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sábado, 13 de junio de 2020

La casa grande, de Rodrigo Hasbún

«La casa grande», 

cuento del libro

Los días más felices

[2011]

Rodrigo Hasbún

[Cochabamba, Bolivia, 1981]


Duomo Ediciones; 128 págs.
12 relatos

Uno de sus cuentos:

«La casa grande»


Era lindo saber que te buscaban, 
que lo único que alguien quería en ese momento
era encontrarte, dice el joven protagonista.


          Celebrababan el aniversario del pueblo, esa era la excusa para que la abuela no se diera cuenta. La enfermedad ya estaba muy avanzada por entonces, pero era mejor que ella siguiera creyendo que los dolores en la espalda se debían a otra cosa.
          Cuidado digas algo, me advirtió mamá varias veces en la camioneta, mientras viajábamos, y yo supe en ese momento que iba a enojarse en serio si decía algo. A menudo nos pellizcaba debajo de la mesa o nos jalaba las patillas y alguna vez nos había dado cachetadas, pero era aún peor cuando nos ignoraba durante varios días seguidos, si la hacíamos enojar en serio. ¿Me estás oyendo?, dijo sin dejar de mirarme desde su asiento. Papá estaba cantando lo de siempre (en la vida hay amores... que nunca pueden olvidarse), manejando abstraído, y mi hermano se había quedado dormido a mi lado. Asentí apenas y mamá recién entonces se volteó hacia adelante.
          Ahora estábamos en medio del monte, papá, mi hermano y yo. Hacía un calor insoportable, distinto al de la ciudad, más húmedo, pegajoso, y volvíamos de una caza pésima. La víbora que nos habíamos topado en el camino ya no tenía cabeza pero seguía sacudiéndose y a nosotros nos costaba entender por qué se aferraba a la vida.
          Dale de nuevo, le dijo papá a mi hermano sin darse cuenta de que el hombro le dolía, el rifle le había pateado duro la primera vez. Dispararle a algo tenía que ser distinto a dispararle a nada, a manchitas en el aire. Sin quejarse de nada, él cerró un ojo mientras acercaba el otro a la mirilla.
          Era un luchador, mi hermano, alguien que no se mostraba vulnerable nunca. Cuando nos hicimos hombre y los cinco años de diferencia ya no se notaban tanto, a las salidas de las discotecas o en algunas tardes de fútbol, lo vi decenas de veces revolcándose como un animal salvaje encima de otros. Aunque estuviera adolorido o mareado, aunque ya casi no pudiera respirar, tenía completamente descartado cualquier tipo de rendición. 
          Disparó y el monte nos devolvió el eco. La víbora seguía sacudiéndose.
          La muy hija de puta no quiere morirse, dijo papá entonces, incrédulo. Como si esas palabras contuvieran una orden secreta, mi hermano dejó el rifle a un lado, levantó una piedra que estaba a unos metros y la aplastó con todas sus fuerzas.
          Temblaba un poco, viéndola quieta al fin.
          Papá dio un paso hacia él y le acarició la cabeza.

*

          Las hijas de tío Esteban eran cinco y eran todas parecidas, pero la única que me gustaba a mí era Lucía, la menor.
          La madre era sueca y, a pesar de llevar viviendo décadas en el país, todavía hablaba con un acento marcado. Con ellas hablaba en su idioma natal y entre las hermanas lo hacían también, sobre todo cuando se burlaban de nosotros o cuando se contaban chismes o secretos. Yo me desesperaba, a mi hermano no parecía importarle.
          La que más le gustaba a él era la mayor. Tenía trece años y su cuerpo ya era de mujer. Había sucedido de un día al otro y de un día al otro no quería jugar a las escondidas. Se quedaba hablando con mi hermano y también fumaban, los vi más de una vez, no en la casa grande del pueblo, ahí no íbamos casi nunca, sino en la nuestra o en la de ellas.
          Los mayores estaban cerca de la cocina, en el patio, esperando que la comida estuviera lista. Mamá ayudaba a la abuela, que al final de la tarde había descuartizado a las gallinas y que ahora fumaba mientras removía el contenido de una olla. Me quedé mirándola un rato, era un poco como si ya no estuviera. Cerraba los ojos cuando aspiraba el humo y se notaba que disfrutaba un montón cada bocanada. El abuelo y sus hijos estaban sentados en un círculo y reían de algo. Tía Engla también, estrepitosamente, sentada entre papá y tío Lucho, que era el único que no se había casado ni tenía hijos.
          Era lindo saber que te buscaban, que lo único en el mundo que alguien quería en ese momento era encontrarte. Por eso ocultarse entre dos no tenía tanto chiste. Pero a mí me tocó con Lucía y yo con Lucía podía hacer cualquier cosa. Me agarró de la mano y dijo que tenía una gran idea.
          A Melisa y a Mia les tocaba contar. Oíamos sus voces todavía, pero cada vez más lejos. También oíamos las risas de los mayores, se los sentía un poco borrachos. Su mano estaba caliente y sudaba y ella caminaba rápido. Salimos al patio de atrás, que en realidad ya era el campo.
          No creo que valga aquí, dije.
          No dijimos, dijo ella, así que vale.
          Aquí no van a encontrarnos ni queriendo.
          No seas tonto, por eso mismo. Ven. 
    Los dos caballos del abuelo empezaron a relinchar cuando llegamos. Les tenía miedo pero no dije nada, Lucía se metió en la caballeriza y le acarició la cabeza a uno. Parecía que le estaba mirando a los ojos, los del caballo eran el triple de grandes. Los dos parpadeaban y yo no me animaba a entrar.         
          No seas marica, dijo ella.
          No es por marica.
          Por qué entonces.
          Hay víboras. En la tarde le disparamos a una. No se quería morir.
          Ella dejó de acariciar al caballo y me miró. Con su piel tan blanca y sus ojos tan azules parecía un fantasma.
          Mamá dijo una vez que a las mujeres se les puede entrar, seguí yo.
          ¿Las víboras?
          Sí. Por eso no tienen que hacer pis en el campo.



          El otro caballo empezó a respirar ruidoso y yo aproveché para mirar hacia la casa y ver si Mia y Melisa se habían dado cuenta. No había nadie, tampoco Anna ni mi hermano. Años después él la embarazó y tuvieron que hacerla abortar. Años después pasaron muchas otras cosas, todos nos fuimos ensuciando y casi a ninguno le fue bien.
          Ya vámonos, dije.
          Que nos encuentren primero, dijo ella.
          Nos sentamos a un costado de la caballeriza y poco después la luz se fue repentinamente. Miramos hacia la casa, ahí igual estaba oscuro.
          Lucía sintió miedo recién.
          Ahora no seas tú la marica, dije, es solo un apagón. Pero también tenía miedo, sobre todo porque nadie venía por nosotros ni tampoco gritaban nuestros nombres. Era como si nos hubieran olvidado, como si ya no existiéramos. Se sentía así.
          Quise abrazarla y me apartó con torpeza.
          Es tu culpa, dije, tú eres la que quiso venir aquí.
          Traidor, dijo ella mientras se ponía de pie. Traidor de mierda, dijo, nunca antes le había escuchado decir una mala palabra, y empezó a correr hacia la casa.
          Yo me levanté y corrí detrás.

*

          Mamá y papá casi nunca se trataban, eran como extraños. Pero en la procesión, por las calles del pueblo, los vi agarrarse de la mano. Éramos los visitantes ilustres, una de las familias que habían prosperado económicamente en la ciudad, y teníamos que aparentar que nos queríamos. Nos queríamos pero, en la ciudad, mamá y papá dormían en cuartos separados y podían pasar días enteros sin decirse nada. 
          Mi hermano caminaba a mi lado.
          ¿Te la chapaste? ¿Sí o no?
          La música de la banda sonaba fuerte y yo hice como si no lo hubiera oído. Seguí caminando con la mirada al frente pero el corazón comenzó a palpitarme rápido. Delante nuestro caminaban los abuelos apenas y los tíos estaban en la primera fila, justo detrás de la Virgen que cargaban entre cuatro. Ahí cerca estaban también las chicas, pero era como si nosotros hubiéramos dejado de estar para ellas.
          Yo a la Anna la manoseé entera.
          No te creo, dije.
          En ese momento la procesión se detuvo. Mamá se dio la vuelta para constatar que nosotros también estábamos rezando. Tenía una mirada dura, mamá. Yo no entendía todavía que esa era la mirada de las mujeres que no son felices, la mirada de las mujeres abandonadas por maridos que sin embargo seguían a su lado, por costumbre o por guardar las apariencias o porque tenían claro que las amantes eran solo para un rato, a diferencia de la mujer, que debía ser una sola para siempre. La mujer de mi hermano tenía esa misma mirada y yo la consolé, muchos años después. Cuando mi consuelo dejó de serle necesario y decidió irse, dejarnos a los dos, llevándose a los niños consigo, a él lo vi llorar por primera vez.
          Terminó el rezo y mi hermano me miró desafiante.
          No te creo, repetí.
          Me vale un huato que no me creas, dijo. Luego se le ocurrió que quizá su dedo todavía olía a ella y lo acercó primero a su nariz y después a la mía. Olía raro, era posible que así olieran las mujeres por dentro.
          Con la expresión victoriosa él volvió a preguntar si me la había chapado a Lucía.
          Claro que me la he chapado, dije. Con lengua y todo.
          Había mucho polvo en el pueblo, las calles no estaban pavimentadas. Menos de diez metros más allá la abuela se detuvo. Respiraba agitadamente y hubo un desorden momentáneo. Papá y los tíos la llevaron a la sombra, hicieron que se apoyara contra una pared. Unos minutos después ella insistió que ya se sentía mejor y la procesión siguió su curso. Por unanimidad fui yo el que terminó quedándose con ella, solo porque Lucía no quiso quedarse conmigo.
          La abuela no era una anciana todavía pero la enfermedad la había deteriorado los últimos meses. Su cara estaba marcada por mil arrugas. Algunas eran profundas y otras no se notaban tanto, pero todas se movieron de una forma rara cuando sonrió, apenas le dio la primera calada al cigarrillo que sacó de su cartera.
          Y ustedes creen que no sé, dijo así, sonriendo todavía mientras aspiraba el humo. Yo me quedé mirándola, primero sin entender a qué se refería y luego sin estar seguro qué decir. En ese momento sentí recién el olor a tabaco, una ráfaga amarga, y me dio un poco de náuseas. En las décadas siguientes ese olor me devolvería a ella cada vez, a ese mundo que estaba a punto de desaparecer, poco después hasta vendieron la casa grande, y de nuevo mi corazón comenzó a palpitar rápido. Como si lo oyera, como si el enfermo al que debíamos custodiar hasta la csa grande fuera yo, habló entonces.
          Vamos, dijo. Ya vámonos de una vez.

*

Mi comentario


          Acabamos de leer uno de los doce relatos que conforman el libro Los días más felices, y ya el título nos abre la puerta del recuerdo y la nostalgia. Doce cuentos agrupados en tres bloques. Esta es la estructura.
          Los jóvenes adolescentes o en camino de serlo son protagonistas en todas las historias, también la familia de clase media, la incomunicación o desconocimiento uno del otro y la soledad a la que esto último lleva.
          Contado en primera persona por uno de los dos hermanos de la familia, el menor. Con una soltura en tiempos y espacios que saltan, y diálogos sin el guión o comillas tradicionales, el autor logra que cambiemos de escenarios, época e interlocutores con la mayor naturalidad y fluidez.
          Este hermano, cinco años menor, admira al mayor: «Era un luchador, mi hermano, alguien que no se mostraba vulnerable nunca». Pero los hermanos crecen y se diferencian.
          Los primeros amores los encuentra en «las hijas del tío Esteban», ¡cinco! Cada uno elige una. Lucía para él, la menor. Anna, la mayor, para el hermano. Una madre sueca les daba el aire de extranjeras en una tierra de piel morena.
          Fumar a escondidas y jugar a las escondidas eran las diversiones de una u otra parejita. La abuela enferma que descuartiza gallinas y también fuma, el abuelo que ríe con los hijos y las nueras que charlan, todos los mayores un poco borrachos completan la escena y los personajes.
          Esconderse con Lucía, ser llevado al escondite de su mano caliente, el miedo a los caballos, sentir que estaban alejados de todos, y en ese momento de vértigo juvenil, ¡un salto!, «años después...», nos adelanta el autor «todos nos fuimos ensuciando», sentencia. 
          El tiempo pasa sin aviso aparente. El niño ya no es niño, el adolescente, adulto. Volver al pueblo y la procesión que convoca a todos, los padres prósperos que llevan adelante un matrimonio teñido de infidelidad y simulación y la madre que vigila que sus hijos recen, el hermano que presume y él que no puede quedarse atrás. No son iguales. Descubrir la infelicidad en las mirada de algunas mujeres lo hace distinto. Así lo percibo. Es alguien que se mueve en un entorno que no puede controlar, entonces, se adapta, hay una cierta renuncia. Algo que también le sucede al protagonista de Sebastián Antezana en el cuento «Proteo, cazador» que publicaré próximamente.
          Hay cosas que no se cuentan, algunos hilos quedan sueltos, en alguna parte hay un secreto. Tampoco él comprende qué sabe la abuela, la única que asegura «Y ustedes creen que no sé», y en esta frase, que cambia el punto de vista, y en la última que ya había sido dicha queda sellada la historia.
          Un relato con un dejo de tristeza, poético, con un narrador protagonista que nos introduce a un mundo próximo y extraño a la vez, complejidad que nos emociona e inquieta en lo que percibimos y no podemos explicar. 
          Sin excesos ni artificios, un narrador protagonista que nos dice: «Ya vámonos». 
          De Rodrigo Hasbún, nacido en Cochabamba, Bolivia, en 1981. Autor de las novelas El lugar del cuerpo [2009], editada en nuestro país unos días antes de su visita al festival FILBA de 2012 [Fundación Proa], y Los afectos [2015], varios libros de cuentos, dos de ellos llevados al cine por Martín Boulocq, premiado y traducido a varios idiomas.
          Espero que lo hayan disfrutado, que hayan conocido a un muy buen escritor y que sigan con su obra. Hasta la próxima lectura.

Cecilia Olguin Gianelli

Notas

- Rodrigo Hasbún en el festival FILBA de 2012, Buenos Aires:

- Entrevista a Rodrigo Hasbún. Suburbano. Acerca de Los días más felices:

- Entrevista a Rodrigo Hasbún. Diario Opinión. Acerca de su última novela, Los años invisibles:

- La literatura Boliviana se desmarca de sí misma: 

- Imágenes elegidas personalmente, de la película Los tiburones [2019]:

domingo, 27 de diciembre de 2015

«En memoria de Paulina», Cuento de Adolfo Bioy Casares



«En memoria de Paulina»

Cuento  de La trama celeste [1944-1948]

Adolfo Bioy Casares



Una historia llena de magia y misterio, emociones y ambiguedades.
 

Vladimir Volegov



Siempre quise a Paulina. En uno de mis primeros recuerdos, Paulina y yo estamos ocultos en una oscura glorieta de laureles, en un jardín con dos leones de piedra. Paulina me dijo: Me gusta el azul, me gustan las uvas, me gusta el hielo, me gustan las rosas, me gustan los caballos blancos. Yo comprendí que mi felicidad había empezado, porque en esas preferencias podía identificarme con Paulina. Nos parecimos tan milagrosamente que en un libro sobre la final reunión de las almas en el alma del mundo, mi amiga escribió en el margen: Las nuestras ya se reunieron. "Nuestras" en aquel tiempo, significaba la de ella y la mía.


 



Para explicarme ese parecido argumenté que yo era un apresurado y remoto borrador de Paulina. Recuerdo que anoté en mi cuaderno: Todo poema es un borrador de la Poesía y en cada cosa hay una prefiguración de Dios. Pensé también: En lo que me parezca a Paulina estoy a salvo. Veía (y aún hoy veo) la identificación con Paulina como la mejor posibilidad de mi ser, como el refugio en donde me libraría de mis defectos naturales, de la torpeza, de la negligencia, de la vanidad.


La vida fue una dulce costumbre que nos llevó a esperar, como algo natural y cierto, nuestro futuro matrimonio. Los padres de Paulina, insensibles al prestigio literario prematuramente alcanzado, y perdido, por mí, prometieron dar el consentimiento cuando me doctorara. Muchas veces nosotros imaginábamos un ordenado porvenir, con tiempo suficiente para trabajar, para viajar y para querernos. Lo imaginábamos con tanta vividez que nos persuadíamos de que ya vivíamos juntos.
Hablar de nuestro casamiento no nos inducía a tratarnos como novios. Toda la infancia la pasamos juntos y seguía habiendo entre nosotros una pudorosa amistad de niños. No me atrevía a encarnar el papel de enamorado y a decirle, en tono solemne: Te quiero. Sin embargo, cómo la quería, con qué amor atónito y escrupuloso yo miraba su resplandeciente perfección .


A Paulina le agradaba que yo recibiera amigos. Preparaba todo, atendía a los invitados, y, secretamente, jugaba a ser dueña de casa. Confieso que esas reuniones no me alegraban. La que ofrecimos para que Julio Montero conociera a escritores no fue una excepción.


La víspera, Montero me había visitado por primera vez. Esgrimía, en la ocasión, un copioso manuscrito y el despótico derecho que la obra inédita confiere sobre el tiempo del prójimo. Un rato después de la visita yo había olvidado esa cara hirsuta y casi negra. En lo que se refiere al cuento que me leyó -Montero me había encarecido que le dijera con toda sinceridad si el impacto de su amargura resultaba demasiado fuerte-, acaso fuera notable porque revelaba un vago propósito de imitar a escritores positivamente diversos. La idea central era que si una determinada melodía surge de una relación entre el violín y los movimientos del violinista, de una determinada relación entre movimiento y materia surgía el alma de cada persona. El héroe del cuento fabricaba una máquina para producir almas (una suerte de bastidor, con maderas y piolines). Después el héroe moría.

Velaban y enterraban el cadáver; pero él estaba secretamente vivo en el bastidor. Hacia el último párrafo, el bastidor aparecía, junto a un estereoscopio y un trípode con una piedra de galena, en el cuarto donde había muerto una señorita.


Cuando logré apartarlo de los problemas de su argumento, Montero manifestó una extraña ambición por conocer a escritores.


-Vuelva mañana por la tarde -le dije-. Le presentaré a algunos.


Se describió a sí mismo como un salvaje y aceptó la invitación. Quizá movido por el agrado de verlo partir, bajé con él hasta la puerta de calle. Cuando salimos del ascensor, Montero descubrió el jardín que hay en el patio. A veces, en la tenue luz de la tarde, viéndolo a través del portón de vidrio que lo separa del hall, ese diminuto jardín sugiere la misteriosa imagen de un bosque en el fondo de un lago. De noche, proyectores de luz lila y de luz anaranjada lo convierten en un horrible paraíso de caramelo. Montero lo vio de noche.








-Le seré franco-me dijo, resignándose a quitar los ojos del jardín-. De cuanto he visto en la casa esto es lo más interesante.


Al otro día Paulina llegó temprano; a las cinco de la tarde ya tenía todo listo para el recibo. Le mostré una estatuita china, de piedra verde, que yo había comprado esa mañana en un anticuario. Era un caballo salvaje, con las manos en el aire y la crin levantada. El vendedor me aseguró que simbolizaba la pasión.


Paulina puso el caballito en un estante de la biblioteca y exclamó: Es hermoso como la primera pasión de una vida. Cuando le dije que se lo regalaba, impulsivamente me echó los brazos al cuello y me besó.


Tomamos el té en el antecomedor. Le conté que me habían ofrecido una beca para estudiar dos años en Londres. De pronto creímos en un inmediato casamiento, en el viaje, en nuestra vida en Inglaterra (nos parecía tan inmediata como el casamiento). Consideramos pormenores de economía doméstica; las privaciones, casi dulces, a que nos someteríamos; la distribución de horas de estudio, de paseo, de reposo y, tal vez, de trabajo; lo que haría Paulina mientras yo asistiera a los cursos; la ropa y los libros que llevaríamos. Después de un rato de proyectos, admitimos que yo tendría que renunciar a la beca. Faltaba una semana para mis exámenes, pero ya era evidente que los padres de Paulina querían postergar nuestro casamiento.


Empezaron a llegar los invitados. Yo no me sentía feliz. Cuando conversaba con una persona, sólo pensaba en pretextos para dejarla. Proponer un tema que interesara al interlocutor me parecía imposible. Si quería recordar algo, no tenía memoria o la tenía demasiado lejos. Ansioso, fútil, abatido, pasaba de un grupo a otro, deseando que la gente se fuera, que nos quedáramos solos, que llegara el momento, ay, tan breve, de acompañar a Paulina hasta su casa.


Cerca de la ventana, mi novia hablaba con Montero. Cuando la miré, levantó los ojos e inclinó hacia mí su cara perfecta. Sentí que en la ternura de Paulina había un refugio inviolable, en donde estábamos solos. ¡Cómo anhelé decirle que la quería! Tomé la firme resolución de abandonar esa misma noche mi pueril y absurda vergüenza de hablarle de amor. Si ahora pudiera (suspiré) comunicarle mi pensamiento. En su mirada palpitó una generosa, alegre y sorprendida gratitud.


Paulina me preguntó en qué poema un hombre se aleja tanto de una mujer que no la saluda cuando la encuentra en el cielo. Yo sabía que el poema era de Browning y vagamente recordaba los versos. Pasé el resto de la tarde buscándolos en la edición de Oxford. Si no me dejaban con Paulina, buscar algo para ella era preferible a conversar con otras personas, pero estaba singularmente ofuscado y me pregunté si la imposibilidad de encontrar el poema no entrañaba un presagio. Miré hacia la ventana. Luis Alberto Morgan, el pianista, debió de notar mi ansiedad, porque me dijo:
-Paulina está mostrando la casa a Montero.


Me encogí de hombros, oculté apenas el fastidio y simulé interesarme, de nuevo, en el libro de Browning. Oblicuamente vi a Morgan entrando en mi cuarto. Pensé: Va a llamarla. En seguida reapareció con Paulina y con Montero.
Por fin alguien se fue; después, con despreocupación y lentitud partieron otros. Llegó un momento en que sólo quedamos Paulina, yo y Montero. Entonces, como lo temí, exclamó Paulina:
-Es muy tarde. Me voy.
Montero intervino rápidamente:
-Si me permite, la acompañaré hasta su casa.
-Yo también te acompañaré -respondí.


Le hablé a Paulina, pero miré a Montero. Pretendí que los ojos le comunicaran mi desprecio y mi odio.
Al llegar abajo, advertí que Paulina no tenía el caballito chino. Le dije:
-Has olvidado mi regalo.
Subí al departamento y volví con la estatuita. Los encontré apoyados en el portón de vidrio, mirando el jardín. Tomé del brazo a Paulina y no permití que Montero se le acercara por el otro lado. En la conversación prescindí ostensiblemente de Montero.


No se ofendió. Cuando nos despedimos de Paulina, insistió en acompañarme hasta casa. En el trayecto habló de literatura, probablemente con sinceridad y con fervor. Me dije: Él es el literato; yo soy un hombre cansado, frívolamente preocupado con una mujer. Consideré la incongruencia que había entre su vigor físico y su debilidad literaria. Pensé: una caparazón lo protege; no le llega lo que siente el interlocutor. Miré con odio sus ojos despiertos, su bigote hirsuto, su pescuezo fornido.
Aquella semana casi no vi a Paulina. Estudié mucho. Después del último examen, la llamé por teléfono. Me felicitó con una insistencia que no parecía natural y dijo que al fin de la tarde iría a casa.
Dormí la siesta, me bañé lentamente y esperé a Paulina hojeando un libro sobre los Faustos de Müller y de Lessing.

Al verla, exclamé:
-Estás cambiada.
-Si -respondió-. ¡Cómo nos conocemos! No necesito hablar para que sepas lo que siento.
Nos miramos en los ojos, en un éxtasis de beatitud.
-Gracias -contesté.
Nada me conmovía tanto como la admisión, por parte de Paulina, de la entrañable conformidad de nuestras almas. Confiadamente me abandoné a ese halago. No sé cuándo me pregunté (incrédulamente) si las palabras de Paulina ocultarían otro sentido. Antes de que yo considerara esta posibilidad, Paulina emprendió una confusa explicación. Oí de pronto:
-Esa primera tarde ya estábamos perdidamente enamorados
Me pregunté quiénes estaban enamorados. Paulina continuó.


-Es muy celoso. No se opone a nuestra amistad, pero le juré que, por un tiempo, no te vería.
Yo esperaba, aún, la imposible aclaración que me tranquilizara. No sabía si Paulina hablaba en broma o en serio. No sabía qué expresión había en mi rostro. No sabía lo desgarradora que era mi congoja. Paulina agregó:
-Me voy. Julio está esperándome. No subió para no molestarnos.
-¿Quién? -pregunté.
En seguida temí -como si nada hubiera ocurrido- que Paulina descubriera que yo era un impostor y que nuestras almas no estaban tan juntas.
Paulina contestó con naturalidad:
-Julio Montero.


La respuesta no podía sorprenderme; sin embargo, en aquella tarde horrible, nada me conmovió tanto como esas dos palabras. Por primera vez me sentí lejos de Paulina. Casi con desprecio le pregunté:
-¿Van a casarse?
No recuerdo qué me contestó. Creo que me invitó a su casamiento.
Después me encontré solo. Todo era absurdo. No había una persona más incompatible con Paulina (y conmigo) que Montero. ¿O me equivocaba? Si Paulina quería a ese hombre, tal vez nunca se había parecido a mí. Una abjuración no me bastó; descubrí que muchas veces yo había entrevisto la espantosa verdad.


Estaba muy triste, pero no creo que sintiera celos. Me acosté en la cama, boca abajo. Al estirar una mano, encontré el libro que había leído un rato antes. Lo arrojé lejos de mí, con asco .
Salí a caminar. En una esquina miré una calesita. Me parecía imposible seguir viviendo esa tarde.
Durante años la recordé y como prefería los dolorosos momentos de la ruptura (porque los había pasado con Paulina) a la ulterior soledad, los recorría y los examinaba minuciosamente y volvía a vivirlos. En esta angustiada cavilación creía descubrir nuevas interpretaciones para los hechos. Así, por ejemplo, en la voz de Paulina declarándome el nombre de su amado, sorprendí una ternura que, al principio, me emocionó. Pensé que la muchacha me tenía lástima y me conmovió su bondad como antes me conmovía su amor. Luego, recapacitando, deduje que esa ternura no era para mí sino para el nombre pronunciado.


Acepté la beca, y, silenciosamente, me ocupé en los preparativos del viaje. Sin embargo, la noticia trascendió. En la última tarde me visitó Paulina.
Me sentía alejado de ella, pero cuando la vi me enamoré de nuevo. Sin que Paulina lo dijera, comprendí que su aparición era furtiva. La tomé de las manos, trémulo de agradecimiento. Paulina exclamó:
-Siempre te querré. De algún modo, siempre te querré más que a nadie.
Tal vez creyó que había cometido una traición. Sabía que yo no dudaba de su lealtad hacia Montero, pero como disgustada por haber pronunciado palabras que entrañaran -si no para mí, para un testigo imaginario- una intención desleal, agregó rápidamente:
-Es claro, lo que siento por ti no cuenta. Estoy enamorada de Julio.


Todo lo demás, dijo, no tenía importancia. El pasado era una región desierta en que ella había esperado a Montero. De nuestro amor, o amistad, no se acordó.
Después hablamos poco. Yo estaba muy resentido y fingí tener prisa. La acompañé en el ascensor. Al abrir la puerta retumbó, inmediata, la lluvia.
-Buscaré un taxímetro -dije.
Con una súbita emoción en la voz, Paulina me gritó:
-Adiós, querido.
Cruzó, corriendo, la calle y desapareció a lo lejos. Me volví, tristemente. Al levantar los ojos vi a un hombre agazapado en el jardín. El hombre se incorporó y apoyó las manos y la cara contra el portón de vidrio. Era Montero.


Rayos de luz lila y de luz anaranjada se cruzaban sobre un fondo verde, con boscajes oscuros. La cara de Montero, apretada contra el vidrio mojado, parecía blanquecina y deforme. Pensé en acuarios, en peces en acuarios. Luego, con frívola amargura, me dije que la cara de Montero sugería otros monstruos: los peces deformados por la presión del agua, que habitan el fondo del mar.
Al otro día, a la mañana, me embarqué. Durante el viaje, casi no salí del camarote. Escribí y estudié mucho.
Quería olvidar a Paulina. En mis dos años de Inglaterra evité cuanto pudiera recordármela: desde los encuentros con argentinos hasta los pocos telegramas de Buenos Aires que publicaban los diarios. Es verdad que se me aparecía en el sueño, con una vividez tan persuasiva y tan real, que me pregunté si mi alma no contrarrestaba de noche las privaciones que yo le imponía en la vigilia. Eludí obstinadamente su recuerdo. Hacia el fin del primer año, logré excluirla de mis noches, y, casi, olvidarla.


La tarde que llegué de Europa volví a pensar en Paulina. Con aprehensión me dije que tal vez en casa los recuerdos fueran demasiado vivos. Cuando entré en mi cuarto sentí alguna emoción y me detuve respetuosamente, conmemorando el pasado y los extremos de alegría y de congoja que yo había conocido. Entonces tuve una revelación vergonzosa. No me conmovían secretos monumentos de nuestro amor, repentinamente manifestados en lo más íntimo de la memoria; me conmovía la enfática luz que entraba por la ventana, la luz de Buenos Aires.







A eso de las cuatro fui hasta la esquina y compré un kilo de café. En la panadería, el patrón me reconoció, me saludó con estruendosa cordialidad y me informó que desde hacia mucho tiempo -seis meses por lo menos- yo no lo honraba con mis compras. Después de estas amabilidades le pedí, tímido y resignado, medio kilo de pan. Me preguntó, como siempre:
-¿Tostado o blanco?
Le contesté, como siempre:
-Blanco.


Volví a casa. Era un día claro como un cristal y muy frío.
Mientras preparaba el café pensé en Paulina. Hacia el fin de la tarde solíamos tomar una taza de café negro.
Como en un sueño pasé de una afable y ecuánime indiferencia a la emoción, a la locura, que me produjo la aparición de Paulina. Al verla caí de rodillas, hundí la cara entre sus manos y lloré por primera vez todo el dolor de haberla perdido.
Su llegada ocurrió así: tres golpes resonaron en la puerta; me pregunté quién sería el intruso; pensé que por su culpa se enfriaría el café; abrí, distraídamente.
Luego -ignoro si el tiempo transcurrido fue muy largo o muy breve- Paulina me ordenó que la siguiera. Comprendí que ella estaba corrigiendo, con la persuasión de los hechos, los antiguos errores de nuestra conducta. Me parece (pero además de recaer en los mismos errores, soy infiel a esa tarde) que los corrigió con excesiva determinación . Cuando me pidió que la tomara de la mano ("¡La mano!", me dijo. "¡Ahora!") me abandoné a la dicha. Nos miramos en los ojos y, como dos ríos confluentes, nuestras almas también se unieron. Afuera, sobre el techo, contra las paredes, llovía. Interpreté esa lluvia -que era el mundo entero surgiendo, nuevamente- como una pánica expansión de nuestro amor.


La emoción no me impidió, sin embargo, descubrir que Montero había contaminado la conversación de Paulina. Por momentos, cuando ella hablaba, yo tenía la ingrata impresión de oír a mi rival. Reconocí la característica pesadez de las frases; reconocí las ingenuas y trabajosas tentativas de encontrar el término exacto; reconocí, todavía apuntando vergonzosamente, la inconfundible vulgaridad.
Con un esfuerzo pude sobreponerme. Miré el rostro, la sonrisa, los ojos. Ahí estaba Paulina, intrínseca y perfecta. Ahí no me la habían cambiado.
Entonces, mientras la contemplaba en la mercurial penumbra del espejo, rodeada por el marco de guirnaldas, de coronas y de ángeles negros, me pareció distinta. Fue como si descubriera otra versión de Paulina; como si la viera de un modo nuevo. Di gracias por la separación, que me había interrumpido el hábito de verla, pero que me la devolvía más hermosa.
Paulina dijo:
-Me voy. Julio me espera.


Advertí en su voz una extraña mezcla de menosprecio y de angustia, que me desconcertó. Pensé melancólicamente: Paulina, en otros tiempos, no hubiera traicionado a nadie. Cuando levanté la mirada, se había ido.
Tras un momento de vacilación la llamé. Volví a llamarla, bajé a la entrada, corrí por la calle. No la encontré. De vuelta, sentí frío. Me dije: "Ha refrescado. Fue un simple chaparrón". La calle estaba seca.
Cuando llegué a casa vi que eran las nueve. No tenía ganas de salir a comer; la posibilidad de encontrarme con algún conocido, me acobardaba. Preparé un poco de café. Tomé dos o tres tazas y mordí la punta de un pan.


No sabía siquiera cuándo volveríamos a vernos. Quería hablar con Paulina. Quería pedirle que me aclarara unas dudas (unas dudas que me atormentaban y que ella aclararía sin dificultad). De pronto, mi ingratitud me asustó. El destino me deparaba toda la dicha y yo no estaba contento. Esa tarde era la culminación de nuestras vidas. Paulina lo había comprendido así. Yo mismo lo había comprendido. Por eso casi no hablamos. (Hablar, hacer preguntas hubiera sido, en cierto modo, diferenciarnos.)
Me parecía imposible tener que esperar hasta el día siguiente para ver a Paulina. Con premioso alivio determiné que iría esa misma noche a casa de Montero. Desistí muy pronto; sin hablar antes con Paulina, no podía visitarlos. Resolví buscar a un amigo -Luis Alberto Morgan me pareció el más indicado- y pedirle que me contara cuanto supiera de la vida de Paulina durante mi ausencia.
Luego pensé que lo mejor era acostarme y dormir. Descansado, vería todo con más comprensión. Por otra parte, no estaba dispuesto a que me hablaran frívolamente de Paulina. Al entrar en la cama tuve la impresión de entrar en un cepo (recordé, tal vez, noches de insomnio, en que uno se queda en la cama para no reconocer que está desvelado). Apagué la luz.


No cavilaría más sobre la conducta de Paulina. Sabía demasiado poco para comprender la situación. Ya que no podía hacer un vacío en la mente y dejar de pensar, me refugiaría en el recuerdo de esa tarde.
Seguiría queriendo el rostro de Paulina aun si encontraba en sus actos algo extraño y hostil que me alejaba de ella. El rostro era el de siempre, el puro y maravilloso que me había querido antes de la abominable aparición de Montero. Me dije: Hay una fidelidad en las caras, que las almas quizá no comparten.
¿O todo era un engaño? ¿Yo estaba enamorado de una ciega proyección de mis preferencias y repulsiones? ¿Nunca había conocido a Paulina?
Elegí una imagen de esa tarde -Paulina ante la oscura y tersa profundidad del espejo- y procuré evocarla. Cuando la entreví, tuve una revelación instantánea: dudaba porque me olvidaba de Paulina. Quise consagrarme a la contemplación de su imagen. La fantasía y la memoria son facultades caprichosas: evocaba el pelo despeinado, un pliegue del vestido, la vaga penumbra circundante, pero mi amada se desvanecía.


Muchas imágenes, animadas de inevitable energía, pasaban ante mis ojos cerrados. De pronto hice un descubrimiento. Como en el borde oscuro de un abismo, en un ángulo del espejo, a la derecha de Paulina, apareció el caballito de piedra verde.
La visión, cuando se produjo, no me extrañó; sólo después de unos minutos recordé que la estatuita no estaba en casa. Yo se la había regalado a Paulina hacía dos años.
Me dije que se trataba de una superposición de recuerdos anacrónicos (el más antiguo, del caballito; el más reciente, de Paulina). La cuestión quedaba dilucidada, yo estaba tranquilo y debía dormirme. Formulé entonces una reflexión vergonzosa y, a la luz de lo que averiguaría después, patética. "Si no me duermo pronto", pensé, "mañana estaré demacrado y no le gustaré a Paulina".
Al rato advertí que mi recuerdo de la estatuita en el espejo del dormitorio no era justificable. Nunca la puse en el dormitorio. En casa, la vi únicamente en el otro cuarto (en el estante o en manos de Paulina o en las mías).


Aterrado, quise mirar de nuevo esos recuerdos. El espejo reapareció, rodeado de ángeles y de guirnaldas de madera, con Paulina en el centro y el caballito a la derecha. Yo no estaba seguro de que reflejara la habitación. Tal vez la reflejaba, pero de un modo vago y sumario. En cambio el caballito se encabritaba nítidamente en el estante de la biblioteca. La biblioteca abarcaba todo el fondo y en la oscuridad lateral rondaba un nuevo personaje, que no reconocí en el primer momento. Luego, con escaso interés, noté que ese personaje era yo.
Vi el rostro de Paulina, lo vi entero (no por partes), como proyectado hasta mí por la extrema intensidad de su hermosura y de su tristeza. Desperté llorando.
No sé desde cuándo dormía. Sé que el sueño no fue inventivo. Continuó, insensiblemente, mis imaginaciones y reprodujo con fidelidad las escenas de la tarde.
Miré el reloj. Eran las cinco. Me levantaría temprano y, aun a riesgo de enojar a Paulina, iría a su casa. Esta resolución no mitigó mi angustia.


Me levanté a las siete y media, tomé un largo baño y me vestí despacio.
Ignoraba dónde vivía Paulina. El portero me prestó la guía de teléfonos y la Guía Verde. Ninguna registraba la dirección de Montero. Busqué el nombre de Paulina; tampoco figuraba. Comprobé, asimismo, que en la antigua casa de Montero vivía otra persona. Pensé preguntar la dirección a los padres de Paulina.
No los veía desde hacía mucho tiempo (cuando me enteré del amor de Paulina por Montero, interrumpí el trato con ellos). Ahora, para disculparme, tendría que historiar mis penas. Me faltó el ánimo.
Decidí hablar con Luis Alberto Morgan. Antes de las once no podía presentarme en su casa. Vagué por las calles, sin ver nada, o atendiendo con momentánea aplicación a la forma de una moldura en una pared o al sentido de una palabra oída al azar. Recuerdo que en la plaza Independencia una mujer, con los zapatos en una mano y un libro en la otra, se paseaba descalza por el pasto húmedo.
Morgan me recibió en la cama, abocado a un enorme tazón, que sostenía con ambas manos. Entreví un líquido blancuzco y, flotando, algún pedazo de pan.


-¿Dónde vive Montero? -le pregunté.
Ya había tomado toda la leche. Ahora sacaba del fondo de la taza los pedazos de pan.
-Montero está preso -contestó.
No pude ocultar mi asombro. Morgan continuó:
-¿Cómo? ¿Lo ignoras?
Imaginó, sin duda, que yo ignoraba solamente ese detalle, pero, por gusto de hablar, refirió todo lo ocurrido. Creí perder el conocimiento: caer en un repentino precipicio; ahí también llegaba la voz ceremoniosa, implacable y nítida, que relataba hechos incomprensibles con la monstruosa y persuasiva convicción de que eran familiares.


Morgan me comunicó lo siguiente: Sospechando que Paulina me visitaría, Montero se ocultó en el jardín de casa. La vio salir, la siguió; la interpeló en la calle. Cuando se juntaron curiosos, la subió a un automóvil de alquiler. Anduvieron toda la noche por la Costanera y por los lagos y, a la madrugada, en un hotel del Tigre, la mató de un balazo. Esto no había ocurrido la noche anterior a esa mañana; había ocurrido la noche anterior a mi viaje a Europa; había ocurrido hacía dos años.
En los momentos más terribles de la vida solemos caer en una suerte de irresponsabilidad protectora y en vez de pensar en lo que nos ocurre dirigimos la atención a trivialidades. En ese momento yo le pregunté a Morgan:
-¿Te acuerdas de la última reunión, en casa, antes de mi viaje?
Morgan se acordaba. Continué:
-Cuando notaste que yo estaba preocupado y fuiste a mi dormitorio a buscar a Paulina, ¿qué hacía Montero?
-Nada -contestó Morgan, con cierta vivacidad-. Nada. Sin embargo, ahora lo recuerdo: se miraba en el espejo.


Volvía a casa. Me crucé, en la entrada, con el portero. Afectando indiferencia, le pregunté:
-¿Sabe que murió la señorita Paulina?
-¿Cómo no voy a saberlo? -respondió-. Todos los diarios hablaron del asesinato y yo acabé declarando en la policía.
El hombre me miró inquisitivamente.
-¿Le ocurre algo? -dijo, acercándose mucho-. ¿Quiere que lo acompañe?
Le di las gracias y me escapé hacia arriba. Tengo un vago recuerdo de haber forcejeado con una llave; de haber recogido unas cartas, del otro lado de la puerta; de estar con los ojos cerrados, tendido boca abajo, en la cama.
Después me encontré frente al espejo, pensando: "Lo cierto es que Paulina me visitó anoche. Murió sabiendo que el matrimonio con Montero había sido un equivocación -una equivocación atroz- y que nosotros éramos la verdad. Volvió desde la muerte, para completar su destino, nuestro destino".






Recordé una frase que Paulina escribió, hace años, en un libro: Nuestras almas ya se reunieron. Seguí pensando: "Anoche, por fin. En el momento en que la tomé de la mano". Luego me dije: "Soy indigno de ella: he dudado, he sentido celos. Para quererme vino desde la muerte".
Paulina me había perdonado. Nunca nos habíamos querido tanto. Nunca estuvimos tan cerca.
Yo me debatía en esta embriaguez de amor, victoriosa y triste, cuando me pregunté -mejor dicho, cuando mi cerebro, llevado por el simple hábito de proponer alternativas, se preguntó- si no habría otra explicación para la visita de anoche. Entonces, como una fulminación, me alcanzó la verdad.
Quisiera descubrir ahora que me equivoco de nuevo. Por desgracia, como siempre ocurre cuando surge la verdad, mi horrible explicación aclara los hechos que parecían misteriosos. Éstos, por su parte, la confirman.
Nuestro pobre amor no arrancó de la tumba a Paulina. No hubo fantasma de Paulina. Yo abracé un monstruoso fantasma de los celos de mi rival.


La clave de lo ocurrido está oculta en la visita que me hizo Paulina en la víspera de mi viaje. Montero la siguió y la esperó en el jardín. La riñó toda la noche y, porque no creyó en sus explicaciones -¿cómo ese hombre entendería la pureza de Paulina?- la mató a la madrugada.
Lo imaginé en su cárcel, cavilando sobre esa visita, representándosela con la cruel obstinación de los celos.
La imagen que entró en casa, lo que después ocurrió allí, fue una proyección de la horrenda fantasía de Montero. No lo descubrí entonces, porque estaba tan conmovido y tan feliz, que sólo tenía voluntad para obedecer a Paulina. Sin embargo, los indicios no faltaron. Por ejemplo, la lluvia. Durante la visita de la verdadera Paulina -en la víspera de mi viaje- no oí la lluvia. Montero, que estaba en el jardín, la sintió directamente sobre su cuerpo. Al imaginarnos, creyó que la habíamos oído. Por eso anoche oí llover. Después me encontré con que la calle estaba seca.


Otro indicio es la estatuita. Un solo día la tuve en casa: el día del recibo. Para Montero quedó como un símbolo del lugar. Por eso apareció anoche.
No me reconocí en el espejo, porque Montero no me imaginó claramente. Tampoco imaginó con precisión el dormitorio. Ni siquiera conoció a Paulina. La imagen proyectada por Montero se condujo de un modo que no es propio de Paulina. Además, hablaba como él.
Urdir esta fantasía es el tormento de Montero. El mío es más real. Es la convicción de que Paulina no volvió porque estuviera desengañada de su amor. Es la convicción de que nunca fui su amor.







Es la convicción de que Montero no ignoraba aspectos de su vida que sólo he conocido indirectamente. Es la convicción de que al tomarla de la mano -en el supuesto momento de la reunión de nuestras almas- obedecí a un ruego de Paulina que ella nunca me dirigió y que mi rival oyó muchas veces.



*     *     *


Como siempre dejo notas y enlaces al final. Espero les haya gustado a los lectores de literatura fantástica y a los que se inician.

Les habrá pasado de pensar en esos amores que trascienden, que van más allá de nuestros límites de comprensión.

Quizá creyeron como yo, que en esta historia «el amor» volvía para reparar, y se habrán sorprendido con el giro inesperado que toma el relato en el último párrafo. 

Admiro la habilidad, la inagotable fantasía para decir de Adolfo Bioy Casares —entre otras cosas que irán descubriendo—, que el pensamiento, obediente a los sentimientos, resuelve en tal sentido,... en esta embriaguez de amor, victoriosa y triste.
Pero siempre hay otra explicación posible... Entonces, como una fulminación, me alcanzó la verdad.

La verdad de alguien que deja de ser el amor de los sueños, real o imaginado.
¿El fantasma de Paulina o la proyección de los celos de su rival?
¿Qué es lo real en este cuento fantástico? 
La que cada uno de los lectores acepte enfrentar del Otro, sin lugar a dudas tiene varias significaciones.

Entrar en este juego es una agradable propuesta de lectura activa, espero que disfruten de esta trama y de su excelente solidez constructiva.

C. G.  



Mis notas, lecturas, links y sitios de interés para visitar:


- La trama celeste, Adolfo Bioy Casares: los seis relatos que lo componen —escritos entre 1944 y 1948— nos muestran una vez más la inagotable fantasía de Adolfo Bioy Casares: los juegos de apariencia y realidad, espaciales y temporales, audaces variaciones de sorprendente originalidad.

«En memoria de Paulina» tiene por argumento la encarnación de una fantasía convertida en destructora obsesión; «De los reyes futuros» toma como motivo las imprevisibles consecuencias de los experimentos de un naturalista. La posibilidad de la existencia de varios mundos paralelos, una ancestral leyenda celta y un intento de vencer al tiempo enmarcado en una investigación casi policial dan origen a «El ídolo», «La trama celeste», y «El perjurio de la nieve»; y «El otro laberinto» revela el amor de Bioy «por esa delicada Cenicienta, la belleza menos fácil, la simple». 


- Análisis de Cynthia Duncan, University of Tennessee:
  http://cdigital.uv.mx/bitstream/123456789/6450/2/91922629P337.pdf


- Perspectivas y espacios del engaño en este cuento, Universidad de Navarra:
http://www.academia.edu/2009455/Perspectivas_y_espacios_del_enga%C3%B1o_en_un_cuento_de_Bioy_Casares


 - Los personajes femeninos en la narrativa de adolfo Bioy Casares, Universidad Complutense de Madrid, Departamento de Filología:
 http://eprints.ucm.es/4506/1/ucm-t25437.pdf


-  Adolfo Bioy Casares, biografía, obras. Instituto Cervantes:
http://www.cervantes.es/bibliotecas_documentacion_espanol/biografias/cairo_adolfo_bioy_casares.htm 


Adolfo Bioy Casares
 




sábado, 26 de septiembre de 2015

«Delicadeza», Liliana Heker



«Delicadeza»

Liliana Heker

[Buenos Aires, Argentina, 1943]

 

Uno de los siete cuentos del libro La muerte de Dios [2012].

Editorial Alfaguara




La señora Brun estaba terminando de arreglarse para ir a visitar a su amiga Silvina cuando advirtió que, por el surtidor del bidet, salía un poco de agua. Trató de cerrar bien las canillas pero no dio resultado. Las abrió a fondo para luego cerrarlas con el envión pero, por más que apretó, el chorro de agua caliente salía con tanta presión que casi llegaba al techo.


Volvió a abrir y cerrar la canilla de agua caliente; fue inútil: el chorro seguía saliendo. El baño entero estaba mojado y lleno de vapor y ella misma estaba empapada, de modo que no le quedó más remedio que cerrar la llave de paso del agua caliente, cambiarse de ropa y ponerse a la tarea de conseguir un plomero.


Nada fácil. El que siempre venía a su casa tenía trabajo comprometido para tres días, el del consorcio no dispondría de tiempo hasta la tarde siguiente. Por fin, un plomero cuyo teléfono le acababa de pasar el portero de al lado le dio su palabra de que iba a estar ahí en media hora.


La señora Brun bajó a preguntarle al portero de al lado si el plomero era de confianza.
–No lo conozco, señora –le dijo el portero–, pero hoy en día, ni en la madre de uno se puede confiar.
No era muy alentador pero ¿qué salida le quedaba? Llamó a su amiga Silvina y le contó el contratiempo.
–Por ahí es una cosa de nada y puedo ir más tarde –le dijo.


Precavida, guardó bajo llave la billetera y las joyas; también llamó a su marido para contarle el incidente y avisarle que estaba por venir un plomero al que no conocía. Ante cualquier situación anómala, su marido sabría a qué atenerse.


El plomero, un hombre enjuto de unos cincuenta años, llegó a la media hora, como había dicho. Lo que no le cayó muy bien a la señora Brun fue que viniera acompañado por otro, un muchacho grandote de pelo largo y enrulado, recogido en una cola de caballo.
–Ay, no sabía que iba a traerse un ayudante –dijo con mucha cordialidad–. Como parece un trabajo tan sencillito…
–Todavía no lo vimos, señora –dijo cortante el plomero.







Parece un tipo con pocas pulgas, pensó la señora Brun. Los condujo a los dos hasta el baño y explicó el problema.
–¿Dónde está la llave de paso? –dijo el plomero.
–¿Necesita abrirla? –la mirada del plomero la desalentó. Se apuró a decir–: Claro, claro, no se preocupe, ahora voy.
Fue hasta la cocina y abrió la llave de paso. Volvió y el agua salía a chorros. El ayudante manipulaba algo con una especie de llave inglesa, el plomero le daba indicaciones.


–Ay, me está empapando todo el baño –dijo la señora Brun.
–Es agua, señora –dijo el plomero–. Después se seca.
Ella suspiró.
–¿Le parece que...?
–Ahora hay que cerrar la llave de paso –dijo el plomero.
Ella fue corriendo, cerró la llave, y volvió.
–Necesito un trapo –dijo el plomero.
Fue a buscar un trapo. Cuando lo trajo, el plomero estaba trabajando.


–Secá un poco, por favor –le dijo al ayudante–. Es el cuerito del agua caliente –le dijo a la señora Brun–, pero además está rota la transferencia. ¿Sabía que estaba rota?
–No –dijo ella–, siempre anduvo perfectamente.
–¿Perfectamente? –dijo el plomero–. ¿Podía pasar del surtidor central a los chorros laterales?
–La verdad que no.
–Entonces no andaba perfectamente. Es la transferencia.
–¿Y va a demorar mucho el arreglo?
–Una media hora. Lo que sí, voy a tener que probar varias veces con la llave de paso. Mejor me dice dónde está.


A la señora Brun la insistencia del plomero le dio mala espina pero consideró preferible no contrariarlo. Con esta gente nunca se sabe, pensó que le iba a decir a su amiga Silvina cuando le contase, y lo guió hacia la cocina. Esperó. El plomero abrió la llave de paso, le gritó algo al ayudante, que le contestó, y al fin la cerró.
–¿Lo acompaño hasta el baño? –dijo la señora Brun.
El plomero la miró de manera inamistosa.
–Conozco el camino –dijo.


Ella esperó a que el hombre se alejase y fue hasta el escritorio desde donde, al menos, podía ver la puerta del baño. Tenía ganas de llamar a su amiga Silvina para contarle lo antipático que era el plomero, pero al fin decidió que lo mejor era no llamarla: con la puerta abierta los hombres la iban a escuchar y si cerraba no iba a poder vigilar la puerta del baño. No es que les esté encima, pensó que le hubiese dicho a Silvina; no me gusta eso de andar vigilando a la gente que trabaja, pero este plomero es un tipo tan raro, y encima con ese ayudante… Decime vos si el tipo tenía necesidad de traer un ayudante. Vieras qué manera de insistir en que la llave de paso la tenía que manejar él, ¿qué le iba a decir? Así que ahí lo tengo, circulando de acá para allá como Pancho por su casa.


Fue hasta el baño.
–Y, ¿cómo va eso? –preguntó con jovialidad.
–Bien –dijo el plomero–, en seguida va a estar.
–Ay, qué suerte, entonces voy a hacer a tiempo para ir a lo de mi amiga, pobre, está inmovilizada con un esguince de tobillo.


No hubo comentarios al respecto, ni por parte del plomero ni por parte del ayudante, así que la señora Brun esperó un poco y al fin se fue al dormitorio a preparar la ropa: pensaba cambiarse en cuanto se fuera el plomero, así se iba en seguida a lo de su amiga Silvina. Sacó del alhajero los aros que se iba a poner y fue en ese momento cuando se acordó de la cadenita con la lágrima: la había dejado en el botiquín del baño. como hacía siempre antes de entrar a la ducha. Trató de serenarse: el plomero no habría tenido ningún motivo para abrir el botiquín.


Fue hasta el baño y se quedó en la puerta; no quería parecer ansiosa.
–Y, ¿todo bien?–dijo–, ¿ya van terminando?
–Así es, señora –dijo el plomero.
–¿Después ya se van a su casa a descansar?
–Todavía no –dijo el ayudante.
–Ay, qué trabajo ingrato –dijo la señora Brun–, siempre alguna urgencia de último momento. Si me permiten, voy a buscar una cosita.



Entró en el baño y abrió el botiquín. Un hálito de pavor la recorrió de cuerpo entero: la lágrima no estaba.
Sin muchas esperanzas echó un vistazo a su alrededor por si había quedado sobre el vanitory o en alguna repisa. Nada. En el piso. Nada.
–Ay –involuntariamente exclamó.
El plomero la miró.
–¿Le pasa algo? –dijo.
–No, nada, es que me acordé de una cosa –dijo, y salió del baño.


Claro que estoy segura, pensó que le hubiese dicho a su amiga Silvina, siempre la dejo ahí antes de ducharme (por las dudas, iba registrando el alhajero, la cómoda, la mesita de luz), justamente la guardo en el botiquín para que no pueda caerse, imaginate, es un diamante de tres quilates. No, claro que no la uso para todos los días, te creés que estoy loca, 






con la inseguridad que hay; sólo para alguna salida especial, y siempre que vaya con Ricardo. Por eso justamente es que me la pongo cuando estoy en casa, que no hay ningún riesgo. Si no, cuándo la voy a usar. Y yo adoro esa lágrima.


Había terminado de buscar en todos los lugares posibles y nada. Qué tenía que hacer ahora. Por supuesto no puedo plantarme ahí y decirle “usted me robó mi lágrima”, pensó que le habría dicho a su amiga Silvina. Por delicadeza, te das cuenta, vos no podés ir así como así y acusar a un tipo de ladrón si no tenés pruebas. Además tiene un carácter… Capaz que se le sube la mostaza y me da un mazazo en la cabeza. Y ahí sí que te quiero ver, escopeta. Encima son dos; conmigo desmayada en cinco minutos me desvalijan la casa y si te he visto no me acuerdo.


La señora Brun estaba de pie en mitad del hall, preguntándose cómo debía actuar; por mucha delicadeza que tuviera, tampoco podía permitir que el plomero, así como así, se llevara su diamante. Muy probable que el tipo ni siquiera fuese un ladrón profesional: lo había visto en el botiquín, se había dado cuenta del valor que tenía, y ahí nomás lo había manoteado. En ese momento la señora Brun empezó a ver claro: lo que debía hacer era darle una oportunidad al tipo para que lo devolviera. 


Pegó un grito. De golpe, el plomero había aparecido ante sus ojos.
–¡A dónde va! –le gritó.
El hombre la miró, un poco sorprendido.
–A abrir la llave de paso –dijo.
–Ay, sí, claro, perdone: es que estaba pensando en otra cosa –dijo la señora Brun.
Caminó hasta el baño repasando lo que iba a decir. El muchacho de los rulos estaba manipulando la canilla de la transferencia.


–Abrí –se escuchó el grito del plomero desde la cocina.
El muchacho abrió la canilla de agua caliente. Salió un razonable chorro de agua. Hizo girar la transferencia: el agua salió por abajo. Cerró: el agua dejó de salir.
–Qué bien, eh –dijo la señora Brun. Hizo como que buscaba algo en el vanitory.
–¿Todo en orden? –dijo el plomero, que acababa de entrar en el baño.
–Sí –dijo el muchacho.


–¡Ay, Dios mío! –dijo la señora Brun. El plomero y el muchacho la miraron–. Si lo dejé acá, podría jurarlo –dijo con tono de angustia; esperó que le preguntaran algo, pero no–. Es que soy tan distraída, no tengo remedio. ¿Ustedes, por casualidad, no habrán visto un colgantito sobre la mesada?
Los dos hombres dijeron que no.
–Ay, me quiero matar. Tenía un valor sentimental tan grande para mí. Me lo regaló mi marido cuando nos casamos, era de su madre, pobre, murió tan joven.
–¿No lo habrá dejado en otro lado, señora? –dijo el plomero, un poco impaciente.
–No, seguro que no.
–Bueno, después lo busca bien –dijo el plomero–. Nosotros ya terminamos.


Es un cínico, pensó la señora Brun que le iba a decir a su amiga Silvina, pero yo ya lo tenía todo bien pensado; la cuestión era darles la oportunidad de que lo devolvieran.
–Dígame –dijo–, ¿no se puede haber caído por el desagüe de la pileta?
El plomero se encogió de hombros.
–Como poder, puede –dijo–. Depende del tamaño.
–Era chiquito –se apuró a decir la señora Brun. Total, si el tipo lo tenía en su poder no le iba a decir, no señora, yo sé que es enorme.
–Y, entonces puede –dijo el plomero.


–¿Usted no sería tan amable de fijarse? Yo mientras les preparo un cafecito.
El plomero intercambió con el ayudante una mirada que no escapó a la perspicacia de la señora Brun.
–Con algo fresco es suficiente, señora –dijo el plomero.
Ella se fue para la cocina. Pensó que era muy hábil de su parte dejarlos solos. Había que darles tiempo. Si no eran ladrones profesionales, capaz que se conmovían y, cuando ella volvía con los vasos, le decían: Acá lo tiene; estaba en el desagüe.


–¿Y? –dijo cuando volvió con los vasos.
El hombre había sacado la rejillita de la bacha.
–Acá no se ve –dijo.
–Pero qué contratiempo –dijo la señora Brun–. Fíjese que no puede haber desaparecido.
El plomero la miró inamistosamente.
–No, señora –dijo–, desaparecer no desaparece nada en este mundo.
–Entonces en algún lado tiene que estar –dijo la señora Brun.
–Y sí –dijo el plomero; miró la hora.
–¿Dónde? –dijo la señora Brun–. ¿Dónde le parece que puede estar?
–Y, si se fue con el agua capaz que está en el sifón.
–Ay, ¿no lo puede buscar ahí?
–¿Ahí, dónde? –dijo el plomero.
–En el sifón.


El plomero se encogió de hombros.
–Poder, puedo, señora. Pero hay que sacar la pileta entera.
–No importa –dijo la señora Brun–, no sabe lo importante que es para mí ese colgantito. Yo se lo agradecería tanto.
–Señora, a ver si nos entendemos: usted no va a tener que agradecerme. Yo hago lo que me pida, y después le cobro. Es mi trabajo.
–Claro, hombre, claro que es su trabajo. Faltaba más. Yo los dejo acá tranquilos. Saquen todo lo que tengan que sacar. Seguro que en el momento menos pensado me dan una buena noticia. Yo voy a andar por ahí cerca. Cualquier cosita me llaman.


Y qué querías que hiciera, pensó que le habría dicho a su amiga Silvina, ahora que ya llegué hasta este punto, tengo que darles la última oportunidad, ¿no te parece? Encima el tipo me mira con una cara de asesino… Qué sabe una cómo reacciona esta gente.
Caminó nerviosamente entre el escritorio y el living, escuchando los golpes. Se desvivía por entrar en el baño, pero no: tenía que darles tiempo para que lo conversasen entre ellos, capaz que recapacitaban: había leído que aun los peores criminales guardan un gramo de sentimiento.


Cuando los golpes dejaron de oírse entró en el baño: su hermoso vanitory con tapa de mármol estaba en el suelo, y había agujeros en los azulejos.
La señora Brun juntó las palmas como si rogara.
–Díganme que lo encontraron –dijo.
–Lamentablemente no, señora –dijo el plomero.


Ella se enfureció; pensó que esto ya se estaba pasando de castaño oscuro.
–¡Pero es imposible! –dijo con tono autoritario–. ¡Yo lo dejé acá, sobre esta mesada! ¡Revisen bien, en algún lado tiene que estar!
–Seguro, sí, en algún lado tiene que estar –dijo con calma el plomero.
Es un hombre perverso, pensó la señora Brun que le iba a decir a su amiga Silvina; goza atormentándome pero yo no me voy a rendir así nomás.
–Y entonces, ¿qué solución me da? –dijo.


El plomero, ahora sin el menor disimulo, clavó en la señora Brun una mirada fría y feroz.
–Podemos romper el baño hasta llegar a la caja, si quiere, a ver si en algún sector del caño aparece al fin su colgantito.


Quiere matarme, pensó la señora Brun. Me miraba con esa cara de asesino, pensó que le diría a su amiga Silvina, y yo me di cuenta de que, si llegaba a contradecirlo, me iba a matar.
–Sí, rompa, rompa –dijo–. Si me garantiza que así va a aparecer.
–Sí, señora, va a aparecer –dijo el plomero con ferocidad muy controlada–. Todo aparece tarde o temprano.
La señora Brun lo miró con miedo.
–¿Pero si tampoco entonces lo encuentran? –dijo, desesperada.


El plomero clavó los ojos en ella.
–Si rompemos hasta la caja y tampoco lo encontramos, ¿sabe lo que podemos hacer? –hizo una pausa. Matarla, pensó la señora Brun que iba a decir el plomero–. Vamos a seguir rompiendo hasta que lleguemos al río. Seguro que si no aparece acá, en el río va a tener que estar, ¿no le parece? Lo importante es que encontremos su colgantito.


–El río, tiene razón, el río –dijo la señora Brun, borracha de terror–. Seguro que si no está acá, en el río va a aparecer –con disimulo se fue desplazando hacia la puerta del baño–. Rompan, por favor, rompan hasta el río. Tranquilos, eh, trabajen muy tranquilos, que yo me voy a dormir. Sírvanse lo que gusten, mi marido después les paga.


Se encerró en el dormitorio en el momento justo en que empezaban los golpes. Se tomó una pastilla para dormir y se acostó. Apenas apoyó la cabeza se acordó de que la lágrima de diamante la había escondido ahí, debajo de la almohada, a los apurones porque el plomero había tocado el timbre justo cuando se la estaba sacando. Era un hecho que, si la lágrima estaba, su marido nunca iba a entender qué necesidad había de romper todo el baño, así que se levantó, fue hasta el balcón, y tiró la lágrima bien lejos, para que no volviera. Pensó si esto se lo contaría o no a su amiga Silvina.


Los golpes se oían cada vez más fuertes de modo que, antes de acostarse de nuevo, se puso algodones en los oídos. Ahora sí, que rompieran todo lo que quisieran. Hasta dar con la caja, o hasta llegar al río, o hasta que, de ese mundo seguro y confortable del que había disfrutado la señora Brun, no quedara piedra sobre piedra.

Fin


Liliana Heker [Buenos Aires, 1943]
 Una de las grandes narradoras argentinas



Los cuentos de este libro, La muerte de Dios [Alfaguara] son: La muerte de Dios [Primer despertar, Historia de Dios I, Segundo despertar, Historia de Dios II, Tercer despertar], El concurso, El visitante, Delicadeza, Con medalla, con goulash, con un atenuado clamor de alas, Tarde de circo y De la voluntad y sus tribulaciones.

Estuvo trabajndo en ellos diez años, y lo apreciamos en su prosa impecable. El título del libro no tiene nada que ver con los conceptos de Hegel ni con la proposición nietzschiana, nos cuenta en una entrevista, aunque juega con ella. 
Aquí tiene otro significado, el Dios del que habla Liliana Heker es personal, anecdótico, se le muere a una sola persona y no vamos a dar más detalles.

Elegí este cuento porque leí lo que contaba la autora: «Uno puede descubrir que en un libro hay un cuento que sobra o descubrir que queda un hueco, un texto que falta, un cuento que pide ser escrito para ese libro». Y esa ausencia, ese cuento que faltaba... lo buscó y buscó, hasta que apareció exactamente lo que quería. Así encontró «Delicadeza».

Una historia que, a partir de algo que podría ser considerado mínimo, casi de una cotidianidad desanimada, va tensando ese ambiente doméstico —revelándose gradualmente— hasta la exasperación.

La inseguridad como tema en sus dos acepciones: la de la personalidad y la de la calle, la de los medios, dirán muchos. La violencia y la paranoia, instaladas como algo lógico y natural.

Acá sería interesante leer a Andrea Cavalletti, el joven filósofo italiano autor de Mitología de la seguridad. La ciudad biopolítica [2010]. Escucharlo hablar de como se busca promover la seguridad para la población llamada «justa» o «verdadera población». Se hace en nombre de un peligro... Es una definición policíaca de la seguridad. Hoy lo importante no es, por ejemplo, la seguridad del trabajo, sino la seguridad respecto de la amenaza, real o /y exagerada.

También veo en la protagonista del cuento, la necesidad imperiosa de la mirada del otro, de la aprobación: la amiga, intelocutora ficticia. Y finalmente, salvarse a cualquier precio, aunque para ello se tenga que dormir un sueño eterno.
Una historia que nació de «una indignación» que comparto,... o compartimos muchos, me atrevería a decir. Todo dicho con esa fina ironía que no necesita de signos ortográficos redoblados ni emoticons, no vaya a ser que lo mal interpretemos.
Después, están las miles de lecturas y conjeturas, tantas como lectores se sumerjan en la historia y se sientan con ganas de dar su opinión.

C. G.

 

Mis notas, lecturas, datos informativos y links:


- Liliana Heker [Buenos Aires, 1943], autora de las novelas: Zona de clivaje [1987] y El fin de la historia [1996]; de los libros de no-ficción: Las hermanas de Shakespeare [1999, textos críticos] y Diálogos sobre la vida y la muerte [1980, entrevistas]; de los libros de cuentos: Los que vieron la zarza [1966], Acuario [1972], Las peras del mal  [1982],... todos reunidos en Cuentos [2004] y el excelente libro de relatos: La crueldad de la vida [2001].

Distinguida con numerosos premios [Konex de Platino, Primer Premio Municipal de Novela, Premio a la Trayectoria Letras de Oro de la Fundación Honorarte, etc.].

Fundadora junto a Abelardo Castillo, de las revistas de literatura El Escarabajo de Oro [1961-1974], y El Ornitorrinco [1977-1986].

Desde 1978, coordina talleres de narrativa en los que se han formado muchos de los excelentes narradores actuales de la Argentina.

Es sin lugar a dudas una maestra del relato, no hay otra representante mejor para hacer conocer esos «secretos del oficio» que ofrece FILBA en su programa este año.

De ella dice el escritor y periodista Augusto Munaro a propósito de su libro, La muerte de Dios [2011]: «Liliana Heker escribe con un estilo prolijo, cuidado, detallista,... donde trasciende su capacidad introspectiva. Los temas que recorren su obra son: el peso de la vida sobre el individuo, la muerte, la vejez, el transcurso del tiempo. Nos regala una soberbia lección del arte de narrar que asombra por tanta riqueza en estrategia creadora y en profundidad significativa».

Y siempre es un placer escucharla, además de leer su obra, es una de mis escritoras preferidas. Si hay algún lector que todavía no la conoce y quisiera iniciarse con uno de sus relatos, esta fue su oportunidad.
El cuento es para ella un género fundamental, «el que practico con continuaidad», dice, felizmente para los lectores.


-Lectura completa del libro:

https://books.google.com.ar/books?id=Kp1weaus1eIC&pg=PP1&lpg=PP1&dq=liliana+heker,+La+muerte+de+Dios&source=bl&ots=KS25DlirH3&sig=pTb2g8anmY_ehZviGs3kJzd6_EU&hl=es&sa=X&ved=0CFAQ6AEwCWoVChMIzpOftrGOyAIVg4WQCh1NUwfm#v=onepage&q=liliana%20heker%2C%20La%20muerte%20de%20Dios&f=false


- Entrevista a Liliana Heker: donde habla de cómo nació este cuento, entre otras opiniones acerca del trabajo de la creación, de la escritura.
http://archivo.losandes.com.ar/notas/2012/3/24/liliana-heker-juego-ficcion-631558.asp