miércoles, 12 de mayo de 2021

«Pregúntale al polvo», John Fante

Pregúntale al polvo

[Ask the Dust, 1939]

John Fante

[Colorado, 1909-1983, California] 


Editorial Anagrama; 208 págs.
Traducción: Antonio-Prometeo Moya
Ilustración: Cheyco Leidmann

          

          Pregúntale al polvo es la novela que John Fante publicó en 1939, bajo el título original «Ask the Dust», que les voy a reseñar.

¿Quién es John Fante?



          John Fante fue un extraordinario escritor estadounidense, ya convertido en un clásico, precursor del realismo sucio.
          Nació el 8 de abril de 1909 en Denver, Colorado, en una familia humilde de origen italiano. 
          Allí realizó su formación académica que quedó inconclusa. Se mudó a Los Ángeles, California, siendo muy joven, tenía el firme propósito de ser escritor. En esta ciudad transcurren la mayoría de sus historias, en el distrito de Bunker Hill, más precisamente. 
          Falleció en esta misma ciudad, a los 74 años, el 8 de mayo de 1983 a causa de una diabetes avanzada.
          Como le sucede a muchos escritores, su carrera no fue fácil. No conseguía que publicaran sus relatos. Finalmente tuvo éxito con uno: «Monaguillo» [Altar Boy]. Primero publicado en el libro Dago Red [1940], y acualmente en El vino de la juventud.
          Sus libros más recomendados son cinco novelas y un libro de cuentos: Pregúntale al polvo [1939] —la novela que cautivó a Bukowski—, Espera a la primavera, Bandini [1938] —primera de la saga con el famoso protagonista—, Camino a Los Ángeles [1985], Sueños de Bunker Hill, ya enfermo, dictado a su esposa [1982], La hermandad de la uva, obra maestra de la madurez [1977] y el libro de cuentos ya nombrado, El vino de la juventud [2013].
          Todas estas historias, menos La hermandad de la uva, están marcadas por un protagonista indiscutible: Arturo Bandini, su alter ego. Así como Bukowski tendría luego a su Henry Chinaski, Hank. Dos personajes ficticios para decir lo suyo y convertir la vida en literatura. La familia Molise protagoniza otras historias. 
          También escribió novelas cortas y guiones de cine. Considerados por él mismo, estos últimos, sin valor literario, pero reconociendo sí que era una buena manera de ganarse una vida holgada y una elegante mansión en Malibú, fue «devorado por la máquina llamada Hollywood», en sus palabras. 
          El verdadero reconocimiento lo tuvo después de muerto. Es bien conocida la historia de haber sido descubierto, tanto por lectores como por la industria literaria, gracias a Charles Bukowski, el gran transgresor, autor de Factótum y La máquina de follar. El azar puso este libro en sus manos. Es él mismo quien lo cuenta en el prólogo de esta novela reeditada.


Charles Bukowski y John Fante

          Voy a transcribir alguna de sus frases, los conceptos que considero más representativos de este feliz encuentro literario:          

          «Yo era joven, quería ser escritor. Casi todos los libros que leía eran de la Biblioteca Municipal de Los Ángeles. Nada tenían que ver conmigo, ni con las calles ni con las personas que me rodeaban. Me daba la sensación de que todos se dedicaban a hacer juegos de prestidigitación con las palabras, que aquellos que prácticamente no tenían nada que decir pasaban por escritores de primera línea. Sus libros eran una mezcla de sutileza, artesanía y formalismo. Un invento cómodo. Libros insípidos. Una logocultura ingeniosa y prudente. Había excepciones pero eran escasas. 

          Cierto día cogí un libro, lo abrí y se produjo el descubrimiento. Las líneas se encadenaban con soltura a lo largo de las páginas. Allí había fluidez. Cada renglón poseía energía propia. El humor y el sufrimiento se entremezclaban con sencillez soberbia. Comenzar a leer aquel libro fue para mí un milagro. 

          Me llevé el libro a casa y, mucho antes de acabarlo supe que había dado con un autor que había encontrado una forma distinta de escribir. El libro se titulaba Pregúntale al polvo y el autor se llamaba John Fante. 

          Fante fue para mí un dios». 

Mi comentario de la novela



          El joven protagonista, Arturo Bandini de 20 años, es el que nos cuenta la historia. Con él comienza, sentado en la cama de su habitación en la pensión «Alta Loma». Estamos en un barrio del centro de Los Ángeles: Bunker Hill. Al estar en lo alto de la colina, para ir a su piso sexto, debe bajar en lugar de subir. Es gracioso, pero puede entrar y salir por la ventana, que está a nivel de la ladera. Ha dejado su ciudad natal en Colorado y está en un aprieto económico. Debe dinero de la renta y la dueña lo persigue, se alimenta escasamente. La buena racha de DiMaggio, los ruidosos tranvías y un Hitler en la cumbre de su poder nos ubican en la década de 1940.

          Bandini recorre las calles, mira todo y recuerda su pasado. Se detiene, tanto ante las palmeras vistas por primera vez, la vecindad sucia y la arena procedente de los desiertos tapizando el aire, como ante un hotel de lujo y sus ocupantes ricos. Mujeres que son una belleza y que bajan orgullosas de los taxis. Sueña y el mundo entero desaparece. Imagina que esa mujer, tan elegantemente vestida que acaba de ver, lo acompaña en un coche negro imponente. Fuman buen tabaco, toman cócteles y van a bailar. Imagina que ya es un autor célebre. 

          «¡Dame algo tuyo, Los Ángeles! Ven a mí tal como yo voy hacia ti, con los pies en tus calles, ciudad preciosa a la que tanto amo, flor triste enterrada en la arena». Así es la fuerte determinación, el alto grado de confianza y seguridad, la demanda con que se mueve Bandini. Este pasaje que transcribo, con esta pasión desenfrenada, muestra el espíritu de la novela. Podría rayar en el sentimentalismo, sin embargo, no, al ser la tragedia lo que subyace detrás de esas frases. Una tragedia llena de ironías que, en muchas ocasiones nos despierta una sonrisa, por más paradójico que esto suponga. Por ejemplo, verlo con esa enorme cantitad de ejemplares de la revista Atlantic Montly donde publicaron su cuento, regalando a diestra y siniestra un ejemplar como prueba de su profesión. Puede parecer jactancioso, creo que Fante quiere mostrar una vanidad incipiente, propia de algunos escritores que no dejan que sean otros los que muestren su obra, o que hablen de ellos.

          Tiene un agente literario en Nueva York, quien ha logrado publicar ese único relato: «El perrito que reía». Siempre espera ansiosamente noticias de J. C. Hackmuth, así se llama el agente que, reconoce muy bien su talento. Bandini le manda muchas cartas y él responde. Le escribe mucho también a su madre en Colorado, asegurándole que asiste a misa regularmente —la religión, acompañada por la culpa están siempre—, y que su literatura es un éxito. Miente. Ellos son los dos destinatarios de su correspondencia abundante y metódica. 

          A la ansiedad de ser reconocido, se une la de estar con una chica mexicana. Hay muchas por las calles. Conoce por fin a una «princesa azteca», como Bandini la llama. Para ser un buen escritor debía conocer más de la vida. Aprender viviendo. Y se enamora de Camilla, aunque no de la manera en que vos y yo lo imaginamos. El tema de los inmigrantes sin preparación en Estados Unidos queda soslayado. Bandini puede ser un loser, sin embargo, actúa como un ganador, exhibe con orgullo su único cuento publicado y le dice a quien quiera escucharlo, sobre todo a Camilla: «Estás delante de un gran escritor». Nunca, nunca van a ver un rasgo de autocompasión. Cuando esta por ceder, aparece esa rebeldía, ese decirse a él mismo: «yo soy distinto a toda esta gente». 

          Además de Camilla, la camarera mexicana, hay otros dos personajes dignos de nombrarse por lo estrafalarios e inadaptados: Vera Rivken, una mujer que aparece sorpresivamente en su vida, y Mr. Hellfrick, su vecino. Un papel menor tiene Sammy, el cantinero del Columbia que quiere ser escritor, pero no tiene talento.

          El mecanismo metaficcional, tan bien empleado, es algo que destaco. Lo explico: el libro que estamos leyendo es el que finalmente publica el narrador. Sin contar el maravilloso final, tan elogiado, lo habrán ya leído o escuchado —para muchos el mejor—, es algo que lo hace más conmovedor y genuino.

          Los personajes están muy bien construidos y los diálogos son muy logrados, revelan el gran poder de observación del autor. Bandini es grandilocuente e irónico, sí, pero también es consciente de la insignificancia de su vida y de lo efímero que es todo, su arte incluido. Y queda graficado en el último acto. Otro detalle literario a destacar es el juego que hace Bandini con Camilla que, quizá a simple vista no se comprenda y haga que nos enojemos con el personaje. Un juego donde el protagonista elige que prevalezca la idealización de la persona, el plano de la imaginación. La prosa es fluida, suena muy espontánea y tiene el nerviosismo necesario para mantenerte interesado. 

          Ya terminando esta reseña, aclaro nuevamente que Bandini es el obvio sustituto de Fante, es su alter ego. Así como Henry Chinaski fue el de Bukowski. Ambos compartieron mucho, amaron y odiaron la ciudad de Los Ángeles, y la hicieron escenario de sus historias. Llevaron sus vidas a la literatura. Se consolaron con ella. Ambos se deben mucho. Fante fue la inspiración de Bukowski, y este lo rescató del olvido. Con ellos nació el realismo sucio.

          Han hecho una película basada en este libro: Ask the Dust [2006], escrita y dirigida por Robert Towne. Los actores principales son Colin Farrel como Arturo Bandini y Salma Hayek como Camilla López. La película se centra más en la historia de ellos dos.



          Espero que hayan disfrutado esta reseña y que los lleve a leer la novela. Es corta, muy entretenida y también, ¿por qué no? inspiradora. A medida que leemos, es el esfuerzo constante que hace el protagonista por adaptarse, lo que prevalece. Y si no puede, al menos entender la brecha que existe entre lo que se quiere ser y lo que se es. El camino imprescindible que toda vocación recorre, y todo lo que se pone en evidencia de uno mismo en este recorrido.

          Hasta la próxima lectura, agradeciendo al azar, que acerca ciertos libros, y a Bukowski una vez más.

Cecilia Olguin Gianelli

Notas

- John Fante. Official Website:
https://www.johnfante.org/en/john-fante/

miércoles, 28 de abril de 2021

«A ti viva», Vicente Aleixandre

 «A ti viva»

La destrucción o el amor

[1935]

Vicente Aleixandre

[Sevilla, 1898-1984, Madrid]



Es tocar el cielo, poner el dedo
sobre un cuerpo humano.
Novalis

Cuando contemplo tu cuerpo extendido
como un río que nunca acaba de pasar,
como un claro espejo donde cantan las aves,
donde es un gozo sentir el día donde amanece.

cuando miro a tus ojos, profunda muerte o vida
                                          que me llama,
canción de un fondo que solo sospecho;
cuando veo tu forma, tu frente serena,
piedra luciente en que mis besos destellan,
como esas rocas que reflejan un sol que nunca se hunde.

Cuando acerco mis labios a esa música incierta,
a ese rumor de los siempre juvenil,
del ardor de la tierra que canta entre lo verde,
cuerpo qué húmedo siempre resbalaría
como un amor feliz que escapa y vuelve...

Siento el mundo rodar bajo mis pies,
rodar ligero con siempre capacidad de estrella,
con esa alegre generosidad del lucero
que ni siquiera pide un mar en que doblarse.

Todo es sorpresa. El mundo destellando
siente que un mar de pronto está desnudo, trémulo,
que es ese pecho enfebrecido y ávido
que solo pide el brillo de la luz.

La creación riela. La dicha sosegada
transcurre como un placer que nunca llega al colmo,
como esa rápida ascensión del amor
donde el viento se ciñe a las frentes más ciegas.

Mirar tu cuerpo sin más luz que la tuya,
que esa cercana música que concierta a las aves,
a las aguas, al bosque, a ese ligado latido
de este mundo absoluto que siento ahora en los labios.

La destrucción o el amor,
Vicente Aleixandre

Una lectura vital.
La profundidad de las palabras.



          Vicente Aleixandre, poeta español de la Generación del 27, nació en Sevilla el 26 de abril de 1898. 
          Su infancia transcurrió en Málaga. A los trece años se trasladó con su familia a Madrid. Ya el mar había dejado una profunda huella en la poesía que estaba gestando.
          Fue profesor de Derecho Mercantil —se había licenciado en 1919—, y miembro de la Real Academia Española desde 1949.
          Sus primeros poemas los publicó en la Revista de Occidente, fundada y dirigida por José Ortega y Gasset [1883-1955]. 
          Leyó a Freud y se implicó en el surrealismo poético.
          Frecuentó a Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre, Rafael Alberti y Federico García Lorca, todos poetas de la Generación del 27. 
          Tuvo muchos amores, mujeres y hombres. Mantuvo su bisexualidad con un cuidadoso decoro, no quería ocasionar daño a su familia. Una de sus amigas íntimas, la filóloga hispana- germana Eva Seifter, lo introdujo en la poesía de Hölderlin, el poeta alemán autor de Hiperión
          Además de los poetas mencionados, frecuentó a Pablo Neruda —quien lo liberó de la cárcel durante la Guerra Civil—, Miguel Hernández, Muñoz Rojas, José Luis Cano y otros importantes contemporáneos.
          Fue maestro de jóvenes poetas. Al ser uno de los grandes nombres de la poesía del siglo XX, sigue enseñando a través de su obra y maravillando a lectores.
          Su primer libro, Ámbito, fue publicado en 1928. Algunos de los que le siguieron son: Espadas como labios [1932], La destrucción o el amor [1934], Pasión de la tierra, poema en prosa [1935], Sombra del paraíso, uno de los más importantes [1944], Mundo a solas [1950], Nacimiento último [1953], Historia del corazón [1954], Poemas de la cosumación [1968], Diálogos del conocimiento [1974] y póstumamente En gran noche [1991].
          Su obra poética es clasificada en varias etapas: «Pura», donde predomina el verso corto. «Surrealista», inspirado por Rimbaud, Lautréamont y Freud —pero, un surrealismo de diseño. «Antropocéntrica» y «Poesía de vejez».
          La naturaleza no mitificada está presente en su amplia obra. Está concebida sin ninguna luminosidad, más bien como una generadora y regeneradora de vida, en un proceso circular. La materia es inextenguible, dice. Es un poeta telúrico, un racionalista y un ateo. 
          En 1934 le otorgaron el premio Nacional de Literatura y en 1977 recibió el Premio Nobel de Literatura.
          Falleció en Madrid en 1984, tenía 86 años.

Vicente Aleixandre y el pintor Greogorio Prieto.
Visitar todos los cielos [2020], es el libro que reúne 
la correspondencia mantenida por los dos artistas durante más de cincuenta años.



          La obra de Vicente Aleixandre es inmensa, también lo son los estudios sobre la misma. Debajo encontrarán sitios para profundizar esta lectura.              
          Leer sus poemas es reinterpretar la realidad con su estilo personalísimo. No es ir hacia conflictos sociales o políticos, es ir a un ámbito de cuerpos y amores, nunca ortodoxo, hacia una naturaleza ausente de religiosidad. Nos ofrece figuras de unicidad y dualidad, entre lo que es y lo que pudiera ser, entre lo real e imaginario. Es la figura del suspenso la que se mantiene en toda su obra. Dos palabras, dos ideas, dos personajes o situaciones, y entre los dos un movimiento que se crea, de atracción o de rechazo. Y nuestra imaginación, dice Lucie Personneaux en su excelente estudio* del que extraigo estos conceptos, pasa de uno a otro en un movimiento de balanceo infinito... como en un juego erótico.
          En este poema dice en los dos primeros versos: «Cuando contemplo tu cuerpo extendido / como un río que nunca acaba de pasar». Lo real es el cuerpo y lo imaginario, el río. Dos planos, juntos en una imagen inestable y movediza. Un suspenso entre lo real y lo imaginario*. 
           Es el poeta del materialismo filosófico dice en otro excelente estudio Jesús G. Maestro, y Aleixandre en un poema: Todo es materia: tiempo, / espacio; carne y obra. / Materia sola, inmensa, / jadea o suspira, y late / aquí en la orilla. Moja. / tu mano, tienta, tienta / allí el origen único, / allí en la infinitud / que da aquí, en ti, aún espumas. Última estrofa de «Materia única».
          Este poema elegido pertenence a un libro surrealista, La destrucción o el amor, al igual que Espadas como labios Mundo a solas. Surrealismo no a la manera francesa u otra, sino de un nuevo modo de concebir la vida y la poesía*. Los temas, como lo dice el tíulo, son el amor y su oposición o complemento. Esa doble presencia en perfecta armonía.
          Lo pueden leer completo y espero que lo disfruten. Hasta el próximo encuentro.

Cecilia Olguin Gianelli

Notas


- La destrucción o el amor, Vicente Aleixandre: Libro completo.
http://biblio3.url.edu.gt/Libros/dest_o_amor.pdf

- Vicente Aleixandre. La poesía como literatura sofisticada, según la Crítica de la razón literaria: Jesús G. Maestro. Materialismo filosófico como Teoría de la Literatura.
https://www.youtube.com/watch?v=Ie6nBTQL0WA

- Vicente Aleixandre o una poesía del suspenso: 
https://cvc.cervantes.es/ensenanza/biblioteca_ele/aepe/pdf/boletin_20_12_79/boletin_20_12_79_05.pdf

- Imagen elegida: Beso, Gregorio Prieto: Tinta sobre papel. 
https://www.todocoleccion.net/arte-catalogos/catalogo-exposicion-gregorio-prieto-celebrada-sala-alfil-madrid~x39718171

- Fundación Gregorio Prieto:
https://gregorioprieto.org/museo/obra-de-gregorio-prieto/

lunes, 19 de abril de 2021

«Pastoral», un poema de Louise Glück

 «Pastoral», 

un poema de Louise Glück

Una vida de pueblo


Sunrise at Fitz Roy # 3. Patagonia, by Stuart Litoff [Fine Art America]


El sol se alza sobre la montaña.
A veces hay neblina,
pero el sol siempre está destrás
y la neblina no se le iguala.
El sol quema su camino a través de ella
como la mente venciendo la estupidez.
Cuando se disipa la neblina, ves la pradera.

The sun rises over the mountain.
Sometimes there´s mist
but the sun´s behind is always
and the mist isn´t equal to it.
The sun burns its way through,
like the mind defeating stupidity.
When the mist clears, you see the meadow.

Nadie entiende realmente
la ferocidad de este lugar,
la manera en que mata gente sin razón,
sólo para no perder la práctica.

No one really understands
the savagery of this place,
the way it kills people for no razon,
just to keep in practice.

Así que la gente huye, y, por un rato, lejos de aquí,
son exuberantes rodeados de tantas opciones.

So people flee-and for a while, away from here, 
they´re exuberant, surrounded by so many choices—

Pero ninguna señal de la tierra
alcanzará nunca el Sol. Si discutes
ese hecho, estás perdido.

But no signal from earth
will ever reach the sun. Thrush
against that fact, you are lost.

Cuando vuelves, están peor.
Creen que fallaron en la ciudad,
no porque la ciudad no cumpliera sus promesas.
Culpan a su crianza: la juventud se acabó y están de vuelta,
silenciosos, como sus padres.
Los domingos, en verano, se apoyan contra la pared de la clínica,
fumando. Cuando se acuerdan,
recogen flores para sus novias,

When they come back, they´re worse.
They think they failed in the city, 
not that the city doesn´t make good its promises.
They blame their upbringing: youth ended and they´re back,
silent, like their fathers.
Sundays, in summer, they lean against the wall of the clinic,
smoking cigarettes. When they remember,
they pick flowers for their girlfriends—

Esto hace felices a las chicas.
Creen que es un lugar bonito, pero extrañan la ciudad, las tardes
llenas de compras y conversaciones, lo que haces
cuando no tienes dinero...

It makes the girl happy.
They think it´s pretty here, but they miss the city, the afternoons
filled with shopping and talking, what you do
when you have no money...

A mi entender, te sale mejor quedarte;
así, los sueños no te hieren.
Durante el atardecer, te sientas junto a la ventana. Donde sea que vivas,
puedes ver el campo, el río, realidades
a las cuales no puedes imponerte;

To my mind, you´re better off if you stay; 
that way, dreams don´t damage you.
At dusk you sit by the window. Wherever you live. 
you can see the fields, the river, realities
on which you cannot impose yourself—

para mí es seguro. El sol se alza; la neblina
se disipa para revelar
la montaña inmensa. Puedes ver el pico,
lo blanco que es, incluso en verano. Y el cielo es tan azul, 
punteado por pequeños pinos
como lanzas.

to mee, it´s safe. The sun rises; the mist
dissipates to reveal
the immense mountain. You can see the pick,
how white it is, even in summer. And the sky´s so blue,
punctuated with small pines
like spears—

Cuando te canses de caminar,
te echaste en la hierba.
Cuando te levantaste de nuevo, por un momento pudiste ver dónde
había estado, la hierba estaba resbaladiza ahí, aplanada
con la forma de tu cuerpo. Luego, cuando volvieste a mirar,
fue como si nunca hubieras estado allí.

When you got tired of walking
you lay in the grass.
When you got up again, you could see for a moment where you´d been
the grass was slick there, flattened out
into the shape of a body. When you looked back later,
it was as though you´d never been there at all. 

Mediados de la tarde, mediados del verano. Los campos se extienden para
         siempre,
pacíficos, hermosos.
Como mariposas con sus marcas negras,
las amapolas se abren.

Midafternoon, midsummer. The fields go on forever,
peaceful, beautiful.
Like butterflies with their black markings,
the poppies open.

Pastoral, Una vida de pueblo / A Village Life,
Louise Glück

Una vida de pueblo
[A Village Life]
Edición bilingüe, editorial Pre-Textos



Luis Glück [Nueva York, 1943], poeta laureada con el Premio Nobel de literatura 2020. Autora de muchos libros de poesía y un libro de ensayos, Profs & Theories.
          Espero que hayan disfrutado de este poema, una historia pastoral. Distinta a otras.
          Los ineludibles lazos entre la humanidad y la naturaleza. Con una mirada focalizada en el conocimiento primordial y profundo de vivir en un cuerpo. Cuerpos observados e interrogados.
          Mirar es el mecanismo narrativo. Describir las relaciones circulares entre los seres humanos, los animales y la naturaleza —nuestra percepción sobre ella. Una comunidad, una aldea, la vida común y el destino común: son los temas que explora Louise Glück.
          Su Pastoral no es utópica, no se caracteriza por la nosalgia de un pasado mejor, tampoco le interesa expresar una utopía moral, ecológica o cultural. Todo lo contrario. Ella redirige nuestra mirada hacia adelante. Cuestiona la visión antropocénica —el ser humano no en el centro de todo ni el fin absoluto de la creación.
          La aldea ficticia que aquí vemos, es un sitio plagado de complejidades, entre la cultura y la naturaleza. Nos desafía, por así decirlo, a experimentar nuestro yo animal, un yo preocupado por la ferocidad que nos rodea.
          Hasta la próxima lectura.

Cecilia Olguin Gianelli

Notas

- Louise Glück, Website:
http://www.xn--louiseglck-heb.com/

- Revising the Pastoral in Luise Glück. Katie Piper Greulich: 
https://www.jstor.org/stable/44378516?seq=1

- Stuart Litoff Photos:
https://1-stuart-litoff.pixels.com/

domingo, 11 de abril de 2021

Sánor Márai, dos novelas

 Sándor Márai

[Hungría, 1900-1989, EE.UU.]

Un recuerdo en el día de su nacimiento


Un 14 de abril en el antiguo Reino de Hungría —hoy Eslovaquia.




          Cuando leemos las obras de Sándor Márai, sabemos más de nosotros mismos. 

          En su novela El último encuentro [1942], dos amigos se encuentran después de muchos años, como dos viejos cómplices que temen las sombras de la noche. 
          A nosotros nos llegó tarde, ya que recién fue publicado en español en 1999.


Editorial Salamandra; 190 págs.


          La amistad, ese vínculo que tiene tantas idas y vueltas. La traición, los valores, las confidencias. Experiencias que dos personas van construyendo. 

Audiolibro

https://www.youtube.com/watch?v=AOV7sRMg7kQ

          Márai nos enfrenta a un escenario que, con las propias variantes, podríamos haber vivido —o vivir, si aún somos jóvenes, porque todo requiere tiempo transcurrido, y la amistad más que nada. «Al final, al final de todo, uno responde a todas las preguntas con los hechos de su vida, porque son muy pocas las personas cuyas palabras concuerdan con su existencia».

El último encuentro, teatro 2009
La Comedia, Buenos Aires
Los actores:
Hilda Bernard, Fernando Heredia y Duilio Marzio 
Dirección: Gabriela Izcovich



          Este libro lo dejaremos a mano, para volver a estos sinceramientos, los de los dos amigos y los de nuestras propias reflexiones.


Editorial Salamandra; 416 págs.


          Iremos ahora a otra de mis novelas preferidas, abrimos La mujer justa [1941]. Tres voces, tres amores. Una historia de amor, pasión y ocultamiento. Un libro íntimo y sabio, sacude.

La mujer justa, teatro
Alternativa
Actores: Graciela Dufau, Arturo Bonin y Victoria Oneto
Dirección: Hugo Urquijo



          Con una prosa que nos recuerda a Márai poeta, y un conocimiento de las conductas humanas que nos conmueve, comenzamos por habitar una elegante confitería de Budapest. Acá, en clima de confidencia, una amiga le cuenta a otra lo que acaba de descubrir. 

          Otra confidencia, también Budapest, esta vez son dos amigos. Uno le cuenta a otro cómo y porqué ha dejado a su esposa.

          Ahora nos trasladamos a Roma, sin glamour ni alta burguesía, una pequeña pensión. Una mujer, Judith, le cuenta a su amante sobre el hombre rico con el que estuvo casada. 

Lectura del libro
ivoox
https://www.ivoox.com/mujer-justa-1-audios-mp3_rf_153939_1.html



          Tres monólogos perfectamente equilibrados, con sus matices propios, que reconstruyen una historia. Y nosotros, los lectores, pensaremos en algunos sentimientos negativos: el resentimiento entre distintas clases sociales, entre otros muchos temas. Porque Márai va de lo individual a lo universal. La dicha nunca está garantizada, tiene es halo de pesimismo que también es atractivo.

          Estas son solo dos de sus novelas, las más conocidas; luego iremos hacia Divorcio en Buda [1935], La herencia de Eszter [1939], La amante de Bolzano [1940], La hermana [1946], y el resto de su obra.

          Lenguaje cuidado, buen ritmo, personajes y temas más que interesantes, una Europa de entreguerras, un ambiente y una época, ¡leamos a Sándor Márai! 
          Volvamos a sus libros si nos gusta lo rico y placentero de la relectura. Sus personajes reflejan el impulso trascendente, miedos y pulsiones que los exceden y, ¿cómo huír de la mediocridad?, ¿cómo reconocer, en esa huída, al amor como motor de la vida? 
          El amor, casi un heroísmo. En fin, preguntas, planteamientos que, en algún lugar perdido, nos formulamos todos.

          Hasta el próximo encuentro,

Cecilia Olguin Gianelli

Notas & Lecturas


- Las mujeres en El último encuentro. Universidad EAFIT, Colombia. Judith Nieto: 
https://www.redalyc.org/pdf/774/77411622008.pdf

- La intensa vida de Sándor Márai, Luis F. Moreno Claros. Babelia. El país.:
https://elpais.com/diario/2005/11/12/babelia/1131754629_850215.html

- Sándor Márai. El orden y la nostalgia por el centro europeo. Foro de literatura:
https://www.unimet.edu.ve/wp-content/uploads/2020/05/S%C3%A1ndor-M%C3%A1rai-el-Orden-y-la-Nostalgia-por-el-Centro-Europeo-10-febrero-2014.pdf






miércoles, 24 de marzo de 2021

«Final del juego», Julio Cortázar

«Final del juego»

[1956]

Julio Cortázar

[Bruselas, 1914-1984, París] 


        Julio Cortázar, el autor que se abre a las nuevas generaciones de lectores y renueva las antiguas. 
          Siempre ejerciendo su notable influencia y generando tanta admiración.

Julio Cortázar

          Julio Cortázar, escritor y traductor argentino que no necesita presentación. Nacido en Bruselas, un poco de casualidad, al ser su padre un funcionario de la embajada argentina. Vivió en muchos lugares a lo largo de su vida. 
          La infancia la pasó en Argentina, no fue feliz. Su padre lo abandonó cuando solo tenía seis años. Jamás volvió a verlo.
          La buena salud no lo acompañó entonces, pero sí la lectura. Julio Verne, Victor Hugo, Edgar Allan Poe fueron sus compañeros, y causantes de muchas pesadillas. Más tarde adoptaría Opio: diario de una desintoxicación [Jean Cocteau] como libro de cabecera. Una lectura que nunca abandonó. 
          Colaboró en la revista Sur dirigida por Victoria Ocampo. Como traductor, se destaca la de la obra de Edgar Allan Poe, considerada una de las mejores.
          Escritor precoz, amante del boxeo —del coraje del boxeador, sobre todo—, del jazz y los gatos. Contrajo matrimonio y formó pareja con mujeres también destacadas en la cultura: Aurora Bernárdez —heredera de su obra—, Ugné Karvelis y Carol Dunlop. 
          Sus amigos literarios fueron Octavio Paz, Pablo Neruda, Carlos Fuentes y, muy especialmente, Alejandra Pizarnik. Con Borges, se admiraron mutuamente a pesar de las diferencias ideológicas.       
          Se opuso al peronismo. Renunció a cargos para no exponerse a presiones políticas. Se sintió unido a Cuba —luego se desilucionó— y a la política latinoamericana en general. Luchó por los intelectuales presos, Onetti entre otros. Fue un escritor perseguido, comprometido con su tiempo.
          Su obra, traducida a muchísimos idiomas, es leída y venerada en todo el mundo. Recibió numerosos premios, homenajes y el reconocimeinto de sus lectores, que renuevan sus libros y los actualizan con sus interpretaciones y miradas distintas.
          Además de su famosa novela Rayuela —el mayor éxito editorial—, obra que le valió ser parte de la época de mayor esplendor de la literatura hispanoamericana, el boom de los 60, es autor de libros de cuentos que ya son clásicos. Algunos de sus libros más nombrados, los de la primera época: Bestiario [1951], Final de juego [1956], Las armas secretas [1959], Historias de cronopios y de famas [1962, microrrelatos], Todos los fuegos el fuego [1966]; y los de la segunda o tercera época: Octaedro [1974], Alguien que anda por ahí [1977], Un tal Lucas [1979], Queremos tanto a Glenda [1980], Deshoras [1982], La otra orilla [1994]. 
          Y de estos libros, los cuentos imprescindibles [pero cada uno tendrá sus propias elecciones]: «Casa tomada», «Carta de una señorita en París», «Cartas de mamá», «Continuidad en los parques», «No se culpe a nadie», «La noche boca arriba», «Axolotl», «El perseguidor», basado en la vida de Charlie Parker, el famoso músico de jazz, «Las armas secretas», «La autopista del sur», «La señorita Cora» y «Las babas del diablo». 
          Esta lista, totalmente discutible, siempre se puede modificar y agrandar. Hoy, por ejemplo, sumamos este cuento, ¡que lo disfruten!

Final del juego


          Narrado en primera persona, desde la perspectiva de una de las tres chicas, con su inocencia y limitación de comprensión. Ella recuerda la historia —y nos la cuenta— donde un ritual de juego con sus primas Leticia y Holanda es el evento principal y muy significativo. 
          Cada una de ellas tiene una tarea asignada en la casa donde viven, y en esas asignaciones hay diferencias, privilegios y desventajas. Una madre y una tía, los adultos, son las que las marcan. 
          El juego es el otro lado de la moneda, la libertad. Se lleva a cabo al lado de las vías del ferrocarril, su reino imaginario. A la misma hora, todos los días, esperando que pase el tren. 
          Lo que allí hacen, seguir las reglas del juego, implica complicidades y decisiones, «¿estatua o actitud?», deben elegir. 
          ¿Lo hacen para ellas o para esas figuras borrosas que aparecen en las ventanillas del tren pasando a todoa velocidad? ¿Algún pasajero les prestará más atención? Fantasías y realidades mezcladas en una gran historia.
          Disfruten una vez más si ya lo leyeron o, tengan el gran placer de descubrir cómo Cortázar interpreta la psicología y las emociones de los niños y adolescentes.
          ¡Buena lectura!


Three Little Girls, Berlín 1845
Carl Gustav Oehme [photographer]


          Con Leticia y Holanda íbamos a jugar a las vías del Central Argentino los días de calor, esperando que mamá y tía Ruth empezaran su siesta para escaparnos por la puerta blanca. Mamá y tía Ruth estaban siempre cansadas después de lavar la loza, sobre todo cuando Holanda y yo secábamos los platos porque entonces había discusiones, cucharitas por el suelo, frases que sólo nosotras entendíamos, y en general un ambiente en donde el olor a grasa, los maullidos de José y la oscuridad de la cocina acababan en una violentísima pelea y el consiguiente desparramo. Holanda se especializaba en armar esta clase de líos, por ejemplo dejando caer un vaso ya lavado en el tacho del agua sucia, o recordando como al pasar que en la casa de las de Loza había dos sirvientas para todo servicio. Yo usaba otros sistemas, prefería insinuarle a tía Ruth que se le iban a paspar las manos si seguía fregando cacerolas en vez de dedicarse a las copas o los platos, que era precisamente lo que le gustaba lavar a mamá, con lo cual las enfrentaba sordamente en una lucha de ventajeo por la cosa fácil. El recurso heroico, si los consejos y las largas recordaciones familiares empezaban a saturarnos, era volcar agua hirviendo en el lomo del gato. Es una gran mentira eso del gato escaldado, salvo que haya que tomar al pie de la letra la referencia al agua fría; porque de la caliente José no se alejaba nunca, y hasta parecía ofrecerse, pobre animalito, a que le volcáramos media taza de agua a cien grados o poco menos, bastante menos probablemente porque nunca se le caía el pelo. La cosa es que ardía Troya, y en la confusión coronada por el espléndido si bemol de tía Ruth y la carrera de mamá en busca del bastón de los castigos, Holanda y yo nos perdíamos en la galería cubierta, hacia las piezas vacías del fondo donde Leticia nos esperaba leyendo a Ponson du Terrail, lectura inexplicable. 
          Por lo regular mamá nos perseguía un buen trecho, pero las ganas de rompernos la cabeza se le pasaban con gran rapidez y al final (habíamos trancado la puerta y le pedíamos perdón con emocionantes partes teatrales) se cansaba y se iba, repitiendo la misma frase: 
          —Van a acabar en en la calle, estas mal nacidas. 
          Donde acabábamos era en las vías del Central Argentino, cuando la casa quedaba en silencio y veíamos al gato tenderse bajo el limonero para hacer él también su siesta perfumada y zumbante de avispas. Abríamos despacio la puerta blanca, y al cerrarla otra vez era como un viento, una libertad que nos tomaba de las manos, de todo el cuerpo y nos lanzaba hacia adelante. Entonces corríamos buscando impulso para trepar de un envión al breve talud del ferrocarril, encaramadas sobre el mundo contemplábamos silenciosas nuestro reino. 
          Nuestro reino era así: una gran curva de las vías acababa su comba justo frente a los fondos de nuestra casa. No había más que el balasto, los durmientes y la doble vía; pasto ralo y estúpido entre los pedazos de adoquín donde la mica, el cuarzo y el feldespato —que son los componentes del granito— brillaban como diamantes legítimos contra el sol de las dos de la tarde. Cuando nos agachábamos a tocar las vías (sin perder tiempo porque hubiera sido peligroso quedarse mucho ahí, no tanto por los trenes como por los de casa si nos llegaban a ver) nos subía a la cara el fuego de las piedras, y al pararnos contra el viento del río era un calor mojado pegándose a las mejillas y las orejas. Nos gustaba flexionar las piernas y bajar, subir, bajar otra vez, entrando en una y otra zona de calor, estudiándonos las caras para apreciar la transpiración, con lo cual al rato éramos una sopa. Y siempre calladas, mirando al fondo de las vías, o el río al otro lado, el pedacito de río color café con leche.
          Después de esta primera inspección del reino bajábamos el talud y nos metíamos en la mala sombra de los sauces pegados a la tapia de nuestra casa, donde se abría la puerta blanca. Ahí estaba la capital del reino, la ciudad silvestre y la central de nuestro juego. 

La primera en iniciar el juego era Leticia, 
la más feliz de las tres y la más privilegiada. 

Leticia no tenía que secar los platos ni hacer las camas, podía pasarse el día leyendo o o pegando figuritas, y de noche la dejaban quedarse hasta más tarde si lo pedía, aparte de la pieza solamente para ella, el caldo de hueso y toda clase de ventajas. Poco a poco se había ido aprovechando de los privilegios, y desde el verano anterior dirigía el juego, yo creo que en realidad dirigía el reino; por lo menos se adelantaba a decir las cosas y Holanda y yo aceptábamos sin protestar, casi contentas. Es probable que las largas conferencias de mamá sobre cómo debíamos portarnos con Leticia hubieran hecho su efecto, o simplemente que la queríamos bastante y no nos molestaba que fuese la jefa. Lástima que no tenía aspecto para jefa, era la más baja de las tres, y tan flaca. Holanda era flaca, y yo nunca pesé más de cincuenta kilos, pero Leticia era la más flaca de las tres, y para peor una de esas flacuras que se ven de fuera, en el pescuezo y las orejas. Tal vez el endurecimiento de la espalda la hacía parecer más flaca, como casi no podía mover la cabeza a los lados daba la impresión de una tabla de planchar parada, de esas forradas de género blanco como había en la casa de las de Loza. Una tabla de planchar con la parte más ancha para arriba, parada contra la pared. Y nos dirigía. 
          La satisfacción más profunda era imaginarme que mamá o tía Ruth se enteraran un día del juego. Si llegaban a enterarse del juego se iba a armar una meresunda increíble. El si bemol y los desmayos, las inmensas protestas de devoción y sacrificio malamente recompensados, el amontonamiento de invocaciones a los castigos más célebres, para rematar con el anuncio de nuestros destinos, que consistían en que las tres terminaríamos en la calle. Esto último siempre nos había dejado perplejas, porque terminar en la calle nos parecía bastante normal. 
          Primero Leticia nos sorteaba. Usábamos piedritas escondidas en la mano, contar hasta veintiuno, cualquier sistema. Si usábamos el de contar hasta veintiuno, imaginábamos dos o tres chicas más y las incluíamos en la cuenta para evitar trampas. Si una de ellas salía veintiuna, la sacábamos del grupo y sorteábamos de nuevo, hasta que nos tocaba a una de nosotras. Entonces Holanda y yo levantábamos la piedra y abríamos la caja de los ornamentos. Suponiendo que Holanda hubiese ganado, Leticia y yo escogíamos los ornamentos. El juego marcaba dos formas: estatuas y actitudes. Las actitudes no requerían ornamentos pero sí mucha expresividad, para la envidia mostrar los dientes, crispar las manos y arreglárselas de modo de tener un aire amarillo. Para la caridad el ideal era un rostro angélico, con los ojos vueltos al cielo, mientras las manos ofrecían algo —un trapo, una pelota, una rama de sauce— a un pobre huerfanito invisible. La vergüenza y el miedo eran fáciles de hacer; el rencor y los celos exigían estudios más detenidos. Los ornamentos se destinaban casi todos a las estatuas, donde reinaba una libertad absoluta. Para que una estatua resultara, había que pensar bien cada detalle de la indumentaria. El juego marcaba que la elegida no podía tomar parte en la selección; las dos restantes debatían el asunto y aplicaban luego los ornamentos. La elegida debía inventar su estatua aprovechando lo que le habían puesto, y el juego era así mucho más complicado y excitante porque a veces había alianzas contra, y la víctima se veía ataviada con ornamentos que no le iban para nada; de su viveza dependía entonces que inventara una buena estatua. Por lo general cuando el juego marcaba actitudes la elegida salía bien parada pero hubo veces en que las estatuas fueron fracasos horribles. 
          Lo que cuento empezó vaya a saber cuándo, pero las cosas cambiaron el día en que el primer papelito cayó del tren. Por supuesto que las actitudes y las estatuas no eran para nosotras mismas, porque nos hubiéramos cansado en seguida. El juego marcaba que la elegida debía colocarse al pie del talud, saliendo de la sombra de los sauces, y esperar el tren de las dos y ocho que venía del Tigre. A esa altura de Palermo los trenes pasan bastante rápido, y no nos daba vergüenza hacer la estatua o la actitud. Casi no veíamos a la gente de las ventanillas, pero con el tiempo llegamos a tener práctica y sabíamos que algunos pasajeros esperaban vernos. Un señor de pelo blanco y anteojos de carey sacaba la cabeza por la ventanilla y saludaba a la estatua o la actitud con el pañuelo. Los chicos que volvían del colegio sentados en los estribos gritaban cosas al pasar, pero algunos se quedaban serios mirándonos. En realidad la estatua o la actitud no veía nada, por el esfuerzo de mantenerse inmóvil, pero las otras dos bajo los sauces analizaban con gran detalle el buen éxito o la indiferencia producidos. Fue un martes cuando cayó el papelito, al pasar el segundo coche. Cayó muy cerca de Holanda, que ese día era la maledicencia, y rebotó hasta mí. Era un papelito muy doblado y sujeto a una tuerca. Con letra de varón y bastante mala, decía: "Muy lindas estatuas. Viajo en la tercera ventanilla del segundo coche, Ariel B." Nos pareció un poco seco, con todo ese trabajo de atarle la tuerca y tirarlo, pero nos encantó. Sorteamos para saber quién se lo quedaría, y me lo gané.. Al otro día ninguna quería jugar para poder ver cómo era Ariel B., pero temimos que interpretara mal nuestra interrupción, de manera que sorteamos y ganó Leticia. Nos alegramos mucho con Holanda porque Leticia era muy buena como estatua, pobre criatura. La parálisis no se notaba estando quieta, y ella era capaz de gestos de una enorme nobleza. Como actitudes elegía siempre la generosidad, el sacrificio y el renunciamiento. Como estatuas buscaba el estilo de Venus de la sala que tía Ruth llamaba la Venus del Nilo. Por eso le elegimos ornamentos especiales para que Ariel se llevara una buena impresión. Le pusimos un pedazo de terciopelo verde a manera de túnica, y una corona de sauce en el pelo. Como andábamos de manga corta, el efecto griego era grande. Leticia se ensayó un rato a la sombra, y decidimos que nosotras nos asomaríamos también y saludaríamos a Ariel con discreción pero muy amables. 
          Leticia estuvo magnífica, no se le movía ni un dedo cuando llegó el tren. Como no podía girar la cabeza la echaba para atrás, juntado los brazos al cuerpo casi como si le faltaran; aparte el verde de la túnica, era como mirar la Venus del Nilo. En la tercera ventanilla vimos a un muchacho de rulos rubios y ojos claros que nos hizo una gran sonrisa al descubrir que Holanda y yo lo saludábamos. El tren se lo llevó en un segundo, pero eran las cuatro y media y todavía discutíamos si vestía de oscuro, si llevaba corbata roja y si era odioso o simpático. El jueves yo hice la actitud del desaliento, y recibimos otro papelito que decía: "Las tres me gustan mucho. Ariel." Ahora él sacaba la cabeza y un brazo por la ventanilla y nos saludaba riendo. Le calculamos dieciocho años (seguras que no tenía más de dieciséis) y convinimos en que volvía diariamente de algún colegio inglés. Lo más seguro de todo era el colegio inglés, no aceptábamos un incorporado cualquiera. Se vería que Ariel era muy bien. 
          Pasó que Holanda tuvo la suerte increíble de ganar tres días seguidos. Superándose, hizo las actitudes del desengaño y el latrocinio, y una estatua dificilísima de bailarina, sosteniéndose en un pie desde que el tren entró en la curva. Al otro día gané yo, y después de nuevo; cuando estaba haciendo la actitud del horror, recibí casi en la nariz un papelito de Ariel que al principio no entendimos: "La más linda es la más haragana." Leticia fue la última en darse cuenta, la vimos que se ponía colorada y se iba a un lado, y Holanda y yo nos miramos con un poco de rabia. Lo primero que se nos ocurrió sentenciar fue que Ariel era un idiota, pero no podíamos decirle eso a Leticia, pobre ángel, con su sensibilidad y la cruz que llevaba encima. Ella no dijo nada, pero pareció entender que el papelito era suyo y se lo guardó. Ese día volvimos bastante calladas a casa, y por la noche no jugamos juntas. En la mesa Leticia estuvo muy alegre, le brillaban los ojos, y mamá miró una o dos veces a tía Ruth como poniéndola de testigo de su propia alegría. En aquellos días estaban ensayando un nuevo tratamiento fortificante para Leticia, y por lo visto era una maravilla lo bien que le sentaba.
          Antes de dormirnos, Holanda y yo hablamos del asunto. No nos molestaba el papelito de Ariel, desde un tren andando las cosas se ven como se ven, pero nos parecía que Leticia se estaba aprovechando demasiado de su ventaja sobre nosotras. Sabía que no le íbamos a decir nada, y que en una casa donde hay alguien con algún defecto físico y mucho orgullo, todos juegan a ignorarlo empezando por el enfermo, o más bien se hacen los que no saben que el otro sabe. Pero tampoco había que exagerar y la forma en que Leticia se había portado en la mesa, o su manera de guardarse el papelito, era demasiado. Esa noche yo volví a soñar mis pesadillas con trenes, anduve de madrugada por enormes playas ferroviarias cubiertas de vías llenas de empalmes, viendo a distancia las luces rojas de locomotoras que venían, calculando con angustia si el tren pasaría a mi izquierda, y a la vez amenazada por la posible llegada de un rápido a mi espalda o —lo que era peor— que a último momento uno de los trenes tomara uno de los desvíos y se me viniera encima. Pero de mañana me olvidé porque Leticia amaneció muy dolorida y tuvimos que ayudarla a vestirse. Nos pareció que estaba un poco arrepentida de lo de ayer y fuimos muy buenas con ella, diciéndole que esto le pasaba por andar demasiado, y que tal vez lo mejor sería que se quedara leyendo en su cuarto. Ella no dijo nada pero vino a almorzar a la mesa, y a las preguntas de mamá contestó que ya estaba muy bien y que casi no le dolía la espalda. Se lo decía y nos miraba. Esa tarde gané yo, pero en ese momento me vino un no sé qué y le dije a Leticia que le dejaba mi lugar, claro que sin darle a entender por qué. Ya que el otro la prefería, que la mirara hasta cansarse. Como el juego marcaba estatua, le elegimos cosas sencillas para no complicarle la vida, y ella inventó una especie de princesa china, con aire vergonzoso, mirando al suelo y juntando las manos como hacen las princesas chinas. Cuando pasó el tren, Holanda se puso de espaldas bajo los sauces pero yo miré y vi que Ariel no tenía ojos más que para Leticia. La siguió mirando hasta que el tren se perdió en la curva, y Leticia estaba inmóvil y no sabía que él acababa de mirarla así. Pero cuando vino a descansar bajo los sauces vimos que sí sabía, y que le hubiera gustado seguir con los ornamentos toda la tarde, toda la noche. 
          El miércoles sorteamos entre Holanda y yo porque Leticia nos dijo que era justo que ella se saliera. Ganó Holanda con su suerte maldita, pero la carta de Ariel cayó de mi lado. Cuando la levanté tuve el impulso de dársela a Leticia que no decía nada, pero pensé que tampoco era cosa de complacerle todos los gustos, y la abrí despacio. Ariel anunciaba que al otro día iba a bajarse en la estación vecina y que vendría por el terraplén para charlar un rato. Todo estaba terriblemente escrito, pero la frase final era hermosa: "Saludo a las tres estatuas muy atentamente." La firma parecía un garabato aunque se notaba la personalidad.
          Mientras le quitábamos los ornamentos a Holanda, Leticia me miró una o dos veces. Yo les había leído el mensaje y nadie hizo comentarios, lo que resultaba molesto porque al fin y al cabo Ariel iba a venir y había que pensar en esa novedad y decidir algo. Si en casa se enteraban, o por desgracia a alguna de las de Loza le daba por espiarnos, con lo envidiosas que eran esas enanas, seguro que se iba a armar la meresunda. Además que era muy raro quedarnos calladas con una cosa así, sin mirarnos casi mientras guardábamos los ornamentos y volvíamos por la puerta blanca. 
          Tía Ruth nos pidió a Holanda y a mí que bañáramos a José, se llevó a Leticia para hacerle el tratamiento, y por fin pudimos desahogarnos tranquilas. Nos parecía maravilloso que viniera Ariel, nunca habíamos tenido un amigo así, a nuestro primo Tito no lo contábamos, un tilingo que juntaba figuritas y creía en la primera comunión. Estábamos nerviosísimas con la expectativa y José pagó el pato, pobre ángel. Holanda fue más valiente y sacó el tema de Leticia. Yo no sabía que pensar, de un lado me parecía horrible que Ariel se enterara, pero también era justo que las cosas se aclararan porque nadie tiene por qué‚ perjudicarse a causa de otro. Lo que yo hubiera querido es que Leticia no sufriera, bastante cruz tenía encima y ahora con el nuevo tratamiento y tantas cosas. 
          A la noche mamá se extrañó de vernos tan calladas y dijo qué milagro, si nos habían comido la lengua los ratones, después miró a tía Ruth y las dos pensaron seguro que habíamos hecho alguna gorda y que nos remordía la conciencia. Leticia comió muy poco y dijo que estaba dolorida, que la dejaran ir a su cuarto a leer Rocambole. Holanda le dio el brazo aunque ella no quería mucho, y yo me puse a tejer, que es una cosa que me viene cuando estoy nerviosa. Dos veces pensé‚ ir al cuarto de Leticia, no me explicaba qué hacían esas dos ahí solas, pero Holanda volvió con aire de gran importancia y se quedó a mi lado sin hablar hasta que mamá y tía Ruth levantaron la mesa. "Ella no va a ir mañana. Escribió una carta y dijo que si él pregunta mucho, se la demos." Entornando el bolsillo de la blusa me hizo ver un sobre violeta. Después nos llamaron para secar los platos, y esa noche nos dormimos casi en seguida por todas las emociones y el cansancio de bañar a José. 
          Al otro día me tocó a mi salir de compras al mercado y en toda la mañana no vi a Leticia que seguía en su cuarto. Antes que llamaran a la mesa entré un momento y la encontré al lado de la ventana, con muchas almohadas y el tomo noveno de Rocambole. Se veía que estaba mal, pero se puso a reír y me contó de una abeja que no encontraba la salida y de un sueño cómico que había tenido. Yo le dije que era una lástima que no fuera a venir a los sauces, pero me parecía tan difícil decírselo bien. "Si querés podemos explicarle a Ariel que estabas descompuesta", le propuse, pero ella decía que no y se quedaba callada. Yo insistí un poco en que viniera, y al final me animé y le dije que no tuviese miedo, poniéndole como ejemplo que el verdadero cariño no conoce barreras y otras ideas preciosas que habíamos aprendido en El Tesoro de la Juventud, pero era cada vez más difícil decirle nada porque ella miraba la ventana y parecía como si fuera a ponerse a llorar. Al final me fui diciendo que mamá me precisaba. El almuerzo duró días, y Holanda se ganó un sopapo de tía Ruth por salpicar el mantel con tuco. Ni me acuerdo de cómo secamos los platos, de repente Estábamos en los sauces y las dos nos abrazábamos llenas de felicidad y nada celosas una de otra. Holanda me explicó todo lo que teníamos que decir sobre nuestros estudios para que Ariel se llevara una buena impresión, porque los del secundario desprecian a las chicas que no han hecho más que la primaria y solamente estudian corte y repujado al aceite. Cuando pasó el tren de las dos y ocho Ariel sacó los brazos con entusiasmo, y con nuestros pañuelos estampados le hicimos señas de bienvenida. Unos veinte minutos después lo vimos llegar por el terraplén, y era más alto de lo que pensábamos y todo de gris. 
          Bien no me acuerdo de lo que hablamos al principio, él era bastante tímido a pesar de haber venido y los papelitos, y decía cosas muy pensadas. Casi en seguida nos elogió mucho las estatuas y las actitudes y preguntó cómo nos llamábamos y por qué‚ faltaba la tercera. Holanda explicó que Leticia no había podido venir, y él dijo que era una lástima y que Leticia le parecía un nombre precioso. Después nos contó cosas del Industrial, que por desgracia no era un colegio inglés, y quiso saber si le mostraríamos los ornamentos. Holanda levantó la piedra y le hicimos ver las cosas. A él pararecían interesarle mucho, y varias veces tomó alguno de los ornamentos y dijo:"Este lo llevaba Leticia un día", o "Este fue para la estatua oriental", con lo que quería decir la princesa china. Nos sentamos a la sombra de un sauce y él estaba contento pero distraído, se veía que sólo se quedaba de bien educado. Holanda me miró dos o tres veces cuando la conversación decaía, y eso nos hizo mucho mal a las dos, nos dio deseos de irnos o que Ariel no hubiese venido nunca. El preguntó otra vez si Leticia estaba enferma, y Holanda me miró y yo creí que iba a decirle, pero en cambio contestó que Leticia no había podido venir. Con una ramita Ariel dibujaba cuerpos geométricos en la tierra, y de cuando en cuando miraba la puerta blanca y nosotras sabíamos lo que estaba pensando, por eso Holanda hizo bien en sacar el sobre violeta y alcanzárselo, y él se quedó sorprendido con el sobre en la mano, después se puso muy colorado mientras le explicábamos que eso se lo mandaba Leticia, y se guardó la carta en el bolsillo de adentro del saco sin querer leerla delante de nosotras. Casi en seguida dijo que había tenido un gran placer y que estaba encantado de haber venido, pero su mano era blanda y antipática de modo que fue mejor que la visita se acabara, aunque más tarde no hicimos más que pensar en sus ojos grises y en esa manera triste que tenía de sonreír. También nos acordamos de cómo se había despedido diciendo: "Hasta siempre", una forma que nunca habíamos oído en casa y que nos pareció tan divina y poética. Todo se lo contamos a Leticia que nos estaba esperando debajo del limonero del patio, y yo hubiese querido preguntarle qué decía su carta pero me dio no sé‚ qué porque ella había cerrado el sobre antes de confiárselo a Holanda, así que no le dije nada y solamente le contamos cómo era Ariel y cuantas veces había preguntado por ella. Esto no era nada fácil de decírselo porque era una cosa linda y mala a la vez, nos dábamos cuenta que Leticia se sentía muy feliz y al mismo tiempo estaba casi llorando, hasta que nos fuimos diciendo que tía Ruth nos precisaba y la dejamos mirando las avispas del limonero.
          Cuando íbamos a dormirnos esa noche, Holanda me dijo: "Vas a ver que mañana se acaba el juego". Pero se equivocaba aunque no por mucho, y al otro día Leticia nos hizo la seña convenida en el momento del postre. Nos fuimos a lavar la loza bastante asombradas y con un poco de rabia, porque eso era una desvergüenza de Leticia y no estaba bien. Ella nos esperaba en la puerta y casi nos morimos de miedo cuando al llegar a los sauces vimos que sacaba del bolsillo el collar de perlas de mamá y todos los anillos, hasta el grande con rubí de tía ruth. Si las de Loza espiaban y nos veían con las alhajas, seguro que mamá iba a saberlo en seguida y que nos mataría, enanas asquerosas. Pero Leticia no estaba asustada y dijo que si algo sucedía ella era la única responsable. "Quisiera que me dejaran hoy a mí", agregó sin mirarnos. Nosotras sacamos en seguida los ornamentos, de golpe queríamos ser tan buenas con Leticia, darle todos los gustos y eso que en el fondo nos quedaba un poco de encono. Como el juego marcaba estatua, le elegimos cosas preciosas que iban bien con las alhajas, muchas plumas de pavorreal para sujetar el pelo, una piel que de lejos parecía un zorro plateado, y un velo rosa que ella se puso como un turbante. La vimos que pensaba, ensayando la estatua pero sin moverse, y cuando el tren apareció en la curva fue a ponerse al pie del talud con todas las alhajas que brillaban al sol. Levantó los brazos como si en vez de una estatua fuera a hacer una actitud, y con las manos señaló el cielo mientras echaba la cabeza hacia atrás (que era lo único que podía hacer, pobre) y doblaba el cuerpo hasta darnos miedo. Nos pareció maravillosa, la estatua más regia que había hecho nunca, y...


Thomas Leuthard picture


... entonces vimos a Ariel que la miraba, salido de la ventanilla la miraba solamente a ella, girando la cabeza y mirándola sin vernos a nosotras hasta que el tren se lo llevó de golpe. No sé‚ porqué‚ las dos corrimos al mismo tiempo a sostener a Leticia que estaba con lo ojos cerrados y grandes lagrimones por toda la cara. Nos rechazó sin enojo, pero la ayudamos a esconder las alhajas en el bolsillo, y se fue sola a casa mientras guardábamos por última vez los ornamentos en su caja. Casi sabíamos lo que iba a suceder, pero lo mismo al otro día fuimos las dos a los sauces, después que tía Ruth nos exigió silencio absoluto para no molestar a Leticia que estaba dolorida y quería dormir. Cuando llegó el tren vimos sin ninguna sorpresa la tercera ventanilla vacía, y mientras nos sonreíamos entre aliviadas y furiosas, imaginamos a Ariel viajando del otro lado del coche, quieto en su asiento, mirando hacia el río con sus ojos grises.

*



          Espero que hayan disfrutado de esta lectura. No es un cuento fantástico, es realista, y es tremendo todo lo que nos suscita. 
          Una historia escrita con un lenguaje claro y una actitud franca, tiene una tensión muy lograda entre los eventos, y esa deconstrucción de la que habla Derridas. 
          Obviamente hay detalles que no se cuentan, como el contenido de la carta de Leticia ni su enfermedad. El narrador no es omnisciente, es parte de la historia, por consiguiente no comprende todo lo que está sucediendo. Es la perspectiva narrativa elegida. La de una niña- adolescente que lucha por liberarse de las restricciones adultas y expresar su individualidad.              Este es uno de los aspectos que podrían desprenderse del juego. De la ilusión, la competencia y el enamoramiento, el proceso doloroso de crecimiento, el paso a la adultez. A esos 12 años que nos lleva a nuestros propios 12 años. 
          Es un cuento que tiene muchas interpretaciones literarias y, tan rico y dinámico que, también ha tenido muchas representaciones en teatro. Otros de este libro fueron llevados al cine.
          Si les gustó mucho este cuento, este tema, les recomiendo «Deshoras» [1982, el último libro de Cortázar], donde el adolescente es un varón.
          
          Final del juego es uno de los libros emblemáticos de Cortázar. Tiene dos ediciones, la segunda tiene 18 cuentos. Lo tienen debajo para leerlo completo. Les recomiendo «Una flor amarilla» y «Despuez del almuerzo» —muy perturbador. Los más leídos y comentados, excelentes relatos, son «Continuidad de los parques» y «La noche boca arriba». Pero todos, cada uno merece al menos una lectura, y si pueden, más de una.
           Hasta la próxima lectura.

Cecilia Olguin Gianelli

Notas

- Final del juego, Julio Cortázar: I: Continuidad en los parques, No se culpe a nadie, El río, Los venenos, La puerta condenada, Las ménades. II: El ídolo de las Cícladas, Una flor amarilla, Sobremesa, La banda, Los amigos, El móvil, Torito; III: Relato con un fondo de agua, Después del almuerzo, Axolotl, La noche boca arriba, Final del juego.
http://web.seducoahuila.gob.mx/biblioweb/upload/Cortazar,%20Julio%20-%20Final%20Del%20Juego.pdf

- End of the game, Julio Cortázar:
file:///Users/Cecilia/Downloads/Cortazar%20End%20of%20Game.PDF



- Final del juego, por Darío Sztajnszrajber: El cuento de Cortázar desde la filosofía.


https://www.youtube.com/watch?v=yJc6J_Un8C4


Final del juego, por Alejandro Apo: Audiolibro.

https://www.youtube.com/watch?v=9qZ-xDwg2LU