jueves, 5 de septiembre de 2019

«Una casa para siempre», Enrique Vila-Matas

Narrativa contemporánea

«Una casa para siempre»

Una casa para siempre, 1988

Enrique Vila-Matas

[Barcelona, 31 de marzo de 1948]


Cuando el verdadero protagonista es la genuina pasión por contar historias.




          De mi madre siempre supe poco. Alguien la mató en la casa de Bérgamo, dos días después de que yo naciera. El crimen fue todo un misterio que creí dar por resuelto el día en que cumplí 20 años, y mi padre, desde su lecho de muerte, reclamó mi presencia y me dijo que, por desconfianza a los adjetivos, estaba aproximándose al momento en que enmudecería radicalmente, pero que antes deseaba contarme algo que juzgaba importante que yo supiera. 
          —Incluso las palabras nos abandonan —recuerdo que dijo—, y con eso está dicho todo, pero antes debes saber que tu madre murió porque yo así lo dispuse.
          Pensé de inmediato en un asesino a sueldo y, pasados los primeros instantes de perplejidad, comencé a dar por cierto lo que mi padre estaba confesando. Cada vez que pensaba en el hacha ensangrentada sentía que el mundo se hundía a mis pies y que atrás quedaban, patéticamente dibujadas para siempre, las escenas [de alegría y plenitud que me habían hecho idealizar la figura paterna y forjar la imagen mítica de un hombre siempre levantado antes de la aurora, en pijama, con los hombros cubiertos por un chal, el cigarrillo entre los dedos, los ojos fijos en la veleta de una chimenea, mirando nacer el día, entregándose con implacable regularidad y con monstruosa perseverancia al rito solitario de crear su propio lenguaje a través de la escritura de un libro de memorias o inventario de nostalgias que siempre pensé que, a su muerte, pasaría a formar parte de mi tierna aunque pavorosa herencia.


Lake Garda, by Becky Samuelson


          Pero aquel día de aniversario, en Desenzano del Garda*, se fugó de esa herencia todo instinto de ternura y tan solo conocí el pavor, el terror infinito de pensar que, junto al inventario, mi padre me legaba el sorprendente relato de un crimen cuyo origen más remoto, dijo él, debía situarse en los primeros días de abril de 1905, un año antes de que yo naciera, cuando, sintiéndose él todavía joven y con ánimos de emprender, tras dos rotundos fracasos, una tercera aventura matrimonial, escribió una carta de amor a una joven toscana que había conocido casualmente en Volterra* y que le había parecido que reunía todas las condiciones para hacerla feliz, pues no sólo era pobre y huérfana, lo que a él le facilitaba las cosas, ya que podía protegerla y ofrecerle una notable fortuna económica, sino que, además, era hermosa, muy dulce, tenía el labio inferior más sensual del universo y, sobre todo, era extraordinariamente ingenua y servil, es decir, que poseía un gran sentido de la subordinación al hombre, algo que él, a causa de sus dos anteriores infiernos conyugantes, valoraba muy especialmente.

DESDICHA MATRIMONIAL


Bergamo Alta, Città alta [Lupia Srl.]

          Había que tener en cuenta que su primera esposa, por ejemplo, le había mutilado, en un insólito ataque de furia, un oreja. Mi padre había sido tan enormemente desdichado, en sus anteriores matrimonios que a nadie debe sorprenderle que, a la hora de buscar una tercera mujer, quisiera que esta fuera dulce y servil. 
          Mi madre reunía esas condiciones y él sabía que una simple carta, cuidadosamente redactada, podía atraparla. La carta era tan apasionada y estaba tan hábilmente escrita que mi madre no tardó en presentarse en Bérgamo*. En el centro del laberinto de callejuelas de la Città Alta*, llamó a la puerta del empinado, estrecho y ennegrecido palacio de mi padre, quien, al parecer, no pudo ni quiso disimular su gran emoción al verla allí en el portal, sosteniendo bajo la lluvia un maletín azul que dejó caer sobre la alfombra al tiempo que, con humilde y temblorosa voz de huérfana, preguntaba si podía pasar. 

          —Que aquel día llovía sobre Bérgamo* —me dijo mi padre desde su lecho de muerte—, es algo que nunca pude olvidar, porque cuando la vi a ella cruzar el umbral me pareció que la lluvia era salvaje en sus caderas y me sentí dominado por el impulso erótico más intenso de mi vida.

          Ese impulso parecía no tener ya límites cuando ella le dijo que era una experta en el arte de bailar la tirana, una danza medieval española en desuso. Seducido por ese ligero anacronismo, mi padre ordenó que de inmediato se ejecutara aquel arte, lo que mi madre, ansiosa de complacerle en todo y con creces, realizó encantada y hasta la extenuación, acabando rendida en los brazos de quien, sin el menor asomo de cualquier duda, le ordenó cariñosamente que se casara cuanto antes con él.

          Y aquella misma noche durmieron juntos, y mi padre, dominado por esa suprema cursilería que acompaña a ciertos enamoramientos, tuvo la impresión de que, tal como había imaginado, acostarse con ella era como hacerlo con un pájaro, pues gorjeaba y cantaba en la almohada, y le pareció que ninguna voz cantaba como la de ella y que incluso sus huesos, como su labio inferior y sus cantos, eran frágiles como los de un pájaro.

          —Y esa misma noche, bajo el rumor de la lluvia bergamasca, te engendramos —me dijo de repente mi padre con los ojos muy desorbitados.

          Un lento suspiro, siempre tan inquietante en un moribundo, precedió a la exigencia de un vaso de vodka. Me negué a dárselo, pero, al amenazar con no proseguir su relato, por pura precaución ante el posible cumplimiento de esto, fui casi corriendo a la cocina y, procurando que tía Silvana no lo viera, llené de vodka dos vasos. Hoy sé que todas mis precauciones eran absurdas porque en aquellos momentos tía Silvana* solo vivía para alimentar su intriga ante un cuadro oscuro del salón que representaba la coquetería celestial de unos ángeles al hacer uso de una escalera; solo vivía para ese cuadro, y muy probablemente esa obsesión de distraía de otra: la constante angustia de saber que su hermano, acosado por aquella suave pero implacable enfermedad, se estaba muriendo. En cuanto a este, en aquellos momentos solo vivía para alimentar la ilusión de su relato.

LUNA DE MIEL


Estambul, by Aida Rivas


          Cuando hubo saciado su sed, mi padre pasó a contar que el viaje de luna de miel tuvo dos escenarios, Estambul y El Cairo, y que fue en la ciudad turca donde advirtió la primera anomalía en la conducta de su dulce y servil esposa. Yo, por mi parte, advertí la primera anomalía en el relato de mi padre, ya que estaba confundiendo esas dos ciudades con París y Londres, pero preferí no interrumpirle cuando oí que me decía que la anomalía de mi madre no era exactamente un defecto, sino algo así como una peculiar manía. A ella le gustaba coleccionar panes.

          En Estambul, ya desde el primer momento, entrar en las panaderías se convirtió en un extraño deporte. Compraban panes que eran perfectamente inútiles, pues no estaban destinados a ser devorados sino más bien a elevar el peso de la gran bolsa en la que reposaba la colección de mi madre. Muy pronto él protestó, preguntando con inocultable crispación a qué obedecía aquella rara adoración al pan.

          —Algo tiene que comer la tropa —respondió escuetamente mi madre, sonriéndole como quien le sigue la corriente a un loco. 
          —Pero Diana, ¿qué clase de broma es esta? —balbució desconcertado mi padre. 
          —¿No te parece que eres tú quien está bromeando con esas preguntas tan absurdas que haces? —contestó ella con cierto aire de ausencia y esbozando la suave y soñadora mirada de las miopes.


Strassen scene in Cairo, by Prosper Marilhat

          Siete días estuvieron, según mi padre, en Estambul, y eran unos cuarenta los panes que mi madre llevaba en su gran bolsa cuando llegaron a El Cairo. Como era una hora avanzada de la noche, él marchaba feliz sabiéndome a salvo de las panaderías cairotas, e incluso se ofreció a llevar la bolsa. No sabía que aquellas iban a ser sus últimas horas de felicidad conyugal.

          Cenaron en un barco anclado en el Nilo y acabaron bailando, entre copas de champaña rosado y a la luz de la luna, en la terraza de la habitación del hotel. Pero unas horas después mi padre despertó en mitad de la noche cairota y descubrió con gran sorpresa que mi madre era sonámbula y estaba bailando frenéticas tiranas sobre el sofá. Trató de no perder la calma y aguardó pacientemente a que ella, totalmente extenuada, regresara al lecho y se sumergiera en el sueño más profundo. Pero cuando esto ocurrió, nuevos motivos de alarma se añadieron a los anteriores. De repente, mi madre, hablando dormida, se giró hacia él y le dijo algo que, a todas luces, sonó como una tajante e implacable orden: 
          —A formar. 
          Mi padre aun no había salido de su asombro cuando oyó: 
          —Media vuelta. Rom-pan filas.

          No pudo dormir en toda la noche y llegó a sospechar que su mujer, en sueños, le engañaba con un regimiento entero. A la mañana siguiente, afrontar la realidad significaba, por parte de mi padre, aceptar que, en el transcurso de las últimas horas, ella había bailado tiranas y se había comportado como un perturbado general al que solo parecía interesarle dar órdenes y repartir panes entre la tropa. Quedaba el consuelo de que, durante el día, su esposa seguía siendo tan dulce y servil como de costumbre. Pero ese no era un gran consuelo, pues, si bien en las noches cairotas que siguieron no reapareció el tiránico sonambulismo, lo cierto es que fueron en aumento, y de forma cada vez más enérgica, las órdenes. 
          —Y el toque de diana —me dijo mi padre— comenzó a convertirse en un auténtico calvario, pues cada día, minutos antes de despertarse, los resoplidos que seguían a los ronquidos de tu madre parecían imitar el sonido inconfundible de una trompeta al amanecer.

          ¿Deliraba ya mi padre? Todo lo contrario. Era muy consciente de lo que estaba narrando y además resultaba impresionante ver cómo, a las puertas de la muerte, mantenía íntegro su habitual sentido del humor. ¿Inventaba? Tal vez, y por ello probé a mirarle con ojos incrédulos, pero no pareció nada afectado y siguió, serio e inmutable, con su relato.

UN RASGO OCULTO


Anesidora III, by Aliza Razell [edited]
[My Modern Met, Painting and
Photography]. Contemporary artists.


          Contó que cuando ella despertaba volvía a ser la esposa dulce y servil, aunque de vez en cuando, cerca de una panadería o simplemente paseando por la calle, se le escapaban extrañas miradas melancólicas dirigidas a los militares que, en aquel El Cairo en pie de guerra, hacían guardia tras las barricadas levantadas junto al Nilo. Una mañana incluso ensayó algunos pasos de tirana frente a los soldados, de modo que lentamente las cosas también iban complicándose de día. Más de una vez él se sintió tentado de encarar directamente el problema hablando con ella y diciéndole, por ejemplo:
         —Tienes como mínimo una doble personalidad. Eres sonámbula y, además de bailar tiranas sobre los sofás, conviertes el lecho conyugal en un campo de instrucción militar. 
          Pero no le dijo nada, porque temió que si hablaba con ella de todo, esto tal vez fuera perjudicial y lo único que lograra sería ponerla en la pista de un rasgo oculto de su personalidad: ciertas dotes de mando. Pero un día, mientras subían a un camello, junto a las pirámides, mi padre cometió el error de sugerirle el argumento de un relato breve que proyectaba escribir: 
          —Mira, Diana. Es la historia de un matrimonio muy bien avenido, me atrevería a decir que ejemplar. Como todas las historias felices, no tendría demasiado interés de no ser porque ella, todas las noches, se transformaba, en sueños, en un militar.
          Aun no había acabado la frase cuando mi madre bajó del camello y, tras mirarle desafiante, le ordenó que llevara la bolsa de los panes turcos y egipcios. Mi padre quedó aterrado porque comprendió que a partir de aquel momento no solo estaba condenado a cargar con la pesadilla del trigo extranjero, sino que además recibiría orden tras orden.

          En el viaje de regreso a Bérgamo mi madre mandaba ya con tanta autoridad que él acabó confundiéndola con un general de la Legión Extranjera, y lo más curioso fue que ella pareció desde el primer momento identificarse plenamente con ese papel, pues se quedó como ausente y dijo que veía camellos y que se sentía perdida en un universo adornado con pesados tapetes argelinos, con filtros, para templar el pastís y el ajenjo y el narguilés para el kif, escudriñando el horizonte del desierto desde la noche luminosa de la aldea enclavada en el oasis.

          Y a su llegada a Bérgamo, ya instalados en el viejo palacio de la Città Alta, los amigos que fueron a visitarles se llevaron una gran sorpresa al verla a ella fumando como un hombre, con el cigarrillo llameante y pendiente de la comisura de los labios, al verle a él con las facciones embotadas y tersas como los guijarros pulidos por la marejada medio ciego por el sol del desierto y convertirlo en un viejo legionario que repasaba trasnochados diarios coloniales.
          —Tu madre era un general —concluyó mi padre—, y no tuve más remedio que ganar la batalla contratando a alguien para que la matara. Pero eso sí, aguardé a que nacieras, porque deseaba tener un descendiente. Siempre confié en que, el día en que te contara todo esto, tú sabrías comprenderme.

INVENTAR HISTORIAS


Untitled, by Nuestra [My Modern Met, Painting and
Photography]. Contemporary artists.


          Lo único que yo, a esas alturas del relato, lo que comprendía perfectamente era que mi padre, en una actitud admirable en quien está al borde de la muerte, estaba inventando sin cesar, fiel a su constante necesidad de fabular. Ni la proximidad de la muerte le retraía de su gusto por inventar historias. Y tuve la impresión de que deseaba legarme la casa de la ficción y la gracia de habitar en ella para siempre. Por eso, subiéndome en marcha a su carruaje de palabras, le dije de repente: 
          —Sin duda, me confunde usted con otra persona. Yo no soy su hijo. Y en cuanto a tía Silvana, no es más que un personaje inventado por mí.

          Me miró con cierta desazón hasta que por fin reaccionó. Vivamente emocionado, me apretó la mano y me dedicó una sonrisa feliz, la de quien está convencido de que su mensaje ha llegado a buen puerto. Junto al inventario de nostalgias, acababa de legarme la casa de las sombras eternas.

          Mi padre, que en otros tiempos había creído en tantas y tantas cosas para acabar desconfiando de todas ellas, me dejaba una única y definitiva de: la de creer en una ficción que se sabe como ficción, saber que no existe nada más y que la exquisita verdad consiste en ser consciente de que se trata de una ficción y, sabiéndolo, creer en ella.

*
La alegría de conseguir un libro
El encanto de una pequeña librería atendido por su dueña
Marbella

Mi libro: Una casa para siempre, de Enrique Vila-Matas
Novela en cuentos 


          ¿Les gustó? ¡Qué buen relato!, a mi parecer. Lo disfruté enormemente, y espero que también ustedes hayan disfrutado de esta narrativa contemporánea. Una estética que viene cambiando en lo que va de este siglo XXI. Siempre mirando a las grandes obras del precedente, sí, pero dando un salto hacia un futuro diferente, «una idílica unidad familiar», dice Vila-Matas. 
          Uno no puede más que quedarse encantada-o cuando descubre, al finalizar esta lectura y querer comentarla, que el genuino protagonista es la genuina pasión por contar historias: la ficción. Y, desde ya, nuestra disposición de creer en esa ficción desde el mismo momento en que la abordamos —a plena consciencia. 
          Otro aspecto a resaltar, es que la literatura y las huellas intertextuales siempre están presentes en Vila-Matas, —situaciones narrativas ya utilizadas por otros escritores y recreadas. Una literatura que se nutre en sí misma, donde los principales teóricos son los propios autores de ficción*.
          Enrique Vila-Matas [Barcelona, 1948], escritor catalán con un estilo preciso y una capacidad creadora reconocida, es un cuentista solvente. Habrán leído [y si no lo han hecho, háganlo] de sus conceptos novedosos acerca de la creación de la novela y del cuento, de la técnica renovada. 
          En este relato, lo primero que nos llama la atención, si no somos asiduos lectores de su obra, es quizá, el narrador inquieto que genera Vila-Matas y la temática de lo insólito. 
          Está contado en primera persona y el comienzo es in media res: «De mi madre siempre supe poco». Con claves, al principio ocultas, que se van revelando a medida que avanzamos.

Me habían hecho idealizar la figura paterna y forjar la imagen mítica de un hombre siempre levantado antes de la aurora, en pijama, con los hombros cubiertos por un chal, el cigarrillo entre los dedos, los ojos fijos en la veleta de una chimenea, mirando nacer el día...

          La admiración del hijo, de veinte años, hacia el padre. Es él quien nos cuenta la historia.

... entregándose con implacable regularidad y con monstruosa perseverancia 
al rito solitario de crear su propio lenguaje a través de la escritura de un libro de memorias o inventario de nostalgias...

          La escritura y un libro de memorias. Ese rito solitario, íntimo, libre del escritor, que no dejará de habitar nunca «en la casa de las sombras eternas». Y la confesión dentro de este marco: sabemos que su madre ha muerto [¿misteriosamente?] dos días después de su nacimiento. Su padre, al que él admira, en su lecho de muerte, tiene la intención de revelarle el secreto que rodea esos hechos lejanos. Secreto «aparentemente» revelado, y muy sorpresivo para el hijo... hasta que, perplejo, comprende la intención del padre —aficionado a la literatura y queriendo incluir en ella a su hijo.
          Muchos recordarán a otro hijo, a otro padre y a otra ficción. Lo habrán asociado con la novela [y excelente película de Tim Burton] El gran pez, de Daniel Wallace.
          El hijo de «Una casa...» termina diciendo: 

 ... siempre pensé que, a su muerte, pasaría a formar parte de mi tierna aunque pavorosa herencia.

          Pavorosamente tierna herencia [otro oxímoron*]... Pero más allá de las figuras literarias, ¿qué le heredaría el padre al hijo? Además de su ejemplo, creo que el transitar por los laberintos de la ficción, con su propia razón y lógica. 

          A esas alturas del relato, cuando ya llegamos al final, lo que reconoce el hijo es la actitud admirable de su padre. Es alguien que está al borde de la muerte y, sin embargo, inventa sin cesar, fiel a su constante necesidad de fabular
          El hijo así sabe que desea legarle la casa de la ficción y la gracia de habitar en ella para siempre, acepta la herencia intelectual y se sube a su carruaje de palabras.
         Luego, y muy importante, el proceso lógico de una vida: «en otros tiempos había creído en tantas y tantas cosas para acabar desconfiando de todas ellas». La fe [no hablo de religión], fe en el conocimiento de la vida, y luego las desilusiones, las decepciones hasta llegar al escepticismo.
          Pero curiosamente le deja la posibilidad de creer en aquello que no correspondería creer, dice Quintana Tejera en su análisis: la ficción, esa casa en la que podrá habitar para siempre, como dice el título del relato.

          Espero que hayan disfrutado de este original relato. Que le encuentren el final o los posibles finales, con la lógica e imaginación propias, o prefieran dejarlo abierto. 
          Enrique Vila-Matas, uno de los escritores más destacados de la actualidad, nos enseña el universo infinito que es la literatura. Un lugar que pide a gritos ser habitado por mentes abiertas a la irrealidad y al ensueño. 
Hasta la próxima lectura.
        
Cecilia Olguin Gianelli
       

Notas


- Una casa para siempre, Enrique Vila-Matas: Novela en cuentos o novela mosaico: Yo tenía un enemigo, Otro monstruo, La despedida, Mar de fondo, Dos viejos cónyuges, Cómo me gustaría morirme, Carmen, La Torre del Mirador, El efecto de un cuento, La visita al maestro, La fuga en camisa y Una casa para siempre.

- Enrique Vila-Matas: Página Web:

. English Page:

- Huellas intertextuales: Finnegans Wake, Joyce; La prometida del señor Hire, Georges Simenon; La confesión de San Ciappelletto, Bocaccio; Carta al padre, Kafka.

- El cuento en la frontera de lo insólito: Enrique Vila-Matas: Luis María Quintana Tejera, Universidad Autónoma del Estado de México.

- Algunos cambios en el cuento aquí publicado [y publicado de manera aislada], diferencias con la versión publicada en el libro:
  • Desenzano del Garda [Italia] en lugar de Port de la Selva [Pcia. de Gerona, Cataluña], en el libro
  • Volterra [Italia] en lugar de Figueras, en el libro 
  • Bérgamo    "      en lugar de Barcelona, en el libro
  • Città Alta   "      en lugar de Barrio Gótico, en el libro   
  • Tía Silvana en lugar de tía Consuelo, en el libro                                                              

- *Oxímoron: Es una intensificación de la catacresis, y consiste en unir dos ideas que en realidad se excluyen: la amarga dulzura.

- Imágenes: My Modern Met. Artists blurring the line between painting and photography. 

- «A Permanent Home», by Enrique Vila-Matas:

I never knew much about my mother. She was killed in our house in Barcelona, two days after I was born. The murder remained a mystery, until I thought I had solved it on my twentieth birthday, when my father, on his deathbed, demanded to see me and told me that, now the moment was fast approaching when he would be permanently silenced, he wanted to tell me something before that happened, something he felt it was important I should know.
          ‘Eventually even words abandon us,’ I remember him saying, ‘and that’s all there is to it really, but, first, you should know that your mother died because I arranged it.’ 
          I immediately imagined a hired killer and, once I’d recovered from the initial shock, I began to believe my father’s confession. The image of a bloodstained axe was enough for me to feel as if the ground were swallowing me up, leaving behind, like so many pathetic doodles, all the scenes of joy and plenitude that had made me idealize my father and create the mythical figure of a man always up before dawn, still in his pyjamas, a shawl around his shoulders, a cigarette between his fingers, eyes fixed on the weathervane on some distant chimney, watching the day begin, and devoting himself with implacable regularity and monstrous perseverance to the solitary ritual of creating his own language through the writing of a book of memories or an inventory of nostalgias, which I always assumed would, when he died, become part of my tender, albeit terrifying, inheritance.
          However, on my twentieth birthday, in Port de la Selva, any tender feelings that had previously attached to said inheritance vanished, and I felt only the terror, the infinite horror, of thinking that, along with that inventory, my father was bequeathing me the surprising tale of a murder, whose origins, according to him, could be found in early April 1945, a year before I was born, when, despite having already experienced two resounding matrimonial failures, he nevertheless felt he was still young and emotionally strong enough to embark on a third such adventure. He therefore wrote a letter to a young woman from the province of Ampurdán in Catalonia, whom he had met by chance in Figueras and who, he felt, had all the necessary qualities to make him happy, for not only was she a poor orphan – which made things easier for him, since he could offer her security and a not inconsiderable fortune – she was also beautiful, gentle and had the most sensual lower lip in the entire universe; above all, she was extraordinarily naive and docile, which is to say that she had a proper sense of woman as man’s subordinate, a quality he particularly valued, given his two previous hellish conjugal experiences.
          You have to bear in mind, for example, that my father’s first wife, in a freak attack of rage, had bitten of part of his ear. He had been so very unhappy in his two earlier marriages that it should come as no surprise to anyone that, when he considered finding a third wife, he wanted someone who was both gentle and docile.
          My mother possessed both those qualities, and he knew that all it would take to entrap her was a carefully drafted letter. And so it proved. So passionate and so skilfully written was his letter that, shortly afterwards, my mother turned up in Barcelona, in the Barrio Gótico’s labyrinth of narrow streets, where she knocked on the door of the old, soot-begrimed mansion owned by my father, who, it seems, either could not or chose not to disguise his emotion when he saw her standing there in the rain, clutching a small blue suitcase, which she put down on the carpet before asking, in a tremulous, humble orphan’s voice, if she could come in.
          ‘I could never forget that rain,’ my father said from his deathbed, ‘because when I saw her cross the threshold, it seemed to me that the savage rain was actually there in her hips, and I was filled by the most intensely erotic impulse I have ever felt.’
          That impulse seemed to know no bounds when she told him that she was an expert at dancing the tirana, a long forgotten medieval Spanish dance. Beguiled by this slightly anachronistic hobby, my father ordered her to perform the dance immediately, and, eager to please him in every way possible, my mother danced until she dropped, ending up, exhausted, in the arms of a man who, without a moment’s hesitation, affectionately ordered her to marry him at once.
          That night, they slept together for the first time, and my father, afflicted by the sentimentality that accompanies certain infatuations, had a sense that, just as he had imagined, making love with her was like making love with a bird, for in bed she trilled and sang, and it seemed to him that no other voice could possibly match hers, and that even her bones, like her lower lip and her songs, were as delicate as those of a bird.
          ‘And you were conceived that very night, beneath the murmuring Barcelona rain,’ my father said suddenly, his eyes very wide.
          A long, slow sigh, always so troubling in a dying man, preceded a brusque demand for a glass of vodka. I refused to give it to him, but when he threatened not to continue his story, I was so afraid he might carry out his threat that I raced into the kitchen and, making sure Aunt Consuelo wasn’t looking, filled two glasses with vodka. I realized now that I need not have taken these absurd precautions because, at that moment, Aunt Consuelo was entirely absorbed by her desire for a particular painting in the living room, a dark picture representing some angels flirting celestially as they climbed a ladder; she lived only for that painting, and her obsession doubtless distracted her from another: the constant anguish of knowing that her brother was dying, laid low by a gentle, but implacable illness. And he, at that moment, was entirely absorbed in feeding the illusion of his story.
          Once he had slaked his thirst, my father went on to explain that they had honeymooned in two cities, Istanbul and Cairo, and that it was in Istanbul where he noticed the first anomaly in the behavior of his sweet, docile wife. For my part, I noticed the first anomaly in my father’s story, in that he was confusing those two cities with Paris and London, but I preferred not to interrupt when I heard him explain that my mother’s anomalous behavior wasn’t exactly a defect, but more of a strange obsession. She collected bread rolls.
          Right from the start, visiting Istanbul’s bakeries became a kind of strange sport. They sampled various bread rolls, quite needlessly as it turned out, because they weren’t destined to be eaten, but only to add to the weight of the large bag in which my mother kept her collection. My father protested and asked rather irritably why she was so enamored with bread. 
          ‘The troops have to eat something,’ she replied succinctly, smiling at him like someone humoring a madman. 
          ‘What do you mean, Diana? Is this some kind of joke?’ my bewildered father asked. 
          ‘I think you’re the one who must be joking by asking such absurd questions,’ she replied absent-mindedly, adopting the gentle, dreamy look of the myopic. 
          According to my father, they spent a week in Istanbul and by the time they arrived in Cairo, my mother had about forty bread rolls in her bag. Since it was late at night, he knew he was safe from the bakeries of Cairo, and walked happily along, even offering to carry her bag. He did not know that those would be his last moments of conjugal bliss. 
          My father and mother dined on a boat anchored in the Nile and ended up dancing and sipping pink champagne by the light of the moon on the balcony of their hotel room. A few hours later, however, my father woke in the middle of the Cairo night and discovered, to his great surprise, that my mother was a sleepwalker and was standing on the sofa frenziedly dancing the tirana. He tried to remain calm and waited patiently until, utterly exhausted, she came back to bed and fell into the deepest of sleeps. Once asleep, however, she gave him still more reason to feel alarmed, for my mother began talking in her sleep and, turning to him, said something that sounded for all the world like a categorical, implacable command: 
          ‘Fall in!’ 
          My father still hadn’t recovered from the shock of that first command, when he heard her say: 
          ‘Right turn. Break ranks.’ 
          He didn’t sleep for the rest of the night and began to suspect that, in her dreams, his wife was deceiving him with an entire regiment. The following morning, my father had to face reality, which, as far as he was concerned, meant accepting that in those last few hours, she had danced the tirana and behaved like a deranged general, whose sole concern seemed to be issuing orders and handing out bread rolls to the troops. He took consolation from the fact that, during the day, his wife reverted to her usual gentle, docile self. Not that this was much of a consolation, though, because, while on their remaining nights in Cairo there was no repeat of the sleep-dancing episode, the issuing of orders only increased in regularity and in vigor. 
          ‘And reveille,’ my father told me, ‘became a real torment, because every day, minutes before your mother woke, her snoring appeared to be imitating the unmistakable sound of a bugle at dawn.’            Was my father delirious? No, on the contrary, he was perfectly aware of what he was saying, indeed, it was impressive to see how, at the very gates of death, he still retained his usual sense of humor. Was he making it up? Possibly, which is why I tried fixing him with an incredulous stare, but this didn’t seem to put him of in the least. Grave-faced and impassive, he continued his story. 
          He described how, on waking, my mother would instantly become her usual gentle, docile self, except, occasionally, near a bakery, or when she was simply strolling down the street, she would shoot strange, melancholy glances at the soldiers standing guard behind barricades erected on the banks of the Nile (at the time, of course, Cairo was on a war footing). One morning, she even tried out a few dance steps in front of the soldiers. 
          More than once, my father was tempted to confront the problem directly and speak to her, saying, for example: 
          ‘You appear to have at the very least a dual personality. You’re a sleepwalker and, quite apart from standing on sofas and dancing the tirana, you’ve turned the marital bed into a military parade ground.’ 
          He said nothing, however, because he feared that if he did broach the subject, it might work to his disadvantage and he would succeed only in revealing to her a hidden aspect of her character: a certain talent for giving orders. But one day, while they were out riding camels near the pyramids, my father made the mistake of telling her the plot of a short story he was planning to write: 
          ‘It’s the story of a very well-matched, even exemplary couple. However, like all happy stories, this would be of no interest at all, if not for the fact that, at night, in her dreams, the woman turns into a soldier.’ 
          He had hardly finished speaking when my mother asked to be helped down from the camel and then, shooting him a defiant glance, ordered him to carry the bag full of Turkish and Egyptian bread rolls. My father was absolutely terrified, because he realized that, from that moment on, not only would he be condemned to carrying around that nightmarish collection of foreign baked goods, he would continue to receive order after order. 
          On their return to Barcelona, my mother was already issuing orders with such authority that he began to think of her as a general in the Foreign Legion, and the oddest thing of all was that, right from that very moment, she appeared to identify totally with that position, for she would go into a kind of trance and say that she felt she was lost in a universe adorned with heavy Algerian rugs, with strainers for making pastis and absinthe and hookahs for marijuana, and she was scanning the desert horizon from an oasis village in the luminous night. 
          When they arrived in Barcelona, back in my father’s mansion in the Barrio Gótico, any friends who visited were astonished to see my mother smoking like a man, with a lit cigarette hanging from one corner of her mouth, and to see my father, his features hard and blunt as pebbles polished by the waves, half-blinded as if by the desert sun, and transformed into an old legionnaire flicking through ancient colonial newspapers. 
          At this point in the story, the only thing I understood completely was that – quite astonishingly for someone on the verge of dying – my father, true to his constant need to tell tales, was continuing ceaselessly to invent. Not even the proximity of death could take from him his taste for making up stories. And I had the impression that he wanted to bequeath to me the house of fiction and the pleasure of taking up permanent residence there. And that is why, springing onto the running-board of his carriage of words, I said: 
          ‘You are clearly confusing me with someone else. I am not your son. And as for Aunt Consuelo, she is merely a character I invented.’ 
          Before responding, he looked at me with a degree of unease. Then, deeply moved, he squeezed my hand and gave me a broad smile, that of someone who knows his message has reached safe harbor. Along with the inventory of nostalgias, he had just bequeathed to me the house of eternal shadows.
          My father, who had once believed in many, many things only to end up distrusting all of them, was leaving me with a unique, definitive faith: that of believing in a fiction that one knows to be fiction, aware that this is all that exists, and that the exquisite truth consists in knowing that it is a fiction and that, nevertheless, one should believe in it.
          


lunes, 26 de agosto de 2019

"No se culpe a nadie", Final del juego, Julio Cortázar

En el día de su nacimiento, 26 de agosto de 2014, hace 105 años.

"No se culpe a nadie"

Final del juego, [1956]

Julio Cortázar

[Ixelles, Bélgica, 1914-1984, París, Francia]


Una de mis colecciones de cuentos preferidas de Julio Cortázar.
Dieciocho relatos para volver y deslumbrarnos, una vez más, ante una narrativa que combina intertextualidad, lenguaje coloquial y... su juego, un universo donde nada es lo que parece. Aquí, la seriedad y lo racional no existe, o existe con leyes propias.
¡Volvamos a los míticos relatos de vez en cuando!


Editorial Sudamericana, 1964

          Julio Cortázar es uno de los escritores más admirados por los lectores, comenzando por los de las décadas del sesenta y setenta, y todos los que les siguieron. Es uno de los más importantes de la literatura internacional. Muchos lo incluyen dentro del boom latinoamericano.
          Escritor argentino nacido en Bélgica —allí trabajaba su padre, en la embajada argentina—, pero nacionalizado francés en 1981 como protesta a la dictadura militar en Argentina.
          Autor innovador de relatos cortos, novelas y prosa poética. También un reconocido traductor.
Algunos de sus títulos más nombrados: Historias de cronopios y de famas, Final de juego, Un tal Lucas, Último round, 62 Modelo para armar, Rayuela, Bestiario, Todos los fuegos el fuego, Queremos tanto a Glenda, La vuelta al día en ochenta mundos, Casa tomada, etc.


Julio Cortázar, por Zalo, 1989

«No se culpe a nadie»


Ilustración de Ángela Corti

          El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y empieza a ponérselo delante del espejo. No es fácil, a lo mejor por culpa de la camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta hacer pasar el brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y metido para adentro, con una uña negra terminada en punta. De un tirón se arranca la manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo en la otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no lo es porque apenas la lana del pulóver se ha pegado otra vez a la tela de la camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía más la operación, y aunque se ha puesto a silbar de nuevo para distraerse siente que la mano avanza apenas y que sin alguna maniobra complementaria no conseguirá hacerla llegar nunca a la salida. Mejor todo al mismo tiempo, agachar la cabeza para calzarla a la altura del cuello del pulóver a la vez que mete el brazo libre en la otra manga enderezándola y tirando simultáneamente con los dos brazos y el cuello. En la repentina penumbra azul que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza a sentir como un calor en la cara aunque parte de la cabeza ya debería estar afuera, pero la frente y toda la cara siguen cubiertas y las manos andan apenas por la mitad de las mangas. por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre pensar que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que reanudó la tarea, y que ha hecho la tontería de meter la cabeza en una de las mangas y una mano en el cuello del pulóver. Si fuese así su mano tendría que salir fácilmente pero aunque tira con todas sus fuerzas no logra hacer avanzar ninguna de las dos manos, aunque en cambio, parecería que la cabeza está a punto de abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con una fuerza casi irritante la nariz y la boca, lo sofoca más de lo que hubiera podido imaginarse, obligándolo a respirar profundamente mientras la lana se va humedeciendo contra la boca, probablemente desteñirá y le manchará la cara de azul. Por suerte en ese mismo momento su mano derecha asoma al aire al frío de afuera, por lo menos ya hay una afuera aunque la otra siga apresada en la manga, quizá era cierto que su mano derecha estaba metida en el cuello del pulóver por eso lo que él creía el cuello le está apretando de esa manera la cara sofocándolo cada vez más, y en cambio la mano ha podido salir fácilmente. De todos modos y para estar seguro lo único que puede hacer es seguir abriéndose paso respirando a fondo y dejando escapar el aire poco a poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar perfectamente, salvo que el aire que traga está mezclado con pelusas de lana del cuello o de la manga del pulóver, y además hay el gusto del pulóver, ese gusto azul de la lana que le debe estar manchando la cara ahora que la humedad del aliento se mezcla cada vez más con la lana, y aunque no puede verlo porque si abre los ojos las pestañas tropiezan dolorosamente con la lana, está seguro de que el azul le va envolviendo la boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las mejillas, y todo eso lo va llenando de ansiedad y quisiera terminar de ponerse de una vez el pulóver sin contar que debe ser tarde y su mujer estará impacientándose en la puerta de la tienda. Se dice que lo más sensato es concentrar la atención en su mano derecha, porque esa mano por fuera del pulóver está en contacto con el aire frío de la habitación es como un anuncio de que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir subiendo por la espalda hasta aferrar el borde inferior del pulóver con ese movimiento clásico que ayuda a ponerse cualquier pulóver tirando enérgicamente hacia abajo. Lo malo es que aunque la mano palpa la espalda buscando el borde de lana, parecería que el pulóver ha quedado completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la mano es la camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del pantalón, y de poco sirve traer la mano y querer tirar de la delantera del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa, el pulóver debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahí arrollado y tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese pulóver lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha metido una mano en el cuello y la otra en una manga, con lo cual la distancia que va del cuello a una de las mangas es exactamente la mitad de la que va de una manga a otra, y eso explica que él tenga la cabeza un poco ladeada a la izquierda, del lado donde la mano sigue prisionera en la manga, si es la manga, y que en cambio su mano derecha que ya está afuera se mueva con toda libertad en el aire aunque no consiga hacer bajar el pulóver que sigue como arrollado en lo alto de su cuerpo. Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pulóver, pero ha perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria y no a culpables tendencias coreográficas. En el fondo la verdadera solución sería sacarse el pulóver puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar la entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el cuello, pero la mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera ridículo renunciar a esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece y sube a la altura de la cabeza y tira hacia arriba sin que él comprenda a tiempo que el pulóver se le ha pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del aliento mezclado con el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un dolor como si le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas. Entonces más despacio, entonces hay que utilizar la mano metida en la manga izquierda, si es la manga y no el cuello, y para eso con la mano derecha ayudar a la mano izquierda para que pueda avanzar por la manga o retroceder y zafarse, aunque es casi imposible coordinar los movimientos de las dos manos, como si la mano izquierda fuese una rata metida en una jaula y desde afuera otra rata quisiera ayudarla a escaparse, a menos que en vez de ayudarla la esté mordiendo porque de golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano se hinca con todas sus fuerzas en eso que debe ser su mano y que le duele, le duele a tal punto que renuncia a quitarse el pulóver, prefiere intentar un último esfuerzo para sacar la cabeza fuera del cuello y la rata izquierda fuera de la jaula y lo intenta luchando con todo el cuerpo, echándose hacia adelante y hacia atrás, girando en medio de la habitación, si es que está en el medio porque ahora alcanza a pensar que la ventana ha quedado abierta y que es peligroso seguir girando a ciegas, prefiere detenerse aunque su mano derecha siga yendo y viniendo sin ocuparse del pulóver, aunque su mano izquierda le duela cada vez más como si tuviera los dedos mordidos o quemados, y sin embargo esa mano le obedece, contrayendo poco a poco los dedos lacerados alcanza a aferrar a través de la manga el borde del pulóver arrollado en el hombro, tira hacia abajo casi sin fuerza, le duele demasiado y haría falta que la mano derecha ayudara en vez de trepar o bajar inútilmente por las piernas en vez de pellizcarle el muslo como lo está haciendo, arañándolo y pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda impedírselo porque toda su voluntad acaba en la mano izquierda, quizá ha caído de rodillas y se siente como colgado de la mano izquierda que tira una vez más del pulóver y de golpe es el frío en las cejas y en la frente, en los ojos, absurdamente no quiere abrir los ojos pero sabe que ha salido fuera, esa materia fría, esa delicia es el aire libre, y no quiere abrir los ojos y espera un segundo, dos segundos, se deja vivir en un tiempo frío y diferente, el tiempo de fuera del pulóver, está de rodillas y es hermoso estar así hasta que poco a poco agradecidamente entreabre los ojos libres de la baba azul de la lana de adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras suspendidas apuntando a sus ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus ojos, y tiene el tiempo de bajar los párpados y echarse atrás cubriéndose con la mano izquierda que es su mano, que es todo lo que le queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para que tire hacia arriba el cuello del pulóver y la baba azul le envuelva otra vez la cara mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por fin a alguna parte sin mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire fragoroso que lo envuelva y lo acompañe y lo acaricie doce pisos. 



*     *     *


          ¿Qué les pareció? ¿Les gustó?
Nunca, o pocas veces, el sentimiento de querer escapar [de algo o alguien], deshacerse de alguna situación inaguantable, la desesperación de pesadilla, han estado tan bien representados. Es que uno «ve» al único personaje en escena, y vive con él, se hace carne.
          La esposa es solo una referencia, sin embargo tiene su importancia, su peso en el relato: es alguien que lo espera y lo «apura».
          Y esas manos,... la derecha que se equivoca y se mete por el cuello en lugar de la manga, ella se mueve con toda libertad en el aire, incontrolada y deformada ataca a la izquierda, que sí es su mano. Es su parte prisionera. Metáfora de no poder salir tan fácilmente de su problema, el desdoblamiento está dado por las dos manos. 
          Todo contado con un lenguaje sencillo pero con significados ocultos. Ritmo rápido, sin pausa y con algunos tintes poéticos. 
          Lo fantástico irrumpe en lo cotidiano, dice González Bermejo*, quizá nuestra mente «razonante» no lo capte, ella solo acepta «lo lógico», pero esos momentos irrumpen y se hacen sentir.
          La ambigüedad está presente, durante y en el final del relato. Y hay espacios vacíos que deben ser llenados por el lector... Es curioso como nos damos cuenta que el personaje pierde el control de su mano derecha, sin embargo no está especificado, no explícitamente. Quizá necesitemos una segunda lectura —siempre son placenteras.
          Su falta de respiración —esa desesperación al límite que solo conocemos los que la hemos sufrido— puede tener varias interpretaciones si salimos de la literalidad. Una imposibilidad que puede acoplarse a su vida misma, al ahogo que siente... Sin ganas de ir a encontrarse con su mujer para comprar un regalo de casamiento, silba un tango, como si ello le pudiese dar algo de alivio, lo hace al principio, luego todo se contamina.
          Asistimos al momento en que no hay silbido que distraiga, llega en el instante que se da cuenta de lo absurdo de silbar, ya nada parece encajar... como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese pulóver. Y le encontramos sentido: huida de una vida que no se quiere, fuga a una opresión. Es su decisión, y no se culpe a nadie.

          Pueden leer todos los cuentos de Final del juego y apreciar este cuento en el conjunto de la obra. Descubrir el sentido metafísico, explorar con Julio Cortázar los rincones existenciales del laberinto de la vida, las distintas realidades, agrego.
          Cortázar afirma que no conocemos la realidad en su totalidad, sujetos como estamos a las categorías epistemológicas instituidas en nuestra civilización occidental, aprehendemos nuestro entorno parcialmente y limitados, él pretende expandir estos límites perceptivos.
          Que sea a través de esta realidad fantástica, por llamarla con un nombre no del todo apropiado, o a través de otros medios que nos permitan levantar barreras de tiempo-espacio, ir hacia lugares inexplorados e irracionales, es siempre un intento arriesgado y bienvenido. 
          Simplemente aceptar esos otros lugares que nos brinda la literatura. Hasta la próxima lectura.

Cecilia Olguin Gianelli
Una lectora

Notas

- Final del juego, Julio Cortázar: «Continuidad en los parques»,«No se culpe a nadie», «El río», «Los venenos», «La puerta condenada» y «Las ménades» en el primer bloque; «El ídolo de las Cícladas», «Una flor amarilla», «Sobremesa», «Los amigos», «La banda», «El móvil» y «Torito» conforman el segundo; y en la última parte se encuentran «Relato con un fondo de agua», «Después del almuerzo», «Axolotl», «La noche boca arriba» y «Final de juego».
http://www.kronhela.com.ar/jc/JulioCortazar-Finaldeljuego.pdf

- El doble en Final del juego. El desdoblamiento como elemento esclarecedor de la unidad y estructura del libro. María Fernández Abril. Universidad de Oviedo:
http://cvc.cervantes.es/literatura/tradicion_rupturas/fernandez.htm

- Julio Cortázar, ilustración:
http://zalo1989.deviantart.com/

- Julio Cortázar, páginas web:
 https://didactalia.net/comunidad/materialeducativo/recurso/pagina-oficial-de-julio-cortazar/96389c97-82e7-4f44-9380-0a7435644ae5
https://www.escritores.org/biografias/403-julio-cortazar
http://www.march.es/bibliotecas/repositorio-cortazar/?l=1
http://www.educ.ar/sitios/educar/recursos/ver?id=91355

- «Don´t You Blame Anyone», Julio Cortázar:
https://mrsjkay.weebly.com/uploads/1/0/9/9/109985009/dont_you_blame_anyone.pdf
  
- Ángela Corti: Ilustración basada en el cuento «No se culpe a nadie» de Julio Cortázar para la exposición por Donceles 66 «100 Años con Julio Cortázar», Centro Histórico de la Ciudad de México. Agosto, 2014.
http://angelacorti.blogspot.com.es/





sábado, 10 de agosto de 2019

«El vestido de terciopelo / The Velvet Dress», Silvina Ocampo

«El vestido de terciopelo»

Silvina Ocampo

[1903-1993, Buenos Aires]


Silvina Ocampo, la más inquietante de las Ocampo,
una cuentista admirable.

«Pongo mi vida en lo que escribo», S. O.

Silvina Ocampo
       
          Esposa de Adolfo Bioy Casares [1914-1999], hermana de Victoria Ocampo [1890-1979] y amiga de Jorge Luis Borges [1899-1986]. Tres figuras tan grandes de la literatura argentina la rodearon, sin embargo, no opacaron su calidad de escritora. Supo hacerse un espacio en ese inmenso mundo literario, y encontró su lugar con un estilo muy propio.
          En algunos de sus temas, en sus universos ficticios podemos encontrar huellas de su primer amor: el dibujo y la pintura.

«Esta noche tenemos que perdernos»,
me dijo Borges

Borges por Silvina Ocampo

          Se relacionó con grandes nombres de las artes plásticas, como con Petorutti, Xul Solar, Horacio Butler, Norah Borges y otros integrantes del Grupo de París —artistas argentinos unidos por su amistad y concepción del arte moderno. En París, justamente, tomó clases nada menos que con Georgio De Chirico y Fernand Léger.
          Aunque ignorada por la crítica y por los lectores hasta finales de los ochenta, es, desde hace varios años, reconocida como una de las mejores cuentistas.
          Su belleza no era la convencional, y por su forma de vestirse —anteojos extravagantes, camisas enormes de su marido y piloto de plástico—, fue una freak sin proponérselo. No fue extrovertida y sociable como Victoria. Tímida, Silvina era feliz leyéndole a «sus dos debilidades»: Bioy y Borges.
          Con Victoria tuvo una relación difícil —relación que ha inspirado historias y mitos—, sin embargo, la hermana mayor la estimuló siempre para que desarrollara sus dotes literarias. Se admiraron y respetaron mutuamente.


Victoria Ocampo

          Silvina poeta*, obra que quedó un poco atrás de su narrativa, le dedicó a su hermana Victoria dos hermosos poemas: «Como siempre» [un recuerdo imaginado] y «El ramo» [una ofrenda fallida], escritos después de su muerte:

 El ramo 

[fragmento]

Yo no te conté nada. Sabías todo.
Reinabas sobre el mundo más adverso
como si no te hubieras lastimado.
Nos une siempre la naturaleza:
el árbol una flor las tardes las barrancas
misterios que no rompen la armonía.

S. O.

          Otra mujer fue destinataria de sus poemas y cuentos: Alejandra Pizarnik. Con ella mantuvo una relación sentimental de muchos años.
          Era la menor de seis hermanas de una familia rica y aristocrática, que se movía en un ambiente de cultura, intelectual argentino.  
          Autora de una extensa obra, algunos de sus libros son: Autobiografía de Irene [1948], Los días de la noche [1970], La furia [1976], Cornelia frente al espejo [1988], Las invitadas [1961], Y así sucesivamente [1987], Las repeticiones [2006], etc. Además las antologías, los cuentos infantiles, libros de poesía, teatro y las traducciones.
          
          Hoy la recuerdo con la relectura de uno de sus cuentos, esta vez también en inglés. I share this delicious story, and I hope that you too, in another country, will discover Silvina Ocampo´s exquisite.

          Y si les gustó, pueden seguir leyendo todos en el link que encontrarán al final. También encontrarán este cuento en italiano.
¡Buena lectura!

«El vestido de terciopelo»

del libro La Furia [1959]



La Furia es el  tercer libro de cuentos de Silvina Ocampo, publicado por la Editorial Sur, e inmediatamente reeditado varias veces. El nombre respondió a un consejo de su gran amigo, Jorge Luis Borges. 
          Son treinta y cuatro cuentos: La liebre dorada, La continuación, El mal, El vástago, La casa de azúcar, La casa de los relojes, Mimoso, El cuaderno, La sibila, El sótano, Las fotografías, Magush, La propiedad, Los objetos, Nosotros, La furia, Carta perdida en un cajón, El verdugo, Azabache, La última tarde, El vestido de terciopelo, Los sueños de Leopoldina, Las ondas, La boda, La paciente y el médico, Voz en el teléfono, El castigo, La oración, La creación, El asco, El goce y la penitencia, Los amigos, Informe del cielo y el infierno y La raza inextinguible.
          Fueron escritos entre 1937 [cuando Silvina tenía treinta y siete años] y 1959 [cuanto tenía cincuenta y seis], un largo período.

Editorial Sudamericana. Edición de 2007.


The Velvet Dress


Selected Short Stories, 2015
Translated by Daniel Balderston


          Sudando, secándonos la frente con pañuelos, que humedecimos en la fuente de la Recoleta, llegamos a esa casa, con jardín, de la calle Ayacucho. ¡Qué risa!

Sweating, mopping our brows with handkerchiefs that we had moistened in the Recoleta fountain, we finally arrived at the house on Ayacucho Street, the one with a garden. How amusing!
          Subimos en el ascensor al cuarto piso. Yo estaba malhumorada, porque no quería salir, pues mi vestido estaba sucio y pensaba dedicar la tarde a lavar y a planchar la colcha de mi camita. Tocamos el timbre, nos abrieron la puerta y entramos. Casilda y yo, en la casa, con el paquete. Casilda es modista. Vivimos en Burzaco y nuestros viajes a la capital la enferman, sobre todo cuando tenemos que ir al barrio norte, que queda tan a trasmano. De inmediato Casilda pidió un vaso de agua a la sirvienta para tomar la aspirina que llevaba en el monedero. La aspirina cayó al suelo con vaso y monedero. ¡Qué risa!

We took the elevator to the fifth floor. I was in a fool mood because my dress was dirty and I hadn´t really wanted to go out. I had planned to spend the afternoon washing and ironing my bedspread. We rang the bell: the door opened and we —Casilda and I— stepped into the house with the package. Casilda is a dressmaker. We live in Burzaco and our trips to the capital make her ill, especially when we have to travel to the northern part of the city, so far away. Right away, Casilda asked the servant for a glass of water to take the aspirin she had brought in her purse.The aspirin fell to the floor, along with the glass and the purse. How amusing!

          Subimos una escalera alfombrada (olía a naftalina), precedidas por la sirvienta, que nos hizo pasar al dormitorio de la señora Cornelia Catalpina, cuyo nombre fue un martirio para mi memoria. El dormitorio era todo rojo, con cortinajes blancos y había espejos con marcos dorados. Durante un siglo esperamos que la señora llegara del cuarto contiguo, donde la oíamos hacer gárgaras y discutir con voces diferentes. Entró su perfume y después de unos instantes, ella con otro perfume. Quejándose, nos saludó:

We went up a carpeted staircase (which smelled of mothballs), preceded by the servant, who showed us into the bedroom of Mrs. Cornelia Catalpina, whose very name was torture for me to remember. The bedroom was completely red, with white drapes and mirrors in golden frames. We waited for a century or two for a lady to come from the next room, where we could hear her singing scales and arguing with various voices. Her perfume entered; then, a few moments later, she herself entered with a different scent. She greeted us with a complaint:

          –¡Qué suerte tienen ustedes de vivir en las afueras de Buenos Aires! Allí no hay hollín, por lo menos. Habrá perros rabiosos y quema de basuras... Miren la colcha de mi cama. ¿Ustedes creen que es gris? No. Es blanca. Un campo de nieve –me tomó del mentón y agregó–: No te preocupan estas cosas. ¡Qué edad feliz! Ocho años tienes, ¿verdad? –y dirigiéndose a Casilda, agregó–: ¿Por qué no le coloca una piedra sobre la cabeza para que no crezca? De la edad de nuestros hijos depende nuestra juventud.

"How lucky you are to live outside Buenos Aires! At least there´s no soot there. There may be rabid dogs and garbage dumps... Look at my bedspread. Do you think it´s supposed to be gray? No. It´s white. Like a snowflake." She took me by the chin and added, "You don´t have to worry about things like that, What a joy to be young! You´re eight, right?" Then, addressing Casilda, she added, "Why don´t you put a stone on her head so, she won´t grow up? We´re young only as long as our children are.

¿Por qué no le coloca una piedra sobre la cabeza para que no crezca? 
"Why don´t you put a stone on her head so, she won´t grow up?



          Todo el mundo creía que mi amiga Casilda era mi mamá. ¡Qué risa!

Everyone thought my friend Casilda was my mother. How amusing!

          –Señora, ¿quiere probarse? –dijo Casilda, abriendo el paquete que estaba prendido con alfileres. Me ordenó: –Alcanza de mi cartera los alfileres.

"Ma´am, do you want to try it on?" Casilda asked, opening the package, which was all pinned together. Then she said to me, "Get the pins from my purse."

          –¡Probarse! ¡Es mi tortura! ¡Si alguien se probara los vestidos por mí, qué feliz sería! Me cansa tanto.

"Trying things on! It´s torture for me! If only someone could try on my dresses for me, how happy I would be! It´s so tiring."
          La señora se desvistió y Casilda trató de ponerle el vestido de terciopelo.

The lady undressed and Casilda tried to help her into the velvet dress.

          –¿Para cuándo el viaje, señora? –le dijo para distraerla.

"When are you suppose to leave on your trip, ma´am?" she asked to distract her.

          La señora no podía contestar. El vestido no pasaba por sus hombros: algo lo detenía en el cuello. ¡Qué risa!

The lady couldn´t answer. The dress was stuck to her shoulders: something kept it from going past her neck. How amusing!

        –El terciopelo se pega mucho, señora, y hoy hace calor. Pongámosle un poquito de talco.

"Velvet is very sticky, ma´am, and it´s hot today. Let´s put on a little talcum powder. 

          –Sáquemelo, que me asfixio –exclamó la señora.

"Take it off, I´m suffocating," the lady cry out. 

          Casilda le quitó el vestido y la señora se sentó sobre el sillón, a punto de desvanecerse.

Casilda held the dress and the lady sat down in an armchair, about to faint.

          –¿Para cuándo será el viaje, señora? –volvió a preguntar Casilda para distraerla.

"When is the trip suppose to be, ma´am?" Casilda asked again to distract her.

          –Me iré en cualquier momento. Hoy día, con los aviones, uno se va cuando quiere. El vestido tendrá que estar listo. Pensar que allí hay nieve. Todo es blanco, limpio y brillante.

I´m leaving any day now. Today, thanks to airplanes, you can leave whenever you feel like it. The dress will have to be ready. To think it´s snowing there. Everything is white, clean, and shiny."

          –Se va a París, ¿no?

"You´re going to Paris?"
          –Iré también a Italia.

"I´m also going to Italy."
          –¿Vuelve a probarse el vestido, señora? En seguida terminamos.

"Won´t you try on the dress again, ma´am? We´ll be finished in a moment."

          La señora asintió dando un suspiro.

The lady nodded with a sigh.
          –Levante los dos brazos para que pasemos primero las dos mangas –dijo Casilda, tomando el vestido y poniéndoselo de nuevo.

"Raise both of your arms so we can first put on the two sleeves", Casilda said, taking the dress and helping her put it on once again.

          Durante algunos segundos Casilda trató inútilmente de bajar la falda, para que resbalara sobre las caderas de la señora. Yo la ayudaba lo mejor que podía. Finalmente consiguió ponerle el vestido. Durante unos instantes la señora descansó extenuada, sobre el sillón; luego se puso de pie para mirarse en el espejo. ¡El vestido era precioso y complicado! Un dragón bordado de lentejuelas negras brillaba sobre el lado izquierdo de la bata. Casilda se arrodilló, mirándola en el espejo, y le redondeó el ruedo de la falda. Luego se puso de pie y comenzó a colocar alfileres en los dobleces de la bata, en el cuello, en las mangas. Yo tocaba el terciopelo: era áspero cuando pasaba la mano para un lado y suave cuando la pasaba para el otro. El contacto de la felpa hacía rechinar mis dientes. Los alfileres caían sobre el piso de madera y yo los recogía religiosamente uno por uno. ¡Qué risa!

Casilda se arrodilló...
Casilda knelt down...



For a few seconds Casilda tried unsuccessfully to pull the skirt of the dress down over the lady´s hips. I helped as best I could. She finally managed to put on the dress. For a few moments the lady rested in the armchair, exhausted; the she stood up to look at herself in the mirror. The dress was beautiful and complex! A dragon embroidered with black sequins was shining on the left side of the gown. Casilda knelt down, looking in the mirror, and adjusted the hem. Then she stood up and began putting pins in the folds of the gown, on the neck and sleeves. I touched the velvet: it was rough when you rubbed it one way and smooth when you rubbed it the other. The plush set my teeth on edge. The pins fell on the wood floor, and I picked them up religiously, one by one. How amusing!

          –¡Qué vestido! Creo que no hay otro modelo tan precioso en todo Buenos Aires –dijo Casilda, dejando caer un alfiler que tenía entre sus dientes–-. ¿No le agrada, señora?

"What a dress! I don´t think there´s such a beautiful pattern in all of Buenos Aires," said Casilda, letting a pin drop from her lips. "Don´t you like it, ma´am?"

          –Muchísimo. El terciopelo es el género que más me gusta. Los géneros son como las flores: uno tiene sus preferencias. Yo comparo el terciopelo a los nardos.

"Very much. Velvet is my favorite material. Fabric is like flowers: one has one´s favorites. I think that velvet is like spikenard."

          –¿Le gusta el nardo? Es tan triste –protestó Casilda.

Do you like spikenard? It´s so sad," Casilda protested.
          –El nardo es mi flor preferida, y sin embargo me hace daño. Cuando aspiro su olor me descompongo. El terciopelo hace rechinar mis dientes, me eriza, como me erizaban los guantes de hilo en la infancia y, sin embargo, para mí no hay en el mundo otro género comparable. Sentir su suavidad en mi mano me atrae aunque a veces me repugne. ¡Qué mujer está mejor vestida que aquella que se viste de terciopelo negro! Ni un cuello de puntilla le hace falta, ni un collar de perlas; todo estaría de más. El terciopelo se basta a sí mismo. Es suntuoso y es sobrio.

"Spikenard is my favorite flower, yet it´s harmful to me. When I smell it I get sick. Velvet sets my teeth on edge, give me goose bumps, the same as linen gloves used to when I was a girl, and yet for me there´s no other fabric like it in the whole world. Feeling its softness with my hand attracts me even if it sometimes repels me. How can a woman be better dressed that in black velvet? She doesn´t need a lace collar, or a string of pearls; everything else is unnecessary. Velvet is sufficient by itself. It´s sumptuous and sober."
          Cuando terminó de hablar, la señora respiraba con dificultad. El dragón también. Casilda tomó un diario que estaba sobre una mesa y la abanicó, pero la señora la detuvo, pidiéndole que no le echara aire, porque el aire le hacía mal. ¡Qué risa!

When she had finished talking the lady was breathing with difficulty. The dragon also. Casilda took a newspaper from the table and fanned her, but the lady made her stop, saying that fresh air did her no good. How amusing!
          En la calle oí gritos de los vendedores ambulantes. ¿Qué vendían? ¿Frutas, helados, tal vez? El silbato del afilador y el tilín del barquillero recorrían también la calle. No corrí a la ventana, para curiosear, como otras veces. No me cansaba de contemplar las pruebas de este vestido con un dragón de lentejuelas. La señora volvió a ponerse de pie y se detuvo de nuevo frente al espejo tambaleando. El dragón de lentejuelas también tambaleó. El vestido ya no tenía casi ningún defecto, sólo un imperceptible frunce debajo de los dos brazos. Casilda volvió a tomar los alfileres para colocarlos peligrosamente en aquellas arrugas de género sobrenatural, que sobraban.

I heard the cries of some street vendors outside. What were they selling? Fruit, maybe ice cream? The whistle of knife sharpener and the ringing bell of the ice-cream vendor also went up and down the street. I didn´t run to the window to see them, as I had in other occasions. I couldn´t tear myself away from watching the fittings of the dress with the sequin dragon. The lady stood up again and, staggering slightly, walked over the mirror. The sequin dragon also staggered. The dress was now nearly perfect, except for an almost imperceptible tuck under the arms. Casilda took up the pins once more, plunging them perilously into the wrinkles that bulged out of the unearthly fabric.
          –Cuando seas grande –me dijo la señora– te gustará llevar un vestido de terciopelo, ¿no es cierto?

"When you grow up," the lady told me, "you´d like to have a velvet dress, would´n you?

          –Sí –respondí, y sentí que el terciopelo de ese vestido me estrangulaba el cuello con manos enguantadas. ¡Qué risa!

sentí que el terciopelo de ese vestido me estrangulaba el cuello...
I´m feeling the velvet of the dress strangling my neck...



"Yes," I answered, feeling the velvet of the dress strangling my neck with its gloved hands. How amusing!

          –Ahora me quitaré el vestido –dijo la señora.

"Now help me take it off," the lady said.

          Casilda la ayudó a quitárselo tomándolo del ruedo de la falda con las dos manos. Forcejeó inútilmente durante algunos segundos, hasta que volvió a acomodarle el vestido.

Casilda tried to help her to take it off, holding the hem in both hands. She pulled on it unsuccessfully for a few seconds, then put it back on the way it was before.

          –Tendré que dormir con él –dijo la señora, frente al espejo, mirando su rostro pálido y el dragón que temblaba sobre los latidos de su corazón–. Es maravilloso el terciopelo, pero pesa –llevó la mano a la frente–. Es una cárcel. ¿Cómo salir? Deberían hacerse vestidos de telas inmateriales como el aire, la luz o el agua.

"I´ll have to sleep in it," the lady said, standing before the mirror, looking at her pale face, the dragon trembling with each beat of her heart. "Velvet is wonderful but it´s very heavy," she said, wiping her brow. "It´s a prison. How to escape it? They should make dresses of fabric as immaterial as air, light, or water." 

          –Yo le aconsejé la seda natural –protestó Casilda.

"I recommended raw silk to you," Casilda protested.

          La señora cayó al suelo y el dragón se retorció. Casilda se inclinó sobre su cuerpo hasta que el dragón quedó inmóvil. Acaricié de nuevo el terciopelo que parecía un animal. Casilda dijo melancólicamente:
          –Ha muerto. ¡Me costó tanto hacer este vestido! ¡Me costó tanto, tanto!
          –¡Qué risa!
The lady fell to the floor, the dragon writhing. Casilda leaned over the body until the dragon lay still. I again caressed the velvet, which seemed like a live animal. Casilda said sadly, "She´s dead. And I had so much trouble making this dress! It cost me so very much!"
How amusing!
*     *     *

          ¿Les gustó? Qué placer leer otro de los cuentos de esta gran escritora argentina, Silvina Ocampo. Y...  como dice la niña protagonista: how amusing! ¡Qué risa, sí! 
          Risa que conjura el horror.
          Es un disfrute entrar al universo literario de esta gran cuentista, y ponernos en la piel de sus personajes, niños entre crueles e inocentes. Inocencia que no se separa de una cierta ferocidad sin disculpas, propia de una infancia con una «ingenuidad» singular. El mal intrínseco planteado con tanta gracia. 
          Esta espontaneidad, tan bien lograda en el personaje protagonista [también narrador], nos contagia de un asombro especial, hace que recuperemos algo infantil, oscuro e inasible. Lo quimérico y lo cotidiano aquí conviven. 
          El relato se puebla de una minuciosidad llena de matices. La ternura en el decir de la niña, que nunca es explícita, menos empalagosa,  tiene una tensión e intriga que nos mantiene atentos, casi hechizados, diría. Es que esta niña entre dos mujeres adultas, es tan impasible... todo lo observa, piensa y dice con su mirada directa que nos hace descubrir facetas. 
          La ropa, lo habrán notado en este cuento y otros [también los objetos], tiene una entidad y un comportamiento perturbador. Desde la incomodidad de la niña por su vestido sucio [aunque peor es la sensación de asfixia al pensar la posibilidad de ponerse el elegante vestido], hasta el lamento de Casilda, la modista, por el trabajo que le dio hacerlo, y ahora... ¡desperdiciado!, pasando por lo principal: el maravilloso vestido de terciopelo, ¡una verdadera cárcel para la señora que se mira en el espejo!, ¿por qué no se harán vestidos de aire, luz o agua?, dice, y el drama se precipita.
          Por qué «cubrirse», por qué no ser uno mismo, podríamos aventurarnos y pensar nosotros, descubriendo significados.
          Silvina Ocampo nos lleva por estos caminos, casi como si ella también los estuviera descubriendo. Es que lo que rodea a las personas, las condicionan, y lo que se ve de ellas, lo más evidente, puede no serlo. Todo se vuelve complejo, incierto. 
          Su escritura clara y de frases cortas, donde «cada línea brilla como una cuchilla» —leí por ahí—, y se hace imagen, presencia animada y cambiante, agrego. No es de extrañar, teniendo en cuenta su experiencia como artista plástica.

          Ahora me despido. Si acaso nunca leyeron a Silvina Ocampo, o hace mucho que no la leían, ya se encontraron, en este relato, con uno de sus personajes infantiles irreverentes que aclaran las conductas de los adultos —raramente claras—, con una muerte espontánea que de tan bizarra, nos causa risa —o espanto, ¡todo un desenlace!




          
          Personalmente los disfruto mucho. Termino de corregir este post frente al Lago di Como. Me dejo llevar, una vez más, por esta realidad ambigua que Silvina Ocampo propone —universos ficticios creados con gran libertad—, por sus guiños y buena escritura. Un verdadero placer de lectura.


Cecilia Olguin Gianelli

Notas y lecturas


 - Cuentos completos, Silvina Ocampo:

- Thus Their Faces, Silvina Ocampo: «42 stories are anthologized from her writing between 1937 and 1988...».

- «Il vestito di velluto», Silvina Ocampo:
http://www.progettobabele.it/traducendotraducendo/showrac.php?ID=5191

- La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo, Mariana Enríquez: Leer un adelanto:

- Silvina Ocampo. Fundación Konex: Vida y obra.

Ilustraciones, obras artísticas:

- «La muerte violenta: Una perspectiva infantil en dos cuentos de Silvina Ocampo»: Michelle Quiñones. Université of Central Florida.
http://www.hispanetjournal.com/La%20muerte%20violenta.pdf

 - Entre niños y adultos, entre risas y horror: Dos cuentos de Silvina Ocampo.
https://www.persee.fr/doc/ameri_0982-9237_1997_num_17_1_2012