Nicanor Parra, uno de los grandes nombres de la literatura de Chile,
junto a Gabriela Mistral, Pablo Neruda y Vicente Huidobro.
Mi recuerdo.
C. G.
Premio Nacional de Literatura 1969
Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2001
Premio Miguel de Cervantes 2011
Nicanor Parra
El olvido
Juro que no recuerdo ni su nombre,
Más moriré llamándola María,
No por simple capricho de poeta:
Por su aspecto de plaza de provincia.
¡Tiempos aquellos!, yo un espantapájaros,
Ella una joven pálida y sombría.
Al volver una tarde del Liceo
Supe de su muerte inmerecida,
Nueva que me causó tal desengaño
Que derramé una lágrima al oírla.
Una lágrima, sí, ¡quién lo creyera!
Y eso que soy persona de energía.
Si he de conceder crédito a lo dicho
Por la gente que trajo la noticia
Debo creer, sin vacilar un punto,
Que murió con mi nombre en las pupilas,
Hecho que me sorprende, porque nunca
Fue para mí otra cosa que una amiga.
Nunca tuve con ella más que simples
Relaciones de estricta cortesía,
Nunca más que palabras y palabras
Y una que otra mención de golondrinas.
La conocí en mi pueblo (de mi pueblo
Sólo queda un puñado de cenizas),
Pero jamás vi en ella otro destino
Que el de una joven triste y pensativa.
Tanto fue así que hasta llegué a tratarla
Con el celeste nombre de María,
Circunstancia que prueba claramente
La exactitud central de mi doctrina.
Puede ser que una vez la haya besado,
¡Quién es el que no besa a sus amigas!
Pero tened presente que lo hice
Sin darme cuenta bien de lo que hacía.
No negaré, eso sí, que me gustaba
Su inmaterial y vaga compañía
Que era como el espíritu sereno
Que a las flores domésticas anima.
Yo no puedo ocultar de ningún modo
La importancia que tuvo su sonrisa
Ni desvirtuar el favorable influjo
Que hasta en las mismas piedras ejercía.
Agreguemos, aun, que de la noche
Fueron sus ojos fuente fidedigna.
Más, a pesar de todo, es necesario
Que comprendan que yo no la quería
Sino con ese vago sentimiento
Con que a un pariente enfermo se designa.
Lo que a esta fecha aún me maravilla,
Ese inaudito y singular ejemplo
De morir con mi nombre en las pupilas,
Ella, múltiple rosa inmaculada,
Ella que era una lámpara legítima.
Tiene razón, mucha razón, la gente
Que se pasa quejando noche y día
De que el mundo traidor en que vivimos
Vale menos que rueda detenida:
Mucho más honorable es una tumba,
Vale más una hoja enmohecida,
Nada es verdad, aquí nada perdura,
Ni el color de cristal con que se mira.
Hoy es un día azul de primavera,
Creo que moriré de poesía,
De esa famosa joven melancólica
No recuerdo ni el nombre que tenía.
Sólo sé que pasó por este mundo
Como una paloma fugitiva:
La olvidé sin quererlo, lentamente,
Como todas las cosas de la vida.
Poemas y antipoemas [Santiago, Nascimento, 1954]
Colección Biblioteca Nacional de Chile
Puede ser que una vez la haya besado,
¡Quién es el que no besa a sus amigas!
Si para vos la poesía es un artículo de primera necesidad, seguramente habrás disfrutado de esta lectura, tanto como yo al escribir este post, leer muchos de los poemas de Nicanor Parra y elegir uno de ellos.
Un día como ayer, 23 de enero de 2018, falleció a los 103 años este gran poeta al que vale la pena recordar y leer.
Hasta la próxima buena lectura —novela, cuento, poema o ensayo.
¿Cómo se relacionan escritores, filósofos, artistas, poetas en su espacio de creación?, es una pregunta interesante para los lectores.
El complejo poema «Todtnauberg», escrito en julio de 1967 por el poeta, traductor y ensayista judío Paul Celan, luego de su visita a la cabaña del filósofo alemán Martin Heidegger —el pensador más influyente del siglo XX— adquiere un amplio significado y nuevas emociones, según de qué manera lo leamos, en qué momento y de la mano de quién.
La historia es conocida —es necesario conocerla. Trata sobre la relación que el filósofo Martin Heidegger tuvo con el nacionalsocialismo en los años treinta, cuando comenzó el auge de lo que se denominó Tercer Reich. Tras la derrota de Alemania en la II Guerra Mundial, Heidegger guardó silencio sobre el holocausto. Paul Celan, con sus padres muertos junto a otros familiares y a millones más en los campos de exterminio, tras haber sufrido él mismo en un campo de concentración nazi [Moldavia], tuvo una serie de encuentros y desencuentros con el pensador de Friburgo.
Celan esperaba que Heidegger, en su retiro en la Selva Negra alemana, en ese tranquilo paseo por los bosques circundantes —sorprendiéndolo por sus conocimientos de botánica y filosofía—, emitiera una palabra de perdón, palabra que aunaría la grandeza filosófica de Heidegger con la grandeza humanitaria. Pero Heidegger guardo silencio.
En este caso, la interpretación y traducción que sigue es de Félix Luque, catedrático de Historia de la Filosofía Moderna de la Universidad Autónoma de Madrid [con mis agregados de imágenes y video]. Al final, mi comentario.
Todtnauberg [cerca de Friburgo, Selva Negra alemana]
Fotografía de: Paco Mesa y Lola Marazuela
«El 25 de julio de 1967, Paul Celan escribió el poema «Todtnauberg», con ocasión de la visita que hiciera a Martin Heidegger, solicitando —entre la duda angustiada y una débil esperanza— de este algo que nunca llegó [según la correspondencia con su mujer, Gisèle, el filósofo habría «respondido» a su petición (quizá que se retractara de su adhesión al NSDAP, que pidiera perdón, ¿o algo así?) con un largo silencio]. Sin embargo, salvo que «eso» que habría escuchado también quien condujera el vehículo [no sabemos quién: Heidegger no sabía conducir] fuera el silencio, el poema parece sugerir que sí hubo una respuesta. El poemario en que apareció el poema es de 1970: el año del suicidio del poeta [20 de abril; un mes antes había vuelto a encontrarse con Heidegger].
Paul Celan y Martin Heidegger
Como de costumbre en Celan, el texto presenta una estructura paratáctica*, con bruscos encabalgamientos y dos rupturas de palabra, aunque en este caso se trata de la separación del prefijo [un-gesäumt: «sin tardar», y halb-beschrittenen: «a medio transitar»]. También como de costumbre, las descripciones naturalistas y casi prosaicas tienen, sin dejar de serlo, diversos niveles de sentido [no todos descifrables]. [*Oración paratáctica: la relación que se establece entre las proposiciones que la componen es de independencia].
Brevemente: Arnika corresponde a la flor: Berganika, arnica montana, abundante en la Selva Negra [donde está situado Todnauberg], y recomendada para la siega y el pastoreo; pero, por sus propiedades analgésicas y antiinflamatorias, se emplea también para aliviar el dolor producido por golpes y contusiones. Augentrost es otra flor [Euphrasia], de forma parecida a una orquídea: como indica su nombre en alemán, sirve para limpiar y curar los ojos; y Celan nos recuerda las estrías en los ojos que, como la refracción del espato de Islandia*, le hace ver a la vez el presente y el horrendo pasado del Holocausto [«proyección es retroferencia», había escrito Heidegger al final de La pregunta por la cosa, sin pensar desde luego —creo yo— en la Shoah]. [*Espato de Islandia: variedad de calcita transparente y romboédrica; presenta la propiedad óptica de la birrefringencia, es decir, que tiene una doble refracción].
Shoah [1985] es un documental sobre el Holocausto que no puede dejar de verse.
Monumental obra del director francés Claude Lansmann [1925-2018]
El dado en forma de estrella está tallado efectivamente sobre un tronco de árbol ahuecado, con un caño para recoger el agua de montaña; la rústica fuente está a unos pasos de la cabaña [que no tiene agua corriente ni electricidad hasta los años 70]. Pero también hay una estrella sobre la tumba de Heidegger en Messkirch, en un angosto jardincillo al pie de la iglesia del pueblo. Estrella, pues: no cruz. El mismo dijo que su vida y su tarea era: «Ir hacia una estrella. Solo eso». Hay un interesante ejemplo de anáfora*: die in das Buch / die in dies Buch: «la [línea escrita] en el libro / la en este libro». En el primer caso, puede tratarse del Libro que será abierto en el Juicio Final (cf. Daniel 121-2; al profeta se le aparecen dos varones, uno de los cuales pregunta al otro cuándo vendrá el fin del mundo; este responde que «dentro de un tiempo, de tiempos y de la mitad de un tiempo, y que todo esto se cumplirá cuando la fuerza del pueblo de los santos estuviera enteramente quebrantada» 127; quien así responde advierte a Daniel «que esas cosas están cerradas y selladas hasta el tiempo del fin» 129). En el segundo, en cambio («la [línea] en este libro»), se refiere a algo más prosaico. En la cabaña (Hütte) de Todtnauberg había un libro de visitas en el que los visitantes firmaban y eventualmente escribían una línea de agradecimiento. Al poeta —un tanto escrupuloso— le inquieta que alguien de ideología nacionalsocialista o antisemita haya estampado su nombre en él. [*Anáfora: repetición de una o varias palabras al principio de un verso].
Una caminata por la Selva Negra hasta la cabaña de escritura del filósofo
alemán Martin Heidegger; vista desde el valle alto hacia el pueblo de
Todtnauberg
El paréntesis de los versos 13-14 fue añadido posteriormente por Celan, como acentuando la urgencia de recibir una respuesta (de ahí la repetición: kommendes: «que venga»: muy probable alusión a: der kommende Gott: «el dios venidero» que esperaba Hölderlin en Brot und Wein, v. 54; Heidegger había invitado a Celan a la cabaña para que recorrieran juntos los cercanos lugares en que se desarrolló la vida de Hölderlin [1770-1843, Hiperión]: el gran lazo de unión entre el poeta judío y el filósofo suabo*, tildado de eines Denkenden: literalmente: «un pensante»). [*Suabo: dialectos del alto alemán, hablado en el centro, este de Baden-Wurtemberg y parte occidental de Baviera]. Waldwasen, uneingeebnet:el sustantivo es infrecuente; designa una pradera encharcada («brañas»), de manera que los animales no pueden pastar ni los hombres caminar por ella: es pues justamente lo contrario de un «claro del bosque»; el adjetivo «desniveladas» (o sea, que no están en el mismo plano: Ebene) lleva bruscamente la memoria a un enterramiento precipitado, por el que solo se puede chapotear (¿en barro, o en sangre?). El verso siguiente es más explícito: «Orquídea y orquídea», separadas, sin posible conexión. La forma de la orquídea recuerda el órgano sexual femenino (como Derrida recuerda), y en Celan se extiende figurativamente al género o linaje: a un lado el germano, al otro el judío. El poeta se culpó amargamente incluso de la muerte de su hijo François (así llamado en honor al poverello; cf. el poema Asisi) por envenenamiento de la sangre (su madre: Gisèle Lestrange [¿la extranea: extranjera?], era francesa), él mismo se sabía híbrido, y por tanto seguramente «monstruoso» a sus propios ojos: de estirpe judía, pero de cultura y lengua alemanas. El neologismo Krudes refleja un sentimiento todavía no elaborado, pero que se hará claro en el viaje a ninguna parte; primero, a través de un lenguaje que, pace Hölderlin, nunca se convirtió en «diálogo» (Gespräch), sino posiblemente en un doble silencio: quizá el poeta le exigiera que pidiera perdón: algo incomprensible para quien creía: alles ist Schcksal, «todo es destino», uniendo su destino personal al hundimiento, no ya de un pueblo y una estirpe, sino del entero Occidente y su metafísica; quizá el pensador le exigiera al poeta que elevara su mirada hacia ese Untergang o hundimiento universal y se dejara de problemas «personales»: cuando Celan se suicidó, Heidegger comentó: «Era demasiado débil». Y en segundo lugar, lo «evidente» es —dicho sea bruscamente— que, para Celan: hasta aquí hemos llegado. El viaje tiene que interrumpirse, porque el prado encharcado acaba de convertirse en una ciénaga (Hochmoor), por la que —es verdad— se puede intentar transitar gracias a unas traviesas. Pero solo hasta cierto punto: solo hasta donde [lo] húmedo [es] mucho (no, como uno creería, donde: «hay mucha humedad»). El terreno, empapado de agua y barro, se identifica con lo húmedo, en neutro: como das Wasser, «el agua» y das Blut, «la sangre». El adjetivo sustantivado deja así en una ambigüedad —bien descifrable, por lo demás— la equiparación del lodazal en el que están semientrerrados los muertos, y la pradera ya inservible para caminar. El advervio de cantidad: viel, «mucho», queda al final aislado y desnudo, como aterido: sin nombre ni verbo al que remitir. El poeta y el filósofo son, así, refractarios entre sí. No, desde luego, y por fortuna, la poesía y la filosofía. P.S. - En Todtnauberg resuena ciertamente lo «muerto» (todt, en antiguo alemán), lo cual se conjuga bien con los sentimientos del poeta que había escrito Todesfuge (desmintiendo así la admonición de Adorno, a saber: que ya no sería posible la poesía desde Ausschwitz). Pero para Heidegger, y según la etimología, el topónimo significa algo bien distinto: Tot-nun-berg, a saber: la tala y «roza» de árboles y maleza para dejar visible el monte a cuyo amparo se acoge, en efecto, la cabaña. De lo contrario, los turistas no seguirían yendo allí, convertido como está hoy el lugar en un coqueto conjunto de resorts high-standing (prueba a preguntar en uno de ellos por dónde se va a la cabaña de Heidegger). Pero eso es otra historia. Ahora, el poema, primero en el idioma en que fue escrito:
«Todtnauberg»
Todtnauberg, Video*, Project Funding: Australia Council of the Arts
Dennis Del Favero: The University of Queensland, Australia [Scene]
Arnika, Augentrost, der
Trunk aus dem Brunnen mit dem
Sternwürfel drauf,
in der
Hütte,
die in das Buch
- wessen Namen nahms auf
vor dem meinen? -,
die in dies Buch
geschriebene Zelle von
einer Hoffnung, heure,
auf eines Denkenden
kommendes (un-
gesäumt kommendes)
Wort
im Herzen,
Waldwasen, uneingeebnet,
Orchis und Orchis, einzein,
Krudes, später, im Fahren,
deutlich,
der uns fährt, der Mensch,
der´s mit anhört.
die halb -
beschrittenen Knüppel-
pfade im Hochmoor,
Feuchtes,
viel.
[Paul Celan, de Lichtzwang. II (1970); en Gesammelte Werke.
Suhrkamp. Frankfurt / Main 1992; 2, 255 s.]
Todtnauberg, Video*, Project Funding: Australia Council of the Arts
Dennis Del Favero: The University of Queensland, Australia [Scene]
Árnica, consuelo de la vista, el
sorbo de la fuente con el
dado de estrellas encima,
en la
cabaña,
la escrita en el libro
-¿cuyo el nombre acogido
antes del mío?-
la escrita en este libro
línea acerca de
una esperanza, hoy,
a una palabra
en el corazón
que venga
(que venga sin tardar)
de alguien que piensa,
brañas del bosque, desniveladas,
orquídeas y orquídeas, solas,
lo crudo, más tarde, de camino,
evidente,
el que nos conduce, el hombre,
él lo ha escuchado también,
las sendas, con traviesas, a medio
transitar, en la alta ciénaga,
lo húmedo,
mucho.
Traducción e interpretación:
Félix Duque
*
Espero que, como lectores amantes de ir siempre un poco más allá, hayan disfrutado de este poema. Que los datos literales y explicaciones, que lo anecdótico y lo biográfico, que su extensión simbólica [tan interesante], no les haya evitado respirar su atmósfera y los haya hecho sentir y pensar intuitivamente, que todo esto, en definitiva, no haya enmascarado el lenguaje poético. Que aunque parezca una obviedad decirlo, solo se da a conocer y se disfruta en la lengua de los poemas.
Y este es un poema que lleva implícito una esperanza, la de recibir la palabra esperada, y el silencio. Y la poesía de Celan tiene mucho de silencio. Él mismo hablo de «la palabra conseguida por medio del silencio».
Dice la verdad
quien dice la sombra.
Para comprenderlo, creo que es imprescindible una ayuda. Primero que nada, saber que Todtnauberg [el título] es también el nombre del lugar donde vivía Martin Heidegger en la Selva Negra [Alemania]. Luego, saber que ambos, poeta y filósofo mantuvieron una intensa relación intelectual, cada uno interesado en la actividad del otro. La tuvieron a pesar de las diferencias ideológicas, a pesar de la inflexibilidad de Heidegger para retrotraerse de lo dicho elogiando al régimen nazi, la tuvieron a pesar de que Celan era judío y el único sobreviviente de una familia exterminada en Auschwitz. Pero también es importante recordar que Celan era una persona de trato dulce y de delicada cortesía.
Muchos estarán recordando, al ver esta relación, el interés que tuvieron los filósofos por otros poetas, [Hölderlin, Baudelaire, Valéry, Rilke, por ej.], y el de los poetas por los filósofos [La Bibliothèque philosophique, de Paul Celan], o sea que la situación no es extraña.
Si alguna vez se preguntaron por el silencio de Heidegger con relación al nazismo, si se preguntaron cómo un hombre como él, con su grandeza filosófica, pudo apoyar a Hitler, si lo hicieron porque son lectores de su famosa obra [Ser y tiempo] —y lo admiran seguramente—, habrán encontrado algunas respuestas posibles: ¿incapacidad para ver racionalmente los hechos?, ¿temor por la continuidad del espíritu occidental?, ¿otra? Cualquiera parece no conciliar con su humanidad lírica, con su inteligencia, con su interés por la poesía de Celan —el mismo que le habló al mundo de «su silencio».
Las contradicciones existen, las esperanzas y las heridas que no se cierran pero que se podrían mitigar, también. El tema de la absolución de parte del que las sufre está dado maravillosamente, de manera simbólica en el poema: por el libro, la fuente y las flores silvestres con sus poderes curativos, «árnica, consuelo de la vista».
No sé si seremos el interlocutor, el tú que todo poeta espera encontrar. Pero sí sé que todo se carga de significación cuando lo volvemos a leer —virtudes misteriosas de la poesía. Percibimos el gran momento del pensamiento: el encuentro. Tenemos en cuenta ya el trasfondo biográfico, la tensión poética nos envuelve y, descubrimos que la fragmentación hace que todo quede a la intemperie, neto, sin nada que nos distraiga del detenimiento, de la culpa o... del silencio.
Hasta la próxima lectura, me despido con la invitación a seguir leyendo la obra de Paul Celan [abajo encontrarán el link], y con las palabras con las que lo describe Jean-Dominique Rey, el escritor y crítico francés que frecuentó al magnífico poeta durante los últimos años, hasta que diera el salto que nadie vio, desde el puente Mirabeau, París, un 20 de abril de 1970:
Tenía un porte ligeramente oscilante,
como el de un poeta habitado por el Verbo o el de un Sísifo en la desesperación.
Nunca hubo diferencia en su paso.
Pero en cuanto te veía, lo primero que salía era su encanto y su amabilidad.
Su sonrisa, ligeramente retraída,
marcaba una especie de distancia infranqueable entre él y el mundo,
pues no dejaba ver el velo con que la cubría.
Cecilia Olguin Gianelli
Notas
- Paul Celan: Poeta alemán de origen judío. Nació el 23 de noviembre de 1920 en Chernivtsi, Reino de Rumania, y falleció el 20 de abril de 1970. Se suicidó arrojándose al río Sena desde el puente Mirabeau [París], no había cumplido los 50 años.
Considerado por la crítica internacional como el más grande lírico en alemán de la segunda posguerra. Dueño de una lengua poética excepcional por el virtuosismo y flexibilidad de su palabra, una estética influida por el surrealismo.
Autor de Amapola y Memoria [1952], que incluye su poema más famoso, «Todesfuge» [Muerte en fuga]. También se destacan La rosa de nadie [1963], Giro de aliento [1967] y Soles de hilo [1968].
Toda su obra sostiene un diálogo intelectual implacable con la obra de varios filósofos como Martin Heidegger, Walter Benjamín y Theodor Adorno —autor de la famosa frase según la cual no es posible escribir poesía después de Auschwitz. [Wi y sitio oficial]
- Todtnauberg, Dennis Del Favero: The University of Queensland. Australia: Video que trata sobre el encuentro entre el poeta judío Paul Celan y el filósofo alemán Martin Heidegger en 1967, en su retiro en la Selva Negra. En ese momento, el neonazismo estaba en aumento en Alemania, y Heidegger se había negado a admitir ninguna responsabilidad por su membresía en el Partido Nazi [1933 a 1945]. Por un lado, el sentimiento de Celan por sus padres muertos junto otros familiares y a millones más en los campos de exterminio. Él mismo sufrió los horrores del nazismo en un campo de concentración [Moldavia] y liberado un año antes de que terminara la II Guerra Mundial. Por el otro, ¿el silencio de Heidegger con respecto a su colaboración oficial con los nazis?, contrarrestado por sus intentos de recordar sus intervenciones filosóficas. Celan se negó a asociarse públicamente con Heidegger, pero se reunió con él, se especula, con la esperanza que le explicara su colaboración. Celan acompañó a Heidegger en un paseo por los bosques circundantes, e impresionó a Heidegger con su conocimiento de botánica y filosofía, mientras que Heidegger habló de sus esperanzas para Alemania. Celan escribió el poema «Todtnauberg» inmediatamente después de esta visita.
- Todtnauberg. Un poema después de Auschwitz. Heidegger y Paul Celan: Fernardo Gilabert. Universidad de Sevilla.
Por todos es sabido la relación que el filósofo Martin Heidegger tuvo con el
nacionalsocialismo en los años treinta, cuando comenzó el auge de lo que se denominó
Tercer Reich. También es sabido que tras la derrota de Alemania en la II Guerra Mundial,
Heidegger guardó silencio sobre el holocausto. Paul Celan, poeta judío que sufrió en los
campos de concentración nazis, tuvo una serie de encuentros y desencuentros con el
pensador de Friburgo. Celan esperaba que Heidegger emitiera una palabra de perdón,
palabra que aunaría la grandeza filosófica de Heidegger con la grandeza humanitaria. Pero
Heidegger, como decíamos, guardo silencio. La cuestión que queremos tomar al
hilo de estos encuentro y desencuentros entre Heidegger y Celan es si es posible pensar Auschwitz después de Auschwitz, si es una tarea necesaria o si el horror del campo
de concentración ha de dejarse a la voz del poeta, ya que es posible que la poesía exprese mejor lo que sucedió. O, si por el contrario, tras Auschwitz sólo debe quedar el silencio,
silencio como aquel en el que Heidegger permaneció. Auschwitz supone el culmen de la
Modernidad, una Modernidad tecnificada, donde no hay sitio para la poesía. Pero tras
Auschwitz hay poesía, como la poesía de Celan, por lo que cabría preguntarnos si estamos
ante una nueva Modernidad o estamos en otro tiempo, en el tiempo del silencio tras
Auschwitz. https://revistas.uam.es/bajopalabra/article/view/6701/7089
Heidegger ajeno a la poesía. Los años treinta, los años del nazismo, se ven
marcados en la biografía heideggeriana por los escritos sobre Hölderlin [hay varias obras], y, además, a
finales de los años cincuenta, cuando ya ha reanudado las clases y los seminarios tras el
castigo por haber colaborado con el régimen nazi, se comienza a considerar la obra de
Heidegger como una gran poesía, como una gran metáfora, algo que le era simpático al
pensador puesto que, a su juicio, pensar y poetizar se hallan muy cerca.
[Obabakoak, 1988, Premio Nacional de Narrativa 1989]
Bernardo Atxaga
[Asteasu, Guipúzcoa, 1951]
Premio Nacional de las Letras 2019
Hace mucho tiempo, cuando aún éramos jóvenes y verdes, un hombre de
bigote y gorra a cuadros llegó a la escuela primaria donde estudiábamos y
con gesto muy serio nos anunció que venía a hacernos la primera foto
colectiva de nuestra vida. Le escuchamos entre risas, porque su aspecto nos
hacía mucha gracia, sobre todo lo de la gorra, y también porque nunca hasta
entonces habíamos oído la expresión foto colectiva; luego, pisando charcos y
lanzando nuestras carteras al aire, seguimos a la maestra hasta los soportales
de la iglesia.
Escenarios de Obaba
Pero nada más llegar —la felicidad nunca es completa— nuestra fiesta se
aguó un poco, porque allí estaban, sentaditas en los bancos, todas las chicas
de la escuela secundaria, nuestras más odiadas enemigas de aquella época:
unas lerdas presumidas que ni tan siquiera se dignaban a saludarnos por la
calle...
«Quien no les haya tirado ninguna piedra, que levante la mano», nos decía el
señor párroco cada vez que alguna de ellas le iba con el cuento. Y todas las
manos se quedaban en los bolsillos, todos los ojos miraban al suelo.
Desgraciadamente, ahora las teníamos delante, esperándonos, provistas de
peine y tijeras, con una sonrisa maligna en los labios.
—¿A qué esperáis? ¡Iros allí, que vuestras amigas os van a dejar muy guapos! —Nos apremiaba, en especial a los chicos, nuestra maestra, extrañadísima
por la cara de disgusto que poníamos ante aquella sesión de atrezzo. Como
ella no vivía en el pueblo, no se había enterado de la lucha generacional que
existía en Obaba.
Hubo pellizcos, tirones de pelo y otros incidentes mientras nos adecentaban,
pero, al final, tras colocarnos en unas escaleras de piedra, todos los niños y
niñas del pueblo que en aquella época teníamos alrededor de nueve años
quedamos retratados; unidos para siempre los que, como viajeros con
distintos destinos, entraríamos poco después en la corriente de la vida y nos
separaríamos por completo.
Una semana después el fajo de fotografías estaba ya en la escuela, y todos
queríamos ver cómo habíamos salido. Allí estábamos, serias las niñas
pequeñas y más serios aún los chicos no tan pequeños, con una gravedad
digna de estatuas romanas. Pero no se trataba de gravedad, ni de dignidad, ni
de nada que acabara en dad. Se trataba únicamente de la firme decisión de
venganza que —los de pelo rizado, sobre todo— instantes antes habíamos
tomado. «Habrá más piedras», decían aquellas miradas. «Y muy pronto»,
añadían aquellas bocas fruncidas.
La maestra repartió las copias del fajo, y nos aconsejó que las conserváramos.
Que más adelante, cuando tuviéramos su edad, por ejemplo, nos
alegraríamos mucho de poder echar un vistazo a una foto como aquélla. Y
nosotros, como buenos alumnos, la guardamos; y, nada más guardarla, nos
olvidamos de ella. Porque, como ya se ha dicho, en aquella época éramos
jóvenes y verdes, y no sentíamos ninguna preocupación por el pasado. La
verdad es que nos bastaba con el mundo. Se desplegaba ante nosotros como
la cola de un pavo real, y cada día nos traía mil cosas diferentes;
prometiéndonos, además, otras mil, o diez mil, o cien mil más para el futuro.
¿Qué era el mundo? Era imposible saberlo, pero al menos parecía inmenso,
ilimitado tanto en el tiempo como en el espacio. Así nos lo imaginábamos, y
por eso eran tan largas las direcciones de las cartas que escribíamos. Porque
no nos bastaba con indicar al cartero, pongamos por caso, el nombre de
nuestro primo y de la ciudad en que vivía, sino que, por si acaso, dejábamos
bien claro en qué provincia se hallaba la ciudad, y en qué nación la provincia,
y en qué continente la nación. Luego, al final de toda la lista, escribíamos con
letras grandes: Planeta Tierra. No fuera a suceder que el cartero se equivocara
de galaxia.
Pasaron inviernos y veranos, y, como quienes toman parte en el juego de la
oca, nos fuimos alejando de nuestra casilla inicial: avanzando ligeramente,
unas veces, saltando de oca en oca; desviándonos, otras veces, de los paisajes
luminosos, cayendo en cárceles o en infiernos. Llegó así el día en que nos
levantamos de la cama y comprobamos en el espejo que ya no teníamos
nueve años, sino veinte o veinticinco más; que, aun siendo todavía jóvenes,
ya no éramos verdes.
Asombrados, nos pusimos a repasar afanosamente nuestra existencia. ¿Cómo
habíamos llegado hasta allí? ¿Cómo nos habíamos alejado tanto?
—Miramos la fotografía, nos miramos en el espejo, de repente ya no teníamos nueve años.
Era cierto
que nos sentíamos más cansados que en los tiempos de la escuela primaria;
era cierto que las indicaciones geográficas de nuestras cartas eran ahora más
escuetas; pero, aparte de eso ¿qué otras cosas habían cambiado? La cuestión
se presentaba complicada y —procediendo en este caso como los personajes
del guiñol— pensamos después de mucho pensar que lo mejor era que lo
volviéramos a pensar. En medio de ese embrollo, y según había predicho la
maestra, nos acordamos de aquella primera foto colectiva de nuestra vida. La
sacábamos de vez en cuando de entre los viejos cuadernos, y le rogábamos
que nos revelara el sentido de la existencia. Y el retrato hablaba, por ejemplo,
de dolor, y nos pedía que nos fijáramos en aquellas dos hermanas, Ana y
María, detenidas para siempre en la casilla número doce del Gran Tablero; o
que pensáramos, si no, en el destino de José Arregui, aquel compañero
nuestro que, de ser un niño sonriente en medio de la escalera de piedra, había
pasado a ser un hombre torturado, y luego muerto, en una comisaría. Pero no
siempre había tristeza en las respuestas de la foto. Generalmente, se limitaba
a subrayar el viejo dicho de que
vivir es mudar,
y nos hacía sonreír con las
paradojas que resultaban de esa mudanza. Manuel, nuestro mejor guerrero a
la hora de luchar contra las chicas de la escuela secundaria, había acabado
por casarse con una de ellas, y tenía fama de marido sumiso. Martín y Pedro
María, dos hermanos que jamás asistían a las clases de catecismo, se habían
hecho misioneros, y vivían los dos en África.
De todos modos, mi interés por ella desapareció pronto. En realidad, sus
respuestas resultaban un poco tontas, reiterativas, y nunca conseguían
sorprenderme. Tenía que seguir preguntando, sí, pero de alguna otra forma,
en otro sitio. Llevaría un año entero guardada en la mesilla de noche —y con
riesgo, además, de quedarse allí para siempre— cuando un compañero de
trabajo vino a casa y me la pidió prestada. Me dijo que había montado un
laboratorio de fotografía y que, aprovechando que andaba haciendo pruebas,
me la ampliaría a un tamaño cinco o seis veces mayor.
—Para que la puedas colgar de la pared —argumentó.
Fue entonces, una vez
que mi compañero hubo terminado su trabajo, cuando la vieja foto habló de
verdad y reveló su secreto. Porque, con la ampliación, descubrí en ella un
detalle que antes me había pasado inadvertido, y porque ese detalle me
obligó a seguir el rastro de unos hechos sorprendentes. Pero antes de relatar
lo ocurrido debo confesar que no es habitual que un escritor sea partícipe o
testigo de historias que merezcan ser contadas, siendo ésa, quizá, la razón de
que se esfuerce en inventarlas. No obstante, y por una vez, la ley no se
cumplirá. El autor extraerá la materia narrativa de su propia realidad. No se
comportará, pues, como escritor, sino únicamente —a pesar de la rima, no es
lo mismo— como transcriptor. Y, acabado el prólogo, vayamos con la historia.
Palabra a palabra, llegaremos hasta la última.
La ampliación hecha por mi compañero era, como ya he dicho, unas cinco
veces mayor que la foto original, y gracias a ello podían observarse en ella los
hierbajos que crecían en las grietas o junturas de las escaleras de piedra, o los
botones del abrigo de uno de los fotografiados, detalles, todos ellos, que antes
no pasaban de ser manchas. Buscando esa clase de detalles, me fijé
casualmente en el brazo derecho de un compañero —el demonio de la clase—
llamado Ismael. Lo tenía metido en la cartera que sostenía a la altura del
pecho, y luego lo sacaba por el otro extremo dejando al, descubierto los dedos
de su mano. Sin embargo, aquella mano no estaba vacía. Algo sobresalía de
ella. «¿Una navaja?», pensé recordando su costumbre de llevarla. Pero no
podía ser, no era un objeto punzante. Decidí entonces ayudarme con una
lupa, y pude así descubrir su naturaleza. No había duda, lo que Ismael tenía
en la mano era un lagarto. «Querría asustar al de delante», pensé
acordándome del miedo que los niños de Obaba teníamos a los lagartos.
—Nunca os quedéis dormidos sobre la hierba —nos decían nuestros padres—.
Si lo hacéis, vendrá un lagarto y se os meterá en la cabeza.
—¿Por dónde? —preguntábamos.
—Por el oído.
—¿Para qué? —volvíamos a preguntar.
—Pues para comeros el cerebro. No hay nada que a un lagarto le guste más
que nuestro cerebro.
—¿Y qué pasa después? —insistíamos.
—Os volveréis tontos, igual que Gregorio —afirmaban nuestros padres muy
serios. Gregorio era el nombre de uno de los personajes de Obaba—. Eso en el mejor
de los casos. Porque la verdad es que a Gregorio le comieron muy poco —
añadían. Después, y para no asustarnos demasiado, nos informaban de que
había dos formas de protegerse contra los lagartos. Una era no quedarse
dormido sobre la hierba. La otra —para los casos en que el animal lograra
meterse en la cabeza— era ir andando lo más rápidamente posible a siete
pueblos y pedir a los párrocos que hicieran sonar las campanas de sus
iglesias; porque entonces, no pudiendo soportar tanta campanada, los
lagartos salían de la cabeza y huían despavoridos.
Ésas eran las ideas que me rondaban mientras miraba la foto, y me parecía
que la escena que acababa de descubrir podía interpretarse como un intento
de travesura. Aquel demonio de Ismael habría acercado el lagarto a la oreja
del compañero que tenía delante —Albino María se llamaba— para que éste,
bien por asco, bien por miedo, se moviera de su sitio y estropeara la
compostura de todo el grupo. Por algún motivo, Albino María había
aguantado bien la agresión. No hubo necesidad de repetir la foto. Sin
embargo había algo que me impedía aceptar plenamente aquella
interpretación. Y ese algo era el recuerdo de lo sucedido a Albino María, que
en poco tiempo había pasado de ser uno de los alumnos más listos de la
escuela a ser el más torpe, y que luego había ido de mal en peor, alelándose
cada vez más y volviéndose incapaz de leer o escribir: un triste proceso que
sólo se detuvo algunos años más tarde, cuando Albino María ya se había
convertido en uno de los tontos del pueblo.
Mirando a la foto pensé en las
ironías de la vida, y me pareció que el lagarto que Albino María tenía junto a
su oreja auguraba, por algún oscuro designio, todo lo que más tarde iba a
ocurrirle. En un plano simbólico, el gesto de Ismael unía el pasado con el
futuro. Pero, en realidad, esa unión ¿era puramente simbólica?
Hay ocasiones
en que se nos plantean preguntas completamente insospechadas, yendo por
la calle, entre la gente, al atardecer... y a mí esa pregunta me venía, una y otra
vez, siempre que salía a pasear. ¿Y si aquella relación fuera más física de lo
que a primera vista parecía? ¿Y si el lagarto se hubiera introducido de manera
real en el oído de Albino María? Pero no, no era posible. Pero, en contra lo
que hubiera podido esperarse, la hipótesis fue tomando fuerza.
Un día
repasaba la foto y descubría que lo que Ismael tenía en la mano no era un
lagarto, sino una cría de lagarto, algo que sí podía caber en el orificio del
oído. Consultaba luego las enciclopedias y las guías de campo, y me enteraba
de que la variedad Lacerta viridis podía ser peligrosa para el hombre, aunque
—al menos en aquellos libros— no se especificaba la naturaleza del peligro.
¿Y el tímpano?, se me ocurrió de repente. Si el lagarto había logrado meterse
por la oreja del chico, éste debía tener el tímpano roto. No cabía otra
posibilidad. Mi poca paciencia hizo que quisiera comprobar cuanto antes lo
que de verdad o mentira pudiera haber en aquel razonamiento.
Cogí el
teléfono y llamé a mi tío el indiano, que vivía en Obaba.
—Ya sabes que yo ando poco por la calle. Tendrás que preguntárselo a otro —
me respondió sin mostrar ninguna curiosidad por el asunto. En realidad, sólo
le interesaban las lecturas literarias que, después de reunirnos en su casa,
hacíamos los primeros domingos de mes—. No te habrás olvidado de nuestra
cita, ¿verdad? El próximo domingo tenemos reunión —me dijo.
—No te preocupes. Allí estaré. Y con no menos de cuatro cuentos.
—Una buena noticia para el tío de Montevideo.
Así era como le gustaba llamarse, el tío de Montevideo. Había vivido mucho
tiempo en aquella ciudad de América, y aún mantenía allí algunos negocios:
un par de librerías y una panadería.
—¿Seguro que es una buena noticia? ¡Pero si lo que yo escribo no te gusta
nada! ¡Todos mis cuentos te parecen plagios!
—¿Y acaso es mentira? Los escritores de ahora no hacéis más que plagiar.
Pero como la esperanza es lo último que se pierde...
—Está bien. Ya me contarás el domingo.
—A ver si traes a algún escritor más, sobrino. Cuantos más vengan, mejor.
—Lo intentaré, tío. Pero no te garantizo nada, porque la gente te ha cogido
miedo. Se pregunta si hay algo en este mundo que te guste. Aparte de las
novelas del siglo diecinueve, claro.
Al otro lado del teléfono, mi tío soltó una
risita.
—¿A quién podría preguntar lo de Albino María? —añadí.
—¿Por qué no llamas al bar? Te bastará con decir que estás haciendo una
encuesta sobre incapacitados físicos. Hoy en día la palabra encuesta hace
maravillas.
Seguí el consejo de mi tío, y con el resultado que él había predicho. La
propietaria del bar se mostró sumamente interesada.
—Sí, me parece que está sordo. Espere un momento. Se lo voy a preguntar a
unos que están en el mostrador —me dijo.
Mientras esperaba al teléfono, pensé que las historias tienden a complicarse.
—Que sí, que del oído derecho no oye nada —escuché poco después.
Me pareció que había llegado el momento de consultar con un médico.
Porque, como claramente se veía en la fotografía, el lagarto —suponiendo que
hubiera entrado— sólo podía haberse metido por ese lado.
No necesito muchas palabras para resumir lo que sucedió después. El médico
al que consulté —un amigo mío, muy aficionado a la literatura— opinó que
lo que le decía no era posible. Pero, como hombre de laboratorio que era,
aceptó aquel suceso como hipótesis de trabajo.
—Iré a la biblioteca del hospital y consultaré la base de datos. Es probable
que tengamos algo acerca de enfermedades tropicales. Llámame dentro de
unos días.
Pero no tuve necesidad de llamarle. Fue él quien lo hizo, y a la
mañana siguiente.
—Pues sí, podría ser —dijo ahorrándose el saludo.
—¿Lo dices en serio?
Era un caluroso día de verano, pero el sudor que en aquel instante mojaba
mis manos nada tenía que ver con la temperatura.
—Massieu, Pereire, Spurzhein, Bishop...
Me di cuenta de que estaba leyendo en la pantalla del ordenador.
—¿Quiénes son? ¿Los autores que han escrito sobre el tema?
—Sobre temas tropicales, en general. Pero en el ordenador aparecen los
capítulos de los libros, y todos tienen alguno que otro acerca de las agresiones
de los lagartos. On lizards and mental pathology...
De nuevo estaba leyendo en la pantalla.
—Ya he hablado con mis colegas —continuó— y todos estamos de acuerdo.
Si lo que piensas fuera verdad, porque a lo mejor no lo es...
—Por supuesto. Eso mismo pienso yo. Que sólo es una posibilidad —le
apoyé.
—Eso es. Pero lo que te iba diciendo. Si fuera cierto, sería el primer caso
conocido en Europa. Parece muy interesante, ¿no?
—¿Quieres venir a Obaba el próximo domingo? —le interrumpí—. Habrá
sesión de lectura. Todavía te acuerdas de mi tío el de Montevideo, ¿no?
—¡Cómo no me voy a acordar! Destruyó mi cuento en cinco segundos. No le
importó que fuera el primero de mi vida —dijo riéndose.
—Mira, ahora mismo te digo lo que vamos a hacer. El sábado salimos de aquí
por la tarde y nos vamos a un pueblo de la costa. No, no te voy a decir a qué
pueblo en concreto. Solamente que iremos a visitar a alguien.
—A Ismael, sí.
—Ya veo que contigo no valen los secretos. Sí, ahora vive allí, tiene un pub al
lado de la playa. Y después de la visita, nos vamos hacia Obaba. Y también
podemos aprovechar para darnos un baño.
Permaneció un momento en silencio.
—¿Ya admitirá tu tío a un plagiario de mi calaña?
—Para él es plagio todo lo que se ha escrito a partir del siglo diecinueve. Si es
por eso, puedes estar tranquilo.
—Entonces, iré. Me gustaría mucho conocer a Albino María.
Se le notaba ansioso. Pero su ansiedad no era la de un médico, sino la de un
aficionado a la literatura.
—Pues muy bien. De acuerdo. Pasaré a recogerte el sábado a las siete. Si hay
algún problema, me llamas.
Pero no hubo ninguno. A las siete y pocos minutos del sábado siguiente,
nuestro coche entraba en la autopista. El viaje a Obaba había comenzado.
—Hay un territorio de pueblos y montañas, lo llamaban «la Guipúzcoa olvidada».
Cuando me convencí de que se trataba de un mundo y no solo de un territorio,
lo bauticé Obaba.
El
pueblo de la costa estaba a menos de una hora de nuestra ciudad, y
aprovechamos las horas de luz que nos quedaban para pasear por el malecón
del puerto y cenar al aire libre. Luego, cuando ya eran las once, tomamos el
camino de la playa y nos dirigimos al pub de mi antiguo compañero de
escuela. —¿Has visto qué nombre tiene el local? —me dijo mi amigo señalando un
rótulo luminoso.
—El Lagarto —leí.
—Por lo que se ve, las aficiones de Ismael no han cambiado.
—Eso parece.
El pub estaba abarrotado de adolescentes, y nos costó encontrar un lugar
acorde con nuestros deseos de curiosear. Al final, y gracias a la amabilidad de
unos motoristas, ocupamos el trozo de mostrador que ellos habían utilizado
para colocar sus cascos y sus guantes. Luego nos sentamos en los taburetes
con la mirada puesta en Ismael. Seguía tan delgado como siempre, pero ya no
parecía el chico salvaje de Obaba. Estaba muy cambiado. Ahora llevaba una
camiseta de color naranja con palabras en inglés, y lucía unas franjas
amarillas en el pelo moreno. Cuando nos vio, recorrió todo el mostrador para
venir a saludarnos.
—¡Qué sorpresa! ¿Cómo por aquí?
No sólo su apariencia había cambiado. Sus modales eran suaves, su sonrisa
franca. ¿Qué me diría la fotografía la próxima vez que la consultara?
Probablemente, nada. Ya me había dicho muchas veces que
vivir y mudar
eran dos palabras sinónimas.
—Pues, ya ves. También nosotros salimos de vez en cuando —le
respondimos.
Pero no pudimos continuar con la conversación, porque Ismael
tuvo que ir a atender a un grupo de jóvenes que le reclamaban a voces. Antes
de dejarnos nos ofreció tabaco rubio, y —señalando una marina de las del
montón que tenía colgadas por allí— hizo un comentario acerca de la
contaminación del mar.
—Nunca pensé que Ismael fuera a convertirse en un ecologista —dije.
—Seguro que hace surf —me susurró mi amigo.
Media hora más tarde, como aquello seguía llenándose de gente, empezamos
con los prolegómenos del asunto que nos había llevado hasta allí. Le dijimos
que teníamos curiosidad por los detalles de un hecho ocurrido en la época en
que ambos íbamos a la escuela primaria, y que, por favor, no se preocupase;
que nuestro interés era, por decirlo de alguna manera, de carácter puramente
científico.
Una mezcla de temor y desconfianza asomó en los ojos de Ismael.
Era la misma mirada de cuando tenía nueve años y llevaba una navaja en el
bolsillo. Al menos en aquello no había cambiado.
—Vosotros diréis —dijo.
—A ti te gustan mucho los lagartos, ¿no? —empecé. Pero no en tono de
acusación, sino alegremente, a modo de juego.
—¿Por qué lo dices? ¿Por el nombre que le he puesto al local?
Su tono era desagradable, casi de amenaza. Pero yo sabía que era cobarde, lo
sabía desde la época de la escuela primaria. Era un demonio, sí, pero no valía
para las peleas cara a cara.
—No, no me refiero a eso. Me refiero al lagarto de la fotografía,
concretamente al que sostenías junto a la oreja de Albino María. Lo que
quiero saber es si aquel lagarto se metió o no en su cabeza.
—¿Pero qué estás diciendo? ¡Eres un idiota! —me gritó. Luego se alejó de
nosotros y se puso a limpiar vasos.
—Le has herido —opinó mi amigo.
Pero Ismael estaba de nuevo con nosotros.
—Esperaba más de vosotros. Parece mentira que intelectuales como vosotros
todavía se crean esas bobadas. Francamente, me habéis decepcionado.
Ismael seguía hablando a gritos. Sus gestos eran de desprecio.
Los motoristas que estaban a nuestro lado dirigieron su mirada hacia
nosotros. Aquello empezaba a parecerse a una pelea.
—Te has puesto muy nervioso, Ismael —respondí imitando el acento de
Obaba. Me sentía eufórico. Las dos ginebras que llevaba en el cuerpo
empezaban a hacerme efecto.
—¡Estoy en mi casa y puedo ponerme como quiera! ¡Y no consiento que nadie
me venga con acusaciones estúpidas!
Decidí entonces adoptar las formas de comportamiento de Obaba, y cogí su
mano entre las mías. Aquel gesto quería decir que yo estaba de su lado y que
le quería como a un hermano. ¿No éramos acaso del mismo lugar? ¿No
estábamos los dos en la misma fotografía? Pues eso debía bastarle, tenía que
confiar en mí.
—¡Sabes perfectamente que no tengo nada contra ti! —le dije.
—Sólo nos interesa saber una cosilla de nada, hombre. Le estoy tratando la
sordera a Albino María, y quería saber lo que sucedió aquel día. Nada más.
Me quedé asombrado por la habilidad de mi amigo. Era, sin duda, la mejor
manera de plantearle el asunto.
La reacción no se hizo esperar. Los ojos de Ismael se serenaron.
—¿Y por qué quieres saberlo? —preguntó.
—Porque, según su madre, ése fue el día en que Albino María empezó a
quedarse sordo.
Yo estaba extrañado de lo bien que mentía mi amigo.
—Pues os diré la verdad. Pero no creo que os sirva de mucho —dijo Ismael
mientras se secaba las manos con el trapo—. No sé lo que pasó con aquel
lagarto. Es verdad que lo tenía en la mano... supongo que para hacer alguna
trastada, claro, para que la fotografía saliera de risa, con todos los de delante
movidos y a todo gritar... me imagino que quería hacer algo por el estilo.
—Quería hacer alguna trastada, ¡para que la fotografía saliera de risa!
Pero
lo que sucedió después, no lo sé. Recuerdo que se me escurrió entre los
dedos, eso sí. Pero no creo que se metiera en la cabeza de Albino María. Para
ser sincero, eso me parece imposible.
—Por supuesto. También a nosotros nos lo parece. Pero pasábamos por aquí y
se nos ha ocurrido entrar a preguntártelo, sin más.
El tono de mi amigo era ahora conciliador.
—¡Lo cierto es que yo de pequeño era muy malo! ¡Era malo de verdad! —dijo
sonriendo Ismael.
—Todos por un estilo. Aquí donde me ves, yo quemé la casa de mi abuelo.
Aunque no lo hice a propósito, claro, —confesó mi amigo.
—¡Vaya, vaya!
Era evidente que ese tipo de comentarios era muy del agrado de Ismael.
Aliviaba su mala conciencia, quizá. Después de una corta despedida, salimos
del pub y nos dirigimos al aparcamiento del puerto. De nuevo en el coche, mi
amigo y yo —un tanto decepcionados— nos acordamos de aquello que dijo
Balzac: que la vida no elabora historias redondas; que sólo en los libros
podemos encontrar finales fuertes y decisivos.
—Nunca sabremos lo que pasó con el lagarto —le dije.
—Eso está todavía por ver. Antes de dar carpetazo al asunto, tenemos que
hablar con Albino María —me respondió mi amigo.
—Yo creo que mañana podremos verle. No suele salir de Obaba.
—Ojalá sea así.
—Y hablando de Balzac y de finales fuertes, ¿cuál es el mejor cuento que
conoces? Quiero decir que cuál te parece el de final más conseguido —se me
ocurrió de pronto. Apenas circulaban coches a aquellas horas, y la soledad de
la autopista creaba un clima propicio para las confidencias.
—Así, de repente, no sabría decirte —me contestó mi amigo.
—Pues, si quieres, puedo decirte cuál hubiera sido la respuesta de Boris
Karloff. ¿A que no aciertas cuál era el mejor cuento del mundo para Boris
Karloff? —le dije.
—No, pero seguro que era alguno de terror.
—Pues era el del criado de Bagdad.
—¿Y qué cuento es ése?
—Si te apetece, te lo puedo contar. Con una taza de café delante, claro.
—De acuerdo. Eso nos servirá de entrenamiento para la sesión de mañana.
Con tu tío de juez, nada está de más.
Paramos en un Restó. Luego, cuando ya estábamos sentados en un rincón,
rememoré para mi amigo el antiguo relato sufí. Y lo hice, por cierto, con las
mismas palabras que voy a emplear ahora para transcribirlo. La historia del
lagarto y su última palabra pueden esperar.
*
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«Jóvenes verdes» es uno de los 26 cuentos del libro más famoso del escritor y académico vasco Bernardo Atxaga: Obabakoak [1988], premio Nacional de Narrativa Española [1989].
Hace unos pocos días le han otorgado el Premio Nacional de las Letras Españolas. Ha sido reconocido con este importante galardón por «su contribución a la modernización y a la proyección internacional de las lenguas vasca y castellana a través de una narrativa impregnada de poesía en la que ha combinado de una manera brillante realidad y ficción».
Además de los muchos premios que ha recibido y respaldan su trayectoria que no termina, y de tener en cuenta esto, se darán cuenta con la primera lectura que el escritor guipuzcoano merece leerse y ser valorado por nosotros, los lectores que disfrutamos de su escritura tan particular.
Originariamente fue escrito en euskera y posteriormente traducido al castellano por él mismo, y a otros numerosos idiomas. «Es como volver a escribir», dijo en un reportaje, hablando de sus traducciones y de su rara condición de escritor bilingüe. Es el autor más leído y traducido en este idioma tan antiguo: «Escribo desde lo mejor que tengo», dice cuando tocan este tema de escribir en su lengua natal.
Bernardo Atxaga
Bernardo Atxaga es el seudónimo literario que usa. Su nombre real es José Irazu Garmendia. Su producción literaria es amplia y variada. Además de escribir relatos, es autor de novelas, poesía, ensayos y literatura infantil.
Se licenció en Ciencias Económicas [en Bilbao] y en Filosofía [en Barcelona]. Se negó a estudiar Literatura [como Piglia], y lo explica así: «No me gustaba la edición literaria que tienen las facultades de literatura, me sentía muy lejano. Si bien hay libros de profesores muy buenos que leí, también hay otros muchos que me parecen disparatados.Y así como la poesía poética es mala poesía, es kitsch, es efectista, el aprendizaje de la literatura a través de los canales académicos y de los cánones está muy bien para un historiador pero no para un escritor. Porque lo que hace un escritor es recibir los impactos del mundo en general... tiene que ver un poco con el azar. Tampoco es que vas a ciegas». Y concluye con esta cita: «No es que vas hacia la luz, es la oscuridad la que te empuja».
Sí se nutrió en las bibliotecas con los grandes nombres: los enciclopedistas franceses del S. XVIII, los grandes novelistas del S. XIX, como Dickens, Tolstoi, Dostoyevski, Balzac, Flaubert, etc. y los célebres autores del S. XX como Proust, Kafka, Eliot, Faulkner, Stevenson, Melville, Conrad, Chéjov, Papini, M. Schwob, B. Brecht, Hemingway, G. Pérec, y otros muchos más que saciaron su pasión por la lectura —y todavía lo hacen algunos.
«Así fue templando su pluma para mostrar las luces y sombras del corazón humano», dice uno de sus biógrafos. Así fue forjando sus dos grandes pasiones: la lectura y la escritura, e hizo de su arte una profesión.
Leyendo «Jóvenes y verdes», de Bernardo Atxaga
Noviembre, 2019
Las tres partes de Obabakoak [Los de Obaba] son: «Infancias», «Nueve palabras en honor del pueblo de Villamediana» y «En busca de la última palabra». Este relato que acabamos de leer es el primero de esta última parte, red de historias que conforman un todo. Algunos la califican como «antinovela». A mí me gusta decir que son relatos aparentemente independientes que se interrelacionan y nos brindan un corpus; que nos enseña, al descubrir situaciones conocidas, que estaban ahí con su estructura singular, cómo debemos leer algunos libros de cuentos, sin ansiedad, nunca en forma aislada. Tampoco esperar el planteamiento, nudo y desenlace de la forma tradicional.
La historia, como todas, transcurre en esta región mítica de Obaba, aldeas montañosas con paisajes que detectamos muy afectivos. Obaba, ba ba... los primeros sonidos de un bebé, de allí proviene y nos fascina esta elección. País Vasco u otro territorio que se asemeje.
El relato gira sobre un recuerdo escolar, o mejor dicho parte desde allí.
Que un hecho inverosímil como la introducción de un lagarto —ligado a la mitología vasca— en el oído de un compañero de escuela nos parezca tan verdad como que lo vemos, tiene que ver, creo, con el hecho de disfrutar y entregarnos plenamente a la creatividad y a la calidad literaria del autor.
Una foto colectiva en la escuela primaria, con todo el alboroto, risas y extrañeza que eso significaba por entonces, es parte de una pasado que vuelve y el elemento físico que comprueba que sí ha sucedido. Claro que si nos trasladamos al instante en que la fotografía fue tomada, nos damos cuenta de la primera evidencia: en esa época, épocas de la niñez, el pasado no contaba, no se pensaba en él, no se sabía que existía.
Pero, mirar una fotografía que marca un momento importante de nuestra vida, es ver muchas otras cosas de las que vemos. Y más aparecen [o se diluyen] según pasan los años, cuando nos ponemos a «repasar afanosamente nuestra existencia», como hace y dice el protagonista.
«Vivir es mudar», repite, y él va mudando. Sonriendo, a veces benévolamente, por todo lo que ocurre en esas mudanzas. Viejas creencias, mitos pueblerinos, supersticiones en las que no podemos creer, no tienen una explicación científica, sin embargo...
Las fotografías hablan, revelan su secreto, bien lo sabrán los que se deleitan en estas contemplaciones. Y así nos lo cuenta el escritor-protagonista. Nos recuerda que siempre hubo un «demonio de la clase», en este caso llamado Ismael; un tonto del pueblo, Gregorio; alguien muy inteligente, Albino María, que puede dejar de serlo; y que los lagartos son peligrosos.
Hay otro personaje que me gusta, el tío Montevideo, al que solo le interesan las lecturas literarias y las reuniones que hace en su casa los primeros domingos de cada mes y a la que acuden escritores —o quienes desean serlo— para leer sus trabajos. Allí va su sobrino a la cita, con sus cuentos siempre criticados por el tío, quien le dice, invariablemente, que son plagio. Él solo valora las novelas del siglo XIX.
Nuestro protagonista y un amigo médico parten en un viaje de fin de semana, para averiguar y ver a los ex compañeros involucrados, y de paso asistir a a la reunión literaria del tío Montevideo.
A estos hechos sencillos, simples, que son puente para llegar a la literatura, o a la metaliteratura, a la ficción y a «la defensa del plagio», se suma un final in suspense: la historia del lagarto puede esperar. «Después de todo, ya lo dijo Balzac, la vida no elabora historias redondas».
Con una prosa elegante y ágil, profunda, tierna, mezclando tradiciones universales con otras puramente locales, reflexiones sobre la memoria y la literatura, Bernardo Atxaga nos deleita con su lenguaje y estilo. El humor y la melancolía están presentes, también la fantasía que encierra el recuerdo y la soledad de la experiencia.
El territorio que no siempre es físico se nos presenta como para llevarlo a nuestro propio terreno de evocaciones mágicas que todos tenemos.
Sigamos leyendo y descubriendo a este gran escritor, hasta el próximo encuentro.