viernes, 17 de abril de 2020

Ósip Mandelshtam

Ósip Mandelshtam

[Varsovia, Imperio ruso, 1891-1938, Unión Soviética]


Uno de los mayores poetas rusos de siglo XX.

Ósip Mandelshtam

El oído afinado dirige la vela sensitiva...


El oído afinado dirige la vela sensitiva,
La mirada dilatada se despobla
Y un coro enmudecido de pájaros nocturnos
Atraviesa el silencio.


Yo soy tan pobre como la naturaleza
Y tan simple como el firmamento,
Y mi libertad es tan quimérica
Como el canto de los pájaros nocturnos.

Yo veo el mes inanimado
Y al cielo más muerto que al lienzo;
Y acepto del vacío
¡Su mundo enfermo y extraño!

1910. 
Versión de Jorge Bustamante García

          Ósip Mandelshtam nació el 15 de enero de 1891 en Varsovia [Imperio ruso], pero de niño se trasladó con sus padres a San Petersburgo.
          Permaneció en la Unión Soviética tras la Revolución [1917] y escribió poesía hasta 1925. El el periódo posrevolucionario, su actitud crítica y sus escritos le significaron arrestos y deportaciones, lo que hizo que la mayor parte de su obra no se publicara bajo el régimen. En mayo de 1934 fue denunciado y arrestado por escribir el famoso poema contra Stanlin.*
          Su nombre se ubica al lado del de grandes poetas, dramaturgos y novelistas rusos como Anna Ajmátova, Marina Tsvetáyeva, Aleksandr Blok, Boris Pasternak [Premio Nobel 1958; Doctor Zhivago] y Vladimir Mayakowski.
          Su poesía se agrupa en los libros: La piedra [1913], Tristia [1922], Cuadernos de Moscú [1930-35] y Cuadernos de Vorónezh [1935-37].
          Entre sus trabajos de prosa encontramos: El sello egipcio [cuento], El rumor del tiempo, La cuarta prosa, Viaje a Armenia, De la poesía y Coloquio sobre Dante.
          Mandelshtam calificó su poesía como «cívica» —es la denuncia atrocidades del poder—, una poesía comprometida. Pero también desobediente a la estética imperante. Es uno de los principales representantes del movimiento acmeísta [corriente en oposición al simbolismo].
          Su obra fue milagrosamente conservada por su mujer, Nadiezhda. Autora de dos libros traducidos al español: Contra toda esperanza y Libro segundo, donde relata las tristes y trágicas experiencias que vivió el matrimonio durante los años de terror.
          Hay un libro, Mandelstam, de Anna Ajmátova, donde la gran escritora reúne sus recuerdos con este poeta, además de cartas y poemas de ambos. Dos gigantes de la poesía rusa unidos por su talento, amistad y por haber sufrido, ambos, la persecución del estalinismo. Una época en la que el hecho de ser arrestado implicaba la condena y deportación; y los «trabajos forzados» estaban asociados a la muerte y a la desaparición total.
          Mientras tanto y sufriendo el frío intenso y el hambre en los campos, Mandelshtam no podía admitir la idea de que los humanistas profesionales no se interesaran en los destinos individuales sino únicamente en la humanidad en general*.
          Su fecha de muerte es el 27 de diciembre de 1938, en Gulag. Nadie lo vio morir.


Editorial Nórdica. 104 págs.


          Otro poema para despedirme, espero que lo hayan disfrutado y que lo sigan leyendo.

Cecilia Olguin Gianelli

¿Qué puedo hacer con este cuerpo mío irrepetible...

¿Que puedo hacer con este cuerpo mío irrepetible,
que me ha sido dado?
¿A quién, dime, debo agradecer,
por la apacible alegría de respirar y vivir?

Yo soy el jardinero y soy la flor,
En la mazmorra del mundo no estoy solo.

En la eternidad del cristal ya se ha esparcido
Mi aliento y mi calor.

En él está impreso un signo,
Irreconocible hasta hace poco tiempo.

Ojalá la bruma se diluya en los instantes
Para que no borre el signo amado.

1909
Versión de Jorge Bustamante García


Notas

- Poemas de Ósip Mandelshtam: A media voz.

- «Epigrama contra Stanlin», poema de Ósip Mandelshtam: El poema políco más importante del siglo XX. Análisis [Letras Libres].

-La muerte de Mandelstam: Por Nadezhda Mandelstam, su esposa.

-Jorge Bustamante García: Ensayista, poeta y traductor.




miércoles, 15 de abril de 2020

«Nadar de noche», Juan Forn

«Nadar de noche», 

[1991]

un cuento de Juan Forn

[Buenos Aires, 1959]


Editorial Emecé Editores.
Ocho cuentos. 168 págs.

Era demasiado tarde para estar despierto, especialmente en una casa prestada y a oscuras. Afuera, en el jardín, los grillos convocaban empecinados y furiosos la lluvia, y él se preguntó cómo podían dormir en los cuartos de arriba su mujer y la beba con ese murmullo ensordecedor.
Tenía insomnio, estaba en pantalones cortos, sentado frente al ventanal abierto que daba a la terraza y al jardín. Las únicas luces prendidas eran los focos adentro de la pileta, pero la luz ondulada por el agua no conseguía matar del todo la sensación de estar en una casa ajena, el malestar indefinible con aquel simulacro de vacaciones.
Porque, en realidad, no estaba ahí descansando sino trabajando. Aunque el trabajo no implicase ningún esfuerzo en particular, aunque no tuviese que hacer nada, salvo vivir en esa casa con su mujer y su hija y disfrutar las posesiones de su amigo Félix, mientras éste y Ruth remontaban el Nilo y gastaban fortunas en rollos de fotos y guías egipcios sin dientes, a cuenta de una revista de viajes italiana.
Para calmarse, para atraer el sueño, pensó que no iba a pisar Buenos Aires en todo el mes. Viviría en pantalones cortos y sin afeitarse, cortaría el pasto, cuidaría la pileta, vería videos y escucharía música mientras su hija crecía delante de sus ojos y su mujer inventaba postres raros en la cocina. Y en todo ese tiempo quizá le dejaran algún mensaje mínimamente estimulante, o al menos catastrófico, en el contestador automático de su departamento.
Mientras tanto, a lo mejor Félix y Ruth decidían prolongar su viaje un mes más, o tenían un accidente, o se enamoraban los dos de un mismo efebo andrógino y analfabeto en Alejandría. Un mes podía ser mucho tiempo en algunos lugares; un mes podía ser casi una vida. Para su hijita, por ejemplo. Tenía que empezar a vivir al ritmo de ella, como le había dicho su mujer. Día por día, hora por hora, lentamente. Tenía que asumir la paternidad de una vez, como dirían Félix y Ruth, si es que no lo habían dicho.
Entonces oyó la puerta. No el timbre sino dos golpecitos suaves, corteses, casi conscientes de la hora que era. Cada casa tiene su lógica, y sus leyes son más elocuentes de noche, cuando las cosas ocurren sin paliativos sonoros. Él no miró el reloj, ni se sorprendió, ni pensó que los golpes eran imaginación suya. Simplemente se levantó, sin prender ninguna luz a su paso y cuando abrió la puerta se encontró con su padre parado delante de él. No lo veía desde que había muerto. Y, en ese momento, supo incongruentemente que ya se había hecho a la idea de no verlo nunca más.
Su padre tenía puesto un impermeable cerrado hasta arriba y el pelo tan abundante y bien peinado como siempre, pero totalmente blanco. Nunca habían sido muy expresivos entre ellos. Él dijo: “Papá, qué sorpresa”, pero no se movió hasta que su padre preguntó sonriendo:
—¿Se puede pasar?
—Sí, claro. Por supuesto.
El padre cruzó el living a oscuras y el ventanal abierto y fue a sentarse en una de las reposeras de la terraza. Desde allá miró hacia adentro, lo llamó con la mano y tocó la reposera vacía a su lado. Él salió obedientemente a la terraza. Dijo:
—Dame el impermeable, si querés. ¿Te traigo algo para tomar?
El padre negó con la cabeza a ambas ofertas. Después se estiró todo lo que pudo y respiró hondo sin perder la sonrisa.
—Va a llover en cualquier momento —dijo—. Qué maravilla. ¿De día es así, también?
—Mejor. Para Marisa y la beba, especialmente.
—Marisa y la beba. Debes de tener un montón de cosas para contarme, ¿no?
Él sintió que se le aflojaba apenas la mandíbula. En los sueños en que volvía a verlo, su padre siempre estaba al tanto de todo lo que les había pasado a ellos en su ausencia.
—Sí, claro —dijo—. Supongo que sí.
—Por supuesto, no pretendo que me pongas al día con las noticias. Obviemos la política, el trabajo, el mundo en general, si es posible. Las cosas domésticas, me interesan. Tus hermanas, vos, Marisa, la beba. Esas cosas.
A él le sorprendió que mencionara la palabra domésticas. Y mucho más aún que hubiese nombrado a todos menos a su madre, pero no supo qué decir.
—Voy a servirme un whisky. ¿Seguro que no querés?
—No, no, gracias. A propósito, qué buena idea, las luces adentro de la pileta.
—No es mía —dijo él antes de entrar—. La casa, quiero decir.
Cuando volvió a aparecer, con un vaso bastante lleno, se frenó detrás de la reposera de su padre y sintió de golpe que todavía no se habían tocado.
—Yo creí —dijo, desde ese lugar— que vos veías todo lo que pasaba acá, desde donde estabas.
La cabeza de su padre se movió levemente a uno y otro lado, varias veces.
—Lamentablemente no. Es bastante distinto de lo que uno se imagina.
Él miró la pileta y tuvo la sensación de que no controlaba lo que decía ni lo que iba a decir.
—Si supieras la cantidad de cosas que hice en estos años para vos, pensando que me estabas mirando. —Y se rió un poco, sin alegría pero sin amargura, para vaciarse los pulmones no más. —O sea que no sabés nada de estos cuatro años. Qué increíble.
El padre se reacomodó en la reposera y lo miró de costado.
—A lo mejor hay cambios, adonde nos mandan ahora. Si te sirve de consuelo.
Él lo miró sin entender.
—Hubo un traslado. Voy a estar en otra parte, a partir de ahora. No sólo yo; muchos más. Las cosas allá no son tan ordenadas como se supone. A veces pasan estos imprevistos. Digo, que esté ahora con vos.
—¿Y por qué conmigo? ¿Por qué no fuiste a ver a mamá?
El padre miró un rato la luz ondulante de la pileta. Su cara cambió muy levemente, hubo un ínfimo matiz de tristeza en su inexpresividad.
—Con tu madre hubiera sido más difícil. Una noche no es tanto tiempo, y yo necesito que me cuentes todo lo que puedas. Con tu madre hablaríamos de otros temas. Del pasado, especialmente; de ella y yo, de muchas cosas buenas que vivimos los dos juntos. Y eso hubiera sido injusto de mi parte.
Hizo una pausa.
—Hay ciertas cosas que son técnicamente imposibles en mi estado actual: sentir, por ejemplo. ¿Entendés? En cierta medida, lo que soy esta noche es algo que no tendría valor para tu madre. Con vos, en cambio, es más simple, para decirlo de alguna manera. Siempre te ubicaste en una posición panorámica en cuanto a las emociones. Con tu madre, con tus hermanas, con vos mismo. En fin.
Hizo otra pausa.
—También pensé que podrías arreglártelas mejor con los sentimientos que te provoque esta visita. A fin de cuentas, yo nunca fui tan importante para vos, ¿no es cierto?
Él sintió algo que hacía mucho tiempo que no sentía. Una especie de sumisión y de necesidad de oponerse a esa sumisión. Supo de pronto que en los últimos cuatro años no había sido esto que era ahora, nuevamente: hijo de su padre. Fue hasta el borde de la pileta, se sacó los mocasines y se sentó con las piernas dentro del agua.
—Si no hubieras sido tan importante para mí, entonces no habría hecho las cosas que hice para vos, por vos, en estos años. ¿No se te ocurrió pensar eso?
—No.
Él quedó perplejo. La respuesta le había parecido tan rápida y brutal que sonó sincera. Y justamente por eso inverosímil. Cobarde. Casi injusta.
—Y ahora que sabés, qué —atinó a decir.
—Nada —contestó el padre.
Después se levantó, llevó la reposera hasta el borde de la pileta y se sentó con las manos en los bolsillos.
—Supongo que no cambia nada. Lo que hiciste, ya lo hiciste. Y me parece que no tiene sentido que te enojes ahora, con vos o conmigo, por eso. ¿No?
No sólo era inútil, además empezaba a sentir que no le era lícito, frente a la condición de su padre, cuestionar nada, ni permitirse esa belicosidad insólita. La necesidad de oponerse se desvaneció y sólo quedó la sumisión, no ya dirigida a su padre sino a un estado de cosas, a una abstracción obtusa e inabarcable.
—Es cierto —dijo—. Perdón.
Se quedaron callados un rato, hasta que él dijo:
—De todas maneras, exageré un poco. No fueron tantas las cosas que hice pensando en vos.
El padre soltó una risita.
—Ya me parecía.
Un relámpago rajó en dos el fondo del cielo. Cuando sonó el trueno el padre se encogió y volvió a oírse su risita.
—Ya casi no me acordaba de estas cosas. Es notable cómo funciona la memoria, lo que conserva y lo que deja de lado.
—Los grillos —dijo él—. ¿Los oís? No me dejaban dormir. Por eso estaba despierto cuando llegaste.
Después de decir estas palabras dudó. ¿Los grillos? Pero lo pensó mejor y prefirió quedarse con la duda.
—Bueno —dijo el padre con voz muy suave—. A lo nuestro.
—¿Puedo preguntarte algo, antes?
La reposera crujió. Él hizo un esfuerzo para mantenerle la mirada a su padre.
—Como quieras. Pero ya sabés cómo es eso: una vez que te enterás, difícil que puedas borrártelo de la cabeza. No es una amenaza. Lo digo por vos, simplemente.
—Sí, ya sé —dijo él. Y preguntó, con voz insegura:— ¿Todos van al mismo lugar? ¿No importa lo que haya hecho cada uno?
—Eso es algo que podría haberte contestado desde los veinte años, más o menos. Siempre sospeché que importaba más en vida que después. En cuanto a la otra pregunta, no es exactamente un lugar, adonde van. Pero sí: todos van al mismo, en la medida en que todos somos relativamente iguales. El modo de vida de tu vecino y el tuyo, por ejemplo, se diferencian tanto como tu estatura y la de él. Son matices, y los matices no cuentan. Digamos que hay, básicamente, sólo dos estados: el tuyo y el mío. Es bastante más complejo, pero no lo entenderías ahora.
—Entonces vos y yo vamos a encontrarnos de nuevo, en algún momento —dijo él.
El padre no contestó.
—¿Importa algo estar juntos, allá?
El padre no contestó.
—¿Y cómo es? —dijo él.
El padre desvío los ojos y miró la pileta.




—Como nadar de noche —dijo. Y las ondulaciones de la luz se reflejaron en su cara. —Como nadar de noche, en una pileta inmensa, sin cansarse.
Él tomó de un trago el whisky que quedaba en el vaso y esperó a que llegase al estómago. Después tiró los hielos en la pileta y apoyó el vaso vacío en el borde.
—¿Algo más? —dijo el padre.
Él negó con la cabeza. Movió un poco las piernas en el agua y miró la base de la reposera, el impermeable, la cara blandamente atemporal de su padre. Pensó en lo reticentes que habían sido siempre en todo contacto corporal y le parecieron increíblemente ingenuos y artificiales aquellos abrazos en los sueños en que aparecía su padre. Esto era la realidad: todo seguía tal como había sido siempre, y recomenzaba casi en el mismo punto en que quedara interrumpido cuatro años antes. Aunque sólo fuese por una noche.
—Por dónde querés que empiece —dijo.
—Por donde quieras. No te preocupes por el tiempo: tenemos toda la noche. Hasta que termines no va a amanecer.
Él respiró hondo, largó el aire y supo que había entrado en la noche más larga y secreta de su vida. Empezó, por supuesto, hablando de su hija.

*     *     *

 Juan Forn leyendo un fragmento de 
su cuento


Este es uno de los mejores cuentos de Juan Forn. Se ha hablado mucho de él, y todas las reseñas coinciden en la Teoría del iceberg de Hemingway —relatos que insinúan más de lo que dicen, que omiten detalles o información, sin que por esto pierdan sentido. Al contrario, se enriquecen en ambiguedades y zonas oscuras.
Pero mejor vayamos a nuestra sensación. A lo que nos queda después de leerlo y dejar que de vueltas un rato en nuestros pensamientos. Vayamos a lo que nos haga sentir. Porque esta es una historia que te queda grabada para siempre. 
Un cuento que Juan Forn «lo soñó entero», así lo dijo en una entrevista, «es un libro al que le guarda afecto y así lo refleja cuando habla de él»*.
Todo ocurre en un ambiente especial: una casa que no es la suya, una hora donde todos duermen menos él y el sonido imparable de los grillos convocando la lluvia. Un malestar por el «simulacro de vacaciones», la situación que le toca vivir.
Increiblemente, no se sorprende ante el llamado a la puerta. Va y abre como si esto fuera la cosa más normal. Su padre, muerto hace cuatro años, allí está. Irrumpe en lo cotidiano. Y acá comienza la historia: la conversación que mantendrán padre e hijo.
El sentimiento inicial de todo ser humano aparece, magistralmente contado. Algo tan simple como que todos somos hijos, nuestra primera condición; y con eso, todos los sentimientos, reproches o/y agradecimientos hacia nuestros progenitores, todo lo que de esta relación se desprende. 
¿Volver atrás?, ¿revisar nuestra historia?, ¿decir lo que no se dijo? Valdrá la pena o no.
Luego, ¿qué significa nadar?, ¿es entregarse?, ¿y hacerlo en la oscuridad?, ¿es entregarse a lo desconocido?, ¿es no necesitar referencia?, ¿es confiarse y avanzar? 
Tantas preguntas para responder. Todo lo simbólico que encontrarán al leerlo. El misterio de la muerte.
Los dos querían saber.
Cuando el hijo empieza a contar todo lo que el padre quiere saber, esa parte de la historia que se perdió y que se le tiene vedada por su condición de muerto, «empezó, por supuesto, hablando de su hija». Ahora los dos se igualan en su condición de padre, tan únicos y semejantes. 
Espero que hayan disfrutado de este cuento —el último de los ocho que componen el libro—. Que hayan hecho sus propias reflexiones. Una historia que quizá... no quizá, seguramente, repetida. Esta vez, contada y escrita de una manera distinta, bellamente, intensa, aún en lo que de doloroso le encuentren. Emociona.
Hasta la próxima lectura.

Cecilia Olguin Gianelli

Notas


- «En casa. Las razones de Primo Levi». Página 12: Última entrevista.
https://www.pagina12.com.ar/257093-en-casa

- Entrevista donde Juan Forn habla de «Nadar de noche»: Revista digital Capital, Federico Willoughby.
https://www.capital.cl/juan-forn/

lunes, 6 de abril de 2020

«Los funámbulos» y «Rhadamanthos», dos cuentos de Silvina Ocampo

«Los funámbulos» y «Rhadamanthos»

Viaje olvidado [1937] y Las invitadas [1961]

Dos cuentos, dos libros, una autora:

Silvina Ocampo

[1903-1993, Buenos Aires, Argentina]


No soy sociable, soy íntima.
Soy apenas yo misma. Soy Silvina.
Fui y soy la espectadora de mí misma.
Prisionera, perdida, siempre esclava de tu felicidad.
S.O.

Editorial Emecé.  184 págs.

Editorial Losada.  184 págs.

          Vamos a leer dos relatos de una de las cuentitas que más disfruto y admiro: Silvina Ocampo, la más inquietante las Ocampo, y la menor de seis hermanas.

«Pongo mi vida en lo que escribo», S. O.
Silvina Ocampo

          Narradora y poeta argentina, hermana de Victoria Ocampo [1890-1979], esposa de Adolfo Bioy Casares [1914-1999] y amiga de Jorge Luis Borges [1899-1986]. Tres figuras tan grandes de la literatura argentina la rodearon, sin embargo, no opacaron su calidad de escritora. Supo hacerse un espacio en ese inmenso mundo literario, y encontró su lugar con un estilo muy propio, «Silvina escribía como nadie», dijo su esposo.
          En muchos de sus temas y argumentos, con personajes excéntricos o borders, aparece la infancia y la fantasía, el amor y la locura, situados en unos universos ficticios e inquietantes, misteriosos, donde también podemos encontrar huellas de sus primeros amores: el dibujo y la pintura.
          En este sentido, se relacionó con grandes nombres de las artes plásticas, como Petorutti, Xul Solar, Horacio Butler, Norah Borges y otros integrantes del Grupo de París —artistas argentinos unidos por su amistad y concepción del arte moderno. Y justamente en París, tomó clases nada menos que con Georgio De Chirico y Fernand Léger.
          Su obra, junto con la de Borges, Cortázar, Arlt y Sábato, se encuentra en lo más alto de la literatura argentina y es una referencia clave en la literatura fantástica. Aunque, hay que decirlo, al principio fue ignorada por la crítica. Es notable la poca difusión y el escaso conocimiento que se tuvo de su obra, tanto en el ámbito editorial como en el académico. Claro que su carácter, tímido e introvertido, pudo haber ayudado a esta situación injusta.
          Entre sus libros de cuentos más conocidos figuran Autobiografía de Irene [1948], La furia [1959], Las invitadas [1961] —uno de los más elogiados—, Antología esencial [cuentos y poemas] y Cornelia frente al espejo [1988].
          Ahora sí, después de recordar algunos aspectos de su vida y obra, leamos estos dos cuentos muy cortos y potentes, valoremos la riqueza de su narrativa una vez más. Al finalizar, mi comentario.
          Empecemos por «Los funámbulos», de su primer libro publicado Viaje olvidado [1937]así titulado a partir de un cuento homónimo. Y admiremos la obra del pintor Paul Klee [1879-1940], El equilibrista [1923].


«Los funámbulos»


El equilibrista [Der Seiltänzer, 1923]. Lithografie.

Vivían en la oscuridad de corredores fríos donde se establecen corrientes de aire, producidas por las plantas de los patios. tenían almas de funámbulos jugando con los arcos en los patios consecutivos de la casa. No sentían esa pasión desesperada de todos los chicos por tirar piedras y por recoger huevos celestes de urraca en los árboles. Cipriano y Valerio —Cipriano y Valerio los llamaba sin oírlos la planchadora sorda, que rompía la mesa de planchar con sus golpes—. Cipriano y Valerio eran sus hijos, y cada vez se volvían más desconocidos para ella; tenían designios oscuros que habían nacido en un libro de cuentos de saltimbaquis, regalado por los dueños de casa.
Cipriano saltaba a través de los arcos con galope de caballo blanco, y Valerio de vez en cuando hacía equilibrio sobre una silla rota y escondía cuidadosamente su afición por las muñecas. No comprendía por qué los varones no tenían que jugar con las muñecas. No había sabido que era una cosa prohibida hasta el día en que se había abrazado de una muñeca rota en el borde de la vereda y la había recogido y cuidado en sus brazos con un movimiento de canción. En ese momento lo atravesaron cinco risas de chicas que pasaban —y su madre lo llamó, con el mismo gesto de tirar la basura le arrancó la muñeca. Cipriano había aumentado ampliamente su vergüenza con sus lágrimas.
La planchadora Clodomira rociaba la ropa blanca con su mano en flor de regadera y de vez en cuando se asomaba sobre el patio para ver jugar a los muchachos que ostentaban posturas extraordinarias en los marcos de las ventanas. Nunca sabían de qué estaban hablando y cuando interrogaba los labios una inmovilidad de cera se implantaba en las bocas movibles de sus hijos. Era una admirable planchadora; los plegados de las camisas se abrían como grandes flores blancas en las canastas de ropa recién planchada, y planchaba sin mirar la ropa, mirando las bocas de sus hijos. Detrás de las cabezas se elaboraba algún extraño proyecto que largamante trató de adivinar en el movimiento de los labios, hasta que acabó por acostumbrarse un poco a esa puerta cerrada que había entre ella y sus hijos. Por la mañana los dos chicos iban al colegio, pero las tardes estaban llenas de juegos en el patio, de lecturas en rincones del cuarto de plancha, de pruebas en imaginarios trapecios que la madre empezaba a admirar.
Cipriano había ido al circo un día con su madre. Durante el entreacto fueron a visitar los animales. Cuando volvieron, al cruzar delante de la pista, Cipriano sintió el vértigo de altura que había sentido en la azotea de la casa adnde raras veces lo habían dejado subir. Soltó la mano de su madre y corrió hacia adentro del picadero, dio vueltas de caballo furioso, dio vueltas de carnero de pruebista, se colgó de un alambre de trapecista, se dio golpes de clown. Y todo eso con una rapidez vertiginosa en medio de una lluvia de aplausos. Todo el público lo aplaudía. Cipriano, deslumbrado en las estrellas de sus golpes, era el caballo blanco de la bailarina, el pruebista de saltos mortales con diez pruebistas encima de su cabeza, el trapecista de puros brazos con alas que atraviesan el aire para luego caer en la red elástica sobre un colchón enorme, donde duermen los trapecistas. Su madre lo llamaba por entre el tumulto de aplausos: ¡Cipriano, Cipriano! y se creyó muda, con su hijo perdido para siempre. Hasta que un acomodador se lo trajo lleno de moretones y bañado en sudor. El público sonreía por todas partes y Clodomira sintió su terror furioso transformarse súbitamente en admiración que la hizo temer un poco a su hijo como a un ser desconocido y privilegiado.
Cuando llegaron de vuelta a la casa, Valerio, que estaba enfermo con la cabeza tapada dentro de las sábanas, asomó los ojos y vio todo el espectáculo glorioso del circo desarrollarse como una alfombra en los cuentos de Cipriano. Cipriano llevaba un nimbo alrededor de su cara del color de la arena de la pista, sus moretones adquirían formas extrañas de tatuajes sobre sus brazos.
Cipriano vivió desde ese día para volver al circo, Valerio para que Cipriano volviera al circo. Era a través de su hermano que Valerio gozaba todas las cosas, salvo su afición por las muñecas.
El fervor acrobático sin cesar crecía en el cuerpo de Cipriano; llegaron a inventar un traje de saltimbanqui hecho con medias de mujer y camisetas viejas del portero. 
Un día no sentían ya el frío de la tarde sobre los brazos desnudos. Parados en el borde de una ventana del tercer piso, dieron un salto glorioso y envueltos en un saludo cayeron aplastados contra las baldosas del patio. Clodomira, que estaba planchando en el cuarto de al lado, vio el gesto maravillosos y sintió, con una sonrisa, que de todas las ventanas se asomaban millones de gritos y de brazos aplaudiendo, pero siguió planchando. Se acordó de su primera angustia en el circo. Ahora estaba acostumbrada a esas cosas.

*     *     *

«Rhadamanthos»
Las invitadas [1961]


Editorial Losada. Tapa ilustrada por Norah Borges.
188 págs.

          La envidiaba por sus pecados con una envidia que la carcomía, una envidia que no la dejaba descansar, y ahora, ahí estaba, muerta. Nada en el mundo podría resucitarla. Ahí estaba, muerta como una piedra preciosa, que no sufre, con todos los honores, con todas las ceremonias. ¡Ni siquiera desfigurada! Y si lo hubiera estado, alguien se hubiera encargado de ver en ella un encanto nuevo, el encanto de sus imperfecciones. 
          Joven, nada le quitaría la juventud; tranquila, nada le quitaría la tranquilidad; impura, nada le quitaría su aparente pureza. Las iniciales, sobre el paño negro del coche fúnebre, brillaban, y sus retratos ya se repartían entre los amigos de la casa. No había modo de contener las lágrimas que vertían por ella un hijo de ocho años, un marido de treinta y esa corte ridícula de amigos que la admiraban, aún más que antes. En los armarios, aquellos vestidos que olían a perfume, serían sus delegados. Con ellos el recuerdo maquinaría costumbres, ritos en su memoria. Las santas tienen altares, pero ella, que se había suicidado, tendría en cada corazón alguien que suspiraba secretamente por su memoria.
          Injusticias de la suerte, pensaba Virginia, mientras subía las escaleras. Yo que he sufrido tanto, yo que soy pura, yo que tengo a veces cara de muerta, yo que no tengo miedo a nadie, yo no me he suicidado. Nadie llora por mí. 
          Entró en el cuarto donde la velaban. Flores, las flores que le agradaban tanto. la cubrían. En la luz trémula de los cirios brillaban la frente, los pómulos, las mejillas, el cuello y los labios, como si estuviese viva. Ninguno de sus defectos se veía, ni los dedos de los pies, que eran tan insólitos, ni las piernas demasiado fuertes. Se había arreglado, peinado, pintado, para tortutarla. 
          Para no verle la cara se arrodilló; para no pensar en ella rezó. Un zumbido de voces le llenó los oídos. La gente hablaba, ¿de qué? Solo de ella. Era pura, decían, como la luz. Se puso de pie. Por suerte nadie advierte en las miradas los íntimos sentimientos de un ser.
          Virginia se dirigió al dormitorio de la muerta. Buscó el peine, para peinarse, buscó el lápiz de los labios, para pintarse, buscó el perfume, para perfumarse, y se miró en el espejo. Salió de la casa apresuradamente; entró en una tienda donde compró papel de cartas (el papel que tenía en su casa era un papel ordinario). Caminó por la calle mirando la punta de sus zapatos de bruja; subió por un ascensor interminable, abrió una puerta y entro en su cuarto. 


Woman Writing, Pierre Bonnard [1867-1947]

Se puso a escribir maravillosas cartas de amor dirigidas a la muerta, revelando en ellas, con toda suerte de subterfugios, la vida monstruosa, impura que le atribuía. 
          Al pie de las cartas firmaba con el nombre del supuesto amante. En una noche, mientras velaban a la muerta, escribió veinte cartas, cuyas fechas abarcaban todo una vida de amor.
          A la mañana siguiente, al alba, hizo un paquete con las cartas, las ató con la cinta rosada de uno de sus camisones, las llevó a la casa mortuoria y las deposió en el armario de la muerta.

*

¿Les gustó?
Dos relatos magníficos. Contados ambos en tercera persona. Aunque en el segundo, en muchos pasajes el narrador toma la voz de Virginia.
Siempre los nombres curiosos: la planchadora Clodomira, los hermanos Valerio y Cipriano, en el cuento «Los funámbulos». Más de un lector ha debido ir al diccionario, estoy segura, para los dos títulos, para estar seguros de no equivocarnos en sus significados y posteriores relaciones
Los temas son muy distintos en una y otra historia. El fervor y la imaginación de dos niños que aman el circo en el primero, el amor y la admiración de una madre [a pesar de la incomprensión], y la envidia irrefrenable en la segunda, junto a la venganza por una ofensa que no existió. Pero, así es la envidia, ciega. Sí podríamos decir, no sé si estarán de acuerdo, que se asemejan en la intensidad.
El entusiasmo, la pasión más bien de Cipriano, crece sin cesar en su cuerpo. También crece el sentimiento de disgusto e injusticia en Beatriz. Unos, inventaron traje de saltimbanqui —hecho con lo que tenían a mano: medias de mujer y camisetas viejas—, la otra inventa amantes y cartas —escritas en papel elegante, no como el que ella usaba habitualmente.
Y llega el momento final. Los niños dan «el salto glorioso», la madre escucha los aplausos. Beatriz —celosa como Minos que no soportó la popularidad de su hermano— arroja a «su amiga» a un pasado manchado por maravillosos amores ilegítimos.
En el principio decía que es una de las cuentistas que más admiro. Ella se adelantó a los temas. Lo vemos en Valerio, quien hacía equiilibrio en una silla rota y escondía cuidadosamente su afición por las muñecas. El mandato de género, construcciones sociales que ella ya ponía sobre el tapete.
Espero que hayan disfrutado de estas dos lecturas, que la mística y la fuerza de Silvina Ocampo los haya llevado por lugares más allá de la ficción y carguen «esos lugares comunes» con una significación extra que enriquece la vida. 
Hasta la próxima lectura.

Cecilia Olguin Gianelli

Notas

- Cuentos Completos I, Silvina Ocampo:
file:///Users/Cecilia/Downloads/Silvina_Ocampo_cuentos_completos_EMECE_E%20(1).pdf

- Cuentos Completos II, Silvina Ocampo:
https://airenuestro.files.wordpress.com/2015/01/cuentos_2.pdf

- El tratamiento subversivo de los estereotipos de género y edad en la obra de Silvina Ocampo. Universidad Complutense de Madrid. Carolina Suárez Hernán:
https://revistas.ucm.es/index.php/ALHI/article/view/43672/41279

miércoles, 25 de marzo de 2020

Flannery O'Connor, dos cuentos: «El tren» y «La cosecha»

Flannery O´Connor,

la buena literatura sureña

 

          Flannery O´Connor, la inquietante escritora sureña, nacía un 25 de marzo de 1925 en la hermosa Savannah, Georgia, Estados Unidos.

Portrait illustrated by June Glasson*

 

          Flannery O'Connor [1925-1964]. Una de las mejores escritoras estadounidenses, autora de dos novelas y más de treinta y cinco relatos; ensayos —reunidos en Misterio y maneras y excelentes reseñas, como The Presence of Grace and Other Book Reviews*, una rica y abarcadora colección. 

Hija única de una familia orgullosa del Sur Profundo [Deep South]. Nacía un día como hoy, un 25 de marzo, y fallecía muy joven, a los 39 años, de una enfermedad autoinmune, congénita, llamada lupus.

Fue en la señorial Midelgville, a dos horas de Atlanta, donde vivió casi la mitad de su vida. La granja familiar se llamaba «Andalusia» [pronunciá «andaluchia»], invito a visitarla, a conocer sus interiores —con sus rincones donde escribía y leía ávidamente—, y los exteriores —con sus jardines y pavos reales:


Flannery O´Connor. Andalusia Foundation*


Y a pesar de tan corta vida —enferma más de la mitad—, produjo una obra rica en cantidad y calidad. Brindó charlas y conferencias hasta último momento, la recuerdan sus amigos «colgada» de sus muletas. Heredera de la tradición literaria de William Faulkner [1897-1962], el otro gran sureño, uno de los más innovadores del siglo XX.

El sur de Estados Unidos con su rica tradición literaria, Edgard Alla PoeMark TwainTennessee WilliamsTruman Capote con su A sangre fría —cásico sureño de 1966,... todos ellos expresan, de diversa forma, una sociedad rural, conservadora, con valores propios.

Conocer su obra, releerla será un placer para cualquier lector. Para el que le guste las novelas, podría empezar por Sangre sabia / Wise Blood [1952]. También está la película de culto, dirigida por John Huston [1979]. La historia gira alrededor del joven Hazel Motes y su ambición de crear su propia iglesia, con una particularidad, sería una una iglesia sin Cristo.

Seguir con su segunda novela es una opción, Los violentos lo arrebatan / The Violent Bear It Away [1960], una historia donde Tarwater es el protagonista. O ir directamente a su colección de cuentos: Un hombre bueno es difícil de encontrar Los profetas / A Good Man Is Hard To Find [1955] y Las dulzuras del hogar / Everything That Rises Must Converge [1965].

Flannery, demócrata y católica, como otros escritores anglosajones también católicos, estaba acostumbrada a ser minoría y escribir para un público en su mayoría protestante, de allí su agudeza, sus absurdos para tratar ciertos temas y la creación de sus personajes tan particulares. Observa con distancia la sociedad donde vive, y la cuestiona. Da luz a los misterios de ciertas cotidianidades y nos lo cuenta con sus personajes.

Conozcamos o recordemos algo del mundo literario de esta gran autora, de su cosmovisión: las atmósferas tan especiales que es capaz de crear, implacable... hasta violentas a veces, aunque el humor negro está presente; los escenarios del sur profundo de Estados Unidos —fanatismos, racismo, prejuicios—, los personajes algo freaks, aparentemente excéntricos para decir lo que tienen que decir, como Haze la señorita Willerton en los cuentos que siguen y van a leer.

No encontrarán aquí «un mensaje aleccionador» ni «el final». La realidad está y nos movemos dentro de ella. Prepáremos para los inesperados y creíbles desenlaces, para sentir pavor y conmocionarnos, para enfrentarnos a Flannery O'Connora writer of power.

 

 El tren




The Complete Stories / Cuentos completos, colección [1971]


          El armario estaba justo por donde se entraba. Cuando se subió al tren había visto al camarero de pie, delante del armario, poniéndose la chaqueta del uniforme. Haze se había parado justo en ese instante, justo donde estaba.

La forma en que movía la cabeza era igual, y la nuca era igual, y el brazo lo tenía igual de corto. Se apartó del armario y miró a Haze, y Haze le vio los ojos y eran iguales; eran idénticos... así, de entrada, idénticos a los del viejo Cash, pero después eran diferentes. Se volvieron diferentes mientras los miraba; se endurecieron por completo. 

-¿A... a qué hora bajan las camas? -farfulló Haze

-Falta mucho todavía -contestó el camarero, y volvió a buscar otra vez dentro del armario. 

Haze no supo qué más decirle. Se fue para su compartimiento. 

El tren era ahora una mancha gris que avanzaba rauda dejando atrás atisbos de árboles, campos veloces y un cielo inmóvil que se oscurecía mientras se alejaba. Haze reclinó la cabeza en el respaldo y miró por la ventanilla, la luz amarillenta del tren lo bañaba con su tibieza. El camarero había pasado dos veces: dos veces hacia atrás y dos veces hacia delante, y la segunda vez que había pasado hacia delante le había echado a Haze una mirada severa, y luego había seguido su camino sin decir nada; Haze se había dado la vuelta para verlo marchar tal como había hecho la vez anterior. Hasta su forma de andar era igual. Todos los negros de la quebrada se parecían. Eran unos negros de un tipo muy personal, pesados y calvos, pura roca. En sus tiempos, el viejo Cash había pesado doscientas libras, sin nada de grasa, y no subía más de cinco pies del suelo. Haze quería hablar con el camarero. ¿Qué le comentaría el camarero cuando él le dijese: "Soy de Eastrod"? ¿Qué le diría él? 

El tren había llegado a Evansville. Subió una señora y se sentó enfrente de Haze. Eso significaba que a ella le tocaría la litera que había debajo de la suya. La mujer comentó que le parecía que iba a nevar.

Dijo que su marido la había llevado en coche hasta la estación y le había dicho que sería toda una sorpresa si no nevaba antes de que él estuviera de vuelta en casa. Tenía que recorrer diez millas; vivían en las afueras. Ella iba a Florida, a visitar a su hermana. Nunca había tenido tiempo de hacer un viaje tan largo. La vida era así, las cosas iban pasando una detrás de la otra, y daba la impresión de que el tiempo volaba tanto que ya no sabías si eras joven o vieja. Puso una cara como si el tiempo la hubiese engañado al pasar el doble de deprisa cuando ella dormía y no podía vigilarlo. Haze se alegró de tener a alguien que le diera conversación. 

Se acordó de cuando era niño, cuando su madre y él y los demás niños iban a Chattanooga en el ferrocarril de Tenesí. Su madre siempre se ponía a conversar con los demás pasajeros. Era como un viejo perro de caza al que acababan de soltar y salía corriendo, olía cada piedra y cada palo y olfateaba alrededor de cada objeto con el que se encontraba. Y además se acordaba de todos ellos.

Años más tarde, de repente se preguntaba qué sería de aquella señora que iba a Fort West, o se preguntaba si el vendedor de biblias había conseguido sacar a su mujer del hospital. Sentía una especie de anhelo por la gente, como si lo que le pasaba a las personas con las que conversaba le pasara a ella. Era una JacksonAnnie Lou Jackson

"Mi madre era una Jackson", dijo Haze para sus adentros. Había dejado de prestar atención a la señora, aunque seguía mirándola a la cara y ella creía que la escuchaba. 

-Me llamo Hazel Wickers -dijo-. Tengo diecinueve años. Mi madre era una Jackson. Me crié en Eastrod, Eastrod, Tenesí.

Pensó otra vez en el camarero. Le preguntaría al camarero. De pronto se le ocurrió que el camarero  podía ser hijo de Cash. A Cash se le había fugado un hijo. Eso pasó antes de que Haze naciera. Aun así, seguro que el camarero conocía Eastrod. 

Haze miró por la ventanilla y vio las negras siluetas giróvagas adelatándolo a toda velocidad. Si cerraba los ojos, entre cualquiera de ellas, distinguía Eastrod de noche, y lograba encontrar las dos casas con el camino en medio, y la tienda, y las casas de los negros, y aquel granero, y el trozo de valla que se internaba en el prado, entre gris y blanco, con la luna en lo alto. Era capaz de ver la cara de la mula suspendida encima de la valla y ahí la dejaba, para que sintiera la noche. Él también la sentía. Sentía su suave caricia en el aire. Había visto a su mamá acercarse por el sendero y secarse las manos en el mandil que acababa de quitarse, la había visto aparecer sombría como si fuese la encarnación de la noche y luego de pie en la puerta: Haaazzzeee, Haaazzzeee, ven aquí. El tren lo decía por él. Quiso levantarse e ir a buscar al camarero

-¿Vas para tu casa? -le preguntó la señora Hosen. Se llamaba señora de Wallace Ben Hosen; de soltera se apellidaba Hitchcock

-¡Ummm! -exclamó Haze, sobresaltado-, me bajo en... me bajo en Taulkinham. 

La señora Hosen conocía a algunas personas en Evansville que tenían un primo en Taulkinham... un tal señor Henrys, no estaba segura. Siendo de Taulkinham, Haze debía de conocerlo. ¿Alguna vez había oído hablar de...? 

-Yo no soy de Taulkinham -refunfuñó Haze-. Yo no sé nada de Taulkinham. 

No miró a la señora Hosen. Sabía lo que le iba a preguntar; vio venir la pregunta y vino:
-¿Y se puede saber dónde vives? 

Quería huir de ella. 

-Eso estaba allí -murmuró, revolviéndose en el asiento, luego añadió-: Es que no me acuerdo, estuve una vez pero... esta es la tercera vez que voy a Taulkinham -se apresuró a explicar; la cara de la mujer había surgido ante él y lo miraba con fijeza-, no volví más desde aquella vez que fui y yo tenía seis años. No sé nada de ese lugar. Una vez vi ahí un circo pero no... 

Oyó un ruido metálico al final del vagón y se asomó para ver de dónde venía. El camarero iba bajando las paredes de los compartimentos del principio del vagón.


The train porter "makes down" the sleeping berths.


-Tengo que ver al camarero -dijo Haze, y escapó pasillo abajo. 

No sabía qué le iba a decir al camarero. Cuando lo tuvo delante seguía sin saber qué le iba a decir. 

-Supongo que se prepara para hacerlas ya -comentó Haze

-Así es -dijo el camarero

-¿Cuánto tarda en hacer una? -preguntó Haze

-Siete minutos -contestó el camarero

-Yo soy de Eastrod -dijo Haze-. Soy de Eastrod, Tenesí. 

-Pues eso no está en esta línea -le aclaró el camarero-. Te has equivocado de tren si cuentas con llegar a un sitio como ese. 

-Voy a Taulkinham -dijo Haze-. Me crié en Eastrod. 

-¿Quieres que te haga la litera ahora mismo? -le preguntó el camarero

-¿Eh? -respondió Haze-. Eastrod, Tenesí. ¿Nunca oyó hablar de Eastrod?

El camarero bajó un lateral del asiento. 

-Soy de Chicago -le dijo. 

Echó las cortinas de ambas ventanillas y bajó el otro asiento. Hasta la nuca era la misma. Cuando se agachó, se le vieron tres pliegues. Era de Chicago. 

-Estás justo en medio del pasillo. Vendrá alguien y va a querer pasar -le dijo, y le dio la espalda aHaze

-Me parece que mejor me voy a sentar un rato -dijo Haze sonrojándose. 

Al regresar a su compartimiento notó que la gente lo observaba con atención. La señora Hosen miraba por la ventanilla. Se volvió y lo examinó con suspicacia; luego dijo que todavía no se había puesto a nevar, ¿verdad?, y soltó una parrafada. Imaginaba que a esa hora su marido se estaría preparando la cena. Ella pagaba a una chica para que le hiciera el almuerzo, pero para la cena se arreglaba solo. Le parecía que eso, de vez en cuando, no le hacía daño a ningún hombre. Al contrario,  pensaba que a él le venía bien. Wallace no era vago, pero no tenía ni idea de lo sacrificado que era ocuparse todo el santo día de la casa. La verdad es que no sabía cómo iba a sentirse en Florida con alguien sirviéndole todo el rato. 

El camarero era de Chicago. 

Hacía cinco años que ella no se tomaba vacaciones. La última vez había ido a ver a su hermana a Grand Rapids. El tiempo vuela. Su hermana se había mudado de Grand Rapids a Waterloo. Si llegaba a cruzarse ahí mismo con los hijos de su hermana, no sabía bien si iba a ser capaz de reconocerlos. Su hermana le había escrito que estaban tan grandes como su padre. Las cosas cambiaban deprisa, le decía. El marido de su hermana había trabajado en la compañía del agua de Grand Rapids, tenía un buen puesto, pero en Waterloo, se... 

-Estuve allí la última vez -dijo Haze-. No me bajaría en Taulkinham si eso estuviera allí; se vino abajo como... no sé... como... 

-Debes de estar pensando en otra Grand Rapids -le dijo la señora Hosen frunciendo el ceño-. La Grand Rapids de la que yo te hablo es una ciudad grande y está donde ha estado siempre. 

Lo miró con fijeza un instante y luego continuó: cuando estaban en Grand Rapids se llevaban bien, pero en Waterloo él se dio a la bebida. Su hermana tuvo que sacar adelante la casa y educar a los niños. La señora Hosen no lograba entender cómo podía pasarse ahí sentado año tras año. 

La madre de Haze nunca había hablado demasiado en el tren; más bien escuchaba. Era una Jackson

Al cabo de un rato, la señora Hosen dijo que tenía hambre y le preguntó si quería acompañarla al vagón restaurante. Le dijo que sí. 

El vagón restaurante estaba lleno y había gente esperando turno para entrar. Haze y la señora Hosenhicieron media hora de cola meciéndose en el estrecho pasillo; de cuando en cuando, se pegaban a los costados para dejar paso a un goteo de gente. La señora Hosen se puso a conversar con la mujer que tenía al lado. Haze miraba la pared con cara de tonto. Nunca se hubiera animado a ir solo al vagón restaurante; menos mal que había encontrado a la señora Hosen. Si ella no llegaba a estar hablando, él le hubiera contado con inteligencia que había estado allí la última vez y que el camarero no era de allí, pero que se parecía bastante a los negros de la quebrada, también se parecía al viejo Cash lo suficiente para ser su hijo. Se lo hubiera contado mientras comían. Desde donde estaba no se veía el vagón restaurante; se preguntó cómo sería por dentro. "Como un restaurante", imaginó. Pensó en la litera. Cuando terminara de comer, seguro que la litera estaba hecha y se podía subir a ella. ¿Qué diría su mamá si lo viera ocupando una litera en un tren? Seguro que ella nunca llegó a imaginar que eso iba a pasar. Cuando se acercaron un poco más a la entrada del vagón restaurante, vio el interior. ¡Era igualito a un restaurante de la ciudad! Seguro que su mamá nunca llegó a imaginar que sería así. 

Cada vez que alguien salía del vagón restaurante, el encargado le hacía señas a las personas del principio de la cola; a veces le hacía señas a una sola persona, a veces a varias. Pidió que entraran dos personas, la cola avanzó y Hazela señora Hosen y la mujer con la que conversaba quedaron al final del vagón restaurante, mirando hacia el interior. Al cabo de poco, se marcharon dos personas más. El hombre hizo una seña y entraron la señora Hosen la mujerHaze las siguió. El hombre detuvo a Haze y le dijo: "Dos nada más", y lo hizo retroceder hasta la puerta. Haze se puso colorado como un tomate. Intentó colocarse detrás de la persona que iba antes que él y luego intentó abrirse paso en la cola para regresar al vagón en el que viajaba, pero había demasiada gente apretujada cerca de la puerta. Tuvo que quedarse allí de pie y aguantar que todos lo miraran. Durante un rato nadie se marchó y tuvo que quedarse ahí de pie. La señora Hosen no volvió a fijarse en él. Al final, la señora que se encontraba al fondo del vagón restaurante se levantó y el encargado agitó la mano, Haze vaciló, vio la mano agitarse otra vez y entonces avanzó, recorrió el pasillo tambaleándose y, antes de llegar a su sitio, chocó contra dos mesas y se le cayó encima el café de alguien. No miró a las personas que estaban sentadas a su mesa. Pidió lo primero que vio en el menú y, cuando se lo sirvieron, se lo comió sin pensar en lo que era. La gente con la que compartía mesa había acabado y notó que esperaban y, mientras, aprovechaban para verlo comer. 

Cuando salió del vagón restaurante se sentía débil y las manos le temblaban solas, con movimientos imperceptibles. Era como si hubiera pasado un año desde que había visto al encargado hacerle señas para que se sentara. Se detuvo entre dos vagones; para despejarse inspiró hondo el aire frío.

Funcionó. Cuando regresó a su vagón, todas las literas estaban montadas y los pasillos, oscuros y siniestros, flotaban envueltos en un verde espeso. Se dio cuenta otra vez de que tenía una litera, de las de arriba, y de que ya podía meterse en ella. Podía tumbarse y subir la persiana un poquito para mirar y vigilar -justo lo que pensaba hacer- y ver cómo pasaban las cosas de noche desde un tren en marcha. Podía observar la noche en movimiento. 

Cogió su mochila, se fue al lavabo de caballeros y se puso la ropa de dormir. Un cartel indicaba que había que avisarle al camarero para subir a las literas de arriba. Se le ocurrió de repente que a lo mejor el camarero era primo de algunos de los negros de la quebrada; podía preguntarle si tenía algún primo en Eastrod, o en Tenesí. Fue pasillo abajo a buscarlo. A lo mejor podían charlar un poco antes de que él se metiera en la litera. No encontró al camarero al final de vagón y se fue para la otra punta. Al ir a doblar chocó con algo pesado, color rosa, que lanzó un grito ahogado y masculló: 

-¡Serás torpe!

Era la señora Hosen envuelta en un salto de cama rosa, con la cabeza llena de rulos. Se había olvidado de ella. Daba miedo verla con el pelo brillante, peinado para atrás y esos rizadores que parecían setas negras enmarcándole la cara. Ella trató de avanzar y él quiso dejarla pasar, pero los dos se movieron a la vez. A ella se le puso la cara morada salvo por unas manchitas blancas que no se le encendieron. Se puso tiesa, se quedó inmóvil y le preguntó: 

-¿Se puede saber qué es lo que te pasa? 

Él se escurrió como pudo, salió corriendo pasillo abajo y chocó con tal fuerza contra el camarero que este perdió el equilibrio y él le cayó encima; la cara del camarero quedó muy cerca de la suya, era clavado al viejo Cash Simmons. Por un instante no pudo quitarse de encima del camarero por estar pensando en que era Cash, y musitó: "Cash", y el camarero se lo sacó de encima, se levantó y se alejó pasillo abajo, a toda prisa, y Haze se incorporó como pudo, fue tras él y le dijo que quería subirse a su litera mientras pensaba: "Es pariente de Cash", y entonces, de repente, como si alguien se lo hubiera soltado cuando estaba distraído: "Este es el hijo que se le fugó a Cash". Y luego: "Conoce Eastrod y no quiere saber nada, no quiere hablar de eso, no quiere hablar de Cash". 

Se quedó mirando mientras el camarero le ponía la escalera para subir a la litera; luego subió sin dejar de mirar al camarero; veía a Cash, aunque distinto, no tenía los mismos ojos, y cuando estaba a medio subir, dijo, sin dejar de mirar al camarero

-Cash está muerto. Un puerco le pegó el cólera. 

El camarero se quedó con la boca abierta y, observando a Haze con desdén, masculló: 

-Soy de Chicago. Mi padre era empleado del ferrocarril. 

Haze se lo quedó mirando y se echó a reír: un negro empleado de ferrocarril; y rió otra vez y el camarero apartó la escalera con un movimiento del brazo tan brusco que Haze tuvo que agarrarse de la manta. 

Se acostó boca abajo en la litera, temblando por la forma en que había subido. El hijo de Cash. De Eastrod. Pero que no quería saber nada de Eastrod, que odiaba Eastrod. Siguió acostado boca abajo durante un rato, sin moverse. Era como si hubiese pasado un año desde que se había caído en el pasillo encima del camarero

Al cabo de un rato se acordó de que, en realidad, estaba en la litera, se dio la vuelta, encendió la luz y miró a su alrededor. No había ventana. 

En la pared del costado no había ninguna ventana. No se subía hacia arriba para convertirse en ventana. No había ninguna ventana disimulada en la pared. Había como una red de pesca en toda la pared del costado, pero no había ninguna ventana. Por un instante, se le pasó por la cabeza que eso era obra del camarero: le había dado esa litera que no tenía ventana, solo una red de pesca colgando a lo largo, porque lo odiaba. Seguro que eran todos iguales. 

El techo encima de la litera era bajo y curvo. Se acostó. El techo curvo daba la impresión de no estar bien cerrado; daba la impresión de estar cerrándose. Se quedó acostado un rato, sin moverse. Notó en la garganta como una esponja con sabor a huevo. En la cena había tomado huevos. Ahora los notaba en la esponja que tenía en la garganta. Justo en la garganta los tenía. No quería darse la vuelta, tenía miedo de que se movieran; quería que la luz estuviera apagada; quería que estuviera oscuro. Levantó la mano sin darse la vuelta, tanteó en busca del interruptor, le dio y la oscuridad le cayó encima, y después se hizo menos intensa por la luz que se filtraba por el espacio sin cerrar, como de un palmo.

Quería que la oscuridad fuera completa, no que estuviera diluida. Oyó al camarero acercarse por el pasillo, sus pasos mullidos en la alfombra, avanzaba sin pausa, rozando las cortinas verdes, luego los pasos se fueron perdiendo a lo lejos hasta que no se oyeron más. El camarero era de Eastrod. Era de Eastrod pero no quería saber nada de ese lugar. Cash no lo hubiera reclamado. No lo hubiera querido.

No hubiera querido nada que llevara una chaquetilla blanca y ajustada y anduviera con una escobilla en el bolsillo. La ropa de Cash tenía la misma pinta que si la hubiesen guardado un tiempo debajo de una piedra; y olía como los negros. Pensó en cómo olía Cash, pero el olor que le vino era el del tren.

En Eastrod ya no quedaban negros de la quebrada. En Eastrod. Al entrar por el camino vio en la oscuridad, en la penumbra, la tienda de comestibles cerrada con tablas y el granero abierto donde la oscuridad andaba suelta, y la casa más pequeña medio desmontada, sin balcón ni suelo en la entrada. 

Se suponía que debía ir a casa de su hermana en Taulkinham la última vez que estuvo de permiso, al volver del campamento de Georgia, pero no quería ir a Taulkinham y había regresado a Eastrod pese a que sabía lo que se iba a encontrar: las dos familias desperdigadas por los pueblos y hasta los negros que vivían en el camino se habían marchado a Memphis, a Murfreesboro y a otros sitios. Él había vuelto a dormir en la casa, en el suelo de la cocina, y del techo se había desprendido una tabla que le había caído en la cabeza y hecho un corte en la cara. Pegó un salto, como si notara la tabla, y el tren dio una sacudida, se detuvo y volvió a arrancar. Recorrió la casa para comprobar que no quedara nada que conviniera llevarse.

Su mamá siempre dormía en la cocina y guardaba allí su ropero de nogal. En ninguna parte había otro ropero así. Su mamá era una Jackson, había pagado treinta dólares por aquel ropero y no había vuelto a comprarse nada grande. Y ahí se lo dejaron. Él calculó que en el camión no había quedado sitio para llevarlo. Abrió todos los cajones.

En el de arriba de todo encontró dos trozos de cordón y nada en los demás. Le pareció raro que no hubiera entrado nadie a robar un ropero como aquel. Cogió el cordón, ató las dos patas a unas tablas sueltas del suelo y dejó una hoja de papel en cada uno de los cajones:

Este ropero le pertenece a Hazel Wickers. No lo robes o serás perseguido y matado.

Así ella descansaría mejor sabiendo que el ropero estaba protegido de alguna manera. Si ella llegaba a buscarlo por la noche, lo vería. Haze se preguntó si alguna vez su mamá caminaba de noche y pasaba por ahí... si pasaba con aquella expresión en la cara, inquieta y fija, si subía por el sendero y recorría el granero abierto por todas partes y si se paraba en la penumbra, cerca de la tienda de comestibles cerrada con tablas, si se acercaba intranquila con aquella expresión en la cara como la que él le había visto a través de la grieta cuando la bajaban. Le había visto la cara a través de la grieta cuando le ponían la tapa, había visto la sombra que le nubló la cara y le hizo torcer la boca como si no estuviera contenta de descansar, como si fuera a levantarse de un salto, apartar la tapa y salir volando como un espíritu que iba a estar satisfecho: pero ellos encerraron dentro al espíritu. 

                                                                                                A lo mejor ella iba a salir volando de ahí dentro, a lo mejor iba a levantarse de un salto; tremenda, como un enorme murciélago que se colaba por la rendija, la vio salir volando de ahí pero la oscuridad caía sobre ella, se cerraba todo el tiempo, se cerraba; desde dentro la vio cerrarse, acercarse más y más, tapando la luz y el cuarto y los árboles que se veían por la ventana, por la rendija que se cerraba más deprisa, más negra. Abrió los ojos, vio que la tapa bajaba, se levantó de un salto, se coló por la grieta y se quedó ahí moviéndose, qué mareo, la tenue luz del tren le permitió ver poco a poco la alfombra del suelo, moviéndose, qué mareo. Se quedó ahí, mojado y frío, y vio al camarero en el otro extremo del vagón, una silueta blanca en la oscuridad, ahí de pie, observándolo sin moverse. Las vías describieron una curva y él, mareado, cayó de espaldas en la intensa calma del tren.


*     *     *

La cosecha / The Crop




The Complete Stories / Cuentos completos*, Colección [1971]


          La señorita Willerton siempre quitaba las migas de la mesa. Era su hazaña doméstica especial y lo hacía con gran esmero. Lucía y Bertha fregaban los platos y Garner se iba a la sala a hacer el crucigrama del Morning Press. Así dejaban sola en el comedor a la señorita Willerton y a ella ya le iba bien. ¡Uf! En aquella casa el desayuno era siempre un suplicio. Lucía insistía en seguir siempre el mismo horario en el desayuno y las demás comidas. Lucía decía que desayunar a la misma hora contribuía a adquirir otras prácticas regulares, y, con lo propenso que era Garner a sufrir molestias, era fundamental que estableciesen algún método en las comidas. De esa manera, también se aseguraba de que él le pusiera agaragar a las gachas de harina de trigo. «Como si después de llevar cincuenta años haciéndolo -pensó la señorita Willerton-, fuese capaz de hacer otra cosa.» La polémica del desayuno empezaba siempre con las gachas de harina de trigo de Garner y terminaba con las tres cucharadas de piña triturada de la señorita Willerton. «Ya sabes lo de tu acidez, Willie -le decía siempre la señorita Lucía-, ya sabes lo de tu acidez», y entonces Garner ponía los ojos en blanco y soltaba algún comentario desagradable, y Bertha pegaba un salto y Lucía se mostraba afligida y la señorita Willerton saboreaba la piña triturada que acababa de tragarse.
Era un alivio quitar las migas de la mesa. Quitar las migas de la mesa le daba tiempo para pensar, y, si la señorita Willerton debía escribir un relato, antes tenía que pensarlo. Casi siempre pensaba mejor sentada delante de la máquina de escribir, pero por el momento tendría que conformarse con lo que había. En primer lugar, debía pensar un tema para el relato que iba a escribir. Eran tantos los temas sobre los que se podía escribir un cuento que a la señorita Willerton nunca se le ocurría ninguno.

Era siempre la parte más difícil de escribir un cuento, ella siempre lo decía. Dedicaba más tiempo a pensar en algo sobre lo que escribir que a la escritura en sí. A veces descartaba un tema tras otro y, a menudo, tardaba una o dos semanas en decidirse por alguno. La señorita Willerton sacó el recogedor y la escobilla de plata y se puso a limpiar la mesa. «¿Y un panadero -se preguntó-, será un buen tema?» «Los panaderos extranjeros eran muy pintorescos», pensó. La tía Myrtile Filmer había dejado sus cuatricromías de panaderos franceses estampadas en sombreros con forma de hongo. Eran hombres magníficos, altos... rubios y... 

Willie! -gritó la señorita Lucía, entrando en el comedor con los saleros-. Por el amor de Dios, pon el recogedor debajo de la escobilla o echarás todas las migas sobre la alfombra. En lo que va de la semana le he pasado la aspiradora cuatro veces y no pienso volver a pasarla. 

-Si le has pasado la aspiradora no sería por las migas que se me caen a mí -le contestó la señorita Willerton, lacónica-. Siempre recojo las migas que se me caen. -Y aclaró-: Y a mí se me caen bien pocas.

-A ver si esta vez lavas el recogedor antes de guardarlo -le soltó la señorita Lucía

La señorita Willerton se echó las migas en la mano y las arrojó por la ventana. Llevó el recogedor y la escobilla a la cocina y los metió debajo de un chorro de agua fría. Los secó y los volvió a guardar en el cajón. Misión cumplida. Ahora podía ponerse delante de la máquina de escribir. Y estarse allí hasta la hora del almuerzo.




La señorita Willerton se sentó delante de la máquina de escribir y lanzó un suspiro. ¡A ver! ¿En qué había estado pensando? Ah, sí. En los panaderos. Ummm. Los panaderos. No, los panaderos, mejor no. Tenían poco de originales. Los panaderos no producían tensión social. La señorita Willerton clavó la vista en la máquina de escribir. A S D F G... sus ojos recorrieron las teclas. Ummm. «¿Y los maestros?», se preguntó la señorita Willerton. No. Por Dios, no. Los maestros siempre hacían que la  señorita Willerton se sintiera rara. Sus maestras del Seminario Femenino Willowpool estaban bien, pero eran todas mujeres. El Seminario Femenino de Willowpool, recordó la señorita Willerton. La frase no le gustaba nada: Seminario Femenino de Willowpool... sonaba a biología. Ella se limitaba a decir que se había graduado de Willowpool. Los maestros hacían que la señorita Willerton se sintiera como si estuviera a punto de pronunciar algo mal. Además, los maestros no eran oportunos. Ni siquiera representaban un problema social. 

Problema social. Problema social. Ummm. ¡Los aparceros! 

La señorita Willerton nunca había intimado con ningún aparcero pero, reflexionó, como tema tendría tanto arte como cualquier otro, ¡y le permitirían conseguir ese aire de trascendencia social que tan útil resultaba en los círculos que esperaba conocer en sus viajes! «Siempre puedo sacarle partido -refunfuñó-, al tema de la lombriz intestinal.» ¡Ya le iba saliendo! ¡Sin duda! Movió los dedos con nerviosismo sobre las teclas sin tocarlas. Después, de repente, empezó a escribir a gran velocidad. 

«Lot Motun -registró la máquina- llamó a su perro.» Una pausa abrupta siguió a la palabra «perro».

La señorita Willerton siempre se esmeraba en la primera oración. «La primera oración -decía siempre-, le venía como... ¡como un chispazo! ¡Tal cual! - decía, y chasqueaba los dedos-, ¡como un chispazo!» Y sobre la primera oración construía su relato. «Lot Motun llamó a su perro», le había salido automáticamente a la señorita Willerton, y al releer la frase, decidió no solo que «Lot Motun» era un nombre adecuado para un aparcero, sino que hacer que llamara a su perro era lo mejor que se podía esperar de un aparcero. «El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a Lot.» La señorita Willerton había escrito la frase antes de que le diera tiempo a advertir su error: dos «Lot» en un mismo párrafo. Resultaba desagradable al oído. La máquina de escribir retrocedió chirriando y la señorita Willerton escribió tres X sobre «Lot». Entre líneas anotó a lápiz: «Su amo».

Ahora ya estaba lista para continuar. «Lot Motun llamó a su perro. El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a su amo.» «Y también tengo dos perros - pensó la señorita Willerton-. Ummm.» Pero decidió que eso no molestaría tanto al oído como los dos «Lot».

La señorita Willerton era muy partidaria de lo que denominaba «arte fonético». Según ella, el oído era tan lector como el ojo. Le gustaba expresarlo de ese modo. «El ojo forma un cuadro -le había dicho a un grupo en las Hijas Unidas de las Colonias- que puede pintarse en abstracto, y el éxito de la empresa literaria -a la señorita Willerton le gustaba la expresión empresa literaria- depende de esos elementos abstractos creados en la mente y de la naturaleza tonal -a la señorita Willerton también le gustaba eso de naturaleza tonal-, que registra el oído.» La oración «Lot Motun llamó a su perro» tenía un toque cáustico y seco que, seguido de «el perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a su amo», le daba al párrafo la salida que precisaba. 

«Lot tiró de las orejas cortas y raquíticas del animal y se revolcó con él en el barro.» A lo mejor, reflexionó la señorita Willerton, eso era un poco exagerado. Pero, según le constaba, el que un aparcero se revolcara en el barro entraba dentro de lo razonablemente posible. En cierta ocasión había leído una novela que trataba de ese tipo de personas, en la que se había hecho algo tan feo como aquello y, a lo largo de tres cuartas partes de la narración, cosas mucho peores. Lucía la encontró mientras limpiaba uno de los cajones del escritorio de la señorita Willerton, y, después de hojear unas cuantas páginas al azar, sujetó el libro entre el pulgar y el índice, lo llevó hasta el horno y lo echó al fuego. 

-Willie, esta mañana cuando limpiaba tu escritorio, me encontré un libro que Garner debió de dejar allí para hacerte una broma -le dijo la señorita Lucía más tarde-. Fue horrible, pero ya sabes cómo las gasta Garner. Lo he quemado. -Y luego, con una risita ahogada, añadió-: Estaba segura de que no podía ser tuyo.
La señorita Willerton estaba segura de que no podía ser de nadie más que de ella, pero no se atrevió a aclararlo. Lo había encargado directamente a la editorial porque no quería pedirlo en la biblioteca.

Le había costado tres dólares con setenta y cinco centavos, envío postal incluido, y no había terminado los últimos cuatro capítulos. Eso sí, había leído lo suficiente para poder afirmar que era razonablemente posible que Lot Motun se revolcara en el barro con su perro. Al hacerle hacer tal cosa, lo de las lombrices intestinales tendría más sentido, decidió. «Lot Motun llamó a su perro. El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a su amo. Lot tiró de las orejas cortas y raquíticas del animal y se revolcó con él en el barro.»
La señorita Willerton se apoyó en el respaldo. Era un buen comienzo. Ahora planificaría la acción.

Había que incluir una mujer, claro. A lo mejor Lot podía matarla. Ese tipo de mujeres siempre sembraba cizaña. Incluso podía provocarlo para que acabara matándola por libertina y, después, quizá a él lo perseguiría la mala conciencia.
Si debía tomar ese rumbo, sería necesario dotarlo de principios, aunque no sería demasiado difícil dárselos. Se preguntó de qué manera introduciría ese aspecto, en vista de toda la atención que en el relato debía dedicarle al amor. Tendría que poner algunas escenas bastante violentas y naturalistas; el tipo de detalles sádicos que una leía en relación con esa clase de gente. Era un problema. Sin embargo, la señorita Willerton disfrutaba con esos problemas. Lo que más le gustaba era planificar las escenas pasionales, pero, cuando llegaba el momento de escribirlas, siempre empezaba a sentirse rara y a preguntarse qué diría su familia cuando las leyeran. Garner chasquearía los dedos y le haría un guiño a la menor oportunidad; Bertha la consideraría una persona horrible; y Lucía diría con esa vocecita tonta que la caracterizaba: «¿Qué nos has estado ocultando, Willie? ¿Qué nos has estado ocultando?», y lanzaría su risita ahogada, como hacía siempre. Pero la señorita Willerton no podía pensar en eso ahora; debía darle forma a sus personajes.
Lot sería alto, encorvado y desaliñado, pero sus ojos serían tristes y lo harían parecerse a un caballero pese a tener el cuello enrojecido y las manos enormes y torpes. Tendría los dientes rectos y, para indicar que era dueño de cierto espíritu, sería pelirrojo. Las prendas le colgarían sin gracia, pero las luciría con desenfado, como si fuesen una segunda piel; tal vez, reflexionó la señorita Willerton, sería mejor, después de todo, que no se revolcara con el perro. La mujer sería más o menos guapa, con el pelo rubio, los tobillos gruesos, los ojos turbios.
La mujer le serviría la cena en la cabaña y él comería la sémola llena de grumos a la que ella ni siquiera se habría molestado en ponerle sal y, allí sentado, pensaría en cosas grandiosas, lejos, muy lejos... en otra vaca, una casa pintada, un pozo limpio, incluso una granja propia. La mujer empezaría a dar alaridos porque él no había cortado suficiente leña para la cocina y se quejaría del dolor de espalda. Ella se sentaría a verlo comer la sémola rancia y le diría que no tenía suficientes agallas para robar comida.
-¡Eres un asqueroso pordiosero! -le diría con sorna. Y él la mandaría callar.
-¡Cierra la boca!-gritaría.
-Me tienes harta, más que harta. -Pondría los ojos en blanco y, burlándose y riéndose de él, le diría-: Los desgraciados como tú no me dan miedo.
Entonces él echaría la silla hacia atrás e iría hacia ella. Ella agarraría un cuchillo de la mesa -la señorita Willerton se preguntó cómo era posible que aquella mujer fuera tan corta-, y retrocedería manteniendo el cuchillo en alto. Él daría un salto hacia delante y ella se apartaría veloz, como un caballo salvaje. Luego volverían a estar cara a cara, los ojos rebosantes de odio, y avanzarían y retrocederían. La señorita Willerton alcanzó a oír cómo los segundos iban golpeando contra el tejado de lata. Él se abalanzaría otra vez sobre la mujer y ella, con el cuchillo dispuesto, se lo hincaría de un momento a otro... La señorita Willerton no pudo aguantar más. Golpeó a la mujer con fuerza en la cabeza, por detrás. La mujer soltó el cuchillo y una niebla la envolvió y se la llevó del cuarto.

La señorita Willerton se volvió hacia Lot.
-Deja que te sirva un poco de sémola caliente -le dijo.
Se acercó a la cocina, en un plato limpio sirvió una ración de sémola blanca y tersa y un trozo de mantequilla.
-Caray, gracias -dijo Lot, y le sonrió con esos bonitos dientes-. Tú sí sabes cómo prepararla. Verás -le dijo-, estuve pensando... Podríamos marcharnos de esta granja arrendada y tener un lugar decente. Si este año conseguimos ganar algo, podríamos comprarnos una vaca y empezar a construirnos una casita. Imagínatelo, Willie, imagínate lo que sería.
Ella se sentó a su lado y le puso la mano en el hombro.
-Lo conseguiremos -aseguró-. Nos irá mejor que ningún otro año y en primavera tendremos esa vaca.
-Tú siempre sabes cómo me siento, Willie. Tú siempre lo has sabido.
Se quedaron sentados largo rato, pensando en lo bien que se entendían.
-Termina de comer -dijo ella al fin.
Cuando él hubo cenado, la ayudó a quitar la ceniza de la cocina y después, en el caluroso atardecer de julio, dieron un paseo por el prado, en dirección al arroyo, y hablaron de la casita de la que algún día serían dueños.
A finales de marzo, cuando la época de lluvias estaba cerca, habían conseguido más de lo esperado.

A lo largo del mes anterior, Lot se había levantado a las cinco de la mañana, y Willie, una hora antes, para tratar de adelantar todo el trabajo posible aprovechando el buen tiempo. A la semana siguiente, comentó Lot, empezaría a llover y, si antes no levantaban la cosecha, la perderían... y con ella, cuanto habían ganado en los últimos meses. Sabían lo que aquello supondría, otro año de ir tirando sin mucho más de lo que habían tenido el anterior. Además, al año siguiente, en lugar de la vaca, llegaría un crío. Lot se había empeñado en comprar la vaca pese a todo.
-Alimentar a un crío tampoco cuesta tanto -había razonado-, y la vaca nos ayudaría a darle de comer... 
Pero Willie se había mostrado firme, comprarían la vaca más adelante, el crío debía empezar con buen pie.
-A lo mejor -había concluido Lot-, vamos a tener suficiente para las dos cosas. -Y se había marchado a ver el campo recién arado como si pudiera calcular la cosecha por los surcos.
Pese a las estrecheces, había sido un buen año. Willie había limpiado la casucha y Lot había arreglado la chimenea. En la puerta había profusión de petunias, y en la ventana, una colonia de dragoncillos. Había sido un año pacífico. Pero ahora comenzaban a inquietarse por la cosecha.

Debían recogerla antes de que llegaran las lluvias.
-Nos falta una semana más -rezongó Lot al regresar esa noche-. Una semana más y lo vamos a conseguir. ¿Tienes ganas de cosechar? No está bien que debas salir -suspiró-, pero no podemos pagar a nadie para que nos ayude.
-Me encuentro bien -dijo ella, y ocultó las manos temblorosas a su espalda-. Cosecharé.
-Esta noche está nublado -dijo Lot, sombrío.
Al día siguiente trabajaron hasta el anochecer, trabajaron hasta reventar, y después regresaron a trompicones a la cabaña y cayeron en la cama.
Willie se despertó por la noche, notando un dolor. Era un dolor suave y verde, recorrido de luces moradas. Se preguntó si estaría despierta. Movió la cabeza de lado a lado y dentro de ella notó unas siluetas que zumbaban y picaban piedras.
Lot se incorporó.
-¿Te sientes mal? -le preguntó temblando.
Ella se apoyó sobre el codo y luego se dejó caer otra vez.
Ve al arroyo y trae a Anna -jadeó. El zumbido se hizo más intenso y las siluetas más grises. Al principio, el dolor se entremezcló con aquellas siluetas durante unos segundos; luego, de forma ininterrumpida. Llegaba a ella una y otra vez. El zumbido se hizo más nítido y, a eso del alba, se dio cuenta de que estaba lloviendo. Más tarde preguntó con voz ronca:
-¿Cuánto hace que llueve?
-Dos días enteros -contestó Lot.
-Entonces hemos perdido. -Willie miró con desgana los árboles empapados-. Seacabó.

-No, no se acabó -dijo él en voz baja-. Tenemos una niña.

-Tú querías un niño.

-No. Tengo lo que quería, dos Willies en lugar de una, y eso es mucho mejor que una vaca -sonrió-.

¿Qué puedo hacer para merecerme todo lo que tengo, Willie? -Se inclinó y la besó en la frente.

-¿Qué puedo hacer yo? -preguntó ella en voz baja-. ¿Qué puedo hacer para ayudarte más?

-¿Qué tal si vas al mercado, Willie?

La señorita Willerton apartó de sí a Lot de un empujón.

-¿Qué... qué me decías, Lucía? -tartamudeó.

-Te decía que qué tal si esta vez vas tú al mercado. Esta semana me ha tocado ir a mí todas las mañanas y ahora estoy ocupada.

La señorita Willerton dejó la máquina de escribir y dijo con brusquedad:
-Muy bien. ¿Qué quieres que te traiga?

-Una docena de huevos y dos libras de tomates, que sean maduros, y más te vale que empieces a curarte ese resfriado ahora mismo. Te lloran los ojos y tienes la voz ronca. En el cuarto de baño hay Empirin. Pide que anoten lo que gastes en nuestra cuenta. Y ponte el abrigo. Hace frío.

La señorita Willerton elevó la vista al cielo.

-Tengo cuarenta y cuatro años -anunció-, sé muy bien cómo cuidarme.

-Y que los tomates sean maduros -le contestó la señorita Lucía.

Con el abrigo mal abrochado, la señorita Willerton avanzó pesadamente por la calle principal y entró en el supermercado.

-¿Qué venía yo a comprar? -refunfuñó-. Ah, sí, dos docenas de huevos y una libra de tomates.

Pasó delante de las estanterías de vegetales enlatados y de las galletas y fue a la caja donde tenían los huevos. Pero no había huevos.

-¿Dónde están los huevos? -le preguntó a un chico que pesaba frijoles.

-Solamente nos quedan huevos de pularda -dijo mientras cogía otro puñado de frijoles.

-Bien, ¿dónde están y qué diferencia hay? -exigió saber la señorita Willerton.

El chico echó los frijoles sobrantes al cubo, se agachó sobre la caja de los huevos y le entregó un paquete.

-Ninguna diferencia, la verdad -dijo al tiempo que mascaba el chicle con los dientes incisivos-. Son de gallinas adolescentes o algo así, no lo sé bien. ¿Se los pongo?

-Sí, y dos libras de tomates. Que estén maduros -precisó la señorita Willerton.

No le gustaba hacer la compra. No había motivo alguno para que los dependientes fuesen tan altaneros. Ese muchacho no se habría entretenido tanto con Lucía. Pagó los huevos y los tomates y salió apresuradamente. En cierta manera, aquel lugar la deprimía.
Vaya tontería que un supermercado pudiese deprimir... si allí dentro solo tenían lugar actividades domésticas sin importancia... mujeres que compraban frijoles... que llevaban a los niños en esos cochecitos... que regateaban por un octavo de libra de más o de menos de calabaza... «¿Qué ganaban con eso? -se preguntó la señorita Willerton-. ¿Dónde había allí ocasión para expresarse, para crear, para el arte?» A su alrededor todo era lo mismo: aceras llenas de gente que se afanaban de un lado a otro, con las manos cargadas de paquetitos y las mentes llenas de paquetitos, aquella mujer de allí que llevaba al niño de la cadena y tiraba de él, lo sacudía y lo arrastraba para alejarlo de un escaparate donde se exhibía una lámpara hecha con una calabaza ahuecada. Probablemente se pasaría el resto de la vida tirando de él y sacudiéndolo. Y allí iba otra, a la que se le caía la bolsa de la compra en plena calzada, y otra más, que le sonaba la nariz a un niño, y por la acera se acercaban una anciana con sus tres nietos saltándole alrededor, seguidos de un hombre y una mujer que caminaban demasiado juntos para ser refinados.
La señorita Willerton observó a la pareja con atención cuando se acercaron más y la adelantaron. La mujer era regordeta, de tobillos gruesos y ojos turbios. Llevaba unos zapatos de tacón, unas ajorcas azules, un vestido de algodón demasiado corto y una chaqueta de cuadros escoceses. Tenía la piel manchada y el cuello estirado hacia delante, como si quisiera oler una cosa que le alejaran continuamente de la nariz. En la cara lucía una mueca estúpida. Él era un hombre larguirucho, consumido y desaliñado. Iba encorvado, y el pelo rubio y enredado le caía hacia un lado del cuello largo y enrojecido. Sus manos jugueteaban tontamente con las de la muchacha mientras avanzaban desmañados, y en una o dos ocasiones le lanzó una sonrisa empalagosa, que permitió a la señorita Willerton comprobar que tenía los dientes rectos, los ojos tristes y una erupción en la frente.
-¡Aaah! -se estremeció.
La señorita Willerton dejó la compra encima de la mesa de la cocina y regresó junto a la máquina de escribir. Miró el papel que había en ella. «Lot Motun llamó a su perro - ponía-. El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a su amo. Lot tiró de las orejas cortas y raquíticas del animal y se revolcó con él en el barro.»
-¡Suena fatal! -masculló la señorita Willerton-. De todos modos, el tema no es nada del otro mundo -decidió.
Necesitaba algo más pintoresco... con más arte. La señorita Willerton se quedó largo rato mirando la máquina de escribir. Después, de repente, con el puño asestó varios golpecitos extasiados sobre el escritorio.
-¡Los irlandeses!-chilló-. ¡Los irlandeses!
La señorita Willerton siempre había admirado a los irlandeses. «Su acento -pensó-, era muy musical, y su historia... ¡espléndida!» «¡Y las gentes -caviló-, las gentes de Irlanda! Llenas de temple... pelirrojas, de anchos hombros y enormes bigotes caídos».


*     *     *  


          ¿Qué les pareció? Dos relatos muy distintos en tema, no tanto en ritmo. Ambos tienen el humor O´Connor, ese que descubre cada lector y concuerda con su propia experiencia, el que está para contrastar, adivinamos. Dos personajes algo cómicos en sus obsesiones. Hay algo en los dos que me llama la atención, es cómo se ven ellos a sí mismos, y el cierto desdén que sienten, tanto hacia el camarero que no quiere saber nada con un tal «viejo Cash», como lo que piensa la señorita Willerton de esas personas que viven de manera «tan poco artística».

Partimos de dos historias aparentemente simples, dos protagonistas que no tienen nada de sofisticados, sin embargo... nada de eso resulta ser así, todo se acompleja psicológicamente.

Veamos lo que dice Flannery en uno de sus ensayos*: «El escritor atrae por medio de los sentidos, y no se puede atraer a los sentidos con abstracciones. Algunas personas tienen la idea de que primero se lee la historia y luego se llega al significado, pero para el propio escritor de narrativa toda la historia es el significado, porque es una experiencia, no una abstracción».

Y estas dos historias terminan como terminan, no traten de encontrarles «significados», las historias son solo eso, ¡historias!
La grandeza de Flannery O'Connor: ella no te cuenta un historia, te la hace ver.
Espero hayan disfrutado de esta lectura. Hasta el próximo encuentro.

Cecilia Olguin Gianelli

Notas

- Flannery O´Connor Community: on Google+ to discuss O'Connor, her works, and her influences on arts and literature:
https://plus.google.com/u/0/communities/115232475141375219418

- Blog Flannery O'Connor, en español:
http://www.flanneryoc.blogspot.com.ar/

Cuentos completosFlannery O´Connor:
[PDF] flannery o´connor cuentos completos - Ow.ly  

Naturaleza y Finalidad de la Narrativa, Flannery O'Connor: Ensayo. The Nature and Aim of Fiction:
http://w3.salemstate.edu/~pglasser/the-nature-and-aim-of-fiction.pdf

- Andalusia Farm, Home of Flannery O´Connor:
http://andalusiafarm.org/

- University of Georgia Press: The Presence of Grace and Other Book Reviews by Flannery O’Connor
http://www.ugapress.org/index.php/books/presence_of_grace

A Good Man is Hard To Find and Other Stories, Flannery O'Connor: leer en inglés:
 http://www.boyd.k12.ky.us/userfiles/447/Classes/28660/A%20Good%20Man%20Is%20Hard%20To%20Find.pdf

- June Glasson Website:
http://www.juneglasson.com/

Biblioteca Pública Gerardo Diego. Madrid: Películas y Literatura sureñas, Obras sobre y de Flannery O´Connor, su técnica y voz:
«Lo que descubrirá el lector, ya lo descubrió antes el escritor de ficción, si es que descubrió algo, es ser humilde frente a la realidad, él no puede cambiarla o moldearla en pro de una verdad abstracta. Solo tiene que tratar la realidad, lo concreto es su instrumento. Y al final se dará cuenta que la narrativa sólo puede trascender sus límites permaneciendo dentro de ellos».
http://www.madrid.es/UnidadesDescentralizadas/Bibliotecas/Equipamientos/ficheros/Gu%C3%ADa_O'Connor_pdf-1.pdf