Un recorrido por algunas de las creaciones del famoso decorador.
Un estilo de vida, una experiencia mágica.
Visita a «Alcuzcuz Gallery Café», Ctra. de Ronda Km. 42, Benahavis, Málaga
Maravilloso libro, grande y profusamente ilustrado del reconocido Jaime Parladé, interiorista español, el aristócrata decorador de la Costa del Sol.
Jaime Parladé, en el despacho de su casa de Carmona, próxima a Sevilla [Andalucía]. Escritorio francés decapado y silla en vivo color azul.
Parladé inició su famosa carrera en Marbella, con la decoración del Hotel de Guadalmina [1958]. Luego, le siguieron las casas de conocidas familias, nobles e intelectuales, personalidades no solo de Marbella y alrededores, también de Corfú, Marrakech, Miami, Gstaad, Connecticut, entre otros lugares.
Encantadora sencillez en este porche muy andaluz: Mesa marroquí y sillas de balneario en ratán y dos butacas francesas pintadas. Como nota graciosa y descontracturada: un búho de barro para ahuyentar las palomas. El agua de la alberca y el perfume de los naranjos completan el ambiente.
Considerado como uno de los principales profesionales de la renovación de interiores, se destacó por su habilidad para combinar, con exquisito acierto, estilos diferentes, todo con una gran naturalidad.
Pigmentos naturales para colorear algunas de las carpinterías, mesas largas para ser usadas y recibir amigos. Los mosaicos hidráulicos renovados evocan un pasado querido.
En ese mezclar estilos, siempre prevalece la calidad y comodidad. Sus ambientes debían, ante todo, ser atractivos, acogedores y utilizables.
Sobre la chimenea, un espejo Trumeau recuperado [podríamos usar una reproducción, uno auténtico podría costar una cifra en dólares inalcanzable]. El suelo es de losetas de barro, procedentes de alguna demolición. Se cubre en partes con una alfombra bereber —todo un «must have» decorativo— y una estera de esparto, como accesorio artesanal y fresco.
Sus trabajos predilectos eran los realizados en las reformas de casas de campo. Afortunadamente podemos disfrutar estos originales pero nunca excéntricos ambientes, imágenes captadas por reconocidos fotógrafos que ilustran este libro.
El arte siempre está presente, a veces en rincones que hay que descubrir, y ahí reside el encanto. En este caso: un cartel taurino [enmarcado sencillamente] del artista figurativo británico, y su amigo, Anthony Fry.
Le gustaba emplear materiales recuperados, dándoles vida, acompañándolos con un repertorio de muebles, adornos, bibelots muy variados: «Me gusta la mezcla y me importan poco los estilos o normas, la combinación tiene que entrar por los ojos». Tan simple.
Más arte: aquí una obra del pintor británico que se enamoró de Galicia, Tim Behrens [1937-2017], autor de la novela Poniéndose ya el abrigo, donde ofrece una divertida y profunda visión de esta región española. Libro delicioso y autobiográfico. Completa el rincón, un jarrón de Manises [Comunidad Valenciana] acompañado con flores frescas, siempre de la zona.
Su estadía en el Tánger multicolor de los cuarenta, cuando era niño, y la afición familiar por las antigüedades, supusieron una maestría decisiva, audacia para el mix que salta a la vista, más allá del gusto personal de cada uno que esté mirando las imágenes.
Tejidos bordados en géneros y diseños étnicos en cabeceras que ganan alturas y toman sello propio con un estampado oriental que casi toca el techo. Mesita marroquí pintada de azul delante de un espejo inglés que no se alcanza a ver, un mix muy atrevido.
El estilo británico le fue dado por Janetta, su mujer: telas, papeles, petit muebles, adornos, lámparas, todas piezas que atesoran alguna historia, cosas traídas de aquí y allá.
Dormitorio Jaime Parladé
Los espacios vacíos también son importantes. Imprescindibles para dejar lugar a la improvisación y humor cambiante. Nada que tenga que ver con el minimalismo, que resulta frío, impersonal e incómodo.
A la hora de elegir un tono, nada mejor que hojear un libro de arte, Matisse es el elegido por Parladé.
El típico bargueño queda totalmente eliminado en su universo creativo.
No todo es practicidad. Hay piezas que son incómodas pero son bellas por una u otra razón. Y ahí están, ocupando un lugar de preferencia. El mix en texturas y los techos también son una marca que lo caracteriza.
Matisse on his mind, François Halard [photographer]
Distintos tipos de alfombras para cubrir pisos imperfectos por el tiempo.
Cocinas ampliadas y decoradas con intuición y buen gusto, con aromas. Muy personal, nada que tenga que ver con las repetidas, lisas, neutras y blancas que solemos ver en los catálogos, y que parecen más quirófanos que lugares que deberían ser el alma de la casa. Aquí puedes desde cocinar, hasta tomar un rico café, o incluso leer un buen libro.
Palardé fue un hombre cultísimo, amante de la ópera, viajero incansable y gran lector.
Biblioteca y mesa entelada en sala de estar, espacios cálidos y confortables. Siempre con algún objeto fetiche o tela étnica.
Ahora, sus herederos dan aires renovados a su rico patrimonio, con un hotel boutique en su emblemática casa y un restaurant y tienda de arte, objetos y ropa en su galería.
Ayer lo estuve visitando.
Les recomiendo que no se pierdan este paseo. Disfrutarán de la obra y recuerdos de Jaime Parladé, y de una vista y comida encantadoras.
La cena se sirve en esta encantadora terraza, desde donde se ven todos los pueblitos iluminados diseminados en las montañas.
Hasta el próximo encuentro, siempre acompañada de un buen libro. Espero que hayan disfrutado de este post, donde reflejé algo del carácter andaluz combinado con la comodidad británica de este reconocido decorador.
Simplemente un paseo al atardecer, subiendo por la carretera de Ronda, muy cerca de Marbella, entonces aparece esta finca, 20 hectáreas de olivos y alcornocales. Nuestra vista se pierde entre jardines, plantas exóticas, albercas, un sinfín de muebles ingleses, telas indias, azulejos morroquíes y portugueses, el tiempo se detiene.
Elegimos un rincón para descansar y charlar de todo lo que vemos,
Llegó el circo y armó su carpa en los terrenos del ferrocarril, a un costado de la estación. Tardaron tres días enteros en armarla. Enseguida trazaron un gran círculo sobre la tierra y alisaron el piso, esa sería la pista. Después acomodaron las casillas y los carromatos y las jaulas con los leones y los tigres alrededor de ese círculo. Bastante alejadas. El segundo día clavaron estacas durante toda la mañana; el pueblo se llenó de ruido a martillazos. Durante la tarde levantaron los mástiles. Muchos hombres asieron una soga gruesa y tiraron, gritando acompasados. Los dirigía un viejo en camiseta. El poste central se alzó hasta quedar perpendicular al suelo.
El último día cubrieron los mástiles con las lonas y la carpa tomó forma.
Mientras tanto, las mujeres escuálidas que en la función volarían por los aires leían revistas junto a sus casas rodantes y tendían ropa sobre las ramas de los árboles. Desde lejos podía verse al hombre de goma acostado sobre el techo de su casilla, tomando sol vestido solo con un slip diminuto, y al mago puliendo una inmensa caja de cristal.
La gente del pueblo encerró a sus perros y a sus gatos, porque se decía que los del circo eran capaces de robarlos para alimentar a sus animales. Las madres tampoco dejaban acercarse a sus hijos al baldío por miedo a que los raptaran o se los llevaran al partir, convertidos en saltimbanquis o en malabaristas. Igual, muchos se escapaban de la escuela para ver cómo les daban de comer a los leones y se quedaban mirando desde la calle las cosas del circo. Habían monos que se rascaban las pulgas. Había perros saltarines que corrían desesperados tras un señor que les tiraba galletas. Había dos caballos blancos, uno con una cola larga hasta el piso. Y había un elefante. Gris. Perfecto. Alto. Un poco triste.
La primera función fue un lleno total. La gente del pueblo hablaba de las maravillas que había visto: el hombre bala, la pirámide humana, la mujer que galopaba sobre los caballos y lanzaba fuego por la boca, el domador y los leones, un tigrecito al que le habían puesto un sombrero y actuaba con los payasos. Los que no habían asistido esperaban ansiosos el siguiente fin de semana. Los que sí fueron, caminaban inflados de orgullo.
El dueño del circo tenía un hijo y lo mandó a la escuela para que tomara clases mientras el circo estuviera en el pueblo. Iba a sexto grado. Sus compañeros lo rodearon esperando que contara miles de aventuras porque pensaba que la vida en el circo debía ser extraordinaria, pero el chico se negó a hablar de eso. Era un chico huraño y de ojos duros, impiadosos. Odiaban que lo vieran como a un fenómeno. No salía en los recreos y se quedaba en su banco, mirando por la ventana hacia fuera, a la calle. A la salida lo venían a buscar en un Rastrojero cargado con dos parlantes que anunciaban las próximas funciones. A medida que la voz grabada del payaso se acercaba gritando la publicidad, el chico del circo se ponía más y más colorado. Después, solo quedaba formar y arriar la bandera.
Una tarde, una de las compañeras del chico del circo entró corriendo al aula antes de que sonara la campana y le dio un rápido beso en los labios. Después la chica intentó escaparse, pero el chico del circo la sostuvo por el pelo y la obligó a darle otro beso. Abrió grande la boca, como si se la fuera a tragar, y empujó con la lengua hasta que los labios de la chica cedieron. El chico del circo metió entonces la lengua dentro y dejó allí depositado, en la concavidad rosa, un chicle de menta ya desabrido y sin color. Cuando el resto del curso entró al aula, la chica lloraba sentada en su banco, con las dos piernas muy juntas y el delantal estirado sobre las rodillas. El chico del circo seguía mirando por la ventana.
Al poco tiempo corrió un rumor entre los cursos más bajos. Decían que el chico del circo había arrastrado a una de sus compañeritas hacia el hueco que se formaba debajo de las enredaderas del patio y la había obligado a desnudarse. Aseguraban que habían hecho caca juntos.
La directora desestimó lo cuchicheos, pero igual llamó al chico del circo a su oficina y mantuvieron una extensa entrevista en la que lo interrogó acerca de cómo se sentía en su nueva escuela y si creía que se estaba integrando bien al resto del grupo.
El chico del circo habló poco y nada.
Un día, sin previo aviso, y después de dos exitosos fines de semana, el circo se fue y el chico no volvió a la escuela. El baldío en el que se había asentado la carpa amaneció liso y vacío. Solo quedaba, en una esquina, el elefante parado, alto y triste, con su grillete en la pierna y una cadena que lo ataba a su estaca.
La policía hizo averiguaciones. Dijeron que los del circo no tenían los papeles del animal en regla y que por eso lo habían dejado. Vino el veterinario y revisó al elefante.
Este animal está muy enfermo, dijo. Está a un pie de la muerte, dijo.
Todos se pusieron muy tristes. ¿No se puede hacer nada?, ¿no hay modo de salvarlo?, preguntaron.
El veterinario respondió que no, que solo era cuestión de horas.
¿Y qué vamos a hacer con un elefante muerto?, preguntaron.
No tengo ni idea, dijo el veterinario.
Los chicos, mientras tanto, rodeaban al elefante y corrían entre sus piernas. El desafío era pasar bajo la panza del animal sin que este lo advirtiera. Más tarde se colgaron de su cola y también uno, el maás sabandija de todos, se le subió al lomo. Después de un rato de saludar desde allí, bajó sin pena ni gloria. El elefante, parado en medio de los terrenos del ferrocarril, apenas si movía las orejas para espantar las moscas. No comía. La trompa le caía derecha y arrastraba por el suelo. Tenía los ojos lagañosos y entrecerrados.
Dos días más tarde, se murió.
Nadie sabía qué hacer con el elefante muerto. Cortaron el candado que ataba el grillete a la pata y, con una pala excavadora y la ayuda de muchos hombres, lo subieron al camión de la municipalidad y lo llevaron al basural. Allí lo dejaron.
Algunos chicos todavía fueron un tiempo más a jugar sobre el elefante. Un día dejaron de ir. Había olor.
Cuando ya era una montaña reseca e informe, el intendente recordó al elefante muerto y comenzó a hacer gestiones. Logró venderle el esqueleto a un Museo de Ciencias Naturales de Formosa. Fue un buen ingreso para las arcas municipales. Vinieron tres técnicos y se pasaron dos días blanqueando huesos y embalándolos en cajas de cartón. Al terminar la tarea cargaron todo en una furgoneta destartalada y partieron. El museo tenía un gran hall de ingreso, un poco oscuro pero majestuoso, y el elefante sería toda una atracción puesto allí, en el centro.
Tardaron un año y medio en armarlo. Día tras días engarzaban huesos en un firme y secreto soporte de hierro. Consultaban, para hacerlo, una vieja enciclopedia de zoología y observaban en detalle cada parte, cada articulación, cada pequeñez. Lentamente, el elefante tomaba forma. Ya estaba casi completo cuando advirtieron que faltaba una diminuta vértebra de la cola. Según el libro debía haber diecinueve y en la caja de las vértebras había solo dieciocho.
Durante un tiempo la buscaron en las otras cajas, hasta que se dieron por vencidos. Se dijeron a sí mismos que seguramente el huesito había quedado olvidado en el pueblo, perdido entre cáscaras de papas, bolsas de nylon y botellas rotas.
Pero no era así. Lo tenía, en realidad, la chica aquella que había besado al hijo del dueño del circo. Caminó entre sombras una noche de verano para robar la vértebra, en medio del basural crujiente y tembloroso, sin que nadie lo advirtiera.
La escondió en un cajón secreto, en el fondo de su cómoda, junto al diario íntimo y al lado del chicle reseco y desvaído, envuelta con una cinta rosa.
Era su souvenir.
* * *
¿Les gustó?
Un muy buen cuento de Federico Falco, escritor y video artista argentino nacido el 1 de enero de 1977, en la provincia de Córdoba, Argentina. Licenciado en Ciencias de la Comunicación con orientación en TV. Autor de libros de cuentos, como Un cementerio perfecto [2002], 222 patitos [2004], 00 [2004], El pelo de la Virgen [2007], La hora de los monos [2010], el que incluye «Elefantes» y otros ocho cuentos, y Un cementerio perfecto [2016]; una nouvelle: Cielos de Córdoba [2011]; poesía: Aeropuertos, aviones [2006] y Made in China [2008]; y una obra de teatro: Diosa de barrio [2008]. Fundador, junto a Luciano Lamberti e Inés Rial, de la revista literaria digital Fe de Rata. Recibió numerosos premios, entre los que se destaca la distinción como el creador joven destacado en el área de Literatura, otorgado por el Centro Cultural España Córdoba; dos becas, una del Fondo Nacional de las Artes y otra de la New York University y el Banco de Santander. Participó en diversas antologías de cuentos y relatos. En 2010 fue seleccionado por la revista Granta para integrar su número dedicado a los mejores narradores jóvenes en español.
Federico Falco admira a los cuentistas, a Antonio di Benedetto [Zama], Juan José Saer [Nadie nada nunca], Rodolfo Fogwill [Muchacha Punk], Hebe Uhart, la gran preferida de Faulkner, [«En la peluquería», «Mi tío de Lima»], Daniel Moyano [«Artista de variedades»], en cuanto a los argentinos, después agrega a: Flannery O´Connor [«El tren», «La cosecha»], John Cheever [«Reunión», «La monstruosa radio»], Lydia Davis [«Lo que aprendes sobre el niño»], todos virtuosos del relato.
«Me defino como cuentista»
Federico Falco
«Elefantes» es un relato corto, como habrán visto, contado por un narrador en tercera persona. Alguien que se interna en los acontecimientos de ese pueblo con la gran aventura de la llegada de un circo —cuántos de ustedes la habrán vivido o se lo habrán contado—, y también se interna en los personajes, niños-adolescentes con sus cuotas de inocencia y malicia y descubrimientos. Conductas que pueden ser terribles o banales y no tienen mucha explicación. ¿O acaso la tiene el beso espontáneo o el beso obligado?, ¿o el extraño souvenir que elige la niña?
El relator es alguien que ha vivido la historia, y nos la cuenta con un tono entre melancólico y nostálgico, con un narrar minimalista dejándonos un espacio, en un estado contemplativo de ese pasado que se ha ido para siempre, que ha levantado vuelo, como el circo y con él, el hijo del dueño del circo. Como todo lo que llega a un pueblo.
Es un relato, a mi entender, que nos muestra al otro, sin juzgar, y eso para mí, como para muchos, es muy atrayente.
Espero que hayan disfrutado de este cuento aparentemente simple, y si no conocían a su autor que puedan leer más de su obra y de él. Debajo, en Notas, dejos los links de dos cuentos y tres entrevistas, para seguir disfrutando.
Hasta el próximo encuentro, leyendo desde una linda playa o desde el calor de un hogar,
C. G.
Notas - «El hombre de los gatos», Federico Falco: https://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/23-160766-2011-01-20.html - «Cuento de Navidad», Federico Falco: http://www.piedepagina.com/redux/14/06/2008/cuento-de-navidad/ - Entrevista de Juan Terranova, «Hablando del asunto 3.0»: https://web.archive.org/web/20110706081440/http://www.hablandodelasunto.com.ar/2010/06/la-cordoba-que-aparece-en-mis-cuentos-tiene-poco-que-ver-con-la-cordoba-real/ - Entrevista de Rogelio Demarchi, «Mundos ambulantes»: http://vos.lavoz.com.ar/content/mundos-ambulantes-0 _ Entrevista de Cristina Mucci «Los siete locos»:
Hermoso poema del destacado escritor y poeta británico Richard Aldington, famoso por su novela Death of a Hero [1929] y su poesía minimalista de verso libre, con imágenes concisas, vívidas, tangibles, fáciles de imaginar.
Amigo del poeta Ezra Pound —lost generation—, Aldington se destaca principalmente por ser fundador del movimiento «Imagist»*, por la influencia del arte japonés en su escritura, con muchas referencias a las tragedias y mitos griegos, y por expresar, tan bien, los horrores de la Primera Guerra Mundial.
Además, fue un crítico muy prolífico, traductor y ensayista. Escribió biografías sobre sus contemporáneos, la de D. H. Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia, generó una gran controversia*.
Una vez en Londres, formó parte del influyente círculo de escritores británicos del momento, que incluía a William Butler Yeats y a Walter de la Mare, a su esposa, por supuesto, Hilda Doolittle, a James Joyce y a Williams Carlos Williams, entre otros.
Sin embargo, se sintió desilusionado con este ambiente literario por varias razones, sobre todo al regresar de la guerra. Aldington había interrumpido su carrera literaria para alistarse en el ejército durante la Primera Guerra Mundial. El pesimismo que caracterizó su obra siguiente fue atribuido al trauma sufrido en las trincheras, el llamado theshell shock [neurosis de guerra].
Sus primeras publicaciones acerca de estas amargas experiencias fueron sus dos libros de poemas Images of War y Images of Desire, ambos de 1919. Aunque influenciado siempre por la historia griega, sus versos estaban ahora impregnados de un tono melancólico, aumentando cada vez el contraste entre la integridad y pureza de los griegos... y lo sucio, sórdido, la confusión de ese presente hostil. En estas imágenes puede sentirse el cataclismo de los bombardeos, la soledad del hombre, la devastación de campos y ciudades, su acidez y amargura.
Richard Aldington´s first novel Death of a Hero
Su novela autobiográfica Death of a Hero [La muerte del héroe*], publicada once años después de haber terminado la guerra, describe el impacto que tiene la lucha armada y lo que significa estar en el frente. Explora la alienación y el aislamiento de un joven soldado en su vuelta a casa con un permiso especial. Cómo articula su vida civil y su vida militar.
Los lectores saben desde un principio que el soldado ha muerto en batalla... eso no le quita interés, al contrario hace que nos centremos en cómo se van delineando los eventos que conducirán a la irremediable tragedia.
Esta novela está considerada como un valioso testimonio de primera mano, a la par de la de Erich Maria Remarque, con su Sin novedad en el frente [All Quiet on the Western Front, 1930] y la muy conocida Adiós a las armas [A Farewell to Arms, 1929], de Ernest Hemingway, ambas con míticas películas antibélicas que plasmaban, los sentimientos y desilusiones de jóvenes enviados a la guerra, en el primer caso, y una hermosa historia de amor entre un conductor de ambulancia del ejército italiano y una enfermera británica, en el segundo, siempre situadas en la Primera Guerra Mundial [1914-1918].
H. D. [Hilda Doolittle]. American, 1886-1961, poet and novelist.
La separación de su esposa, la poetisa ya mencionada Hilda Doolittle, más conocida como H. D., el nacimiento de un hijo muerto, el haber combatido en las trincheras de la I Guerra Mundial, entre 1916 y 1918, la hipocresía de la sociedad británica y su ignorancia acerca de las tribulaciones de un ex soldado, fueron experiencias de las que no se pudo recuperar. Sin embargo siguió siendo amigo de su esposa y se mudó a Francia, donde vivió hasta su muerte y continuó escribiendo, como un expatriado, pero sabiendo que su obra literaria era su mejor respuesta a la guerra, y la mejor expresión de sí mismo y su época. Por todo ello recibió merecidos reconocimientos.
Espero que hayan disfrutado de este escritor y poeta, recordarlo si ya lo conocían, o acercarse a su obra de una manera breve, pudiendo profundizar si lo desean, si no lo habían leído, en los links que dejo.
Sus escritos son un buen ejemplo del pensamiento y del estilo de una generación.
Richard Aldington tuvo el don de evocar fluidamente emociones simples que fácilmente compartiremos. Sus admiradores suelen decir en su defensa, «la poesía no tiene porqué ser herméticamente intelectual».
- Imagism: Fue un movimiento en la poesía angloamericana de principios del siglo XX, que favoreció la precisión de las imágenes y el lenguaje claro y nítido. Ha sido descrito como el movimiento más influyente en la poesía inglesa desde la actividad de los Prerrafaelitas. Como estilo poético dio inicio al Modernismo y es considerado como el primer movimiento literario modernista organizado en el idioma inglés. [W]
- Richard Aldington, Dissertations and Theses. Boston University, by Alice Rachel Peaslee:
Jean Cocteau, uno de los más grandes artistas, multifacético, poeta, novelista, dramaturgo, escenógrafo, pintor, director de cine, paradigma por excelencia del creador independiente, un moderno. Una de las figuras más emblemáticas y geniales. Su obra, en todas estas disciplinas, es casi un diario íntimo donde se revelan sus sentimientos, obsesiones y fascinaciones, la búsqueda de su esencia, la sangre de un poeta. Obra plena de símbolos y de referencias culturales, Cocteau reinterpretó los mitos clásicos y lo cargó todo de erotismo, sensualidad y mundos oníricos.
Su estética fue diferente a todas, y allá, donde el sueño borra los pasos, escribió este poema:
Un amigo duerme
[extracto]
«25 Dessins D´un Dormeur» [1929], Jean Cocteau
Tus manos por las sábanas eran mis hojas muertas.
Mi otoño era un amor por tu verano.
El viento del recuerdo resonaba en las puertas
hacia lugares que nunca visitamos.
Un ami dort
Tes mains jonchant les draps étaient mes feuilles mortes.
Mon automne aimait ton été.
Le vent du souvenir faisait claquer les portes
Des lieux où nous avons été.
Permití la mentira de tu sueño egoísta
allá donde el sueño borra tus pasos.
Crees estar donde estás. Es tan triste
estar siempre donde no estamos.
Je te laissais mentir ton sommeil égoïste
Oú les rêve efface tes pas.
Tu crois être où tu es. Il est tellement triste
D´être toujours où l´on n´est pas.
Deux profil, 1957, Jean Cocteau
Tu vivías hundido dentro de otro tú mismo,
abstraído a tal punto de tu cuerpo
que eras como de piedra. Es duro para quien ama
poseer solamente un retrato.
Tu vivais enfoncé dans un autre toi-même
Et de ton corps si bien abstrait,
Que tu semblais de pierre. Il est dur, quand on aime,
De ne posséder qu´un portrait.
Inmóvil, desvelado, yo visitaba habitaciones
a las que nunca ya retornaremos
Corría como un loco sin mover los miembros:
el mentón apoyado sobre el puño.
Immobile, éveillé, je visitais les chambres
Où nous ne retourneront point.
Ma course folle était sans remuer les membres,
Le menton posé sur mon poing.
Y, cuando regresaba de esa carrera inerte,
te encontraba aburrido, con los ojos cerrados,
abiertos tu aliento y tu enorme mano,
y tu boca plena de noche...
Lorsque je revenais de cette course inerte,
Je retrouvais avec ennui,
Tes yeux fermés, ton souffle et tan main grande ouverte,
Et ta bouche pleine de nuit.
*
Espero que hayan disfrutado el recuerdo de este artista, nada convencional y minoritario, complejo y fascinante, que supo retratar su rico mundo interior en palabras e imágenes.
A un personaje no se le da vida en vano. Criaturas de mi espíritu, aquellos seis vivían ya una vida que era la suya propia, que había dejado de ser una vida que ya no estaba en mi poder negársela.
L. P.
Luigi Pirandello, Premio Nobel de Literatura 1934, gran escritor y dramaturgo italiano, nacía un día como hoy, 28 de junio de 1867, en una villa cercana a la histórica ciudad de Agrigento, en la costa sur de la isla de Sicilia. Allí transcurrió su infancia. Luego viviría en Palermo, donde realiza sus estudios superiores y empieza a escribir sus primeros poemas.
Luigi Pirandello
Sus experiencias familiares, el desencanto de un padre que engaña a su madre, el acercamiento devoto hacia ella, sus propias vivencias amatorias con una prima, su trabajo en el negocio familiar del azufre, son todas vivencias e impresiones que quedarán reflejadas en su obra.
Más tarde se traslada a Roma para continuar sus estudios universitarios. Estamos en el año 1887, y por causa de un incidente con un profesor, se doctora en la ciudad alemana de Bonn.
A su regreso a Italia se casa y publica su primer libro de relatos, Amores sin amor [1894]. en 1904 publica una novela con la que obtiene gran éxito, El difunto Matías Pascal, posiblemente basada en la desorientación que le causó su declive económico.
Su literatura, original y muy valorada, especialmente los relatos y obras teatrales, tuvo, sin embargo, algo que la empañó, fue su acercamiento a Mussolini y al partido fascista. Pasado el tiempo, creo que hay que elevar al artista y a su obra a otra dimensión.
Falleció en Roma, el 10 de diciembre de 1936.
Clásicos Universales
Su obra es amplia, hoy recuerdo Seis personajes en busca de un autor, para muchos su obra maestra, representada por numerosas compañías de primer nivel y adaptada al cine. Con ella, Pirandello abrió el camino para el teatro del absurdo. Los invito a verla, presentada por la TVE en 1982, adaptada por Miguel Angel Conejero, dirigida por Miguel Narros y realizada por Pedro Pérez Oiva. En el video podrán leer el nombre de todos los excelentes actores.
Mientras los actores de una compañía ensayan una obra, aparecen en el teatro seis extraños personajes que vienen a ofrecer su drama al director.
El libro fue publicado en 1925, obra metaliteraria en la que se habla sobre el hecho creador, sobre la realidad de los personajes y las personas, donde descubrirán cómo se rompen las barreras y descubren un teatro dentro del teatro. Un mundo que se nos altera a los ojos de lector, si la están leyendo, o a los de espectador, si la están viendo. Si son de los que esperan que todo esté bien definido y cada cual en su lugar, que sea convencional en todo el sentido de la palabra, estético y significativo. No lo esperen. Y no se confundan cuando empiecen a verla y piensen que la obra no ha empezado... Empieza en ese momento justo. Cualidades literarias y escénicas para disfrutar.
Hasta el próximo encuentro,
C. G.
Notas
- Seis personajes para un autor, Luis pirandello: Obra de teatro y libro completo:
- «Detrás del creador. Una reflexión a partir de Seis personajes en busca de autor. Alejandro Arturo Martínez:
https://medium.com/espanol/detr%C3%A1s-del-creador-una-reflexi%C3%B3n-a-partir-de-seis-personajes-en-busca-de-un-autor-42477db11b2f
Tengo la convicción de que el don de los sueños es un valioso obsequio literario, pues si con alguna técnica aún no descubierta pudiéramos captar, fijar y utilizar las insólitas imágenes que proporciona, tendríamos una literatura «muy por encima de lo corriente». Del mismo modo que los animales adiestrados adquieren nuevas capacidades y aptitudes, ese don podría mejorarse sensiblemente una vez capturado y domesticado. Con ello, doblaríamos las horas productivas y realizaríamos nuestra más fructífera labor mientras dormimos. Pero, incluso en las condiciones actuales, el mundo de los sueños es un terreno que produce rentas, tal como demuestra «Kubla Khan»*.
What is a dream?
¿Y qué es el sueño? Pues una desordenada disposición de recuerdos inconexos, una embrollada sucesión de pensamientos que una vez estuvieron presentes en la conciencia insomne. Es una resurrección de todos los muertos en tropel [pasados y recientes, justos e injustos] que, emergiendo de sus tumbas resquebrajadas «con las mismas ropas que llevaban en vida», corren desordenadamente para conseguir una audiencia del director de todo ese baile mientras se desgarran los vestidos unos a otros. Pero, ¿es que realmente hay un director? En absoluto; el que debía serlo renunció a su autoridad y la masa se ha apoderado de su voluntad. Murió, pero no resucita con los demás; su capacidad de juicio y de sorpresa ha desaparecido. Puede sentir dolor y alegría, terror y atracción, pero no asombro. Lo monstruoso, absurdo y antinatural se convierte entonces en sencillo, correcto y razonable. Ni lo ridículo divierte ni lo imposible desconcierta. El único poeta verdadero que encontramos es, pues, el soñador; en él «la imaginación es compacta».
Pero la imaginación no es otra cosa que recuerdo. Si no, intenta imaginar algo que nunca hayas visto, sentido, oído o leído. Prueba a concebir, por ejemplo, un animal que no tenga cuerpo, miembros o cola, o una casa sin paredes ni techo. Cuando estamos despiertos dirigimos y ordenamos nuestro pensamientos por medio de la voluntad y el juicio; seleccionamos y sacamos del almacén de los recuerdos aquello que nos sirve, y excluimos, no sin dificultad, lo que nos interesa. Por el contrario, cuando dormimos nuestras fantasías «nos suceden». Aparecen tan agrupadas y mezcladas, tan impregnadas de sus mutuos elementos, que el conjunto parece nuevo; pero las viejas y conocidas unidades de pensamiento son las mismas. Tanto despiertos como dormidos, lo que sacamos de nuestra imaginación son nuevas combinaciones; «la materia de la que están hechos los sueños» es reunida por los sentidos y almacenada en la memoria del mismo modo que las ardillas almacenan nueces. Pero hay al menos un sentido que no contribuye a la fábrica de los sueños: nadie ha soñado nunca un olor. La vista, el oído, el tacto, e incluso el gusto trabajan para asegurar nuestro entretenimiento nocturno; pero el sueño no tiene nariz. Sorprende que observadores tan sagaces como los antiguos poetas no describieran a la divinidad en actitud durmiente, y que sus obedientes siervos, los escultores, no la representaran. Puede que estos últimos, al trabajar para la posteridad, intuyeran que el tiempo y la fatalidad revisarían inevitablemente su obra, y por ello la conformaran a hechos naturales.
¿Quién es capaz de relatar un sueño de tal forma que lo parezca? No creo que exista un poeta con un estilo tan fino; es como intentar transcribir la música de un arpa eólica. Existe una especie conocida del género Pelmazo [Penetrador intolerabilis] que después de leer una narración —tal vez de un gran escritor— se las ve y se las desea para exponer su argumento con el fin de instruir y deleitar. Al final considera [¡qué buen espíritu!] que no hace falta leerla. «Bajo condiciones y circunstancias sustancialmente semejantes» [como reza una ley que rige el comercio interestatal] yo no debería incurrir en una falta similar. Con todo, me propongo exponer en estas hojas la trama de algunos de mis propios sueños, si bien hay que tener en cuenta que aquí «las condiciones y circunstancias» son diferentes, pues mis fantasías no son accesibles al lector. Algunos fragmentos parecerán pobres y sé que al comentarlos no alcanzaré un gran éxito, pero he de reconocer que me resulta imposible apresar a un espíritu tan esquivo como éste.
Caminaba durante el crepúsculo por un enorme bosque de árboles antes nunca vistos, sin saber de dónde venía ni adónde iba. Sentí la desmesurada extensión de aquel lugar y me di cuenta de que estaba completamente solo. La idea de un horrible hechizo, como castigo a un crimen olvidado que debía de haber cometido al amanecer, me obsesionaba. Avancé mecánicamente y sin esperanzas bajo los árboles siguiendo una senda que atravesaba las embrujadas soledades de la espesura. Un tenebroso arroyo cruzaba perezosamente mi camino: era sangre. Giré hacia la derecha y lo seguí durante un largo trecho; al cabo de un rato llegué a un abierto espacio circular, inundado por una luz tenue e irreal, en cuyo centro se podía reconocer un depósito de mármol blanco. Estaba lleno de sangre y el riachuelo que había seguido era su desagüe. En torno al depósito, entre él y el bosque circundante, había un espacio de unos dos pies de anchura cubierto por grandes losas de mármol sobre las que yacían unos veinte cuerpos humanos sin vida. Aunque no los conté, sabía que su número tenía alguna relación clara y portentosa con mi crimen. Posiblemente indicaba en siglos la fecha en la que lo había cometido; la precisión de la cifra era pues evidente. Los cuerpos estaban desnudos y distribuidos simétricamente alrededor del tanque como si fueran los radios de una rueda: reposaban sobre la espalda con los pies hacia afuera, y sus cabezas, abatidas sobre el borde de la cubeta, mostraban un corte en la garganta del que brotaba sangre lentamente. Observé toda la escena sin hacer el menor movimiento. Era el resultado natural y necesario de mi pecado y, por ello, no me afectaba. Pero había algo que me llenaba de aprensión y temor, una pulsación monstruosa que tenía un ritmo lento e inexorable. No sé si se dirigía a alguno de mis sentidos o si llegaba directamente a mi conocimiento a través de algún camino desconocido para la ciencia. La lastimosa regularidad de su amplia cadencia era enloquecedora e invadía todo el bosque. Parecía la manifestación de un mal gigantesco e implacable.
No recuerdo nada más de este sueño. dominado probablemente por el pánico cuyo origen debía de ser el malestar propio de una mala circulación sanguínea, grité y mi propia voz me despertó.
Este otro sueño aconteció en los primeros años de mi juventud. No tendría más de dieciséis años y, a pesar del tiempo transcurrido, recuerdo lo que en él ocurría con la misma claridad que cuando apenas había pasado una hora y yacía encogido de miedo bajo la colcha.
Me encontraba solo en una inmensa llanura y era de noche [en mis pesadillas siempre suelo estar solo y normalmente es de noche]. No había árboles, ni ríos ni colinas, ni rastro alguno de presencia humana. El terreno estaba cubierto de una vegetación rala y oscura, una especie de rastrojos, que recordaba que la llanura había sido arrasada por el fuego. El camino por el que deambulaba mostraba algunos charcos que desaparecían y volvían a aparecer, como si al fuego le hubiera seguido la lluvia. Unos oscuros nubarrones desplazaban aquellas partes de cielo reflejadas en los charcos. Al desaparecer, daban paso al brillo acerado de los astros, a cuya luz álgida las aguas mostraban un lustre sombrío. Me dirigí hacia el oeste, donde un fulgor escarlata resplandecía en el horizonte bajo largas franjas nubosas, produciendo un efecto de lejanía inconmensurable, semejante a la que había aprendido a escudriñar en los dibujos de Doré, quien con cada trazo, formulaba un presagio y una maldición. Mientras avanzaba vi siluetas de torres y almenas que se perfilaban contra ese escenario misterioso y que crecían cada vez más hasta alcanzar unas dimensiones inimaginables. Aquella construcción que iba llenando mi amplio ángulo de visión no parecía, sin embargo, estar más cercana. Desesperado y sin ánimos, continué avanzando con dificultad por la condenada y lúgubre llanura, mientras la enorme estructura siguió creciendo hasta resultar inabarcable con la vista. Entonces atravesé un pórtico descomunal cuyas columnas estaban construidas con sillares ciclópeos. El interior, completamente vacío, mostraba el polvo propio del abandono. Una luz difusa —esa luz que solo existe en los sueños, y que tiene vida propia— me permitió recorrer largos pasillos que parecían no tener fin y atravesar estancias enormes cuyas puertas cedían a mi paso. Mis pisadas resonaban con el mismo eco que en las mansiones abandonadas y en las criptas habitadas. Caminé durante horas por aquella horrible soledad, consciente de que buscaba algo desconocido. Por fin, me encontré en lo que supuse el último rincón del edificio: una habitación de dimensiones normales con una única ventana.
A través de ella volví a ver el resplandor rojizo que, como un signo inequívoco, se extendía hacia el occidente, y reconocí en él al fuego inmutable de la eternidad. Por encima de aquel fulgor siniestro y amenazante llegaba la terrible verdad que años más tarde, como un capricho extravagante, intenté expresar en verso.
Hace tiempo el hombre desapareció del orbe. La corte de ángeles cayó en tumbas ignoradas. También los diablos han quedado fríos al fin, Y hasta el mismo Dios yace al pie del gran trono blanco.
A pesar del resplandor, era difícil ver en la oscuridad reinante y pasó algún tiempo antes de que descubriera, en el rincón más alejado de la habitación, los contornos de una cama a la que me acerqué con un fatal presentimiento. Sospechaba que la parte funesta de mi aventura terminaría con un clímax espantoso, pero no pude resistirme al hechizo que me empujaba a concluirla. Sobre la cama, medio desnudo, yacía el cadáver de un hombre. Estaba boca arriba, con los brazos pegados a los costados. Al inclinarme sobre él, cosa que hice con asco pero sin miedo, descubrí que estaba terriblemente descompuesto. Las costillas sobresalían entre la carne apergaminada y, a través del vientre hundido, asomaban las protuberancias de la espina dorsal. Tenía el rostro renegrido y acartonado, y sus labios, algo separados de unos dientes amarillentos, castigaban su semblante con una sonrisa horrenda. Un abultamiento bajo los párpados parecía indicar que los ojos habían escapado a la destrucción general. Y así era, pues cuando me acerqué a verlos, se abrieron lentamente y se clavaron en los míos con una mirada sólida y tranquila. Traten de imaginar mi espanto, pues me resulta imposible describirlo: ¡aquellos ojos eran los míos! Esos someros restos de una especie desaparecida, ese engendro horrible que ni el tiempo ni la eternidad habían conseguido destruir, aquel desperdicio tan odioso y aborrecible que continuaba vivo tras las muerte de dios y de los ángeles... ¡era yo!
Hay sueños que se repiten. De ellos hay uno que me parece suficientemente raro como para justificar su relato, aunque me temo que el lector llegue a pensar que el reino de los sueños es cualquier cosa menos un terreno feliz por el que mi alma vaga a altas horas. Y no es así. Un gran número de mis incursiones en el mundo onírico, y supongo que muchas de las de los demás, van acompañadas de los más felices finales. Mi imaginación retorna al cuerpo como la abeja a la colmena, cargada de un botín que, con la ayuda del azar, se transforma en miel y se almacena en las celdas del recuerdo como un gozo eterno. Pero el sueño que voy a relatar tiene un carácter doble; se trata de una experiencia extrañamente horrorosa, pero el horror que inspira es tan absurdamente desproporcionado al incidente que lo provoca que, al recordarlo, su fantasía divierte.
Atravieso un claro en una zona escasamente boscosa. Entre el cordón de árboles diseminados alrededor de ese espacio irregular, se ven algunos campos cultivados y viviendas en las que habitan inteligencias extrañas. Debe de estar a punto de amanecer porque, a través de las neblinas que llenan caprichosamente el paisaje, se ve una luna casi llena que, de un color rojo sanguinolento, desciende por el oeste. La hierba que piso está húmeda por el rocío y toda la escena tiene la luz de plenilunio de una mañana estival. Junto al camino hay un caballo que pasta ruidosamente. Cuando paso a su lado levanta la cabeza y, sin hacer el menor movimiento,
me observa durante un rato. Después se acerca. Es blanco como la leche, manso de porte y de aspecto amigable. «Este caballo es un alma apacible», me digo mientras me detengo a acariciarlo. Con los ojos fijos en los míos, se aproxima más y me habla con voz humana, con palabras articuladas. Esto, más que sorprenderme, me aterroriza, y rápidamente me despierto.
El caballo siempre habla mi lengua, pero nunca entiendo lo que dice. Supongo que será porque salgo de su mundo antes de que se acabe de expresar. Seguro que a él le asusta tanto mi repentina desaparición como a mí su forma de hablarme. Daría cualquier cosa por conocer el significado de sus palabras.
Tal vez una mañana lo haga y ya no regrese nunca más a este nuestro mundo.
* * *
Ambrose Bierce, el autor de este magnífico relato entre muchos, nos deslumbra con cada uno de ellos. Un recuerdo, contado en primera persona, de tres pesadillas persistentes de la edad adulta y de la juventud, donde quedan revelados los temas que le interesan: la importancia de los sueños, el inconsciente y el miedo a la muerte.
Son muchos los cuentos recomendados por sus seguidores, solo por nombrar algunos, me detengo en «La muerte de Halpin Frayser», «El engendro maldito», «Un habitante de Carcosa», «La ventana tapiada», el que acabamos de leer y otros muchos que podrán encontrar en el link que dejo abajo.
Heredero literario de Edgar Allan Poe [1809-1849], Nathaniel Hawthorne [1804-1864] y Herman Melville [1819-1891], es admirado por sus tramas originales, tono satírico y mordaz, conocimiento del ser humano, ojo crítico, y por su estilo impecable y narración concisa.
Lo han apodado «Bitter Bierce» [El amargo Bierce], por su visión sardónica de la naturaleza humana y su vehemencia. En este sentido, y maestro del humor negro como fue, escribió un léxico satírico llamado Diccionario del Diablo [1911]. Todo su ingenio para burlarse despiadadamente del hombre y sus instituciones, de las ideas y creencias establecidas.
Bierce nació en Ohio, Estados Unidos, el 24 de junio de 1842, y creció en Indiana en una familia de granjeros de profunda fe calvinista. Fue el décimo de doce hijos.
Se cree que falleció en 1914 en México, adonde había viajado en 1913 para vivir de cerca la Revolución mexicana y unirse al ejercito de Pancho Villa en Ciudad Juárez como observador. De ahí se fue a Chihuahua y nunca más se supo de él, casi como el final de uno de sus cuentos.
El famoso escritor mexicano Carlos Fuentes [1928-2012] escribió una novela inspirado en
estos últimos años de Bierce: Gringo viejo [1985]. Fue llevada al cine con el mismo nombre, interpretada por Gregory Peck y Jane Fonda y dirigida por el argentino ganador de un Oscar [La historia oficial], Luis Puenzo [1946].
Además de escritor, fue periodista en San Francisco, y participó activamente en la Guerra de Secesión. Al comienzo de la Guerra Civil Estadounidense, Bierce se había alistado como oficial topógrafo y terminó participando en muchas batallas —en la de Chattanooga entre otras. Esta experiencia como joven soldado fue volcada en su obra, como testigo del horror y la muerte. Hay pocos libros que retraten tan bien estas tragedias y brutalidad como sus Cuentos de soldados [1891].
En Londres escribió sus primeras narraciones cortas, y su fama comenzó a forjarse. La crítica lo situó al lado de H. P. Lovecraft [1890-1937] y Maupassant [1850-1893], además de Edgar Allan Poe, ya nombrado, y lo calificó como un maestro en el género de terror —aunque también tiene otro tipo de relatos— y cercano a los expresionistas alemanes:
«Maestro del cuento corto, su especialidad, supera a Poe en lo horrífico, a Lovecraft en lo fantasmagórico, a Blackwood en lo macabro y a Mark Twain en lo sarcástico».
Duro y sincero, escritor consagrado en vida con muchas luchas sobre sus espaldas para que le publicaran algunas de sus obras, esperó pacientemente a sus lectores y dijo muy a su estilo:
«Un escritor debe saber y tener siempre presente que este es un mundo de idiotas y rufianes, atormentados por la envidia, consumidos por la vanidad, egoístas, falsos, crueles y bajo la maldición de sus propias ilusiones».
Aquí está, Ambrose Bierce, espero que lo hayan disfrutado, que lo sigan haciendo y... hasta la próxima buena lectura, regalándonos siempre este placer.
C. G.
Ambrose Bierce
Notas
- «Visiones de la noche», Ambrose Bierce: Audiolibro.
- Kubla Khan: poema de S. T. Coleridge, terminado en 1797 y publicado en «Christabel, Kubla Khan, y Los dolores del sueño», recién en 1816, gracias G. G. Byron. El poema, según el autor, fue concebido en un sueño, bajo la influencia del opio y después de haber leído una biografía del Gran Kan del imperio mongol Kublai Khan. Jorge Luis Borges se refirió al poema como versos de prosodia exquisita en su ensayo El sueño de Coleridge.