jueves, 10 de enero de 2019

«Primeros amores», Osvaldo Soriano

Osvaldo Soriano

[Mar del Plata, 1943-1997, Buenos Aires]


Osvaldo Soriano y algunas de sus mejores novelas

          Osvaldo Soriano, tan querido y recordado siempre, principalmente por sus fieles lectores y amigos, no así por los académicos que no le perdonaban quizá su escaso tercer año de colegio secundario. 
          Escritor y periodista argentino, nació en mi ciudad, Mar del Plata, aunque de pura casualidad, el 6 de enero de 1943. Y falleció muy joven, a los 54 años en Buenos Aires [adonde fue a vivir a los 26 años], el 29 de enero de 1997. Antes, había vivido varios años en Tandil, en Chipolletti [Río Negro] y otras ciudades de Argentina.
          Pero Cipolletti fue un lugar especial para Soriano, sin duda. Fue su origen, porque fue el fin de su infancia y fue su adolescencia. Fue el lugar donde regresó después de 33 años. Y por todo esto, también, la elección del cuento que vamos a leer o releer dentro de un momento. Luego llegaría el exilio, Europa y la vuelta a Buenos Aires.
           Sus libros, tan singulares, fueron de los más vendidos en las décadas de 1980-90, publicados en muchos países, traducidos y adaptados al cine y al teatro. Publicó siete novelas e infinidad de cuentos. Pero como sucede con muchos —modas literarias o marketing— quedan un poco relegados y se habla poco de ellos y de su obra. Los críticos y los medios académicos lo ignoraron en vida y, aún hoy, siguen ignorándolo dentro del canon de la literatura del Post-Boom. 

          En la foto, podrán ver algunas de las novelas que he leído y siempre recomiendo.
          Desde la primera y disparatada, Triste, solitario y final* [1973], título tomado de una novela de Raymond Chandler [El largo adiós], un homenaje al policial negro, con personajes conocidos de la ficción y realidad, hasta la sangrienta lucha peronista [de derecha y de izquierda] que encontramos en No habrá más pena ni olvido* [1978; película]; Cuarteles de invierno [1980; película] y los años de la dictadura militar, sin golpes bajos, con dos personajes, también antihéroes: un boxeador y un cantor de tangos; la desopilante A sus plantas rendido un león [1986]; Una sombra ya pronto serás [1990; película] donde nos reencontramos con la Argentina menemista dentro de una road novel.
          Quedarían mencionar El ojo de la patria [1992], con un prócer argentino enterrado en París, y La hora sin sombra [1995], su última novela, donde rinde homenaje a su padre.
          Es de destacar su gran trabajo periodístico en diarios y revistas argentinas y su amistad con muchos intelectuales de estos medios: Primera Plana y Panorama, El eco de Tandil, Noticias, El Cronista, La opinión y Página 12.

          Pero ahora traigo un libro de cuentos: Cuentos de los años felices* [1993], publicado originalmente en 1993 y reeditado en 2013.


Editorial Planeta, 232 págs.

Y de esta muy buena recopilación de relatos que aborda el tema de su niñez y juventud, amores, familia —su padre, sobre todo—, amigos y futbol, elegí uno que leeremos en compañía, espero les guste: 

«Primeros amores»




          Siempre que voy a emprender un largo viaje recuerdo algunas cosas mías de cuando todavía no soñaba con escribir novelas de madrugada ni subir a los aviones ni dormir en hoteles lejanos. Esas imágenes van y vienen como una hamaca vacía: mi primera novia y mi primer gol. Mi primera novia era una chica de pelo muy negro, tímida, que ahora estará casada y tendrá hijos en edad de rocanrol. Fue con ella que hice por primera vez el amor, un lunes de 1958, a la hora de la siesta, en una fila de butacas rotas de un cine vacío. 
          Antes de llegar a eso, otro día de invierno, su madre nos sorprendió en la penumbra de la boletería con la ropa desabrochada y ahí nomás le pegó dos bofetadas que todavía me suenan, lejanas y dolorosas, en el eco de aquellos años de frondicismo y resistencia peronista. Su padre era un tipo sin pelo, de pocas pulgas, que masticaba cigarros y me saludaba de mal humor porque ya tenía bastantes problemas con otra hija que volvía al amanecer y en coche ajeno. Mi novia y yo teníamos quince años. Al caer la tarde, como el cine no daba función, nos sentábamos en la plaza y nos hacíamos mimos hasta que aparecía el vigilante de la esquina. 
          No había gran cosa para divertirse en aquel pueblo. Las calles eran de tierra y para ver el asfalto había que salir hasta la ruta que corría recta, entre bardas y chacras, desde General Roca hasta Neuquén. Cualquier cosa que llegara de Buenos Aires se convertía en un acontecimiento. Eran treinta y seis horas de tren o un avión semanal carísimo y peligroso, de manera que sólo recuerdo la visita de un boxeador en decadencia que fue a Roca, al equipo de Banfield, que llegó exhausto a Neuquén y a unos tipos que se hacían pasar por el trío Los Panchos y llenaban el salón de fiestas del club Cipolletti. Los diarios de la Capital tardaban tres días en llegar y no había ni una sola librería ni un lugar donde escuchar música o representar teatro. Recuerdo un club de fotógrafos aficionados y la banda del regimiento que una vez por mes venía a tocarle retretas a la patria. Entonces sólo quedaban el fútbol y las carreras de motos, que empezaban a ponerse de moda. 
          Cuando su madre le dio aquella bofetada a mi novia, yo estaba en la Escuela Industrial y todavía no había convertido mi primer gol. Jugaba en una de esas canchitas hechas por los chicos del barrio, y de vez en cuando acertaba a meterla en el arco, pero esos goles no contaban porque todos pensábamos hacer otros mejores, con público y con nuestras novias temblando de admiración. Con toda seguridad éramos terriblemente machistas porque crecíamos en un tiempo y en un mundo que eran así sin cuestionarse. Un mundo de milicos levantiscos y jerarquías consagradas, de varones prostibularios y chicas hacendosas, sobre el que pronto iba a caer como un aluvión el furioso jolgorio de los años sesenta.
          Pero a fines de los cincuenta queríamos madurar pronto y triunfar en alguna cosa viril y estúpida como las carreras de motos o los partidos de fútbol. Yo me di varios coscorrones antes de convencerme de que no tenía ningún talento para las pistas. Mi padre solía acompañarme para tocar el carburador o calibrar el encendido de la Tehuelche, pero mi madre sufría demasiado y a mí las curvas y los rebajes me dejaban frío. La pelota era otra cosa: yo tenía la impresión de ganarme unos segundos en el cielo cada vez que entraba al área y me iba entre dos desesperados que presumían de carniceros y asesinos. Me acuerdo de un número 2 viejo como de veintiséis años, de vincha y medalla de la Virgen, que para asustar a los delanteros les contaba que debía una muerte en la provincia de La Pampa. 
          Lo recuerdo con cierto cariño, aunque me arruinó una pierna, porque era él quien me marcaba el día que hice mi primer gol. Pegaba tanto el tipo, y con tanto entusiasmo que, como al legendario Rubén Marino Navarro, lo llamaban Hacha Brava. Jugaba inamovible en la Selección del Alto Valle y en ese lugar y en aquellos años pocos eran los árbitros que arriesgaban la vida por una expulsión.
          Mi novia no iba a los partidos. Estudiaba para maestra y todavía la veo con el guardapolvo a la salida del colegio, buscándome con la mirada. Un día que mis padres estaban de viaje le exigí que viniera a casa, pero todo fue un fracaso con llantos, reproches y enojos. Tal vez leerá estas líneas y recordará el perfume de las manzanas de marzo, su miedo y mi torpeza inaudita. 
          Por un par de meses, antes de que yo la conociera, ella había sido la novia de nuestro zaguero central y alguien me dijo que el tipo se vanagloriaba de haberle puesto una mano debajo de la blusa. Eso me lo hacía insoportable. Tan celoso estaba de aquella imagen del pasado que casi dejé de saludarlo. El chico era alto, bastante flaco y pateaba como un caballo. Yo me mordía los labios, allá arriba, en la soledad del número 9, cuando me fauleaban y él se llevaba la gloria del tiro libre puesto en un ángulo como un cañonazo. Si lo nombro hoy, todavía receloso, es porque participó de aquella victoria memorable y porque sin su gol el mío no habría tenido la gloria que tiene. 
          Mi novia admitía haberlo besado, pero negaba que el odioso personaje le hubiera puesto la mano en el escote. A veces yo me resignaba a creerle y otras sentía como si una aguja me atravesara las tripas. Escuchábamos a Billy Cafaro y quizás a Eddie Pequenino pero yo no iba a bailar porque eso me parecía cosa de blandos. En realidad nunca me animé y si más tarde, ya en Tandil, caí en algún asalto o en una fiesta del club Independiente, fue porque estaba completamente borracho y perseguía a una rubia inabordable. 
          Pasábamos el tiempo en el cine, acariciándonos por debajo del tapado que nos cubría las piernas, y creíamos que su padre no se enteraba. Tal vez era así: andaba inclinado, ausente, masticando el charuto apagado, neurótico por el humo y el calor de la cabina de proyección. Pero la madre no nos sacaba el ojo de encima y aquella desgraciada tarde de invierno irrumpió en la boletería y empezó a darle de cachetadas a mi novia. Después supe que hacíamos el amor todos los días, pero en aquel entonces suponía que había una sola manera posible y que si ella la aceptaba, el más glorioso momento de la existencia habría ocurrido al fin. Y ese instante, en una vida vulgar, sólo es comparable a otro instante, cuando la pelota entra en un arco de verdad por primera vez, y no hay Dios más feliz que ese tipo que festeja con los brazos abiertos gritándole al cielo.
          Ese tipo, hace treinta años, soy yo. Todavía voy, en un eterno replay, a buscar los abrazos y escucho en sordina el ruido de la tribuna. Sé que estas confesiones contribuyen a mi desprestigio en la alta torre de los escritores, pero ahí sigo, al acecho entre el 5 que me empuja y Hacha Brava que me agarra de la camiseta mientras estamos empatados y un wing de jopo a la brillantina tira un centro rasante, al montón, a lo que pase. Se me ha cortado la respiración pero estoy lúcido y frío como un asesino a sueldo. Nuestro zaguero central acaba de empatar con un terrible disparo de treinta metros que he festejado sin abrazarlo y en este contragolpe, casi sobre el final, intuyo secretamente que mi vida cambiará para siempre. 
          El miedo de perderme en la maraña de piernas, en el infierno de gritos y codazos, ya pasó. El 10, que es un veterano de mil batallas, llega en diagonal y pifia porque la pierna derecha sólo le sirve para tenerse parado. Inexorablemente, ese gesto fallido descoloca a toda la defensa y la pelota sale dando vueltas a espaldas del 5 que gira desesperado para empujarla al córner. Entonces aparezco yo, como el muchachito de la película, ahuecando el pie para que el tiro no se levante y le pego fuerte, cruzado, y aunque parezca mentira aquella imagen todavía perdura en mí, cualquiera sea el hotel donde esté. 
          Igual que la otra, a la hora de la siesta, en una butaca rota del cine desierto. Nos besamos y sin buscarlo, porque las cachetadas todavía le arden en la cara, mi primera novia se abandona por fin y me recibe mientras sus pechos que alguna vez consintieron la caricia de nuestro despreciable zaguero central tiritan y trotan, brincan y broncan, hoy que nuestras vidas están junto a otros y mi hotel queda tan lejos del suyo. 

*     *     *

¿Les gustó?
A mí mucho. Al gustarme tanto curiosear en el mundo masculino y los recuerdos de juventud, sus pasiones y fantasías, tan diferentes a las nuestras. Al gustarme Osvaldo Soriano. Al ser una historia que transcurre en una época en la que he vivido, o me la contaron. Al darme cuenta, una vez más, que todo tiene un contexto social y político, personal, y no lo podemos sacar de ese sitio. Lo volví a disfrutar en la relectura. 
Otro detalle no menor es el club de sus amores, compartido por mi amplia familia: San Lorenzo de Almagro —a muchos fanáticos de Boca les disgustará el dato futbolero.
Este relato nos acerca a Osvaldo Soriano, hombre que se hace personaje, a su vida errante de pueblo en pueblo por el trabajo de su padre, empleado de Obras Sanitarias. Aventuras de viaje que lleva a la pequeña familia —Osvaldo era hijo único— a un paisaje sureño, Cipolletti. Y en este far west argentino, con calles de tierra y diarios que llegaban con tres días de retraso, los entretenimientos eran tres: cine, carreras de motos y partidos de fútbol, su gran pasión. 
Todo en un marco político, apenas esbozado pero altamente evocativo: año 1958, presidencia de Frondizi [1958-1962], la presión militar y la resistencia peronista.
Un universo, un clima tan bien creado, tan argentino que nos hace sentir en casa. Una narración fluida y un argumento sencillo, en un estilo conciso, con humor y agudezas. Nos lo cuenta una voz en primera persona, que se nos hace entrañable. 
La nostalgia y la distancia del tiempo, la mirada de un hombre, que fue el mismo que hizo el amor en el cine, y... ese gol memorable. El mismo hombre que hoy [el «hoy» narrativo] viaja en aviones, que escribe novelas y que es reconocido y admirado por sus lectores. Esta reconstrucción de su historia es el corazón del relato.


Osvaldo Soriano por Rep [Página 12]

          Ahora me despido, pueden leer todos los cuentos del libro y varias de sus novelas, debajo dejo los links.
Hasta la próxima lectura, con el gran placer que nos regala siempre el gordo Soriano, como lo llamaban sus amigos. Placer que permanece intacto a través de los años que han pasado. Acá, una de sus frases, una de las que siempre nos sacuden:

«...los argentinos tenemos la exacta medida de grandeza y pacotilla, de ambición y de fracaso que tuvo Gardel (...). De él quedó la voz, lo que llaman el ‘mito’ y la parábola de un país que se destruye por buscar lo imposible. Una tragedia argentina». 
O. S.

Cecilia Gianelli


Notas

- Cuentos de los años felices, Osvaldo Soriano: 
https://semioticaiscaa.files.wordpress.com/2009/02/soriano.pdf

- Triste, solitario y final [1973], Osvaldo Soriano:
https://profecarolinaruiz.files.wordpress.com/2017/10/osvaldo-soriano-triste-solitario-y-final.pdf

- No habrá más pena ni olvido [1978], Osvaldo Soriano:
http://biblio3.url.edu.gt/Libros/N_hab_pen.pdf

- Universidad Complutense de Madrid. Facultad de Filología. 
http://eprints.ucm.es/7432/1/T29558.pdf

- Osvaldo Soriano. Biografía. No habrá más penas ni olvidos. Canal (á): Osvaldo Soriano por sus amigos del ámbito de la cultura y el periodismo: Osvaldo Bayer [1927-2018; La Patagonia rebelde, ], J. Di Paola, Dipi [1940-2007; Minga], Juan Sasturain [1945; El último Hammett], Mempo Giardinelli [1947; Tanta noche]; Francisco «Negro» Juarez [Página 12]; Roberto «Tito» Cossa [1934; uno de los dramaturgos argentinos más importantes, guionista, No habrá más pena ni olvido], Héctor Olivera [1931; director cinematográfico, uno de los cineastas más reconocido; No habrá más pena ni olvido], Miguel Rep [1961; humorista gráfico] y otros.


https://www.youtube.com/watch?v=VlTbatExh5I






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