martes, 15 de octubre de 2019

Las olas, Virginia Woolf [Prólogos]

Las olas

[The Waves, 1931]

Virginia Woolf

[1882-1941, Reino Unido]


Traducción de Lenka Franulic [Edición de 1940]


PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN 

          «El tema propio de la novela no existe: todo constituye el tema propio de la novela», escribió Virginia Woolf, hace algunos años, en un ensayo sobre la novela moderna, en el cual esbozó un programa destinado a hacer salir a esta rama de la literatura, la más genuinamente representativa de nuestra época, del círculo viciosos en que se movía. La forma clásica de la novela, que había producido obras maestras como las de Dickens, Jane Austen, Flaubert o Balzac, resultaba al presente inadecuada para expresar las posibilidades infinitas del mundo contemporáneo, a la vez que era demasiado lógica para captar la complejidad y variedad de percepciones del ser humano. No obstante, la mayor parte de los novelistas gastaba una paciencia y esfuerzo enormes en continuar la tradición clásica. Construía cuidadosamente sus capítulos para culminar con el desenlace que dejaba a sus héroes eternamente felices o desdichados, y nos brindaba toda clase de detalles concernientes al aspecto exterior de sus personajes, quienes vestían y hablaban según los más rigurosos dictados de la moda; pero, ¿qué nos decían del movimiento interior del pensamiento, de aquellas súbitas percepciones o interrogaciones que asaltan el espíritu mientras el ser humano se encuentra entregado a las faenas de la existencia cotidiana? 
          
          «Examinemos, por un instante, un cerebro normal en un día cualquiera. La mente percibe miríadas de impresiones triviales, fantásticas, ya efímeras, ya grabadas con la precisión del acero. Ellas surgen de todas partes, en un incesante espectáculo de innumerables átomos, y a medida que caen, a medida que adquieren forma en la vida del lunes o del martes, el acento cae diferente al de antaño; el momento de importancia ocurrió aquí y no allá; de modo que si el escritor fuera un hombre libre y no un esclavo, si pudiera escribir lo que desea y no lo que debe, si pudiera basar su obra en su propio sentimiento y no en convencionalismos, no habría trama, ni comedia, ni tragedia, ni interés amoroso, ni catástrofe en el estilo establecido. La vida no es una serie de lámparas dispuestas sistemáticamente; la vida es un halo luminoso, una envoltura semitrasparente que nos rodea desde el nacimiento de nuestra conciencia hasta el fin. ¿No es acaso la tarea del novelista coger este espíritu cambiante, desconocido, ilimitado, con todas sus aberraciones y complejidades y con la menor mezcla posible de los hechos exteriores y ajenos?»

          Después de explicar su concepción de la novela, Virginia Woolf se entregó a la tarea de realizar, por sí misma, este programa, rompiendo con todas las ligaduras que ataban a la ficción ordinaria y convirtiéndose en la más avanzada experimentadora en este campo de la literatura. Desechando los convencionalismos de la forma y la acción, de la unidad de lugar y de tiempo y la coherencia aparente de la trama, escribió «La Pieza de Jacob», obra en que las transiciones del argumento son omitidas, en que sólo nos muestra los puntos culminantes de la vida del héroe, y en que los cambios son realizados sin advertencia previa. A esta novela siguieron «La señora Dalloway», en la cual describe un solo día en la existencia de la heroína, día que se prolonga, sin embargo, hacia el pasado, a través de la corriente de los pensamientos que fluyen a la mente de la protagonista y que son suscitados por cualquier estímulo pequeño o trivial: una nube en el cielo, un perfume, el espectáculo de una mendiga; «Orlando», en que la autora no sólo juega deliciosamente con la noción del tiempo, sino incluso con la de sexo y, finalmente, «Las Olas», en que los hechos externos son enteramente suprimidos y sólo percibimos el mundo concreto a través de las conciencias humanas. 
          
          La base de la técnica empleada por Virginia Woolf en «Las Olas» es el soliloquio interior que ya había utilizado James Joyce en «Ulysses», pero esta vez no es un solo personaje el que habla, sino que las seis figuras centrales se entregan a monólogos que a veces se entrecruzan transformándose en coloquios, que no se desarrollan jamás, sin embargo, en un plano real, sino en la conciencia de cada personaje. Cada cual registra las percepciones que caen sobre su conciencia, y sus pláticas nos van proporcionando, gradualmente, la clave de sus respectivas personalidades, que se tornan cada vez más precisas e inconfundibles, a medida que avanzamos en las páginas del libro. Nada sabemos del aspecto físico de estos personajes, de los acontecimientos en que ellos participan, de cómo viven o visten. Y no necesitamos saberlo; pues, a través de sus percepciones, llegamos a conocerles tan íntimamente que sabemos que Bernardo jamás escribirá la novela que siempre está pensando escribir, con la misma certidumbre con que comprendemos que para Rhoda no existe evasión posible fuera de la muerte. 

          Cada capítulo de «Las Olas» está precedido de la descripción de un paisaje, siempre el mismo, pero que varía de color y de aspecto según la hora del día. Tampoco la naturaleza humana cambia; sólo parece transformarse, de la misma manera que partículas de agua movidas por una ola. 

          Primero es el amanecer, que corresponde a la infancia de los protagonistas; en seguida el mediodía y la tarde, con la luz plena de la juventud, y finalmente el crepúsculo y la noche, con la madurez y la vejez, que sobrevienen implacablemente. 

Los franceses han denominado a Virginia Woolf la fée des lettres anglaises. El hada, por la magia y la riqueza verbal de su estilo; por la belleza de sus imágenes, que hace imperceptible el límite que separa a la prosa de la poesía en sus páginas. Con un toque seguro, extrae de la vida cotidiana un objeto mil veces descrito, mil veces contemplado por nuestros ojos y, en el acto, dicho objeto adquiere un contorno y un matiz inesperados y se reviste de una sugestión misteriosa y extraña. 

          Todo constituye el tema propio de la novela cuando se posee el talento creador, la originalidad y el genio poético de Virginia Woolf. 

LENKA FRANULIC


PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN 

          La muerte tiene el poder misterioso de arrancar a los seres humanos del marco estrecho de su época, para situarlos, junto con su obra, dentro del plano ilimitado de la eternidad. 

Nadie escatimó su grandeza a Virginia Woolf en vida: unánimemente se la reconoció como la más notable escritora de nuestro tiempo; mas su muerte, acaecida en su retiro de Sussex, en los momentos en que Inglaterra soportaba angustiosamente todo el rigor de la guerra, ha venido a conferir a su obra el sello de permanencia que posee la literatura clásica universal. Virginia Woolf, que supo expresar en un estilo incomparable la belleza fugitiva de un instante, la angustia del deseo humano, la esencia misma de lo ilusorio, de lo mutable, de lo intangible, no sólo es ahora la más grande novelista de la literatura inglesa, sino que figura, por el contenido poético de su prosa, entre los poetas ingleses de todos los tiempos: Shakespeare, Shelley, Blake. 

          Ante su desaparición, su novela «Las Olas» se consagra también definitivamente, como su obra maestra; ella contiene, más que ninguna otra, la clave de su suicidio, de aquel trágico impulso que llevó a su autora a buscar la muerte en medio del elemento que la obsesionaba: el agua. Abajo se extienden las luces de las barcas de pesca, exclama Virginia Woolf a través de Rhoda: Las rocas se desvanecen. Innumerables y pequeñas olas grises se extienden delante de nosotros. Ya no toco nada; no veo nada. Podríamos caer y reposar sobre las olas. El mar golpeará en mis oídos. Los pétalos blancos se obscurecerán al contacto del agua marina. Flotarán por un instante y después se hundirán. Seré arrollada por una ola. Otra me llevará sobre sus hombros. Todo se derrumba en una catarata gigantesca en la que me siento disolver... 

          Después de la muerte de Virginia Woolf ha aparecido su última novela: «Betwen the Acts», en la que los críticos han querido encontrar la posible explicación de su trágico fin, pero como ha dicho Allanah Harper, una no puede menos de desear que «Between the Acts» hubiese precedido a «Las Olas» y que ésta hubiese sido la última novela de Virginia Woolf, pues este largo poema en prosa que constituye un experimento sin paralelo en la literatura inglesa, es un libro de tan rara belleza y tristeza, que hay algo de conclusivo en él. 

L.F

Notas

- Lenka Franulic:

viernes, 11 de octubre de 2019

«Tres claves para la lectura de la obra de Peter Handke», Eustaquio Barjau

«Tres claves para la lectura de la obra de Peter Handke:

la imagen, la narración, el viaje»

Eustaquio Barjau

[Madrid, 1922]

Universidad Complutense de Madrid


Peter Handke

Recibido: 2 de febrero de 2009
Aceptado: 5 de abril de 2009

RESUMEN 

De la mano de las tres claves señaladas en el título, en el presente artículo se intenta esbozar el sentido general de la obra de P. Handke como búsqueda de lo que cabría llamar "el paraíso olvidado": un paraíso (terreno, por supuesto) que no es ni el "paraíso perdido" ni el "paraíso recobrado" (Milton) ni el paraíso al que se podría entrar por la puerta trasera (Kleist), sino el paraíso que tenemos al lado mismo de nosotros y que extrañas fuerzas que no sabemos de dónde vienen (Kafka) nos han impedido ver durante siglos. Un intento de "hacerse digno de habitar la Tierra" (P. Handke). 

Palabras clave: imagen, narración, viaje, Peter Handke, Dankrede. 

          Three keys to reading the work of Peter Handke: image, narration, journey 

ABSTRACT 

By means of the three key words stated in the title, the present article aims to outline the general meaning of Peter Handke's work, as a search for what could be named "the forgotten paradise": a paradise (an earthly one, naturally) which does not correspond with a "paradise lost" or "paradise regained" (Milton), but rather that paradise which is so close, but which we are not able to see because strange forces, whose origin we ignore (Kafka), have prevented us from noticing it. An attempt to "become worthy to inhabit the Earth" (P. Handke). 

Palabras clave: image, narration, journey, Peter Handke, Dankrede. 

Cuadernos de Filología Alemana 
2009, Anejo I, 47-56                                                                                    ISBN: 978-84-669-3074-1              
          El año 1973 P. Handke ganó el premio Büchner de Literatura, un galardón que concede anualmente la Academia Alemana de la Lengua y la Literatura y que, en el ámbito de las letras alemanas, viene a corresponder a lo que es el premio Cervantes en el del mundo hispano. En el discurso de agradecimiento, pronunciado por este autor en Darmstadt, la sede de esta entidad (publicado en el anuario de la «Deutsche Akademie für Sprache und Dichtung» y que apareció traducido y glosado por mí en el número 214 de Revista de Occidente - marzo de 1999 ) se encuentran, a mi entender, las claves de lectura que he citado en el título de este artículo y de las que voy a ocuparme en las páginas que siguen. Se trata, en esta «Dankrede», de un discurso errático y bastante alejado de los hábitos y convenciones frecuentados en estos casos. En él, en una especie de monólogo interior, Handke nos habla de diversas cosas, que aparentemente no tienen nada que ver con su obra literaria, desde incidentes con su casero y recuerdos de infancia hasta intentos de insultar a Nixon y a los generales chilenos. Por aquel entonces este autor tenía 31 años; eran los tiempos de la guerra del Vietnam, del postsesentayochismo, del golpe de estado de Augusto Pinochet. El discurso, para seguir moviéndose en el plano de lo inconvencional, termina dando las gracias a la Academia por el dinero que va aparejado al premio (importe, dicho sea de paso, que Handke, al renunciar a este premio como protesta por la actitud de Alemania ante la guerra de los Balcanes, devolvió a la entidad que se lo había entregado). 
          Pues bien, entresaco tres breves pasajes de este discurso que estarían en la base de las tres claves que propongo para la lectura de la obra de este autor y sobre las que voy a hablar en estas páginas. En el primero de estos pasajes el autor se refiere a una fotografía de un prisionero de un campo de concentración nazi. De esta imagen a Handke le llama la atención algo que puede haber pasado inadvertido al espectador: éste verá seguramente y el fotógrafo probablemente se ha esforzado para que esto sea así unas mejillas hundidas, unos ojos saltones, unos huesos sobresaliendo por debajo de la piel. Nuestro autor advierte otro detalle, la posición de los pies, en ángulo agudo, con las puntas de los dedos tocándose unas con otras. Es una posición, dice Handke, que se advierte en los niños cuando son presa de un gran miedo. 
          Vayamos al segundo de los pasajes sobre los que quiero llamar la atención y que correspondería a la segunda de las claves que he propuesto. Hacia el final del discurso, refiriéndose a las razones por las cuales ha escogido el oficio de escritor, Peter Handke dice que cuando alguien le pregunta sobre esta cuestión, en vez de «sorprenderle» con razonamientos tomados de la lógica occidental así mismo es como se expresa nuestro autor-, contesta diciendo que «esto es una historia larga», es decir, a la pregunta introducida por la fórmula interrogativa «por qué», en lugar de responder con una frase introducida por la conjunción causal «porque» —de ahí probablemente la alusión a la lógica occidental—, el preguntado indica que se debería contar una larga historia para acceder a los deseos del interlocutor. 
          Hacia el final del discurso también, Handke, intentando caracterizar el designio fundamental de su obra literaria, echa mano de una página del diario de trabajo de Bertold Brecht y arremete contra lo que en ella se lee. El dramaturgo alemán dice que siente un especial aturdimiento siempre que alguna de las instituciones que para él se han manifestado como algo sólido y fiable -la música o la política, por ejemplo- se desmoronan y pierden sentido. Contra esta actitud, a la que Handke califica de mezquina, nuestro autor propone «dejar que el mundo nazca de nuevo siempre que uno, en su empecinamiento, lo ve como sellado». Y ésta es para él una de las virtualidades del pensamiento poético. 

I 

          Empecemos con la primera de nuestras tres claves, la imagen. En La historia del lápiz (1985, 1992), un libro de aforismos, o pensamientos breves, se lee: «Ante lo que estás viendo, piensa que esto tal vez ya te ha salvado» (p. 188). 


Ediciones Península. 416 págs.

          En otro libro de aforismos, Fantasías de la repetición (1983, 2000), leemos: «No olvides que lo que está cerca, lo verde y las hojas que se mueven, están al otro lado del muro del pecho: el muro resultante de la cháchara dirigida hacia ti, y de tu propia cháchara». (p. 37) 
          Llamemos a lo visto la imagen, un término que aparecerá más adelante reiteradamente en la obra de Handke. No es fácil, pues, llegar a esta imagen que puede salvarnos: antes hay que atravesar la barrera de la cháchara que han dirigido hacia nosotros y de nuestra propia cháchara. ¿Qué significa todo esto? Ante todo llama la atención un palabra aquí, el verbo «salvar». 


Editorial El cuenco de plata. 176 págs.
Traducción: Eustaquio Barjau

          Detengámonos un momento en este término. La palabra «salvación» la encontramos ya en la primera página de una de las obras centrales, y más densas, de nuestro autor, el relato Lento regreso (1979, 1985), que es la primera parte de una tetralogía que lleva el mismo título. La novela, definiendo a su protagonista, Sorger, empieza así: 

Sorger había sobrevivido a algunos seres humanos próximos a él y ya no sentía ninguna nostalgia, sin embargo experimentaba a menudo un gusto desinteresado por la existencia y de vez en cuando una necesidad de salvación que se había convertido en algo animal y que pesaba sobre sus párpados. (p.11). 

          ¿Qué significa todo esto?, nos preguntábamos. Si se hacen las precisiones necesarias y si a la fórmula que voy a proponer se la libera de posibles interpretaciones extraviadas, podemos calificar la obra de Peter Handke como «literatura de salvación», una fórmula tomada de la terminología de corrientes de «espiritualidad» muy alejadas del contexto presente. Empecemos diciendo que se trata aquí de una salvación «de», no de una salvación «en» —en un eventual «paraíso» prometido, y preexistente, pongamos por caso—. ¿Salvación de qué, entonces? De la barrera de la cháchara a la que nos han sometido los demás y a la que nos sometemos nosotros mismos, por ejemplo. Seguiremos planteándonos esta pregunta e intentando responder a ella. En la cuarta parte de la tetralogía a la que acabo de referirme, en el «poema dramático» Por los pueblos (1981, 1986), evitando de un modo explícito toda asociación religiosa, se vuelve a hablar de salvación, o para ser más exactos de «consuelo», y de «imagen». En el discurso final de esta obra, un parlamento en el que se esboza algo así como un mundo distinto, que no va a tener nada que ver con el que se quiere dejar atrás, Nova —el nombre de este personaje es ya suficientemente significativo— dice: «No es posible esperar lo sobrenatural. ¿Pero no os consuela ver cómo por el agua que corre avanza lentamente la hoja?» (p. 113). 
          La imagen, la visión de la imagen como un momento gozoso, «salvador», es un tema viejo en la obra de Peter Handke. Kaspar, protagonista de la obra del mismo título (1968, 1982) tomada de la figura histórica de Kaspar Hauser, sometido a la «tortura lingüística» del aprendizaje de la lengua, y consiguientemente al «sistema» que ésta implica, vive algunos momentos de «liberación» de este proceso de esclavización, ve imágenes que no están previstas en el entramado de signos que le suministran sus «Einsager», sus «apuntadores»: «caballos y pus: escarcha y ratas: anguilas y buñuelos: cabras y monos».            

Editorial Alfaguara.  144 págs.

          Joseph Bloch, el protagonista de El miedo del portero al penalty (1970, 1979), sometido a una tortura semántica, al ser objeto, supuestamente, de una persecución policial, no muy clara, que hace que todo lo que ve y lo que oye lo interprete como posibles signos de esta persecución, hasta tal punto que para él el mundo se ha convertido en un jeroglífico y que el que se cree perseguido ya no ve ni oye nada sino es «leyéndolo» desde esta perspectiva, tiene breves, gozosos momentos de tregua dentro de este suplicio: aquellos en los que ve algo que —¡por fin!— ya no significa nada, «como en los tiempos de la paz»: «ya no había que pensar en ningún significado para el gallo silvestre disecado que estaba encima del tocadiscos». 


Editorial Alfaguara. 176 págs.

          El título de la novela La hora de la verdadera sensación (1975, 1976) hace referencia al momento climático de este relato, aquel en el que el protagonista, Gregor Keuschnig, encaminándose hacia su «transformación», intentando salir del «viejo sistema» y entrar en «el nuevo», en un momento determinado, «la hora de la verdadera sensación», después de haber abandonado su puesto en la Embajada de Austria en Francia, de haber dejado a su mujer y a su amante, en un parque de París ve una constelación de objetos que hasta ahora probablemente no había visto nadie —la visión salvadora—: una hoja seca, un trozo de un espejo de bolsillo y un pasador de pelo de niña, y a continuación exclama alborozado: «¿quién dijo que el mundo estaba descubierto?» 
          Decíamos que Sorger, el protagonista de Lento regreso era un ser necesitado de salvación. Pues bien, esta «salvación» es, parece, lo que este personaje busca en «el Gran Norte» —Alaska—, y tal «salvación» tiene que ver con la imagen: en este extremo rincón del continente americano, el geólogo que protagoniza este insólito relato busca «ver» las formas de la Tierra, unas formas que hasta aquel momento ha visto sólo desde los nombres de la historia de Europa, la historia del crimen. El sistema de nombres de su ciencia, como nombres de una historia absolutamente irreductible a la de la Tierra, supone, en formulación feliz de J. L. Pardo, un «geocidio». La visión nueva, originaria que se propone Sorger en «el Gran Norte» no solamente va a suponer una purificación epistemológica, por así decirlo, sino una purificación moral, personal y social. Esta nueva manera de mirar no sólo va a llevar consigo una recuperación de la realidad —porque supone atravesar la barrera de la cháchara que nos han aplicado y que nos hemos aplicado a nosotros mismos— sino también el nacimiento de un nuevo modo de comunicarse con los otros, va a suponer de hecho la recuperación de estos otros. En el caso de Sorger, «la india», la enfermera de la colonia del «Gran Norte» en la que vive el protagonista de la novela, y más, la familia de vecinos de «la ciudad de la costa occidental», la estación intermedia del viaje de regreso a Europa del protagonista —del «lento regreso al hogar», ésta sería la traducción completa del título de este libro y de la tetralogía entera—: en una escena gloriosa de la segunda parte del relato Sorger levanta a los niños en alto, los lleva a la cama, éstos le hacen confidencias que no han hecho ni siquiera a sus padres; antes ha dicho a sus vecinos: «Están ustedes tan lejos». Veamos cómo Handke cuenta la «visión» que el protagonista tiene de la cabeza de la madre de estos niños: 

Empezó llamándole la atención el pelo; era un placer ver aquellos rizos, la línea de piel que dejaba al descubierto la raya, la misma masa de los cabellos. Poco a poco fue viendo los detalles del rostro: ahora su belleza era incuestionable, pero al mismo tiempo adquirieron un carácter dramático: una línea (era así y no quería ser de otra manera) llevaba de un ojo al otro. «Esto está ocurriendo para mí», pensó. (p. 107). 


Alianza Literaria. 592 págs.


          La imagen, la imagen que no ve nadie, porque todo lo que vemos nos lo enseñan los otros. En El año que pasé en la bahía de nadie (1994, 1999), el protagonista narrador, Gregor Keuschnig —la figura central de La hora de la verdadera sensación, que reaparece en aquella larga novela casi veinte años después—, para ver la textura de las paredes de las casas de la población periférica de París, «la bahía de nadie», en la que va a vivir en lo sucesivo, se acerca a ellas, a muy poca distancia, tocándolas con la nariz, y de este modo ve en ellas valles, crestas, desprendimientos, pequeños animales. En otra ocasión, para ver bien las formas de las plantas de la estepa, se deja caer ladera abajo, rodando, y de este modo ve las hojas, los tallos y las flores muy de cerca y en todas las posiciones. Cabría aducir más ejemplos de «visiones» de este tipo en la obra de Handke. 

II 

          Podemos pasar ya a la segunda de las claves de lectura que me he propuesto considerar, la narración. Recordemos: ante la pregunta relativa al porqué de algo —¿por qué se dedicó usted a escribir?, por ejemplo—, en vez de contestar al interlocutor sorprendiéndole con «la lógica occidental», se le puede contar una historia: «oh, esto es una larga historia». (Éste es, como he dicho, un ejemplo tomado del discurso de Darmstadt de 1973. En el documental sobre Peter Handke que hizo hace dos años Peter Hamm con motivo del sesenta aniversario de aquel autor —una larga entrevista acompañada de paisajes y gentes frecuentados por él—, el autor austriaco vuelve a abogar por este tipo de discurso). 


Alianza Editorial. 96 págs.

          ¿Por qué la narración? ¿Cómo se explica la fijación de nuestro autor en este modo de decir? Porque el hecho es que este motivo, análogamente a lo que ocurre con la imagen, aparece de un modo insistente en su obra, por lo menos desde finales de los años ochenta. El Ensayo sobre el cansancio (1989, 1990), una obra que, después de La mujer zurda (1976, 1979), es la que ha tenido mayor aceptación en España, tiene varias páginas dedicadas a la narración. 


Alianza Editorial. 103 págs.

          ¿Qué es la narración? Repasemos algunos conceptos de la Teoría Literaria, no para refrescar conocimientos sino para hacer bajar un telón de fondo sobre el cual podamos ver la nueva perspectiva desde la que hay que considerar este tipo de discurso en la concepción handkeana. 
          La narración, junto con la descripción, es una de las dos formas del género épico. En él, digamos de un modo drásticamente simplificado, la realidad pasa al lenguaje de un modo mediado 
—por el que narra o por el que describe—, una mediación que no tiene lugar en el género dramático. Siguiendo con nuestras simplificaciones, digamos que se narra la realidad temporal y se describe la realidad espacial: se narra la Revolución Francesa y se describe la fachada de una catedral. Pero, para paliar en alguna medida unas definiciones tan esquemáticas como las que acabo de formular, debemos añadir algunas precisiones: se describe también, no se narra, una puesta de sol o una tempestad en el mar, a pesar de que son realidades temporales. Terminemos este breve excurso diciendo también que se narran sucesos temporales en los que participa el hombre y se describen realidades espaciales y realidades naturales, sin el hombre, que se suceden en el tiempo. 


Tres Molins. 105 págs.

          Pues bien, oigamos los títulos de algunos de los capítulos del libro que Peter Handke escribió el año 1990, De nuevo para Tucídides: «Algunos episodios de la nevada japonesa», «Epopeya de las luciérnagas», «Una vez más una historia sobre la fusión del hielo», «Pequeña fábula del arce de Munich», «Epopeya de la desaparición de los caminos». Son títulos que, sin ninguna duda, quieren llamar la atención, tienen una intención claramente provocadora. 
          Volvamos, muy brevemente también, a nuestra «Teoría Literaria». Las narraciones, las historias suelen tener un «cierre»: ya ha terminado lo que queríamos contar, ya no se cuenta nada más. Suelen tener también intenciones concretas; esto es muchas veces lo que determina el cierre y lo que define los distintos tipos de narración: el apólogo, la parábola, el mito —como historia explicativa, o explicación por medio de una historia— o incluso también la historia como narración de lo ¿importante? acontecido —«historia magistra vitae—», para que no volvamos a incurrir en los errores del pasado... 


Alianza Editorial. 

          Pues bien, no es ésta la narración por la que apuesta Peter Handke. Cabría preguntarse: ¿por qué la historia termina con el encuentro del culpable, con la victoria de uno de los dos contendientes, o con su reconciliación, y no, por ejemplo, tres minutos antes, o siete días después? El cierre, lo que le da unidad a la narración, traiciona un «concepto» que está detrás de ella (y en el concepto suele estar agazapado el Poder); pero la literatura, dijo también Handke en su discurso de Darmstadt, tiene «el poder de disolver los conceptos y, con ello, de hacerse con el futuro». La narración por la que aboga Handke no tiene «cierre», tiene que poder continuar en cualquier momento con un «y...» —así es como termina su novela La repetición (1986, 1991)—. Abrir la ventana, mirar e ir contando lo que vamos viendo, nada más. ¡Nada menos!: «la epopeya de la paz». El modelo de ésta nos lo da la naturaleza, siempre que la miremos con los ojos limpios de la historia de Europa: lo que busca Peter Handke con sus «epopeyas» de su libro a favor de Tucídides es algo parecido a lo que buscaba Sorger en «el Gran Norte», ver la historia de la Tierra —para el protagonista de Lento regreso los resultados de esta historia, las formas que ella ha grabado en el suelo— con los ojos limpios de la historia del viejo —¡y del nuevo!— continente. 
          Una de las situaciones que propician este discurso inocente es el cansancio. En el Ensayo sobre el cansancio (1989, 1990) encontramos explicitado este desideratum; en la página 33 de la traducción castellana leemos: «el arte de narrar como la forma de hablar más generosa y que originariamente está más libre, casi siempre, de las opiniones del que narra». 
          En este ensayo Peter Handke clasifica los cansancios en cansancios buenos y cansancios malos; entre los primeros se encuentra uno que propicia de un modo especial la narración. Detengámonos unos momentos en este punto. ¿Qué tiene que ver el cansancio con este modo de decir inocente?, ¿por qué el cansancio es la situación adecuada para la narración? El cansancio es un estado que nos coloca al margen de nuestros hábitos, de nuestros proyectos y nuestros afanes; viene a ser algo así como «la hora veinticinco» de la jornada. En la página 61 de este Ensayo de Handke leemos: «Gracias al cansancio el mundo se liberaba de sus nombres y se hacía grande».
          En la misma página de la que he tomado esta cita, nuestro autor explica los cuatro estados en los que se puede encontrar su Yo-Lenguaje en relación con el mundo: en el primero este yo está «dolorosamente excluido de los acontecimientos»; en el segundo, la cháchara de fuera entra en el yo y éste sigue estando mudo, lo más que puede hacer es gritar; en el tercero llega al fin la narración, de un modo involuntario, frase por frase, dirigida a alguien, generalmente a un niño; en el cuarto se produce la apoteosis del cansancio: éste se convierte en la gran puerta de la narración: 

en la clarividencia del cansancio de entonces, el mundo, bajo el silencio, sin decir una sola palabra, se cuenta a sí mismo, a mí al igual que al vecino espectador de pelo canoso que hay aquí, que a la señora estupenda que pasa contoneándose; todos los acontecimientos pacíficos eran ya narración, y ésta, a diferencia de lo que ocurría en las acciones bélicas y las guerras, que primero necesitaban un cantor o un cronista, se articulaba por sí misma ante mis ojos cansados en forma de epopeya. (61-62). 


Editorial Alianza. 200 págs.


          Es la epopeya de la paz a la que me he referido antes. Pero aquí son las cosas las que se narran; el Yo del autor-contemplador se ha hecho absolutamente permeable a las cosas de fuera, se ha convertido en un gran fanal en cuyo seno aparecen éstas, y esta aparición tiene forma de relato. En las últimas páginas de La ausencia (1987, 1993), Handke pinta la escena glorificada que rodea a los tres personajes, después de la desaparición del El Viejo: 

Las escaleras de piedra se lanzaban rectas hacia arriba. Las sombrillas se abovedaban. La camarera estaba apoyada. Nosotros estábamos sentados. Los jardineros estaban de pie. Los muros estaban de pie. Las ramas del cedro se entrelazaban. Las raíces se estiraban. El magma llameaba. El mar batía. El espacio cósmico zumbaba. En el cielo los pájaros, ala con ala, estaban suspendidos en el aire. Las pinochas verdeaban. El tronco se redondeaba. El humo hacía un signo. (p. 193-194). 


https://www.filmaffinity.com/ar/film633016.html

          Como es sabido, Peter Handke hizo luego de este relato un guión cinematográfico y una película (en la que tuve la fortuna de, con mayor o menor acierto, más bien menor, encarnar a uno de sus personajes). Pues bien, en la última secuencia de este film vemos a un niño, subido en los hombros de un adulto que anda arriba y abajo por la orilla del mar, diciendo: «Mi padre anda. El pez nada. El árbol está de pie. El fuego arde. El agua corre. La luna brilla. El tren corre. El barco navega. Mi padre anda...».
          El cansancio ha propiciado la presencia de las cosas. Una vez acallada la cháchara que nos separa de éstas —esta cháchara que se interponía entre nosotros y el verde de las hojas—, y esto ha ocurrido cuando, por la gracia del cansancio, hemos salido de los sistemas, las opiniones y las costumbres, ha aparecido la imagen, y la aparición de ésta tiene lugar en forma de narración, la narración que las cosas hacen de ellas mismas. Con lo cual se juntan las dos primeras claves de lectura que estoy considerando en las presentes reflexiones, la imagen y la narración. 

III 

          ¿Y el viaje, la tercera de las claves que he propuesto? En la película La ausencia, en uno de sus muchos monólogos El Viejo dice: 

Andar. Golpear el suelo con las suelas de los zapatos, regular los latidos del corazón, limpiarse los ojos. [...] Y es andando, andando, andando como salían a mi encuentro las cosas del mundo, acontecían, se narraban. [...] Sólo andando, andando, andando, hacía bajar yo la luz del cielo, del padre cielo. Airear la tierra andando. Hacer que el azul azulee, que el verde verdezca, que el marrón luzca, que el gris florezca. 

          El viaje —aquí el viaje a pie— y la narración; la narración como un modo privilegiado de presencia de la imagen. 


Alianza Editorial. 120 págs.

          En la obra de Peter Handke se viaja. Se viaja por Europa y por América; de Europa a América y de América a Europa. Se viaja en tren, en coche, en autocar, en avión, a pie. Viaja Sorger en Lento regreso; viajan el autor y D en La doctrina del Sainte-Victoire (1980, 1985); viajan el autor y su hija en Historia de niños (1981, 1986); Loser en El chino del dolor (1983, 1988); el yo narrador en La repetición (1986, 1991); el viejo, el soldado, el jugador y la mujer en La ausencia (1987, 1993); viajan al país sonoro los siete personajes de El juego de las preguntas (1989, 1992), viajan el conductor, el poeta y el antiguo campeón olímpico en En una noche oscura salí de mi casa sosegada (1997, 2000); viajan los siete amigos del yo narrador en El año que pasé en la bahía de nadie (1994, 1999); viaja la banquera en La pérdida de la imagen o por la Sierra de Gredos (2002, 2003). 


El libro de bolsillo. 88 págs.

          ¿Qué sentido tiene el viaje en la obra de nuestro autor? Es ésta una pregunta que podemos intentar contestarla desde la perspectiva de la «literatura de salvación» de la que he hablado antes (no olvidemos que el «itinerarium» es una de las categorías de las «literaturas de salvación» de muchas corrientes de «espiritualidad»). También se viaja en un subgénero narrativo que ha tenido tanta importancia en la tradición alemana como es la llamada «novela de formación». En el viaje, dice Eugenio Trías en el capítulo «Viaje dramático, viaje clásico» de su libro Drama e identidad (Barral Ed., Barcelona 1974), el nombre propio de uno «parece fluidificarse y perder con ello su rígida compostura. La referencia al hogar, al municipio pierde su carácter opresivo y se vuelve implícita». Esta observación de Trías está muy en la línea de la tendencia de nuestro autor a no dar nombres a sus personajes, a los que muchas veces identifica sólo con rótulos como «el niño», «la mujer», «el viejo», «el soldado», «el jugador», «el sacerdote». La lejanía del hogar y de su ámbito habitual le depara al «viator» la posibilidad de una distancia en relación con él mismo y por tanto algo así como una nueva identidad, una identidad «purificada». En el Ensayo sobre el día logrado (1991, 1994) leemos: «En el día logrado no habrá ninguna costumbre, desaparecerá toda opinión» (p. 75). El viaje parece propiciar este estado. No olvidemos que la idea de escribir este ensayo le ha venido a Handke de una canción de van Morrison en la que se habla de una pareja que, en un viaje, durante un fin de semana, ha conseguido este «día logrado»: «pescar en las montañas, continuar el viaje, comprar el periódico del domingo, continuar el viaje, tomar algo, continuar el viaje, el brillo de tu cabello, la llegada al anochecer, y el último verso más o menos así: ¿Por qué no pueden ser todos los días como éste?». El viaje parece favorecer la disolución de «el mundo sellado» por la que aboga Peter Handke en su discurso de Darmstadt. El viaje, que nos va poniendo siempre delante de algo distinto, parece ayudar también a este nacimiento de un mundo nuevo todos los días del que habla nuestro autor en este mismo discurso. Lo que se busca en estos viajes es, en muchas de las obras de Handke, una «transformación» del viajero. Éste es, por ejemplo, el caso de Wilhelm en Falso movimiento, de Gregor Keuschnig en La hora de la verdadera sensación, de Sorger en Lento regreso, para mencionar sólo algunos ejemplos. 
          Antes hemos hecho referencia a los medios de locomoción con los que viajan los personajes de las obras de Handke. Debemos detenernos unos momentos en uno de ellos, el autocar, uno de los «tópoi» de la obra de este autor, por su recurrente, casi obsesiva aparición en sus obras. El autocar y el viaje en este medio de transporte suponen, respectivamente, un «Zwischenraum» (espacio intermedio) y una «Zwischenzeit» (tiempo intermedio), dos categorías centrales en la obra de este escritor: un ámbito espacio-temporal en el que cesan las relaciones habituales de los que se encuentran en él; en el que dejan de estar vigentes los «papeles» que desempeña cada uno en su vida diaria. En este espacio y durante este tiempo se da una distancia de cada uno en relación con sus propios hábitos y sus costumbres, cesan los empeños que tienen al ser humano fuera de lo que él es; en ellos pueden nacer modos de ser y relaciones inéditos, ajenos al plexo de proyectos y de influencias exógenas que tienen al hombre en manos de alguien. 
          En ocasiones, los que viajan son un pequeño grupo que se ha formado de un modo aleatorio. Éste es el caso, por ejemplo, de La ausencia —«el viejo», «el soldado», «el jugador», «la mujer»— o de En una noche oscura salí de mi casa sosegada, donde en un coche con el que se dirigen al pueblo de Santa Fe se han reunido por casualidad «el conductor», «el poeta» y «el antiguo campeón olímpico». Los diálogos que se entablan entre los miembros de estos grupos formados al azar, que en ocasiones, como ocurre en La ausencia, son sólo largos monólogos de estos personajes, escuchados con atención por los otros miembros del grupo, son lo que puede depararle al hombre una nueva identidad y lo que puede ofrecerle una nueva vida. 

IV 

Alianza. 568 págs.


          La imagen, la narración, el viaje. En la obra de nuestro autor, La pérdida de la imagen o por la sierra de Gredos encontramos reunidas, y presentes de un modo explícito, las tres claves que han estado ocupando nuestra atención a lo largo de estas páginas. Dos de ellas, la imagen y el viaje, están mencionadas de un modo expreso en el título de la novela. La tercera, la narración, es un hilo que recorre el libro entero. En efecto, lo que la protagonista va viendo y viviendo a lo largo de su travesía por la sierra castellana deberá contarlo un autor que ella ha contratado, que vive en un pueblo de la Mancha, donde terminará el largo relato, Miguel... imposible reprimir el deseo de nombrar sus apellidos: de Cervantes Saavedra. La protagonista de esta novela no aspira a «pasar a la historia» sino a «pasar a la narración». Sobre cómo debe ser y no debe ser ésta, el lector puede sacar deducciones fijándose en las indicaciones que la banquera, la figura central de la obra, le va dando a su autor. También comparando lo que de la Sierra de Gredos ve la protagonista de la novela y lo que ven los reporteros venidos de fuera. La imagen tiene también un papel central en este libro. En él vemos cómo las imágenes se pueden concitar, qué efecto surten, en el que las llama y en aquellos que se encuentran frente al que las tiene; cómo se pueden perder, que es algo que sólo puede ocurrirle al que una vez las tuvo. 
          No es posible, ni oportuno, intentar hacer una interpretación cerrada de este libro desde estas tres claves. Me parece suficiente con indicarlas y ofrecerlas para una lectura de esta novela. 
          Las tres claves que, anunciadas ya por Peter Handke en su discurso de Darmstadt, hace más de treinta años, recorren su obra entera y nos ofrecen un hilo que puede guiarnos dentro del fascinante dédalo de la obra este autor. 


*

Espero que hayan disfrutado de este muy buen trabajo de Eustaquio Barjau, y que disfrutemos de la amplia obra de Peter Handke, Premio Nobel de Literatura 2019.
Hasta el próximo encuentro,

Cecilia Olguin Gianelli 

Notas

- The Official Website of the Nobel Prize in Literature:

- Eustaquio Barjau: [Madrid, 1932] Filolólogo y traductor español. Catedrático de Alemán del Instituto Cervantes y de Filología Alemana en la Universidad Complutense de Madrid.
eumusfil@hotmail.com 

- Peter Handke: [Griffen, 6 de diciembre de 1942] Escritor austriáco, ganador del Premio Nobel de Literatura 2019. Autor de teatro, novela poesía y ensayo, también guionista y director de cine.
Un gran lector, Dickens y Balzac, pero sobre todo se siente discípulo de Goethe, Adalbert Stifter, Kafka y Ludwig Hohl. 
Instalarse en París, su viaje [clave] al norte de Estados Unidos y regreso a Austria fueron parte de los cambios en su escritura y el desarrollo de una experiencia narrativa muy personal y arriesgada. Escribió relatos, novelas y ensayos polémicos.
Durante las guerras balcánicas [década de 1990] Handke se opuso a los ataques de la OTAN sobre Belgrado en 1999. Tendría en cuenta los bombardeos nazis a esa capital y la impunidad de muchos croatas, que colaboraron en la destrucción de los judíos en la zona. Esto le valió ser considerado [equivocadamente] partidario de la causa serbia, extremo que el ha negado radicalmente. La suya era una negativa a la criminalización de un pueblo. Por este mismo motivo hubo una campaña en 2006 en su contra, cuando le fue concedido el Premio Heine. Fue defendido por novelistas, cineastas y directores teatrales, entro muchos otros.
En sus novelas se refiere a estos hechos tan manipulados, y le fueron otorgados otros muchos reconocimientos, como el Premio Ibsen, el Premio Prosefest y nombrado ciudadano de honor de Belgrado.
El crítico español Ignacio Echevarría escribió sobre esta desinformación sobre el autor y sus denuncias: «La causa Handke no es la de Serbia. Ni siquiera la del pueblo serbio, con la que solidariza. Pero sí reconoce, como lo han hecho Karl Kraus y Rafael Sánchez Ferlosio, en la guerra el veneno de las palabras, e impugna la perversa alianza del periodismo y de las bombas, consumada en nombre de la Humanidad».
Sus posiciones políticas han hecho de este premio, el más importante, causa de muchas controversias y opiniones contrarias. Han despertado viejas discusiones muy interesantes para analizar. 

- Análisis de la obra artística de Wim Wenders y Peter Handke:

domingo, 6 de octubre de 2019

Daniel Mordzinski, la literatura hispanoamericana fotografiada

«Para escribir hay que dar con la postura», dice Juan José Millás en su diario La vida a ratos, y qué bien aplica a lo que acá vemos: la postura tan bien captada por el objetivo de Mordzinski.

Mario Vargas Llosa, Cartagena de Indias durante HAY Festival [2010]
Daniel Mordzinski

Objetivo Mordzinski

Fotografía & Escritores 

Cuatro décadas de literatura hispanoamericana

Casa de América

Madrid

Los rostros de la escritura
La creación literaria hispanoamericana desde la mirada del artista Daniel Mordzinski



          Daniel Mordzinski, el fotógrafo de los escritores, es un consagrado argentino, nacido en Buenos Aires en 1960. Se denomina a sí mismo como «fotoperiodista» —demasiado artista para periodista y demasiado periodista para artista.
          Afincado en París y Madrid, es corresponsal del diario El País y otros medios. Muy conocido y admirado por los lectores del mundo, ya que ha retratado a los protagonistas más destacados de las letras de las últimas décadas.
          Con el sello de su personalidad histriónica, ha trabajado y trabaja retratando escritores en su ambicioso «atlas humano», participa de festivales y exposiciones y ha editado numerosos libros.


Daniel Mordzinski

          Disfruta y nos permite disfrutar de la literatura a través de la lente de su cámara. En este caso son las últimas generaciones de escritores hispanoamericanos, un viaje de cuatro décadas al corazón de la literatura de esta región cultural.
          Una gran exposición antológica renovada. Ya presentada en parte en el año 2016-2017 en Buenos Aires [CCK] y en otras ciudades de diferentes países, se presenta ahora en Casa de América en Madrid, desde el  11 de octubre al 30 de noviembre de 2019, con nuevas producciones.   
          Imágenes para disfrutar de nuestros escritores preferidos... Borges, Cortázar, Cela, Aira, Saer, García Márquez, etc. Llenas de vidas y pasión. Un lado más íntimo y divertido de lo habitual, es lo que logra transmitir este gran artista a través de su mirada, su amor por la lectura y admiración por sus creadores.


César Aira, admirado escritor argentino, en las calles de Querétaro [2017]
Daniel Mordzinski

César Aira [Coronel Pringles, 1949] juega y nos divierte. Su genialidad para crear ficciones que vuelan por aires inimaginables, un maravillosos delirio, nos lleva a lugares de mucha fantasía, humor e ironía.
          Nos ponemos en su sintonía y nos dejamos ir... Una foto muy «airana».


Eduardo Sacheri por Daniel Mordzinski

Eduardo Sacheri [Buenos Aires, 1967] se presta al juego Mordzinski quien logra toda una «fotinski» con un toque de actualidad.
          «La paciencia es una de las mejores formas de la dignidad», dice el ganador del premio Alfaguara 2016 con La noche de la Usina, y autor de la famosa La pregunta de sus ojos, llevada al cine por Juan José Campanella como El secreto de sus ojos.

«Daniel Mordzinski se acerca a sus retratados con una mezcla de respeto e ironía, sabe mirar dentro de sus miradas», dice José Manuel Fajardo [Granada, 1957] en el prólogo de El país de las palabras, hermosa fusión de fotografía y literatura, escritores latinoamericanos en Francia
          Y vemos esta fotografía, tomada desde lo alto, de Juan José Saer. Un instante tan bien captado. La mirada de Saer que va tomando significados de despedida, de tiempo que se va y deja huellas, como las huellas de esos chicos en bicicleta sobre la calle nevada.


Juan José Saer, París 2002
Daniel Mordzinski

Un trocito de vida: una escapada a una playa cercana durante el Hay Festival de Cartagena de Indias [2014] y una escena espontánea con pantalones arremangados a la que Piglia se sumó gustoso y se logró esta «fotinski».
          Ricardo Piglia [1941-2017], notable escritor argentino, autor de obras a las que volvemos una y otra vez, como Respiración artificial, Plata quemada o El último lector, entre otras muchas.

Ricardo Piglia por Mordzinski [2014]

«Soy totalmente intuitivo, improvisador, divertido. Cada fotografía tiene mucho del retratado. Yo procuro que tenga mucho de sus universos literarios, y claramente algo de mí. Pero nunca los voy a traicionar, estamos en el mismo bando. Es muy difícil que un escritor le diga que no a un lector», dice Mordzinski. 
          En general no se niegan con las puestas en escena que les propone, ¡él es uno de sus grandes lectores!


Enrique Vila-Matas retratado en Matosihos, Portugal
Daniel Mordzinski

Dos imágenes del escritor catalán Enrique Vila-Matas [Barcelona, 1948]. Pertenece a la serie «Retrato de escritores». La primera, aparentemente más clásica pero no, esa mirada con la ceja levantada... Y en la segunda, más producida, Vila-Matas se abre el abrigo y muestra a los «vilamatitas». 
Muy acertado en el contexto de su obra tan «vilamatiana».

Enrique Vila-Matas en una imagen de la serie «Retrato de escritores».
Abriéndose el abrigo, mostrando los «vilamatitas», muy acertada en el
contexto de la obra «vilamatiana». 

Con el autor de El túnel y Sobre héroes y tumbas compartió muchos momentos inolvidables en Santos Lugares, Buenos Aires y París. Admiró su inocencia, elegancia física y ética, su falta de afectación y la manera en que describía el horror, el dolor ajeno y el propio.
          Ernesto Sábato [Pcia. de Buenos Aires, 1911-2011] en las calles de París, con su gesto inconfundible.

Ernesto Sábato, con su gesto inconfundible, Boulevard Raspail.
París, 1996
Daniel Mordzinski

Desde 1978 Daniel Mordzinski se dedica a mostrar algo distinto de los escritores que lee y admira. Algo que rompa con los lugares comunes, que capte un instante de intimidad, de juego, de vida.
          Así logra esta imagen del autor de La invención de Morel, Adolfo Bioy Casares [1914-199]. 


Bioy retratado por Daniel Mordzinski

«Jorge Luis Borges, mi primer escritor, mi Aleph», dice Daniel Mordzinski.
          Con solo 18 años y mucho miedo fotografió al «poeta ciego», no sabía el camino que emprendía.
Jorge Luis Borges por Daniel Mordzinski
[tomada hace más de 40 años, en 1978]

          A mí, que me gusta leer rodeándome de imágenes, sus fotografías, llamadas graciosamente «fotinskis» son, desde hace tiempo, una muy buena compañía. 
          Sigamos disfrutando de las imágenes de los escritores que leemos y admiramos, en situaciones fuera de lo común, gestos, miradas y actitudes que nos dicen mucho de ellos. No nos perdamos las exposiciones de Daniel Mordzinski ni sus libros*, como La ciudad de las palabras [1996] o Cronopios: Retratos de escritores argentinos [2014].
          El arte, en todas sus expresiones, es lo que nos oxigena la vida, «no se puede vivir sin leer o viajar», dice él... y sin estar cerca de estos escritores, podríamos decir nosotros, los lectores.
          A Daniel Mordzinski le gusta ser empático e intuitivo y conectar con el otro. Lo logra, así lo sentimos cuando nos detenemos a mirar sus trabajos. Nos inspira en este sentido y se lo agradecemos.
          Agradecemos su talento, todo lo que descubre y nos regala, su amor por la literatura y su homenaje.
Hasta el próximo encuentro,

Cecilia Olguin Gianelli

Notas

- Daniel Mordzinski: Biografía, libros, fotografías, contacto.

- Daniel Mordzinski: Hablando en la oportunidad de otra exposición de hace unos años, en 2011, también en Casa de América. Un placer escucharlo.



- Casa de América:

jueves, 5 de septiembre de 2019

«Una casa para siempre», Enrique Vila-Matas

Narrativa contemporánea

«Una casa para siempre»

Una casa para siempre, 1988

Enrique Vila-Matas

[Barcelona, 31 de marzo de 1948]


Cuando el verdadero protagonista es la genuina pasión por contar historias.




          De mi madre siempre supe poco. Alguien la mató en la casa de Bérgamo, dos días después de que yo naciera. El crimen fue todo un misterio que creí dar por resuelto el día en que cumplí 20 años, y mi padre, desde su lecho de muerte, reclamó mi presencia y me dijo que, por desconfianza a los adjetivos, estaba aproximándose al momento en que enmudecería radicalmente, pero que antes deseaba contarme algo que juzgaba importante que yo supiera. 
          —Incluso las palabras nos abandonan —recuerdo que dijo—, y con eso está dicho todo, pero antes debes saber que tu madre murió porque yo así lo dispuse.
          Pensé de inmediato en un asesino a sueldo y, pasados los primeros instantes de perplejidad, comencé a dar por cierto lo que mi padre estaba confesando. Cada vez que pensaba en el hacha ensangrentada sentía que el mundo se hundía a mis pies y que atrás quedaban, patéticamente dibujadas para siempre, las escenas [de alegría y plenitud que me habían hecho idealizar la figura paterna y forjar la imagen mítica de un hombre siempre levantado antes de la aurora, en pijama, con los hombros cubiertos por un chal, el cigarrillo entre los dedos, los ojos fijos en la veleta de una chimenea, mirando nacer el día, entregándose con implacable regularidad y con monstruosa perseverancia al rito solitario de crear su propio lenguaje a través de la escritura de un libro de memorias o inventario de nostalgias que siempre pensé que, a su muerte, pasaría a formar parte de mi tierna aunque pavorosa herencia.


Lake Garda, by Becky Samuelson


          Pero aquel día de aniversario, en Desenzano del Garda*, se fugó de esa herencia todo instinto de ternura y tan solo conocí el pavor, el terror infinito de pensar que, junto al inventario, mi padre me legaba el sorprendente relato de un crimen cuyo origen más remoto, dijo él, debía situarse en los primeros días de abril de 1905, un año antes de que yo naciera, cuando, sintiéndose él todavía joven y con ánimos de emprender, tras dos rotundos fracasos, una tercera aventura matrimonial, escribió una carta de amor a una joven toscana que había conocido casualmente en Volterra* y que le había parecido que reunía todas las condiciones para hacerla feliz, pues no sólo era pobre y huérfana, lo que a él le facilitaba las cosas, ya que podía protegerla y ofrecerle una notable fortuna económica, sino que, además, era hermosa, muy dulce, tenía el labio inferior más sensual del universo y, sobre todo, era extraordinariamente ingenua y servil, es decir, que poseía un gran sentido de la subordinación al hombre, algo que él, a causa de sus dos anteriores infiernos conyugantes, valoraba muy especialmente.

DESDICHA MATRIMONIAL


Bergamo Alta, Città alta [Lupia Srl.]

          Había que tener en cuenta que su primera esposa, por ejemplo, le había mutilado, en un insólito ataque de furia, un oreja. Mi padre había sido tan enormemente desdichado, en sus anteriores matrimonios que a nadie debe sorprenderle que, a la hora de buscar una tercera mujer, quisiera que esta fuera dulce y servil. 
          Mi madre reunía esas condiciones y él sabía que una simple carta, cuidadosamente redactada, podía atraparla. La carta era tan apasionada y estaba tan hábilmente escrita que mi madre no tardó en presentarse en Bérgamo*. En el centro del laberinto de callejuelas de la Città Alta*, llamó a la puerta del empinado, estrecho y ennegrecido palacio de mi padre, quien, al parecer, no pudo ni quiso disimular su gran emoción al verla allí en el portal, sosteniendo bajo la lluvia un maletín azul que dejó caer sobre la alfombra al tiempo que, con humilde y temblorosa voz de huérfana, preguntaba si podía pasar. 

          —Que aquel día llovía sobre Bérgamo* —me dijo mi padre desde su lecho de muerte—, es algo que nunca pude olvidar, porque cuando la vi a ella cruzar el umbral me pareció que la lluvia era salvaje en sus caderas y me sentí dominado por el impulso erótico más intenso de mi vida.

          Ese impulso parecía no tener ya límites cuando ella le dijo que era una experta en el arte de bailar la tirana, una danza medieval española en desuso. Seducido por ese ligero anacronismo, mi padre ordenó que de inmediato se ejecutara aquel arte, lo que mi madre, ansiosa de complacerle en todo y con creces, realizó encantada y hasta la extenuación, acabando rendida en los brazos de quien, sin el menor asomo de cualquier duda, le ordenó cariñosamente que se casara cuanto antes con él.

          Y aquella misma noche durmieron juntos, y mi padre, dominado por esa suprema cursilería que acompaña a ciertos enamoramientos, tuvo la impresión de que, tal como había imaginado, acostarse con ella era como hacerlo con un pájaro, pues gorjeaba y cantaba en la almohada, y le pareció que ninguna voz cantaba como la de ella y que incluso sus huesos, como su labio inferior y sus cantos, eran frágiles como los de un pájaro.

          —Y esa misma noche, bajo el rumor de la lluvia bergamasca, te engendramos —me dijo de repente mi padre con los ojos muy desorbitados.

          Un lento suspiro, siempre tan inquietante en un moribundo, precedió a la exigencia de un vaso de vodka. Me negué a dárselo, pero, al amenazar con no proseguir su relato, por pura precaución ante el posible cumplimiento de esto, fui casi corriendo a la cocina y, procurando que tía Silvana no lo viera, llené de vodka dos vasos. Hoy sé que todas mis precauciones eran absurdas porque en aquellos momentos tía Silvana* solo vivía para alimentar su intriga ante un cuadro oscuro del salón que representaba la coquetería celestial de unos ángeles al hacer uso de una escalera; solo vivía para ese cuadro, y muy probablemente esa obsesión de distraía de otra: la constante angustia de saber que su hermano, acosado por aquella suave pero implacable enfermedad, se estaba muriendo. En cuanto a este, en aquellos momentos solo vivía para alimentar la ilusión de su relato.

LUNA DE MIEL


Estambul, by Aida Rivas


          Cuando hubo saciado su sed, mi padre pasó a contar que el viaje de luna de miel tuvo dos escenarios, Estambul y El Cairo, y que fue en la ciudad turca donde advirtió la primera anomalía en la conducta de su dulce y servil esposa. Yo, por mi parte, advertí la primera anomalía en el relato de mi padre, ya que estaba confundiendo esas dos ciudades con París y Londres, pero preferí no interrumpirle cuando oí que me decía que la anomalía de mi madre no era exactamente un defecto, sino algo así como una peculiar manía. A ella le gustaba coleccionar panes.

          En Estambul, ya desde el primer momento, entrar en las panaderías se convirtió en un extraño deporte. Compraban panes que eran perfectamente inútiles, pues no estaban destinados a ser devorados sino más bien a elevar el peso de la gran bolsa en la que reposaba la colección de mi madre. Muy pronto él protestó, preguntando con inocultable crispación a qué obedecía aquella rara adoración al pan.

          —Algo tiene que comer la tropa —respondió escuetamente mi madre, sonriéndole como quien le sigue la corriente a un loco. 
          —Pero Diana, ¿qué clase de broma es esta? —balbució desconcertado mi padre. 
          —¿No te parece que eres tú quien está bromeando con esas preguntas tan absurdas que haces? —contestó ella con cierto aire de ausencia y esbozando la suave y soñadora mirada de las miopes.


Strassen scene in Cairo, by Prosper Marilhat

          Siete días estuvieron, según mi padre, en Estambul, y eran unos cuarenta los panes que mi madre llevaba en su gran bolsa cuando llegaron a El Cairo. Como era una hora avanzada de la noche, él marchaba feliz sabiéndome a salvo de las panaderías cairotas, e incluso se ofreció a llevar la bolsa. No sabía que aquellas iban a ser sus últimas horas de felicidad conyugal.

          Cenaron en un barco anclado en el Nilo y acabaron bailando, entre copas de champaña rosado y a la luz de la luna, en la terraza de la habitación del hotel. Pero unas horas después mi padre despertó en mitad de la noche cairota y descubrió con gran sorpresa que mi madre era sonámbula y estaba bailando frenéticas tiranas sobre el sofá. Trató de no perder la calma y aguardó pacientemente a que ella, totalmente extenuada, regresara al lecho y se sumergiera en el sueño más profundo. Pero cuando esto ocurrió, nuevos motivos de alarma se añadieron a los anteriores. De repente, mi madre, hablando dormida, se giró hacia él y le dijo algo que, a todas luces, sonó como una tajante e implacable orden: 
          —A formar. 
          Mi padre aun no había salido de su asombro cuando oyó: 
          —Media vuelta. Rom-pan filas.

          No pudo dormir en toda la noche y llegó a sospechar que su mujer, en sueños, le engañaba con un regimiento entero. A la mañana siguiente, afrontar la realidad significaba, por parte de mi padre, aceptar que, en el transcurso de las últimas horas, ella había bailado tiranas y se había comportado como un perturbado general al que solo parecía interesarle dar órdenes y repartir panes entre la tropa. Quedaba el consuelo de que, durante el día, su esposa seguía siendo tan dulce y servil como de costumbre. Pero ese no era un gran consuelo, pues, si bien en las noches cairotas que siguieron no reapareció el tiránico sonambulismo, lo cierto es que fueron en aumento, y de forma cada vez más enérgica, las órdenes. 
          —Y el toque de diana —me dijo mi padre— comenzó a convertirse en un auténtico calvario, pues cada día, minutos antes de despertarse, los resoplidos que seguían a los ronquidos de tu madre parecían imitar el sonido inconfundible de una trompeta al amanecer.

          ¿Deliraba ya mi padre? Todo lo contrario. Era muy consciente de lo que estaba narrando y además resultaba impresionante ver cómo, a las puertas de la muerte, mantenía íntegro su habitual sentido del humor. ¿Inventaba? Tal vez, y por ello probé a mirarle con ojos incrédulos, pero no pareció nada afectado y siguió, serio e inmutable, con su relato.

UN RASGO OCULTO


Anesidora III, by Aliza Razell [edited]
[My Modern Met, Painting and
Photography]. Contemporary artists.


          Contó que cuando ella despertaba volvía a ser la esposa dulce y servil, aunque de vez en cuando, cerca de una panadería o simplemente paseando por la calle, se le escapaban extrañas miradas melancólicas dirigidas a los militares que, en aquel El Cairo en pie de guerra, hacían guardia tras las barricadas levantadas junto al Nilo. Una mañana incluso ensayó algunos pasos de tirana frente a los soldados, de modo que lentamente las cosas también iban complicándose de día. Más de una vez él se sintió tentado de encarar directamente el problema hablando con ella y diciéndole, por ejemplo:
         —Tienes como mínimo una doble personalidad. Eres sonámbula y, además de bailar tiranas sobre los sofás, conviertes el lecho conyugal en un campo de instrucción militar. 
          Pero no le dijo nada, porque temió que si hablaba con ella de todo, esto tal vez fuera perjudicial y lo único que lograra sería ponerla en la pista de un rasgo oculto de su personalidad: ciertas dotes de mando. Pero un día, mientras subían a un camello, junto a las pirámides, mi padre cometió el error de sugerirle el argumento de un relato breve que proyectaba escribir: 
          —Mira, Diana. Es la historia de un matrimonio muy bien avenido, me atrevería a decir que ejemplar. Como todas las historias felices, no tendría demasiado interés de no ser porque ella, todas las noches, se transformaba, en sueños, en un militar.
          Aun no había acabado la frase cuando mi madre bajó del camello y, tras mirarle desafiante, le ordenó que llevara la bolsa de los panes turcos y egipcios. Mi padre quedó aterrado porque comprendió que a partir de aquel momento no solo estaba condenado a cargar con la pesadilla del trigo extranjero, sino que además recibiría orden tras orden.

          En el viaje de regreso a Bérgamo mi madre mandaba ya con tanta autoridad que él acabó confundiéndola con un general de la Legión Extranjera, y lo más curioso fue que ella pareció desde el primer momento identificarse plenamente con ese papel, pues se quedó como ausente y dijo que veía camellos y que se sentía perdida en un universo adornado con pesados tapetes argelinos, con filtros, para templar el pastís y el ajenjo y el narguilés para el kif, escudriñando el horizonte del desierto desde la noche luminosa de la aldea enclavada en el oasis.

          Y a su llegada a Bérgamo, ya instalados en el viejo palacio de la Città Alta, los amigos que fueron a visitarles se llevaron una gran sorpresa al verla a ella fumando como un hombre, con el cigarrillo llameante y pendiente de la comisura de los labios, al verle a él con las facciones embotadas y tersas como los guijarros pulidos por la marejada medio ciego por el sol del desierto y convertirlo en un viejo legionario que repasaba trasnochados diarios coloniales.
          —Tu madre era un general —concluyó mi padre—, y no tuve más remedio que ganar la batalla contratando a alguien para que la matara. Pero eso sí, aguardé a que nacieras, porque deseaba tener un descendiente. Siempre confié en que, el día en que te contara todo esto, tú sabrías comprenderme.

INVENTAR HISTORIAS


Untitled, by Nuestra [My Modern Met, Painting and
Photography]. Contemporary artists.


          Lo único que yo, a esas alturas del relato, lo que comprendía perfectamente era que mi padre, en una actitud admirable en quien está al borde de la muerte, estaba inventando sin cesar, fiel a su constante necesidad de fabular. Ni la proximidad de la muerte le retraía de su gusto por inventar historias. Y tuve la impresión de que deseaba legarme la casa de la ficción y la gracia de habitar en ella para siempre. Por eso, subiéndome en marcha a su carruaje de palabras, le dije de repente: 
          —Sin duda, me confunde usted con otra persona. Yo no soy su hijo. Y en cuanto a tía Silvana, no es más que un personaje inventado por mí.

          Me miró con cierta desazón hasta que por fin reaccionó. Vivamente emocionado, me apretó la mano y me dedicó una sonrisa feliz, la de quien está convencido de que su mensaje ha llegado a buen puerto. Junto al inventario de nostalgias, acababa de legarme la casa de las sombras eternas.

          Mi padre, que en otros tiempos había creído en tantas y tantas cosas para acabar desconfiando de todas ellas, me dejaba una única y definitiva de: la de creer en una ficción que se sabe como ficción, saber que no existe nada más y que la exquisita verdad consiste en ser consciente de que se trata de una ficción y, sabiéndolo, creer en ella.

*
La alegría de conseguir un libro
El encanto de una pequeña librería atendido por su dueña
Marbella

Mi libro: Una casa para siempre, de Enrique Vila-Matas
Novela en cuentos 


          ¿Les gustó? ¡Qué buen relato!, a mi parecer. Lo disfruté enormemente, y espero que también ustedes hayan disfrutado de esta narrativa contemporánea. Una estética que viene cambiando en lo que va de este siglo XXI. Siempre mirando a las grandes obras del precedente, sí, pero dando un salto hacia un futuro diferente, «una idílica unidad familiar», dice Vila-Matas. 
          Uno no puede más que quedarse encantada-o cuando descubre, al finalizar esta lectura y querer comentarla, que el genuino protagonista es la genuina pasión por contar historias: la ficción. Y, desde ya, nuestra disposición de creer en esa ficción desde el mismo momento en que la abordamos —a plena consciencia. 
          Otro aspecto a resaltar, es que la literatura y las huellas intertextuales siempre están presentes en Vila-Matas, —situaciones narrativas ya utilizadas por otros escritores y recreadas. Una literatura que se nutre en sí misma, donde los principales teóricos son los propios autores de ficción*.
          Enrique Vila-Matas [Barcelona, 1948], escritor catalán con un estilo preciso y una capacidad creadora reconocida, es un cuentista solvente. Habrán leído [y si no lo han hecho, háganlo] de sus conceptos novedosos acerca de la creación de la novela y del cuento, de la técnica renovada. 
          En este relato, lo primero que nos llama la atención, si no somos asiduos lectores de su obra, es quizá, el narrador inquieto que genera Vila-Matas y la temática de lo insólito. 
          Está contado en primera persona y el comienzo es in media res: «De mi madre siempre supe poco». Con claves, al principio ocultas, que se van revelando a medida que avanzamos.

Me habían hecho idealizar la figura paterna y forjar la imagen mítica de un hombre siempre levantado antes de la aurora, en pijama, con los hombros cubiertos por un chal, el cigarrillo entre los dedos, los ojos fijos en la veleta de una chimenea, mirando nacer el día...

          La admiración del hijo, de veinte años, hacia el padre. Es él quien nos cuenta la historia.

... entregándose con implacable regularidad y con monstruosa perseverancia 
al rito solitario de crear su propio lenguaje a través de la escritura de un libro de memorias o inventario de nostalgias...

          La escritura y un libro de memorias. Ese rito solitario, íntimo, libre del escritor, que no dejará de habitar nunca «en la casa de las sombras eternas». Y la confesión dentro de este marco: sabemos que su madre ha muerto [¿misteriosamente?] dos días después de su nacimiento. Su padre, al que él admira, en su lecho de muerte, tiene la intención de revelarle el secreto que rodea esos hechos lejanos. Secreto «aparentemente» revelado, y muy sorpresivo para el hijo... hasta que, perplejo, comprende la intención del padre —aficionado a la literatura y queriendo incluir en ella a su hijo.
          Muchos recordarán a otro hijo, a otro padre y a otra ficción. Lo habrán asociado con la novela [y excelente película de Tim Burton] El gran pez, de Daniel Wallace.
          El hijo de «Una casa...» termina diciendo: 

 ... siempre pensé que, a su muerte, pasaría a formar parte de mi tierna aunque pavorosa herencia.

          Pavorosamente tierna herencia [otro oxímoron*]... Pero más allá de las figuras literarias, ¿qué le heredaría el padre al hijo? Además de su ejemplo, creo que el transitar por los laberintos de la ficción, con su propia razón y lógica. 

          A esas alturas del relato, cuando ya llegamos al final, lo que reconoce el hijo es la actitud admirable de su padre. Es alguien que está al borde de la muerte y, sin embargo, inventa sin cesar, fiel a su constante necesidad de fabular
          El hijo así sabe que desea legarle la casa de la ficción y la gracia de habitar en ella para siempre, acepta la herencia intelectual y se sube a su carruaje de palabras.
         Luego, y muy importante, el proceso lógico de una vida: «en otros tiempos había creído en tantas y tantas cosas para acabar desconfiando de todas ellas». La fe [no hablo de religión], fe en el conocimiento de la vida, y luego las desilusiones, las decepciones hasta llegar al escepticismo.
          Pero curiosamente le deja la posibilidad de creer en aquello que no correspondería creer, dice Quintana Tejera en su análisis: la ficción, esa casa en la que podrá habitar para siempre, como dice el título del relato.

          Espero que hayan disfrutado de este original relato. Que le encuentren el final o los posibles finales, con la lógica e imaginación propias, o prefieran dejarlo abierto. 
          Enrique Vila-Matas, uno de los escritores más destacados de la actualidad, nos enseña el universo infinito que es la literatura. Un lugar que pide a gritos ser habitado por mentes abiertas a la irrealidad y al ensueño. 
Hasta la próxima lectura.
        
Cecilia Olguin Gianelli
       

Notas


- Una casa para siempre, Enrique Vila-Matas: Novela en cuentos o novela mosaico: Yo tenía un enemigo, Otro monstruo, La despedida, Mar de fondo, Dos viejos cónyuges, Cómo me gustaría morirme, Carmen, La Torre del Mirador, El efecto de un cuento, La visita al maestro, La fuga en camisa y Una casa para siempre.

- Enrique Vila-Matas: Página Web:

. English Page:

- Huellas intertextuales: Finnegans Wake, Joyce; La prometida del señor Hire, Georges Simenon; La confesión de San Ciappelletto, Bocaccio; Carta al padre, Kafka.

- El cuento en la frontera de lo insólito: Enrique Vila-Matas: Luis María Quintana Tejera, Universidad Autónoma del Estado de México.

- Algunos cambios en el cuento aquí publicado [y publicado de manera aislada], diferencias con la versión publicada en el libro:
  • Desenzano del Garda [Italia] en lugar de Port de la Selva [Pcia. de Gerona, Cataluña], en el libro
  • Volterra [Italia] en lugar de Figueras, en el libro 
  • Bérgamo    "      en lugar de Barcelona, en el libro
  • Città Alta   "      en lugar de Barrio Gótico, en el libro   
  • Tía Silvana en lugar de tía Consuelo, en el libro                                                              

- *Oxímoron: Es una intensificación de la catacresis, y consiste en unir dos ideas que en realidad se excluyen: la amarga dulzura.

- Imágenes: My Modern Met. Artists blurring the line between painting and photography. 

- «A Permanent Home», by Enrique Vila-Matas:

I never knew much about my mother. She was killed in our house in Barcelona, two days after I was born. The murder remained a mystery, until I thought I had solved it on my twentieth birthday, when my father, on his deathbed, demanded to see me and told me that, now the moment was fast approaching when he would be permanently silenced, he wanted to tell me something before that happened, something he felt it was important I should know.
          ‘Eventually even words abandon us,’ I remember him saying, ‘and that’s all there is to it really, but, first, you should know that your mother died because I arranged it.’ 
          I immediately imagined a hired killer and, once I’d recovered from the initial shock, I began to believe my father’s confession. The image of a bloodstained axe was enough for me to feel as if the ground were swallowing me up, leaving behind, like so many pathetic doodles, all the scenes of joy and plenitude that had made me idealize my father and create the mythical figure of a man always up before dawn, still in his pyjamas, a shawl around his shoulders, a cigarette between his fingers, eyes fixed on the weathervane on some distant chimney, watching the day begin, and devoting himself with implacable regularity and monstrous perseverance to the solitary ritual of creating his own language through the writing of a book of memories or an inventory of nostalgias, which I always assumed would, when he died, become part of my tender, albeit terrifying, inheritance.
          However, on my twentieth birthday, in Port de la Selva, any tender feelings that had previously attached to said inheritance vanished, and I felt only the terror, the infinite horror, of thinking that, along with that inventory, my father was bequeathing me the surprising tale of a murder, whose origins, according to him, could be found in early April 1945, a year before I was born, when, despite having already experienced two resounding matrimonial failures, he nevertheless felt he was still young and emotionally strong enough to embark on a third such adventure. He therefore wrote a letter to a young woman from the province of Ampurdán in Catalonia, whom he had met by chance in Figueras and who, he felt, had all the necessary qualities to make him happy, for not only was she a poor orphan – which made things easier for him, since he could offer her security and a not inconsiderable fortune – she was also beautiful, gentle and had the most sensual lower lip in the entire universe; above all, she was extraordinarily naive and docile, which is to say that she had a proper sense of woman as man’s subordinate, a quality he particularly valued, given his two previous hellish conjugal experiences.
          You have to bear in mind, for example, that my father’s first wife, in a freak attack of rage, had bitten of part of his ear. He had been so very unhappy in his two earlier marriages that it should come as no surprise to anyone that, when he considered finding a third wife, he wanted someone who was both gentle and docile.
          My mother possessed both those qualities, and he knew that all it would take to entrap her was a carefully drafted letter. And so it proved. So passionate and so skilfully written was his letter that, shortly afterwards, my mother turned up in Barcelona, in the Barrio Gótico’s labyrinth of narrow streets, where she knocked on the door of the old, soot-begrimed mansion owned by my father, who, it seems, either could not or chose not to disguise his emotion when he saw her standing there in the rain, clutching a small blue suitcase, which she put down on the carpet before asking, in a tremulous, humble orphan’s voice, if she could come in.
          ‘I could never forget that rain,’ my father said from his deathbed, ‘because when I saw her cross the threshold, it seemed to me that the savage rain was actually there in her hips, and I was filled by the most intensely erotic impulse I have ever felt.’
          That impulse seemed to know no bounds when she told him that she was an expert at dancing the tirana, a long forgotten medieval Spanish dance. Beguiled by this slightly anachronistic hobby, my father ordered her to perform the dance immediately, and, eager to please him in every way possible, my mother danced until she dropped, ending up, exhausted, in the arms of a man who, without a moment’s hesitation, affectionately ordered her to marry him at once.
          That night, they slept together for the first time, and my father, afflicted by the sentimentality that accompanies certain infatuations, had a sense that, just as he had imagined, making love with her was like making love with a bird, for in bed she trilled and sang, and it seemed to him that no other voice could possibly match hers, and that even her bones, like her lower lip and her songs, were as delicate as those of a bird.
          ‘And you were conceived that very night, beneath the murmuring Barcelona rain,’ my father said suddenly, his eyes very wide.
          A long, slow sigh, always so troubling in a dying man, preceded a brusque demand for a glass of vodka. I refused to give it to him, but when he threatened not to continue his story, I was so afraid he might carry out his threat that I raced into the kitchen and, making sure Aunt Consuelo wasn’t looking, filled two glasses with vodka. I realized now that I need not have taken these absurd precautions because, at that moment, Aunt Consuelo was entirely absorbed by her desire for a particular painting in the living room, a dark picture representing some angels flirting celestially as they climbed a ladder; she lived only for that painting, and her obsession doubtless distracted her from another: the constant anguish of knowing that her brother was dying, laid low by a gentle, but implacable illness. And he, at that moment, was entirely absorbed in feeding the illusion of his story.
          Once he had slaked his thirst, my father went on to explain that they had honeymooned in two cities, Istanbul and Cairo, and that it was in Istanbul where he noticed the first anomaly in the behavior of his sweet, docile wife. For my part, I noticed the first anomaly in my father’s story, in that he was confusing those two cities with Paris and London, but I preferred not to interrupt when I heard him explain that my mother’s anomalous behavior wasn’t exactly a defect, but more of a strange obsession. She collected bread rolls.
          Right from the start, visiting Istanbul’s bakeries became a kind of strange sport. They sampled various bread rolls, quite needlessly as it turned out, because they weren’t destined to be eaten, but only to add to the weight of the large bag in which my mother kept her collection. My father protested and asked rather irritably why she was so enamored with bread. 
          ‘The troops have to eat something,’ she replied succinctly, smiling at him like someone humoring a madman. 
          ‘What do you mean, Diana? Is this some kind of joke?’ my bewildered father asked. 
          ‘I think you’re the one who must be joking by asking such absurd questions,’ she replied absent-mindedly, adopting the gentle, dreamy look of the myopic. 
          According to my father, they spent a week in Istanbul and by the time they arrived in Cairo, my mother had about forty bread rolls in her bag. Since it was late at night, he knew he was safe from the bakeries of Cairo, and walked happily along, even offering to carry her bag. He did not know that those would be his last moments of conjugal bliss. 
          My father and mother dined on a boat anchored in the Nile and ended up dancing and sipping pink champagne by the light of the moon on the balcony of their hotel room. A few hours later, however, my father woke in the middle of the Cairo night and discovered, to his great surprise, that my mother was a sleepwalker and was standing on the sofa frenziedly dancing the tirana. He tried to remain calm and waited patiently until, utterly exhausted, she came back to bed and fell into the deepest of sleeps. Once asleep, however, she gave him still more reason to feel alarmed, for my mother began talking in her sleep and, turning to him, said something that sounded for all the world like a categorical, implacable command: 
          ‘Fall in!’ 
          My father still hadn’t recovered from the shock of that first command, when he heard her say: 
          ‘Right turn. Break ranks.’ 
          He didn’t sleep for the rest of the night and began to suspect that, in her dreams, his wife was deceiving him with an entire regiment. The following morning, my father had to face reality, which, as far as he was concerned, meant accepting that in those last few hours, she had danced the tirana and behaved like a deranged general, whose sole concern seemed to be issuing orders and handing out bread rolls to the troops. He took consolation from the fact that, during the day, his wife reverted to her usual gentle, docile self. Not that this was much of a consolation, though, because, while on their remaining nights in Cairo there was no repeat of the sleep-dancing episode, the issuing of orders only increased in regularity and in vigor. 
          ‘And reveille,’ my father told me, ‘became a real torment, because every day, minutes before your mother woke, her snoring appeared to be imitating the unmistakable sound of a bugle at dawn.’            Was my father delirious? No, on the contrary, he was perfectly aware of what he was saying, indeed, it was impressive to see how, at the very gates of death, he still retained his usual sense of humor. Was he making it up? Possibly, which is why I tried fixing him with an incredulous stare, but this didn’t seem to put him of in the least. Grave-faced and impassive, he continued his story. 
          He described how, on waking, my mother would instantly become her usual gentle, docile self, except, occasionally, near a bakery, or when she was simply strolling down the street, she would shoot strange, melancholy glances at the soldiers standing guard behind barricades erected on the banks of the Nile (at the time, of course, Cairo was on a war footing). One morning, she even tried out a few dance steps in front of the soldiers. 
          More than once, my father was tempted to confront the problem directly and speak to her, saying, for example: 
          ‘You appear to have at the very least a dual personality. You’re a sleepwalker and, quite apart from standing on sofas and dancing the tirana, you’ve turned the marital bed into a military parade ground.’ 
          He said nothing, however, because he feared that if he did broach the subject, it might work to his disadvantage and he would succeed only in revealing to her a hidden aspect of her character: a certain talent for giving orders. But one day, while they were out riding camels near the pyramids, my father made the mistake of telling her the plot of a short story he was planning to write: 
          ‘It’s the story of a very well-matched, even exemplary couple. However, like all happy stories, this would be of no interest at all, if not for the fact that, at night, in her dreams, the woman turns into a soldier.’ 
          He had hardly finished speaking when my mother asked to be helped down from the camel and then, shooting him a defiant glance, ordered him to carry the bag full of Turkish and Egyptian bread rolls. My father was absolutely terrified, because he realized that, from that moment on, not only would he be condemned to carrying around that nightmarish collection of foreign baked goods, he would continue to receive order after order. 
          On their return to Barcelona, my mother was already issuing orders with such authority that he began to think of her as a general in the Foreign Legion, and the oddest thing of all was that, right from that very moment, she appeared to identify totally with that position, for she would go into a kind of trance and say that she felt she was lost in a universe adorned with heavy Algerian rugs, with strainers for making pastis and absinthe and hookahs for marijuana, and she was scanning the desert horizon from an oasis village in the luminous night. 
          When they arrived in Barcelona, back in my father’s mansion in the Barrio Gótico, any friends who visited were astonished to see my mother smoking like a man, with a lit cigarette hanging from one corner of her mouth, and to see my father, his features hard and blunt as pebbles polished by the waves, half-blinded as if by the desert sun, and transformed into an old legionnaire flicking through ancient colonial newspapers. 
          At this point in the story, the only thing I understood completely was that – quite astonishingly for someone on the verge of dying – my father, true to his constant need to tell tales, was continuing ceaselessly to invent. Not even the proximity of death could take from him his taste for making up stories. And I had the impression that he wanted to bequeath to me the house of fiction and the pleasure of taking up permanent residence there. And that is why, springing onto the running-board of his carriage of words, I said: 
          ‘You are clearly confusing me with someone else. I am not your son. And as for Aunt Consuelo, she is merely a character I invented.’ 
          Before responding, he looked at me with a degree of unease. Then, deeply moved, he squeezed my hand and gave me a broad smile, that of someone who knows his message has reached safe harbor. Along with the inventory of nostalgias, he had just bequeathed to me the house of eternal shadows.
          My father, who had once believed in many, many things only to end up distrusting all of them, was leaving me with a unique, definitive faith: that of believing in a fiction that one knows to be fiction, aware that this is all that exists, and that the exquisite truth consists in knowing that it is a fiction and that, nevertheless, one should believe in it.