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viernes, 25 de marzo de 2016

Flannery O'Connor, dos cuentos: «El tren» y «La cosecha»


Flannery O´Connor,

la buena literatura sureña

 

          Flannery O´Connor, la inquietante escritora sureña, nacía un 25 de marzo de 1925 en la hermosa Savannah, Georgia, Estados Unidos.

Portrait illustrated by June Glasson*

 

          Flannery O'Connor [1925-1964]. Una de las mejores escritoras estadounidenses, autora de dos novelas y más de treinta y cinco relatos; ensayos —reunidos en Misterio y maneras y excelentes reseñas, como The Presence of Grace and Other Book Reviews*, una rica y abarcadora colección. 

Hija única de una familia orgullosa del Sur Profundo [Deep South]. Nacía un día como hoy, un 25 de marzo, y fallecía muy joven, a los 39 años, de una enfermedad autoinmune, congénita, llamada lupus.

Fue en la señorial Midelgville, a dos horas de Atlanta, donde vivió casi la mitad de su vida. La granja familiar se llamaba «Andalusia» [pronunciá «andaluchia»], invito a visitarla, a conocer sus interiores —con sus rincones donde escribía y leía ávidamente—, y los exteriores —con sus jardines y pavos reales:


Flannery O´Connor. Andalusia Foundation*


Y a pesar de tan corta vida —enferma más de la mitad—, produjo una obra rica en cantidad y calidad. Brindó charlas y conferencias hasta último momento, la recuerdan sus amigos «colgada» de sus muletas. Heredera de la tradición literaria de William Faulkner [1897-1962], el otro gran sureño, uno de los más innovadores del siglo XX.

El sur de Estados Unidos con su rica tradición literaria, Edgard Alla Poe, Mark Twain, Tennessee Williams, Truman Capote con su A sangre fría —cásico sureño de 1966,... todos ellos expresan, de diversa forma, una sociedad rural, conservadora, con valores propios.

Conocer su obra, releerla será un placer para cualquier lector. Para el que le guste las novelas, podría empezar por Sangre sabia / Wise Blood [1952]. También está la película de culto, dirigida por John Huston [1979]. La historia gira alrededor del joven Hazel Motes y su ambición de crear su propia iglesia, con una particularidad, sería una una iglesia sin Cristo.

Seguir con su segunda novela es una opción, Los violentos lo arrebatan / The Violent Bear It Away [1960], una historia donde Tarwater es el protagonista. O ir directamente a su colección de cuentos: Un hombre bueno es difícil de encontrar o Los profetas / A Good Man Is Hard To Find [1955] y Las dulzuras del hogar / Everything That Rises Must Converge [1965].

Flannery, demócrata y católica, como otros escritores anglosajones también católicos, estaba acostumbrada a ser minoría y escribir para un público en su mayoría protestante, de allí su agudeza, sus absurdos para tratar ciertos temas y la creación de sus personajes tan particulares. Observa con distancia la sociedad donde vive, y la cuestiona. Da luz a los misterios de ciertas cotidianidades y nos lo cuenta con sus personajes.

Conozcamos o recordemos algo del mundo literario de esta gran autora, de su cosmovisión: las atmósferas tan especiales que es capaz de crear, implacable... hasta violentas a veces, aunque el humor negro está presente; los escenarios del sur profundo de Estados Unidos —fanatismos, racismo, prejuicios—, los personajes algo freaks, aparentemente excéntricos para decir lo que tienen que decir, como Haze y la señorita Willerton en los cuentos que siguen y van a leer.

No encontrarán aquí «un mensaje aleccionador» ni «el final». La realidad está y nos movemos dentro de ella. Prepáremos para los inesperados y creíbles desenlaces, para sentir pavor y conmocionarnos, para enfrentarnos a Flannery O'Connor, a writer of power.

 

 El tren




The Complete Stories / Cuentos completos, colección [1971]


          El armario estaba justo por donde se entraba. Cuando se subió al tren había visto al camarero de pie, delante del armario, poniéndose la chaqueta del uniforme. Haze se había parado justo en ese instante, justo donde estaba.

La forma en que movía la cabeza era igual, y la nuca era igual, y el brazo lo tenía igual de corto. Se apartó del armario y miró a Haze, y Haze le vio los ojos y eran iguales; eran idénticos... así, de entrada, idénticos a los del viejo Cash, pero después eran diferentes. Se volvieron diferentes mientras los miraba; se endurecieron por completo. 

-¿A... a qué hora bajan las camas? -farfulló Haze

-Falta mucho todavía -contestó el camarero, y volvió a buscar otra vez dentro del armario. 

Haze no supo qué más decirle. Se fue para su compartimiento. 

El tren era ahora una mancha gris que avanzaba rauda dejando atrás atisbos de árboles, campos veloces y un cielo inmóvil que se oscurecía mientras se alejaba. Haze reclinó la cabeza en el respaldo y miró por la ventanilla, la luz amarillenta del tren lo bañaba con su tibieza. El camarero había pasado dos veces: dos veces hacia atrás y dos veces hacia delante, y la segunda vez que había pasado hacia delante le había echado a Haze una mirada severa, y luego había seguido su camino sin decir nada; Haze se había dado la vuelta para verlo marchar tal como había hecho la vez anterior. Hasta su forma de andar era igual. Todos los negros de la quebrada se parecían. Eran unos negros de un tipo muy personal, pesados y calvos, pura roca. En sus tiempos, el viejo Cash había pesado doscientas libras, sin nada de grasa, y no subía más de cinco pies del suelo. Haze quería hablar con el camarero. ¿Qué le comentaría el camarero cuando él le dijese: "Soy de Eastrod"? ¿Qué le diría él? 

El tren había llegado a Evansville. Subió una señora y se sentó enfrente de Haze. Eso significaba que a ella le tocaría la litera que había debajo de la suya. La mujer comentó que le parecía que iba a nevar.

Dijo que su marido la había llevado en coche hasta la estación y le había dicho que sería toda una sorpresa si no nevaba antes de que él estuviera de vuelta en casa. Tenía que recorrer diez millas; vivían en las afueras. Ella iba a Florida, a visitar a su hermana. Nunca había tenido tiempo de hacer un viaje tan largo. La vida era así, las cosas iban pasando una detrás de la otra, y daba la impresión de que el tiempo volaba tanto que ya no sabías si eras joven o vieja. Puso una cara como si el tiempo la hubiese engañado al pasar el doble de deprisa cuando ella dormía y no podía vigilarlo. Haze se alegró de tener a alguien que le diera conversación. 

Se acordó de cuando era niño, cuando su madre y él y los demás niños iban a Chattanooga en el ferrocarril de Tenesí. Su madre siempre se ponía a conversar con los demás pasajeros. Era como un viejo perro de caza al que acababan de soltar y salía corriendo, olía cada piedra y cada palo y olfateaba alrededor de cada objeto con el que se encontraba. Y además se acordaba de todos ellos.

Años más tarde, de repente se preguntaba qué sería de aquella señora que iba a Fort West, o se preguntaba si el vendedor de biblias había conseguido sacar a su mujer del hospital. Sentía una especie de anhelo por la gente, como si lo que le pasaba a las personas con las que conversaba le pasara a ella. Era una Jackson. Annie Lou Jackson

"Mi madre era una Jackson", dijo Haze para sus adentros. Había dejado de prestar atención a la señora, aunque seguía mirándola a la cara y ella creía que la escuchaba. 

-Me llamo Hazel Wickers -dijo-. Tengo diecinueve años. Mi madre era una Jackson. Me crié en Eastrod, Eastrod, Tenesí.

Pensó otra vez en el camarero. Le preguntaría al camarero. De pronto se le ocurrió que el camarero podía ser hijo de Cash. A Cash se le había fugado un hijo. Eso pasó antes de que Haze naciera. Aun así, seguro que el camarero conocía Eastrod. 

Haze miró por la ventanilla y vio las negras siluetas giróvagas adelatándolo a toda velocidad. Si cerraba los ojos, entre cualquiera de ellas, distinguía Eastrod de noche, y lograba encontrar las dos casas con el camino en medio, y la tienda, y las casas de los negros, y aquel granero, y el trozo de valla que se internaba en el prado, entre gris y blanco, con la luna en lo alto. Era capaz de ver la cara de la mula suspendida encima de la valla y ahí la dejaba, para que sintiera la noche. Él también la sentía. Sentía su suave caricia en el aire. Había visto a su mamá acercarse por el sendero y secarse las manos en el mandil que acababa de quitarse, la había visto aparecer sombría como si fuese la encarnación de la noche y luego de pie en la puerta: Haaazzzeee, Haaazzzeee, ven aquí. El tren lo decía por él. Quiso levantarse e ir a buscar al camarero

-¿Vas para tu casa? -le preguntó la señora Hosen. Se llamaba señora de Wallace Ben Hosen; de soltera se apellidaba Hitchcock

-¡Ummm! -exclamó Haze, sobresaltado-, me bajo en... me bajo en Taulkinham. 

La señora Hosen conocía a algunas personas en Evansville que tenían un primo en Taulkinham... un tal señor Henrys, no estaba segura. Siendo de Taulkinham, Haze debía de conocerlo. ¿Alguna vez había oído hablar de...? 

-Yo no soy de Taulkinham -refunfuñó Haze-. Yo no sé nada de Taulkinham. 

No miró a la señora Hosen. Sabía lo que le iba a preguntar; vio venir la pregunta y vino:
-¿Y se puede saber dónde vives? 

Quería huir de ella. 

-Eso estaba allí -murmuró, revolviéndose en el asiento, luego añadió-: Es que no me acuerdo, estuve una vez pero... esta es la tercera vez que voy a Taulkinham -se apresuró a explicar; la cara de la mujer había surgido ante él y lo miraba con fijeza-, no volví más desde aquella vez que fui y yo tenía seis años. No sé nada de ese lugar. Una vez vi ahí un circo pero no... 

Oyó un ruido metálico al final del vagón y se asomó para ver de dónde venía. El camarero iba bajando las paredes de los compartimentos del principio del vagón.


The train porter "makes down" the sleeping berths.


-Tengo que ver al camarero -dijo Haze, y escapó pasillo abajo. 

No sabía qué le iba a decir al camarero. Cuando lo tuvo delante seguía sin saber qué le iba a decir. 

-Supongo que se prepara para hacerlas ya -comentó Haze

-Así es -dijo el camarero

-¿Cuánto tarda en hacer una? -preguntó Haze

-Siete minutos -contestó el camarero

-Yo soy de Eastrod -dijo Haze-. Soy de Eastrod, Tenesí. 

-Pues eso no está en esta línea -le aclaró el camarero-. Te has equivocado de tren si cuentas con llegar a un sitio como ese. 

-Voy a Taulkinham -dijo Haze-. Me crié en Eastrod. 

-¿Quieres que te haga la litera ahora mismo? -le preguntó el camarero

-¿Eh? -respondió Haze-. Eastrod, Tenesí. ¿Nunca oyó hablar de Eastrod?

El camarero bajó un lateral del asiento. 

-Soy de Chicago -le dijo. 

Echó las cortinas de ambas ventanillas y bajó el otro asiento. Hasta la nuca era la misma. Cuando se agachó, se le vieron tres pliegues. Era de Chicago. 

-Estás justo en medio del pasillo. Vendrá alguien y va a querer pasar -le dijo, y le dio la espalda a Haze

-Me parece que mejor me voy a sentar un rato -dijo Haze sonrojándose. 

Al regresar a su compartimiento notó que la gente lo observaba con atención. La señora Hosen miraba por la ventanilla. Se volvió y lo examinó con suspicacia; luego dijo que todavía no se había puesto a nevar, ¿verdad?, y soltó una parrafada. Imaginaba que a esa hora su marido se estaría preparando la cena. Ella pagaba a una chica para que le hiciera el almuerzo, pero para la cena se arreglaba solo. Le parecía que eso, de vez en cuando, no le hacía daño a ningún hombre. Al contrario, pensaba que a él le venía bien. Wallace no era vago, pero no tenía ni idea de lo sacrificado que era ocuparse todo el santo día de la casa. La verdad es que no sabía cómo iba a sentirse en Florida con alguien sirviéndole todo el rato. 

El camarero era de Chicago. 

Hacía cinco años que ella no se tomaba vacaciones. La última vez había ido a ver a su hermana a Grand Rapids. El tiempo vuela. Su hermana se había mudado de Grand Rapids a Waterloo. Si llegaba a cruzarse ahí mismo con los hijos de su hermana, no sabía bien si iba a ser capaz de reconocerlos. Su hermana le había escrito que estaban tan grandes como su padre. Las cosas cambiaban deprisa, le decía. El marido de su hermana había trabajado en la compañía del agua de Grand Rapids, tenía un buen puesto, pero en Waterloo, se... 

-Estuve allí la última vez -dijo Haze-. No me bajaría en Taulkinham si eso estuviera allí; se vino abajo como... no sé... como... 

-Debes de estar pensando en otra Grand Rapids -le dijo la señora Hosen frunciendo el ceño-. La Grand Rapids de la que yo te hablo es una ciudad grande y está donde ha estado siempre. 

Lo miró con fijeza un instante y luego continuó: cuando estaban en Grand Rapids se llevaban bien, pero en Waterloo él se dio a la bebida. Su hermana tuvo que sacar adelante la casa y educar a los niños. La señora Hosen no lograba entender cómo podía pasarse ahí sentado año tras año. 

La madre de Haze nunca había hablado demasiado en el tren; más bien escuchaba. Era una Jackson

Al cabo de un rato, la señora Hosen dijo que tenía hambre y le preguntó si quería acompañarla al vagón restaurante. Le dijo que sí. 

El vagón restaurante estaba lleno y había gente esperando turno para entrar. Haze y la señora Hosen hicieron media hora de cola meciéndose en el estrecho pasillo; de cuando en cuando, se pegaban a los costados para dejar paso a un goteo de gente. La señora Hosen se puso a conversar con la mujer que tenía al lado. Haze miraba la pared con cara de tonto. Nunca se hubiera animado a ir solo al vagón restaurante; menos mal que había encontrado a la señora Hosen. Si ella no llegaba a estar hablando, él le hubiera contado con inteligencia que había estado allí la última vez y que el camarero no era de allí, pero que se parecía bastante a los negros de la quebrada, también se parecía al viejo Cash lo suficiente para ser su hijo. Se lo hubiera contado mientras comían. Desde donde estaba no se veía el vagón restaurante; se preguntó cómo sería por dentro. "Como un restaurante", imaginó. Pensó en la litera. Cuando terminara de comer, seguro que la litera estaba hecha y se podía subir a ella. ¿Qué diría su mamá si lo viera ocupando una litera en un tren? Seguro que ella nunca llegó a imaginar que eso iba a pasar. Cuando se acercaron un poco más a la entrada del vagón restaurante, vio el interior. ¡Era igualito a un restaurante de la ciudad! Seguro que su mamá nunca llegó a imaginar que sería así. 

Cada vez que alguien salía del vagón restaurante, el encargado le hacía señas a las personas del principio de la cola; a veces le hacía señas a una sola persona, a veces a varias. Pidió que entraran dos personas, la cola avanzó y Haze, la señora Hosen y la mujer con la que conversaba quedaron al final del vagón restaurante, mirando hacia el interior. Al cabo de poco, se marcharon dos personas más. El hombre hizo una seña y entraron la señora Hosen y la mujer; Haze las siguió. El hombre detuvo a Haze y le dijo: "Dos nada más", y lo hizo retroceder hasta la puerta. Haze se puso colorado como un tomate. Intentó colocarse detrás de la persona que iba antes que él y luego intentó abrirse paso en la cola para regresar al vagón en el que viajaba, pero había demasiada gente apretujada cerca de la puerta. Tuvo que quedarse allí de pie y aguantar que todos lo miraran. Durante un rato nadie se marchó y tuvo que quedarse ahí de pie. La señora Hosen no volvió a fijarse en él. Al final, la señora que se encontraba al fondo del vagón restaurante se levantó y el encargado agitó la mano, Haze vaciló, vio la mano agitarse otra vez y entonces avanzó, recorrió el pasillo tambaleándose y, antes de llegar a su sitio, chocó contra dos mesas y se le cayó encima el café de alguien. No miró a las personas que estaban sentadas a su mesa. Pidió lo primero que vio en el menú y, cuando se lo sirvieron, se lo comió sin pensar en lo que era. La gente con la que compartía mesa había acabado y notó que esperaban y, mientras, aprovechaban para verlo comer. 

Cuando salió del vagón restaurante se sentía débil y las manos le temblaban solas, con movimientos imperceptibles. Era como si hubiera pasado un año desde que había visto al encargado hacerle señas para que se sentara. Se detuvo entre dos vagones; para despejarse inspiró hondo el aire frío.

Funcionó. Cuando regresó a su vagón, todas las literas estaban montadas y los pasillos, oscuros y siniestros, flotaban envueltos en un verde espeso. Se dio cuenta otra vez de que tenía una litera, de las de arriba, y de que ya podía meterse en ella. Podía tumbarse y subir la persiana un poquito para mirar y vigilar -justo lo que pensaba hacer- y ver cómo pasaban las cosas de noche desde un tren en marcha. Podía observar la noche en movimiento. 

Cogió su mochila, se fue al lavabo de caballeros y se puso la ropa de dormir. Un cartel indicaba que había que avisarle al camarero para subir a las literas de arriba. Se le ocurrió de repente que a lo mejor el camarero era primo de algunos de los negros de la quebrada; podía preguntarle si tenía algún primo en Eastrod, o en Tenesí. Fue pasillo abajo a buscarlo. A lo mejor podían charlar un poco antes de que él se metiera en la litera. No encontró al camarero al final de vagón y se fue para la otra punta. Al ir a doblar chocó con algo pesado, color rosa, que lanzó un grito ahogado y masculló: 

-¡Serás torpe!

Era la señora Hosen envuelta en un salto de cama rosa, con la cabeza llena de rulos. Se había olvidado de ella. Daba miedo verla con el pelo brillante, peinado para atrás y esos rizadores que parecían setas negras enmarcándole la cara. Ella trató de avanzar y él quiso dejarla pasar, pero los dos se movieron a la vez. A ella se le puso la cara morada salvo por unas manchitas blancas que no se le encendieron. Se puso tiesa, se quedó inmóvil y le preguntó: 

-¿Se puede saber qué es lo que te pasa? 

Él se escurrió como pudo, salió corriendo pasillo abajo y chocó con tal fuerza contra el camarero que este perdió el equilibrio y él le cayó encima; la cara del camarero quedó muy cerca de la suya, era clavado al viejo Cash Simmons. Por un instante no pudo quitarse de encima del camarero por estar pensando en que era Cash, y musitó: "Cash", y el camarero se lo sacó de encima, se levantó y se alejó pasillo abajo, a toda prisa, y Haze se incorporó como pudo, fue tras él y le dijo que quería subirse a su litera mientras pensaba: "Es pariente de Cash", y entonces, de repente, como si alguien se lo hubiera soltado cuando estaba distraído: "Este es el hijo que se le fugó a Cash". Y luego: "Conoce Eastrod y no quiere saber nada, no quiere hablar de eso, no quiere hablar de Cash". 

Se quedó mirando mientras el camarero le ponía la escalera para subir a la litera; luego subió sin dejar de mirar al camarero; veía a Cash, aunque distinto, no tenía los mismos ojos, y cuando estaba a medio subir, dijo, sin dejar de mirar al camarero

-Cash está muerto. Un puerco le pegó el cólera. 

El camarero se quedó con la boca abierta y, observando a Haze con desdén, masculló: 

-Soy de Chicago. Mi padre era empleado del ferrocarril. 

Haze se lo quedó mirando y se echó a reír: un negro empleado de ferrocarril; y rió otra vez y el camarero apartó la escalera con un movimiento del brazo tan brusco que Haze tuvo que agarrarse de la manta. 

Se acostó boca abajo en la litera, temblando por la forma en que había subido. El hijo de Cash. De Eastrod. Pero que no quería saber nada de Eastrod, que odiaba Eastrod. Siguió acostado boca abajo durante un rato, sin moverse. Era como si hubiese pasado un año desde que se había caído en el pasillo encima del camarero

Al cabo de un rato se acordó de que, en realidad, estaba en la litera, se dio la vuelta, encendió la luz y miró a su alrededor. No había ventana. 

En la pared del costado no había ninguna ventana. No se subía hacia arriba para convertirse en ventana. No había ninguna ventana disimulada en la pared. Había como una red de pesca en toda la pared del costado, pero no había ninguna ventana. Por un instante, se le pasó por la cabeza que eso era obra del camarero: le había dado esa litera que no tenía ventana, solo una red de pesca colgando a lo largo, porque lo odiaba. Seguro que eran todos iguales. 

El techo encima de la litera era bajo y curvo. Se acostó. El techo curvo daba la impresión de no estar bien cerrado; daba la impresión de estar cerrándose. Se quedó acostado un rato, sin moverse. Notó en la garganta como una esponja con sabor a huevo. En la cena había tomado huevos. Ahora los notaba en la esponja que tenía en la garganta. Justo en la garganta los tenía. No quería darse la vuelta, tenía miedo de que se movieran; quería que la luz estuviera apagada; quería que estuviera oscuro. Levantó la mano sin darse la vuelta, tanteó en busca del interruptor, le dio y la oscuridad le cayó encima, y después se hizo menos intensa por la luz que se filtraba por el espacio sin cerrar, como de un palmo.

Quería que la oscuridad fuera completa, no que estuviera diluida. Oyó al camarero acercarse por el pasillo, sus pasos mullidos en la alfombra, avanzaba sin pausa, rozando las cortinas verdes, luego los pasos se fueron perdiendo a lo lejos hasta que no se oyeron más. El camarero era de Eastrod. Era de Eastrod pero no quería saber nada de ese lugar. Cash no lo hubiera reclamado. No lo hubiera querido.

No hubiera querido nada que llevara una chaquetilla blanca y ajustada y anduviera con una escobilla en el bolsillo. La ropa de Cash tenía la misma pinta que si la hubiesen guardado un tiempo debajo de una piedra; y olía como los negros. Pensó en cómo olía Cash, pero el olor que le vino era el del tren.

En Eastrod ya no quedaban negros de la quebrada. En Eastrod. Al entrar por el camino vio en la oscuridad, en la penumbra, la tienda de comestibles cerrada con tablas y el granero abierto donde la oscuridad andaba suelta, y la casa más pequeña medio desmontada, sin balcón ni suelo en la entrada. 

Se suponía que debía ir a casa de su hermana en Taulkinham la última vez que estuvo de permiso, al volver del campamento de Georgia, pero no quería ir a Taulkinham y había regresado a Eastrod pese a que sabía lo que se iba a encontrar: las dos familias desperdigadas por los pueblos y hasta los negros que vivían en el camino se habían marchado a Memphis, a Murfreesboro y a otros sitios. Él había vuelto a dormir en la casa, en el suelo de la cocina, y del techo se había desprendido una tabla que le había caído en la cabeza y hecho un corte en la cara. Pegó un salto, como si notara la tabla, y el tren dio una sacudida, se detuvo y volvió a arrancar. Recorrió la casa para comprobar que no quedara nada que conviniera llevarse.

Su mamá siempre dormía en la cocina y guardaba allí su ropero de nogal. En ninguna parte había otro ropero así. Su mamá era una Jackson, había pagado treinta dólares por aquel ropero y no había vuelto a comprarse nada grande. Y ahí se lo dejaron. Él calculó que en el camión no había quedado sitio para llevarlo. Abrió todos los cajones.

En el de arriba de todo encontró dos trozos de cordón y nada en los demás. Le pareció raro que no hubiera entrado nadie a robar un ropero como aquel. Cogió el cordón, ató las dos patas a unas tablas sueltas del suelo y dejó una hoja de papel en cada uno de los cajones:

Este ropero le pertenece a Hazel Wickers. No lo robes o serás perseguido y matado.

Así ella descansaría mejor sabiendo que el ropero estaba protegido de alguna manera. Si ella llegaba a buscarlo por la noche, lo vería. Haze se preguntó si alguna vez su mamá caminaba de noche y pasaba por ahí... si pasaba con aquella expresión en la cara, inquieta y fija, si subía por el sendero y recorría el granero abierto por todas partes y si se paraba en la penumbra, cerca de la tienda de comestibles cerrada con tablas, si se acercaba intranquila con aquella expresión en la cara como la que él le había visto a través de la grieta cuando la bajaban. Le había visto la cara a través de la grieta cuando le ponían la tapa, había visto la sombra que le nubló la cara y le hizo torcer la boca como si no estuviera contenta de descansar, como si fuera a levantarse de un salto, apartar la tapa y salir volando como un espíritu que iba a estar satisfecho: pero ellos encerraron dentro al espíritu. 

                                                                                                A lo mejor ella iba a salir volando de ahí dentro, a lo mejor iba a levantarse de un salto; tremenda, como un enorme murciélago que se colaba por la rendija, la vio salir volando de ahí pero la oscuridad caía sobre ella, se cerraba todo el tiempo, se cerraba; desde dentro la vio cerrarse, acercarse más y más, tapando la luz y el cuarto y los árboles que se veían por la ventana, por la rendija que se cerraba más deprisa, más negra. Abrió los ojos, vio que la tapa bajaba, se levantó de un salto, se coló por la grieta y se quedó ahí moviéndose, qué mareo, la tenue luz del tren le permitió ver poco a poco la alfombra del suelo, moviéndose, qué mareo. Se quedó ahí, mojado y frío, y vio al camarero en el otro extremo del vagón, una silueta blanca en la oscuridad, ahí de pie, observándolo sin moverse. Las vías describieron una curva y él, mareado, cayó de espaldas en la intensa calma del tren.


*     *     *

La cosecha / The Crop




The Complete Stories / Cuentos completos*, Colección [1971]


          La señorita Willerton siempre quitaba las migas de la mesa. Era su hazaña doméstica especial y lo hacía con gran esmero. Lucía y Bertha fregaban los platos y Garner se iba a la sala a hacer el crucigrama del Morning Press. Así dejaban sola en el comedor a la señorita Willerton y a ella ya le iba bien. ¡Uf! En aquella casa el desayuno era siempre un suplicio. Lucía insistía en seguir siempre el mismo horario en el desayuno y las demás comidas. Lucía decía que desayunar a la misma hora contribuía a adquirir otras prácticas regulares, y, con lo propenso que era Garner a sufrir molestias, era fundamental que estableciesen algún método en las comidas. De esa manera, también se aseguraba de que él le pusiera agaragar a las gachas de harina de trigo. «Como si después de llevar cincuenta años haciéndolo -pensó la señorita Willerton-, fuese capaz de hacer otra cosa.» La polémica del desayuno empezaba siempre con las gachas de harina de trigo de Garner y terminaba con las tres cucharadas de piña triturada de la señorita Willerton. «Ya sabes lo de tu acidez, Willie -le decía siempre la señorita Lucía-, ya sabes lo de tu acidez», y entonces Garner ponía los ojos en blanco y soltaba algún comentario desagradable, y Bertha pegaba un salto y Lucía se mostraba afligida y la señorita Willerton saboreaba la piña triturada que acababa de tragarse.
Era un alivio quitar las migas de la mesa. Quitar las migas de la mesa le daba tiempo para pensar, y, si la señorita Willerton debía escribir un relato, antes tenía que pensarlo. Casi siempre pensaba mejor sentada delante de la máquina de escribir, pero por el momento tendría que conformarse con lo que había. En primer lugar, debía pensar un tema para el relato que iba a escribir. Eran tantos los temas sobre los que se podía escribir un cuento que a la señorita Willerton nunca se le ocurría ninguno.

Era siempre la parte más difícil de escribir un cuento, ella siempre lo decía. Dedicaba más tiempo a pensar en algo sobre lo que escribir que a la escritura en sí. A veces descartaba un tema tras otro y, a menudo, tardaba una o dos semanas en decidirse por alguno. La señorita Willerton sacó el recogedor y la escobilla de plata y se puso a limpiar la mesa. «¿Y un panadero -se preguntó-, será un buen tema?» «Los panaderos extranjeros eran muy pintorescos», pensó. La tía Myrtile Filmer había dejado sus cuatricromías de panaderos franceses estampadas en sombreros con forma de hongo. Eran hombres magníficos, altos... rubios y... 

Willie! -gritó la señorita Lucía, entrando en el comedor con los saleros-. Por el amor de Dios, pon el recogedor debajo de la escobilla o echarás todas las migas sobre la alfombra. En lo que va de la semana le he pasado la aspiradora cuatro veces y no pienso volver a pasarla. 

-Si le has pasado la aspiradora no sería por las migas que se me caen a mí -le contestó la señorita Willerton, lacónica-. Siempre recojo las migas que se me caen. -Y aclaró-: Y a mí se me caen bien pocas.

-A ver si esta vez lavas el recogedor antes de guardarlo -le soltó la señorita Lucía

La señorita Willerton se echó las migas en la mano y las arrojó por la ventana. Llevó el recogedor y la escobilla a la cocina y los metió debajo de un chorro de agua fría. Los secó y los volvió a guardar en el cajón. Misión cumplida. Ahora podía ponerse delante de la máquina de escribir. Y estarse allí hasta la hora del almuerzo.




La señorita Willerton se sentó delante de la máquina de escribir y lanzó un suspiro. ¡A ver! ¿En qué había estado pensando? Ah, sí. En los panaderos. Ummm. Los panaderos. No, los panaderos, mejor no. Tenían poco de originales. Los panaderos no producían tensión social. La señorita Willerton clavó la vista en la máquina de escribir. A S D F G... sus ojos recorrieron las teclas. Ummm. «¿Y los maestros?», se preguntó la señorita Willerton. No. Por Dios, no. Los maestros siempre hacían que la señorita Willerton se sintiera rara. Sus maestras del Seminario Femenino Willowpool estaban bien, pero eran todas mujeres. El Seminario Femenino de Willowpool, recordó la señorita Willerton. La frase no le gustaba nada: Seminario Femenino de Willowpool... sonaba a biología. Ella se limitaba a decir que se había graduado de Willowpool. Los maestros hacían que la señorita Willerton se sintiera como si estuviera a punto de pronunciar algo mal. Además, los maestros no eran oportunos. Ni siquiera representaban un problema social. 

Problema social. Problema social. Ummm. ¡Los aparceros! 

La señorita Willerton nunca había intimado con ningún aparcero pero, reflexionó, como tema tendría tanto arte como cualquier otro, ¡y le permitirían conseguir ese aire de trascendencia social que tan útil resultaba en los círculos que esperaba conocer en sus viajes! «Siempre puedo sacarle partido -refunfuñó-, al tema de la lombriz intestinal.» ¡Ya le iba saliendo! ¡Sin duda! Movió los dedos con nerviosismo sobre las teclas sin tocarlas. Después, de repente, empezó a escribir a gran velocidad. 

«Lot Motun -registró la máquina- llamó a su perro.» Una pausa abrupta siguió a la palabra «perro».

La señorita Willerton siempre se esmeraba en la primera oración. «La primera oración -decía siempre-, le venía como... ¡como un chispazo! ¡Tal cual! - decía, y chasqueaba los dedos-, ¡como un chispazo!» Y sobre la primera oración construía su relato. «Lot Motun llamó a su perro», le había salido automáticamente a la señorita Willerton, y al releer la frase, decidió no solo que «Lot Motun» era un nombre adecuado para un aparcero, sino que hacer que llamara a su perro era lo mejor que se podía esperar de un aparcero. «El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a Lot.» La señorita Willerton había escrito la frase antes de que le diera tiempo a advertir su error: dos «Lot» en un mismo párrafo. Resultaba desagradable al oído. La máquina de escribir retrocedió chirriando y la señorita Willerton escribió tres X sobre «Lot». Entre líneas anotó a lápiz: «Su amo».

Ahora ya estaba lista para continuar. «Lot Motun llamó a su perro. El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a su amo.» «Y también tengo dos perros - pensó la señorita Willerton-. Ummm.» Pero decidió que eso no molestaría tanto al oído como los dos «Lot».

La señorita Willerton era muy partidaria de lo que denominaba «arte fonético». Según ella, el oído era tan lector como el ojo. Le gustaba expresarlo de ese modo. «El ojo forma un cuadro -le había dicho a un grupo en las Hijas Unidas de las Colonias- que puede pintarse en abstracto, y el éxito de la empresa literaria -a la señorita Willerton le gustaba la expresión empresa literaria- depende de esos elementos abstractos creados en la mente y de la naturaleza tonal -a la señorita Willerton también le gustaba eso de naturaleza tonal-, que registra el oído.» La oración «Lot Motun llamó a su perro» tenía un toque cáustico y seco que, seguido de «el perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a su amo», le daba al párrafo la salida que precisaba. 

«Lot tiró de las orejas cortas y raquíticas del animal y se revolcó con él en el barro.» A lo mejor, reflexionó la señorita Willerton, eso era un poco exagerado. Pero, según le constaba, el que un aparcero se revolcara en el barro entraba dentro de lo razonablemente posible. En cierta ocasión había leído una novela que trataba de ese tipo de personas, en la que se había hecho algo tan feo como aquello y, a lo largo de tres cuartas partes de la narración, cosas mucho peores. Lucía la encontró mientras limpiaba uno de los cajones del escritorio de la señorita Willerton, y, después de hojear unas cuantas páginas al azar, sujetó el libro entre el pulgar y el índice, lo llevó hasta el horno y lo echó al fuego. 

-Willie, esta mañana cuando limpiaba tu escritorio, me encontré un libro que Garner debió de dejar allí para hacerte una broma -le dijo la señorita Lucía más tarde-. Fue horrible, pero ya sabes cómo las gasta Garner. Lo he quemado. -Y luego, con una risita ahogada, añadió-: Estaba segura de que no podía ser tuyo.
La señorita Willerton estaba segura de que no podía ser de nadie más que de ella, pero no se atrevió a aclararlo. Lo había encargado directamente a la editorial porque no quería pedirlo en la biblioteca.

Le había costado tres dólares con setenta y cinco centavos, envío postal incluido, y no había terminado los últimos cuatro capítulos. Eso sí, había leído lo suficiente para poder afirmar que era razonablemente posible que Lot Motun se revolcara en el barro con su perro. Al hacerle hacer tal cosa, lo de las lombrices intestinales tendría más sentido, decidió. «Lot Motun llamó a su perro. El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a su amo. Lot tiró de las orejas cortas y raquíticas del animal y se revolcó con él en el barro.»
La señorita Willerton se apoyó en el respaldo. Era un buen comienzo. Ahora planificaría la acción.

Había que incluir una mujer, claro. A lo mejor Lot podía matarla. Ese tipo de mujeres siempre sembraba cizaña. Incluso podía provocarlo para que acabara matándola por libertina y, después, quizá a él lo perseguiría la mala conciencia.
Si debía tomar ese rumbo, sería necesario dotarlo de principios, aunque no sería demasiado difícil dárselos. Se preguntó de qué manera introduciría ese aspecto, en vista de toda la atención que en el relato debía dedicarle al amor. Tendría que poner algunas escenas bastante violentas y naturalistas; el tipo de detalles sádicos que una leía en relación con esa clase de gente. Era un problema. Sin embargo, la señorita Willerton disfrutaba con esos problemas. Lo que más le gustaba era planificar las escenas pasionales, pero, cuando llegaba el momento de escribirlas, siempre empezaba a sentirse rara y a preguntarse qué diría su familia cuando las leyeran. Garner chasquearía los dedos y le haría un guiño a la menor oportunidad; Bertha la consideraría una persona horrible; y Lucía diría con esa vocecita tonta que la caracterizaba: «¿Qué nos has estado ocultando, Willie? ¿Qué nos has estado ocultando?», y lanzaría su risita ahogada, como hacía siempre. Pero la señorita Willerton no podía pensar en eso ahora; debía darle forma a sus personajes.
Lot sería alto, encorvado y desaliñado, pero sus ojos serían tristes y lo harían parecerse a un caballero pese a tener el cuello enrojecido y las manos enormes y torpes. Tendría los dientes rectos y, para indicar que era dueño de cierto espíritu, sería pelirrojo. Las prendas le colgarían sin gracia, pero las luciría con desenfado, como si fuesen una segunda piel; tal vez, reflexionó la señorita Willerton, sería mejor, después de todo, que no se revolcara con el perro. La mujer sería más o menos guapa, con el pelo rubio, los tobillos gruesos, los ojos turbios.
La mujer le serviría la cena en la cabaña y él comería la sémola llena de grumos a la que ella ni siquiera se habría molestado en ponerle sal y, allí sentado, pensaría en cosas grandiosas, lejos, muy lejos... en otra vaca, una casa pintada, un pozo limpio, incluso una granja propia. La mujer empezaría a dar alaridos porque él no había cortado suficiente leña para la cocina y se quejaría del dolor de espalda. Ella se sentaría a verlo comer la sémola rancia y le diría que no tenía suficientes agallas para robar comida.
-¡Eres un asqueroso pordiosero! -le diría con sorna. Y él la mandaría callar.
-¡Cierra la boca!-gritaría.
-Me tienes harta, más que harta. -Pondría los ojos en blanco y, burlándose y riéndose de él, le diría-: Los desgraciados como tú no me dan miedo.
Entonces él echaría la silla hacia atrás e iría hacia ella. Ella agarraría un cuchillo de la mesa -la señorita Willerton se preguntó cómo era posible que aquella mujer fuera tan corta-, y retrocedería manteniendo el cuchillo en alto. Él daría un salto hacia delante y ella se apartaría veloz, como un caballo salvaje. Luego volverían a estar cara a cara, los ojos rebosantes de odio, y avanzarían y retrocederían. La señorita Willerton alcanzó a oír cómo los segundos iban golpeando contra el tejado de lata. Él se abalanzaría otra vez sobre la mujer y ella, con el cuchillo dispuesto, se lo hincaría de un momento a otro... La señorita Willerton no pudo aguantar más. Golpeó a la mujer con fuerza en la cabeza, por detrás. La mujer soltó el cuchillo y una niebla la envolvió y se la llevó del cuarto.

La señorita Willerton se volvió hacia Lot.
-Deja que te sirva un poco de sémola caliente -le dijo.
Se acercó a la cocina, en un plato limpio sirvió una ración de sémola blanca y tersa y un trozo de mantequilla.
-Caray, gracias -dijo Lot, y le sonrió con esos bonitos dientes-. Tú sí sabes cómo prepararla. Verás -le dijo-, estuve pensando... Podríamos marcharnos de esta granja arrendada y tener un lugar decente. Si este año conseguimos ganar algo, podríamos comprarnos una vaca y empezar a construirnos una casita. Imagínatelo, Willie, imagínate lo que sería.
Ella se sentó a su lado y le puso la mano en el hombro.
-Lo conseguiremos -aseguró-. Nos irá mejor que ningún otro año y en primavera tendremos esa vaca.
-Tú siempre sabes cómo me siento, Willie. Tú siempre lo has sabido.
Se quedaron sentados largo rato, pensando en lo bien que se entendían.
-Termina de comer -dijo ella al fin.
Cuando él hubo cenado, la ayudó a quitar la ceniza de la cocina y después, en el caluroso atardecer de julio, dieron un paseo por el prado, en dirección al arroyo, y hablaron de la casita de la que algún día serían dueños.
A finales de marzo, cuando la época de lluvias estaba cerca, habían conseguido más de lo esperado.

A lo largo del mes anterior, Lot se había levantado a las cinco de la mañana, y Willie, una hora antes, para tratar de adelantar todo el trabajo posible aprovechando el buen tiempo. A la semana siguiente, comentó Lot, empezaría a llover y, si antes no levantaban la cosecha, la perderían... y con ella, cuanto habían ganado en los últimos meses. Sabían lo que aquello supondría, otro año de ir tirando sin mucho más de lo que habían tenido el anterior. Además, al año siguiente, en lugar de la vaca, llegaría un crío. Lot se había empeñado en comprar la vaca pese a todo.
-Alimentar a un crío tampoco cuesta tanto -había razonado-, y la vaca nos ayudaría a darle de comer...
Pero Willie se había mostrado firme, comprarían la vaca más adelante, el crío debía empezar con buen pie.
-A lo mejor -había concluido Lot-, vamos a tener suficiente para las dos cosas. -Y se había marchado a ver el campo recién arado como si pudiera calcular la cosecha por los surcos.
Pese a las estrecheces, había sido un buen año. Willie había limpiado la casucha y Lot había arreglado la chimenea. En la puerta había profusión de petunias, y en la ventana, una colonia de dragoncillos. Había sido un año pacífico. Pero ahora comenzaban a inquietarse por la cosecha.

Debían recogerla antes de que llegaran las lluvias.
-Nos falta una semana más -rezongó Lot al regresar esa noche-. Una semana más y lo vamos a conseguir. ¿Tienes ganas de cosechar? No está bien que debas salir -suspiró-, pero no podemos pagar a nadie para que nos ayude.
-Me encuentro bien -dijo ella, y ocultó las manos temblorosas a su espalda-. Cosecharé.
-Esta noche está nublado -dijo Lot, sombrío.
Al día siguiente trabajaron hasta el anochecer, trabajaron hasta reventar, y después regresaron a trompicones a la cabaña y cayeron en la cama.
Willie se despertó por la noche, notando un dolor. Era un dolor suave y verde, recorrido de luces moradas. Se preguntó si estaría despierta. Movió la cabeza de lado a lado y dentro de ella notó unas siluetas que zumbaban y picaban piedras.
Lot se incorporó.
-¿Te sientes mal? -le preguntó temblando.
Ella se apoyó sobre el codo y luego se dejó caer otra vez.
Ve al arroyo y trae a Anna -jadeó. El zumbido se hizo más intenso y las siluetas más grises. Al principio, el dolor se entremezcló con aquellas siluetas durante unos segundos; luego, de forma ininterrumpida. Llegaba a ella una y otra vez. El zumbido se hizo más nítido y, a eso del alba, se dio cuenta de que estaba lloviendo. Más tarde preguntó con voz ronca:
-¿Cuánto hace que llueve?
-Dos días enteros -contestó Lot.
-Entonces hemos perdido. -Willie miró con desgana los árboles empapados-. Seacabó.

-No, no se acabó -dijo él en voz baja-. Tenemos una niña.

-Tú querías un niño.

-No. Tengo lo que quería, dos Willies en lugar de una, y eso es mucho mejor que una vaca -sonrió-.

¿Qué puedo hacer para merecerme todo lo que tengo, Willie? -Se inclinó y la besó en la frente.

-¿Qué puedo hacer yo? -preguntó ella en voz baja-. ¿Qué puedo hacer para ayudarte más?

-¿Qué tal si vas al mercado, Willie?

La señorita Willerton apartó de sí a Lot de un empujón.

-¿Qué... qué me decías, Lucía? -tartamudeó.

-Te decía que qué tal si esta vez vas tú al mercado. Esta semana me ha tocado ir a mí todas las mañanas y ahora estoy ocupada.

La señorita Willerton dejó la máquina de escribir y dijo con brusquedad:
-Muy bien. ¿Qué quieres que te traiga?

-Una docena de huevos y dos libras de tomates, que sean maduros, y más te vale que empieces a curarte ese resfriado ahora mismo. Te lloran los ojos y tienes la voz ronca. En el cuarto de baño hay Empirin. Pide que anoten lo que gastes en nuestra cuenta. Y ponte el abrigo. Hace frío.

La señorita Willerton elevó la vista al cielo.

-Tengo cuarenta y cuatro años -anunció-, sé muy bien cómo cuidarme.

-Y que los tomates sean maduros -le contestó la señorita Lucía.

Con el abrigo mal abrochado, la señorita Willerton avanzó pesadamente por la calle principal y entró en el supermercado.

-¿Qué venía yo a comprar? -refunfuñó-. Ah, sí, dos docenas de huevos y una libra de tomates.

Pasó delante de las estanterías de vegetales enlatados y de las galletas y fue a la caja donde tenían los huevos. Pero no había huevos.

-¿Dónde están los huevos? -le preguntó a un chico que pesaba frijoles.

-Solamente nos quedan huevos de pularda -dijo mientras cogía otro puñado de frijoles.

-Bien, ¿dónde están y qué diferencia hay? -exigió saber la señorita Willerton.
 
El chico echó los frijoles sobrantes al cubo, se agachó sobre la caja de los huevos y le entregó un paquete.

-Ninguna diferencia, la verdad -dijo al tiempo que mascaba el chicle con los dientes incisivos-. Son de gallinas adolescentes o algo así, no lo sé bien. ¿Se los pongo?

-Sí, y dos libras de tomates. Que estén maduros -precisó la señorita Willerton.

No le gustaba hacer la compra. No había motivo alguno para que los dependientes fuesen tan altaneros. Ese muchacho no se habría entretenido tanto con Lucía. Pagó los huevos y los tomates y salió apresuradamente. En cierta manera, aquel lugar la deprimía.
Vaya tontería que un supermercado pudiese deprimir... si allí dentro solo tenían lugar actividades domésticas sin importancia... mujeres que compraban frijoles... que llevaban a los niños en esos cochecitos... que regateaban por un octavo de libra de más o de menos de calabaza... «¿Qué ganaban con eso? -se preguntó la señorita Willerton-. ¿Dónde había allí ocasión para expresarse, para crear, para el arte?» A su alrededor todo era lo mismo: aceras llenas de gente que se afanaban de un lado a otro, con las manos cargadas de paquetitos y las mentes llenas de paquetitos, aquella mujer de allí que llevaba al niño de la cadena y tiraba de él, lo sacudía y lo arrastraba para alejarlo de un escaparate donde se exhibía una lámpara hecha con una calabaza ahuecada. Probablemente se pasaría el resto de la vida tirando de él y sacudiéndolo. Y allí iba otra, a la que se le caía la bolsa de la compra en plena calzada, y otra más, que le sonaba la nariz a un niño, y por la acera se acercaban una anciana con sus tres nietos saltándole alrededor, seguidos de un hombre y una mujer que caminaban demasiado juntos para ser refinados.
La señorita Willerton observó a la pareja con atención cuando se acercaron más y la adelantaron. La mujer era regordeta, de tobillos gruesos y ojos turbios. Llevaba unos zapatos de tacón, unas ajorcas azules, un vestido de algodón demasiado corto y una chaqueta de cuadros escoceses. Tenía la piel manchada y el cuello estirado hacia delante, como si quisiera oler una cosa que le alejaran continuamente de la nariz. En la cara lucía una mueca estúpida. Él era un hombre larguirucho, consumido y desaliñado. Iba encorvado, y el pelo rubio y enredado le caía hacia un lado del cuello largo y enrojecido. Sus manos jugueteaban tontamente con las de la muchacha mientras avanzaban desmañados, y en una o dos ocasiones le lanzó una sonrisa empalagosa, que permitió a la señorita Willerton comprobar que tenía los dientes rectos, los ojos tristes y una erupción en la frente.
-¡Aaah! -se estremeció.
La señorita Willerton dejó la compra encima de la mesa de la cocina y regresó junto a la máquina de escribir. Miró el papel que había en ella. «Lot Motun llamó a su perro - ponía-. El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a su amo. Lot tiró de las orejas cortas y raquíticas del animal y se revolcó con él en el barro.»
-¡Suena fatal! -masculló la señorita Willerton-. De todos modos, el tema no es nada del otro mundo -decidió.
Necesitaba algo más pintoresco... con más arte. La señorita Willerton se quedó largo rato mirando la máquina de escribir. Después, de repente, con el puño asestó varios golpecitos extasiados sobre el escritorio.
-¡Los irlandeses!-chilló-. ¡Los irlandeses!
La señorita Willerton siempre había admirado a los irlandeses. «Su acento -pensó-, era muy musical, y su historia... ¡espléndida!» «¡Y las gentes -caviló-, las gentes de Irlanda! Llenas de temple... pelirrojas, de anchos hombros y enormes bigotes caídos».


*     *     *  


          ¿Qué les pareció? Dos relatos muy distintos en tema, no tanto en ritmo. Tienen ambos el humor
O´Connor, ese que descubre cada lector y concuerda con su propia experiencia, el que está para contrastar, adivinamos. Dos personajes algo cómicos en sus obsesiones. Hay algo en los dos que me llama la atención, es cómo se ven ellos a sí mismos, y el cierto desdén que sienten, tanto hacia el camarero que no quiere saber nada con un tal «viejo Cash», como lo que piensa la señorita Willerton de esas personas que viven de manera «tan poco artística».

Partimos de dos historias aparentemente simples, dos protagonistas que no tienen nada de sofisticados, sin embargo... nada de eso resulta ser así, todo se acompleja psicológicamente.

Veamos lo que dice Flannery en uno de sus ensayos*: «El escritor atrae por medio de los sentidos, y no se puede atraer a los sentidos con abstracciones. Algunas personas tienen la idea de que primero se lee la historia y luego se llega al significado, pero para el propio escritor de narrativa toda la historia es el significado, porque es una experiencia, no una abstracción».

Y estas dos historias terminan como terminan, no traten de encontrarles «significados», las historias son solo eso, ¡historias!
La grandeza de Flannery O'Connor: ella no te cuenta un historia, te la hace ver.
Espero hayan disfrutado de esta lectura. Hasta el próximo encuentro.

Cecilia Olguin Gianelli

Notas

- Flannery O´Connor Community: on Google+ to discuss O'Connor, her works, and her influences on arts and literature:
https://plus.google.com/u/0/communities/115232475141375219418

- Blog Flannery O'Connor, en español:
http://www.flanneryoc.blogspot.com.ar/

- Cuentos completos, Flannery O´Connor:
[PDF] flannery o´connor cuentos completos - Ow.ly  

- Naturaleza y Finalidad de la Narrativa, Flannery O'Connor: Ensayo. The Nature and Aim of Fiction:
http://w3.salemstate.edu/~pglasser/the-nature-and-aim-of-fiction.pdf

- Andalusia Farm, Home of Flannery O´Connor:
http://andalusiafarm.org/

- University of Georgia Press: The Presence of Grace and Other Book Reviews by Flannery O’Connor
http://www.ugapress.org/index.php/books/presence_of_grace

- A Good Man is Hard To Find and Other Stories, Flannery O'Connor: leer en inglés:
 http://www.boyd.k12.ky.us/userfiles/447/Classes/28660/A%20Good%20Man%20Is%20Hard%20To%20Find.pdf

- June Glasson Website:
http://www.juneglasson.com/

- Biblioteca Pública Gerardo Diego. Madrid: Películas y Literatura sureñas, Obras sobre y de Flannery O´Connor, su técnica y voz:
«Lo que descubrirá el lector, ya lo descubrió antes el escritor de ficción, si es que descubrió algo, es ser humilde frente a la realidad, él no puede cambiarla o moldearla en pro de una verdad abstracta. Solo tiene que tratar la realidad, lo concreto es su instrumento. Y al final se dará cuenta que la narrativa sólo puede trascender sus límites permaneciendo dentro de ellos».
http://www.madrid.es/UnidadesDescentralizadas/Bibliotecas/Equipamientos/ficheros/Gu%C3%ADa_O'Connor_pdf-1.pdf

domingo, 7 de febrero de 2016

«Para leer al atardecer», Charles Dickens



«Para leer al atardecer» / To Be Read at Dusk

publicado por primera vez en 1852 / first published: 1852

del libro: Para leer al anochecer

 

Editorial Impedimenta, 2009

 

Charles Dickens,

nace un 7 de febrero de 1812, en Portsmouth,

y fallece el 9 de junio de 1870, en Gads Hill Place, Inglaterra.

 

 
Retrato de Nora MacPhail, 2014, Toronto, Canadá



Hoy, domingo 7 de febrero de 2016, los lectores de Charles Dickens celebramos el aniversario de su nacimiento, el número 204, nada menos.

Y después de haber leído gran parte de su obra y seguido algún que otro curso, me decidí por este cuento, de temática distinta para la mayoría.

El autor de grandes novelas y relatos como Los papeles póstumos del Club Pickwick [1836-37], Oliver Twist [1837-39] y David Copperfield [1849-50], el más destacado de la era Victoriana, el escritor realista que supo combinar con tanto arte narrativo, humor, ironía y crítica social, también escribió grandes relatos con temas y ambientes sobrenaturales, con entes fantasmales, con sueños proféticos y apariciones que predecían lo que podía llegar a suceder.





Charles Dickens escribiendo sus historias sobrenaturales



El haber vivido en uno de los suburbios más pobres de Londres, haber tenido un padre en prisión y una madre desatenta, empezar a trabajar a los doce años con jornadas de más horas de las apropiadas para un niño o adolescente, el haber tenido una formación mayormente autodidacta, gran lector pero también gran observador de la vida —personajes y eventos que usaría en sus ficciones—, le dió una humanidad con la que tiñó su obra de una manera casi única.
Y esa es la principal característica por la que es mundialmente recordado, su incansable denuncia a las injusticias sociales.

Fue dependiente en una fábrica de betún, taquígrafo judicial, periodista, se casó con la más tranquila de las hermanas, vivió en el mítico Bloomsbury, tuvo diez hijos y publicó la mayoría de su obra en capítulos mensuales.

Hay historias con temas sobrenaturales muy buenas, decía hace un momento para «justificar» mi elección de hoy, esas no son tan famosas, con excepción de Cuento de Navidad / A Christmas Carol [1843], claro. 

El guardavías / The Signalman [1866] es un gran ejemplo de relato de terror a la manera dickensiana, con elegancia, con pausas, con tranquilidad... así llegamos tensos [aunque parezca un contrasentido] al «horror psicológico que atormenta a su personajes».
El espiritismo y la precognición también estuvieron presentes en Dickens.

¿Son reales los fantasmas / espíritus / almas o cualquier otra visión quimérica? ¿existen estos visitantes que dicen se manifiestan a modo de apariciones, ruidos, olores,...?







Cada uno tendrá su respuesta, seguramente. La mayoría de ellas serán intuitivas, ya las leyendas, tradiciones y literatura se encargaron de hablar de espíritus liberados, de almas que vuelven al mundo de los vivos y de sus presagios, malévolos o benignos, casi siempre mediadores o consejeros.

De las almas se ocuparon filósofos y teólogos, desde Platón y Aristóteles, pasando por Descartes y Spinoza, y Santo Tomás en religión. La metafísica y psicología también tendrían su rol y aporte, con sentidos distintos a los tradicionales.

Ahora vayamos al cuento, y veamos por nuestros propios ojos lo que van a ir contando el mensajero alemán, el suizo o el genovés en un convento entre las montañas del Gran San Bernardo, en Suiza.

Al finalizar encontrarán un link con todos los cuentos de Relatos de fantasmas, y sin adelantarme al argumento, los despido momentáneamente, nos encontramos al final de la lectura, ¡que la disfruten!

 

«Para leer al atardecer», Charles Dickens



¿Cómo se llama a eso?

Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Eran cinco. Cinco correos sentados en un banco en el exterior del convento situado en la cumbre del Gran San Bernardo, en Suiza, contemplando las remotas cumbre teñidas por el sol poniente, como si se hubiera derramado sobre la cima de la montaña una gran cantidad de vino tinto que no hubiera tenido tiempo todavía de hundirse en la nieve.


One, two, three, four, five.  There were five of them.
Five couriers, sitting on a bench outside the convent on the summit of the Great St. Bernard in Switzerland, looking at the remote heights, stained by the setting sun as if a mighty quantity of red wine had been broached upon the mountain top, and had not yet had time to sink into the snow.



Hospice et lac du Grand-Saint-Bernard. Avec l'autorisation Christophe Jolivat




Este símil no es mío. Lo expresó en aquella ocasión el más vigoroso de los correos, que era alemán. Ninguno de los otros le prestó más atención de lo que me habían prestado a mí, sentado en otro banco al otro lado de la puerta del convento, fumándome mi cigarro como ellos, y también como ellos contemplando la nieve enrojecida y el solitario cobertizo cercano en donde los cuerpos de los viajeros retrasados iban saliendo, y desaparecían lentamente sin que pudiera acusárseles de vicio en aquella fría región


This is not my simile.  It was made for the occasion by the stoutest courier, who was a German.  None of the others took any more notice of it than they took of me, sitting on another bench on the other side of the convent door, smoking my cigar, like them, and—also like them—looking at the reddened snow, and at the lonely shed hard by, where the bodies of belated travellers, dug out of it, slowly wither away, knowing no corruption in that cold region.


Mientras contemplábamos la escena el vino de las cumbres montañosas fue absorbido; la montaña se volvió blanca; el cielo tomó un tono azul muy oscuro; se levantó el viento y el aire se volvió terriblemente frío. Los cinco correos se abotonaron lo abrigos. Como un correo es el hombre al que resulta más seguro imitar, me abotoné el mío.


The wine upon the mountain top soaked in as we looked; the mountain became white; the sky, a very dark blue; the wind rose; and the air turned piercing cold.  The five couriers buttoned their rough coats.  There being no safer man to imitate in all such proceedings than a courier, I buttoned mine.
 

La puesta de sol en la montaña había interrumpido la conversación de los cinco correos. Era una vista sublime con todas las probabilidades de interrumpir una conversación. Pero ahora que la puesta de sol había terminado, la reanudaron. Yo no había oído parte alguna de su discurso anterior, pues todavía no me había separado del caballero americano que en el salón para viajeros del convento, sentado con el rostro de cara al fuego, había tratado de transmitirme toda la serie de acontecimientos causantes de que el honorable Ananias Dodger hubiera acumulado la mayor cantidad de dólares que se había conseguido nunca en un país.


The mountain in the sunset had stopped the five couriers in a conversation.  It is a sublime sight, likely to stop conversation.  The mountain being now out of the sunset, they resumed.  Not that I had heard any part of their previous discourse; for indeed, I had not then broken away from the American gentleman, in the travellers’ parlour of the convent, who, sitting with his face to the fire, had undertaken to realise to me the whole progress of events which had led to the accumulation by the Honourable Ananias Dodger of one of the largest acquisitions of dollars ever made in our country.


-¡Dios mío! -dijo el correo suizo hablando en francés, lo que a mí no me parece, tal como les suele suceder a algunos autores, una excusa suficiente para una palabra pícara, y sólo tengo que ponerla en esa lengua para que parezca inocente-. Si habla de fantasmas...


‘My God!’ said the Swiss courier, speaking in French, which I do not hold (as some authors appear to do) to be such an all-sufficient excuse for a naughty word, that I have only to write it in that language to make it innocent; ‘if you talk of ghosts—’



Una de las figuras fantasmales al borde de la cama




-Pero yo no hablo de fantasmas -contestó el alemán.
-¿De qué habla entonces? -preguntó el suizo. -Si lo supiera -contestó el otro-, probablemente sería mucho más sabio.


‘But I don’t talk of ghosts,’ said the German.
‘Of what then?’ asked the Swiss.
‘If I knew of what then,’ said the German, ‘I should probably know a great deal more.’



Pensé que era una buena respuesta y me produjo curiosidad. Por eso cambié de posición, trasladándome a la esquina de mi banco más cercana a ellos, y así, apoyando la espalda en el muro del convento, los escuché perfectamente sin que pareciera estar haciéndolo.


It was a good answer, I thought, and it made me curious.  So, I moved my position to that corner of my bench which was nearest to them, and leaning my back against the convent wall, heard perfectly, without appearing to attend.


-¡Rayos y truenos! -exclamó el alemán calentándose-. Cuando un determinado hombre viene a verte inesperadamente, y sin que él lo sepa envía un mensajero invisible para que tengas la idea de él en la cabeza durante todo el día... Cómo le llama a eso, cuando uno camina por una calle atestada de gente, en Frankfurt, Milán, Londres o París, y piensa, que un desconocido que pasa al lado se asemeja al amigo Heinrich, y luego otro desconocido se parece a tu amigo Heinrich, y empiezas a tener así la extraña idea de que vas a encontrarte con tu amigo Heinrich... y eso es exactamente lo que sucede, aunque unos creían que su amigo estaba en Trieste... ¿cómo le llama a eso?



‘Thunder and lightning!’ said the German, warming, ‘when a certain man is coming to see you, unexpectedly; and, without his own knowledge, sends some invisible messenger, to put the idea of him into your head all day, what do you call that?  When you walk along a crowded street—at Frankfort, Milan, London, Paris—and think that a passing stranger is like your friend Heinrich, and then that another passing stranger is like your friend Heinrich, and so begin to have a strange foreknowledge that presently you’ll meet your friend Heinrich—which you do, though you believed him at Trieste—what do you call that?’

 
-Tampoco eso es nada infrecuente -murmuraron el suizo y los otros tres.
-¡Infrecuente! -exclamó el alemán-. Es algo tan común como las cerezas en la Selva Negra. Es algo tan común como los macarrones en Nápoles. ¡Y lo de Nápoles me recuerda algo! Cuando la vieja marquesa Senzanima lanza un grito con las cartas de la uija -y fui testigo, pues sucedió en una familia mía bávara y aquella noche estaba yo a cargo del servicio-, digo que cuando la vieja marquesa se levanta de la mesa de cartas blanca a pesar del carmín y grita: «¡mi hermana de España ha muerto!


‘It’s not uncommon, either,’ murmured the Swiss and the other three.
‘Uncommon!’ said the German.  ‘It’s as common as cherries in the Black Forest.  It’s as common as maccaroni at Naples.  And Naples reminds me!  When the old Marchesa Senzanima shrieks at a card-party on the Chiaja—as I heard and saw her, for it happened in a Bavarian family of mine, and I was overlooking the service that evening—I say, when the old Marchesa starts up at the card-table, white through her rouge, and cries, “My sister in Spain is dead!


¡He sentido en mi espalda su contacto frío!»... y cuando resulta que la hermana ha muerto en ese momento... ¿cómo le llama a eso?
-O cuando la sangre de San Genaro se licúa porque se lo pide el clero... como todo el mundo sabe que sucede con regularidad una vez por año, en mi ciudad natal -añadió el correo napolitano tras una pausa con una mirada cómica-. ¿Cómo llama a eso?


I felt her cold touch on my back!”—and when that sister is dead at the moment—what do you call that?’
‘Or when the blood of San Gennaro liquefies at the request of the clergy—as all the world knows that it does regularly once a-year, in my native city,’ said the Neapolitan courier after a pause, with a comical look, ‘what do you call that?’

-¡Eso! -gritó el alemán-. Pues bien, creo que conozco un nombre para eso.
-¿Milagro? -preguntó el napolitano con el mismo rostro pícaro.
El alemán se limitó a fumar y lanzar una carcajada; y todos fumaron y rieron.


‘That!’ cried the German.  ‘Well, I think I know a name for that.’
‘Miracle?’ said the Neapolitan, with the same sly face.
The German merely smoked and laughed; and they all smoked and laughed.
 

-¡Bah! -exclamó el alemán un rato después-. Yo hablo de cosas que suceden realmente. Cuando quiero ver a un brujo pago para ver a un profesional, y que mi dinero merezca la pena. Suceden cosas muy extrañas sin fantasmas. ¡Fantasmas! Giovanni Baptista, cuente la historia de la novia inglesa.


‘Bah!’ said the German, presently.  ‘I speak of things that really do happen.  When I want to see the conjurer, I pay to see a professed one, and have my money’s worth.  Very strange things do happen without ghosts.  Ghosts!  Giovanni Baptista, tell your story of the English bride. 


Ahí no hay ningún fantasma, pero resulta igual de extraño. ¿Hay alguien que sepa decirme qué?
Como se produjo un silencio entre ellos, miré a mi alrededor. Aquél que pensé debía ser Baptista estaba encendiendo un cigarro nuevo. Enseguida empezó a hablar y pensé que debía ser genovés.


There’s no ghost in that, but something full as strange.  Will any man tell me what?’
As there was a silence among them, I glanced around.  He whom I took to be Baptista was lighting a fresh cigar.  He presently went on to speak.  He was a Genoese, as I judged.
 

-¿La historia de la novia inglesa? -preguntó-. ¡Basta! Uno no debería tomarse tan a la ligera una historia así. Bueno, da lo mismo. Pero es cierta. Ténganlo bien en cuenta, caballeros, es cierta. No todo lo que brilla es oro, pero lo que voy a contarles es verdad.


‘The story of the English bride?’ said he.  ‘Basta! one ought not to call so slight a thing a story.  Well, it’s all one.  But it’s true.  Observe me well, gentlemen, it’s true.  That which glitters is not always gold; but what I am going to tell, is true.’
 

Repitió esa misma frase varias veces.


He repeated this more than once.


-Hace diez años, llevé mis credenciales a un caballero inglés que estaba en el Long's Hotel, en Bond Street, Londres, quien pensaba viajar durante uno o quizá dos años. El caballero aprobó mis credenciales, y yo lo aprobé a él. Quería hacer unas investigaciones y el testimonio que recibió fue favorable. Me contrató por seis meses y mi acogida fue generosa. Era un hombre joven, de buen aspecto, muy feliz. Estaba enamorado de una hermosa y joven dama inglesa, de fortuna suficiente, e iban a casarse. En resumen, lo que íbamos a emprender era viaje de bodas. Para el reposo de tres meses durante el clima caluroso (estábamos entonces a principio de verano) había alquilado un viejo palacio en la Riviera, a escasa distancia de la ciudad, Génova, en carretera que conducía a Niza.


Ten years ago, I took my credentials to an English gentleman at Long’s Hotel, in Bond Street, London, who was about to travel—it might be for one year, it might be for two.  He approved of them; likewise of me.  He was pleased to make inquiry.  The testimony that he received was favourable.  He engaged me by the six months, and my entertainment was generous.
He was young, handsome, very happy.  He was enamoured of a fair young English lady, with a sufficient fortune, and they were going to be married.  It was the wedding-trip, in short, that we were going to take.  For three months’ rest in the hot weather (it was early summer then) he had hired an old place on the Riviera, at an easy distance from my city, Genoa, on the road to Nice.

¿Conocía yo el lugar? Cierto, le dije que lo conocía bien. Era un palacio viejo con grandes jardines. Era un poco desértico, algo oscuro y sombrío, pues los árboles lo rodeaban desde muy cerca, pero resultaba espacioso, antiguo, imponente y muy cercano al mar. Me dijo que así lo habían descrito exactamente, y le complacía que yo lo conociera. En cuanto a que estuviera algo deprovisto de muebles, así sucedía con todos los lugares de alquiler. Y en cuanto a que fuera un poco sombrío, lo había alquilado principalmente por los jardines, y él y su amada pasarían a su sombra el tiempo veraniego.


Did I know that place?  Yes; I told him I knew it well.  It was an old palace with great gardens.  It was a little bare, and it was a little dark and gloomy, being close surrounded by trees; but it was spacious, ancient, grand, and on the seashore.  He said it had been so described to him exactly, and he was well pleased that I knew it.  For its being a little bare of furniture, all such places were.  For its being a little gloomy, he had hired it principally for the gardens, and he and my mistress would pass the summer weather in their shade.


»-¿Todo bien entonces, Baptista? –preguntó.
»-Indudablemente; muy bien.


 ‘So all goes well, Baptista?’ said he.
‘Indubitably, signore; very well.’
 
  »Para nuestro viaje contábamos con un carruaje que acababan de construir para nosotros y que en todos los aspectos resultaba conveniente. El matrimonio ocupó su lugar. Ellos estaban felices. Yo me sentía feliz viendo que todo era brillante, viéndolo tan bien situado, dirigiéndome a mi propia ciudad enseñándole mi lengua mientras viajábamos a la doncella, la bella Carolina, cuyo corazón era alegre y risueño, y que era joven y sonrosada.


We had a travelling chariot for our journey, newly built for us, and in all respects complete.  All we had was complete; we wanted for nothing.  The marriage took place.  They were happy.  I was happy, seeing all so bright, being so well situated, going to my own city, teaching my language in the rumble to the maid, la bella Carolina, whose heart was gay with laughter: who was young and rosy.


»El tiempo volaba. Pero observé -¡y les ruego que presten atención a esto (y en ese momento el correo bajó el volumen de su voz)-, a veces observé que mi señora se encontraba meditabunda, de una manera muy extraña, de una manera que daba miedo, de una manera desgraciada, y percibí en ella una vaga sensación de alarma. Creo que empecé a darme cuenta de ello cuando ascendía colina arriba al lado del carruaje y el amo iba por delante. En cualquier caso, recuerdo que quedó grabada en mi mente una noche, en el sur de Francia, cuando me pidió que llamara al amo; y cuando éste vino y caminó un largo trecho hablando con ella afectuosamente, poniendo una mano en la ventanilla abierta para sujetar la de ella. De vez en cuando se reía alegremente, como si se estuviera burlando de ella por algo. Al cabo de un rato, ella reía y entonces todo iba bien de nuevo.



The time flew.  But I observed—listen to this, I pray! (and here the courier dropped his voice)—I observed my mistress sometimes brooding in a manner very strange; in a frightened manner; in an unhappy manner; with a cloudy, uncertain alarm upon her.  I think that I began to notice this when I was walking up hills by the carriage side, and master had gone on in front.  At any rate, I remember that it impressed itself upon my mind one evening in the South of France, when she called to me to call master back; and when he came back, and walked for a long way, talking encouragingly and affectionately to her, with his hand upon the open window, and hers in it.  Now and then, he laughed in a merry way, as if he were bantering her out of something.  By-and-by, she laughed, and then all went well again.

»Aquello me resultó curioso y le pregunté a la hermosa Carolina. ¿Se encontraba mal el ama? No. ¿Desanimada? No. ¿Temerosa de los malos caminos o los bandidos? No. Pero lo que me resultó más misterioso fue que la bella Carolina no me mirara directamente al darme la respuesta, sino que contemplara la vista.


It was curious.  I asked la bella Carolina, the pretty little one, Was mistress unwell?—No.—Out of spirits?—No.—Fearful of bad roads, or brigands?—No.  And what made it more mysterious was, the pretty little one would not look at me in giving answer, but would look at the view.


»Pero un día me contó el secreto.
»-Si deseas saberlo -dijo Carolina-, he descubierto, escuchando aquí y allá, que el ama está hechizada y obsesionada.
»-¿Y cómo?
»-Por un sueño.
»-¿Qué sueño?
»-El sueño de un rostro. Durante tres noches antes de la boda vio un rostro en sueños... siempre el mismo rostro, y sólo ése.


But, one day she told me the secret. 
‘If you must know,’ said Carolina, ‘I find, from what I have overheard, that mistress is haunted.’
‘How haunted?’
‘By a dream.’
‘What dream?’
‘By a dream of a face.  For three nights before her marriage, she saw a face in a dream—always the same face, and only One.’


»-¿Un rostro terrible?
»-No. El rostro de un hombre oscuro de muy agradable aspecto, vestido de negro, con el cabello negro y mostacho gris... un hombre guapo, salvo por un aire reservado y secreto, jamás había visto el rostro, ni otro que se le pareciera. En el sueño no hacía sino mirarla fijamente, desde la oscuridad.


‘A terrible face?’
‘No.  The face of a dark, remarkable-looking man, in black, with black hair and a grey moustache—a handsome man except for a reserved and secret air.  Not a face she ever saw, or at all like a face she ever saw.  Doing nothing in the dream but looking at her fixedly, out of darkness.’
 

»-¿Volvió a tener ese sueño?
»-Nunca. Lo único que le preocupa es recordarlo.
»-¿Y por qué le preocupa?
»Carolina sacudió la cabeza.


‘Does the dream come back?’
‘Never.  The recollection of it is all her trouble.’
‘And why does it trouble her?’
Carolina shook her head.


»-Eso es lo que quiere saber el amo -contestó la bella-. Ella no lo sabe. Ella misma se pregunta la razón. Pero la oí decirle a él anoche mismo que si encontraba un cuadro de ese rostro en nuestra casa italiana (y tiene miedo de que así suceda) piensa que no sería capaz de soportarlo.
 

‘That’s master’s question,’ said la bella.  ‘She don’t know.  She wonders why, herself.  But I heard her tell him, only last night, that if she was to find a picture of that face in our Italian house (which she is afraid she will) she did not know how she could ever bear it.’


»Puedo jurar (siguió diciendo el correo genovés) que después de esto tuve miedo de llegar al viejo palazzo, no fuera a encontrarse allí aquel malaventurado cuadro. Sabía que había muchos cuadros, y conforme nos fuimos acercando al lugar deseé que toda la galería de pintura hubiera caído en el cráter del Vesubio. Para empeorar las cosas, cuando por fin llegamos a aquella parte de la Riviera hacía una noche lúgubre y tormentosa. Tronaba, y en mi ciudad y sus alrededores los truenos son muy fuertes, pues se repiten entre las altas colinas. Los lagartos salían y entraban por las hendiduras del muro roto de piedra del jardín, como si estuvieran asustados; las ranas burbujeaban y croaban a gran volumen; el viento del mar gemía y los árboles húmedos goteaban; y los relámpagos... ¡por el cuerpo de San Lorenzo, qué relámpagos!


Upon my word I was fearful after this (said the Genoese courier) of our coming to the old palazzo, lest some such ill-starred picture should happen to be there.  I knew there were many there; and, as we got nearer and nearer to the place, I wished the whole gallery in the crater of Vesuvius.  To mend the matter, it was a stormy dismal evening when we, at last, approached that part of the Riviera.  It thundered; and the thunder of my city and its environs, rolling among the high hills, is very loud.  The lizards ran in and out of the chinks in the broken stone wall of the garden, as if they were frightened; the frogs bubbled and croaked their loudest; the sea-wind moaned, and the wet trees dripped; and the lightning—body of San Lorenzo, how it lightened!


»Todos sabemos cómo es un palacio antiguo en Génova o sus cercanías... cómo lo han manchado el tiempo y el aire del mar... cómo las pinturas de las paredes exteriores se han ido cayendo dejando al descubierto grandes trozos de escayola... que las ventanas inferiores están oscurecidas por barras de hierro oxidado... que el patio exterior está cubierto de hierba... que los edificios exteriores están en ruinas... que todo el conjunto parece dedicado al olvido. Nuestro palazzo era uno de los auténticos.


We all know what an old palace in or near Genoa is—how time and the sea air have blotted it—how the drapery painted on the outer walls has peeled off in great flakes of plaster—how the lower windows are darkened with rusty bars of iron—how the courtyard is overgrown with grass—how the outer buildings are dilapidated—how the whole pile seems devoted to ruin.  Our palazzo was one of the true kind.
 

Llevaba cerrado varios meses. ¿Meses...? ¡Años! Olía a tierra, como a tumba. De alguna manera se había introducido en la casa, sin ser capaz de salir de nuevo, el aroma de los naranjos de la amplia terraza trasera, y de los limones que maduraban en la pared, y de algunos matorrales que crecían por alrededor de una fuente rota. En todas las habitaciones había un olor a vejez, que había crecido con el confinamiento. Penetraba en todos los armarios y cajones. En las pequeñas salas de comunicación que había entre las habitaciones grandes, aquello resultaba sofocante. Si dabas la vuelta a un cuadro, por volver al tema de los cuadros, allí estaba ese olor, aferrándose a la pared detrás del marco, como una especie de murciélago.


It had been shut up close for months.  Months?—years!—it had an earthy smell, like a tomb.  The scent of the orange trees on the broad back terrace, and of the lemons ripening on the wall, and of some shrubs that grew around a broken fountain, had got into the house somehow, and had never been able to get out again.  There was, in every room, an aged smell, grown faint with confinement.  It pined in all the cupboards and drawers.  In the little rooms of communication between great rooms, it was stifling.  If you turned a picture—to come back to the pictures—there it still was, clinging to the wall behind the frame, like a sort of bat.

»Las persianas enrejadas estaban cerradas en toda la casa. Sólo vivían allí, para atenderla, dos ancianas de aspecto horrible y cabellos grises; una de ellas con un huso, sentada en el umbral dándole vueltas y murmurando, y que antes habría dejado entrar al diablo que al aire. El amo, el ama, la bella Carolina y yo recorrimos el palazzo. Yo fui el primero en entrar, aunque habría preferido ser el último, abriendo las ventanas y persianas, y quitándome de encima las gotas de lluvia, las manchas de argamasa, y de vez en cuando un mosquito durmiente, o una monstruosa, gruesa y manchada araña genovesa.


The lattice-blinds were close shut, all over the house.  There were two ugly, grey old women in the house, to take care of it; one of them with a spindle, who stood winding and mumbling in the doorway, and who would as soon have let in the devil as the air.  Master, mistress, la bella Carolina, and I, went all through the palazzo.  I went first, though I have named myself last, opening the windows and the lattice-blinds, and shaking down on myself splashes of rain, and scraps of mortar, and now and then a dozing mosquito, or a monstrous, fat, blotchy, Genoese spider.


»Cuando había encendido la luz en una habitación, entraban el amo, el ama y la bella Carolina. Mirábamos entonces todos los cuadros, y pasaba yo a la habitación siguiente. Secretamente el ama tenía un gran miedo a encontrarse con un cuadro que se asemejara a aquel rostro... todos lo teníamos; pero no estaba. La Madonna y el Niño, San Francisco, San Sebastián, Venus, Santa Catalina, ángeles, bandidos, frailes, iglesias en el ocaso, batallas, caballos blancos, bosques, apóstoles, dogos, todos mis antiguos conocidos tantas veces repetidos... así es. Pero no había un hombre guapo y oscuro vestido de negro, reservado y secreto, de cabellos negros y mostacho gris que mirara al ama desde la oscuridad; ése, no existía.


When I had let the evening light into a room, master, mistress, and la bella Carolina, entered.  Then, we looked round at all the pictures, and I went forward again into another room.  Mistress secretly had great fear of meeting with the likeness of that face—we all had; but there was no such thing.  The Madonna and Bambino, San Francisco, San Sebastiano, Venus, Santa Caterina, Angels, Brigands, Friars, Temples at Sunset, Battles, White Horses, Forests, Apostles, Doges, all my old acquaintances many times repeated?—yes.  Dark, handsome man in black, reserved and secret, with black hair and grey moustache, looking fixedly at mistress out of darkness?—no.


»Después de haber pasado por todas las habitaciones, contemplando todos los cuadros, salimos a los jardines. Estaban hermosamente cuidados, pues habían contratado un jardinero, y eran grandes y sombríos. En un lugar había un teatro rústico a cielo abierto; el escenario era una pendiente verde; los bastidores, con tres entradas por un lado, eran pantallas de hojas aromáticas. El ama movió sus ojos brillantes, incluso allí, como si esperara ver el rostro saliendo a escena; pero todo estaba bien.


At last we got through all the rooms and all the pictures, and came out into the gardens.  They were pretty well kept, being rented by a gardener, and were large and shady.  In one place there was a rustic theatre, open to the sky; the stage a green slope; the coulisses, three entrances upon a side, sweet-smelling leafy screens.  Mistress moved her bright eyes, even there, as if she looked to see the face come in upon the scene; but all was well.


»-Bien, Clara -dijo el amo en voz baja-. Ya ves que no hay nada. ¿Eres feliz?
»El ama se sentía muy animada. Enseguida se habituó a aquel feo palacio y empezó a cantar, a tocar el arpa, a copiar los viejos cuadros y a pasear con el amo bajo los árboles verdes y los emparrados el día entero. Ella era hermosa. Él se sentía feliz. Solía echarse a reír y me decía, montando a caballo por la mañana antes de que apretara el calor:
»-¡Baptista, todo va bien!
»-Así es, signore, gracias a Dios, todo va muy bien.


‘Now, Clara,’ master said, in a low voice, ‘you see that it is nothing?  You are happy.’
Mistress was much encouraged.  She soon accustomed herself to that grim palazzo, and would sing, and play the harp, and copy the old pictures, and stroll with master under the green trees and vines all day.  She was beautiful.  He was happy.  He would laugh and say to me, mounting his horse for his morning ride before the heat:
‘All goes well, Baptista!’
‘Yes, signore, thank God, very well.’

»No recibíamos visitas. Llevé a la bella al Duomo y a la Annunciata, al café, a la ópera, al pueblo de Festa, a los jardines públicos, al teatro diurno, a las marionetas. La hermosa estaba encantada con todo lo que veía. Y aprendió italiano milagrosamente. ¿Se había olvidado totalmente el ama de ese sueño?, le preguntaba a veces a Carolina. Casi, contestaba la bella... casi. Estaba olvidándolo.


We kept no company.  I took la bella to the Duomo and Annunciata, to the Café, to the Opera, to the village Festa, to the Public Garden, to the Day Theatre, to the Marionetti.  The pretty little one was charmed with all she saw.  She learnt Italian—heavens! miraculously!  Was mistress quite forgetful of that dream? I asked Carolina sometimes.  Nearly, said la bella—almost.  It was wearing out.


»Un día, el amo recibió una carta y me llamó.
»-¡Baptista!
»-¡Signore!
»-Se me ha presentado un caballero que cenará hoy aquí. Dice llamarse signore Dellombra. Dispón que cene como un príncipe.


One day master received a letter, and called me.
‘Baptista!’
‘Signore!’
‘A gentleman who is presented to me will dine here to-day.  He is called the Signor Dellombra.  Let me dine like a prince.’


Era un nombre extraño que yo desconocía Pero últimamente había muchos nobles y caballeros perseguidos por los austriacos por sospechas políticas y algunos habían cambiado de nombre. Quizá éste fuera uno de ellos. Dellombra era para mí un nombre tan bueno como cualquier otro.


It was an odd name.  I did not know that name.  But, there had been many noblemen and gentlemen pursued by Austria on political suspicions, lately, and some names had changed.  Perhaps this was one.  Altro!  Dellombra was as good a name to me as another.


Cuando llegó a cenar el signore Dellombra (contó el correo genovés en voz baja, tal como había hecho en otra ocasión), lo llevé hasta la sala de recibir, el gran salón del viejo palazzo. El amo le recibió con cordialidad y le presentó a su esposa. Al levantarse ésta le cambió el rostro, lanzó un grito y cayó desmayada sobre el suelo de mármol.


When the Signor Dellombra came to dinner (said the Genoese courier in the low voice, into which he had subsided once before), I showed him into the reception-room, the great sala of the old palazzo.  Master received him with cordiality, and presented him to mistress.  As she rose, her face changed, she gave a cry, and fell upon the marble floor.

Entonces volví la cabeza hacia el signore Dellombra y vi que iba vestido de negro, que tenía un aire reservado y secreto, que era un hombre oscuro de muy buen aspecto, de cabellos negros y mostacho gris.


Then, I turned my head to the Signor Dellombra, and saw that he was dressed in black, and had a reserved and secret air, and was a dark, remarkable-looking man, with black hair and a grey moustache.
 

El amo levantó a su esposa en brazos y la llevó al dormitorio, donde yo envié inmediatamente a la bella Carolina. Ésta me contó después que el ama estaba aterrada mortalmente, y que se pasó toda la noche pensando en el sueño.


Master raised mistress in his arms, and carried her to her own room, where I sent la bella Carolina straight.  La bella told me afterwards that mistress was nearly terrified to death, and that she wandered in her mind about her dream, all night.


El amo se encontraba molesto y ansioso... más colérico, pero muy solícito. El signore Dellombra era un caballero cortés y habló con gran respeto y simpatía del hecho de que el ama se encontrara tan enferma. El viento africano llevaba soplando algunos días (así se lo habían dicho en su hotel de la Cruz de Malta), y él sabía que a menudo era dañino. Deseaba que la hermosa dama se recuperara pronto. Pidió permiso para retirarse y renovar su visita cuando pudiera tener la felicidad de saber que su esposa estaba mejor. El amo no se lo permitió y cenaron a solas.

Master was vexed and anxious—almost angry, and yet full of solicitude.  The Signor Dellombra was a courtly gentleman, and spoke with great respect and sympathy of mistress’s being so ill.  The African wind had been blowing for some days (they had told him at his hotel of the Maltese Cross), and he knew that it was often hurtful.  He hoped the beautiful lady would recover soon.  He begged permission to retire, and to renew his visit when he should have the happiness of hearing that she was better.  Master would not allow of this, and they dined alone.

Se retiró pronto. Al día siguiente llegó a caballo hasta la puerta para preguntar por el ama. En aquella semana, lo hizo en dos o tres ocasiones.


He withdrew early.  Next day he called at the gate, on horseback, to inquire for mistress.  He did so two or three times in that week.
 

Lo que yo observé por mí mismo, unido a lo que la bella Carolina me contó, me bastó para comprender que el amo había decidido curar a su esposa de su caprichoso terror. Era todo amabilidad, pero se mantuvo sensato y firme. Razonó con ella que estimular esas fantasías era provocar la melancolía, cuando no la locura. Que tenía que ser ella misma. Que si lograba enfrentarse a su extraña debilidad y recibir felizmente al signore Dellombra tal como una dama inglesa recibiría a cualquier otro invitado, habría vencido su fantasía para siempre. Para abreviar, el Signore regresó, y el ama lo recibió sin que se le notara ninguna preocupación (aunque todavía con ciertas limitaciones y aprensiones), por lo que la noche pasó serenamente. El amo estaba tan complacido con este cambio, y tan deseoso de confirmarlo, que el signore Dellombra se convirtió en un invitado constante. Era muy entendido en cuadros, libros y música, y su compañía habría sido bien recibida en cualquier palazzo triste.


What I observed myself, and what la bella Carolina told me, united to explain to me that master had now set his mind on curing mistress of her fanciful terror.  He was all kindness, but he was sensible and firm.  He reasoned with her, that to encourage such fancies was to invite melancholy, if not madness.  That it rested with herself to be herself.  That if she once resisted her strange weakness, so successfully as to receive the Signor Dellombra as an English lady would receive any other guest, it was for ever conquered.  To make an end, the signore came again, and mistress received him without marked distress (though with constraint and apprehension still), and the evening passed serenely.  Master was so delighted with this change, and so anxious to confirm it, that the Signor Dellombra became a constant guest.  He was accomplished in pictures, books, and music; and his society, in any grim palazzo, would have been welcome.


Muchas veces observé que el ama no se había recuperado del todo. Delante del signore Dellombra bajaba la mirada e inclinaba la cabeza, o lo contemplaba con una mirada aterrada y fascinada, como si su presencia tuviera sobre ella una influencia o un poder malignos. Pasando de ella a él, solía verlo en los jardines sombreados, o en la gran sala iluminada a medias, podríamos decir que «mirándola fijamente desde la oscuridad». Pero lo cierto es que yo no había olvidado las palabras de la bella Carolina al describir el rostro del sueño.


I used to notice, many times, that mistress was not quite recovered.  She would cast down her eyes and droop her head, before the Signor Dellombra, or would look at him with a terrified and fascinated glance, as if his presence had some evil influence or power upon her.  Turning from her to him, I used to see him in the shaded gardens, or the large half-lighted sala, looking, as I might say, ‘fixedly upon her out of darkness.’  But, truly, I had not forgotten la bella Carolina’s words describing the face in the dream.


Tras su segunda visita, oí decir al amo:
-¡Ya ves, mi querida Clara, ahora todo ha terminado! Dellombra ha venido y se ha ido, y tu aprensión se ha roto como si fuera de cristal.


After his second visit I heard master say:
‘Now, see, my dear Clara, it’s over!  Dellombra has come and gone, and your apprehension is broken like glass.’


»-¿Volverá... volverá de nuevo? -preguntó el ama.
»-¿De nuevo? ¡Claro, una y otra vez! ¿Tienes frío? -le preguntó al ver que ella se estremeció.
»-No, querido; pero ese hombre me aterra: ¿estás seguro de que tiene que volver otra vez?
»-¡El hecho mismo de que me lo preguntes hace que todavía esté más seguro, Clara! -contestó el amo alegremente.


‘Will he—will he ever come again?’ asked mistress.
‘Again?  Why, surely, over and over again!  Are you cold?’ (she shivered).
‘No, dear—but—he terrifies me: are you sure that he need come again?’
‘The surer for the question, Clara!’ replied master, cheerfully.


Pero ahora el amo estaba muy esperanzado en la recuperación completa de su esposa, y cada día que pasaba lo estaba más. Ella era hermosa y él se sentía feliz.


But, he was very hopeful of her complete recovery now, and grew more and more so every day.  She was beautiful.  He was happy.

 
-¿Va todo bien, Baptista? -me preguntaba de vez en cuando.
-Así es, signore, gracias a Dios; todo va muy bien.


‘All goes well, Baptista?’ he would say to me again.
‘Yes, signore, thank God; very well.’


Para el carnaval nos fuimos todos a Roma (dijo el correo genovés forzándose a hablar un poco más alto). Yo había pasado fuera el día entero con un siciliano amigo mío, también correo, que se encontraba allí con una familia inglesa. Al regresar por la noche al hotel encontré a la pequeña Carolina, que nunca salía de casa sola, corriendo aturdida por el Corso.


We were all (said the Genoese courier, constraining himself to speak a little louder), we were all at Rome for the Carnival.  I had been out, all day, with a Sicilian, a friend of mine, and a courier, who was there with an English family.  As I returned at night to our hotel, I met the little Carolina, who never stirred from home alone, running distractedly along the Corso.

-¡Carolina! ¿Qué sucede?
-¡Ay, Baptista! ¡Ay, en el nombre del Señor! ¿Dónde está mi ama?
-¿El ama, Carolina?


‘Carolina!  What’s the matter?’
‘O Baptista!  O, for the Lord’s sake! where is my mistress?’
‘Mistress, Carolina?’
 

-Se fue por la mañana... cuando el amo salió a su paseo diurno, me dijo que no la llamara, pues estaba fatigada por no haber descansado durante la noche (había tenido dolores) y se quedaría en la cama hasta la tarde, para levantarse así recuperada. ¡Pero se ha ido!... ¡Se ha ido! El amo ha regresado, ha echado la puerta abajo y ella ha desaparecido. ¡Mi bella, mi buena, mi inocente ama!


‘Gone since morning—told me, when master went out on his day’s journey, not to call her, for she was tired with not resting in the night (having been in pain), and would lie in bed until the evening; then get up refreshed.  She is gone!—she is gone!  Master has come back, broken down the door, and she is gone!  My beautiful, my good, my innocent mistress!’


Así lloraba, desvariaba y se debatía para que yo no pudiera sujetarla la hermosa Carolina, hasta que acabó desmayándose en mis brazos como si le hubieran disparado. Llegó el amo; en su actitud, su rostro y su voz no era ya el amo que conocía yo: se parecía a sí mismo tanto como yo a él. Me cogió, y después de dejar a Carolina en su cama del hotel al cuidado de una camarera, me condujo en un carruaje furiosamente a través de la oscuridad, cruzando la desolada Campagna. Cuando se hizo de día y nos detuvimos en una miserable casa de postas, hacía doce horas que todos los caballos habían sido alquilados y enviados en distintas direcciones. ¡Y fíjense bien en esto! Habían sido alquilados por el signore Dellombra, que había pasado por allí en un carruaje con una asustada dama inglesa acurrucada en una esquina.


The pretty little one so cried, and raved, and tore herself that I could not have held her, but for her swooning on my arm as if she had been shot.  Master came up—in manner, face, or voice, no more the master that I knew, than I was he.  He took me (I laid the little one upon her bed in the hotel, and left her with the chamber-women), in a carriage, furiously through the darkness, across the desolate Campagna.  When it was day, and we stopped at a miserable post-house, all the horses had been hired twelve hours ago, and sent away in different directions.  Mark me! by the Signor Dellombra, who had passed there in a carriage, with a frightened English lady crouching in one corner.


Tras emitir un prolongado suspiro, el correo genovés dijo que nunca había oído que nadie la hubiera vuelto a ver más allá de ese punto. Lo único que sabía es que se desvaneció en un infame olvido llevando a su lado el temible rostro que había visto en su sueño.


I never heard (said the Genoese courier, drawing a long breath) that she was ever traced beyond that spot.  All I know is, that she vanished into infamous oblivion, with the dreaded face beside her that she had seen in her dream.

-¿Y cómo llaman a eso? -preguntó con tono triunfal el correo alemán-. ¡Fantasmas! ¡Ahí no hay fantasmas! ¿Cómo llaman a esto que voy a contarles? ¡Fantasmas! ¡Aquí no hay fantasmas!


‘What do you call that?’ said the German courier, triumphantly.  ‘Ghosts!  There are no ghosts there!  What do you call this, that I am going to tell you?  Ghosts!  There are no ghosts here!’

En una ocasión (siguió diciendo el correo alemán) me contraté con un caballero inglés, anciano y soltero, para recorrer mi país, mi Patria. Era un hombre de negocios que comerciaba con mi país y conocía la lengua, pero que no había estado nunca allí desde su adolescencia... y por lo que yo consideré que debían haber transcurrido unos sesenta años.


I took an engagement once (pursued the German courier) with an English gentleman, elderly and a bachelor, to travel through my country, my Fatherland.  He was a merchant who traded with my country and knew the language, but who had never been there since he was a boy—as I judge, some sixty years before.


Se llamaba James y tenía un hermano gemelo llamado John, que era también soltero. Un gran afecto unía a esos hermanos. Tenían un negocio común en Goodman's Fields, pero no vivían juntos. El señor James habitaba en Poland Street, esquina a Oxford Street, en Londres; y el señor John residía cerca de Epping Forest.


His name was James, and he had a twin-brother John, also a bachelor.  Between these brothers there was a great affection.  They were in business together, at Goodman’s Fields, but they did not live together.  Mr. James dwelt in Poland Street, turning out of Oxford Street, London; Mr. John resided by Epping Forest.


El señor James y yo íbamos a partir para Alemania en una semana. El día exacto dependería de un negocio. El señor John llegó a Poland Street (cuando yo habitaba ya en la casa) para pasar esa semana con el señor James. Pero al segundo día le dijo a su hermano:


Mr. James and I were to start for Germany in about a week.  The exact day depended on business.  Mr. John came to Poland Street (where I was staying in the house), to pass that week with Mr. James.  But, he said to his brother on the second day,


James, no me siento muy bien. No es nada grave, pero creo que estoy un poco gotoso. Me iré a casa para que me cuide mi ama de llaves, que me entiende bien. Si mejoro, regresaré para verte antes de que te vayas. Si no me pongo bien como para proseguir la visita donde la dejé, tú puedes venir a verme antes de partir.


‘I don’t feel very well, James.  There’s not much the matter with me; but I think I am a little gouty.  I’ll go home and put myself under the care of my old housekeeper, who understands my ways.  If I get quite better, I’ll come back and see you before you go. 


»El señor James dijo que por supuesto así lo haría, y se estrecharon las manos, las dos manos, tal como hacían siempre, tras lo cual el señor John pidió que le trajeran su carruaje, ya anticuado, y se fue a casa.


Mr. James, of course, said he would, and they shook hands—both hands, as they always did—and Mr. John ordered out his old-fashioned chariot and rumbled home.

Dos noches después de eso, es decir, el día cuarto de la semana, me despertó de un profundo sueño el señor James, entrando en mi dormitorio con un camisón de franela y una vela encendida. Se sentó junto a mi cama y me dijo, mirándome:


It was on the second night after that—that is to say, the fourth in the week—when I was awoke out of my sound sleep by Mr. James coming into my bedroom in his flannel-gown, with a lighted candle.  He sat upon the side of my bed, and looking at me, said:

 
-Wilhelm, tengo razones para pensar que he cogido una extraña enfermedad.


‘Wilhelm, I have reason to think I have got some strange illness upon me.’


Me di cuenta entonces de que había en su rostro una expresión inusual.


I then perceived that there was a very unusual expression in his face.


-Wilhelm -añadió-. Ni me asusta ni me avergüenza decirte lo que podría tener miedo o vergüenza de decirle a otro hombre. Vienes de un país sensible en el que se investigan las cosas misteriosas y no se rechazan hasta haber sido sopesadas y medidas, o hasta que se descubre que no pueden sopesarse ni medirse, o en cualquier caso hasta que se ha llegado a una solución aunque para ello se necesiten muchos años. Acabo de ver ahora al fantasma de m hermano.


‘Wilhelm,’ said he, ‘I am not afraid or ashamed to tell you what I might be afraid or ashamed to tell another man.  You come from a sensible country, where mysterious things are inquired into and are not settled to have been weighed and measured—or to have been unweighable and unmeasurable—or in either case to have been completely disposed of, for all time—ever so many years ago.  I have just now seen the phantom of my brother.’

He de confesar (dijo el correo alemán) que al oír aquello sentí que la sangre me hormigueaba en el cuerpo.


I confess (said the German courier) that it gave me a little tingling of the blood to hear it.


Acabo de ver ahora mismo al fantasma de mi hermano John -repitió el señor James mirándome fijamente, por lo que pude darme cuenta de que sabía lo que estaba diciendo-. Me encontraba sentado en la cama, sin poder dormir, cuando entró en mi habitación vestido de blanco, me miró fijamente, pasó a un extremo de la habitación, contempló unos papeles que había en mi escritorio, se dio la vuelta y sin dejar de mirarme mientras pasó junto la cama, salió por la puerta. No estoy loco en absoluto, y en modo alguno estoy dispuesto a conferir a ese fantasma una existencia externa fuera de mí mismo Creo que es una advertencia de que estoy enfermo, y que sería conveniente que me sangraran.


‘I have just now seen,’ Mr. James repeated, looking full at me, that I might see how collected he was, ‘the phantom of my brother John.  I was sitting up in bed, unable to sleep, when it came into my room, in a white dress, and regarding me earnestly, passed up to the end of the room, glanced at some papers on my writing-desk, turned, and, still looking earnestly at me as it passed the bed, went out at the door.  Now, I am not in the least mad, and am not in the least disposed to invest that phantom with any external existence out of myself.  I think it is a warning to me that I am ill; and I think I had better be bled.’


Salí inmediatamente de la cama (contó el correo alemán) y empecé a vestirme rogándole que no se alarmara, y diciéndole que yo mismo iría en busca del doctor. Estaba ya dispuesto a hacerlo cuando oí que en la puerta de la calle llamaban tocando el timbre y golpeando con fuerza. Mi habitación estaba en un ático de la parte trasera, y la del señor James se encontraba en el segundo piso, por el lado de la fachada, por lo que acudimos a su habitación y levantamos la ventana para ver qué sucedía.


I got out of bed directly (said the German courier) and began to get on my clothes, begging him not to be alarmed, and telling him that I would go myself to the doctor.  I was just ready, when we heard a loud knocking and ringing at the street door.  My room being an attic at the back, and Mr. James’s being the second-floor room in the front, we went down to his room, and put up the window, to see what was the matter.


-¿Está el señor James? -dijo el hombre que se encontraba abajo, retrocediendo en la acera para poder vernos.


‘Is that Mr. James?’ said a man below, falling back to the opposite side of the way to look up.



-Así es -contestó el señor James-. ¿Y no eres tú Robert, el sirviente de mi hermano?
»-Así es, señor. Lamento decirle, señor, que el señor John está enfermo. Está muy mal, señor. Incluso se teme que pueda estar al borde de la muerte. Quiere verlo, señor. Tengo aquí un calesín. Le ruego que venga a verlo sin pérdida de tiempo.


‘It is,’ said Mr. James, ‘and you are my brother’s man, Robert.’
‘Yes, Sir.  I am sorry to say, Sir, that Mr. John is ill.  He is very bad, Sir.  It is even feared that he may be lying at the point of death.  He wants to see you, Sir.  I have a chaise here.  Pray come to him.  Pray lose no time.’


El señor James y yo nos miramos el uno al otro.
-Wilhelm, esto es muy extraño -me dijo-. ¡Me gustaría que vinieras conmigo!


Mr. James and I looked at one another.  ‘Wilhelm,’ said he, ‘this is strange.  I wish you to come with me!’ 


Lo ayudé a vestirse, en parte en la habitación y en parte ya en el calesín; y corrimos tanto que las herraduras de hierro de los caballos marcaron la hierba entre Poland Street y el Forest.


I helped him to dress, partly there and partly in the chaise; and no grass grew under the horses’ iron shoes between Poland Street and the Forest.

 
¡Y ahora, presten atención! (Añadió el correo alemán). Fui con el señor James hasta la habitación de su hermano, y allí vi y oí lo que voy a contarles.


Now, mind! (said the German courier) I went with Mr. James into his brother’s room, and I saw and heard myself what follows.


Su hermano estaba acostado en la cama, en el extremo superior de un dormitorio alargado. Allí se encontraban su anciana ama de llaves y otras personas. Creo que había tres más, si no cuatro, y llevaban con él desde primera hora de la tarde. Estaba vestido de blanco, como el fantasma, pero evidentemente aquello era necesario porque tenía puesto el camisón. Se parecía al fantasma, necesariamente, porque miró ansiosamente a su hermano cuando vio que entraba en la habitación.

His brother lay upon his bed, at the upper end of a long bed-chamber.  His old housekeeper was there, and others were there: I think three others were there, if not four, and they had been with him since early in the afternoon.  He was in white, like the figure—necessarily so, because he had his night-dress on.  He looked like the figure—necessarily so, because he looked earnestly at his brother when he saw him come into the room.


Pero cuando el hermano llegó al lado de la cama, se incorporó lentamente, y mirándolo con atención dijo estas palabras:


But, when his brother reached the bed-side, he slowly raised himself in bed, and looking full upon him, said these words:


-¡James, ya me has visto esta noche... y ya lo sabes!
Y después murió.



James, you have seen me before, to-nightand you know it!’
And so died!



Cuando el correo alemán dejó de hablar, presté atención para conocer algo más de esta extraña historia. Pero nadie interrumpió el silencio. Miré a mi alrededor y los cinco correos habían desaparecido tan silenciosamente que era como si la montaña fantasmal los hubiera absorbido en sus nieves eternas. Para entonces no me encontraba en absoluto con un estado de ánimo suficiente para permanecer sentado a solas en aquel horrible escenario...


I waited, when the German courier ceased, to hear something said of this strange story.  The silence was unbroken.  I looked round, and the five couriers were gone: so noiselessly that the ghostly mountain might have absorbed them into its eternal snows.  By this time, I was by no means in a mood to sit alone in that awful scene,...



... mientras caía sobre mí solemnemente el aire helado; o si quieren que les diga la verdad, no tenía ánimos para estar sentado a solas en ninguna parte. Por eso volví a entrar en el salón del convento y encontré al caballero americano, que estaba todavía dispuesto a contarme la biografía del honorable Ananias Dodger, y yo a escucharla.


... with the chill air coming solemnly upon me—or, if I may tell the truth, to sit alone anywhere.  So I went back into the convent-parlour, and, finding the American gentleman still disposed to relate the biography of the Honourable Ananias Dodger, heard it all out.


*     *     *


¿Qué les pareció? 

Creo que Dickens es un maestro de la narración, entonces es una lectura que se disfruta más allá del tema. Y el tema daría para hablar largo rato.

Comienza con una maravillosa descripción del paisaje, una puesta de sol en las montañas nevadas de Suiza. Y enseguida nos sumerge en el tema de cómo se llaman ciertos episodios que no podemos explicar de una manera objetiva.

Nosotros los lectores, creo que ocupamos el lugar del narrador, observamos sin que casi se perciba nuestra presencia... hasta el momento que nos separamos y tomamos conciencia que hay dos historias dentro de la historia mayor que estamos leyendo.
Dos historias de fantasmas, aunque uno de ellos diga: «¡Fantasmas! ¡Aquí no hay fantasmas!»

Dickens juega con nosotros cuando le hace decir al narrador: «Miré a mi alrededor y los cinco correos habían desaparecido tan silenciosamente que era como si la montaña fantasmal los hubiera absorbido en sus nieves eternas».

Encontrarán en una lectura minuciosa las referencias bibliográficas y los conocedores del autor recordarán su fascinación por el mesmerismo y magnetismo. En este cuento Dickens explora estas posibilidades.

Espero que hayan disfrutado de esta lectura, que les haya generado sospechas e indecisiones... Son como fantasmas pero no son fantasmas, entonces... ¿cómo se llama a eso?


C. G.






Mis notas, lecturas, links y sitios de interés


- Vocabulario:
  • calesín: carruaje; procede de la palabra «calesa», es su diminutivo.


- Historias de fantasmas, 13 cuentos de Charles Dickens: El manuscrito de un loco, La historia del viajante de comercio, La historia de los duendes que secuestraron a un enterrador, La historia del tío del viajante, El barón de Grogzwig, na confesión encontrada en una prisión de la época de Carlos II, Para leer al atardecer, Juicio por asesinato, Fantasmas de Navidad, La novia del ahorcado, La visita del señor Testador y La casa hechizada. Los mortales de la casa.
http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/D/Dickens,%20Charles%20-%20Historias%20de%20fantasmas.pdf



 - Pinturas y dibujos elegidos:

  •   Nora MacPhail, Charles Dickens Portrai: http://noramacphail.blogspot.com.ar/2014/02/portrait-practise.html
  •   Haunting Impressions, «The story behind the cards»: http://www.hauntingimpressions.co.uk/