[23 de febrero de 1949, Coronel Pringles, Argentina]
César Aira
Él insiste porque confía en la transformación de la
vulgaridad cotidiana en sueño y portento.
«El carrito», César Aira
Relatos Reunidos [2003], con la excelente voz de Juan Suárez [La Libélula - Radio 3].
Uno de los carritos de un gran supermercado del barrio donde yo vivía
rodaba solo, sin que nadie lo empujara. Era un carrito igual que todos
los otros: de alambre grueso, con cuatro rueditas de goma (las de
adelante un poco más juntas que las de atrás, lo que le daba su forma
característica) y un caño cubierto de plástico rojo brillante desde el
que se lo manejaba. Tan igual era a todos los demás que no se lo
distinguía por nada. Era un supermercado enorme, el más grande del
barrio, y el más concurrido, así que tenía más de doscientos carritos.
Pero el que digo era el único que se movía por sí mismo. Lo hacía con
infinita discreción: en el vértigo que dominaba el establecimiento desde
que abría hasta que cerraba, y no hablemos de las horas pico, su
movimiento pasaba inadvertido. Lo usaban como a todos los demás, lo
cargaban de comida, bebidas y artículos de limpieza, lo descargaban en
las cajas, lo empujaban de prisa de góndola en góndola, y si en algún
momento lo soltaban y lo veían deslizarse un milímetro o dos, creían que
era por la inercia.
Solamente de noche, en la calma tan extraña de ese lugar atareadísimo,
se hacía perceptible el prodigio, pero no había nadie para admirarlo.
Apenas si de vez en cuando algún repositor, de los que empezaban su
trabajo al amanecer, se sorprendía de encontrarlo perdido allá en el
fondo, junto a la heladera de los supercongelados o entre las oscuras
estanterías de los vinos. Y suponían, naturalmente, que se lo habían
dejado olvidado allí la noche anterior. El super era tan grande y
laberíntico que no tenía nada de raro, ese olvido. Si en esa ocasión, al
encontrarlo, lo veían avanzar, y si es que notaban ese avance, que eran
tan poco notable como el del minutero de un reloj, se lo explicaban
pensando en un desnivel del piso o en una corriente de aire.
En realidad, el carrito se había pasado la noche dando vueltas por los
pasillos entre las góndolas, lento y silencioso como un astro, sin
tropezar nunca, y sin detenerse. Recorría su dominio, misterioso,
inexplicable, su esencia milagrosa disimulada en la trivialidad de un
carrito de supermercado como todos.
Tanto los empleados como los clientes estaban demasiado ocupados para
apreciar este fenómeno secreto, que por lo demás no afectaba a nadie ni a
nada. Yo fui el único en descubrirlo, creo. O más bien, estoy seguro:
la atención es un bien escaso entre los humanos, y en este asunto se
necesitaba mucha. No se lo dije a nadie, porque se parecía demasiado a
una de esas fantasías que se me suelen ocurrir, que me han hecho fama de
loco. De tantos años de ir a hacer las compras a ese lugar, aprendí a
reconocerlo, a mi carrito, por una pequeña muesca que tenía en la barra;
salvo que no tenía que mirar la muesca, porque ya de lejos algo me
indicaba que era él. Un soplo de alegría y confianza me recorría al
identificarlo.
Lo consideraba una especie de amigo, un objeto amigo, quizás porque en
la naturaleza inerte de la cosa el carrito había incorporado ese temblor
mínimo de vida a partir del cual todas las fantasías se hacían
posibles. Quizás, en un rincón de mi subconciente, le estaba agradecido
por su diferencia con todos los demás carritos del mundo civilizado, y
por habérmela revelado a mí y a nadie más. Me gustaba imaginármelo en la
soledad y el silencio de la medianoche, rodando lentísimo en la
penumbra, como un pequeño barco agujereado que partía en busca de
aventuras, de conocimiento, de amor (¿por qué no?). ¿Pero qué iba a
encontrar, en ese banal paisaje, que era todo su mundo, de lácteos y
verduras y fideos y gaseosas y latas de arvejas?
Y aún así no perdía la esperanza, y reanudaba sus navegaciones, o mejor
dicho no las interrumpía nunca, como el que sabe que todo es en vano y
aun así insiste. Insiste porque confía en la transformación de la
vulgaridad cotidiana en sueño y portento. Creo que me identificaba con
él, y creo que por esa identificación lo había descubierto. Es
paradójico, pero yo que me siento tan lejos y tan distinto de mis
colegas escritores, me sentía cerca de un carrito de supermercado. Hasta
nuestras respectivas técnicas se parecían: el avance imperceptible que
lleva lejos, la restricción a un horizonte limitado, la temática urbana.
Él lo hacía mejor: era más secreto, más radical, más desinteresado.
Con estos antecedentes, podrá imaginarse mi sorpresa cuando lo oí
hablar, o, para ser más preciso, cuando oí lo que dijo. Habría esperado
cualquier cosa antes que su declaración. Sus palabras me atravesaron
como una lanza de hielo y me hicieron reconsiderar toda la situación,
empezando por la simpatía que me unía al carrito, y hasta la simpatía
que me unía a mí mismo, o más en general la simpatía por el milagro.
El hecho de que hablara no me sorprendió en sí mismo, porque lo
esperaba. De pronto sentí que nuestra relación había madurado hasta el
nivel del signo lingüístico. Supe que había llegado el momento de que me
dijera algo (por ejemplo que me admiraba y me quería y que estaba de mi
parte), y me incliné a su lado simulando atarme los cordones de los
zapatos, de modo de poner la oreja contra el enrejado de alambre de su
costado, y entonces pude oír su voz, en un susurro que venía del reverso
del mundo y aun así sonaba perfectamente claro y articulado:
–Yo soy el Mal.
* * *
Mondadori, 2013. Selección de cuentos escritos entre 1996 y 2011.
Un relato
puede gustar o no, resultar simpático, encantar o ser muy valorado por otras
razones indescifables. Este último es el caso en mi valoración personal: irracional, engañosamente simple, a partir de un ambiente trivial me lleva
hacia sitios profundos. Un despliegue de imaginación y fantasía al servicio de
una trama compacta, en sentido físico y metafórico, espiritual y material al mismo tiempo.
Todo
sucede en un supermercado y todo le acontece al escritor personaje y
narrador. En su mente, diría, una fantasía de albatros herido y
necesitado, contemporáneo... «que me dijera algo, por ejemplo que me admiraba y me quería y
que estaba de mi parte»; alejado y distinto no ya de los burdos marineros, sino de sus colegas escritores.
El
carrito y él, ¿una sola persona?, «la simpatía que me unía al carrito, y hasta
la simpatía que me unía a mí mismo». Se identifica con él, en todo caso, una
prolongación, y como tal también tiene, no solo ese costado oscuro [el
gran final], además el logro de haber alcanzado un grado de perfección que él aún no tenía: la
manera secreta, radical y desinteresada de avanzar imperceptiblemente en un
horizonte limitado y una temática urbana.
Aún así no pierde la esperanza, insiste, como insistimos todos los lectores que no nos conformamos con lecturas intrascendentes. Me gusta ir hacia esa otra dimensión que me lleva César Aira. Los invito a leer más de su obra.
Hasta la próxima lectura,
C. G.
Mis notas, lecturas, links y sitios de interés para consultar
- César Aira: [Coronel Pringles, Pcia. de Buenos Aires, Argentina, 1949] escritor y traductor argentino. Ha publicado más de sesenta obras, sobre todo novelas cortas por razones, según dice, de procedimiento.
«Un autor paradigmático en lo relativo a la abolición de los principios ontológicos de lo dado y lo original sin contaminación», [http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/tesis/te.194/te.194.pdf].
Recibió dos Diplomas al Mérito de los Premios Konex a las Letras, en 1994 por Traducción y en 2004 por Novela. Recibió una beca Guggenheim en 1996. Ganó el premio a la Trayectoria Artística del Fondo Nacional
de las Artes en la categoría Letras del año 2013. Fue nombrado por el
gobierno francés Chevalier dans l’Ordre des Arts et Lettres. Ganó el
premio Roger Caillois para autores latinoamericanos en su edición 2014.
- ABC Cultura: reportaje en España, donde está de visita para recibir un homenaje; conversa con ABC en mitad de la muestra del artista cubano Wifredo Lam en el Museo Reina Sofía.
http://www.abc.es/cultura/libros/abci-cesar-aira-hago-pura-literatura-no-premios-201605211042_noticia.html
Víctor del Árbol [1968] ganó el Premio Nadal 2016 con su novela La víspera de casi todo*, y fue a propósito de una entrevista por este premio y de la lectura de algunos párrafos publicados que supe del escritor catalán.
Hice en ese momento lo que hay que hacer para conecer a todo escritor que por alguna razón llega a tu vida: leerlo. El único libro que conseguí en Mar del Plata, mi ciudad, fue La tristeza del samurái.
Comienzo a leer esta novela en el mismo café de la esquina de la librería donde la compro. Qué combinación de placeres: empezar un libro, tomar un buen café y fumamerme un cigarrillo. Empiezo, y ya desde los primeros capítulos me doy cuenta que no quiero levantar la vista para que ningún posible encuentro interrumpa mi lectura, la trama [sin querer banalizar la tan usada frase] me atrapa desde el principio. Un lenguaje directo y un estilo que transmite emociones.
Tengo la primera visión, un esquema o como quieran llamarlo... no lo analizo demasiado porque surge de manera incosciente, una especie de figura o dibujo que me hago de cómo está planteada la historia.
En este caso me imagino un laberinto.
No es algo negativo por lo complicado. Solo necesito saber que el ovillo [como todos los ovillos] para llevarme al final de este laberinto tendrá dos puntas: una sale del centro —es el pasado—, la otra del exterior —es el presente.
Caminos alternativos, circulares.
La circunferencia absurda que traza el destino.
Pensará César Alcalá, uno de los personajes.
Me entusiasma esta posibilidad de vivir el paralelismo de dos tiempos, que se van develando de a poco. Solo cuando llego a una encrucijada puedo ver el tiempo que sigue. Todos los personajes del pasado y del presente —con ecuánimes representaciones— me darán un plus en este sentido. Como observadora privilegiada, le voy a sacar provecho.
Siento que como lectora voy descubriendo los personajes, al tiempo que ellos se van descubriendo a sí mismos.
—¿Así soy yo? ¿Así eran mis sentimientos hasta hace una semanas?
Se preguntará María, la protagonista, en algún momento.
No me doy cuenta de esto último hasta más allá de la mitad del libro, momento que me obliga volver sobre algunos pasos, tal es la vorágine en la que me sumerge el autor y cómo me involucro con lo que le sucede a estas personas.
Es una historia de la que te adueñás.
El lenguaje que fluye, los argumentos que atraen, la tensión en un crescendo a medida que relacionamos eventos y personajes, tiempos... todo hace que ya les entregue este ovillo con las dos puntas de partida:
Barcelona, 1981 y Mérida, 1941
Sí, como ya se darán cuenta no estamos en el antiguo Japón. Elegir un título debe ser un arte, y en este caso, que lo es, hay mucha sutileza.
No quisiera adelantar demasiado en este sentido, mucho menos adueñarme de un nexo título-obra, me limitaré a hacerles una pregunta que los puede inducir, la misma que hice a mi grupo de lectura, hace unos días cuando presenté este libro:
El que no creías tu enemigo te hiere.
¿En qué momentos sacas tu katana?
No te apures en responder...
* * *
Además de responderse esta pregunta y entrar en mi juego de anticipos...
deben tener en cuenta fechas y lugares. Será necesario prestar debida atención e identificar quién es quién en esta atrapante historia, contada en tercera persona por una voz omnipresente.
* * *
MaríaBengoechea es la primera que aparece en escena —transcurre en una Barcelona de 1981 y será casi el final del libro [anacronía*].
Sí, el escritor altera el orden cronológico, nos pide concentración en estos saltos temporales entre el presente narrativo y los traslados al pasado [racconto]. Estos «viajes» nos ayudan a entender por qué suceden las cosas o por qué las personas resultan ser lo son.
Haremos un camino inverso, en cierto modo.
En ese principio, María es una joven abogada penalista de 35 años, casada con Lorenzo — un hombre violento, con modales zafios. Tiempo después María será amante de Creta, también abogada y compañera de bufete.
El padre de María es Gabriel, un hombre frío y calculador, difícil. Supo trabajar en su forja en Mérida, haciendo cuchillos y espadas, pero tuvo «otras actividades» relacionadas con la política. Él aparecerá en las dos fechas, entrelazando los personajes y dándole sentido a lo que se nos presenta como enigma.
Tejiendo vínculos.
Marchán es el inspector de policía que está también desde el principio, en el hospital donde está internada María, y no es una visita de cortesía.
La semilla negra empieza a germinar.
Una vieja fotografía vista por María nos anticipa a la otra protagonista clave: vemos una mujer casi perfecta, hermosa, fumando con boquilla y con halo misterioso. A pesar de sus escasas apariciones, tendrá muchísima presencia y será causante del desenlace —según la opinión de uno de los personajes.
Podemos no estar de acuerdo.
Isabel Mola es su nombre, y es el centro del ovillo la que nos llevará a su vida. Saltamos al año 1941 y ya no estamos en Barcelona, sino en un fría mañana de posguerra en Mérida, Extremadura. Un niño que juega con una espada de madera la acompaña, es su hijo Andrés, de diez años.
Él sueña con una catana de verdad.
Andrés es un niño lleno de portentosa energía e ingente imaginación. Cualidades que pueden transformarte en un genio o en un monstruo. Tenía la fantasía de la catana y otras, relacionadas con...[me guardaré esta información]. Lo peor y para disgusto de Isabel era que su padre Guillermo las alentaba.
Ya se imaginan que es un niño especial en muchos aspectos:
Para él no existía diferencia entre la imaginación y el mundo real.
* * *
El ambiente allí era muy denso. La guerra había terminado, sin embargo se respiraba desconfianzas y miedos. La derrota de unos, la victoria de otros, había dado lugar a las nuevas tensiones de toda guerra sorda.
Isabel pertenece al bando de los perdedores y debe tomar decisiones con audacia y valentía en un ambiente muy hostil.
La violencia de los falangistas [de los que su marido Guillermo Mola es el jefe], la presencia de los jóvenes «camisas negras» provocando, altivos y desafiantes, angustiaban a todos menos a Andrés. Él admiraba esos uniformes de trajes azules y botas altas que también usaban su padre y hermano mayor, Fernando.
«Isabel y Andrés buscaron un lugar en la estación para sentarse. Ella encendió un cigarrillo , lo ajustó en la boquilla y aspiró el humo dulzón. A su hijo le extasiaba verla fumar. Nunca después volvería a ver a otra mujer hacerlo con aquella elegancia».
Isabel, pese a su estado de desamparo en el que se encuentra muy al principio de la historia, sola con su hijo en una estación de trenes, tiene un consuelo, una esperanza: un trozo de papel con una dirección de Lisboa, se la había dado Marcelo,el maestro particular de Andrés.
Marcelo Alcalá es un joven profesor rural, un viudo errante que ama la literatura y el arte, y sobre todo ama la libertad. Es el que en un principio le enseña a su hijo César cómo descubrir un mundo feliz, pese a las inclemencias que les toca sufrir en una vida llena de necesidades. Siempre tiene la enseñanza justa:
Un cuerpo frío agradece el primer rayo de sol que le calienta. Un estómago vacío se emociona con una sopa caliente. Un hombre encerrado disfruta de la inmensidad de los paisajes.
Su hijo César Alcalá, escucha extasiado estas palabras sabias de su padre. Lo vemos niño y adulto. Llegará a ser inspector jefe de la Brigada de Información, pero luego... encarcelado en una prisión de Barcelona por razones que no voy a contar, con una hija de doce años, Marta. Él será el poseedor de la prueba y motivo de este transcurrir lleno de vericuetos.
Muy valioso en la red de callejuelas que transitamos.
* * *
Tres familias: los Bengoechea, los Mola y los Alcalá. Y personajes que andarán alrededor de ellos,vinculándolos. Algunos de los bajos fondos, como Jesús Ramoneda, chivato de la policía. Otro, que ocupará toda la novela es Publio, adlátere de Guillermo Mola y diputado con contactos al más alto nivel en el Gobierno, un hombre poderoso. Todos ustedes conocerán la ferocidad de este esbirro.
El coronel Pedro Recasens es otro de los personajes que rodearán a esas tres familias, jefe de Lorenzo en el CESID [Servicio de Inteligencia]. Había sido en el pasado un joven soldado y testigo involuntario de un hecho significativo. Él se va a relacionar con Fernando —hijo mayor de los Mola—,en el frente soviético, donde pelean apoyando a los alemanes. Allí había mandado el desamorado Guillermo Mola a su hijo Fernando, a formar parte de la famosa «División Azul», integrada mayormente por falangistas.
Las relaciónes entre estos personajes: padres-hijos, hermanos, amantes, marido-mujer, camaradas, vínculos irrompibles, paradójicamente verán, barreras imposibles de romper pese a todo.
Incapacidades, fanatismos políticos y secretos de familia.
Todos tenemos puertas que conviene dejar cerradas.
Va a decirle Gabriel a su hija.
Pero hay puertas que se habren solas, y el pasado, ese pasado que
se cree olvidado para siempre, vuelve, como si nunca se hubiera ido.
Regresa sediento y se cobra venganza.
* * *
La historia política y social de España es el marco real perfecto para que creamos en esta hisoria de ficción a pie juntillas. El coronel Tejero y Milans del Bosch son solo un ejemplo de los personajes reales que aparecen para hablar del Golpe de Estado de 1981. El presidente Adolfo Suárez es otro. Hechos que sí ocurrieron como atentados de ETA o gente protestando por las calles, enarbolando crucifijos y excesivos en sus posturas intransigentes contra medidas que la sociedad que avanza
demanda. Acontecimientos y el mundo girando de prisa.
Apenas algo se percibe, ya se olvida.
Ahora todo aquello era como si no hubiese existido nunca.
* * *
Hay un policía y varios asesinatos, violencia y misterio, personajes siniestros y tensión en el aire, y política, pero es mucho más que una novela negra o suspense, aunque tenga sus ingredientes.
Sutilezas y presentimientos aquí son tenidos muy en cuenta:
De pronto, toda la angustia y malestar que se siente, sensaciones extrañas,... cobran peso y dimensión.
* * *
Les decía al principio que el hecho de que te atrape no es una figura banal, tampoco el ritmo ágil pero no rápido. El autor se toma el tiempo para cada uno de los personajes. Personalidades con gran fuerza
emocional que van diciendo lo suyo, en sus lugares del mundo que les toca o eligen vivir.
Paisajes, ambientes y personajes descritos con holgura y profundidad. El que supo ser un «héroe invencible» a los ojos de una niña, la vida y la edad lo coloca revestido de todas las heridas, debilidades y miserias. El que fue amado con pasión mostró esa otra cara oscura que tienen todas las lunas, esa que no había querido verse. La que dice sacrificarse por el otro, en realidad enmascara un fracaso personal.
Personas que se nos revelan en un instante como perfectos desconocidos.
Cambian los otros, cambiamos nosotros.
A veces, la intransigencia se hace callo, cicatrizan en falso todos los rencores y las decepciones, los reproches y los enfrentamientos, y ya no hay manera sincera de romper ese silencio ni esa distancia infinita, ni siquiera después de muertos, ni siquiera en el recuerdo.
Pensamiento de Maríaen relación con su padre.
* * *
Lugares reales impregnados de sensaciones llenas de vida transcurrida, como San Lorenzo, Sant Feliu de Guíxols, Barcelona, la Costa Brava, Badajoz,... toda la Extremadura, mundos y micromundos.
Lugares a los que no llegaba la literatura ni el romanticismo de la pobreza, sitios en los que nadie podía entrar sin salir contaminado por el miasma de la más abosoluta contaminación.
Plubio adentrándose en una de esas «fronteras invisibles».
Y sitios como la cárcel, con sus reglas y códigos, favores concedidos y ciertas «jerarquías» entre los presos. Ambientes desconocidos por la mayoría.
* * *
Trama creada con creatividad, con textura adecuada que no se fragmenta en ningún momento pese a este ir y venir en el tiempo, nada condescendiente. Dependerá de la ductilidad de cada lector adaptarse a este ritmo que, después de todo, es la vida con sus venturas y nuestras elecciones.
Cuando la vida ya no es una opción, no hay que dejar que el azar te arrebate el último acto digno que te queda.
Dice María el algún momento.
Y nuestras elecciones suelen ser decisivas. María había estado esperando «su oportunidad», y esta golpea a su puerta. No piensa desaprovecharla, aún si para lograr su éxito profesional tuviese que dejar pasar ciertas «incomodidades».
* * *
De aquí en más verán ustedes como se plantean las cosas. Nada sucede como se creía.
Los caminos se cruzan y cierta comunión de destinos incomoda, no estamos preparados para sufrir las mismas crueldades que sufren personas de otro estrato social:
María pensó que se trataba de un típico caso de malos tratos, que el marido de aquella mujer era un auténtico hijo de puta, como tantos otros... Y de repente se sintió avergonzada y perpleja: como tantos otros. ¿Acaso existía mucha distancia entre...?
Piensa María en su entrevista a la mujer de Ramoneda.
* * *
Existe una desazón en no comprender porqué suceden las cosas, por qué la gente es como es. El narrador dice ante la imposibilidad de explicarlo:
No existen palabras para todo.
Aquí las palabras escritas de Víctor del Árbol existieron y nos contaron esta historia que gira alrededor de las palabra destino. Transcurrir que se nos va revelando de a poco, como la vida. Personas que son y que eran.
Cada acción en la vida de estos personajes parece ser el resultado de pensamientos oscilantes y del tiempo, que con su compás y su arbitrar marcando el ritmo, dice quién es quién.
Quizá
se pregunten qué relación hice entre un antiguo mito y esta trama que
se articula con un todo. Los hilos que nos guían en el tiempo y deshacen lo
bordado, quizá. Ellos me dan suficiente
flexibilidad para aceptar a estas personas moviéndose al compas de sus
personalidades, temperamentos y circunstancias cambiantes.
No son los sitios los que cambian y se pierden en nuestra memoria, sino lo que llevamos dentro.
Piensa María cuando vuelve a su San Lorenzo de infancia.
* * *
Y por último está el tema de la venganza. Sabrán ustedes qué respondieron a mi pregunta y por qué. Quizá les interesó sondear en este sentido.
Mis amigas del Club de Lectura e hija Albertina respondieron muy variado a mi pregunta: «La gran tristeza bloquearía la acción de revancha o de dar su merecido», dijo una de ellas. «Tomaría mi tiempo» o «Sacaría la catana en el acto», dijeros otras. «Dejaría actuar al sabio destino» y «Sacaría el arma cuando menos se lo espera», fueron otras opiniones, a la que se sumó la inteligente «Dejaría en evidencia a mi enemigo y me haría humo, no gastaría más energía que esa, lo justo».
Club de lectura Mar del Plata, Argentina. Comentario de La tristeza del Samurái, de Víctor del Árbol
Creo que en el mensaje escrito de un visitante, entre onírico y real, uno que le deja a María en su mesa de luz del hospital este papel, podríamos encontrar una de las dos posibles respuestas a la pregunta del principio:
Recuerda el mandato del samurái, le dice, no existe honor o deshonor en la espada, sino en la mano que la empuña.
Y la otra de las respuestas creo encontrarla en la frase del principio de La técnica del sable:
La gran virtud del arte de la espada radica en la sencillez:
Herir al enemigo en el justo momento que te hiere.
Quedarán algunas preguntas. Si tenemos la suerte de discutirlo con alguien, hablaremos de
la ambiguedad de las personas, de la rebeldía de la memoria y los resortes que la activan, de la inocencia y culpabilidad, del pasado negativo y traumatizante, y del presente positivo y con futuro.
La historia rastrea todas estas posibilidades en una excelente creación de situaciones y argumentos que dejan al descubierto personas no tan lejanas, motivadas, erradas o no, por la discreción de la individualidad.
Voy a terminar con música,... María se sienta frente a una ventana, con una tetera de porcelana y un gran tazón, alguien enciende una radio, Billy Joel está en Madrid...
Hasta la próxima lectura, gracias Víctor del Árbol, no se pierdan esta novela,
C. G
Lecturas, links y sitios de interés
- Víctor del Árbol en facebook:
https://www.facebook.com/victor.delarbol?fref=ts
- Víctor del Árbol en twitter:
https://twitter.com/victordelarbol?lang=es
Víctor del Árbol
- Víctor del Árbol, Premio Nadal 2016 con su novela La víspera de casi todo*:
http://blogdecee.blogspot.com.ar/2016/01/victor-del-arbol-premio-nadal-con-la-la.html
- Anacronía: ruptura en el orden cronológico de una historia, con saltos hacia adelante [prolepsis] o hacia atrás [analepsis]. El narrador interrumpe el hilo narrativo con saltos hacia el pasado y se entremezclan los planos temporales.
- Auge y esplendor de la novela negra española:
http://www.20minutos.es/noticia/2068567/0/novela/negra/espanola/
En agosto de 1950, dos meses antes de recibir el premio Nobel de Literatura, William Faulkner publicó esta colección de relatos, sus
Cuentos reunidos
Editorial Alfaguara, 2010. Título original: Collected Stories. Traducción, introducción y notas: Miguel Martínez-Lage*
En una colección de relatos la forma y la integración
son tan importantes como en una novela.
W. F.
Miguel Martínez-Lage*, [1961-2011], traductor de esta obra —uno de los más importantes traductores literarios del inglés—, aclara en la Nota Introductoria que no están aquí reunidos todos los cuentos del prodigioso escritor estadounidense.
Tampoco esa fue la intención del propio Faulkner ni de su editor, Robert Haas. Esta minuciosa y armónica selección de relatos ya publicados la mayoría, que Faulkner fue completando con infinito esmero y con la asesoría del ensayista y poeta —considerado el mejor cronista de la generación perdida— Malcolm Cowley [1898-1989], reúne relatos en una forma integrada propia.
Con precisa valoración crítica de su propia obra y búsqueda de armonía, Faulkner, descartó unos e incluyó otros. Su criterio fue que la colección fuese completa y con un ordenamiento de ubicación. Así encontramos los cuarenta y dos cuentos en las secciones: El campo, El pueblo, La tierra inexplorada, La tierra baldía, La tierra intermedia y Allén.
Galardonado en 1951 con el National Book Award, es un ejemplar que está entre las grandes obras de Faulkner —rebatiendo la extendida idea de que los cuentos son un producto menor de un novelista mayor.
Y aunque ya hubiesen leido algunos, vale la pena volver a ellos en este libro, leerlos ahora en el contexto de sus secciones diferenciadas, con sus factores de cohesión y disonancia, modulaciones anímicas —tonos y entonaciones— y muestrario de técnicas en un conjunto.
Solo en una lectura abarcadora veremos cómo los relatos están emparentados entre sí e incluso relacionados con las novelas.
Relectura o puerta de acceso a sus novelas [de lectura más compleja], los Relatos... forman parte del universo Faulkner, y son y serán descubrimientos que se extienden mucho más allá de las famosas y reconocidas interpretaciones académicas. Son el deleite personal de cada lector, que se entrega a lo que le sucede a los personajes en sus pequeños mundos, sus pensamientos y psicologías,... al arte narrativo faulkneriano en definiva.
E iremos descubrimiendo por nosotros mismos, como simples y entusiastas lectores, cómo los relatos se van engastando hasta formar el todo que imaginó William Faulkner.
* * *
Vamos a leer un relato con un título que hace volar nuestra imaginación, seguramente para sitios que nada tendrán que ver con el argumento de la historia. Tan oscura y «maldita» dicen que es. También uno de los mejores, sino el mejor cuento de William Faulkner [1897-1962].
Ya leímos los muy buenos «Dos soldados» e «Incendiar establos», ambos de la primera sección de Cuentos reunidos llamada «El campo». «Una rosa para Emily» es el primero de la segunda sección, «El pueblo».
Es el primer relato de Faulkner publicado en una revista de difusión nacional, The Forum y se recoge en These 13 / Estos trece. Malcolm Cowley lo incluyó en The Portable Faulkner [1946] y es uno de los más antologado y característico de todos los cuentos de Faulkner. Contiene todos los ingredientes de su ficción.
Sumerjámonos en el mundo de Emily y descubramos por lo pronto quién le lleva esa rosa que nos dice el título, y si es o no la bella muchacha sureña estadounidense [no podemos evitar caer en el lugar común de pensar en Scarlett O´Hara].
Sin adelantar nada del argumento, para no estropear el descubrimiento, la sorpresa y el disfrute del lector. Solo decir que está contada en primera persona del plural. Un narrador plural que es el pueblo. Del otro lado en lo alto, está ella, la señorita Emily.
Nos encontramos al final.
* * *
«Una rosa para Emily»
My Sweet Rose o The soul of the Rose, 1908. John William Waterhouse [1849-1917]
Cuando murió la señorita Emilia Grierson, casi toda la
ciudad asistió a su funeral; los hombres, con esa especie de respetuosa devoción
ante un monumento que desaparece; las mujeres, en su mayoría, animadas de un
sentimiento de curiosidad por ver por dentro la casa en la que nadie había
entrado en los últimos diez años, salvo un viejo sirviente, que hacía de
cocinero y jardinero a la vez.
La
casa era una construcción cuadrada, pesada, que
había sido blanca en otro tiempo, decorada con cúpulas, volutas, espirales y
balcones en el pesado estilo del siglo XVII; asentada en la calle principal de
la ciudad en los tiempos en que se construyó, se había visto invadida más tarde
por garajes y fábricas de algodón, que habían llegado incluso a borrar el
recuerdo de los ilustres nombres del vecindario. Tan sólo había quedado la casa
de la señorita Emilia, levantando su permanente y coqueta decadencia sobre los
vagones de algodón y bombas de gasolina, ofendiendo la vista, entre las demás
cosas que también la ofendían. Y ahora la señorita Emilia había ido a reunirse
con los representantes de aquellos ilustres hombres que descansaban en el
sombreado cementerio, entre las alineadas y anónimas tumbas de los soldados de
la Unión, que habían caído en la batalla de Jefferson.
Mientras vivía, la señorita Emilia había sido para la
ciudad una tradición, un deber y un cuidado, una especie de heredada tradición,
que databa del día en que el coronel Sartoris el Mayor -autor del edicto que
ordenaba que ninguna mujer negra podría salir a la calle sin delantal-, la
eximió de sus impuestos, dispensa que había comenzado cuando murió su padre y
que más tarde fue otorgada a perpetuidad. Y no es que la señorita Emilia fuera
capaz de aceptar una caridad. Pero el coronel Sartoris inventó un cuento,
diciendo que el padre de la señorita Emilia había hecho un préstamo a la ciudad,
y que la ciudad se valía de este medio para pagar la deuda contraída. Sólo un
hombre de la generación y del modo de ser del coronel Sartoris hubiera sido
capaz de inventar una excusa semejante, y sólo una mujer como la señorita Emilia
podría haber dado por buena esta historia.
Cuando la siguiente generación, con ideas más modernas,
maduró y llegó a ser directora de la ciudad, aquel arreglo tropezó con algunas
dificultades. Al comenzar el año enviaron a la señorita Emilia por correo el
recibo de la contribución, pero no obtuvieron respuesta. Entonces le
escribieron, citándola en el despacho del alguacil para un asunto que le
interesaba. Una semana más tarde el alcalde volvió a escribirle ofreciéndole ir
a visitarla, o enviarle su coche para que acudiera a la oficina con comodidad, y
recibió en respuesta una nota en papel de corte pasado de moda, y tinta
empalidecida, escrita con una floreada caligrafía, comunicándole que no salía
jamás de su casa. Así pues, la nota de la contribución fue archivada sin más
comentarios.
Convocaron, entonces, una junta de regidores, y fue
designada una delegación para que fuera a visitarla.
Allá fueron, en efecto, y llamaron a la puerta, cuyo
umbral nadie había traspasado desde que aquélla había dejado de dar lecciones de
pintura china, unos ocho o diez años antes. Fueron recibidos por el viejo negro
en un oscuro vestíbulo, del cual arrancaba una escalera que subía en dirección a
unas sombras aún más densas. Olía allí a polvo y a cerrado, un olor pesado y
húmedo. El vestíbulo estaba tapizado en cuero. Cuando el negro descorrió las
cortinas de una ventana, vieron que el cuero estaba agrietado y cuando se
sentaron, se levantó una nubecilla de polvo en torno a sus muslos, que flotaba
en ligeras motas, perceptibles en un rayo de sol que entraba por la ventana.
Sobre la chimenea había un retrato a lápiz, del padre de la señorita Emilia, con
un deslucido marco dorado.
Todos se pusieron en pie cuando la señorita Emilia
entró -una mujer pequeña, gruesa, vestida de negro, con una pesada cadena en
torno al cuello que le descendía hasta la cintura y que se perdía en el
cinturón-; debía de ser de pequeña estatura; quizá por eso, lo que en otra mujer
pudiera haber sido tan sólo gordura, en ella era obesidad. Parecía abotagada,
como un cuerpo que hubiera estado sumergido largo tiempo en agua estancada. Sus
ojos, perdidos en las abultadas arrugas de su faz, parecían dos pequeñas piezas
de carbón, prensadas entre masas de terrones, cuando pasaban sus miradas de uno
a otro de los visitantes, que le explicaban el motivo de su visita.
No los hizo sentar; se detuvo en la puerta y escuchó
tranquilamente, hasta que el que hablaba terminó su exposición. Pudieron oír
entonces el tictac del reloj que pendía de su cadena, oculto en el cinturón.
Su voz fue seca y fría.
-Yo no pago contribuciones en Jefferson. El coronel
Sartoris me eximió. Pueden ustedes dirigirse al Ayuntamiento y allí les
informarán a su satisfacción.
-De allí venimos; somos autoridades del Ayuntamiento,
¿no ha recibido usted un comunicado del alguacil, firmado por él?
-Sí, recibí un papel -contestó la señorita Emilia-.
Quizá él se considera alguacil. Yo no pago contribuciones en Jefferson.
-Pero en los libros no aparecen datos que indiquen una
cosa semejante. Nosotros debemos...
-Vea al coronel Sartoris. Yo no pago contribuciones en
Jefferson.
-Pero, señorita Emilia...
-Vea al coronel Sartoris (el coronel Sartoris había
muerto hacía ya casi diez años.) Yo no pago contribuciones en Jefferson. ¡Tobe!
-exclamó llamando al negro-. Muestra la salida a estos señores.
II
Así pues, la señorita Emilia venció a los regidores que
fueron a visitarla del mismo modo que treinta años antes había vencido a los
padres de los mismos regidores, en aquel asunto del olor. Esto ocurrió dos años
después de la muerte de su padre y poco después de que su prometido -todos
creímos que iba a casarse con ella- la hubiera abandonado. Cuando murió su padre
apenas si volvió a salir a la calle; después que su prometido desapareció, casi
dejó de vérsele en absoluto. Algunas señoras que tuvieron el valor de ir a
visitarla, no fueron recibidas; y la única muestra de vida en aquella casa era
el criado negro -un hombre joven a la sazón-, que entraba y salía con la cesta
del mercado al brazo.
“Como si un hombre -cualquier hombre- fuera capaz de
tener la cocina limpia”, comentaban las señoras, así que no les extrañó cuando
empezó a sentirse aquel olor; y esto constituyó otro motivo de relación entre el
bajo y prolífico pueblo y aquel otro mundo alto y poderoso de los Grierson.
Una vecina de la señorita Emilia acudió a dar una queja
ante el alcalde y juez Stevens, anciano de ochenta años.
-¿Y qué quiere usted que yo haga? -dijo el alcalde.
-¿Qué quiero que haga? Pues que le envíe una orden para
que lo remedie. ¿Es que no hay una ley?
-No creo que sea necesario -afirmó el juez Stevens-.
Será que el negro ha matado alguna culebra o alguna rata en el jardín. Ya le
hablaré acerca de ello.
Al día siguiente, recibió dos quejas más, una de ellas
partió de un hombre que le rogó cortésmente:
-Tenemos que hacer algo, señor juez; por nada del mundo
querría yo molestar a la señorita Emilia; pero hay que hacer algo.
Por la noche, el tribunal de los regidores -tres
hombres que peinaban canas, y otro algo más joven- se encontró con un hombre de
la joven generación, al que hablaron del asunto.
-Es muy sencillo -afirmó éste-. Ordenen a la señorita
Emilia que limpie el jardín, denle algunos días para que lo lleve a cabo y si no
lo hace...
-Por favor, señor -exclamó el juez Stevens-. ¿Va usted
a acusar a la señorita Emilia de que huele mal?
Al día siguiente por la noche, después de las doce,
cuatro hombres cruzaron el césped de la finca de la señorita Emilia y se
deslizaron alrededor de la casa, como ladrones nocturnos, husmeando los
fundamentos del edificio, construidos con ladrillo, y las ventanas que daban al
sótano, mientras uno de ellos hacía un acompasado movimiento, como si estuviera
sembrando, metiendo y sacando la mano de un saco que pendía de su hombro.
Abrieron la puerta de la bodega, y allí esparcieron cal, y también en las
construcciones anejas a la casa. Cuando hubieron terminado y emprendían el
regreso, detrás de una iluminada ventana que al llegar ellos estaba oscura,
vieron sentada a la señorita Emilia, rígida e inmóvil como un ídolo. Cruzaron
lentamente el prado y llegaron a los algarrobos que se alineaban a lo largo de
la calle. Una semana o dos más tarde, aquel olor había desaparecido.
Así fue cómo el pueblo empezó a sentir verdadera
compasión por ella. Todos en la ciudad recordaban que su anciana tía, lady Wyatt,
había acabado completamente loca, y creían que los Grierson se tenían en más de
lo que realmente eran. Ninguno de nuestros jóvenes casaderos era bastante bueno
para la señorita Emilia. Nos habíamos acostumbrado a representarnos a ella y a
su padre como un cuadro. Al fondo, la esbelta figura de la señorita Emilia,
vestida de blanco; en primer término, su padre, dándole la espalda, con un
látigo en la mano, y los dos, enmarcados por la puerta de entrada a su mansión.
Y así, cuando ella llegó a sus 30 años en estado de soltería, no sólo nos
sentíamos contentos por ello, sino que hasta experimentamos como un sentimiento
de venganza. A pesar de la tara de la locura en su familia, no hubieran faltado
a la señorita Emilia ocasiones de matrimonio, si hubiera querido aprovecharlas..
Cuando murió su padre, se supo que a su hija sólo le
quedaba en propiedad la casa, y en cierto modo esto alegró a la gente; al fin
podían compadecer a la señorita Emilia. Ahora que se había quedado sola y
empobrecida, sin duda se humanizaría; ahora aprendería a conocer los temblores y
la desesperación de tener un céntimo de más o de menos.
Al día siguiente de la muerte de su padre, las señoras
fueron a la casa a visitar a la señorita Emilia y darle el pésame, como es
costumbre. Ella, vestida como siempre, y sin muestra ninguna de pena en el
rostro, las puso en la puerta, diciéndoles que su padre no estaba muerto. En
esta actitud se mantuvo tres días, visitándola los ministros de la Iglesia y
tratando los doctores de persuadirla de que los dejara entrar para disponer del
cuerpo del difunto. Cuando ya estaban dispuestos a valerse de la fuerza y de la
ley, la señorita Emilia rompió en sollozos y entonces se apresuraron a enterrar
al padre.
No decimos que entonces estuviera loca. Creímos que no
tuvo más remedio que hacer esto.
Recordando a todos los jóvenes que su padre
había desechado, y sabiendo que no le había quedado ninguna fortuna, la gente
pensaba que ahora no tendría más remedio que agarrarse a los mismos que en otro
tiempo había despreciado.
III
La señorita Emilia estuvo enferma mucho tiempo. Cuando
la volvimos a ver, llevaba el cabello corto, lo que la hacía aparecer más joven
que una muchacha, con una vaga semejanza con esos ángeles que figuran en los
vidrios de colores de las iglesias, de expresión a la vez trágica y serena...
Por entonces justamente la ciudad acababa de firmar los
contratos para pavimentar las calles, y en el verano siguiente a la muerte de su
padre empezaron los trabajos. La compañía constructora vino con negros, mulas y
maquinaria, y al frente de todo ello, un capataz, Homer Barron, un yanqui blanco
de piel oscura, grueso, activo, con gruesa voz y ojos más claros que su rostro.
Los muchachillos de la ciudad solían seguirlo en grupos, por el gusto de verlo
renegar de los negros, y oír a éstos cantar, mientras alzaban y dejaban caer el
pico. Homer Barren conoció en seguida a todos los vecinos de la ciudad.
Dondequiera que, en un grupo de gente, se oyera reír a carcajadas se podría
asegurar, sin temor a equivocarse, que Homer Barron estaba en el centro de la
reunión. Al poco tiempo empezamos a verlo acompañando a la señorita Emilia en
las tardes del domingo, paseando en la calesa de ruedas amarillas o en un par de
caballos bayos de alquiler...
Al principio todos nos sentimos alegres de que la
señorita Emilia tuviera un interés en la vida, aunque todas las señoras decían:
“Una Grierson no podía pensar seriamente en unirse a un hombre del Norte, y
capataz por añadidura.” Había otros, y éstos eran los más viejos, que afirmaban
que ninguna pena, por grande que fuera, podría hacer olvidar a una verdadera
señora aquello de noblesse oblige -claro que sin decir noblesse oblige-
y exclamaban:
“¡Pobre Emilia! ¡Ya podían venir sus parientes a
acompañarla!”, pues la señorita Emilia tenía familiares en Alabama, aunque ya
hacía muchos años que su padre se había enemistado con ellos, a causa de la
vieja lady Wyatt, aquella que se volvió loca, y desde entonces se había roto
toda relación entre ellos, de tal modo que ni siquiera habían venido al funeral.
Pero lo mismo que la gente empezó a exclamar: “¡Pobre
Emilia!”, ahora empezó a cuchichear: “Pero ¿tú crees que se trata de...?” “¡Pues
claro que sí! ¿Qué va a ser, si no?”, y para hablar de ello, ponían sus manos
cerca de la boca. Y cuando los domingos por la tarde, desde detrás de las
ventanas entornadas para evitar la entrada excesiva del sol, oían el vivo y
ligero clop, clop, clop, de los bayos en que la pareja iba de paseo, podía oírse
a las señoras exclamar una vez más, entre un rumor de sedas y satenes: “¡Pobre
Emilia!”
Por lo demás, la señorita Emilia seguía llevando la
cabeza alta, aunque todos creíamos que había motivos para que la llevara
humillada. Parecía como si, más que nunca, reclamara el reconocimiento de su
dignidad como última representante de los Grierson; como si tuviera necesidad de
este contacto con lo terreno para reafirmarse a sí misma en su impenetrabilidad.
Del mismo modo se comportó cuando adquirió el arsénico, el veneno para las
ratas; esto ocurrió un año más tarde de cuando se empezó a decir: “¡Pobre
Emilia!”, y mientras sus dos primas vinieron a visitarla.
-Necesito un veneno -dijo al droguero. Tenía entonces
algo más de los 30 años y era aún una mujer esbelta, aunque algo más delgada de
lo usual, con ojos fríos y altaneros brillando en un rostro del cual la carne
parecía haber sido estirada en las sienes y en las cuencas de los ojos; como
debe parecer el rostro del que se halla al pie de una farola.
-Necesito un veneno -dijo.
-¿Cuál quiere, señorita Emilia? ¿Es para las ratas? Yo
le recom...
-Quiero el más fuerte que tenga -interrumpió-. No
importa la clase.
El droguero le enumeró varios.
-Pueden matar hasta un elefante. Pero ¿qué es lo que
usted desea. . .?
-Quiero arsénico. ¿Es bueno?
-¿Que si es bueno el arsénico? Sí, señora. Pero ¿qué es
lo que desea...?
-Quiero arsénico.
El droguero la miró de abajo arriba. Ella le sostuvo la
mirada de arriba abajo, rígida, con la faz tensa.
-¡Sí, claro -respondió el hombre-; si así lo desea!
Pero la ley ordena que hay que decir para qué se va a emplear.
La señorita Emilia continuaba mirándolo, ahora con la
cabeza levantada, fijando sus ojos en los ojos del droguero, hasta que éste
desvió su mirada, fue a buscar el arsénico y se lo empaquetó. El muchacho negro
se hizo cargo del paquete. E1 droguero se metió en la trastienda y no volvió a
salir.
Cuando la señorita Emilia abrió el paquete en su casa, vio que en la
caja, bajo una calavera y unos huesos, estaba escrito: “Para las ratas”.
IV
Al día siguiente, todos nos preguntábamos: “¿Se irá a
suicidar?” y pensábamos que era lo mejor que podía hacer. Cuando empezamos a
verla con Homer Barron, pensamos: “Se casará con él”. Más tarde dijimos: “Quizás
ella le convenga aún”, pues Homer, que frecuentaba el trato de los hombres y se
sabía que bebía bastante, había dicho en el Club Elks que él no era un hombre de
los que se casan. Y repetimos una vez más: “¡Pobre Emilia!” desde atrás de las
vidrieras, cuando aquella tarde de domingo los vimos pasar en la calesa, la
señorita Emilia con la cabeza erguida y Homer Barron con su sombrero de copa, un
cigarro entre los dientes y las riendas y el látigo en las manos cubiertas con
guantes amarillos....
Fue entonces cuando las señoras empezaron a decir que
aquello constituía una desgracia para la ciudad y un mal ejemplo para la
juventud. Los hombres no quisieron tomar parte en aquel asunto, pero al fin las
damas convencieron al ministro de los bautistas -la señorita Emilia pertenecía a
la Iglesia Episcopal- de que fuera a visitarla. Nunca se supo lo que ocurrió en
aquella entrevista; pero en adelante el clérigo no quiso volver a oír nada
acerca de una nueva visita. El domingo que siguió a la visita del ministro, la
pareja cabalgó de nuevo por las calles, y al día siguiente la esposa del
ministro escribió a los parientes que la señorita Emilia tenía en Alabama....
De este modo, tuvo a sus parientes bajo su techo y
todos nos pusimos a observar lo que pudiera ocurrir. Al principio no ocurrió
nada, y empezamos a creer que al fin iban a casarse. Supimos que la señorita
Emilia había estado en casa del joyero y había encargado un juego de tocador
para hombre, en plata, con las iniciales H.B. Dos días más tarde nos enteramos
de que había encargado un equipo completo de trajes de hombre, incluyendo la
camisa de noche, y nos dijimos: “Van a casarse” y nos sentíamos realmente
contentos. Y nos alegrábamos más aún, porque las dos parientas que la señorita
Emilia tenía en casa eran todavía más Grierson de lo que la señorita Emilia
había sido....
Así pues, no nos sorprendimos mucho cuando Homer Barron
se fue, pues la pavimentación de las calles ya se había terminado hacía tiempo.
Nos sentimos, en verdad, algo desilusionados de que no hubiera habido una
notificación pública; pero creímos que iba a arreglar sus asuntos, o que quizá
trataba de facilitarle a ella el que pudiera verse libre de sus primas. (Por
este tiempo, hubo una verdadera intriga y todos fuimos aliados de la señorita
Emilia para ayudarla a desembarazarse de sus primas). En efecto, pasada una
semana, se fueron y, como esperábamos, tres días después volvió Homer Barron. Un
vecino vio al negro abrirle la puerta de la cocina, en un oscuro atardecer....
Y ésta fue la última vez que vimos a Homer Barron.
También dejamos de ver a la señorita Emilia por algún tiempo. El negro salía y
entraba con la cesta de ir al mercado; pero la puerta de la entrada principal
permanecía cerrada. De vez en cuando podíamos verla en la ventana, como aquella
noche en que algunos hombres esparcieron la cal; pero casi por espacio de seis
meses no fue vista por las calles. Todos comprendimos entonces que esto era de
esperar, como si aquella condición de su padre, que había arruinado la vida de
su mujer durante tanto tiempo, hubiera sido demasiado virulenta y furiosa para
morir con él....
Cuando vimos de nuevo a la señorita Emilia había
engordado y su cabello empezaba a ponerse gris.
En pocos años este gris se fue
acentuando, hasta adquirir el matiz del plomo. Cuando murió, a los 74 años,
tenía aún el cabello de un intenso gris plomizo, y tan vigoroso como el de un
hombre joven....
Todos estos años la puerta principal permaneció
cerrada, excepto por espacio de unos seis o siete, cuando ella andaba por los
40, en los cuales dio lecciones de pintura china. Había dispuesto un estudio en
una de las habitaciones del piso bajo, al cual iban las hijas y nietas de los
contemporáneos del coronel Sartoris, con la misma regularidad y aproximadamente
con el mismo espíritu con que iban a la iglesia los domingos, con una pieza de
ciento veinticinco para la colecta.
Entretanto, se le había dispensado de pagar las
contribuciones.
Cuando la generación siguiente se ocupó de los destinos
de la ciudad, las discípulas de pintura, al crecer, dejaron de asistir a las
clases, y ya no enviaron a sus hijas con sus cajas de pintura y sus pinceles, a
que la señorita Emilia les enseñara a pintar según las manidas imágenes
representadas en las revistas para señoras. La puerta de la casa se cerró de
nuevo y así permaneció en adelante. Cuando la ciudad tuvo servicio postal, la
señorita Emilia fue la única que se negó a permitirles que colocasen encima de
su puerta los números metálicos, y que colgasen de la misma un buzón. No quería
ni oír hablar de ello.
Día tras día, año tras año, veíamos al negro ir y venir
al mercado, cada vez más canoso y encorvado.
Cada año, en el mes de diciembre,
le enviábamos a la señorita Emilia el recibo de la contribución, que nos era
devuelto, una semana más tarde, en el mismo sobre, sin abrir. Alguna vez la
veíamos en una de las habitaciones del piso bajo -evidentemente había cerrado el
piso alto de la casa- semejante al torso de un ídolo en su nicho, dándose
cuenta, o no dándose cuenta, de nuestra presencia; eso nadie podía decirlo. Y de
este modo la señorita Emilia pasó de una a otra generación, respetada,
inasequible, impenetrable, tranquila y perversa.
Gather Ye Rosebuds While Ye May...*[1908],John William Waterhouse* [1849-1917]
Y así murió. Cayo enferma en aquella casa, envuelta en
polvo y sombras, teniendo para cuidar de ella solamente a aquel negro torpón. Ni
siquiera supimos que estaba enferma, pues hacía ya tiempo que habíamos
renunciado a obtener alguna información del negro. Probablemente este hombre no
hablaba nunca, ni aun con su ama, pues su voz era ruda y áspera, como si la
tuviera en desuso.
Murió en una habitación del piso bajo, en una sólida
cama de nogal, con cortinas, con la cabeza apoyada en una almohada amarilla,
empalidecida por el paso del tiempo y la falta de sol.
V
El negro recibió en la puerta principal a las primeras
señoras que llegaron a la casa, las dejó entrar curioseándolo todo y hablando en
voz baja, y desapareció. Atravesó la casa, salió por la puerta trasera y no se
volvió a ver más. Las dos primas de la señorita Emilia llegaron inmediatamente,
dispusieron el funeral para el día siguiente, y allá fue la ciudad entera a
contemplar a la señorita Emilia yaciendo bajo montones de flores, y con el
retrato a lápiz de su padre colocado sobre el ataúd, acompañada por las dos
damas sibilantes y macabras. En el balcón estaban los hombres, y algunos de
ellos, los más viejos, vestidos con su cepillado uniforme de confederados;
hablaban de ella como si hubiera sido contemporánea suya, como si la hubieran
cortejado y hubieran bailado con ella, confundiendo el tiempo en su matemática
progresión, como suelen hacerlo las personas ancianas, para quienes el pasado no
es un camino que se aleja, sino una vasta pradera a la que el invierno no hace
variar, y separado de los tiempos actuales por la estrecha unión de los últimos
diez años.
Sabíamos ya todos que en el piso superior había una
habitación que nadie había visto en los últimos cuarenta años y cuya puerta
tenía que ser forzada. No obstante esperaron, para abrirla, a que la señorita
Emilia descansara en su tumba.
Al echar abajo la puerta, la habitación se llenó de una
gran cantidad de polvo, que pareció invadirlo todo. En esta habitación,
preparada y adornada como para una boda, por doquiera parecía sentirse como una
tenue y acre atmósfera de tumba: sobre las cortinas, de un marchito color de
rosa; sobre las pantallas, también rosadas, situadas sobre la mesa-tocador;
sobre la araña de cristal; sobre los objetos de tocador para hombre, en plata
tan oxidada que apenas se distinguía el monograma con que estaban marcados.
Entre estos objetos aparecía un cuello y una corbata, como si se hubieran
acabado de quitar y así, abandonados sobre el tocador, resplandecían con una
pálida blancura en medio del polvo que lo llenaba todo. En una silla estaba un
traje de hombre, cuidadosamente doblado; al pie de la silla, los calcetines y
los zapatos.
El hombre yacía en la cama..
Por un largo tiempo nos detuvimos a la puerta, mirando
asombrados aquella apariencia misteriosa y descarnada. El cuerpo había quedado
en la actitud de abrazar; pero ahora el largo sueño que dura más que el amor,
que vence al gesto del amor, lo había aniquilado. Lo que quedaba de él,
pudriéndose bajo lo que había sido camisa de dormir, se había convertido en algo
inseparable de la cama en que yacía. Sobre él, y sobre la almohada que estaba a
su lado, se extendía la misma capa de denso y tenaz polvo.
Entonces nos dimos cuenta de que aquella segunda
almohada ofrecía la depresión dejada por otra cabeza. Uno de los que allí
estábamos levantó algo que había sobre ella e inclinándonos hacia delante,
mientras se metía en nuestras narices aquel débil e invisible polvo seco y acre,
vimos una larga hebra de cabello gris.
* * *
Ahora que ya lo leyeron, los invito a ver el vídeo y repensar algunas escenas:
* * *
¿Qué les pareció? Uno queda con una sensación de oscuridad, una impresión gélida, de pavor. Luego empezarán las deducciones e ilaciones, coordenadas que nos llevarán a nuestra propia conclusión.
Debemos ver que el que nos cuenta la historia, «la voz narrativa» es la del bajo y prolífico pueblo, y es a través de ellos que sabemos de aquel otro mundo alto y poderoso de los Grierson, al que pertenece Emily. Ese narrador plural, ese nosotros, nos da una perspectiva de los que habitan esa ciudad, de los que vieron, oyeron y contaron.
El pueblo con sus prejuicios... creían que los Grierson se tenían en más de
lo que realmente eran. Ninguno de nuestros jóvenes casaderos era bastante bueno
para la señorita Emilia. Con sus miserias... así, cuando ella llegó a sus 30 años en estado de soltería, no sólo nos
sentíamos contentos por ello, sino que hasta experimentamos como un sentimiento
de venganza. Con sus contradicciones... al fin
podían compadecer a la señorita Emilia. Ahora que se había quedado sola y
empobrecida. Claro, ahora era casi una igual.
Sí, el pueblo es una entidad que lo abarca todo: las clases sociales y sus diferencias raciales, los negros casi al mismo nivel que las mulas, la discriminación, la religión con el miedo y el pecado, la doble moral con las contradicciones, el pasado con sus recuerdos, irrecuperable.
La presencia del padre, casi sin estar, lo justo para que nos lo imaginemos con el látigo en la mano, corriendo a los pretendientes de Emily, despreciándolos. Liberándola con su muerte.
El amor llegando inesperadamente con «el progreso», el capataz, Homer Barron, un yanqui blanco por supuesto. Es de destacar su personalidad, distinta a todos, activo, sociable... es como si escucháramos su fuerte risa en esa gruesa voz y ojos claros. Y sucedió lo que tenía que suceder: «Al poco tiempo empezamos a verlo acompañando a la señorita Emilia en
las tardes del domingo».
Pero claro, siempre tiene que haber un pero. Todos se sentían alegres, incluso los más agrios, aquellos de los que habíamos escuchado comentarios ácidos y avinagrados ahora decían: «nos sentimos alegres de que la
señorita Emilia tuviera un interés en la vida». Pero, y aquí está el pero, «¿Una Grierson? ¿con un hombre del Norte? ¿capataz?».
Se ve que no conocían el alcance de la firmeza de Emily cuando tomaba una decisión. Ni las autoridades la habían podido convencer en su momento de pagar los impuestos, menos el ministro de los bautistas de la Iglesia Episcopal a la que pertenecía podría tener ahora alguna influencia y hacerla desistir de algún proyecto inadecuado.
La odiaron y fueron aliados, la comprendieron y se regocijaron con su desgracia, ella les pertenecía, su historia estaría siempre...
La señorita Emily pasaría de una a otra generación, respetada,
inasequible, impenetrable, tranquila y perversa.
Amor y posesión en la mente enajenada de Emily, como única posibilidad para suspender el tiempo.
Espero que hayan disfrutado de esta lectura nada fácil, nos atrae y nos desagrada al mismo tiempo. Una más de Faulkner, que si bien nos introduce en la sociedad tradicional sureña de principios del siglo XX de Estados Unidos —una de las más distinguibles—, también a las complejidades de cualquier otra sociedad. Con sus matices y diferencias. La riqueza y profundidad de sus personajes hace que lo podamos llevar a otras geografías y tiempos.
Hasta la próxima lectura,
C. G.
Mis notas, lecturas, referencias, links y sitios de interés para visitar - Cuentos reunidos, William Faulkner:
https://books.google.com.ar/books/about/Cuentos_reunidos.html?id=cMFkv8cgxRUC&redir_esc=y
- Miguel Martínez-Lage, [1961-2011] traductor de esta obra: Profesor y traductor español. Tradujo más de 200 obras de destacados autores. Obtuvo el Premio Nacional de Traducción en 2008 por Vida de Samuel Johnson, del escritor escocés, James Boswell [1740-1795]. En una oportunidad declaró: «Cada generación debe hacer su propia traducción de los clásicos, o cada cincuenta años al menos. El original no envejece, pero sí la traducción». Y con su típico humor continuó: «El original es un Rolex suizo, la traducción un Rolex chino, pero siempre debe ser un Rolex».
«La angustia y el gozo de traducir»: Entrevista a uno de los más importantes traductores literarios del inglés, Miguel Martínez-Lage. Entre los autores que ha traducido destacan J. M. Coetzee, Samuel Beckett, Joseph Conrad, Roddy Doyle, Graham Greene, Ernest Hemingway, Aldous Huxley, Rudyard Kipling, Edgar Allan Poe, Dylan Thomas, Virginia Woolf, entre muchos otros. http://www.ual.es/odisea/Odisea08_GI807.pdf
- John William Waterhouse: [1849-1917] Pintor británico «prerrafaelista». Elección personal para ilustrar este relato. En el principio de su carrera se dedicó a temas de la
antigüedad clásica, más adelante abordó los literarios, siempre con un
estilo suave y misterioso, imbuido de romanticismo, que permiten
encuadrarlo dentro del simbolismo.
http://www.johnwilliamwaterhouse.com/home/
- Vídeo basado en el cuento «Una rosa para Emily», de William Faulkner:
https://www.youtube.com/watch?v=w6E7qYoIHK0