miércoles, 10 de octubre de 2018

«Faunas», Patricia Ratto

Faunas

Libro de cuentos de Patricia Ratto


Por alguna razón, hoy los tilos de la plaza se ven excesivamente frondosos...

Adriana Hidalgo Editora, 2017

          En ese estado de agradable placer que muchos lectores conocemos, donde se mezclan sonrisas, turbaciones, y algo más que necesita tiempo para definirse, quedé al terminar de leer Faunas. Es el último libro publicado de Patricia Ratto [1962], profesora, coordinadora de talleres literarios y escritora de Tandil, provincia de Buenos Aires, Argentina. Y su primer libro de cuentos.
          De ella ya había leído sus novelas Pequeños hombres blancos [2006], Nudos [2008] y Trasfondo [2012], sabía, por lo tanto, de la calidad de su escritura. Me preparé para disfrutarlo.
          Como suele suceder cuando una historia nos gusta mucho, y sentimos que la mayoría de sus protagonistas quedan como suspendidos en un estado de impasse, ellos nos siguen rondando y comienzan a formar parte de nuestras imaginarias situaciones.
          Me sucede con la protagonista de «La mancha», que mira a través de su ventana y espera. Espera a que llegue la primavera, y con ella la floración y el destino irremediable de «la planta» y de Elmer, su perro. Me pasa con el chico en bicicleta de «Neko Café», el que conoce cada exótica especie de gato. Los admira y disfruta, también a través de una ventana, pero esta es la de una confitería y él está del lado de afuera, y espera. Espera que la tragedia se concrete y él pueda al fin, contemplar al habana brown sin vidrio de por medio. Y también con el estudiante universitario crónico de «Rara Avis», en su diluir recuerdos apelmazados, sentado en una iglesia evangélica sin saber adónde ir. Espera.
          Y los otros. Todos ellos y sus mundos que transmutan. Una mancha ya no será una inocente suciedad y miraré más atentamente al perro que me mueve la cola, ¿se dará cuenta antes que yo de que algo está sucediendo? Así es Elmer, desborda energía, es intenso y percibe lo que su dueña no es capaz —quizá no ha sabido desarrollar esa capacidad.
          Elegí este rincón del jardín trasero de la casa para releer «La mancha», el relato que abre el libro y del que estoy hablando.


Foto personal [octubre/1918]

          En este cuento se habla de la frondosidad de los árboles, de copas que se entrelazan hasta formar un único techo, del crecimiento acelerado, yemas que estallan y nuevos brotes..., sin embargo, a diferencia de lo que puedan estar pensando, no es una naturaleza inocente, es una que persiste, transmuta, invade, se impone con ímpetus desconocidos —hostiles como la mancha. 
          «No tenía idea de qué era aquello», nos dice la protagonista. Al finalizar el libro nos damos cuenta de que el no tener idea puede estar bien. Los absurdos, como las malas intenciones, tampoco tienen explicación. Pasa que a veces nos apuramos en darle una, esa manía de adelantarnos, dice otro personaje. Asociamos posibilidades y nos perdemos. Por ahí van las historias. Cada relato tiene su propio registro y narradores diferentes, cada uno es una aventura de estilo y lenguaje.
          Le vamos dando nuestras interpretaciones, sí, porque Patricia Ratto nos regala sutilezas. Tan bien dosificadas que nuestro nervio de lector queda metido en la trama, así las cosas, como dice la dueña de Elmer. 
          En «Neko café», un lugar con normas que nos resultan extrañas, nos asomamos con el chico en bicicleta a través de la vidriera de grueso vidrio, y vemos lo bien que conviven la gran variedad de gatos exóticos con los clientes, también singulares. Las camareras van y vienen, y todos disfrutan en amable compañía, o no tan amable. Estamos en Tokio.
          El protagonista de «Rara Avis», estudiante crónico universitario, está sentado en una iglesia evangélica que encontró abierta de casualidad en plena noche. Se apiada de lo que parece ser un ave herida y decide rescatarla, cuidarla, darle asilo en el pequeño patio de su pequeño departamento. Tener que confinarlo a esa escasez territorial será su dilema cuando «el bicho» no tan bicho empiece a crecer. 
          «Muchacho chino» es el nombre del cuarto cuento y también el apodo con el que la protagonista llamará a su amigo del parque. Ambos pasean a sus mascotas y así se conocen. Ella a Lavanda, con sus hebillitas y rulitos de peluquería, él a su repollo, que no ladra ni pelea con otras verduras. Los prejuicios que retardan una posibilidad y, sin embargo, una espera, con la vista perdida en los árboles del fondo imaginando al muchacho chino.
          Cajón de Ginebra Chico es donde transcurre «Turistas», y no es un nombre inventado, existe. Todo sucede en un día que podría ser uno u otro, qué más da, diría Saer. Lo que sí importa es que Acisclo espera en su gomería perdida en la Patagonia argentina, acompañado por una vieja película y su perro Ruly. Pero a él le gusta llamarlo Perro. Así lo llama cuando están solos, como ahora. Solos... hasta que la proximidad de un motor les advierte de una visita. Como suele suceder, es Perro quien primero lo advierte. Y será también el primero que descubrirá eso que deja estupefacto a Acisclo.
          Un hombre joven desordenado sería el común, podría escribirse una historia con muchas bromas. Pero uno meticuloso y detallista al extremo, concentrado al punto de molestarse si alguien o algo interrumpe sus gustos y rutinas, su entorno prefijado que lo tranquiliza, llamará nuestra atención. Pasear a Helmut, la limpieza, el orden, la armonía y el buen aroma, todo es primordial para él. Para nosotros será algo irrespirable. El cuento: «Tareas de limpieza».
          El séptimo se llama «Como si se acabara el mundo». La figura central es un jardinero seductor llamado Ennio. Pero la verdadera protagonista es la voz ingenua que nos cuenta la historia. Ella es la mucama que trabaja en casa de la señora Andrea, actriz de telenovelas. Solo una escritora con una mirada que ve más allá y construye con secretos y enigmas literarios, nos puede dar un Ennio que se acerca más a una deidad rústica que a un simple trabajador: su amor por las plantas y la gran aptitud amatoria, irresistible, lo inusual de sus pies y un idioma extranjero serán las claves.
          Otro jardín, «El jardín de los González», el único verde y bien regado del pueblo, ¡con una vaca! La mujer que nos cuenta la historia la ve desde el alféizar de su ventana, apenas levantada, sin apuro, cebando un mate tras otro. 

La vaca alza la cabeza y la mira con esos ojos enormes y aguados,
mastica con una paciencia infinita.
Mastica haciendo un movimiento rítmico.


Y con este ritmo güe, güe, güe vamos siguiendo la historia, sincronizando. Vamos deduciendo, sin premura, una historia triste detrás de las persianas cerradas de los González. A ella, la que nos cuenta la historia, se la contaron. Uno escucha estas historias o alguna noticia en la radio. Escucha de un premio de jardinería o de una hija que ya no está, o de un camión lleno de ganado que ha volcado. Parte de él anda suelto por ahí. Uno escucha estas historias con una parsimonia que se parece mucho a la despreocupación de la vaca.
          «Gárgolas» es uno de los cuentos más divertidos, a pesar de la tragedia. Una escenificación que imagino felliniana. La dueña de Puki, una chihuahua, es todo un personaje. En Amapola le tiñen las canas, no a ella, a Puki. Amapola es una peluquería de barrio para personas, pero «vieron el negocio» y decidieron aceptar a las mascotas que acompañaban a sus dueños y brindarles un servicio. Todo sucede en un ambiente desopilante de convivencia con «los productos». Allí nos sumergimos sin un ápice de bochorno frente a tanto grotesco. ¡Final provocador!
          Veo que al finalizar el cuento «Escala real» escribí la palabra «espectacular» entre signos de admiración. Dudé en contarlo, se supone que un comentario no debe ser tan entusiasta ni crear tanta expectativa, pero así me pareció. La tejedora de este relato nos atrapará en una trama de lanas, puntos y lazos. Desde los primeros diseños, enseñados por su abuela, hasta los más perfectos y desarrollados por su propio arte. Y en la búsqueda de esa perfección, la más lograda en toda la pureza de la palabra, está su dedicación a tiempo completo, su intervenir y su dejarse intervenir.
          Seung Suk vive en un departamento diminuto. Llega de su trabajo y Chicky-Pie lo saluda desde una pantalla. Ella le anuncia el menú: cabeza de cerdo asada. Y el juego comienza en «Apetito», el cuento número once. Comer es una de las reglas del juego. Él también come, del otro lado de la pantalla. Los fideos hidratados de Seun Suk se nos funden con la cabeza asada de cerdo de Chicky Pie. Dos latas de gaseosas de uno y las papas chorreantes del otro. Uno mastica con lentitud, la otra desaforadamente. Coinciden con la salsa barbacoa. Hay que votar con globos-estrella. Eso y la música de fondo aumenta el suspenso. Todo es atrapante, falso, artificial, fingido, por eso le gusta a Seung Suk que se imagina un dios con cara de animal.
          Al protagonista de «Peceras», el aroma de un exquisito café le sugiere algo promisorio, a mí también me encanta. La búsqueda de información sobre el pez ángel lo distrae de su trabajo en una oficina gris —aunque esté pintada de color crema. Tanto trabajo y sin embargo, tan difícil concentrarse. El pez ángel ocupa su pensamiento y la pecera de su casa, donde una planta se está secando. Una vez allí, en su casa, un recuerdo lo vuelve a distraer fatalmente. Ese algo promisorio se concreta, ya no hay pez, ni verbenas.
          «El invitado» es el último cuento, ¡qué lástima! Y como no podía ser menos, toda una sorpresa. El que nos cuenta la historia lo hace desde el balcón de su departamento. Él, o ella, mira lo que sucede adentro. Detalla el esmero que pone la anfitriona en los preparativos de la cena, el invitado está por llegar y él [digámosle «él»] entiende que debe permanecer allí, calladito, dejarlos solos. La escena de la cita no se hace esperar, el cliqueo de los celulares tampoco.
       

«Faunas» y Patricia Ratto

*

          Espero que disfruten de este libro como yo lo he hecho, se habrán dado cuenta. Los cuentos me llevaron por lugares conocidos o totalmente desconocidos, todos fueron un descubrimiento. Todos cruzan esa línea. Con un ritmo que equilibra emoción y humor, tragedia y promesa, uno se pliega a las historias. Y nos encontramos sorprendidos ante nuestra participación ingenua. Es que cierto candor rodea a muchos de los personajes, y eso nos relaja ante otros aberrantes. Los sueños deambulan con la realidades. Agudizamos una mirada muchas veces indiferente y descubrimos lo que convive con nosotros y en nosotros de forma inadvertida.
Recomiendo este libro, aclarando siempre que es la recomendación de una lectora, ¡todo un disfrute!
Hasta la próxima buena lectura,
C. G. 


Notas

- Patricia Ratto:
http://www.patriciaratto.com/
https://www.facebook.com/patricia.ratto.9

- Patricia Ratto hablando de Faunas:

https://www.youtube.com/watch?v=bt4dR4SQsFQ



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