucede a todo el mundo... Por ejemplo, este general en su tiempo amó; ahora está casado y tiene hijos. El capitán Vájter también está casado y es querido, aunque tiene una feísima nuca roja y carece de cintura... Salmánov es tosco, demasiado tártaro, pero ha tenido también su idilio terminado en boda... Yo soy como los demás, y antes o después sentiré lo mismo que todos...».
          La idea de que era un hombre como tantos y de que también su vida era una de tantas, lo alegró y reconfortó. Ya se la representaba osadamente a ella, y también su propia felicidad, sin poner freno alguno a su imaginación.
          Cuando por la tarde la brigada hubo llegado a su destino y los oficiales descansaban en las tiendas, Riabóvich, Merzliakov y Lobitko se sentaron a cenar alrededor de un baúl. Merzliakov comía sin apresurarse, masticaba despacio y leía el Véstnik Yevrópy que sostenía sobre las rodillas. Lobitko hablaba sin parar y se servía cerveza. Y Riabóvich, con la cabeza turbia por los sueños de toda la jornada, callaba y bebía. Después del tercer vaso, se achispó, se debilitó y experimentó un irresistible deseo de compartir su nueva impresión con sus compañeros.

          —Me sucedió algo extraño en casa de esos Von Rabbek... —empezó a decir, procurando imprimir a su voz un tono de indiferencia burlona—. Había ido, no sé si lo saben, a la sala de billar...

          Se puso a contar con todo detalle la historia del beso y al minuto se calló... En aquel minuto lo había contado todo y le sorprendía tremendamente que hubiera necesitado tan poco tiempo para su relato.
          Le parecía que de aquel beso habría podido hablar hasta la madrugada. Habiéndolo
escuchado, Lobitko, que contaba muchas trolas y por esta razón no creía a nadie, lo miró desconfiado y sonrió. Merzliakov enarcó las cejas y tranquilamente, sin apartar la mirada del Véstnik Yevrópy, dijo:

          —¡Que Dios lo entienda! Arrojarse al cuello de alguien sin antes haber preguntado quién era... Se trataría de una psicópata.

          —Sí, debía de ser una psicópata... -asintió Riabóvich.

          —Una vez me ocurrió a mí un caso análogo... —dijo Lobitko, poniendo ojos de susto—. Iba el año pasado a Kovno... Tomé un billete de segunda clase... El vagón estaba de bote en bote y no había manera de dormir. Di medio rublo al revisor... Él cogió mi equipaje y me condujo a un compartimiento... Me acosté y me cubrí con la manta. Estaba oscuro, ¿comprenden? De súbito noté que alguien me ponía la mano en el hombro y respiraba ante mi cara... Abrí los ojos, y figúrense, ¡era una mujer! Los ojos negros, los labios rojos como carne de salmón, las aletas de la nariz latiendo de pasión frenesí, los senos, unos amortiguadores de tren...

          —Permítame —lo interrumpió tranquilamente Merzliakov—, lo de los senos se comprende, pero ¿cómo podía usted ver los labios si estaba oscuro?

          Lobitko empezó a salirse por la tangente y a burlarse de la poca perspicacia de Merzliakov. Esto molestó a Riabóvich, que se apartó del baúl, se acostó y se prometió no volver a hacer nunca confidencias.
          Empezó la vida del campamento... Transcurrían los días muy semejantes unos a los otros. Durante todos ellos, Riabóvich se sentía, pensaba y se comportaba como un enamorado. Cada mañana, cuando el ordenanza lo ayudaba a levantarse, al echarse agua fría a la cabeza se acordaba de que había en su vida algo bueno y afectuoso.
          Por las tardes, cuando sus compañeros se ponían a hablar de amor y de mujeres, él escuchaba, se les acercaba y adoptaba una expresión como la que suele aflorar en los rostros de los soldados al oír el relato de una batalla en la que ellos mismos han participado. Y las tardes en que los oficiales superiores, algo alegres, con el séter-Lobitko a la cabeza, emprendían alguna correría donjuanesca por el arrabal, Riabóvich, que tomaba parte en tales salidas, solía ponerse triste, se sentía profundamente culpable y mentalmente le pedía a ella perdón... En las horas de ocio o en las noches de insomnio, cuando le venían ganas de rememorar su infancia, a su padre, a su madre y, en general, todo lo que era familiar y entrañable, también se acordaba, infaliblemente, de Mestechki, del raro caballo, de Von Rabbek, de su mujer parecida a la emperatriz Yevguenia, del cuarto oscuro, de la rendija iluminada de la puerta...
          El treinta y uno de agosto regresaba del campamento, pero ya no con su brigada, sino con dos baterías. Durante todo el camino soñó y se impacientó como si volviera a su lugar natal. Deseaba con toda toda el alma ver de nuevo el caballo extraño, la iglesia, la insincera familia Von Rabbek y el cuarto oscuro. La «voz interior» que con tanta frecuencia engaña a los enamorados le susurraba, quién sabe por qué, que la vería sin falta... Unos interrogantes lo torturaban: ¿cómo se encontraría con ella?, ¿de qué le hablaría?, ¿no habría olvidado ella el beso? En el peor de los casos, pensaba, aunque no se encontraran, para él ya resultaría agradable el mero hecho de pasar por el cuarto oscuro y recordar...
          Hacia la tarde se divisaron en el horizonte la conocida iglesia y los blancos graneros. A Riabóvich empezó a palpitarle el corazón... No escuchaba al oficial que cabalgaba a su lado y le decía alguna cosa, se olvidó de todo contemplando con avidez el río que brillaba en lontananza, la techumbre de la casa, el palomar encima del cual revoloteaban las palomas iluminadas por el sol poniente.
          Se acercaron a la iglesia y luego, al escuchar al aposentador, esperaba a cada instante que por detrás del templo apareciera el jinete e invitara a los oficiales a tomar el té, pero... el informe de los aposentadores tocó a su fin, los oficiales bajaron de sus cabalgaduras y se dispersaron por el pueblo, y el jinete no comparecía.
          «Ahora Von Rabbek se enterará de nuestra llegada por los mujiks y mandará por nosotros», pensaba Riabóvich al entrar en una izbá, sin comprender por qué su compañero encendía una vela ni por qué los ordenanzas se apresuraban a preparar los samovares...
          Una penosa inquietud se apoderó de él. Se acostó, después se levantó y miró por la ventana si llegaba el jinete. Pero no había jinete. Volvió a acostarse. Media hora más tarde se levantó y, sin poder dominar su inquietud, salió a la calle y dirigió sus pasos hacia la iglesia. La plaza, cerca de la verja, estaba oscura y desierta... Tres soldados se habían detenido, juntos y callados, al mismísimo borde del sendero. Al ver a Riabóvich, salieron de su ensimismamiento y lo saludaron. Él se llevó la mano a la visera y empezó a bajar por el conocido sendero.
          Por encima de la otra orilla, el cielo se había teñido de un color purpúreo: salía la luna. Dos campesinas, charlando en voz alta, andaban por un huerto arrancando hojas de col; tras los huertos negreaban algunas izbás... Y en la orilla de este lado, todo era igual que en mayo: el sendero, los arbustos, los sauces inclinados sobre el agua... Sólo no se oía al valiente ruiseñor, ni se notaba olor a álamo y a hierba tierna.
          Ante el jardín, Riabóvich miró por la portezuela. El jardín estaba oscuro y silencioso... Sólo se distinguían los troncos blancos de los abedules próximos y un pequeño tramo de la avenida, todo lo demás se confundía en una masa negra. Riabóvich aguzaba el oído y miraba ávidamente, pero, tras haber permanecido allí alrededor de un cuarto de hora sin oír ni un ruido y sin haber visto una luz, volvió sobre sus pasos...
          Se acercó al río. Ante él se destacaban la caseta de baños del general y unas sábanas colgadas en las barandillas del puentecillo. Subió al pequeño puente, se detuvo un poco, tocó sin necesidad una de las  sábanas, que encontró áspera y fría. Miró hacia abajo, al agua... El río se deslizaba rápido y apenas se le oía rumorear junto a los pilotes de la caseta. La luna roja se reflejaba cerca de la orilla; pequeñas ondas corrían por su reflejo alargándola, despedazándola, como si quisieran llevársela.
          «¡Qué estúpido! ¡Qué estúpido! —pensaba Riabóvich contemplando la corriente—. ¡Qué poco inteligente es todo esto».
          Ahora que ya no esperaba nada, la historia del beso, su impaciencia, sus vagas esperanzas y su desencanto se le aparecían con vívida luz. Ya no le parecía extraño que no se hubiera presentado el jinete enviado por el general, ni no ver nunca a aquella que casualmente lo había besado a él en lugar de otro. Al contrario, lo raro sería que la viera.
          El agua corría no se sabía hacia dónde ni para qué. Del mismo modo corría en mayo; el riachuelo, en el mes de mayo, había desembocado en un río caudaloso, y el río en el mar; después se había evaporado, se había convertido en lluvia, y quién sabe si aquella misma agua no era la que en este momento corría otra vez ante los ojos de Riabóvich... ¿A santo de qué? ¿Para qué?
          Y el mundo entero, la vida toda, le parecieron a Riabóvich una broma incomprensible y sin objeto. Apartando luego la vista del agua y tras haber elevado los ojos al cielo, recordó otra vez cómo el destino en la persona de aquella mujer desconocida lo había acariciado por azar, se acordó de sus ensueños y visiones estivales, y su vida le pareció extraordinariamente aburrida, mísera y gris.
          Cuando regresó a su izbá, no encontró en ella a ninguno de sus compañeros. El ordenanza le informó que todos se habían ido a casa del «general Fontriabkin», que había mandado un jinete a invitarlos... Por un instante el gozo estalló en el pecho de Riabóvich, pero él se apresuró a apagar aquella llama, se acostó y, para contrariar a su destino, como si deseara vejarle, no fue a casa del general.




*     *     *


Notas

- Obras de Chéjov en Biblioteca Virtual Cervantes:
http://www.cervantesvirtual.com/FichaAutor.html?Ref=1760

- Biografía de Chéjov:
http://www.biografiasyvidas.com/biografia/c/chejov.htm

- Los cuentos que no podemos dejar de leer: del excelente artículo «El efecto Chéjov. Diálogo a siete voces»:
 http://lecturassumergidas.com/2014/02/23/chejov_dialogo_a_siete_voces_/

El beso y otros cuentos, Antón Chéjov:
 http://www.casadellibro.com/libro-el-beso-y-otros-cuentos/9788420662503/1198072

Desde los bosques nevados, J. Eduardo Zúñiga: El autor analiza el uso de la memoria en los grandes textos rusos, la sentimentalidad, la adapatación al medio, la tristeza, el aislamiento, la proyección anímica del paisaje, la resignación ante la fatalidad de un destino. Sin juicios ni acrobacias, una reinterpretación.
http://elpais.com/diario/2010/06/19/babelia/1276906339_850215.html

- Élégante [1914], by Pierre [Prince] Troubetzkoy [American / Russian, 1864-1936]:
http://www.artnet.com/artists/pierre-prince-troubetzkoy/%C3%A9l%C3%A9gante-bSNz00cT0aFpWJ2IXuOoYg2