lunes, 7 de junio de 2021

«Un secuestro en la familia», John Fante

 «Un secuestro en la familia»

El vino de la juventud

[1940]

John Fante

[Colorado, 1909-1983, California] 


          Vamos a leer o / y escuchar un relato de John Fante [1909-1983]. Es el primero del libro El vino de la juventud [A Wine of Youth], publicado en 1940. Tiene veinte relatos en total, los primeros trece habían sido publicados en el libro Dago Red. Luego se añadieron los otros siete con este nuevo nombre.            
          El título es muy sugerente: «Un secuestro en la familia» [A Kidnapping in the Family].
          Con una prosa muy dinámica, el autor, nos sumerge en la historia de un niño-adolescente que idealiza a su madre a través de una fotografía que encuentra de ella cuando era joven y, así recrea la situación pasada y la actual. Como todas sus ficciones, esta también está teñida de nostalgia y sensiblidad, especialmente de la vida familiar que el mismo Fante vivió: su ascendencia italiana, la religión católica y los vínculos con los amigos y con los padres.
          Su estilo ha sido comparado con el de William Saroyan —premio Pulitzer por El momento de tu vida—, y con Sherwood Anderson, maestro del relato corto. También con Hemingway, Twain y Henry Miller en su primera etapa.
          Pero John Fante, autor de muy buenas novelas como Pregúntale al polvo y Espera a la primavera, Bandini, tiene un estilo único e inigualable. Es tan coloquial y libre de adornos, que nos hace vivir cada trama sin esfuerzo, con un gran deleite. 
          Redescubierto por Charles Bukowski, quien escribe el prólogo de este libro, se lo considera el precursor del realismo sucio. 



Audiolibro


          En la habitación de mi madre había un viejo baúl. Era el baúl más viejo que había visto en mi vida. Era uno de esos baúles de tapa abovedada que parece la barriga de un gordo. Dentro del baúl, debajo de un vestido de novia que nunca se usaba porque era un vestido de novia, y de una cubertería de plata que tampoco se usó nunca porque era un regalo de boda, y debajo de toda clase de cintas de colores, botones y partidas de nacimiento, debajo de todo esto había una caja con fotos de familia. Mi madre no permitía que nadie abriera aquel baúl y tenía la llave escondida. Pero un día encontré la llave. La encontré debajo de una esquina de la alfombra. 
          La primavera de aquel año, cuando llegaba del colegio por la tarde me encontraba a mi madre trajinando en la cocina. De tanto trabajar tenía los brazos fláccidos y blancos como el yeso seco, el cabello ralo y pegado a la cabeza, y los ojos, grandes y tristes, hundidos en las cuencas. 
          ¡La foto!, pensaba yo. ¡Ah, aquella foto del baúl! 
          Cuando mi madre no miraba, entraba a hurtadillas en su dormitorio, cerraba la puerta y abría el baúl. Allí había muchas fotografías y a mí me gustaban todas, pero había una en especial que mis dedos anhelaban tocar y mis ojos ansiaban ver desde que vi a mi madre de aquella manera: era una foto suya y se la habían hecho una semana antes de que se casara con mi padre. 
          ¡Qué foto! 
          Aparecía sentada en el brazo de un lujoso sillón, con un vestido blanco que le llegaba hasta los pies. Las mangas eran amplias y vaporosas, unas mangas muy elegantes. El vestido apenas tenía escote y en el cuello lucía un camafeo colgado de una fina cadena de oro. Llevaba el sombrero más grande que había visto en mi vida. Le tapaba completamente los hombros como si fuera una sombrilla blanca, tenía el ala levemente inclinada y le cubría todo el cabello menos los prietos bucles oscuros que le caían por detrás. Pero distinguía sus melancólicos ojos verdes, tan grandes que ni siquiera aquel sombrero los podía ocultar. 
          Yo me quedaba mirando aquella extraña fotografía, la besaba, lloraba sobre ella, feliz porque aquella imagen había sido realidad en otro tiempo. Y recuerdo una tarde en que me la llevé a la orilla del arroyo, la puse encima de una piedra y le recé. Y en la cocina estaba mi madre, prisionera entre cazos y sartenes: una mujer que ya no era la encantadora mujer de la fotografía. 
          Y lo mismo pasaba conmigo, un muchacho que volvía a casa de la escuela. 
          Otros días hacía otras cosas. Me ponía delante del espejo del armario con la foto a la altura de la oreja, de cara al espejo redondo. Un sensación turbadora se apoderaba de mí entonces y sentía un escalofrío de placer. ¡Qué increíble aquella gran señora, aquella reina! Y recuerdo que me quedaba sin palabras. 
          La madre que estaba en la cocina en aquellos momentos no era mi madre. No lo habría aceptado. Mi madre era aquella otra, la señora de la pamela. ¿Por qué no podía recordar nada de ella? ¿Por qué tenía yo que ser tan pequeño cuando nací? ¿Por qué no pude nacer con catorce años? No podía recordar nada. ¿Cuándo había cambiado mi madre? ¿Qué causó el cambio? ¿Cómo había envejecido? Acabé convenciéndome de que si alguna vez hubiera visto a mi madre tan hermosa como en la fotografía, le habría pedido inmediatamente que se casara conmigo. Nunca me había negado nada y creía que no me rechazaría como marido. Me regodeé en aquella decisión, descubriendo incluso la manera de deshacerme de mi padre: mi madre podía divorciarse de él. Si la Iglesia no accedía al divorcio, podríamos esperar y casarnos en cuanto mi padre muriera. Hojeé mi catecismo y el libro de oraciones en busca de alguna ley que prohibiera que las madres se casaran con los hijos. Me satisfizo no encontrar nada sobre el tema. 
          Una noche me guardé la fotografía dentro del cinturón y se la llevé a mi padre. Él estaba sentado en el porche delantero leyendo el periódico. 
          —Mira —dije—. ¿Sabes quién es? 
          Mi padre la miró a través de una nube de humo de cigarro. Su indiferencia me indignó. La examinó como si fuera un bicho o algo así; un trozo de pastel duro o algo semejante. Miró la fotografía tres veces de arriba abajo, luego otras tres veces de un lado a otro. La volvió y la examinó por detrás. La composición le interesaba más que el sujeto, mientras yo esperaba que abriera los ojos de par en par y gritara lleno de emoción. 
          —¡Es mamá! —dije—. ¿No la reconoces? 
          Me miró con cansancio. 
          —Déjala donde la has encontrado —dijo, recogiendo el periódico. 
          —¡Pero es mamá! 
          —¡Dios Santo! —dijo—. ¡Ya sé quién es! Me casé con ella. 
          —¡Pero mira! 
          —Vete —dijo. 
          —¡Pero, papá! ¡Mira! 
          —Vete. Estoy leyendo. 
          Sentí ganas de pegarle. Me sentía avergonzado y triste. Algo pasó en aquel momento y la fotografía ya no volvió a parecerme tan maravillosa. Se convirtió en otra fotografía más, en una simple fotografía. Apenas volví a mirarla y después de aquella noche no volví a abrir el baúl de mi madre en busca de los tesoros del fondo. 




          Antes de casarse, mi madre se llamaba Maria Scarpi. Era hija de Giuseppe y Stella Scarpi. Los dos eran de Nápoles, de familia campesina. Emigraron a Estados Unidos, a Denver, y Giuseppe se hizo zapatero. Mi madre, Maria Scarpi, nació allí, en Denver. Fue la cuarta criatura de los Scarpi. Junto con sus hermanas y hermanos asistió a una escuela de monjas. Luego fue a un instituto público durante tres años. Pero aquel instituto no era como la escuela de monjas y a mi madre no le gustó. Sus dos hermanos y sus cuatro hermanas se casaron después de terminar el bachillerato. 
          Pero Maria Scarpi no se casó. Les dijo a los suyos que el matrimonio no la atraía. Ella quería ser monja. Aquello dejó atónita a toda la familia. Sus hermanos y hermanas opinaban que su ambición no tenía sentido. ¿Y los hijos? ¿Y el hogar, y un buen marido, un buen hombre como Paul Carnati? A todas aquellas preguntas, la mujer que sería mi madre levantaba la nariz y seguía insistiendo en sus ambiciones conventuales. Era una rebelde y sus hermanos y hermanas llevaron a casa toda suerte de posibles pretendientes en un esfuerzo por persuadirla de que olvidara aquella locura. Pero Maria Scarpi era fría e insociable; incluso llegó a negarse a hablar con ellos. Si oía voces en la planta baja, se encerraba en su habitación y se quedaba allí hasta que los visitantes se iban. 
          Paul Carnati era dueño de una panadería. Ganaba mucho dinero, tenía muy buenas ideas y estaba loco por mi madre. Un día llegó a casa de los Scarpi empuñando las riendas de una calesa recién estrenada; tenía llantas de caucho en las ruedas y un bonito caballo tiraba de ella. Aquel Carnati tenía tanto dinero que iba a darle a mi madre el caballo y la calesa a cambio de nada. Mi madre no quiso ni mirarlo; ni siquiera bajó de su habitación, y Paul Carnati se fue tan furioso y ofendido que no volvió nunca más. Llevó su indignación hasta el punto de cobrar el doble por el pan a los Scarpi, hasta que la familia tuvo que ir a comprarlo a otra panadería; y, para colmo, enfadado, se casó con otra. Los italianos llamaban a esto matrimonio por despecho. 
          Mi madre me contó cómo fue su primer encuentro con mi padre. Ocurrió en 1910, en el mes de agosto de aquel año. Era el día de San Roque, el poderoso santo patrón de todos los italianos. En un día tan importante, los italianos se agolpaban en las calles del North Side y por el centro de la calle marchaba un vistoso desfile, con tres bandas de música completas y los Hijos de San Roque con sus uniformes rojos y plumas blancas en los sombreros. Los Caballeros de Colón también estaban allí, desfilaban con su propia banda, y los Hijos de Little Italy estaban también presentes con la suya. De hecho, todas las personas con alguna importancia estaban allí, incluidos muchos americanos que no tenían ninguna pero que iban a mirar y a reírse, porque opinaban que los días festivos en el North Side eran divertidos. 
          El desfile bajó por Osage Street hasta Belmont, luego dobló al este por Belmont hasta la iglesia de San Esteban. Mi madre estaba en el cruce de Osage y Belmont, delante del drugstore, que aún sigue allí, contemplando el desfile. 
          Estaba sola, rodeada de jóvenes italianos que habían salido corriendo desde las mesas de billar del Star Hall, con el taco en la mano y el sombrero caído sobre la nuca. Conocían a mi madre, aquellos jóvenes la conocían, lo sabían todo de ella. Todos los vecinos del North Side conocían a Maria Scarpi, que prefería ser monja a ser esposa. Ella les daba la espalda, los despreciaba; eran matones, la primera camada de gángsters que más tarde manchó la reputación de los italianos de Denver. 
          Fingían estar interesados en el desfile, pero no lo estaban. Era mentira. En lo que estaban interesados era en mi madre. Era una situación curiosa, insólita para los matones. ¿Qué podía decirle un hombre a una mujer que iba a ser monja? No dijeron nada, ni una palabra. Se limitaron a quedarse allí, aplaudiendo el desfile. 
          Hubo un alboroto en la parte de atrás. Alguien empujaba, propinando codazos a diestro y siniestro, dando gruñidos de prepotencia (no era un hombre corpulento y en consecuencia gruñía dos veces más fuerte de lo necesario) y abriéndose paso entre la multitud hasta que, oh cielos, ¿quién estaba delante de él? ¿La muchacha de la pamela verde? Guido Toscana había abusado del vino blanco y estaba alegre, pero en aquel estado veía la belleza con más claridad. Dando chupadas a su tagarnina, se detuvo. Los demás no le hicieron caso. ¿Quién diantres se creía que era? No lo habían visto nunca, aunque estaban seguros de que era italiano como ellos. 
          Mi madre notó su cercanía, el borde de su pamela le rozaba el hombro. Se adelantó. Pero no fue muy lejos. La alcantarilla estaba a un centímetro de sus pies. 
          —¡Buenos días! —dijo Guido Toscana. 
          —No lo conozco a usted —respondió ella. 
          —¡Ejem! —exclamó—. ¡Ejem, ejem! Me llamo Guido Toscana. ¿Cómo se llama usted? 
          Dio media vuelta y guiñó el ojo a los jóvenes, que se quedaron paralizados. Los ojos de mi madre recorrieron los rostros que flanqueaban la calle en busca de alguno de sus hermanos. Un borracho. ¡Y ella una muchacha que quería ser monja! ¡Oh, Dios bendito, rezó, ayúdame, te lo pido por favor! Pero Dios no creyó oportuno intervenir; o se estaba divirtiendo con aquello o estaba demasiado ocupado viendo el desfile en honor de San Roque, porque permitió a Guido Toscana otras libertades. Mi futuro padre se llenó la boca de humo de la tagarnina, se inclinó y puuuuuuuffffff, expulsó el humo bajo el ala de la pamela de mi futura madre. Aquel humo blanco picaba. Mi madre se atragantó, tosió con la boca pegada a un pequeño pañuelo. Toscana lanzó una carcajada estentórea y se volvió hacia los jóvenes buscando su complicidad. Los jóvenes fingieron no haber visto nada. Ah, pensó Guido Toscana, conque ésas tenemos: ¡macarronis! 
          Mi madre ya había tenido bastante. Sujetándose la pamela, lo empujó para apartarlo, se abrió paso entre la multitud de italianos y anduvo rápidamente calle arriba. La casa de los Scarpi estaba a tres manzanas. Cuando llegó al final de la primera, dobló la esquina mirando por encima del hombro. 
          Se quedó sin aliento. ¡El hombre la seguía! Se había quitado el sombrero y, esquivando a la multitud, le hacía señas con la mano, indicándole que volviera. Mi futura madre recorrió a paso vivo las dos manzanas que quedaban. Él también corrió. 
          —Mamma! —gritó Maria Scarpi—. Mamma! Mamma! 
          Subió los seis peldaños del porche de un salto. Mamá Scarpi, corpulenta y tan ancha como tres madres normales, abrió la puerta y Maria entró a toda velocidad. La puerta se cerró de golpe y se oyó correrse el cerrojo. Guido Toscana apareció resoplando por la calle. Todo era paz y tranquilidad cuando llegó a la casa. Las persianas estaban bajadas y no salía humo por la chimenea. El lugar parecía vacío. Pero él se quedó merodeando cerca. No pensaba marcharse. Anduvo arriba y abajo, frente a la casa de los Scarpi, como un centinela. Arriba y abajo. Tras una cortina de la planta de arriba asomó la cabeza de Maria Scarpi. Arriba y abajo, Guido Toscana paseaba. Arriba y abajo. 
          La intrépida mamá Scarpi abrió la puerta y se quedó tras el cancel de tela metálica. En un italiano agudo, chilló: 
          —¿Qué quieres, vagabundo borracho? ¡Vete de aquí! ¡Largo! 
          —Me gustaría hablar con la señorita —dijo Guido Toscana. 
          —¡Fuera de aquí, cerdo borracho! 
          —No estoy borracho. Me gustaría hablar con la señorita. 
          —¡Lárgate de aquí si no quieres que llame a la policía, cerdo borracho! 
          Toscana trató de sonreír para disimular su miedo a la policía. 
          —Unas palabras con la señorita y me voy. 
          —Polizia! —gritó mamá Scarpi—. Polizia! 
          Guido Toscana se estremeció, cerró los ojos y se puso a hacer muecas. Levantó las manos y se las puso delante de la cara, como si los gritos de mamá Scarpi fuera botellas lanzadas contra su cabeza. 
          —Polizia! Polizia! Polizia! 
          Hubo un movimiento en la ventana de la planta de arriba. La persiana subió con un chirrido y una sucesión de sacudidas. Se alzó la ventana de guillotina y apareció la cabeza de Maria Scarpi. 
          —Mamma! —gritó—. Por favor, no chilles. ¡La gente va a pensar que estamos locos!              Para Guido Toscana, aquella voz era la niña que tenía Enrico Caruso en la garganta. 
          —¡No chilles, mamma! Averigüemos qué quiere. 
          —Eso —dijo la corpulenta mamma—. ¿Qué quieres, cerdo borracho? 
          Guido se plantó bajo la ventana, alzó los ojos y habló en italiano. 
          —¿Cómo se llama usted? Un suspiro. 
          —Me llamo Maria Scarpi. 
          —¿Quiere casarse conmigo? Mamá Scarpi estaba a punto de vomitar. 
          —¡Fuera de este corral! —chilló—. ¡Vuelve con los cerdos borrachos, cerdo borracho!              Guido no la escuchaba. Abrió la boca y empezó a cantar. No hubo forma de impedírselo. La gente que volvía del desfile lo miraba boquiabierta de asombro. Mamá Scarpi cerró la puerta de golpe y se digirió al interior de la casa. Mi madre, no muy inteligente, una muchacha de corazón blando que quería ser monja y rezar por los pecados del mundo, estaba pasmada en la ventana. 
          Y sigue pasmada. Y sigue llena de asombro. Y eso a mí, un chico que volvía a casa de la escuela, me molestaba. 
          —No supe qué hacer —contaba—. Con toda aquella gente allí…, sentí lástima por él.              —¿Qué cantaba? 
          —Esa canción absurda, la que canta cuando se afeita. 
          Conocía esa canción. Todos los vecinos de las manzanas más próximas la conocían. Siempre que estaba delante de un espejo enjabonándose la cara, lo imaginaba debajo de una ventana en Denver un año antes de mi nacimiento. La canción era «Menami!» («¡Llévame!»):           
          Ay, nena, me has herido dolorosamente. Ah, dolorosamente. 
          Mi corazón sangra profusamente. Sí, profusamente. 
          Mi sangre y mi vida se van lentamente y no puedo contener la sangría. 
          ¡Llévame contigo! ¡Devuélveme la vida! 
          Dame un beso. Un beso. Dame sólo eso. 
          Un besito no es ningún delito. 
          Por favor, no seas coqueta, 
          ¿qué es un beso para ti? 
          Mira en qué estado me has puesto. 
          ¡Ten compasión de mí! 

          —¿Qué pasó después, mamma? 
          Estaba barriendo el suelo de la cocina, encorvándose para alcanzar los restos de carbón que había detrás de las patas cóncavas de la estufa. Oí el crujido de sus articulaciones al agacharse. 
          —Mi hermano Joe llegó a casa y vio a tu padre. 
          —¿Y qué dijo el tío Joe? 
          —No sé. No me acuerdo. 
          —Sí te acuerdas. ¿Qué hizo el tío Joe? 
          —Se rió. 
          —¿No se enfadó? 
          —No, en absoluto. 
          —Apostaría a que tenía miedo de papá, ¿verdad que sí? 
          —En absoluto. —Es igual. Apostaría a que estaba muerto de miedo. 
          —Lo que tú digas. 
          —¿Y qué hizo el tío Joe, si no estaba enfadado? 
          —Invitó a tu padre a entrar. 
          —¿No se pelearon ni nada? ¿No le dio papá una paliza o algo así? 
          —No, nada de eso. 
          —¿Y papá entró? 
          —Sí. 
          —¿Y tú qué hiciste? 
          —No me acuerdo. 
          —Sí, sí que te acuerdas. 
          —Hace mucho tiempo…, lo he olvidado. 
          —No, no lo has olvidado. Lo que ocurre es que no quieres decírmelo. 
          Mi madre se puso en pie, jadeando en busca de aire. 
          —Me quedé un rato arriba, en mi habitación, y luego el tío Joe subió y me dijo que bajara. Y yo bajé. 
          —¿Y qué pasó? 
          —Nada. 
          —¡Algo tuvo que pasar! ¿Qué fue? 
          —¡No pasó nada! —dijo medio irritada ya—. Tu tío me explicó quién era tu padre y nos dimos la mano. ¡Y eso es todo! 
          —¿Eso es todo? 
          —Eso es todo. 
          —¿No pasó nada más? 
          —Tu padre me cortejó y al cabo de unos meses nos casamos. Eso es todo. 
          Pero a mí no me gustaba de esa forma. Lo detestaba. No lo quería así. No me lo creía. No podía creérmelo. 
          —¡No, señor! —dije—. No pasó así. 
         —¡Pues claro que sí! ¿Por qué iba a mentirte? No hay nada que ocultar. 
          —¿No te hizo nada? ¿No te secuestró ni nada de eso? 
          —No recuerdo haber sido secuestrada. 
          —¡Pero es que fuiste secuestrada! 
          Se sentó con la escoba entre las rodillas, sujetándola con ambas manos y con la frente apoyada en las muñecas. A pesar de lo cansada que estaba, la expresión de fatiga se desvaneció y dejó paso a una vaga sonrisa, la sonrisa fugaz de la mujer de la fotografía. 
          —¡Sí! —dijo—. ¡Me secuestró! Vino una noche mientras yo dormía y me raptó. 
          —¡Sí! —exclamé—. ¡Sí! 
          —¡Me llevó a las montañas, a una cabaña de bandoleros! 
          —¡Claro! Y llevaba una pistola, ¿verdad que sí? 
          —¡Sí! ¡Una pistola grande! Con cachas de nácar. 
          —Y montaba un caballo negro. 
          —Es verdad —dijo—. Nunca olvidaré aquel caballo. ¡Qué hermoso era! 
          —Y tú estarías muerta de miedo, ¿verdad? 
          —Petrificada —dijo—. Sencillamente petrificada. 
          —Gritaste pidiendo ayuda, ¿no? 
          —Grité una y otra vez. 
          —Pero él consiguió huir, ¿verdad? 
          —Sí, consiguió huir. 
          —Te llevó a la cabaña de bandoleros. 
          —Exacto, allí me llevó. 
          —Estabas asustada, pero te gustaba, ¿verdad? 
          —Me encantaba. 
          —Te tuvo prisionera, ¿no es cierto? 
          —Sí, pero fue bueno conmigo. 
          —¿Llevabas aquel vestido blanco? ¿El de la fotografía? —Por supuesto que sí, ¿por qué? 
          —Sólo quería saberlo —dije—. ¿Cuánto tiempo te tuvo prisionera? 
          —Tres días y tres noches. 
          —Y la tercera noche te propuso matrimonio, ¿verdad? Cerró los ojos con expresión de quien recuerda. 
          —Nunca lo olvidaré —dijo—. Se puso de rodillas y me suplicó que me casara con él. 
          —Al principio tú no querías casarte con él, ¿verdad? 
          —Al principio no. ¡Le dije que no! Pasó mucho tiempo hasta que dije que sí. 
          —Pero al final lo dijiste, ¿eh? 
          —Sí —respondió—. Al final. 
          Aquello era demasiado para mí. Demasiado. La rodeé con los brazos y le di un beso, y en los labios me quedó el penetrante sabor de sus lágrimas.

*

          Espero que hayan disfrutado de este hermoso relato. Contado en primera persona desde el recuerdo de un niño-adolescente, Jimmy. Una foto de su madre, tomada una semana antes del casamiento con su padre, y hallada en un baúl, es el disparador de la tierna y terrible historia. Terrible porque él puede ver la vida de sumisión y sacrificio de su madre. El contraste con su padre. Los cambios que hay en ella. Desde una muchacha rebelde y segura de sí, plantada en sus convicciones, a una ama de casa resignada.
          Con gran sencillez narrativa, Fante nos sumerge con maestría en una gran complejidad psicológica. Su naturalidad es admirable.
          John Fante nació en Denver, Colorado en una familia italoamericana, y sabemos que sus historias se nutrían de su vida. Este es su universo literario. 
          Quizá explique, en parte, la facilidad con que nos sumergimos en esta trama, donde flota la nostalgia y la perplejidad de un hijo. Quizá sea, según las palabras del propio autor, que puso el corazón y las entrañas cuando la escribía.
          Hasta el próximo encuentro.

Cecilia Olguin Gianelli

Notas


- John Fante. Official Website:
https://www.johnfante.org/en/john-fante/

- Lee Friedlander [1934]: Maria, New York City [1959]: Imagen elegida del gran fotógrafo estadounidense, famo por sus portadas de discos de jazz y su arte de hacer magia con lo cotidiano. 

lunes, 24 de mayo de 2021

«Canción de amor», Joseph Brodsky

Joseph Brodsky

[San Petersburgo, 1940-1996, Nueva York]

Premio Nobel de Literatura 1987


Joseph Brodsky, el poeta ruso más importante nacido en época soviética.
Y acaso también el más destacado de la segunda mitad del siglo XX, junto a Boris Pasternak y Anna Ajmátova.

Joseph Brodsky y su esposa Maria Sozzani


Si te estuvieras ahogando, acudiría a salvarte
a taparte con mi manta y a ofrecerte té caliente.
Si yo fuera comisario, te arrestaría y te
encerraría en una celda con la llave echada.

Si fueras un pájaro, grabaría un disco
y escucharía toda la noche tu trino agudo.
Si yo fuera sargento, tu serías mi recluta
y, chico, te aseguro que te encantaría la instrucción. 

Si fueras china, aprendería tu idioma, quemaría
mucho incienso, llevaría tu ropa rara.
Si fueras un espejo, asaltaría el baño de las señoras,
te daría mi lápiz rojo de labios y te soplaría la nariz.

Si te gustan los volcanes, yo sería lava
en constante erupción desde mi oculto origen.
Y si fueras mi esposa, yo sería tu amante,
porque la Iglesia está firmemente en contra del divorcio.

Versión de Alejandro Valero

Love Song


If you were drowning, I´d come to rescue,
wrap you in my blanket and pour hot tea.
If I were a sheriff, I´d arrest you
and keep you in the cell under lock and key.

If you were a bird, I´d cut a record
and listen all nigh long to your high-pitched trill.
If I were a sergeant, you´d be my recruit,
and boy I can assure you´d love the drill.

If you were Chinese, I´d learn the languages,
burn a lot of incense, wear funny clothes.
If you were a mirror, I´d storm the Ladies, 
give you my red lipstick and puff your nose.

If you love volcanoes, I´d be lava
renlentlessly erupting from my hidden source.
And if you were my wife, I´d be your lover
because the church is firmly against divorce.


Joseph Brodsky

          Joseph Brodsky nació en la antigua ciudad de Leningrado [hoy San Petersburgo] el 24 de mayo de 1940 y falleció el 28 de enero de 1996, en Nueva York, a los 55 años.
          El gran poeta ruso había nacido en época soviética y fue nacionalizado estadounidense en 1977. Vivió exiliado más de veinte años. Su obra fue tildada de pornográfica y anti-soviética. Castigado con cinco años de trabajo forzado en Noreskaya, fue expulsado de su país en 1972, tenía 36 años. Con la ayuda de los poetas británicos W. H. Auden [1907-1973] y Stephen Spender [1909-1995] se instaló en Estados Unidos. 
          El exilio en sí, y el escritor exiliado en particular, fueron para Brodsky temas esenciales, que profundizó para entender la época que le tocó vivir.
          En 1987 ganó el Premio Nobel de Literatura. Fue el mayor poeta ruso del siglo XX, junto a Boris Pasternak [1890-1960] y Anna Ajmátova [1889-1966].
          Trabajó como traductor, dio clases de Literatura en distintas universidades de Estados Unidos, dictó charlas y escribió ensayos [leer Del dolor y la razón*], obras de teatro, y por supuesto, poesía, en ruso y en inglés.
          Brodsky fue una importante influencia para Mijaíl Baryshnikov en los años que revolucionó y popularizó el ballet como bailarín y coreógrafo. El poeta ruso fue una de las primeras personas con las que Misha se encontró en Nueva York, en 1974, recién desertado de la Unión Soviética. Ambos habían sido invitados por el violonchelista Mstislav Rostropóvich, otro exiliado ruso en Estados Unidos. Mantuvieron una estrecha amistad.
          Baryshnikov había asistido a algunas de las lecturas de Brodsky en Leningrado, donde el poeta había leído a John Donne [1572-1631]. «En su poesía hay muchos poemas sobre el agua. Trabajó el agua en un nivel metafísico, era su Iglesia. Brodsky creció con el río Neva», dijo Baryshnikov. 
          Para el notable bailarín, Brodsky fue su «universidad», así lo declaró, porque le dio la educación superior que su baile le impidió recibir, lo introdujo en el mundo de la literatura.
          Frecuentó y trabó amistad con los nombres más destacados de la cultura y el arte. Lo que deben haber sido esas conversaciones de poesía con Derek Walcott [1930-2017], con Czeslaw Milosz [1911-2004] o con Stephen Spender, ya nombrado. Las de política eran con Susan Sontag [1933-2004], nada menos.
          De la relación entrañable con 
Baryshnikov, nació Brodsky / Baryshnikov, una obra de teatro donde el bailarín recitó la poesía de su gran amigo*.


Joseph Brodsky and Mijaíl Baryshnikov,
New York City, 1985


Un genio recitado por otro genio:
«Closer to theatre than ballet, performed entirely in Russian, mother tongue of both, poet and dancer».
Brodsky / Baryshnikov
Teatro vanguardista, New Riga Theatre

https://www.youtube.com/watch?v=VEOgn3vNMvA

          Me pareció muy interesante, además de ver parte de esta magnífica performance, dada la extraordinaria erudición de Brodsky, leer sus consejos para un lector. Recibirlos de alguien para quien la lectura fue no solo un refugio, sino también una fuente de fortaleza y autodeterminación.
          Estas son sus afinidades electivas, de alguien que amó y se sintió identificado con los poetas ingleses de la década del treinta, amó a los clásicos, a los metafísicos ingleses, a los poetas polacos modernos, a Proust, W. H. Auden y Herman Melville.
          Aquí están los cinco primeros, y las comparto. Ustedes podrán seguir con el resto de las recomendaciones*. Recuerden, de un lector de formación autodidacta, de alguien que leyó solo, libro tras libro: 
  1. Texto sagrado hinduista Bhagavad Gita [1993], uno de los clásicos religiosos más importante del mundo. Al parecer fue escrito hace 5000 años, en el 3000 a. C. La mayor parte de los libros de la literatura india son anónimos. Se atribuye su autoría al mítico sabio Vyasa. 
  2. Texto épico mitológico de la India: Mahabharata. No se conoce el autor, según el propio texto fue contado por un mítico escritor llamado Vyasa.
  3. La epopeya de Gilgamesh, narración acadia en verso, basada en cinco poemas que constituyen la obra épica más antigua conocida.
  4. El Antiguo Testamento, la primera parte de la Biblia.
  5. Ilíada, Odisea, de Homero, poemas épicos, historias fantásticas sobre una guerra entre griegos y troyanos, y sobre el regreso a casa una vez terminada la contienda.
          Luego seguirán libros de historia de Herodoto, Tragedias de Sófocles, de Esquilo y de Eurípides, Las Guerras del Peloponeso, Diálogos de Platón, Aristóteles, Lucrecio, Plutarco, Horacio, Confesiones de San Agustín, Dante Alighieri, Shakespeare, Rabelais, Bacon, Lutero, Santo Tomás de Aquino, y sigan descubriendo... les dejo ese placer.
          Ahora me despido, espero que hayan disfrutado de este post, que sigan leyendo a Joseph Brodsky. Que lean mucho, en realidad del autor que elijan, y nunca se aburran «nunca varados, incluso cuando sientan que están varados, extraigan la mejor mirada posible», como él nos aconseja*.
Hasta la próxima lectura.

Cecilia Olguin Gianelli


Notas

- Poemas selectos, Joseph Brodsky:
https://www.casadellibro.com/ebook-poemas--selectos-ebook/9781370585168/5476052




- Poemas de Joseph Brodsky:
http://amediavoz.com/brodsky.htm

- Del dolor y la razón, Joseph Brodsky: Ediciones Siruela presenta esta rica colección de ensayos, una mirada reflexiva a las tempranas experiencias de vida en Rusia y posterior exilio en Estados Unidos. Temas muy variados como la dinámica de la poesía, el arte de la lectura, autores y pensadores que merecieron su estudio y atención. [Extracto].
http://www.siruela.com/archivos/fragmentos/Deldolorylarazon.pdf

- Bhagavad Gita
http://www.sociedadbiosofica.org/libros/Gita/gita.pdf

- «Poetry and Motion: Mikhail Baryshnikov on Joseph Brodsky»: 
https://www.ft.com/content/61e68bd4-0906-11e7-97d1-5e720a26771b

- Brodsky / Baryshnikov, Theatre:
http://www.chicagotribune.com/entertainment/theater/dance/ct-ent-baryshnikov-dance-card-0131-story.html

- La lista de libros recomendados por Joseph Brodsky:
https://www.actualidadliteratura.com/la-lista-de-libros-recomendada-por-joseph-brodsky-nobel-en-literatura/

- «En alabanza del aburrimiento», por Joseph Brodsky:
http://www.ddooss.org/articulos/textos/J_Brodsky.htm

miércoles, 12 de mayo de 2021

«Pregúntale al polvo», John Fante

Pregúntale al polvo

[Ask the Dust, 1939]

John Fante

[Colorado, 1909-1983, California] 


Editorial Anagrama; 208 págs.
Traducción: Antonio-Prometeo Moya
Ilustración: Cheyco Leidmann

          

          Pregúntale al polvo es la novela que John Fante publicó en 1939, bajo el título original «Ask the Dust», que les voy a reseñar.

¿Quién es John Fante?



          John Fante fue un extraordinario escritor estadounidense, ya convertido en un clásico, precursor del realismo sucio.
          Nació el 8 de abril de 1909 en Denver, Colorado, en una familia humilde de origen italiano. 
          Allí realizó su formación académica que quedó inconclusa. Se mudó a Los Ángeles, California, siendo muy joven, tenía el firme propósito de ser escritor. En esta ciudad transcurren la mayoría de sus historias, en el distrito de Bunker Hill, más precisamente. 
          Falleció en esta misma ciudad, a los 74 años, el 8 de mayo de 1983 a causa de una diabetes avanzada.
          Como le sucede a muchos escritores, su carrera no fue fácil. No conseguía que publicaran sus relatos. Finalmente tuvo éxito con uno: «Monaguillo» [Altar Boy]. Primero publicado en el libro Dago Red [1940], y acualmente en El vino de la juventud.
          Sus libros más recomendados son cinco novelas y un libro de cuentos: Pregúntale al polvo [1939] —la novela que cautivó a Bukowski—, Espera a la primavera, Bandini [1938] —primera de la saga con el famoso protagonista—, Camino a Los Ángeles [1985], Sueños de Bunker Hill, ya enfermo, dictado a su esposa [1982], La hermandad de la uva, obra maestra de la madurez [1977] y el libro de cuentos ya nombrado, El vino de la juventud [2013].
          Todas estas historias, menos La hermandad de la uva, están marcadas por un protagonista indiscutible: Arturo Bandini, su alter ego. Así como Bukowski tendría luego a su Henry Chinaski, Hank. Dos personajes ficticios para decir lo suyo y convertir la vida en literatura. La familia Molise protagoniza otras historias. 
          También escribió novelas cortas y guiones de cine. Considerados por él mismo, estos últimos, sin valor literario, pero reconociendo sí que era una buena manera de ganarse una vida holgada y una elegante mansión en Malibú, fue «devorado por la máquina llamada Hollywood», en sus palabras. 
          El verdadero reconocimiento lo tuvo después de muerto. Es bien conocida la historia de haber sido descubierto, tanto por lectores como por la industria literaria, gracias a Charles Bukowski, el gran transgresor, autor de Factótum y La máquina de follar. El azar puso este libro en sus manos. Es él mismo quien lo cuenta en el prólogo de esta novela reeditada.


Charles Bukowski y John Fante

          Voy a transcribir alguna de sus frases, los conceptos que considero más representativos de este feliz encuentro literario:          

          «Yo era joven, quería ser escritor. Casi todos los libros que leía eran de la Biblioteca Municipal de Los Ángeles. Nada tenían que ver conmigo, ni con las calles ni con las personas que me rodeaban. Me daba la sensación de que todos se dedicaban a hacer juegos de prestidigitación con las palabras, que aquellos que prácticamente no tenían nada que decir pasaban por escritores de primera línea. Sus libros eran una mezcla de sutileza, artesanía y formalismo. Un invento cómodo. Libros insípidos. Una logocultura ingeniosa y prudente. Había excepciones pero eran escasas. 

          Cierto día cogí un libro, lo abrí y se produjo el descubrimiento. Las líneas se encadenaban con soltura a lo largo de las páginas. Allí había fluidez. Cada renglón poseía energía propia. El humor y el sufrimiento se entremezclaban con sencillez soberbia. Comenzar a leer aquel libro fue para mí un milagro. 

          Me llevé el libro a casa y, mucho antes de acabarlo supe que había dado con un autor que había encontrado una forma distinta de escribir. El libro se titulaba Pregúntale al polvo y el autor se llamaba John Fante. 

          Fante fue para mí un dios». 

Mi comentario de la novela



          El joven protagonista, Arturo Bandini de 20 años, es el que nos cuenta la historia. Con él comienza, sentado en la cama de su habitación en la pensión «Alta Loma». Estamos en un barrio del centro de Los Ángeles: Bunker Hill. Al estar en lo alto de la colina, para ir a su piso sexto, debe bajar en lugar de subir. Es gracioso, pero puede entrar y salir por la ventana, que está a nivel de la ladera. Ha dejado su ciudad natal en Colorado y está en un aprieto económico. Debe dinero de la renta y la dueña lo persigue, se alimenta escasamente. La buena racha de DiMaggio, los ruidosos tranvías y un Hitler en la cumbre de su poder nos ubican en la década de 1940.

          Bandini recorre las calles, mira todo y recuerda su pasado. Se detiene, tanto ante las palmeras vistas por primera vez, la vecindad sucia y la arena procedente de los desiertos tapizando el aire, como ante un hotel de lujo y sus ocupantes ricos. Mujeres que son una belleza y que bajan orgullosas de los taxis. Sueña y el mundo entero desaparece. Imagina que esa mujer, tan elegantemente vestida que acaba de ver, lo acompaña en un coche negro imponente. Fuman buen tabaco, toman cócteles y van a bailar. Imagina que ya es un autor célebre. 

          «¡Dame algo tuyo, Los Ángeles! Ven a mí tal como yo voy hacia ti, con los pies en tus calles, ciudad preciosa a la que tanto amo, flor triste enterrada en la arena». Así es la fuerte determinación, el alto grado de confianza y seguridad, la demanda con que se mueve Bandini. Este pasaje que transcribo, con esta pasión desenfrenada, muestra el espíritu de la novela. Podría rayar en el sentimentalismo, sin embargo, no, al ser la tragedia lo que subyace detrás de esas frases. Una tragedia llena de ironías que, en muchas ocasiones nos despierta una sonrisa, por más paradójico que esto suponga. Por ejemplo, verlo con esa enorme cantitad de ejemplares de la revista Atlantic Montly donde publicaron su cuento, regalando a diestra y siniestra un ejemplar como prueba de su profesión. Puede parecer jactancioso, creo que Fante quiere mostrar una vanidad incipiente, propia de algunos escritores que no dejan que sean otros los que muestren su obra, o que hablen de ellos.

          Tiene un agente literario en Nueva York, quien ha logrado publicar ese único relato: «El perrito que reía». Siempre espera ansiosamente noticias de J. C. Hackmuth, así se llama el agente que, reconoce muy bien su talento. Bandini le manda muchas cartas y él responde. Le escribe mucho también a su madre en Colorado, asegurándole que asiste a misa regularmente —la religión, acompañada por la culpa están siempre—, y que su literatura es un éxito. Miente. Ellos son los dos destinatarios de su correspondencia abundante y metódica. 

          A la ansiedad de ser reconocido, se une la de estar con una chica mexicana. Hay muchas por las calles. Conoce por fin a una «princesa azteca», como Bandini la llama. Para ser un buen escritor debía conocer más de la vida. Aprender viviendo. Y se enamora de Camilla, aunque no de la manera en que vos y yo lo imaginamos. El tema de los inmigrantes sin preparación en Estados Unidos queda soslayado. Bandini puede ser un loser, sin embargo, actúa como un ganador, exhibe con orgullo su único cuento publicado y le dice a quien quiera escucharlo, sobre todo a Camilla: «Estás delante de un gran escritor». Nunca, nunca van a ver un rasgo de autocompasión. Cuando esta por ceder, aparece esa rebeldía, ese decirse a él mismo: «yo soy distinto a toda esta gente». 

          Además de Camilla, la camarera mexicana, hay otros dos personajes dignos de nombrarse por lo estrafalarios e inadaptados: Vera Rivken, una mujer que aparece sorpresivamente en su vida, y Mr. Hellfrick, su vecino. Un papel menor tiene Sammy, el cantinero del Columbia que quiere ser escritor, pero no tiene talento.

          El mecanismo metaficcional, tan bien empleado, es algo que destaco. Lo explico: el libro que estamos leyendo es el que finalmente publica el narrador. Sin contar el maravilloso final, tan elogiado, lo habrán ya leído o escuchado —para muchos el mejor—, es algo que lo hace más conmovedor y genuino.

          Los personajes están muy bien construidos y los diálogos son muy logrados, revelan el gran poder de observación del autor. Bandini es grandilocuente e irónico, sí, pero también es consciente de la insignificancia de su vida y de lo efímero que es todo, su arte incluido. Y queda graficado en el último acto. Otro detalle literario a destacar es el juego que hace Bandini con Camilla que, quizá a simple vista no se comprenda y haga que nos enojemos con el personaje. Un juego donde el protagonista elige que prevalezca la idealización de la persona, el plano de la imaginación. La prosa es fluida, suena muy espontánea y tiene el nerviosismo necesario para mantenerte interesado. 

          Ya terminando esta reseña, aclaro nuevamente que Bandini es el obvio sustituto de Fante, es su alter ego. Así como Henry Chinaski fue el de Bukowski. Ambos compartieron mucho, amaron y odiaron la ciudad de Los Ángeles, y la hicieron escenario de sus historias. Llevaron sus vidas a la literatura. Se consolaron con ella. Ambos se deben mucho. Fante fue la inspiración de Bukowski, y este lo rescató del olvido. Con ellos nació el realismo sucio.

          Han hecho una película basada en este libro: Ask the Dust [2006], escrita y dirigida por Robert Towne. Los actores principales son Colin Farrel como Arturo Bandini y Salma Hayek como Camilla López. La película se centra más en la historia de ellos dos.



          Espero que hayan disfrutado esta reseña y que los lleve a leer la novela. Es corta, muy entretenida y también, ¿por qué no? inspiradora. A medida que leemos, es el esfuerzo constante que hace el protagonista por adaptarse, lo que prevalece. Y si no puede, al menos entender la brecha que existe entre lo que se quiere ser y lo que se es. El camino imprescindible que toda vocación recorre, y todo lo que se pone en evidencia de uno mismo en este recorrido.

          Hasta la próxima lectura, agradeciendo al azar, que acerca ciertos libros, y a Bukowski una vez más.

Cecilia Olguin Gianelli

Notas

- John Fante. Official Website:
https://www.johnfante.org/en/john-fante/

miércoles, 28 de abril de 2021

«A ti viva», Vicente Aleixandre

 «A ti viva»

La destrucción o el amor

[1935]

Vicente Aleixandre

[Sevilla, 1898-1984, Madrid]



Es tocar el cielo, poner el dedo
sobre un cuerpo humano.
Novalis

Cuando contemplo tu cuerpo extendido
como un río que nunca acaba de pasar,
como un claro espejo donde cantan las aves,
donde es un gozo sentir el día donde amanece.

cuando miro a tus ojos, profunda muerte o vida
                                          que me llama,
canción de un fondo que solo sospecho;
cuando veo tu forma, tu frente serena,
piedra luciente en que mis besos destellan,
como esas rocas que reflejan un sol que nunca se hunde.

Cuando acerco mis labios a esa música incierta,
a ese rumor de los siempre juvenil,
del ardor de la tierra que canta entre lo verde,
cuerpo qué húmedo siempre resbalaría
como un amor feliz que escapa y vuelve...

Siento el mundo rodar bajo mis pies,
rodar ligero con siempre capacidad de estrella,
con esa alegre generosidad del lucero
que ni siquiera pide un mar en que doblarse.

Todo es sorpresa. El mundo destellando
siente que un mar de pronto está desnudo, trémulo,
que es ese pecho enfebrecido y ávido
que solo pide el brillo de la luz.

La creación riela. La dicha sosegada
transcurre como un placer que nunca llega al colmo,
como esa rápida ascensión del amor
donde el viento se ciñe a las frentes más ciegas.

Mirar tu cuerpo sin más luz que la tuya,
que esa cercana música que concierta a las aves,
a las aguas, al bosque, a ese ligado latido
de este mundo absoluto que siento ahora en los labios.

La destrucción o el amor,
Vicente Aleixandre

Una lectura vital.
La profundidad de las palabras.



          Vicente Aleixandre, poeta español de la Generación del 27, nació en Sevilla el 26 de abril de 1898. 
          Su infancia transcurrió en Málaga. A los trece años se trasladó con su familia a Madrid. Ya el mar había dejado una profunda huella en la poesía que estaba gestando.
          Fue profesor de Derecho Mercantil —se había licenciado en 1919—, y miembro de la Real Academia Española desde 1949.
          Sus primeros poemas los publicó en la Revista de Occidente, fundada y dirigida por José Ortega y Gasset [1883-1955]. 
          Leyó a Freud y se implicó en el surrealismo poético.
          Frecuentó a Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre, Rafael Alberti y Federico García Lorca, todos poetas de la Generación del 27. 
          Tuvo muchos amores, mujeres y hombres. Mantuvo su bisexualidad con un cuidadoso decoro, no quería ocasionar daño a su familia. Una de sus amigas íntimas, la filóloga hispana- germana Eva Seifter, lo introdujo en la poesía de Hölderlin, el poeta alemán autor de Hiperión. 
          Además de los poetas mencionados, frecuentó a Pablo Neruda —quien lo liberó de la cárcel durante la Guerra Civil—, Miguel Hernández, Muñoz Rojas, José Luis Cano y otros importantes contemporáneos.
          Fue maestro de jóvenes poetas. Al ser uno de los grandes nombres de la poesía del siglo XX, sigue enseñando a través de su obra y maravillando a lectores.
          Su primer libro, Ámbito, fue publicado en 1928. Algunos de los que le siguieron son: Espadas como labios [1932], La destrucción o el amor [1934], Pasión de la tierra, poema en prosa [1935], Sombra del paraíso, uno de los más importantes [1944], Mundo a solas [1950], Nacimiento último [1953], Historia del corazón [1954], Poemas de la cosumación [1968], Diálogos del conocimiento [1974] y póstumamente En gran noche [1991].
          Su obra poética es clasificada en varias etapas: «Pura», donde predomina el verso corto. «Surrealista», inspirado por Rimbaud, Lautréamont y Freud —pero, un surrealismo de diseño. «Antropocéntrica» y «Poesía de vejez».
          La naturaleza no mitificada está presente en su amplia obra. Está concebida sin ninguna luminosidad, más bien como una generadora y regeneradora de vida, en un proceso circular. La materia es inextenguible, dice. Es un poeta telúrico, un racionalista y un ateo. 
          En 1934 le otorgaron el premio Nacional de Literatura y en 1977 recibió el Premio Nobel de Literatura.
          Falleció en Madrid en 1984, tenía 86 años.

Vicente Aleixandre y el pintor Greogorio Prieto.
Visitar todos los cielos [2020], es el libro que reúne 
la correspondencia mantenida por los dos artistas durante más de cincuenta años.



          La obra de Vicente Aleixandre es inmensa, también lo son los estudios sobre la misma. Debajo encontrarán sitios para profundizar esta lectura.              
          Leer sus poemas es reinterpretar la realidad con su estilo personalísimo. No es ir hacia conflictos sociales o políticos, es ir a un ámbito de cuerpos y amores, nunca ortodoxo, hacia una naturaleza ausente de religiosidad. Nos ofrece figuras de unicidad y dualidad, entre lo que es y lo que pudiera ser, entre lo real e imaginario. Es la figura del suspenso la que se mantiene en toda su obra. Dos palabras, dos ideas, dos personajes o situaciones, y entre los dos un movimiento que se crea, de atracción o de rechazo. Y nuestra imaginación, dice Lucie Personneaux en su excelente estudio* del que extraigo estos conceptos, pasa de uno a otro en un movimiento de balanceo infinito... como en un juego erótico.
          En este poema dice en los dos primeros versos: «Cuando contemplo tu cuerpo extendido / como un río que nunca acaba de pasar». Lo real es el cuerpo y lo imaginario, el río. Dos planos, juntos en una imagen inestable y movediza. Un suspenso entre lo real y lo imaginario*. 
           Es el poeta del materialismo filosófico dice en otro excelente estudio Jesús G. Maestro, y Aleixandre en un poema: Todo es materia: tiempo, / espacio; carne y obra. / Materia sola, inmensa, / jadea o suspira, y late / aquí en la orilla. Moja. / tu mano, tienta, tienta / allí el origen único, / allí en la infinitud / que da aquí, en ti, aún espumas. Última estrofa de «Materia única».
          Este poema elegido pertenence a un libro surrealista, La destrucción o el amor, al igual que Espadas como labios y Mundo a solas. Surrealismo no a la manera francesa u otra, sino de un nuevo modo de concebir la vida y la poesía*. Los temas, como lo dice el tíulo, son el amor y su oposición o complemento. Esa doble presencia en perfecta armonía.
          Lo pueden leer completo y espero que lo disfruten. Hasta el próximo encuentro.

Cecilia Olguin Gianelli

Notas


- La destrucción o el amor, Vicente Aleixandre: Libro completo.
http://biblio3.url.edu.gt/Libros/dest_o_amor.pdf

- Vicente Aleixandre. La poesía como literatura sofisticada, según la Crítica de la razón literaria: Jesús G. Maestro. Materialismo filosófico como Teoría de la Literatura.
https://www.youtube.com/watch?v=Ie6nBTQL0WA

- Vicente Aleixandre o una poesía del suspenso: 
https://cvc.cervantes.es/ensenanza/biblioteca_ele/aepe/pdf/boletin_20_12_79/boletin_20_12_79_05.pdf

- Imagen elegida: Beso, Gregorio Prieto: Tinta sobre papel. 
https://www.todocoleccion.net/arte-catalogos/catalogo-exposicion-gregorio-prieto-celebrada-sala-alfil-madrid~x39718171

- Fundación Gregorio Prieto:
https://gregorioprieto.org/museo/obra-de-gregorio-prieto/

lunes, 19 de abril de 2021

«Pastoral», un poema de Louise Glück

 «Pastoral», 

un poema de Louise Glück

Una vida de pueblo


Sunrise at Fitz Roy # 3. Patagonia, by Stuart Litoff [Fine Art America]


El sol se alza sobre la montaña.
A veces hay neblina,
pero el sol siempre está destrás
y la neblina no se le iguala.
El sol quema su camino a través de ella
como la mente venciendo la estupidez.
Cuando se disipa la neblina, ves la pradera.

The sun rises over the mountain.
Sometimes there´s mist
but the sun´s behind is always
and the mist isn´t equal to it.
The sun burns its way through,
like the mind defeating stupidity.
When the mist clears, you see the meadow.

Nadie entiende realmente
la ferocidad de este lugar,
la manera en que mata gente sin razón,
sólo para no perder la práctica.

No one really understands
the savagery of this place,
the way it kills people for no razon,
just to keep in practice.

Así que la gente huye, y, por un rato, lejos de aquí,
son exuberantes rodeados de tantas opciones.

So people flee-and for a while, away from here, 
they´re exuberant, surrounded by so many choices—

Pero ninguna señal de la tierra
alcanzará nunca el Sol. Si discutes
ese hecho, estás perdido.

But no signal from earth
will ever reach the sun. Thrush
against that fact, you are lost.

Cuando vuelves, están peor.
Creen que fallaron en la ciudad,
no porque la ciudad no cumpliera sus promesas.
Culpan a su crianza: la juventud se acabó y están de vuelta,
silenciosos, como sus padres.
Los domingos, en verano, se apoyan contra la pared de la clínica,
fumando. Cuando se acuerdan,
recogen flores para sus novias,

When they come back, they´re worse.
They think they failed in the city, 
not that the city doesn´t make good its promises.
They blame their upbringing: youth ended and they´re back,
silent, like their fathers.
Sundays, in summer, they lean against the wall of the clinic,
smoking cigarettes. When they remember,
they pick flowers for their girlfriends—

Esto hace felices a las chicas.
Creen que es un lugar bonito, pero extrañan la ciudad, las tardes
llenas de compras y conversaciones, lo que haces
cuando no tienes dinero...

It makes the girl happy.
They think it´s pretty here, but they miss the city, the afternoons
filled with shopping and talking, what you do
when you have no money...

A mi entender, te sale mejor quedarte;
así, los sueños no te hieren.
Durante el atardecer, te sientas junto a la ventana. Donde sea que vivas,
puedes ver el campo, el río, realidades
a las cuales no puedes imponerte;

To my mind, you´re better off if you stay; 
that way, dreams don´t damage you.
At dusk you sit by the window. Wherever you live. 
you can see the fields, the river, realities
on which you cannot impose yourself—

para mí es seguro. El sol se alza; la neblina
se disipa para revelar
la montaña inmensa. Puedes ver el pico,
lo blanco que es, incluso en verano. Y el cielo es tan azul, 
punteado por pequeños pinos
como lanzas.

to mee, it´s safe. The sun rises; the mist
dissipates to reveal
the immense mountain. You can see the pick,
how white it is, even in summer. And the sky´s so blue,
punctuated with small pines
like spears—

Cuando te canses de caminar,
te echaste en la hierba.
Cuando te levantaste de nuevo, por un momento pudiste ver dónde
había estado, la hierba estaba resbaladiza ahí, aplanada
con la forma de tu cuerpo. Luego, cuando volvieste a mirar,
fue como si nunca hubieras estado allí.

When you got tired of walking
you lay in the grass.
When you got up again, you could see for a moment where you´d been
the grass was slick there, flattened out
into the shape of a body. When you looked back later,
it was as though you´d never been there at all. 

Mediados de la tarde, mediados del verano. Los campos se extienden para
         siempre,
pacíficos, hermosos.
Como mariposas con sus marcas negras,
las amapolas se abren.

Midafternoon, midsummer. The fields go on forever,
peaceful, beautiful.
Like butterflies with their black markings,
the poppies open.

Pastoral, Una vida de pueblo / A Village Life,
Louise Glück

Una vida de pueblo
[A Village Life]
Edición bilingüe, editorial Pre-Textos



Luis Glück [Nueva York, 1943], poeta laureada con el Premio Nobel de literatura 2020. Autora de muchos libros de poesía y un libro de ensayos, Profs & Theories.
          Espero que hayan disfrutado de este poema, una historia pastoral. Distinta a otras.
          Los ineludibles lazos entre la humanidad y la naturaleza. Con una mirada focalizada en el conocimiento primordial y profundo de vivir en un cuerpo. Cuerpos observados e interrogados.
          Mirar es el mecanismo narrativo. Describir las relaciones circulares entre los seres humanos, los animales y la naturaleza —nuestra percepción sobre ella. Una comunidad, una aldea, la vida común y el destino común: son los temas que explora Louise Glück.
          Su Pastoral no es utópica, no se caracteriza por la nosalgia de un pasado mejor, tampoco le interesa expresar una utopía moral, ecológica o cultural. Todo lo contrario. Ella redirige nuestra mirada hacia adelante. Cuestiona la visión antropocénica —el ser humano no en el centro de todo ni el fin absoluto de la creación.
          La aldea ficticia que aquí vemos, es un sitio plagado de complejidades, entre la cultura y la naturaleza. Nos desafía, por así decirlo, a experimentar nuestro yo animal, un yo preocupado por la ferocidad que nos rodea.
          Hasta la próxima lectura.

Cecilia Olguin Gianelli

Notas

- Louise Glück, Website:
http://www.xn--louiseglck-heb.com/

- Revising the Pastoral in Luise Glück. Katie Piper Greulich: 
https://www.jstor.org/stable/44378516?seq=1

- Stuart Litoff Photos:
https://1-stuart-litoff.pixels.com/