El café, un sótano remodelado, estaba lleno de humo de cigarrillo y
hacía mucho calor; no había ventiladores que disiparan el humo. Era un lugar
desagradable y la calidad del alcohol era mala pero, a pesar de sus desventajas,
la mayoría de los rusos en Niza concurrían allí porque les resultaba difícil
que les fiaran en otra parte.
También afuera
hacía mucho calor; era mediados de julio y la ciudad entera olía a alquitrán.
Incluso al caminar por la explanada frente al mar no resultaba fácil escapar a
ese olor.
Cuando Serguei bajó las escaleras, en el bar ya había tres rusos,
bebían cerveza y mataban el tiempo junto al fonógrafo. Serguei se acercó a la
mesa y se sentó.
-¿Has visto a Haines? -le preguntó Silensky.
-Sí -dijo Serguei-. Estaba en la maratón de baile.
-¿Tuviste suerte?
-Le saqué veinte.
-Por Dios, así se hace -dijo Stepan.
-Seguro que sí -dijo Pavel Chernikov.
Boris Silensky,
el hermano de Stepan, no dijo nada. Sólo sacudió la cabeza y continuó con su
aspecto melancólico.
-Es un buen tipo ese Haines -dijo Serguei.
-Es americano -dijo Chernikov-. Puede permitirse ser generoso, con
todos esos dólares.
-Es mitad americano -dijo Serguei.
-Es suficiente -dijo Stepan-. Es suficientemente rico sin ser
americano por entero.
-No todos los americanos son ricos -dijo Serguei.
-La mayoría lo es -dijo Chernikov.
-Todos ellos -dijo Stepan- están podridos en plata.
-No -dijo Serguei-. No todos.
-¿Alguna vez conociste un americano que no lo estuviera?
-Yo personalmente no he conocido ninguno, no -dijo Serguei-. Pero
Haines me contó que en América hay mucha gente como nosotros. Tipos sin dinero.
Se los llama "bums" allí.
-Esa palabra en la jerga inglesa significa "trasero" -dijo
Chernikov. Había asistido a la escuela en Inglaterra y conocía la lengua.
-En América es el nombre que le dan a un vagabundo -dijo Serguei-.
Haines me dijo que hay muchos.
-Quizá -dijo Haines-. Quizá sea verdad. Pero no vienen aquí a la
costa.
-No -dijo Serguei-. No tienen dinero.
-Exacto -dijo Stepan-. Todos los que vienen aquí son, por lo tanto,
ricos. No puedes negarlo.
-No -dijo Serguei.
-Entonces tengo razón -dijo Stepan.
-No por completo.
-¿Qué quieres decir con "no por completo"?
-No discutamos -dijo Chernikov-. Serguei tiene dinero, eso es lo más
importante.
-Como digas.
El fonógrafo dejó
de sonar y Henri, el dueño del café y único camarero, salió de detrás de la
barra y se acercó a la mesa.
-¿Qué beben? -dijo Serguei-. Toma lo que quieras, puedo pagarlo.
-De todos modos, todo va a cuenta -dijo Stepan.
-Es verdad -dijo Serguei.
Henri llegó hasta
la mesa y se quedó allí sonriéndoles con afectación.
-Tomaré un vieux marc -dijo Serguei-. ¿Y ustedes?
-Seguiré con cerveza -dijo Stepan.
-Yo también -dijo Chernikov.
-Yo tomaré un shandy -dijo Boris con tristeza. Se enjugó la frente-.
Hace un calor espantoso aquí.
-Más calor en el infierno -le dijo Henri.
-¿Has estado allí alguna vez? -le preguntó Boris.
-No -dijo Henri-. Pero lo sé.
-No puedes saberlo si no has estado. Tienes que ir y descubrirlo tú
mismo.
-Algún día nos encontraremos allí -dijo Henri-, e intercambiaremos
opiniones.
Se marchó,
silbando alegremente.
-Maldito enano -gruñó Boris-. Me gustaría arrancarle la nariz.
-No lo hagas, por el amor de Dios -dijo Chernikov- o nos cortará el
crédito.
-Debes controlar tus instintos atávicos, Boris -le dijo Stepan a su
hermano. Le dijo a Serguei-: Boris está enojado porque su jefe hace un mes que
no le paga.
-Si no te pagan, ¿por qué no abandonas el trabajo? -le preguntó Serguei
a Boris.
-Nunca me pagarán si lo hago, mientras que, si sigo, siempre existe la
posibilidad.
-Eso es verdad.
-Dame un cigarrillo -dijo Boris.
-Sólo tengo tabaco negro.
-Me conformo.
Serguei sacó un
paquete de Gauloises y le dio uno a Boris. El fonógrafo comenzó otra vez a
sonar muy alto y Henri regresó con las bebidas en una bandeja.
-Cárgalas en mi cuenta -dijo Serguei.
-Ok -dijo Henri, y para mostrar sus conocimientos de ruso, añadió-: Da
da, harosho.
-Espera un momento -dijo Serguei-. Quiero un paquete de Chesterfield.
-No hay fiado para los cigarrillos -le dijo Henri.
-Puedo pagar al contado -dijo Serguei.
-Entonces veamos -dijo Henri.
Serguei sacó un
billete de diez francos, que le entregó a Henri.
-Spossibo -dijo Henri.
-Serguei es un hombre rico -dijo Stepan-. Recién le sacó plata a
alguien.
-Ah -dijo Henri. Le guiñó el ojo a Serguei y regresó de prisa a la
barra.
-Bebamos a la salud de Haines -dijo Serguei, levantando el vaso.
-Por Haines -respondieron a coro los demás.
-Es un gran tipo -dijo Serguei.
-Sí -dijo Stepan-, pero, como dije antes, puede darse el lujo de
serlo. Es suficientemente rico.
-Sin embargo, no está obligado a prestar dinero -dijo Serguei-. Muchos
hombres ricos son tacaños.
-Ah, tú sabes cómo lograrlo -dijo Stepan-. Tú eres un príncipe, eso te
ayuda. Los americanos veneran a la nobleza. No tienen una propia, por eso es.
-Son esnobs.
-Mira cuántas de sus mujeres se casan por los títulos -dijo Stepan-.
Yo mismo he soñado con eso. Casarme con una rica americana, ha sido siempre mi
sueño.
-¿Por qué no? -le preguntó Serguei.
-Por desgracia, no soy un príncipe. No tengo ningún título.
-Puedes fingir que lo tienes.
-No sirve, lo descubrirían. Los americanos no son tontos.
-Verdad -dijo Serguei.
-Sin embargo, tú podrías. Tú eres un verdadero príncipe.
-No tengo ganas de casarme -dijo Serguei.
-Este shandy tiene gusto a pis de caballo -dijo Boris, colocando el
vaso sobre la mesa.
-Esta cerveza también es muy mala -dijo Chernikov. Henri se acercó con
los cigarrillos.
-Aquí tienes -le dijo a Serguei-. He colocado el vuelto en tu cuenta.
Ahora sólo me debes diez francos.
-Chupasangre -dijo Serguei.
-Tengo que vivir -dijo Henri-. Yo no puedo, como algunos, vivir de
fiado.
-Escucha -dijo Boris-, este shandy tiene gusto a pis de caballo.
-¿Alguna vez tomaste pis de caballo? -dijo Henri.
-No -dijo Boris-. Tomar esto es suficiente.
-Deberías probar la bebida original -dijo Henri-. Entonces apreciarías
la diferencia.
Se marchó
silbando.
-Renacuajo mugriento -gruñó Boris.
Serguei desgarró
el celofán del paquete de Chesterfield y les ofreció a los demás.
-Tomen un cigarrillo americano -dijo.
-Pagado con dinero americano -dijo Stepan, tomando uno.
-Gracias -dijo Chernikov, e hizo lo mismo.
-Son buenos, satisfacen. Así dice en el paquete.
-¿Cómo iba la maratón? -le preguntó Stepan a Serguei.
-Todavía a pleno -dijo Serguei.
-¿Jackie aún está en ella?
-Seguro.
-¿Cómo está?
-Un poco patizamba -dijo Serguei.
-Caerá rendida -dijo Chernikov.
-No ella -dijo Stepan-. Es fuerte como un caballo.
-Las mujeres tienen más resistencia que los hombres -dijo Serguei-.
Miren el parto.
-Hay algo en eso, sí -dijo Chernikov.
-¿Crees que la maratón finalizará pronto? --dijo Stepan.
-No -dijo Serguei-. No veo ninguna razón para que en algún momento se
detenga.
-Tiene que detenerse en algún momento -dijo Chernikov.
-Sí, cuando todos los bailarines estén muertos.
-¿Ya ha muerto alguno?
-No, no lo creo.
-Me gusta la maratón -dijo Stepan-. Si tuviera el dinero iría todas
las noches como espectador.
-Es un espectáculo morboso -dijo Chernikov.
-Yo también soy morboso -dijo Stepan.
-Todos nosotros somos morbosos -dijo Serguei-. Todos acarreamos vidas
morbosas.
-Dame un Chesterfield -dijo Boris.
-Aquí tienes -dijo Serguei.
-Te producirá satisfacción -dijo Chernikov.
-¿Por qué no participas tú de la maratón? -le preguntó Stepan a
Serguei.
-No tengo la resistencia -dijo Serguei-. ¿Por qué no lo haces tú?
-Yo tampoco tengo la resistencia. Me desplomaría.
-Eso sería fantástico -dijo Chernikov-. Te llevarían al hospital y
nosotros te llevaríamos flores todos los días.
-Gracias -dijo Stepan-, pero prefiero que no. Hay otras maneras de
ganar dinero.
-¿Como Reggie Khan? -dijo Chernikov.
-He escuchado que Reggie se ha convertido en un marica profesional
-dijo Serguei-. ¿Es verdad?
-Creo que sí -dijo Chernikov.
-¿Por qué no haces lo mismo? -le preguntó Serguei a Stepan.
-No -dijo Stepan-, no me atrae. Es una de esas profesiones en donde
uno se rompe el culo y asciende.
Boris sonrió con
severidad, fumando su Chesterfield. Los otros se echaron a reír.
-Hablando de hospitales -dijo entonces Chernikov-. Ayer me encontré
con Vaska. Recién salía de uno.
-Odio a Vaska -dijo Stepan-. Es un vulgar matón. Un vil rufián, nada
menos.
-¿Qué hacía en un hospital? -dijo Serguei.
-Fue por una trifulca -dijo Chernikov-. Parece que una noche fue al
barrio antiguo y se encontró con una banda de lugareños. Vaska empezó a hacerse
el recio y lo golpearon y lo patearon en el estómago.
-Buen trabajo -dijo Stepan-. Era hora de que alguien le diera una
paliza.
-Dice que se necesitaron seis tipos para hacerlo -dijo Chernikov.
-La próxima vez que cuente la historia serán diez -dijo Stepan.
-Bueno, de cualquier modo -dijo Chernikov-, lo dejaron inconsciente y
tirado en una alcantarilla. Cuando recobró el conocimiento, comenzó a vomitar
sangre. Fue al médico y el médico lo mandó de inmediato al hospital. Parece que
las patadas le habían desgarrado algo adentro. Vivió comiendo arroz durante un
mes.
-Por Dios, esos tipos del barrio antiguo son recios -dijo Serguei-.
¿Ahora está bien Vaska?
-No tiene buen aspecto.
-Le viene bien -dijo Stepan-. Una dosis de su propia medicina le hará
bien.
-Dame otro Chesterfield -dijo Boris.
-¿Ese no te produjo satisfacción? -dijo Chernikov.
-No -dijo Boris.
-Imposible -dijo Chernikov-. El paquete no puede estar equivocado.
Serguei le dio a
Boris un Chesterfield.
-¿Han escuchado lo que Vaska y Konstantin le hicieron una noche a
Laskov? -dijo él.
-No, ¿qué? No he escuchado nada.
-Laskov estaba apostando en el casino -dijo Serguei-. Y había ganado
un montón. Debe de haber ganado como unos cinco mil francos. Regresaba a su
casa muy animado cuando Vaska y Konstantin lo abordaron. Estaban sin un peso
como de costumbre y le pidieron un préstamo. "Por cierto", dijo
Laskov, y sacó la billetera y comenzó a abrirla.
"-No te preocupes -le dijo Vaska-, tomaremos todo.
"-No -dijo Laskov.
"-¿No? -dijo Vaska. Le dio un puñetazo en la mandíbula y le arrebató
la billetera. Pobre viejo, Laskov, intentó devolver los golpes y lo molieron a
palos. Se le cayeron dos dientes y los dos ojos se le pusieron negros. Al día
siguiente estaba en un estado lamentable; su cara parecía un trozo de roast
beef. Por supuesto, Vaska y Konstantin se marcharon con el dinero.
-Te digo -dijo Stepan-. Vaska es un rufián. En cuanto a Konstantin, es
griego, ¿y qué se puede esperar de un griego?
-¿Laskov fue al hospital? -preguntó Chernikov.
-No -dijo Serguei-, fue a la policía. Al día siguiente Vaska y
Konstantin fueron arrestados. Fui al juzgado para observar el proceso.
Colocaron a Laskov en el estrado con toda la cabeza vendada y le pidieron que
identificara a los dos hombres en el banquillo de acusados. Vaska y Konstantin
no dijeron nada, sólo miraron a Laskov y al final él dijo que no, que esos no
eran los hombres que lo habían atacado. Lo lamentaba, había cometido un error
al acusarlos. En este punto, el magistrado se enojó. "Échelos", dijo.
"Estos rusos estúpidos. Me hacen perder el tiempo con tonterías."
-Pero no comprendo -dijo Chernikov-. ¿Por qué Laskov no los reconoció?
-Sabía que lo buscarían cuando salieran, es por eso. Fuera del juzgado
se acercaron a él y Vaska le dijo: "Laskov, te has comportado como un
caballero. Si nos hubieras mandado a la cárcel, al salir te hubiéramos
golpeado. Como son las cosas, te has comportado bien y nos gustaría que fueras
nuestro amigo. Aquí tienes tu dinero de vuelta". Le entregó la billetera,
pero Laskov no la tomó. Dijo: "Salgan de mi camino, desgraciados", y
se marchó.
-Debe de haber estado muy enojado para no tomar el dinero -dijo
Stepan-. Yo en su lugar lo hubiera tomado.
-Lo mismo yo -dijo Chernikov.
-Estaba muy enojado -dijo Serguei-. ¿Quién no lo estaría?
-Yo hubiera estado enojado también -dijo Stepan-, pero no tan enojado
como para no tomar el dinero.
-Esta historia tiene un corolario -dijo Serguei.
-Escuchemos -dijo Stepan.
-Esperen -dijo Serguei-. Primero pediré más bebidas. ¡Henri! ¡Henri!
-¿Monsieur...?
-Lo mismo de nuevo para todos.
-Excepto para mí -dijo Boris-. Esta vez quiero cerveza sola. Quizá
tenga mejor sabor.
-Nunca estás satisfecho -dijo Chernikov.
-No en este café -dijo Boris.
-¿Por qué viniste aquí entonces? -le preguntó Henri.
-Sólo Dios lo sabe.
-Te lo diré -dijo Henri-, aunque no soy Dios. Viniste aquí porque en
los otros cafés no te dan crédito. ¿No es así?
-Supongo que tienes razón -dijo Boris.
-Trae las bebidas, Henri, y no hables tanto -dijo Serguei.
-Las traeré -dijo Henri-. Las traeré.
-¿Cuál fue el corolario de tu historia, Serguei? -preguntó Chernikov.
-Ah, sí -dijo Serguei-. Cuando Laskov estaba en Marsella trabajaba
como bailarín profesional, Konstantin entró en el casino en donde estaba
empleado y Laskov se alegró tanto de ver a alguien que era de la Costa que se
olvidó por completo de la pelea y casi abraza a Konstantin. Terminaron en un
burdel de por ahí y desde entonces han sido fieles amigos.
-Mi Dios -dijo Stepan-, qué farsa.
-Laskov no sabe lo que quiere -dijo Chernikov.
-A mí tampoco me importaría abrazar a Konstantin -dijo Stepan-. ¿A ti,
Serguei?
-No -dijo Serguei.
El fonógrafo
comenzó a sonar, una rumba a todo volumen.
-Danos otro Chesterfield -le dijo Boris a Serguei.
-Tú nunca estás satisfecho -le dijo Chernikov.
* * *
Esa noche yo estaba de guardia; recién había dejado el puesto. Eran
cerca de las diez y, cuando entré en el cuarto de guardia, esperaba
encontrarlos a todos dormidos como troncos. Pero estaban levantados, los
bomberos y todo, algunos de pie por ahí, algunos sentados en los bancos
junto a la mesa y el cabo Weemes, el jefe de guardia, sentado arriba de
la misma mesa. Todos tenían un aspecto de tanta expectativa que dije:
—¿Qué pasa? Algún plan...
—No, no –dijeron–. Es Kelly.
—¿Kelly?
Señalaron un rincón del cuarto, junto a la mesa con el teléfono, hacia
aquello que yo había interpretado como una pila de mantas tiradas. Pero
era evidente que éstas ocultaban algún tipo de hombre, porque mientras
las miraba comenzaron a moverse y retorcerse: al mismo tiempo salieron
una serie de gruñidos por debajo de ellas. Los compañeros saltaron en el
banco, algunos aplaudieron con alegría.
—Empieza –dijeron–. Está por empezar.
El cabo Weemes miró su reloj.
—Las diez–dijo–. En punto. Siempre comienza a las diez.
A los gruñidos les sucedió un sonido espantoso, aterrador, como el
aullido de un lobo. Al principio estaba amortiguado por las mantas pero,
a medida que éstas se caían y surgía una cabeza, llenó el cuarto por
entero con su volumen.
—¿Qué le pasa? –dije–. ¿Está enfermo?
—¡Shh! –dijeron–. Espera que entre en acción.
—Todo un circo –dijo el cabo Weemes.