¿Qué te hace un buen lector?
Un buen lector siempre:
se compromete con la lectura en el momento y reflexiona después sobre lo que ha leído.
Analiza y evalúa:
se forma una opinión propia, utiliza sus lecturas previas y aprende.
Antes o después se abstrae, se deja llevar por las emociones que le produce.
Luego, las discute y expresa oralmente.
Encuentra la magia y la comparte.
Hay un escritor por todos los lectores conocido, fundamentalmente por su novela escrita en idioma inglés a pesar de haber nacido en San Petersburgo, llevada al cine por
Stanley Kubrick [1962] y
Adrian Lyne [1997].
La famosa novela es
Lolita [1955] y el escritor ruso,
Vladimir Nabocov [
1899-1977].
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| Vladimir Nabókov, entomólogo famoso, coleccionista de mariposas |
Además de ser leyenda por la «inmoral», escandalosamente célebre historia, lo fue por sus clases en el Wellesley College y en la Universidad de Cornell en EE. UU. Su exilio de Rusia tras la Revolución, lo había llevado a vivir en Inglaterra, Alemania, Francia y finalmente, por la guerra de 1940 [huyendo de los nazis con su esposa
Vera], en el país del norte, donde pasaría 20 años.
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| Vladimir Nabokov y su esposa Vera Slónim [editora y traductora] |
Nadie quería perderse esas clases algo extravagantes, aunque exigía de una manera descomunal a quienes asistían. Cuentan que en uno de los primeros encuentros con sus alumnos, pidió que leyeran
Ana Karenina [
León Tolstói] y les dió dos semanas [800 páginas], así «tendrían tiempo de volver a leerla dos veces más antes de terminar el curso».
El resultado de estas famosas clases son tres libros:
Curso de literatura europea,
Curso de literatura rusa [Universidades Wellesley y Cornell] y
Curso sobre El Quijote [Universidad Harvard, 1951-52], ahora reeditados juntos.
De él podemos tomar algunos conceptos, sabiendo de antemano que es alguien que le da un valor alto a «la gran literatura» y a los «elegidos» que saben apreciarla.
De familia rica y aristocrática, estudió literatura rusa y francesa en Cambridge y Berlín. Dio clases de idiomas [inglés, francés y ruso] y de literatura rusa. Su esposa fue su mano derecha, asistente, crítica y gran lectora.
Aunque estos datos no vendrían al caso si estuviéramos leyendo alguna de sus ficciones [
Lolita,
Pnin, Pálido fuego,
Ada o el ardor]. Según su teoría: «
El buen lector sabe que no tiene sentido buscar la vida real, la gente real y demás, cuando se trata de novelas».
Por supuesto no está de más conocer su
aversión a notables autores como
Dostoievski,
Faulkner,
André Gide,
Gorki y
Mann, [tampoco le gustaba
Freud] y su negación a las teorías literarias. Sobre todo en este caso que vamos a considerar sus consejos para el lector.
Nabókov enseña a leer las grandes novelas
y admira sobre todo a
Pushkin, Shakespeare y Joyce. También a Dickens, Flaubert, Proust, Kafka; con Jane Austen tuvo que hacer un esfuerzo para que le gustara. Ellos y él mismo están entre sus preferidos.
Sobre Ulises, su obra predilecta, dice: «es una divina
obra de arte y vivirá a pesar de los insignificantes académicos que la
convierten en una colección de símbolos o de mitos griegos».
Es un apasionado, despliega su gran inteligencia y erudición en sus conceptos, a veces cuestionables.
Enseñar a leer no debe ser facil, tampoco aprender, es un arte.
Acercarnos a los libros con amor a las imágenes que nos transmiten es sólo una de las claves, no la última lección.
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| La lectora de novela, Vincent Van Gogh [Arles, 1888] Óleo sobre tela. |
Vladimir Nabokov enseñó a:
- acariciar los detalles.
- apasionarse con la lectura de Jane Austen, Dickens, Stevenson, Proust, Flaubert, Joyce, Kafka,...
- releer a fondo las grandes novelas de la literatura.
 |
| Título origina: Lectures On Literature. Edit.: RBA Libros, 560 págs. |
Pasajes elegidos de su Introducción:
No es la cantidad...
«Cómo ser un buen lector», o «Amabilidad para con los autores»; algo así
podría servir de subtítulo a estos comentarios sobre diversos autores,
ya que mi propósito es hablar afectuosamente, con cariñoso y moroso
detalle, de varias
obras maestras europeas. Hace cien años,
Flaubert, en
una carta a su amante, hacía el siguiente comentario:
«Qué sabios
seríamos si sólo conociéramos bien cinco o seis libros».
Detenernos en los detalles para crear el nuevo mundo propuesto donde nos sumergiremos. Sólo después levantar la vista...
Al leer, debemos fijarnos en los detalles, acariciarlos. Nada tienen de
malo las lunáticas sandeces de la generalización cuando se hacen después
de reunir con amor las soleadas insignificancias del libro.
Si uno
empieza con una generalización prefabricada, lo que hace es empezar
desde el otro extremo, alejándose del libro antes de haber empezado a
comprenderlo.
Nada más molesto e injusto para con el autor que empezar a
leer, supongamos,
Madame Bovary, con la idea preconcebida de que es una
denuncia de la burguesía. Debemos tener siempre presente que la obra de
arte es, invariablemente,
la creación de un mundo nuevo, de manera que
la primera tarea consiste en
estudiar ese mundo nuevo con la mayor
atención, abordándolo como algo absolutamente desconocido, sin conexión
evidente con los mundos que ya conocemos. Una vez estudiado con atención
este mundo nuevo, entonces y sólo entonces estaremos en condiciones de
examinar sus relaciones con otros mundos, con otras ramas del saber.
La novela histórica goza de mala fama... [sin embargo, pensemos en
Sir Walter Scott, lo digo yo, no V. N., pero no es lo que se ve en el curso]
Otra cuestión: ¿Podemos obtener información de una novela sobre lugares y
épocas? ¿Puede ser alguien tan ingenuo como para creer que esos
abultados best-sellers difundidos por los clubs del libro bajo el
enunciado de «novelas históricas» pueden contribuir al enriquecimiento
de nuestros conocimientos sobre el pasado?
Pero ¿y las obras maestras?
¿Podemos fiarnos del retrato que hace
Jane Austen de la Inglaterra
terrateniente, con sus baronets y sus jardines paisajistas, cuando todo
lo que ella conocía era el salón de un pastor protestante? Y
Casa
Desolada [agrego: de
Chales Dickens], esa fantástica aventura amorosa en un Londres fantástico,
¿podemos considerarla un estudio del Londres de hace cien años? Desde
luego que no. Y lo mismo ocurre con las demás novelas de esta serie.
La
verdad es que las grandes novelas son grandes cuentos de hadas… y las
que vamos a estudiar aquí lo son en grado sumo.
El encuentro del lector con el arte del escritor...
El tiempo y el espacio, el color de las estaciones, el movimiento de los
músculos y de la mente,
todas estas cosas no son, para los escritores
de genio [por lo que podemos suponer, y confío en que suponemos bien],
nociones tradicionales que pueden sacarse de la biblioteca circulante de
las verdades públicas, sino una serie de
sorpresas extraordinarias que
los artistas maestros han aprendido a expresar a su manera personal.
La
ornamentación del lugar común incumbe a los
autores de segunda fila;
éstos no se molestan en reinventar el mundo; sólo tratan de sacarle el
jugo lo mejor que pueden a un determinado orden de cosas, a los modelos
tradicionales de la novelística.
Las diversas combinaciones que un autor
de segunda fila es capaz de producir dentro de estos límites fijos
pueden ser bastante divertidas, pese a su carácter efímero, porque
a los
lectores de segunda les gusta reconocer sus propias ideas vestidas con
un disfraz agradable.
Pero el verdadero escritor, el hombre que hace
girar planetas, que modela a un hombre dormido y manipula ansioso la
costilla del durmiente, esa clase de autor no tiene a su disposición
ningún valor predeterminado: debe crearlos él.
el arte de escribir... el arte de ver el mundo
El arte de escribir es
una actividad fútil si no supone ante todo
el arte de ver el mundo como
el sustrato potencial de la ficción. Puede que la materia de este mundo
sea bastante real [dentro de las limitaciones de la realidad], pero no
existe en absoluto como un todo fijo y aceptado: es el caos; y a este
caos le dice el autor:
—¡Anda !
dejando que el mundo vibre y se funda.
Entonces, los átomos de este mundo, y no sus partes visibles y
superficiales, entran en nuevas combinaciones.
El escritor es el primero
en trazar su mapa y poner nombre a los objetos naturales que contiene.
Estas bayas son comestibles. Ese bicho moteado que se ha cruzado veloz
en mi camino se puede domesticar. Aquel lago entre los árboles se
llamará Lago de Opalo o, más artísticamente, Lago Aguasucia. Esa bruma
es una montaña… y aquella montaña tiene que ser conquistada.
El artista
maestro asciende por una ladera sin caminos trazados; y una vez arriba,
en la cumbre batida por el viento, ¿con quién diréis que se encuentra?
Con el lector jadeante y feliz.
Y allí, con un gesto espontáneo, se
abrazan y, si el libro es eterno, se unen eternamente.
* * *
Póngamosnos a prueba.
Simple encuesta para saber si somos
«un buen lector»:
Selecciona cuatro respuestas a la pregunta «¿qué cualidades debe tener uno para ser un buen lector?»:
1. Debe pertenecer a un club de lectores.
2. Debe identificarse con el héroe o la heroína.
3. Debe concentrarse en el aspecto socioeconómico.
4. Debe preferir un relato con acción y diálogo a uno sin ellos.
5. Debe haber visto la novela en película.
6. Debe ser un autor embrionario.
7. Debe tener imaginación.
8. Debe tener memoria.
9. Debe tener un diccionario.
10. Debe tener cierto sentido artístico.
La mayoría se inclina por la
identificación
emocional,
la acción y el
aspecto socioeconómico o histórico.
Naturalmente, como habrán adivinado,
el buen lector
es aquel que tiene
imaginación, memoria, un diccionario y cierto sentido artístico.
El valor de la relectura...
A propósito, utilizo la palabra lector en un sentido muy amplio. Aunque
parezca extraño,
los libros no se deben leer: se deben releer.
Un buen
lector, un lector de primera, un lector activo y creador, es un
«relector».
¿Por qué? Cuando leemos un libro por primera vez,
la operación de mover laboriosamente los ojos de izquierda a derecha,
línea tras línea, página tras página, actividad que supone un complicado
trabajo físico con el libro, el proceso mismo de averiguar en el
espacio y en el tiempo de qué trata, todo esto se interpone entre
nosotros y la apreciación artística.
Cuando miramos un cuadro, no
movemos los ojos de manera especial; ni siquiera cuando, como en el caso
del libro, el cuadro contiene ciertos elementos de profundidad y
desarrollo. El factor tiempo no interviene realmente en un primer
contacto con el cuadro. Al leer un libro, en cambio, necesitamos tiempo
para familiarizarnos con él.
No poseemos ningún órgano físico [como los
ojos respecto a la pintura] que abarque el conjunto entero y pueda
apreciar luego los detalles. Pero en una segunda, o tercera, o cuarta
lectura, nos comportamos con respecto al libro, en cierto modo, de la
misma manera que ante un cuadro.
Sin embargo, no debemos confundir el
ojo físico, esa prodigiosa obra maestra de la evolución, con la mente,
consecución más prodigiosa aún. Un libro, sea el que sea —ya se trate de
una obra literaria o de una obra científica [la línea divisoria entre
una y otra no es tan clara como generalmente se cree]—, un libro, digo,
atrae en primer lugar a la mente.
La mente, el cerebro, el coronamiento
del espinazo es, o debe ser, el único instrumento que debemos utilizar
al enfrentarnos con un libro.
Autor y lector aliados...
Sentado esto, veamos cómo funciona la mente cuando el melancólico lector
se enfrenta con el libro risueño. Primero, se le disipa la melancolía, y
para bien o para mal, el lector participa en el espíritu del juego. El
esfuerzo de empezar un libro, sobre todo si es elogiado por personas a
las que el lector joven considera en su fuero interno demasiado
anticuadas o demasiado serias, es a menudo difícil de realizar; pero una
vez hecho, las compensaciones son numerosas y variadas.
Puesto que el
artista maestro ha utilizado su imaginación para crear su libro, es
natural y lícito que el consumidor del libro también utilice la suya.
La imaginación del lector...
Sin embargo, hay al menos dos clases de imaginación en el caso del
lector. Veamos, pues, cuál de las dos es la más idónea para leer un
libro. En primer lugar está el tipo, bastante modesto por cierto, que
busca apoyo en emociones sencillas y es de naturaleza netamente personal [hay diversas subespecies en este primer apartado de lectura
emocional]. Sentimos con gran intensidad la situación expuesta en el
libro porque nos recuerda algo que nos ha sucedido a nosotros o a
alguien a quien conocemos o hemos conocido.
O el lector aprecia el libro
sobre todo porque evoca un país, un paisaje, un modo de vivir que él
recuerda con nostalgia como parte de su propio pasado. O bien, y esto es
lo peor que puede hacer el lector, se identifica con uno de los
personajes.
No es este tipo modesto de imaginación el que yo quisiera
que utilizasen los lectores. Así que ¿cuál es el auténtico instrumento
que el lector debe emplear?
La imaginación impersonal y la fruición
artística.
Tiene que establecerse, creo,
un equilibrio armonioso y
artístico entre la mente de los lectores y la del autor. Debemos
mantenernos un poco
distantes y gozar de este distanciamiento a la vez
que gozamos intensamente —apasionadamente, con lágrimas y
estremecimientos— de la textura interna de una determinada obra maestra.
Moderación en nuestras representaciones...
Por supuesto, es imposible ser completamente objetivo en estas
cuestiones. Todo lo que vale la pena es en cierto modo subjetivo. Por
ejemplo, puede que vosotros allí sentados no seáis más que un sueño mío,
y puede que yo sea una de vuestras pesadillas. Lo que quiero decir es
que...
el lector debe saber cuándo y dónde refrenar su imaginación;
lo hará
tratando de dilucidar el mundo específico que el autor pone a su
disposición. Tenemos que ver cosas y oír cosas: visualizar las
habitaciones, las ropas, los modales de los personajes de un autor. El
color de los ojos de Fanny Price, protagonista de
Mansfield Park, y el
mobiliario de su pequeña y fría habitación, son importantes.
Abstraer el verdadero sentido con justo entusiasmo y perseverancia...
Cada cual tiene su propio temperamento; pero desde ahora os digo que el
mejor temperamento que un lector puede tener, o desarrollar, es el que
resulta de la
combinación del sentido artístico con el científico.
El
artista entusiasta propende a ser demasiado subjetivo en su actitud
respecto al libro; por tanto,
cierta frialdad científica en el juicio
templará el calor intuitivo. En cambio, si el aspirante a lector carece
por completo de pasión y de paciencia —
pasión de artista y paciencia de
científico—, difícilmente gozará con la gran literatura.
Reconocer el arte en la literatura...
La literatura no nació el día en que un chico llegó corriendo del valle
neanderthal gritando «el lobo, el lobo», con un enorme lobo gris
pisándole los talones; la literatura nació el día en que un chico llegó
gritando «el lobo, el lobo», sin que le persiguiera ningún lobo. El que
el pobre chaval acabara siendo devorado por un animal de verdad por
haber mentido tantas veces es un mero accidente. Entre el lobo de la
espesura y el lobo de la historia increíble hay un centelleante término
medio. Ese término medio, ese prisma, es el arte de la literatura.
No equivocarnos con la adjetivación de «verdadero»...
La literatura es invención. La ficción es ficción.
Calificar un relato
de historia verídica es un insulto al arte y a la verdad. Todo gran
escritor es un gran embaucador, como lo es la architramposa Naturaleza.
La Naturaleza siempre nos engaña. Desde el engaño sencillo de la
propagación de la luz a la ilusión prodigiosa y compleja de los colores
protectores de las mariposas o de los pájaros, hay en la Naturaleza todo
un sistema maravilloso de engaños y sortilegios. El autor literario no
hace más que seguir el ejemplo de la Naturaleza.
Génesis de la historia...
Volviendo un momento al muchacho cubierto con pieles de cordero que
grita «el lobo, el lobo», podemos exponer la cuestión de la siguiente
manera: la magia del arte estaba en el espectro del lobo que él inventa
deliberadamente, en su sueño del lobo; más tarde, la historia de sus
bromas se convirtió en un buen relato. Cuando pereció finalmente, su
historia llegó a ser un relato didáctico, narrado por las noches
alrededor de las hogueras. Pero él fue el pequeño mago. Fue el inventor.
Captar la magia del escritor, distinguir su estilo, descubrir los andamios sobre los que se paró para volar...
Hay tres puntos de vista desde los que
podemos considerar a un escritor:
- como narrador,
- como maestro,
- y como
encantador.
Un buen escritor combina las tres facetas; pero es la de
encantador la que predomina y la que le hace ser un gran escritor.
Al narrador acudimos en busca del
entretenimiento, de la excitación mental pura y simple, de la
participación emocional, del placer de viajar a alguna región remota del
espacio o del tiempo. Una mentalidad algo distinta, aunque no
necesariamente más elevada, busca al maestro en el escritor.
Propagandista, moralista, profeta: ésta es la secuencia ascendente.
Podemos acudir al maestro no sólo en busca de una formación moral sino
también de conocimientos directos, de simples datos. ¡Ay!, he conocido a
personas cuyo propósito al leer a los novelistas franceses y rusos era
aprender algo sobre la vida del alegre París o de la triste Rusia. Por
último, y sobre todo, un gran escritor es siempre un gran encantador, y
aquí es donde llegamos a la parte verdaderamente emocionante: cuando
tratamos de captar la magia individual de su genio, y estudiar el
estilo, las imágenes, y el esquema de sus novelas o de sus poemas.
Placer sensual e intelectual...
Las tres facetas del gran escritor —magia, narración, lección— tienden a
mezclarse en una impresión de único y unificado resplandor, ya que la
magia del arte puede estar presente en el mismo esqueleto del relato, en
el tuétano del pensamiento.
Hay obras maestras con un pensamiento seco,
limpio, organizado, que provocan en nosotros un estremecimiento
artístico tan fuerte como puede provocarlo una novela como
Mansfield
Park o cualquier torrente dickensiano de imaginación sensual.
Creo que
una buena fórmula para comprobar la calidad de una novela es, en el
fondo, una combinación de
precisión poética y de intuición científica.
Para gozar de esa magia, el lector inteligente lee el libro genial no
tanto con el corazón, no tanto con el cerebro, sino más bien
con la
espina dorsal. Aquí donde tiene lugar el estremecimiento revelador, aun
cuando al leer debamos mantenernos un poco distantes, un poco
despegados. Entonces observamos, con
un placer a la vez sensual e
intelectual, cómo el artista construye su castillo de naipes, y cómo ese
castillo se va convirtiendo en un castillo de hermoso acero y cristal.
* * *
En una entrevista concedida a Bernard Pivot en 1975, coincidiendo con la publicación de Ada o el ardor, en el famoso programa de contenido literario —uno de los más famosos e influyentes de la televisión francesa—, Apostrophes [1975 a 1990], lo habrán visto o escuchado nombrar, dijo Vladimir Nabócov, entre otras interesantes revelaciones que recomiendo¹:
«En aquellos años de exilio me veo a mí y a miles de rusos blancos
llevando una vida extraña pero nada desagradable
en la indigencia
material y el lujo intelectual».
«La historia de mi vida, pues, se parece menos a una biografía que a una
bibliografía: 10 novelas en ruso entre los 25 y los 40 años, y 8 novelas
en inglés entre los 40 y ahora. En 1940 salí de Europa para ir a
América y hacer de profesor de literatura rusa. De pronto me descubro
una incapacidad total de hablar en público. Por tanto, decido escribir
por adelantado más de cien conferencias anuales».
[Había acudido a la entrevista con todas las respuestas, a las preguntas anteriormente pactadas, escritas cuidadosamente en fichas].
Hablando de lo interesantes que suelen ser las historias inventadas, más que las de la propia vida: «La historia verdadera de
una vida también ha tenido que ser contada por alguien, y si es una
autobiografía escrita con pluma pudibunda por un personaje sin talento
puede parecer muy sosa al lado de una invención maravillosa como el
Ulises de
Joyce».
«¿Es su libro favorito? Sí, mi gran modelo».
«Muchas veces me preguntan quién me gusta y quién no, entre los
novelistas, comprometidos o no, de mi siglo maravilloso. Primero, no
aprecio al escritor que no ve las maravillas de este siglo, las pequeñas
cosas, la ropa masculina informal, el cuarto de baño que substituye al
lavabo inmundo. Las grandes cosas como la sublime libertad de
pensamiento en nuestro doble occidente. ¡Y la luna!
Recuerdo con qué
escalofrío delicioso, envidia y angustia, miraba yo en la televisión los
primeros pasos flotantes del hombre sobre el talco de nuestro satélite y
cómo despreciaba a quienes decían que no valía la pena gastar tantos
dólares para pisar el polvo de un mundo muerto. Detesto pues a los
divulgadores comprometidos, a los escritores sin misterio, a los
infelices que se alimentan con los elixires del charlatán vienés.
Aquellos que aprecio saben que sólo el verbo es el valor real de la obra
maestra. Principio tan viejo como verdadero, y eso no ocurre a menudo.
No es preciso dar nombres, nos reconocemos por un lenguaje de signos, a
través de los signos del lenguaje, o bien, al contrario, todo nos irrita
en el estilo de un contemporáneo detestable, incluso sus puntos
suspensivos».
* * *
Comentario final
Este libro que propongo, Curso de literatura europea, del que ya leímos parte de la introducción, es, en las propias palabras del autor, «entre otras cosas, una especie de investigación detectivesca en torno al misterio de las estructuras literarias».
La primera edición es de setiembre de 1983, Editorial Bruguera, Barcelona, España.
Consta de una biografía de Nabokov en la introducción, escrita por John Updike [de él son algunos de los conceptos] y traducción de Francisco Torres Oliver.
Los que tengan ganas de leerlo, creo que será una manera de «presenciar» las maravillosas conferencias, «todavía con olor a clases», dice Updike, ya que la revisión y edición se cuidó de no eliminar los ánimos, asombros y «envolvente calor pedagógico».
Dijo Nabocov de esta experienia: «El trabajo con este grupo ha supuesto una asociación especialmente agradable entre la fuente de mi voz y un jardín de oídos: unos abiertos, otros cerrados, muchos de ellos muy receptivos, unos pocos meramente ornamentales, pero todos humanos y divinos».
Nos lo imaginaremos leyendo los largos párrafos de famosas novelas con el placer contagioso, ¿por qué no? con la locución teatral y apasionada de este profesor ruso que hizo honor al prestigio de la tradición oral de su país.
Seremos de alguna manera afortunados estudiantes que se topan con un buen maestro que ayudará a comprender y analizar
grandes libros, lo hace con un lenguaje fácil y hurgando en detalles que
uno podría haber dejado pasar. Para deleitarse leyéndolo junto a una re-lectura
de los títulos que explica [ofrezco abajo los links].
La primera escritora que aborda es la novelista británica
Jane Austen [
1775-1817] y su novela,
Mansfield Park. Luego sigue con
Charles Dickens [
1812-1870], eligiendo
Casa desolada. Dejamos Inglaterra y nos trasladamos a Francia con
Gustave Flaubert [
1821-1880] y su famosa y escandalosa para la época,
Madame Bovary, [se habrá sentido unido, por haber sido acusados, ambos, de «inmorales»]. Volverá al Reino Unido, pero esta vez a Escocia con
Robert Louis Stevenson [
1850-1894] y
El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hide.
A Franz Kafka [Praga, 1883-Austria 1924], a quien mucho admira, lo presenta, como no podía ser de otra manera, con La metamorfosis.
Nos queda el último, y quizá el más admirado de todos: James Joyce [Irlanda, 1882-Zúrich, Suiza, 1941] y, acá tampoco quedaba duda, con el famoso y poco leido por el común de los lectores, Ulises.
La gran obra maestra del siglo XX.
Y con esta mención llego a mi punto de partida. Ya que en este momento estoy leyendo Ulises, de una manera dedicada y con la guía inapreciable de una excelente profesora.
Me considero una lectora puntillosa, de esas que, como dice Nabocov, «acaricia los detalles».
Corroboro ahora que debo leerlo como quien observa una obra de arte, dejando de lado los datos y referencias, una vez dilucidados. Ahí me puedo entregar con libertad a la belleza de las palabras en la creación artística, en una relectura.
Nabokov nos advierte: «
Ulises es una estructura sólida y espléndida, pero un poco sobrestimada por esa clase de críticos más interesados por las ideas, las generalidades y los aspectos humanos que por la obra de arte en sí».
No niega el eco homérico de la novela —vago y general—, ni las numerosas alusiones clásicas, entre muchas otras, pero no nos quedemos en eso.
Nabocov se enoja con los «pelmas eruditos, o lo que es peor, con los seudoeruditos» que nos detienen en buscar paralelos y alegorías.
— ¿En qué nos debemos detener entonces, profesor?
— Muy sencillo, en el pasado irremediable. El presente y el futuro con la figura central de Bloom y todos los personajes que lo rodean, en círculos siguiendo la marcha del destino, que se presenta a veces con una pequeña cortesía.
Podríamos también, agrego, trazarnos un propio mapa a mano a la manera de
Nabokov¹, de los encuentros y desencuentros de los principales personajes. Ese mapa de Dublín preciso y meticuloso que trazó
Joyce, tenerlo siempre a la vista mientras leemos la novela, desde ya.
* * *
Elegir un libro al que le vamos a dedicar tiempo y, a veces esfuerzo, no es fácil. No hay tiempo para leer todo lo que quisiéramos, elegimos unos y dejamos otros.
Me ha pasado que iba a empezar un libro,
entonces tomé otro, imparcialmente, y habiendo tenido quizá la elección acertada... como dice Frost en el hermoso poema,
yo tomé el menos transitado, y eso hizo toda la diferencia.
C. G.
 |
| Los libros no se deben leer: se deben releer. | | |
Sapientia: ningún poder, un poco de prudente saber y el máximo posible de sabor.
Roland Barthes [El placer del texto y lección inaugural]
Mis notas, lecturas, fuentes, referencias
- ¹
Entrevista a Vladimir Nabokov:
http://www.enfocarte.com/1.11/entrevista.html
http://aletheiamuip.com/escritores/vladimir-nabokov/
- ²
Hand-Drawn Map of Jame Joyce´s Ulysses, by Vladimir Nabokov:
http://www.openculture.com/2013/08/vladimir-nabokov-creates-a-hand-drawn-map-of-james-joyces-ulysses.html
- Poema «El camino no elegido»,
Robert Frost: mencionado en mi frase final.
- Nabokov, En las postrimerías de la modernidad: Íñigo F. Lomana.
Borges y
Nabokov, dos escritores de la «modernidad tardía». Borges,
entre los pocos admirados por Nabokov. La postmodernidad y la pérdida de
la creencia del
escritor asociado a la figura del genio.
«Nabokov
participa del concepto tradicional de genio a través del cual se
piensa al autor como un alquimista dispuesto a convertir el vulgar
lenguaje cotidiano, en luminoso lenguaje poético».
También Borges compartirá esta idea, como demuestra, por ejemplo, el prólogo a
Los conjurados [1985] en el que proclama lo siguiente:
«Escribir un poema es ensayar una magia menor. El instrumento de esta magia, el lenguaje, es asaz misterioso».
La inspiración sigue siendo, para Nabokov, el impulso que explica el alumbramiento de la obra de arte. Considera a la labor literaria como algo próximo a la experiencia mística.
Nabokov persiste en ese espíritu
elitista propio de la modernidad que pretende evitar la contaminación de la «
alta cultura». Ada o el ardor [1969],
la más importante de las obras de Nabokov, y su tiempo detenido, uno
que fija el devenir, ... Entonces no lo vemos como a un autor moderno en
el sentido pleno, sino ubicado en una modernidad liminal.
Nobokov anticipa. El sujeto
instalado en la postmodernidad se concibe como un centro vacío atravesado por las miradas que lo construyen. Es un individuo que depende de la capacidad simbólica de las miradas ajenas.
A este drama postcontemporáneo están dedicadas algunas de las mejores obras de Vladimir Nabokov.
Todo lo que uno cree ser, representar o proyectar, puede quedar
absolutamente por el veredicto de la mirada ajena, única autoridad
capacitada para decidir la conformación de las identidades [
Desesperación, 1936].
Obras como la citada, o
El ojo [1930], así como buena parte de la producción de Borges y que podemos adscribir a esa modernidad tardía o liminal, nos
presentan la fragmentación de un sujeto que carece de una esencia más
allá de las miradas que lo crean.
La aparición de «la literatura del agotamiento» [
John Barth, 1930] trae como consecuencia la
instalación de un planteamiento según el cual toda ficción debe
convertirse en metaficción, y todo texto en palimpsesto.
Si todo está escrito, escribamos sobre lo escrito, así,
Pierre Menard [
..., autor del Quijote, 1944] y
Charles Kinbote [
Pálido fuego, 1962, para muchos «la novela perfecta»]... habitantes de un mundo autoreferencial.
Con respecto a su obra más famosa,
Lolita [1955], Nabokov nos ofrece la visión de ese momento privilegiado,
al que él asiste desde su condición liminal, en el que se produce la
apertura de la alta cultura a la cultura de masas,
«la hospitalidad hacia lo popular».
Leer el estudio completo:
https://pendientedemigracion.ucm.es/info/especulo/numero13/lomana.html
Las excelentes novelas expuestas por Nabokov , para leer:
- Mansfield Park, Jane Austen: novela completa
http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/a/Austen,%20Jane%20-%20Mansfield%20Park.pdf
- Casa desolada, Charles Dickens: novela completa
http://www2.ayto-sanfernando.com/biblioteca/files/Casa-Desolada.-Vol.I.pdf
- Madame Bovary, Gustave Flaubert: nevela completa
http://www.battaletras.com/docs/madamebovary.pdf
- El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hide, Robert Louis Stevenson: novela completa
http://www.cva.itesm.mx/biblioteca/Files/Robert_Louis_Stevenson_-_El_extrano_caso_del_Dr_Jekyll_y_Mr_Hyde.pdf
-
La metamorfosis, Franz Kafka: novela completa
http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/K/Kafka%20-%20La%20metamorfosis.pdf
- Ulises, James Joyce: novela completa
http://www.google.com.ar/url?sa=t&rct=j&q=&esrc=s&source=web&cd=1&ved=0CBwQFjAA&url=http%3A%2F%2Fxa.yimg.com%2Fkq%2Fgroups%2F16873480%2F1593632473%2Fname%2FJames%2BJoyce%2B-%2BUlises%2B%2528espanhol%2529.pdf.pdf&ei=bz4VVcPIAae1sATqwIJY&usg=AFQjCNFS3eM-s5fyQ6YKg7v0uLKcxmkV8A&sig2=NT9_X5b0HpWiQjOdUtkHHw&bvm=bv.89381419,d.cWc