42.ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires 2016
del 21 de abril al 9 de mayo
Lugar:
La Rural, Predio Ferial de Buenos Aires
Ingresos: Av. Santa Fe 4201, Av. Sarmiento 2704 y Cerviño 4476
Horario:
- Lunes a viernes de 14:00 a 22:00 hs.
- Sábados y domingos de 13:00 a 22:00 hs.
Ingreso gratuito:
-Todos los días: menores de 12 años, visitas escolares y discapacitados.
- Lunes a viernes para docentes, estudiantes, jubilados y pensionados.
Valor de la entrada:
- Lunes a jueves: $50.-
- Viernes, sábados y domingos: $70.-
Santiago de Compostela, Ciudad Invitada
Pabellón amarillo
Los libros y las bibliotecas ocupan un lugar central e irremplazable en el proceso de formación y aprendizaje.
Campaña «Educación, Mejor con Libros» para sostener, compartir y socializar este mensaje.
Cursos
Las propuestas están a cargo de reconocidos
especialistas y abordan temáticas relacionadas con la literatura, la
música y el arte.
Son gratuitos y requieren inscripción previa.
El Quijote en la encrucijada de los libros de caballerías
A cargo de José Manuel Lucía Megías
José Manuel Lucía Megías [1967]
Mi hermosa edición de Don Quijote, Susaeta Ediciones
Lunes 25 y martes 26 de abril de 14:30 a 16:00
Sala Alfonsina Storni, Pabellón Blanco
¿Qué significa que una lengua cambia?: percepciones sobre el cambio en las lenguas a través del tiempo
A cargo de Santiago Kalinowski
Miércoles 27 de abril y lunes 2 de mayo de 14:30 a 16:00
Sala Alfonsina Storni, Pabellón Blanco
Martín Fierro y Don Segundo Sombra: análisis de sus arquetipos desde la psicosociología Junguiana
A cargo de Antonio Las Heras
Jueves 28 de abril y martes 3 de mayo de 14:30 a 16:00
Sala Domingo Faustino Sarmiento, Pabellón Blanco
Historias para ser contadas
A cargo de Patricia Sagastizábal
Jueves 5 y viernes 6 de mayo de 14:30 a 16:00
Sala Alfonsina Storni, Pabellón Blanco
Juan Rulfo: la prosa de la soledad
A cargo de Silvia Zimermann del Castillo
Viernes 22 y martes 26 de abril de 14:30 a 16:00
Sala Domingo Faustino Sarmiento, Pabellón Blanco
Rubén Darío: de la Vanguardia al Cosmopolitismo, a través de la poesía, la autobiografía, la crónica
A cargo de Josefina Delgado
Viernes 29 de abril y viernes 6 de mayo de 14:30 a 16:00
Sala Adolfo Bioy Casares, Pabellón Blanco
Aquí se pueden anotar en los cursos: http://www.el-libro.org.ar/internacional/propuestas-culturales/cursos/
* * *
Seguiré actualizando esta información,
C. G.
- Feria del Libro, sitio oficial:
http://www.el-libro.org.ar/
- José Manuel Lucía Megías: [1967]Catedrático de Filología Románica de la Universidad Complutense de Madrid, Coordinador Académico del Centro de Estudios cervantinos [desde el año 1999 hasta el 2014] y Vicedecano de Biblioteca, Cultura y
Relaciones Institucionales de la Facultad de Filología de la
Universidad Complutense de Madrid. Además, dirige la plataforma
literaria Escritores complutenses 2.0 y la Semana complutense de las Letras de la Universidad Complutense de Madrid [desde el año 2010]. Como Filólogo Románico, se ha especializado en libros de caballerías, crítica textual, Humanidades Digitales y en iconografía del Quijote, siendo el director del Banco de imágenes del Quijote: 1605-1915. En la actualidad es Presidente de honor de la Asociación de cervantisttas.
Completar la información en su página oficial:
http://pendientedemigracion.ucm.es/info/romanica/lucia.htm
Cuando un tribunal se pronuncia sobre cualquier cuestión relativa a [...] la educación de un niño [...] el bienestar del menor será la consideración primordial del juez.
Sección I (a), Ley del Menor (1989)
Editorial Anagrama, Barcelona
He leído varias buenas novelas del escritor inglés Ian McEwan, nacido el 21 de junio de 1948, en un condado al sur de Inglaterra, Hampshire.
Photograph by Joost van den Broek, The New Yorker
Expiación / Atonement [2001], Sábado / Saturday [2005] y Solar [2010] son las tres que leí y recomiendo. También la excelente película, muy buena adaptación de la primera mencionada, llamada en Argentina, Expiación, deseo y pecado [2007], dirigida por Joe Wright y protagonizada por James McAvory, Saoirse Ronana, Vanessa Redgrave y Keira Knightley.
Ian McEwan´s Facebook page
Ahora le llegó el turno a La ley del menor, publicada como The Children Act en 2014, y en 2015 por Anagrama, con la traducción de Jaime Zulaika. Es mi última y una vez más disfrutada lectura de Ian McEwan.
* * *
La historia comienza con Fiona Maye y está contada en tercera persona. La protagonista de la novela es una magistrada del Tribunal Superior de Justicia... muy «tranquila» en su hermoso departamento, mirando a su alrededor sin mirar, dejando ir sus pensamientos, las hojas del borrador de una sentencia en la que estaba trabajando desparramadas en el suelo, sin muchas ganas de retomarlas. Dos whiskies y quizá un tercero, para tratar de sobreponerse a algo más que un malestar.
Debía estar bien para la audiencia del día siguiente...
Había discutido con su marido. Aún sentía la indignación, la bronca de tener que responder a su proposición. Como ocurre casi siempre, no tuvo la respuesta justa, fue una más bien pobre, vaga, imprecisa.
El trabajo esperaba...
Ella, tan acostumbrada como estaba a manejar verbalmente tantos casos en el Tribunal de Familia, habituada a las medias verdades, a las discrepancias de pareja, a las acusaciones,... tenía experiencia en asimilar rápidamente las circunstancias particulares y en reaccionar con eficacia. Sin embargo había respondido una zoncera.
Al día siguiente debía atender uno de los casos que veremos en esta historia. El trabajo ocupaba su tiempo y energía, después de tantos años de ejercer, seguía fascinada por él, cada caso era el caso. Creía en su aporte a la sociedad. Estaba convencida que las necesidades de los niños prevalecían en las leyes.
Lo cierto es que había siempre niños aguardando entre bastidores, designados por su nombre de pila, atribulados, acurrucados juntos mientras los dioses por encima de ellos luchaban hasta el final, desde el juzgado de Familia hasta el Tribunal Superior y el Tribunal de Apelación.
Entonces, ustedes se estarán ya preguntando pero, ¿qué fue lo que debía haber respondido a su marido y «no le salió», y lo más importante, la «otra pata», ¿cuál fue la proposición de Jack? así se llama el marido, un hombre de cincuenta y nueve años para él, sesenta para ella.
Aunque la mayorá de las reseñas lo digan, no voy a cometer esa infidencia. Dejo que cada lector lo averigue y le llegue —muy al principio del libro por otra parte. No sería tan desastroso saberlo.
Solo me asomaré al tema diciendo: los matrimonio que llevan muchos años casados, ¿a qué aspiran en cuanto a «enamoramientos»? ¿piensan en algún momento en «ciertas emociones perdidas»?
Fiona debía atender importantes casos del Tribunal de Familia —el bienestar de los chicos primero— sin embargo, la absurda propuesta de su marido era lo que ocupaba su pensamiento. Pintura «The Sophist», Richard T. Scott [1980].
No se impacienten, la respuesta de Fiona va a llegar, ¿precisa?, ¿inteligente? Seguramente que recuperará la compostura, «el eje», como se dice ahora, entonces ya estaremos sumergidos de lleno en estas cuestiones, en los riesgos, en la balanza.
En ese momento no lo lograba y se imaginaba a los doctos amigos chismorreando sobre su guapo marido, profesor universitario de historia antigua, y la colega afectada.
Le avergonzaba la compasión que otros sentían por ellos mismos, y ahora no iba a sucumbir a ella.
Los casos que iremos viendo,... el padre musulmán queriéndose llevar a su hijita de cinco años a una nueva vida en Rabat, lejos de su mamá inglesa; las dos colegialas judías luchando para que se les permitiera recibir una educación; los gemelos siameses unidos y separados, todos nos irán haciendo conocer su desempeño como jueza, elogiada por sus colegas magistrados. Impecable en sus prosa y discernimiento.
Ahora ella estaba ahí abajo con los demás, nadando con la lúgubre marea.
Seguramente sus escritos serían, si ya no eran, citados, referentes de casos difíciles. Y, sin embargo, no escapaba a lo que la mayoría de los mortales, por más letrados que fuesen, estaban expuestos: a las reacciones inesperadas de la persona que más conocemos, la que comparte nuestra vida, la que es parte nuestra.
¿Qué es estar satisfecho? Una vida sexual satisfactoria, regular, con una concupiscencia nada complicada, regular, a primera hora, a última hora, regular, los días laborables, los fines de semana, regular, el leve e imperceptible declive de lo imprevisible, del deseo y erotismo.
Era pasión, no devoción lo que le faltaba.
¡Hay que ser divertido, no perder el «arte» del juego!... burdas afirmaciones.
¿Cómo nos vemos uno a otro a medida que la edad avanza? los pequeños deterioros que van apareciendo gradualmente, los gestos que vamos descubriendo. Ciertas profesiones no ayudan, es casi una regla que no se puede escapar del ceño fruncido y concentrado, las comisuras de la boca descendiendo y ciertos tonos mandones y sabelotodo.
Fiona y Jack se quieren. Se encuentran en una situación, un estadio en el que muchos se sentirán identificados. Y está su trabajo, demandante, competente, intereses y sentimientos interactuando. Es imposible escapar de influencias tan fuertes cuando la decisión está en tus manos.
Y hay un caso que será nudo y desenlace de esta trama tan bien desarrollada. Es el caso de una familia testigos de Jehová, Kevin y NaomiHenry,ellos se niegan a que su hijo Adam, de diecisiete años y con leucemia, reciba una transfusión indispensable para salvar su vida. Fiona va a involucrarse
Tanto será la afinidad mutua entre la impecable profesional y el joven con una inteligencia y sensibilidad fuera de lo común, intelectualmente precoz,... la iremos descubriendo con gran placer lector, al tiempo que Fiona, de casi sesenta años,descubre una inocencia nueva y excitable en Adam, y que Adam descubre una alegría que no conocía, un independizarse del fanatismo, una inspiración a través de la música y la poesía con Fiona. Desde el mismo momento en que interpretan juntos, ella cantando, él con su violín de principiante, Down by the Salley Gardens, el poema de William B. Yeats, en una triste habitación de hospital.
Un viaje a Newcastle de dos semanas, un circuito de cuatro ciudades del norte administrando justicia, será una revisión personal [más allá de que el motivo fuese profesional], con todos los matices resumidos, y un encuentro.
Recomiendo esta novela, los temas que trata: la difícil y exigente profesión [muchas veces decepcionante], la pareja con años de estar juntos, los procesos íntimos imposibles de transmitir, el sinceramiento, las cicatrices y marcas que van quedando, las decisiones erróneas, maternidad frustrada, las pérdidas y humillaciones, el desprecio puritano por los hombres y mujeres que destrozan a su familia y se convencen a sí mismos, mientras buscan «la novedad», de que lo hacen por el bien de todos, también la esperanza. Los detalles más insignificantes a los que prestamos atención en momentos difíciles, de crisis, que todos más o menos afrontamos, lo trata Ian McEwan con una maestría que nos permite relajarnos y disfrutar tanto sus libros. La música sobrevolando de Guy Barker, Bach, Mahler, Schubert, Poulenc, Berlioz, Thelonious Monk, maravilloso acompañamiento de jazz y música clásica a los movimientos imperceptibles de los personajes principales.
Hasta la próxima lectura, espero que lo disfruten tanto como yo,
C. G.
Mis notas, lecturas, información, links y sitios de interés
- Unas frases elegida: «Tuvo la esperanza de verle como si fuera la primera vez, de verle como un desconocido, como muchos años antes, cuando se enamoró de él. No era fácil».
«Y finalmente empezó a llorar, de pie junto al fuego, con los brazos colgando inertes a los lados, mientras él la observaba, conmocionado por ver a su mujer, siempre tan reservada, desvastada por la congoja más extrema».
«Sin la fe, que abierto y hermoso y aterrador debió de parecerle el mundo».
«Adam había ido a buscarla y ella no le había ofrecido nada en lugar de la religión, ninguna protección, aún cuando la Ley era clara, su consideración prioritaria era el bienestar del menor».
- Down by the Sally Gardens, poema de William B. Yeats, versión de Benjamin Britten: uno de los tantos y hermosos temas musicales nombrados en la novela. Es la pieza que interpretan juntos Fiona y Adam.
Faulkner indagó en las sombras con emoción y talento difícilmente comparables. Javier Marías
William Faulkner with Titles Pages,Jenny Hall
William Faulkner [1897-1962] comienza con el grupo de cuentos llamado «El campo» [The Country] la primera parte del libro Cuentos reunidos. «Dos soldados» [Two Soldiers] es el quinto de esta parte y ante último relato.
Ya he publicado «Incendiar establos», y decía en ese momento que era una lectura ideal para iniciarse con el gran escritor sureño estadounidense, conocer estas historias portentosas —que van desde la crueldad hasta la
ternura de las personas—, y del del mítico territorio de Yoknapatawpha.
Lo publicó en agosto de 1950, unos meses antes de recibir la noticia de que le otorgarían el Premio Nobel, y fue galardonado un año después con el National Book Award.
Si
bien es una puerta de acceso al «universo Faulkner», también suelen ser
buenos hallazgos para los que se han iniciado con las novelas más
divulgadas, como Las palmeras salvajes [1939] o El ruido y la furia [1929].
Los que así lo hicieron, ya están familiarizados con sus temas
históricos y sociales, las desdichas del individuo, las facetas
psicológicas de sus personajes y la profundidad emocional que nos
aporta. Aún así nos seguirá sorprendiendo su lenguaje, descripciones y
vocabulario tan meticuloso y renovado con cada nueva lectura.
Ciertos personajes, ambiente sureño, ciudad con nombre inventado y difícil de pronunciar se repiten,... es así como surge «Yocona County»/ Condado de Yocona, que más tarde sería rebautizada como «Yoknapatawpha». Pasados unos cuantos años, exactamente en 1956, en una entrevista explicaba el efecto
liberador que había tenido la creación de un lugar ficticio, como
artista y escritor.
William Faulkner Draws Maps of Yoknapatawpha County,
the Fictional Home of His Great Novels
Faulkner Pronouncing Yoknapatawpha
Ya aprendimos a pronunciarlo... En fin que relatos y novelas están
emparentados, y estos cuentos lo están entre sí. A medida que avancemos
con varios de ellos iremos descubriendo cuáles son esas conexiones.
Él mismo los agrupó para que así los percibamos. Dispuso los grupos que abajo detallo y obedece a la búsqueda de una armonía en la que las piezas no desentonen y se modulen como una entidad propia.
Este libro, como toda su obra, fue escrito con agonía y esfuerzo, en sus propias palabras, producto de una vida de sacrificio... Es privilegio del escritor, decía Faulkner,
ayudar al hombre a resistir mediante el enaltecimiento de su corazón,
recordándole la valentía y el honor y la esperanza y el orgullo y la
compasión y la piedad y el sacrificio que han sido gloria de su pasado.
Y es que en Faulkner el pasado cobra un gran protagonismo: «El pasado no ha muerto, ni siquiera ha pasado», decía.
* * *
El cuento elegido obedece a varias razones. El tema de la inocencia frente a la gravedad de los hechos es uno, la inmensidad de un mundo llegando apenas por una vieja radio del
Viejo Killegrewal pequeño universo de Frenchman´s Bend, es otro.
La historia está contada en primera persona, por un niño de ocho años [narrador y protagonista], del que no conoceremos su nombre. El otro personaje clave es Pete, su hermano de casi veinte años. De sus padres, sabremos muy al principio que una característica de su papá es que siempre anda atrasado con el trabajo en la granja, y que su mamá recuerda a suhermano Marshy a aquella otra guerra. De todo ello, la relación con su hermano es una de las más entrañables que he leído, más allá de lo que concretamente dicen o hacen está lo que piensan.
Y «todo aquello» que ocupa el pensamiento de Pete y el niño quiere averiguar a toda costa, es la primera cuestión que nos va a atraer.
Faulkner escribió este relato en 1942, poco después de que los japoneses invadieran Pearl Harbor. Transcurre en Mississippi, en el año 1941.
Fue llevada al cine por Aaron Schneider en 2003, ganadora del Academy Award 2004 por Best Short Subject. No dejen de ver este maravillo y conmovedor film de 40 min:
* * *
Ahora leamos, nos encontramos al final.
«Dos soldados»
[«Two soldiers», 1942, from Selected Short Stories]
Pete y yo
bajábamos a la casa del Viejo Killegrew a oír su radio.
Esperábamos
a después de la cena, a después de que anocheciera, y nos
plantábamos ante la ventana del salón del Viejo Killegrew, y la escuchábamos
porque la mujer del Viejo Killegrew estaba sorda
como una
tapia, así que el viejo ponía la radio a todo el volumen que la
podía poner, y por eso Pete y yo la escuchábamos igual de bien o
mejor que la mujer del Viejo Killegrew, o a mí me lo parece,
pese a
estar allí de pie, fuera, con la ventana cerrada.
Y aquella
noche le dije:
—¿Cómo?
¿Japoneses? ¿Y qué es una bahía de perla?*
Y Pete me
dijo que me callara.
Y así que
allí nos quedamos, y vaya si hacía frío, escuchando hablar al
tipo de la radio, sólo que para mí aquello no tenía ni pies ni
cabeza. El tipo de la radio dijo entonces que no habría más noticias
hasta pasado un rato, y Pete y yo volvimos caminando hasta casa, y
Pete me explicó de qué iba todo aquello. Porque ya rondaba los
veinte y había terminado de estudiar en el colegio de la Concentración
Escolar el mes de junio anterior y sabía que no veas si sabía: me
contó que los japoneses habían tirado bombas en Pearl Harbor y
que Pearl Harbor estaba al otro lado del charco.
—¿Al otro
lado del charco? —dije—. ¿Al otro lado del embalse del
Gobierno que hay en Oxford?
—Qué va
—dijo Pete—. Al otro lado del charco grande. El océano
Pacífico.
Nos
fuimos para casa. Mamá y papá ya se habían ido a la cama, y
Pete y yo nos fuimos a la cama, y yo seguía sin entender dónde
estaba aquello, y Pete me volvió a decir que era el océano Pacífico.
—Pero...
¿a ti qué te pasa? —dijo Pete—. Vas para nueve años.
Estás en el colegio desde septiembre.
¿O es que no has aprendido nada
aún?
—Pues es
que aún no hemos llegado tan lejos, no hemos llegado al
océano Pacífico aún —dije.
Todavía
estábamos sembrando las algarrobas que tendrían que haber
estado plantadas ya mediado noviembre, porque papá todavía
iba muy atrasado en todo, como lo estuvo siempre, desdeque Pete
y yo lo conocimos. Y además, nos quedaba la leña por llevar a
casa, pero todas las noches Pete y yo nos largábamos a la casa del
Viejo Killegrew y nos plantábamos ante la ventana de su salón
para escuchar su radio; luego nos volvíamos a casa y nos tumbábamos
en la cama y Pete me contaba de qué iba todo aquello.
Mejor dicho, durante un rato me lo contaba. Luego ya no me contaba
nada. Era como si no quisiera hablar más de todo aquello.
—What´s the matter with you?... Across the big water, the Pacific Ocean.
Me decía
que me callara la boca de una vez porque tenía ganas de dormirse,
pero es que nunca tenía ganas de dormirse.
Se
quedaba tumbado, hecho un montón más quieto que si estuviera
dormido, y algo había, yo bien que se lo notaba, casi como si
estuviera furioso conmigo, sólo que bien sabía yo que no estaba
pensando
en mí, sino que era más bien como si estuviera preocupado por
algo, pero tampoco era eso, pues nunca tuvo de qué preocuparse.
Nunca se retrasaba, como papá, y menos aún tuvo atrasos
tan
grandes.
Papá le
dio diez acres cuando su graduación en el colegio de la
Concentración Escolar, y Pete y yo calculamos los dos que papá en el
fondo se alegró que no veas de quitarse de encima por lo menos diez
acres, menos preocupaciones para él; Pete sembró los diez acres de
algarroba y luego los labró bien y dejó los surcos bien trazados
para el invierno, así que no podía ser eso.
Pero algo
tenía que ser. Y con eso y con todo allá que nos íbamos todas
las noches a la casa del Viejo Killegrew a escuchar su radio, y
allá que andaban entonces en las Filipinas, aunque el general
MacArthur los aguantaba aún.Y luego nos volvíamos a casa y
nos tumbábamos en la cama y Pete no me contaba nada, nome
hablaba de nada. Se quedaba tumbado y tan quieto como si estuviera
emboscado, y cuando yo lo tocaba, en el costado o en la pierna,
lo encontraba tan duro y tan quieto como el hierro, y así era hasta
que pasado un rato me dormía yo.
Una
noche, y fue la primera vez en que no me dijo nada, además de
regañarme por no haber cortado leña suficiente en el tocón donde
teníamos el hacha, me dijo:
—Me tengo
que marchar.
—¿Marchar?
¿Adónde? —le dije.
—A esa
guerra —dijo Pete.
—¿Antes
de terminar de traer la leña a casa?
—Al
infierno se puede ir la leña —dijo Pete.
—Pues muy
bien —dije—. ¿Cuándo nos ponemos en marcha?
Sólo que
él ni siquiera me estaba escuchando. Allí seguía tumbado,
duro y quieto como el hierro, a oscuras.
—Me tengo
que marchar —dijo—. Es que no voy a permitir yo que
nadie trate de esa forma a los Estados Unidos.
—Sí
—dije—. Con leña o sin leña, a mí me parece que nos tenemos que
marchar.
Esta vez
yo creo que sí me oyó. Seguía tumbado y muy quieto,
aunque estaba quieto de otra forma.
—¿Tú?
—dijo—. ¿A una guerra?
—Pues
claro. Tú te cargas a los grandes y yo me cargo a los pequeños
—dije.
Entonces
me dijo que yo no podía ir. Al principio pensé que, en el fondo,
nunca quiso que yo fuese perdiendo el culo detrás de él, tal como
nunca me permitió ir con él cuando rondaba a las hijas de
Tull.
Luego me dijo que en el ejército no me lo permitirían porque aún era
muy chico, y entonces sí supe que lo había dicho en serio, y que eso
quería decir que yo no podía ir de ninguna de las maneras,
no señor.
Y no sé por qué no se lo quise creer y tampoco me creí que se fuese
él, o no hasta ese
momento, pero es que en ese momento supe que
sí que se iba, como supe que sin mí no se iba a marchar.
—Pues
entonces ya cortaré yo la leña para todos vosotros, ya os
llevaré el agua —dije—. ¡Leña y agua tenéis que llevar!
Da lo
mismo, porque entonces sí me estaba escuchando. Ya no era
como el hierro.
Se volvió
de costado y me puso la mano en el pecho, porque era yo el
que estaba tendido boca arriba y bien tieso.
—No
—dijo—. Tú te tienes que quedar y ayudar a papá.
—¿Ayudarle?
¿En qué? —dije—. Si nunca se va a poner al día, no
hay manera... Es imposible que vaya más atrasado de lo que va.
Seguro que puede él hacerse cargo del terruño que tiene mientras
tú y yo nos cargamos a los japos. Yo también tengo que ir. Si tú
tienes que ir, yo tengo que ir también.
—No —dijo
Pete—. Anda, calla. Cállate —y supe que iba en serio,
vaya que sí. Me aseguré al oírlo de sus propios labios. Me rendí.
—Así que
no puedo ir... —dije.
—No —dijo
Pete—. Tú no puedes ir. Para empezar, aún eres muy
chico, y es que además...
—Vale,
vale —dije—. Entonces te callas la boca y me dejas que me
duerma, ¿eh?
Así que
se quedó callado y se volvió a tumbar boca arriba. Y yo seguí
tumbado como si estuviera dormido, y en un visto y no visto estaba
dormido él y supe que eran sus ganas de ir a la guerra lo quetanto le
había preocupado, lo que no le dejaba dormir, y que ahora que había
resuelto ir a la guerra ya no tenía preocupación ninguna.
A la
mañana siguiente se lo dijo a mamá y a papá. A mamá no le
pasó nada. Sólo lloró.
—No —dijo
llorando—. No quiero que vaya. Antes querría ir yo en
su lugar, si es que pudiera. Yo no quiero salvar al país. Por mí, que
lo conquisten y se lo queden esos japoneses, si es que quieren,
mientras a mi familia y a mis hijos y a mí nos dejen en paz.
Pero me
acuerdo de mi hermano Marsh en aquella otra guerra. Él tuvo que
ir a aquella otra guerra y eso que no había cumplido ni diecinueve
años, y nuestra madre no lo pudo entender en su día, como
tampoco ahora lo entiendo yo. Pero mi madre a Marsh le dijo que
si tenía que ir pues tenía que ir.
Así que si Pete tiene que ir a ésta,
pues será que tiene que ir. Pero a mí que no me pidan que entienda
el porqué.
En cambio
papá dio en el clavo. Por algo era el hombre.
—¿A la
guerra? —dijo—. Pues vaya, yo en eso no veo ninguna
utilidad. Tú aún no tienes edad para alistarte, y el país, que yo sepa, no
lo han invadido. Nuestro presidente, en Washington, D. C., está
atento a las condiciones y ya nos notificará las cosas cuando haga
falta. Además, en esa otra guerra de la que tu madre acaba de
hablar, a mí me reclutaron y con la misma me mandaron a Texas y
allí me tuvieron ocho meses hasta que por fin terminaron los
combates. A mí me parece que eso, con lo de tu tío Marsh, que se
llevó una herida de verdad en los campos de combate de Francia,
es para mí y los míos más que suficiente si hemos tenido obligación
de proteger al país, al menos mientras yo viva. Y, por otra
parte, ¿a quién le pido yo ayuda con los cultivos cuando tú te hayas
ido, eh? A mí me parece que así voy a ir atrasado de verdad.
—Tú has
ido atrasado desde que yo alcanzo a recordar —dijo Pete—. De
todos modos, me marcho.
Me tengo que marchar.
—Pues
claro que se tiene que marchar —dije—. Esos japos...
—¡Tú te
callas la boca! —dijo mamá llorando—. ¡Contigo no habla
nadie! Ve a traerme un buen montón de leña. Eso sí que lo puedes
hacer.
Así que
fui a por la leña. Y durante todo el día siguiente, mientras
Pete y papá y yo trajimos toda la leña que nos fue posible traer en
el poco tiempo que tuvimos, porque ya dijo Pete que para papá
tener leña de sobra era tener sólo una astilla más pegada a la pared,
una astilla que mamá aún no hubiera echado al fuego, mamá fue
preparando las cosas para que Pete se marchase. Le lavó y le
remendó la ropa y le preparó una lonchera con algo de comer.
Y esa
noche Pete y yo nos tumbamos en la cama y la oímos empaquetar
sus cosas en la maleta y la oímos llorar a la vez, hasta que pasado un
rato Pete se levantó y volvió con ella, y les oí hablar a los dos, hasta que por fin oí a mamá decir:
—Tú
tienes que ir, así que yo quiero que vayas. Pero yo no lo entiendo,
y nunca lo entenderé, así que no cuentes con que lo entienda.
Y Pete
volvió a acostarse otra vez y otra vez se quedó muy quieto y
duro como el hierro, boca arriba, y entonces de pronto dijo, y
no me lo dijo a mí, porque lo dijo como si no hablase con nadie:
«Me tengo que marchar, eso es todo: sólo me tengo que marchar».
—Pues
claro que tienes que marchar —dije—. Esos japos...
Se volvió
de pronto con dureza, como si de pronto se hubiera puesto
firme de costado, mirándome a oscuras.
—Da lo
mismo, porque tienes razón —dijo—. Supuse que iba a
tener más complicaciones contigo que con todos los demás juntos.
—Supongo
que eso no tiene remedio —dije—. Pero a lo mejor la
cosa dura unos años más y me da tiempo a ir. A lo mejor un día me
ves a tu lado.
—Espero
que no —dijo Pete—. Nadie va a la guerra a pasar un buen
rato. Nadie deja a su mamá llorando por pasar un buen rato.
—Entonces,
¿tú a qué vas? —dije.
—Yo tengo
que ir —dijo—. No me queda más remedio. Ahora
duérmete, anda. Mañana temprano tengo que coger el autobús.
—Entendido
—dije—. Me han dicho que Memphis es muy grande.
¿Cómo sabrás dónde encontrar el ejército?
—Ya le
preguntaré a alguien dónde alistarme —dijo Pete—.
Ahora
duérmete.
—¿Y es
eso lo que vas a preguntar, dónde alistarte en el ejército?
—dije.
—Sí —dijo
Pete. Se volvió de nuevo boca arriba—. Cállate de una vez y
duérmete.
Nos
dormimos. A la mañana siguiente desayunamos con la luz del
candil porque el autobús pasaba a las seis en punto. Mamá ya no
lloraba. Sólo parecía enojada y ajetreada sirviendo el desayuno
mientras nos lo zampábamos. Entonces terminó de empaquetar la
maleta de Pete, por más que no
quiso él llevarse ninguna maleta a
la guerra, aunque mamá dijo que las personas decentes nunca van
a ninguna parte, ni siquiera a una guerra, sin una muda de
repuesto y algo en lo que llevarla. Metió dentro la lonchera, que era poco
más que una caja de zapatos, con pollo frito y galletas saladas,
y de paso le metió en la maleta una Biblia, y llegó la hora de
marchar. Hasta ese momento no supimos que mamá no pensaba ir a
la parada del autobús. Sólo trajo el abrigo y la gorra dePete, y
eso que aún no había vuelto a llorar; se quedó con las manos sobre
los hombros de Pete y sin moverse, aunque no sé cómo, y sólo
por su manera de sujetar a Pete por los hombros, parecía haberse
endurecido, parecía tan fiera como Pete cuando se volvió hacia mí
la noche anterior en la cama y me dijo que a pesar de
todo
tenía yo razón.
—Por mí,
que se queden el país, que se lo queden si quieren mientras
no nos molesten ni a mí ni a los míos —dijo. Y dijo—:
No te
olvides de quién eres. No eres rico. El resto del mundo, más allá de
Frenchman’s Bend, nunca ha oído hablar de ti. Pero tienes una
sangre tan buena como la que más, eso que no se te olvide nunca.
Entonces
le dio un beso y él salió de la casa, aunque fue papá quien
llevaba la maleta de Pete, sin importarle que Pete la quisiera llevar o
no. No amanecía aún, no amaneció siquiera cuando llevábamos un
rato en la carretera, al lado del buzón. Vimos entonces los faros
del autobús que se acercaba y miré el autobús hasta que llegó a
donde estábamos y Pete le hizo una señal, y entonces desde luego que
había empezado a clarear, amaneció mientras yo no estaba
pendiente. Y entonces Pete y yo contamos con que papá dijera alguna
bobada, como ya dijo antes, lo de que el tío Marsh salió herido de
Francia y lo de aquel viaje a Texas que hizo papá en 1918, y
que tendría que haber sido suficiente para salvar a los Estados
Unidos en 1942, pero no fue así. Lo hizo muy bien.
—Adiós,
hijo mío —dijo—. Nunca te olvides de lo que dijo tu madre, y
escríbele cuando tengas tiempo.
Estrechó
a Pete la mano y Pete me miró unos momentos y me plantó la
mano en la cabeza y me restregó el pelo tan fuerte que por poco
me arranca la cabeza de cuajo y subió de un salto al autobús, y
el tipo que iba en el autobús cerró la puerta y el autobús empezó a
zumbar primero, a bambolearse después, zumbando y rechinando
y chirriando cada vez más fuerte; cogió velocidad, las dos
lucecitas rojas de detrás que nunca parecía que se fueran a empequeñecer
más, que parecían correr juntas hasta que muy pronto se tocasen
y fueran una sola luz. Pero no se llegaron a juntar, y desapareció
el autobús y allí mismo podría haberme echado a llorar, a pesar
de que ya tenía casi nueve años y todo.
Papá y yo
volvimos a casa. Todo el día lo pasamos faenando en el
tocón, cortando leña, así que nunca tuve ocasión hasta mediada la
tarde. Entonces cogí el tirachinas* y me hubiera gustado coger
todos los huevos de la colección, porque Pete me había regalado la
suya y me ayudó a reunir la mía, y le gustaba sacar la caja y mirarlos
todos tanto como a mí, por más que casi tuviera veinte años.
Pero la caja era demasiado grande para llevársela durante un trecho
largo y encima andar preocupado por ella, así que sólo me llevé el
huevo de garza azul, porque era el mejor de todos, y lo envolví muy
bien dentro de una caja de cerillas y la escondí con el tirachinas
en un rincón del granero. Luego cenamos y nos fuimos a la cama,
y entonces me paré a pensar en que si tenía que quedarme en
aquella
habitación y en aquella cama, así fuese una sola noche más, no
habría sabido cómo. Luego oí roncar a papá, pero a mamá no le oí
hacer ningún ruido, tanto si dormía como si no, y no me pareció
que durmiese. Así que tomé mis zapatos y los saqué por la ventana y
luego salté como vi hacer a Pete más de una vez, cuando aún tenía
sólo diecisiete y papá decía que era demasiado joven para andar
toda la noche rondando a las chicas, y no le dejaba salir, y me calcé
los zapatos y fui al granero y recogí el tirachinas y el huevo de
garza azul y me eché a la carretera.
Frío no
hacía, pero la noche estaba más negra que nunca, y aquella
carretera se extendía delante de mí como si al no usarla nadie se
fuese a estirar hasta ser el doble de larga, como se estira uno al
tumbarse, así que durante un buen rato pareció que cuando saliera
el sol a mi espalda me iba a pillar mucho antes de haber recorrido
las veintidós millas que me quedaban hasta Jefferson. Pero no fue
así. Asomaba el amanecer cuando subía por la cuesta a la ciudad.
Me llegó el olor de los desayunos que se cocinaban en las cabañas y
ojalá, me dije, se me hubiera ocurrido llevarme una galleta,
pero para eso ya era tarde. Y Pete me había dicho que hasta Memphis
quedaba un buen trecho después de pasar Jefferson, aunque nunca
supe que era tanto, pues eran ochenta millas. Allí me quedé en
una plaza desierta, a la vez que amanecía y las farolas de la calle
aún estaban encendidas, con uno de la Ley que me miraba y aún
ochenta millas por delante hasta llegar a Memphis, y me había
costado toda la noche andar sólo las veintidós millas hasta Jefferson,
así que cuando llegara a Memphis a ese paso Pete ya se habría
marchado a Pearl Harbor.
—¿Tú de
dónde vienes? —me dijo el de la Ley.
Y se lo
tuve que decir otra vez.
—He de llegar
a Memphis. Allí está mi hermano.
—¿Quieres
decir que no tienes familia aquí? —dijo el de laLey—.
¿Nada más que tienes a ese hermano? ¿Y qué estás haciendo tú tan
lejos si tu hermano está en Memphis?
Y se lo
tuve que decir otra vez.
—He de
llegar a Memphis. No tengo tiempo que perder en chácharas
y no tengo tiempo para ir
andando. He de llegar hoy mismo.
—Ven para
acá —dijo el de la Ley.
Fuimos
por otra calle. Y allí estaba el autobús, igualito al que tomó Pete
ayer por la mañana, sólo que no tenía ningún faro encendido y
no había nadie dentro. Había una estación de autobuses normal y
corriente, como la estación del tren, con una ventanilla donde
vendían los billetes.
—Tú
siéntate ahí —dijo el de la Ley, así que me senté en el banco—.
Necesito usar el teléfono —dijo, y habló por teléfono un minuto—.
No lo pierda de vista —le dijo al tipo que estaba en la
ventanilla—.
Volveré en cuanto la señora Habersham se pueda levantar y
esté arreglada para salir a la calle.
Y se fue.
Yo fui a la ventanilla en que se vendían los billetes.
—Quiero
ir a Memphis —dije.
—Cómo no
—dijo el tipo—. Pero ahora te sientas en ese banco. El
señor Foote volverá enseguidita.
—No
conozco yo a ningún señor Foote —dije—. Lo que quiero es
tomar el autobús a Memphis.
—¿Y
tienes dinero? —dijo—. Te lo digo porque te va a costar setenta y
dos centavos.
Saqué la
caja de cerillas y desenvolví el huevo de garza azul.
—Se lo
cambio por un billete a Memphis —dije.
—¿Qué es
eso? —dijo el tipo.
—Es un
huevo de garza azul —dije—. ¿Nunca ha visto uno?
Vale por
lo menos un dólar, pero me conformo con setenta y dos centavos.
—No
—dijo—, los dueños del autobús insisten en que se pague a
tocateja*. Si empezara yo a cambiar billetes de autobús por
huevos de colorines o por animales vivos y demás, me despedirían
seguro. Anda, ve a sentarte en ese banco, como dijo el señor
Foote.
Me dirigí
hacia la puerta, pero me alcanzó: puso una mano en el
mostrador de la ventanilla y lo salvó de un salto y me atrapó y estiró
la mano para sujetarme por la camisa. Saqué mi navaja de
bolsillo
y la abrí.
—Como me
ponga una mano encima se la corto —dije.
You put a hand on me and I´ll cut it off!
Hice un
amago para darle esquinazo y salir corriendo por la puerta,
pero él se movió más deprisa que ningún otro hombre adulto
que haya visto yo, casi tan deprisa como Pete. Me cortó el paso y se
plantó de espaldas a la puerta y con un pie un poco levantado,
y no había otra manera de salir.
—Vuelve a
sentarte en ese banco y quédate quieto —dijo.
Y no
había otra manera de salir. Y se quedó plantado de espaldas a
la puerta. Así que me volví al banco. Y entonces me pareció que
la estación estaba llena de gente. Allí estaba otra vez el de
la Ley, y
dos señoras con abrigos de pieles y las caras ya pintadas.
Pero aún
parecía que se hubiesen levantado deprisa y corriendo y que no
les había hecho ninguna gracia, una vieja y una joven que me
miraban sin quitarme los ojos de encima.
—¡Si ni
siquiera lleva un abrigo! —dijo la vieja—. ¿Cómo es posible
que haya llegado aquí él solito?
—Eso me
pregunto yo —dijo el de la Ley—. No he podido sacarle
nada en claro, quitando que su hermano está en Memphis y que
quiere llegar allá.
—Eso es
—dije—. He de llegar a Memphis hoy mismo.
—Claro
que sí —dijo la vieja—. ¿Y estás seguro de que sabrás encontrar
a tu hermano cuando llegues a Memphis?
—Pues
digo yo que sí —dije—. No tengo más que uno, y lo conozco
de toda la vida. Supongo que lo sabré reconocer cuando lo vea.
La vieja
me miró de hito en hito.
—No sé
por qué, pero me da que éste no vive en Memphis—dijo.
—Es
probable que no —dijo el de la Ley—. Pero eso no hayquien lo
sepa de seguro. Podría vivir en cualquier parte, con ese pantalón de
peto que lleva. En esta época y a esta hora estos niños se esparcen
por todos lados con la esperanza de encontrar un desayunogratis,
lo mismo da que sean chicos o chicas. Se largan casi antes deaprender
a andar del todo bien. Y, por lo que se sabe, éste ayer mismopodría
haber estado en Missouri o en Texas. En cambio, no pareceque tenga
dudas de que su hermano está en Memphis. A mí lo único que se
me ocurre es mandarlo allá y que lo busque comopueda.
—Pues sí
—dijo la vieja.
La joven
se acomodó en el banco, a mi lado, y abrió el bolsode mano y
sacó una pluma artemática y unos papeles.
—Mira,
guapo —dijo la vieja—, vamos a ocuparnos nosotrasde que
encuentres a tu hermano, pero antes nos hace falta la historia del
caso para nuestros archivos. Queremos que nos digas cómote llamas
y cómo se llama tu hermano y dónde has nacido y cuándo
murieron tus padres.
—A mí no
me hace ninguna falta la historia del caso —dije—. Yo sólo
quiero llegar a Memphis. He de llegar hoy.
—¿Lo ven?
—dijo el de la Ley, y lo dijo casi como si lo disfrutara—. Es
justo lo que les dije.
—Por
cierto que ha tenido suerte, señora Habersham —dijoel tipo
de los autobuses—. No creo que lleve una pistola encima,pero saca
la navaja y la abre como un jod... quiero decir que lasaca y la
abre muy deprisa, eso es.
Pero la
vieja siguió allí plantada, mirándome.
—En fin
—dijo—. La verdad es que no sé qué hacer.
—Yo sí
—dijo el de los autobuses—. Le voy a pagar el billetede mi
bolsillo; es una medida para proteger a esta compañía de unposible
motín y de todo derramamiento de sangre. Y cuando el se-
ñor Foote
lo comunique en el ayuntamiento, se tomará por unasunto
cívico y no sólo me han de reembolsar el gasto, sino queademás me
pondrán una medalla. ¿No le parece, señor Foote?
Pero
nadie le prestó la menor atención. La vieja seguía mirándome como
si nada.
—En fin
—volvió a decir. Y sacó un dólar del bolso y se lo dioal tipo
de los autobuses.
—Supongo
que viaja con billete infantil, ¿no?
—Verá,
señora... —dijo el de los autobuses—. La verdad esque no sé
qué dice el reglamento. Lo más probable es que me despidan por
no haberlo embalado y por no haber indicado en elembalaje
que contiene veneno. Pero estoy dispuesto a correr el riesgo.
Entonces
se marcharon y el de la Ley volvió con un bocadillopara mí.
—¿Estás
seguro de que sabrás encontrar a ese hermano tuyo?—preguntó.
—Todavía
no veo por qué no lo iba a encontrar —dije—. Si noveo yo a
Pete, seguro que él me verá a mí. Él también me conoce.
It was time to go, I got into the bus just like Pete done.
Entonces
el de la Ley se marchó de una vez por todas y mezampé el
bocadillo. Empezó a llegar más gente, viajeros que compraron
sus billetes, y el tipo de los autobuses dijo entonces que erahora de
arrancar, así que monté en el autobús igual que había hecho Pete,
y así nos marchamos.
He visto
todos los pueblos, los he visto todos. Cuando el autobús fue
cogiendo velocidad, descubrí que estaba derrengado,muerto de
sueño. Pero había muchas cosas que nunca había visto.Salimos
de Jefferson y pasamos por campos y bosques y entramosen otro
pueblo y salimos de él y volvimos a pasar por campos y bosques, y
entramos en otro pueblo en donde había almacenes ydesmotadoras
de algodón y depósitos de agua, y recorrimos unbuen
trecho junto a las vías del tren y vi moverse el brazo de lasseñales
para avisar al maquinista, y luego vi el tren y vi más pueblos, y a
punto estaba de caerme rendido de sueño, pero no mequise
arriesgar. Y al cabo empezó Memphis. A mí me pareció queMemphis
durase muchas millas seguidas. Pasamos por un trechode
tiendas y pensé que sin duda tenía que ser allí y me pregunté siel
autobús no iba a parar. Pero aquello no era todavía Memphis, y
aún
habíamos de pasar por más depósitos de agua y por chimeneasy
fábricas, y si hubo desmotadoras de algodón y serrerías nuncasupe yo
que fueran tantas y nunca las vi tan grandes, y tampoco se
me
alcanza a saber de dónde sacarán tanto algodón y tantos troncos para
que unas y otras funcionen sin parar.
Entonces
veo Memphis. Esta vez supe que no me podía equivocar.
Estaba elevada en el aire. Parecía una docena de veces mayor que
Jefferson, que está pegada a la linde de los campos, y estaba
elevada en el aire, más alta que todos los cerros que hay en elcondado
de Yoknapatawpha. Llegamos entonces, el autobús separaba a
cada tanto, o me lo pareció, y los coches lo adelantabanpor un
costado y por el otro, y la calle estaba ese día llena de gente por
todas partes, tanto que pensé hasta que no podía quedar niun alma
en Mississippi, ni siquiera para venderme un billete deautobús,
ni menos aún para ponerse a escribir la historia de uncaso.
Entonces
se paró el autobús. Era otra estación de autobuses,sólo que
mucho mayor que la deJefferson.
—Vale
—dije—. ¿Dónde se alista uno en el ejército?
—¿Cómo?
—dijo el tipo del autobús.
Y se lo
dije otra vez.
—¿Dónde
se alista uno en el ejército?
—Ah
—dijo. Y me explicó cómo llegar. Al principio me diomiedo no
enterarme de lo que tenía que hacer en una ciudad tangrande
como Memphis. Pero me enteré a la primera. Sólo tuve quevolver a
preguntar dos veces. Entonces llegué, y me alegré un montón al no
verme más en medio de loscoches que pasaban a todotrapo y
de la gente que empujaba por la calle y de todo ese follóny
ahorrármelo un buen rato, y pensé que mucho ya no podía faltar, y
pensé que si allí había un montón de gente que ya se habíaalistado
en el ejército, era casi seguro que Pete me vería antes deque lo
viera yo. Y así entré en una sala. Y Pete no estaba allí.
Allí no
estaba. Había un soldado que tenía una flecha grandeen la
manga, un soldado que estaba escribiendo, y dos tipos delante de él,
y allí había más tipos, o a mí me lo pareció. Me parece re-
cordar
que allí había bastantes más tipos.
Me
acerqué a la mesa en la que estaba escribiendo el soldado.
—¿Dónde
está Pete? —le dije, y él me miró—. Mi hermano—le
dije—. Pete Grier. ¿Dónde está?
—¿Cómo?
—dijo el soldado—. ¿Quién dices?
Y se lo
volví a contar.
—Ayer
mismito se alistó en el ejército. Se marcha a Pearl Harbor. Y yo
también. Lo que quiero es dar con él. ¿Dónde lo hanmetido,
si se puede saber? —todos me estaban mirando, pero a míme dio lo
mismo—. Vamos, hombre —dije—. ¿Dónde está?
El
soldado había dejado de escribir. Había apoyado las dosmanos
sobre la mesa.
—Ah, ya
—dijo—. Tú también vas, ¿eh?
—Sí
—dije—. Allí habrá que llevar leña y agua. Yo me encargo de
cortar la leña y de llevar el agua. Vamos, ¿dónde está Pete?
El
soldado se puso en pie.
—¿A ti
quién te ha dejado entrar aquí? —dijo—. Anda, lárgate.
—Y una
mierda —dije—. He dicho que me digas dónde estáPete...
A mí que
me cuelguen si no se movió aún más deprisa que eltipo del
autobús. No saltó por encima de la mesa, sino que le dio lavuelta,
pero estaba encima de mí casi antes de que me diera cuenta,así que
tiempo tuve de echarme atrás y sacar la navaja de bolsillo yabrirla
de un golpe y tirarle un tajo, y él dio un alarido y retrocedióde un
salto y se sujetó una mano con la otra y se quedó soltandomaldiciones
y alaridos.
Uno de
los otros tipos que estaban allí me sujetó por la espalda, y
le tiré un tajo con la navaja, pero no lo pude alcanzar.
Luego
eran dos los que me sujetaban por la espalda, y otro soldado
apareció por una puerta. Llevaba un cinto con una correa porel
hombro.
—¿Qué
demonios está pasando aquí? —dijo.
What the hell is this?
—¡Este
pequeño hijo de la gran me ha soltado un navajazo!—gritó el
primer soldado.
Cuando lo
dijo, intenté irme otra vez a por él, pero me sujetaban otros
dos por la espalda, dos contra uno, y el soldado con lacorrea al
hombro me habló entonces.
—Calma,
calma. Deja en paz esa navaja, chaval. Aquí ninguno vamos
armados. Y un hombre hecho y derecho no se lía a navajazos con
hombres que van sin armas —sólo entonces empecé a oírlo que me
decía. Hablaba igualito que cuando me hablaba Pete—.
Soltadle
—dijo. Me soltaron—. Y ahora... ¿se puede saber a quéviene
todo esto? —y se lo conté—.
Ya entiendo —dijo—. Y tú hasvenido a
ver si estaba bien antes de marcharse.
—No
—dije—. He venido a...
Pero él
ya se había vuelto al primer soldado, que se estabaenvolviendo
la mano con un pañuelo.
—¿Lo
tienes? —dijo. El primer soldado volvió a la mesa ymiró unos
papeles.
—Aquí
está —dijo—. Se alistó ayer mismito. Está destinadoa un
destacamento que esta mañana sale para Little Rock —llevaba un
reloj de correa en la muñeca. Lo miró—. El tren sale dentrode
cincuenta minutos. Si no conozco mal a los chicos del campo,me apuesto
cualquier cosa a que ahora están ya todos en la estación.
—Que lo
traigan aquí —dijo el de la correa al hombro—. Llamad por
teléfono a la estación. Que el mozo de turno le busque untaxi. Y
tú ven conmigo —dijo.
Pasamos a
otro despacho detrás del primero, con una mesa yunas
sillas. Allí nos sentamos mientras el soldado fumaba, pero nofue mucho
rato; supe que eran los pasos de Pete nada más oírlos.
Entonces
el primer soldado abrió la puerta y entró Pete. No se había
puesto ninguna ropa de soldado. Tenía la misma pinta quecuando
montó en el autobús el día anterior, sólo que a mí me pareció que
hubiera pasado por lo menos una semana entera, porquehabían
pasado muchas cosas, y era mucho lo que había viajado yo.
Entró en
el despacho y allí se quedó mirándome como si no se hubiese
marchado de casa, sólo que estaba allí y aquello era Memphis y ya
estaba en camino a Pearl Harbor.
—¿Qué
carajo estás haciendo aquí? —dijo.
Y se lo
dije.
—Tendréis
que llevar leña y agua para hacer la comida, digoyo. Yo me
encargo de cortar leña y de llevaros agua a todos.
—No —dijo
Pete—. Tú ya te estás volviendo a casa.
—No, Pete
—le dije—. Yo también tengo que ir. Es que tengoque ir.
Se me parte el corazón, Pete.
—No —dijo
Pete. Miró al soldado—. Ni hablar. Teniente, noentiendo
qué le puede haber pasado—dijo—. Nunca había sacadola navaja
delante de nadie, nunca en su vida —me miró—. ¿Se pue-
de saber
para qué lo has hecho?
—No lo sé
—dije—. Tuve que hacerlo. Tenía que llegar aquícomo
fuera. Tenía que encontrarte.
—Bien,
pues que no se te ocurra hacerlo nunca más, ¿meoyes?
—dijo Pete—. Te guardas la navaja en el bolsillo y la dejasbien
guardada. Como me entere de que la sacas alguna vez contraalguien,
vuelvo de dondequiera que esté y te quito las ganas de sacarla a
sopapos. ¿Me has oído?
—Le
cortaría el pescuezo a quien fuese si así pudiera lograrque
volvieras y te quedaras —dije—. Pete —dije—. Pete...
—No —dijo
Pete. No lo dijo con dureza en la voz, no lo dijodeprisa;
casi lo dijo en voz baja, y entonces sí supe que nunca le haríacambiar—.
Tienes que volver a casa. Tienes que cuidar de mamá, ytambién
cuento contigo para que me cuides mis diez acres de terreno.
Quiero
que vuelvas a casa y que vuelvas hoy mismo. ¿Me has oído?
You must go home. You must look after maw, and I am depending on you to look after my ten acres.
—Te he
oído —dije.
—¿Podrá
volver a casa por sus propios medios? —dijo el soldado.
—Ha
venido por sus propios medios —dijo Pete.
—Digo yo
que sí podré volver —dije—. No vivo más que enuna casa,
y no creo que me la hayan cambiado de sitio.
Pete sacó
un dólar del bolsillo y me lo dio.
—Con eso
te puedes pagar el billete del autobús que te dejarádelante
del buzón de casa —dijo—.
Quiero que hagas caso de loque te
diga el teniente. Él se encarga de mandarte al autobús. Y túte
vuelves derechito a casa y te ocupas de cuidar a mamá y de cuidarme mis
diez acres de tierra, y todo con la dichosa navaja bienguardadita
en el bolsillo. ¿Me has oído?
—Sí, Pete
—dije.
—De
acuerdo —dijo Pete—. Ahora me tengo que marchar.
Otra vez
me puso la mano en la cabeza, aunque esta vez noestuvo a
punto de arrancármela de cuajo. Sólo dejó la mano encima de mi
cabeza durante un minuto. Y a mí que me cuelguen si nose agachó
a darme un beso, y luego oí sus pasos y oí la puerta sinlevantar
nunca los ojos, y eso fue todo, allí me quedé sentado, frotándome
el sitio en que Pete me dio un beso, y el soldado apartó lasilla de
la mesa y se levantó a mirar por la ventana y tosió. Se metió la
mano en el bolsillo y me dio algo sin darse la vuelta a mirarme. Era
un trozo de chicle.
—Muy
agradecido —dije—. En fin, pues digo yo que ya vasiendo
hora de volver. Me queda un trecho largo.
—Espera
—dijo el soldado. Volvió entonces a llamar por teléfono y le
dije otra vez que más me valía ponerme en camino—.
Espera.
No te olvides de lo que te ha dicho Pete.
Así que
esperamos, y entonces vino otra señora, otra señoratambién
vieja, y también con abrigo de pieles, aunque tenía muybuen olor
y no sacó ninguna pluma artemática ni dijo nada de lahistoria
del caso. Cuando entró en el despacho se puso en pie elsoldado,
y ella miró en derredor hasta que me vio, y vino a ponerme la
mano sobre el hombro con la misma ligereza y suavidad conque lo
hubiera hecho mamá.
—Vamos
—dijo—. Vámonos a casa a comer algo.
—No, ni
hablar —le dije—. Tengo que coger el autobús a Jefferson.
—Ya lo
sé, pero tenemos tiempo de sobra. Primero iremos acasa a
comer algo.
La señora
tenía un coche. Y en un visto y no visto estuvimosen medio
de todos los demás coches.
Estuvimos casi debajo de losautobuses,
y todo el gentío que andaba por las calles se acercó tanto que
podría haberme puesto a hablar con cualquiera si hubiesesabido
quiénes eran. Al cabo de un rato laseñora paró el coche.
—Ya
estamos —dijo, y miré aquello, y si todo aquello era su casa,muy
grande tenía que ser sufamilia. Pero no todo era su casa. Pasamos por
un vestíbulo en el que había árboles plantados y entramos en un
cuartito donde no había más que un negro que llevabaun
uniforme mucho más abrillantado que los de los soldados, y elnegro
cerró la puerta y yo di un alarido.
—¡Cuidado!
—y me agarré, pero allí no pasaba nada; todo elcuartito
no hacía más que subir a toda caña, y luego se abrió lapuerta y
salimos a otro vestíbulo y la señora abrió una puerta conllave y
entramos y allí había otro soldado, un tipo ya mayor, también con
una correa al hombro, y con un pájaro del color de laplata en
cada hombro.
—Ya
estamos —dijo la señora—. Te presento al coronel McKellogg.
Bueno. ¿Qué quieres para comer?
—Pues yo
creo que me conformo con unos huevos con jamóny un poco
de café —dije.
Ella ya
había cogido el teléfono, pero se quedó quieta depronto.
—¿Café?
—dijo—. ¿Desde cuándo has empezado tú a tomarcafé?
—Pues no
lo sé —dije—. Supongo que fue antes de que mealcance
la memoria.
—Tú
tienes unos ocho años, ¿no? —dijo.
—Qué va
—dije—. Tengo ocho y diez meses. Para once me-
ses.
Entonces
llamó por teléfono. Allí nos sentamos y les contéque Pete
se había marchado aquella misma mañana a Pearl Harbor, y
que yo había hecho todo lo posible por ir con él, pero quetenía que
volverme a casa para cuidar de mamá y atender los diezacres de
tierra que tenía Pete, y la señora contó que tenían un hijomás o
menos como yo, pero que estaba en un colegio en la CostaEste.
Entonces apareció un negro distinto del de antes, con una especie de
chaqué de faldón corto,empujando una especie de carrito.
En el carrito
estaban mis huevos con jamón y un vaso de leche y untrozo de
tarta, y me pareció que tenía hambre, pero nada más probar el
primer bocado me di cuenta de que no podía tragar, así que
me
levanté muy rápido.
—Me tengo
que marchar —dije.
—Espera
—dijo ella.
—Me tengo
que marchar —dije.
—Sólo un
momento —dijo—. Ya he llamado para pedir uncoche. No
tardará nada. ¿No te puedes tomar la leche al menos?¿O es que
prefieres el café?
—Ni
hablar —dije—. Es que no tengo hambre. Ya comeréalgo
cuando llegue a casa.
Entonces
sonó el teléfono, pero ella ni lo cogió.
—Ya está
—dijo—. Ha llegado el coche.
Y
volvimos abajo en el cuartito que se movía con el negro todouniformado.
Esta vez era un coche grande que conducía un soldado.
Yo me
senté delante, con él. Ella le dio un dólar al soldado.
—A lo
mejor le entra el hambre —dijo la señora—. Intenteencontrarle
un buen sitio.
—Entendido,
señora McKellogg —dijo el soldado.
Y nos
marchamos otra vez. Y entonces vi muy bien todoMemphis,
I could see Memphis... we was running again between the fields and woods.
que brillaba con la luz del sol, mientras dábamos vueltas por
la ciudad. Y sin tiempo para darme cuenta del todo volvimos a
estar en la misma carretera por la que había rodado el autobús
aquella mañana, los trechos con tiendas,almacenes, lasgrandes
desmotadoras y las serrerías, y Memphis se extendía a lo largo de
millas y más millas, o a mí me lo pareció, antes de queempezara
a terminarse. Entonces viajamos entre los campos y losbosques,
el coche a más velocidad, y quitando aquel soldado fuecomo si
nunca hubiera ido de veras a Memphis. Íbamos muy deprisa. A
ese paso, antes de que me diera cuenta íbamos a llegar acasa, y
pensé en cómo llegaría a Frenchman’s Bend en un cochazoenorme,
con un soldado al volante, y de repente me eché a llorar.
Ni cuenta
me di de que me iba a pasar, y tampoco lo pude impedir.Seguí
sentado junto al soldado, llorando. Íbamos muy deprisa.
* * *
¿Les gustó?
Cuando Pete le dice a su hermano pequeño, pero que se sentía grande y valiente, «me tengo
que marchar», lo primero que él responde es: «¿Cuándo nos ponemos en marcha?». No concibe una vida sin su querido y admirado hermano mayor.
La fuerza de carácter de este pequeño y su capacidad innatapara conseguir lo que se propone, es un tema sustancial enFaulkner. Lo vemos del principio al fin, nunca decayendo, siempre con gran naturalidad.
Uno los imagina, a estos dos chicos granjeros de Mississippi, escuchando las noticias a escondidas y enterándose del ataque a Pearl Harbor. La determinación de Pete de dejar ese lugar del que nunca salió para defender su país, mientras el pequeño no termina de comprender la situación.
What's Japanese? What's a Pearl Harbor?
La determinación del niño, vista varias veces en el relato, «He de llegar hoy mismo a Memphis», y de su hermano mayor, ya apenas comenzada la historia, —«I got to go», dice el original—. «Debo ir», es lo que dice Pete, decidido a ir a Memphis y unirse al ejército. El sentimiento patriótico, que prevalece sobre la tristeza de tener que dejar a su mamá, quien le pone una biblia en la pequeña maleta que se llevará a la guerra, además del pollo frito, es vivido de manera diferente por cada miembro de la familia.
Y allí marchará Pete, al resto del mundomás allá de
Frenchman’s Bend... Encontrarán algunas diferencias con la película*, excelente en cómo logra remarcar los valores emocionales con otro lenguaje narrativo. Hay otra crítica —nunca falta este tipo de comentario— que dice no alcanzar el nivel del relato, prácticamente perfecto. El viaje de iniciación es iniciado por la separación de los dos hermanos, el primer aprendizaje.
Encuentro y rescato, el profundo sentimiento que William Faulkner transmite entre estos dos hermanos. Unidos a través de vida compartida, de trabajo y naturaleza, de una familia humilde y muy queridos entre ellos. Sin descripciones físicas, tenemos una vívida imagen, nos imbuimos en sus personalidades y nos la hacemos a través de sus interacciones.
Esta conección lograda con el lector, la candidez e inocencia del niño que nos llega de una manera tan intensa, es un efecto buscado [y conseguido] por Faulkner, quien entrevistado por Jean Stein*dijo: «people between 20 and 40 are not sympathetic». Entonces por eso le dió voz y protagonismo a un niño para decir lo que quería. El niño tiene la cualidad, el empeño, pero no los medios, no sabe cómo hacerlo. Tampoco alcanza a comprender la tensión del hermano que sabe «tiene» que ir a la guerra.
Como dato para tener en cuenta, y para corroborar lo que les decía al principio que iremos descubriendo personajes que se repiten, cabe aclarar que el que aparece al principio, el Viejo Killegrew, el que posee la radio que los chicos escuchan a escondidas a través de la ventana, también aparece en «Un tejado para la casa del Señor», de esta misma sección, «El campo».
Después de haber leído «Incendiar establos», también habrán relacionado el final, cuando el joven protagonista empieza una nueva vida sin ataduras. La visión, en este caso, de la carretera [me pareció importante aregar la imagen]con el niño volviendo a su hogar, con la experiencia a cuestas que duele como duele todo crecimiento, el descubrir todo un mundo allá afuera, y el amanecer como símbolo de algo bueno por venir.
La gente que en ese viaje loco le ha tendido una mano y ayudado, también es un signo de esperanza. Otro sello Faulkner, como la observación, nada brusca, de las diferencias sociales con alguna persona de raza negra.
Espero que lo hayan disfrutado como lo hice yo, con sus propias lecturas y significaciones.
Hasta la próxima lectura,
C. G.
* * *
Mis notas, fuentes, lecturas, información, links y sitios de interés para visitar
- Vocabulario:
Tirachina: Honda o resortera, o gomera; se utiliza para lanzar proyectiles,
específicamente piedras. «Tirachinas se debe a que en España «china» significa «piedra».
Tocateja: loc. adv. col. Pagar algo dando todo el dinero al contado e inmediatamente.
Derrengado: adj. Muy cansado, extenuado.
- Cuentos reunidos, William Faulkner: Esta colección de cuentos es la mejor oportunidad de aproximación al universo Faulkner. Perlas de especial rareza que evocan desde el mítico territorio de Yoknapatawpha hasta la ciudad de Nueva York
1. El campo: Incendiar establos, Un tejado para la casa del Señor, Los altos, La cacería del osos, Dos soldados, No ha de perecer.
2. El pueblo:Una rosa para Emily, La melena, Centauro de
latón, Sequía en septiembre, El tirón de la muerte, Elly, El tío Willy,
Un mulo en la parcela, Y eso bien ha de estar, ese sol del atardecer.
3. La tierra inexplorada: Hojas rojas, Justicia, Un noviazgo, ¡He ahí...!,
4. La tierra baldía: Ad Astras, Victoria, Falla, Viraje, Todos los pilotos muertos.
5. La tierra intermedia: Whash,
Honor, Dr. Martino, La caza del zorro, Estanción de Pensilvania,
Artista en casa, El broche, Mi abuela Millard, el general Bedford
Forrest y la batalla del arroyo de Curricán, Tierra del oro, Hubo una
reina, Victoria en el monte.
6. Allén: Allén, Música negra, La pierna, Mistral, Divorcio en Nápoles, Carcasona,
- El cuento en inglés, y todos los cuentos: Collected Stories, William Faulkner:
https://archive.org/stream/collectedstories030393mbp#page/n5/mode/2up
- El proceso iniciático en Two Soldiers de William Faulkner. Cristina Blanco Outón. Universidad Santiago de Compostela:
http://ruc.udc.es/bitstream/2183/9570/1/CC_27_art_5.pdf
- Críticas de la película:
http://www.bestofneworleans.com/gambit/two-stories/Content?oid=1243397
http://www.2ndfirstlook.com/2013/04/two-soldiers.html
- William Faulkner Glosary:
http://www.mcsr.olemiss.edu/~egjbp/faulkner/glossarya.html
- University of Mississippi [Department of English], The Mississippi Writers Page: Literary talents, William Faulkner:
http://mwp.olemiss.edu//dir/faulkner_william/
- William Faulkner Draws Maps of Yoknapatawpha County, the Fictional Home of his Great Novels:
http://www.openculture.com/2015/10/william-faulkner-draws-mythological-maps-of-yoknapatawpha.html
- Más información sobre Faulkner: William Faulkner on the Web. The University of Mississippi:
http://www.mcsr.olemiss.edu/~egjbp/faulkner/faulkner.html
- Biografía de William Faulkner, Joseph Leo Blotner:esta es la más apreciada de las biografías sobre
Faulkner, escrita por Joseph Blotner. ¿Por qué es el biógrafo principal de Faulkner?
Blotner fue profesor en la Universidad de Virginia y allí se hizo amigo cercano de William Faulkner. En
Virginia vivía la única hija biológica de Faulkner y la universidad había
aprovechado esa circunstancia para invitar al escritor a dar una serie de
charlas durante un semestre. Blotner, que asistía a esas reuniones como
supervisor y como encargado de grabar en cinta magnetofónica las
intervenciones, frecuentó durante esos años la casa de los Faulkner y el
escritor le confiaría sus proyectos presentes y futuros. Tal es así, que fue Blotner fue uno de
los que cargó el ataúd en los funerales de Faulkner. Faulkner disfrutaría
tanto sus intercambios con universitarios que aceptaría volver los años
siguientes desde su hogar en Oxford, Mississippi, a 1.232km de distancia, por
un pago simbólico.
Fue determinante para la realización de esta biografía, la buena relación de Blotner con la
familia Faulkner, así como su amplio conocimiento de la obra del escritor.
Contra lo que podría suponerse, la biografía no es un retrato idealizado de Faulkner. El biógrafo trata todos los asuntos difíciles y
escabrosos que atormentaron sus días: la convivencia durante décadas con
el alcoholismo —decisivo en provocarle la muerte— y que revela que no
sólo Fitzgerald se ganaba el premio de suicida mayor por causa del alcohol en
la Generación Perdida a la que ambos pertenecían; los adulterios a vista y
paciencia de la esposa —que los aceptaba como una fatalidad de su matrimonio mal
avenido—, las opiniones negativas o contradictorias de otros escritores —Sherwood Anderson, Fitzgerald, Tennessee Williams y, sobre todos,
Hemingway—, sus interminables discusiones sobre dinero para mantener a sus dos
entenados,su hija, su
esposa, su madre, la esposa y la hija de su hermano fallecido y los varios
miembros de la servidumbre en su residencia de casi 12 hectáreas en Rowan Oak. Propiedad que su hija la vendería a la Universidad
de Mississippi diez años después de muerto Faulkner. Como en las biografías de
Balzac, la falta o la búsqueda de dinero es la necesidad más invocada en el
libro y resulta inquietante comprobar que, a diferencia de sus novelas, todos
los cuentos que escribió los hizo por ganarse unos dólares —dependiendo de
la revista que los aceptaba, podían redituarle desde 37 a 2 mil dólares.
Aquí podrán conocer acerca de la recepción de los libros de Faulkner en vida, las relaciones de Faulkner
con
sus padres, hermanos, hijos, admiradores y detractores. Sus defectos
mayores
son contados, es necesario explicarlos para que el lector que los
ignora, no se deje llevar por ellos.Pueden saltar esta parte y dedicarse
a su vida en relación con su obra.
Blotner intenta transmitir lo que fue para Faulkner
escribir cada capítulo de sus novelas, cada verso, cada página de
cuento; es más recomendable leer los comentarios críticos de la prensa y
de fuentes académicas.
Si bien William Faulkner,
eterno ermitaño y celoso de su vida privada, se hubiera negado de plano a
aceptar la existencia de una biografía como esta, no podemos sino
agradecer su existencia. [Dice Augusto Wong Campos en su blog]. Aquí pueden leer parte de ella:
https://books.google.com.ar/books/about/Faulkner.html?id=efc_r6Zw-08C&redir_esc=y